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Confirmado: Las emociones negativas impulsan el consumo de alimentos dulces

Un estudio revela la existencia de un vínculo entre el estado anímico y el deseo de comer ciertas cosas


Los individuos que sienten emociones negativas tienden a tener más antojo de dulce que aquellos que disfrutan de un estado de ánimo positivo, ha revelado un estudio de la Universidad Cornell (EEUU). El efecto de las emociones sobre la alimentación ya había sido constatado por una investigación previa, que demostró que, si nos sentimos solos, preferimos comer “comidas sencillas”. Por Samuel Morales.





Un estudio de investigadores de la Universidad Cornell (EEUU) ha revelado cómo el estado emocional de una persona (particularmente en competición  o dentro del mundo deportivo) afecta a su percepción de los sabores.

En particular, la investigación constató que los individuos que sienten emociones negativas tienden a tener más antojo de dulce que aquellos que disfrutan de un estado de ánimo positivo.

“Hemos determinado  cómo las emociones surgidas a partir de los resultados de partidos universitarios de hockey influían en la percepción de lo dulce, lo salado, lo amargo, lo ácido y lo umami (o sabroso), así como las respuestas hedónicas  o el gusto o disgusto de los alimentos”, explica Robin Dando, profesor de ciencia alimenticia de dicha Universidad, en un comunicado institucional.

Dando, junto con Corinna Noel, una estudiante de doctorado en ciencia alimenticia, han publicado los resultados de su estudio en  la revista  Appetite.

Amargura tratada con dulce

“Las manipulaciones emocionales propiciadas por la percepción agradable  o desagradable de eventos reales de la vida puede influenciar en la aceptación de las comidas”, asegura Dando. “Este resultado señala que la modulación de la percepción del gusto podría dirigir la alimentación cuando se tienen emociones negativas”, añade.

El estudio mostró que las emociones vividas cada día pueden alterar la experiencia placentera o no de las comidas menos apetecibles, lo que implica que existe una conexión entre emociones y alimentación.

Dando explica que  “en momentos de afectos negativos, lo que es desagradable por naturaleza pasa a ser aún más desagradable para el gusto”. Esto se resumiría en que “si nuestro equipo gana, mantendremos nuestra rutina alimenticia; pero si pierde, iremos a comprarnos un helado”, concluye el investigador.

Sopa de pollo contra la soledad

Los resultados del presente estudio concuerdan con los realizados en una investigación previa llevada a cabo por psicólogos de la Universidad de Búfalo, en Estados Unidos.

En esta, se constató que la “comida sencilla”, como el puré de patatas o los macarrones con queso, aunque puede no ser muy buena para la salud, sí que alivia la soledad.

En este otro trabajo,  los científicos hicieron sentir la soledad a una serie de participantes, pidiéndoles que escribieran una redacción sobre una discusión con alguno de sus allegados. A otros se les pidió que escribieran una redacción sobre un tema neutro.

Después, a algunos de los voluntarios se les pidió que escribieran acerca de la experiencia de comer una comida sencilla, y a otros que escribieran sobre una comida nueva. Finalmente, todos los participantes rellenaron un cuestionario sobre sus niveles de soledad.

Según los investigadores, las respuestas a dicho cuestionario demostraron que escribir sobre una comida sencilla, de las que normalmente se comparten con amigos y familia, ayudó a los participantes a superar la sensación de soledad provocada por la redacción anterior.

En otro de los experimentos, se demostró que tomar sopa de pollo hizo pensar más a los voluntarios acerca de sus relaciones personales, pero sólo si éstos consideraban la sopa como una comida reconfortante, algo que se les preguntó antes de empezar el experimento.

Los psicólogos de la Universidad de Búfalo señalaron que estos resultados demuestran que la comida puede constituir un sencillo remedio para la soledad, porque fomenta el sentimiento de conexión con otros.
 

Referencia bibliográfica:

Corinna Noel, Robin Dando. The effect of emotional state on taste perception.  Appetite (2015). DOI: 10.1016/j.appet.2015.06.003.
 
 


Martes, 14 de Julio 2015
Samuel Morales
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