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Universidad Comillas




Crisis ecológica global: Es posible la esperanza

La sociedad civil crea redes cada vez más tupidas para la construcción de una humanidad más justa y ecológica


A finales de 2015 tuvo lugar en París la Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático (COP21). Sintetizamos aquí algunas de las opiniones que han sido expuestas sobre esta Cumbre y sus objetivos, como las de Jorge Riechmann o Leonardo Boff, mantenidas en una línea ecológica y liberadora. Por otro lado, numerosos grupos de la sociedad civil, entre los que se encuentran grupos ligados a tradiciones religiosas, están creando redes cada vez más tupidas que apuntan hacia la posibilidad de construir una humanidad más justa, más equitativa y ecológica. Todavía es posible la esperanza. Por Leandro Sequeiros.



Jorge Riechmann.
Jorge Riechmann.
 “Consumimos el planeta como si no hubiera un mañana”, Jorge Riechmann.
 
La Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático celebrada en París entre los pasados días 30 de noviembre y 10 de diciembre de 2015 podría suponer un paso de gigante para atajar el Cambio Climático. Desde su celebración, han sido publicadas algunas informaciones que permiten inferir que las tradiciones religiosas se empiezan a involucrar en la solución radical de estas cuestiones.
 
Desde el punto de vista de la Iglesia Católica, la proclamación de la Carta encíclica “Laudato Si´: sobre el cuidado de la casa común ” del papa Francisco anticipó en el mes de mayo de 2015 un mensaje emancipador para “todos los hombres de buena voluntad”, como el mismo papa afirma en un gesto sin precedentes.
 
No cabe duda de que este documento y las declaraciones de Francisco en su viaje a África central en los primeros días de diciembre han calado en la opinión pública generando un movimiento civil de gran envergadura que ha impresionado a la clase política reunida en París. El clamor general que no quiere parches sino un cambio de sistema económico global como única alternativa al progresivo deterioro ambiental, parece que determinará un giro en las políticas ambientales nacionales. Es más: el deseo de unos acuerdos universales y vinculantes, parece que podrían cristalizar en unas realidades sociales y políticas.
 
Presentamos en este trabajo algunas reflexiones relativas a la Conferencia de Paris sobre el Cambio climático, algunos ecos de la misma, así como algunas propuestas que parecen impregnar las tramas culturales y religiosas de nuestras sociedades multiculturales y multirreligiosas.
 
 
Se puede entender mejor el contexto social y religioso de la Conferencia de París sobre el Cambio Climático desde la reflexión ecosocial sobre lo que está pasando. Esta reflexión procede de una voz tan autorizada como la de Jorge Riechmann, profesor titular de Filosofía Moral en la Universidad Autónoma de Madrid, traductor, poeta, ensayista y miembro de Ecologistas en Acción.
 
En una entrevista difundida a través de las redes sociales realizada por Emma Rodríguez, Riechamann ha comentado algunas de las ideas de su nuevo libro Autoconstrucción (La transformación cultural que necesitamos) que ha sido publicado por Ediciones Catarata. Poemas lisiados se ha publicado en el sello La Oveja Roja.
 
Denomina Jorge Riechmann al siglo XXI como “el siglo de la gran prueba” o como “la era de los límites ”. Nos dice que “estamos consumiendo el planeta como si no hubiera un mañana”; que “lo que hace falta son transformaciones estructurales profundas, casi revolucionarias” y que ya no podemos confiar en que será la generación de nuestros nietos la que las lleve a cabo, porque estamos en “tiempo de descuento”.
 
Todo esto nos lo cuenta en Autoconstrucción, uno de esos libros que funcionan como un aldabonazo en las conciencias, que sacuden el letargo y conducen a plantear la gran pregunta: ¿Estamos aún a tiempo de salvar el planeta? Una pregunta muy pertinente, ahora que en París se ha discutido sobre el futuro de la supervivencia de la humanidad en un planeta acosado por el cambio climático.
 
Es un interrogante que el propio autor abre una y otra vez en el recorrido de un ensayo esclarecedor que nos invita a tomar conciencia de la urgencia de la lucha ecológica, de la necesidad de avanzar lo más suavemente que se pueda hacia sociedades de la sobriedad, de la contención, de otro tipo de realizaciones y plenitudes no asociadas a la adquisición constante de pertenencias, de propiedades, de productos de consumo.
 
Riechmann va desgranando un buen puñado de verdades, de reflexiones incómodas, pero absolutamente necesarias, en esta Autoconstrucción, subtitulada La transformación cultural que necesitamos, que nos anima a pensarlo todo de otra manera, a encontrar nuevas palabras, nuevos vínculos, nuevas imágenes para situarnos frente a un presente de resquebrajamientos y de oportunidades de cambio. “Jamás se había hablado tanto sobre las desigualdades sociales, jamás se había hecho tan poco para reducirlas... Nunca se había hablado tanto de los daños ecológicos, y nunca se ha hecho tan poco para delimitarlos", leemos muy al comienzo de un libro que traza un magnífico diagnóstico de dónde estamos y hacia dónde podemos dirigirnos.
 
¿Es posible la esperanza en el futuro?

Reichmann es consciente de que el pesimismo no está de moda, de que el continuo estímulo del pensamiento positivo se puede llegar a convertir en una conveniente cortina de humo, de que a muchos se les llena la boca con la palabra “buenismo” para definir cualquier propósito de solidaridad, de compasión, de cooperación, de igualdad, de que los ecologistas son vistos en muchas ocasiones como catastrofistas y agoreros dispuestos en todo momento a chafar una fiesta en la que muchos siguen pasándolo bien, a costa de mayorías cada vez más empobrecidas e indefensas.
 
Todo parece estar en contra, pero no cabe la resignación, la no resistencia. “Hay esencialmente dos opciones político-morales. La de quienes desean un mundo de amos y esclavos, por una parte; y la de quienes luchan por un mundo de iguales. Al poder del dinero y de las armas, el segundo grupo solamente puede oponer la fuerza de la organización”, abre Riechmann un cauce de futuro.
 
Para la publicista Emma Rodríguez, no deja de haber autocrítica en el trayecto y tampoco falta el realismo, grandes dosis de realismo que parten de la constatación de las dificultades, de los enormes retos. Y, por supuesto, se revelan hechos y se ofrecen datos, hechos y datos que hablan por sí solos y que, nos guste o no, indican que el rumbo no es el adecuado.
 
Así, el cambio climático que nos conduce a un mundo cuatro grados centígrados más cálido, según predicciones muy optimistas, pero ante el que tantos siguen quitando importancia en nombre de intereses empresariales, intereses que obstaculizan la necesaria disminución de los gases de efecto invernadero. Así, la escasez de fuentes de energía fósiles, que lleva a la agonía de un modelo que se alarga artificialmente, vía prácticas como el fracking, en vez de apostar por invertir en el camino de las renovables.
 
Hay esencialmente dos opciones político-morales. La de quienes desean un mundo de amos y esclavos, por una parte; y la de quienes luchan por un mundo de iguales. Al poder del dinero y de las armas, el segundo grupo solamente puede oponer la fuerza de la organización”, escribe Riechmann en Autoconstrucción.
 
Mientras las capas de hielo ártico desaparecen, mientras el proceso de la fotosíntesis se está viendo afectado en zonas con altos niveles de contaminación, mientras las abejas se ven amenazadas, mientras… seguimos pensando que habrá tiempo, que la técnica será capaz de solucionarlo; que llegará un día en que volveremos a la normalidad de un modo de vida que nos parece el mejor posible. ¿Cómo convencernos, habitantes del Primer Mundo del siglo XXI, de que ya no volveremos a la normalidad de antes de la crisis, de antes de la amenaza ecológica; cómo convencernos de que es necesario cambiar la orientación y las estructuras del sistema para seguir viviendo bien, e incluso mejor, pero con otros parámetros?
 
He aquí las cuestiones que plantea Jorge Riechmann en Autoconstrucción (Ediciones Catarata). Son muchas las salidas que ofrece este libro, pero lo esencial es su llamamiento a un cambio de conciencia, de valores, de usos y costumbres. “La economía es una construcción humana. Las leyes económicas no son como la ley de la gravedad. Pueden ser transformadas (…) Pero para ello la gente ha de cambiar de conducta”, se utiliza como arranque de un capítulo este párrafo-lema extraído del informe de un centro de estudios económicos.
 
Hay en el ensayo reflexiones sobre el papel cada vez más activo de los consumidores –consumidores rebeldes–; sobre la cultura como base de la comprensión de los cambios; sobre los movimientos sociales que deben convertirse en la base de las nuevas sociedades… “Hemos de vivir de otra manera”, es la frase que cierra el libro.

¿Tiene futuro este planeta?
 
Tras esta introducción, podemos conocer a través de la entrevista algunas opiniones del autor. A la pregunta de en qué punto se encuentra el movimiento ecologista hoy a nivel global y cuáles son sus expectativas, responde Riechmann con una amplia perspectiva histórica.
 
En su opinión, si lo analizamos con perspectiva, el movimiento ecologista moderno, como tal, es muy reciente. Surge en los años 60 del siglo XX, aunque el pensamiento ecológico arranca de más atrás, de antecedentes tan ilustres como Thoreau, a quien releemos con mucho interés; o, antes, Alexander von Humboldt, que tanto contribuye en la creación de la ciencia ecológica, de la biología de los ecosistemas.
 
Ahí están las raíces, pero hay que dar un salto hasta llegar, en 1962, a un hito importantísimo, una obra clásica de la conciencia ecológica, La primavera silenciosa, de Rachel Carson. En ese año se empiezan a poner en marcha dinámicas sociales, políticas, intelectuales, culturales, que conducen a algunas sociedades, dentro de procesos muy contradictorios, a emprender un nuevo aprendizaje de los modos de vida.
 
Y ya en 1972 nos encontramos con otra aportación esencial, el estudio Los límites del crecimiento, el primer informe al Club de Roma, que pone en marcha un debate de alcance mundial a partir del cual ya empiezan a circular los lemas básicos, las consignas del ecologismo sobre la necesidad de conformar una conciencia de especie en las singulares condiciones históricas que nos ha tocado vivir. Ese proceso de aprendizaje social se rompe a finales de los años 70 y comienzos de los 80, con la irrupción de la fase última de la historia del capitalismo, el capitalismo neoliberal que ha sido financiado. A esos decenios, a esa etapa en la que aún estamos inmersos, yo la denomino a veces la era de la denegación, porque hay fuerzas muy poderosas que, lejos de impulsar el aprendizaje, están trabajando en sentido contrario.
 
La era de la denegación

El profesor Jorge Riechmann explica con amplitud lo que entiende por la era de la denegación. Para él, “Denegar es un verbo que utilizamos muy poco y que explica muy bien lo que está sucediendo. A los pueblos cada vez se les niega más lo que desean. Las democracias se están vaciando cada vez más de sentido”.
 
Y prosigue: “Denegar es un término que usan los psicólogos y psicoanalistas para referirse a ese fenómeno que no consiste sólo en ignorar algo sino en hacer un esfuerzo por no ver lo que tenemos delante de los ojos. Yo creo que ha habido, que hay mucho de eso, en la cultura dominante durante los tres últimos decenios”.
 
Es indudable que hay un permanente negacionismo si hablamos de fenómenos como el calentamiento climático, del mismo modo que lo hubo anteriormente con respecto al cáncer ocasionado por el tabaco. Y es indudable la eficacia de los esfuerzos organizados por el sector empresarial para expandir toda la tinta de calamar y toda la desinformación posible con el fin de impedir que se tomen las decisiones correctas.
 
Ahora mismo, más allá de circunstancias concretas, tendríamos que referirnos a un negacionismo mucho más vasto que se refiere a todo lo que tiene que ver con los límites al crecimiento, y eso es mortal porque nuestra situación, nos pongamos como nos pongamos, es la que es.
 
Las leyes de la naturaleza, de la física, de la química, de la dinámica de los seres vivos, son las que son, no vamos a cambiarlas, por grandes que sean nuestras ilusiones a ese respecto, y el conflicto esencial que se plantea, que estaba en ese debate de los años 60 y 70, es el choque de las sociedades industriales contra los límites biofísicos del planeta, que se ha ido agravando y agudizando cada vez más.
 
Si usamos la herramienta efectiva de la huella ecológica, hacia 1980, fue cuando ésta superó la biocapacidad del planeta para seguir creciendo después. Según los investigadores, ahora estamos en el 150% de la capacidad del planeta. Y esa situación no durará demasiado, porque estamos, como se dice a veces, consumiendo el capital, no los intereses, empleando en este caso la habitual metáfora financiera. Estamos sobreexplotando los recursos y las capacidades de absorción de contaminación, de una forma que es insostenible. Parece que consumimos el planeta como si no hubiera un mañana.

Calentamiento global y cambio climático

Respecto al calentamiento global y cambio climático, la opinión de Riechmann es clara. En su opinión, “El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo ”. Así se titula un epígrafe del ensayo donde se hace referencia al rotundo fracaso de la cumbre de Copenhague en 2009, una cumbre donde se aspiraba a lograr un acuerdo global de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, que sustituyese al Protocolo de Kioto.
 
Ahora estamos a la espera de que los actores que asistieron a la Conferencia COP21 en París sobre el Cambio Climático se pongan a la tarea. Parece que los límites son absolutamente incompatibles con el capitalismo salvaje.
 
La historia de las infidelidades y de los incumplimientos de los mandatarios a las decisiones de las diferentes COP (Conferencia de los Países implicados en el cambio climático) es extensa y vergonzosa.
 
Para Riechmann, hacia 1980 fue cuando ganaron las elecciones generales Margaret Thatcher en Gran Bretaña y posteriormente Ronald Reagan en EE.UU. Ahí tenemos que fijar el desplazamiento del mundo hacia una derecha conservadora, que ha sido hegemónica desde entonces, y que ha resultado letal en lo que se refiere a las cuestiones económico sociales. Hacia 1980 se puso en marcha el proceso de desregulación financiera y comercial.
 
Hasta entonces, las economías, el crecimiento del capital y de los activos financieros iban acompasados al crecimiento de lo que llamamos economía real, pero a partir de ahí se rompió el equilibrio, todo se abrió en forma de tijera y lo financiero comenzó a crecer de manera metastásica y a dominarlo todo. Es ahí donde nos encontramos ahora. Esa es la situación. Si no somos capaces de romper con esa clase de políticas y con las culturas que las acompañan, lo tenemos realmente difícil.
 
Según Riechmann, debe ser la educación la palanca que pueda mover la pesada piedra de la inercia cultural. Para el autor de Autoconstrucción se habla mucho de ecología. En ciertos ámbitos está muy de moda, se ha superficializado incluso, pero la verdadera conciencia ecológica no ha llegado a la gente.
 
“El título del libro, Autoconstrucción, que en griego podríamos decir paideia, educación en un sentido amplio, es una llamada a que no entendamos la educación sólo como el aprendizaje que se imparte en las escuelas, los institutos y luego en las universidades. Los contextos educativos son los contextos sociales generales, y yo creo que la manera de autoconstrucción, de autoformación, de educación, de paideia más importante para todo lo que estamos hablando, sin menospreciar la educación ambiental en sentido estricto y formal, es la que se da en los movimientos sociales”.
 
En este sentido, - prosigue Riechmann - es ahí donde la gente se autoorganiza para actuar y, mientras lo hace, aprende en el recorrido. Lo que sucede es que, mientras en los años 70 y 80 esa clase de procesos iban hacia adelante, pese a todas las dificultades, desde entonces, parecen no avanzar porque hay muchos intereses y mucha desinformación en el camino. Y, por otro lado, de manera contradictoria, la gente está como saturada y harta de que le hablen de ecología.
 
Ese fenómeno también lo recojo en algún momento del libro. Hay hasta un término que han acuñado los sociólogos, la ecofatiga, para describirlo. Efectivamente, hay mucha cháchara, mucho marketing verde, mucha propaganda, mucho uso de imágenes, estilemas, apropiación de contenidos.
 
Ahora la Unión Europea está hablando de economía circular. Se utilizan conceptos que vienen del movimiento ecologista y que han sido apropiados, transformados en otra cosa. Sustentabilidad o sostenibilidad, por ejemplo, son nociones que vienen del mundo ecológico, pero cuando un presidente o un consejero delegado de una gran empresa habla de desarrollo sostenible, en el 99% de los casos está transformando en su contrario lo que inicialmente fue el sentido del término.
 
Todo eso lleva a una situación de muchísima confusión, en la cual la gente tiene muchas veces la impresión de que todo el tiempo se está hablando de ecología, de que se hacen cosas que están muy cerca de quienes pueden manejar palancas de poder. Hay muchísima propaganda, muchísima moda alrededor que lo desvirtúa todo. Se publican revistas que nos venden el concepto de la buena vida, pero que están llenas de anuncios a toda página de grandes empresas energéticas. Eso es lo que metaboliza como ecología la cultura dominante y resulta muy perjudicial, porque, por supuesto, no tiene nada que ver, está muy alejado de lo que debería ser, de lo que nos tocaría hacer.

El retorno a los derechos humanos

Para Riechmann en su sugerente ensayo Autoconstrucción, la crisis ha abierto ventanas de transparencia, ha hecho que volvamos la vista hacia los derechos humanos. El derecho al trabajo, al techo, a la salud y la educación, está en la primera línea de las reivindicaciones, pero en lo que respecta a las amenazas del planeta pensamos que habrá tiempo, que no es la prioridad.
 
Parece que eso es comprensible en un país como éste por la quiebra que se ha producido, por el nivel de desempleo tan elevado que tenemos. Hemos ido aguantando por los distintos colchones sociales que han amortiguado la caída, pero el hambre y la desnutrición han vuelto a aparecer. El error es no ver como todas esas cuestiones están conectadas con las preocupaciones ecológicas.
 
Pensar, como han formulado también en ocasiones amigos y compañeros, que lo que toca ahora es dar de comer a la gente y aplazar lo otro, que ya vendrá el tiempo de resolverlo, es un error. Somos ecodependientes e interdependientes. No se puede organizar una economía viable sin tener en cuenta las amenazas ecológicas en las que ya estamos y que todavía van a agudizarse mucho más. Y eso no es algo optativo. Lo vamos a aprender por las buenas o por las malas.
 
Estamos ya en tiempos de descenso energético. Las sociedades industriales se han desarrollado de forma explosiva gracias a un chute de combustibles fósiles y lo que tenemos ahora es un capitalismo fosilista, adjetivo que no deberíamos olvidar. Sin ese chute de energía, de esa bioenergía acumulada durante cientos de millones de años en forma de carbón, petróleo, gas natural, que nosotros nos hemos puesto a sobre consumir de manera bastante inconsciente e irresponsable en estos dos siglos últimos, el mundo no sería como es y nuestras sociedades no se hubieran deformado tanto en ciertas dimensiones como lo han hecho hasta ahora.
 
Sea como fuere, esta es la historia de nuestros dos últimos siglos y eso se acaba. No va a seguir existiendo la posibilidad de sobreconsumo energético que ahora tenemos y que nos sigue pareciendo normal. Sabemos por distintos estudios e investigaciones que para funcionar con economías viables y con cierta justicia global, es decir, en un mundo relativamente igualitario, sin esa quiebra brutal entre Norte y Sur, mirando a los más desfavorecidos del planeta, los países enriquecidos, incluyendo al nuestro, que, pese a la situación actual, globalmente sigue formando parte de ese norte enriquecido, tenemos que reducir el uso de energía y materiales en nueve décimas partes.
 
¿De qué manera se hace eso? Pues hay cosas que se pueden hacer sin perturbar tanto el orden existente, pero todos los cambios importantes suponen un choque frontal contra el funcionamiento de las estructuras actuales. Uno puede organizar una economía que satisfaga adecuadamente las necesidades humanas de esa enorme población que somos ahora, de más de 7.200 millones de personas, con las reducciones de energía y materiales necesarias, con los consiguientes impactos asociados, pero eso no puede ser una economía capitalista, de crecimiento constante y de generación continua de supuestas nuevas necesidades. Tiene que ser otra cosa.
 
Construyendo castillos de esperanza

Para Riechmann, todavía hay esperanza. Todavía existe humanidad. Todavía es posible construir alternativas, proyectos de cooperación, de participación. Urge volver a recuperar conceptos como solidaridad, tan desprestigiados en las sociedades del lucro, esa es la idea con la que nos quedamos tras recorrer las páginas, las conclusiones, el compendio de lecturas al que nos acerca Jorge Riechmann en Autoconstrucción.
 
Nos presenta, por ejemplo, la idea de Joaquim Sempere de construir espacios, sociedades más resistentes a los peligros que nos amenazan, y que el sociólogo denomina municipios en transición. Una experiencia a la que habrá que llegar tras entablar un combate cultural que someta a crítica el presente. Nos acerca a las teorías del decrecimiento que preconizan estilos de vida más frugales, que nos pueden seducir con la posibilidad de vidas más sencillas y locales.
 
¿Cómo convencernos de que el decrecimiento no implica menos bienestar, ni, por supuesto, menos felicidad? ¿Cómo recuperar el buen sentido de la palabra austeridad que tanto han desfigurado los neoliberales? ¿Queremos de verdad cambiar, autoconstruirnos? Son algunas de las preguntas que plantea el recorrido que nos propone Riechmann, un recorrido que nos induce a reflexionar, a luchar con nuestras propias contradicciones, resistencias e inconsistencias. He ahí su gran valor.
 
¿Podemos controlar la megamáquina capitalista, se pregunta el autor. “Si no podemos hacerlo, ¿se sigue de ello un retirarse a esperar la catástrofe, hacia la que avanzamos a toda velocidad? Por una parte, está la vieja posibilidad de poner palos en las ruedas, actualizada como echar arena entre los engranajes primero, y más recientemente como desconfigurar conexiones entre los circuitos (…) Por otra parte, subsiste la orientación general de fracasar mejor. El derrumbe de la Megamáquina será, lo sabemos, una espantosa tragedia: cabe trabajar por reducir en lo posible la inconcebible masa de sufrimiento, tanto el humano como el de las demás criaturas”, argumenta Riechmann, quien habla de comenzar ya a construir más botes salvavidas y a organizar las formas de cooperación solidaria que pueden reducir los costes del naufragio”.
Catastrofismo, dirán algunos. Simplemente realismo, pensamos otros. Un realismo que nos lleva a visualizar en episodios de ciencia ficción cada vez más cercanos.
 
“Nos pierde / la codicia de los menos / la cobardía de los más / la irracionalidad de todos / falta lenguaje / falta decir / del horror que viene / Pero tú ya lo sabes: donde termina el reino de la mercancía / comienza la vida…”
 
Lo dice Riechmann de otro modo, a través de estos versos de su libro Poemas lisiados . El lenguaje de la poesía, La poesía, sí, capaz de tocar lo invisible, lo oculto, lo callado. La poesía como ventana de lucidez.
 
Hasta aquí las propuestas de Jorge Reichmann. Pero será necesario dar un paso más: ¿qué papel pueden jugar las tradiciones religiosas en la construcción de este imaginario social que rema contra la corriente consumista?

Imagen: Charles H. Smith, vergrößert von Aglarech. Fuente: Wikipedia.
Imagen: Charles H. Smith, vergrößert von Aglarech. Fuente: Wikipedia.
La biodiversidad y el factor humano

Tal vez pueda darnos un poco de luz este otro ensayo. Con el título Pérdida de biodiversidad y de sociodiversidad (publicado en la revista digital ligada a los jesuitas, “Entreparentesis” el Viernes, 04 Diciembre 2015), el profesor Juan Antonio Senent (Universidad Loyola-Andalucía) aborda la concepción más allá de la biología de la biodiversidad.

En su opinión, aludiendo a un artículo anterior, “el totalitarismo de la vía única” como fenómeno típicamente moderno, es la lógica cultural en la que se desplegaban las luchas desde Occidente (y de quienes lo reproducen) en los últimos siglos, entendiendo esto como el proyecto de alcanzar el sometimiento total de aquello que se combate.
 
Estas luchas son contra la naturaleza y su diversidad, contra otros pueblos y sus modos de vida económicos y políticos, sus técnicas y saberes tradicionales, contra las/sus religiones en lo que tienen camino humano atrasado e irracional en el marco de su superación por el progreso de la razón y la ciencia moderna.
 
En su opinión, el progreso técnico se presenta como un más allá de las culturas y se impone como si fuera a su vez fruto de la única racionalidad posible, sin ser un modo cultural e históricamente determinado de desarrollar la viabilidad de la actividad humana en el medio natural y social, y por tanto, revisable y criticable como cualquier mediación humana.

Por ello se presenta como la única vía posible. Nos encontramos así ante un nuevo dogmatismo, que no está sujeto a la corrección desde las propias comunidades ni a evaluar su corrección ante y desde los pueblos que más sufren sus consecuencias en forma de desastres sociales y naturales.
 
Y continúa: el progreso de la técnica moderna, en este mismo sentido, vehicula un proyecto autocentrado de desplazar y aniquilar lo “inútil”, conforme a los deseos de maximizar la producción despreciando todo vestigio de lo originario de las especies o razas “no productivas” en cuanto locales, tradicionales o simplemente naturales. Por ello, todo aparece como un mero “recurso” desprovisto de valor intrínseco y por consiguiente, que no merece ningún respeto o que no genera un límite normativo a nuestra actividad humana. Desde los “recursos naturales” a los “recursos humanos”.
 
Los derechos humanos y de la naturaleza

Para el profesor Senent, el respeto de los derechos humanos de las personas y el respeto de la naturaleza en cuanto fuente también de deberes para la humanidad choca continuamente con esta lógica cultural reductora y cosificadora, porque son “palos” en la rueda del progreso de actividad racional moderna.
 
Los derechos humanos y de la naturaleza, en la última versión moderna de la era neoliberal son “distorsiones del mercado”, entendido este mercado en el sentido que cobra en el liberalismo, como único, mundial y capitalista que implica tendencialmente un mundo sin diversidad biológica y cultural en un sentido fuerte. La única diversidad cultural que tolera es la estética en cuanto forma de mercantilización de las culturas tradicionales para ser introducidas en el circuito de recursos a consumir en el mercado global.
 
Tampoco se tolera la diversidad biológica que es reducida a curiosidad zoo-botánica o a información pertinente para la manipulación genética de nuevas variedades o de especies creadas “ex nihilo”, de la nada, por la pretendida omnipotencia de la técnica humana que no quiere reconocer ni pararse ante riesgos ni peligros de su propia técnica. Las especies y sus hábitats propios son destruidos, expoliados o llevados a los bancos de datos biológicos, como antes se llevaban las culturas que están llamadas/obligadas a desaparecer a los registros etnográficos y museísticos de las culturas muertas.
 
Por ello, - continúa - puede fácilmente comprenderse por qué los campos de la agroindustria moderna son campos de batalla contra las plagas, las “malas hierbas”, las variedades o especies vegetales o animales “menos” productivas aunque adaptadas al territorio durante siglos, contra los pueblos tradicionales que los habitan y sostienen y en los que se sostienen.
 
El tiempo como respeto al ritmo propio de la naturaleza, sus ciclos y de la reproducción sostenible del medio natural desaparece. Es el “tiempo cero” de la naturaleza, de cultura y de la sociedad. Por eso se rompe también la interdependencia tanto con las generaciones anteriores de las que no se recibe nada valioso ni respetable, ni con las generaciones futuras, pues no hay obligación para quien se considera desvinculado de los otros, antepasados, presentes o por venir.
 
La técnica moderna se presenta así como superación del tiempo natural, del tiempo social y cultural. Por eso tiene una cara oculta (cada vez más visible) tan devastadora para la sostenibilidad de la vida en el planeta en un contexto de aparente abundancia y de poderío sobre la naturaleza, aunque esa abundancia sea insostenible y socave la reproducción de la diversidad de la vida humana y no humana.
 
En este contexto, -argumenta el profesor Senent- no puede extrañarnos que los territorios más modernizados sean de menor biodiversidad, y que los territorios ancestrales de los pueblos tradicionales u originarios contengan una mayor biodiversidad. Pero estos territorios están amenazados por los proyectos de modernización en la explotación de sus “recursos naturales”, bien por las propias empresas o bien por los Estados nacionales que disponen de esos recursos de los pueblos tradicionales en aras del “desarrollo social”.

Biodiversidad y energías renovables

Cuando se debate ahora en París en la Cumbre del Clima para alcanzar un acuerdo mundial contra el cambio climático, hay que revisar y cambiar no sólo el modelo de producción de energías no renovables y ser sustituidas por energías renovables. Eso ya sería un logro para los próximos años.

Pero el combate contra el cambio climático, no puede olvidar que una de las fuentes del cambio climático es tanto la agricultura industrial como la ganadería industrial. Por ello, exige también un cambio de lógica cultural, lo que supone un respeto y valorización de las formas tradicionales de producción.
 
Como señaló Jacques Diouf, el anterior Director de la FAO, la agricultura tradicional es la que aun hoy, en mayor medida, y de forma más sostenible, satisface las necesidades alimentarias de la población mundial. Pero a su vez, supone también el desafío de la recreación postmoderna por introducir en los países modernizados otras lógicas productivas, de consumo y de relación con la naturaleza, como se postula, por ejemplo, desde la agroecología.
 
Para Senent, la lucha por la sostenibilidad del mundo, es pues una lucha también por la diversidad, y por la reconfiguración cultural y espiritual de nuestra relación con la naturaleza. El cuidado del medioambiente desde la ecología política y la ecología social van de la mano; porque los desórdenes ecológicos introducidos en los últimos siglos de modernización están produciendo también pobreza y exclusión social. No hay justicia social sin justicia medioambiental.
 
Y concluye que estas necesitan, como si fueran sus hermanas, de la ecología cultural y la ecología religiosa; pues la correcta interacción desde la pluralidad de culturas es necesaria para enfrentar los retos ecológicos y de inclusión social que genera el desarrollo moderno, y la riqueza religiosa de la humanidad puede proveer de fuentes para la transformación espiritual de nuestras relaciones con la naturaleza y con los otros.

Así pues, se pueden imbricar y se necesitan mutuamente en la lucha por hacer reproducibles, plural y convivencialmente nuestros mundos, y no sólo para satisfacer nuestras necesidades materiales, sino también espirituales.

Leonardo Boff. Imagen: Agência Brasil.
Leonardo Boff. Imagen: Agência Brasil.
“El capitalismo será derrotado por la Tierra”

El ecoteólogo Leonardo Boff es una figura reconocida en la defensa desde las tradiciones religiosas de otro modelo de sociedad y de una nueva conciencia planetaria. En una artículo titulado “El capitalismo será derrotado por la Tierra (4 de diciembre de 2015), reconoce que “hay un hecho indiscutible y desolador: el capitalismo como modo de producción y su ideología política, el neoliberalismo, se han sedimentado globalmente de forma tan consistente que parecen hacer inviable cualquier alternativa real.
 
De hecho, ha ocupado todos los espacios y alineado casi todos los países a sus intereses globales. Desde que la sociedad pasó a ser de mercado y todo se volvió oportunidad de ganancia, hasta las cosas más sagradas como los órganos humanos, el agua y la capacidad de polinización de las flores, los estados, en su mayoría, se ven obligados a gestionar la macroeconomía globalmente integrada y mucho menos a servir al bien común de su pueblo”.
 
Desde el punto de vista de Boff, el socialismo democrático en su versión avanzada de eco-socialismo es una opción teórica importante, pero con poca base social mundial de implementación. La tesis de Rosa Luxemburgo en su libro Reforma o Revolución de que «la teoría del colapso capitalista está en el corazón del socialismo científico» no se ha hecho realidad. Y el socialismo se ha derrumbado.
 
En su opinión, la furia de la acumulación capitalista ha alcanzado los niveles más altos de su historia. Prácticamente el 1% de la población rica mundial controla cerca del 90% de toda la riqueza. 85 opulentos, según la seria ONG Oxfam Intermón, tenían en 2014 el mismo dinero que 3,5 mil millones de pobres en el mundo. El grado de irracionalidad y también de inhumanidad habla por sí mismos. Vivimos tiempos de barbarie explícita.
 
¿Vencerá la Tierra al capital?

La opinión de Boff podría parecer una versión actualizada de las tesis (fallidas por el momento) de Marx según las cuales el sistema capitalista lleva dentro de sus entrañas el germen de su autodestrucción. Para Boff, las crisis coyunturales del sistema ocurrían hasta ahora en las economías periféricas, pero a partir de la crisis de 2007/2008 la crisis explotó en el corazón de los países centrales, en Estados Unidos y Europa.

Todo parece indicar que esta no es una crisis coyuntural, siempre superable, sino que esta vez se trata de una crisis sistémica, que pone fin a la capacidad de reproducción del capitalismo. Las salidas que encuentran los países que hegemonizan el proceso global son siempre de la misma naturaleza: más de lo mismo. O sea, continuar con la explotación ilimitada de bienes y servicios naturales, orientándose por una medida claramente material (y materialista) como es el PIB. Y ay de aquellos países cuyo PIB disminuye.
 
Este crecimiento empeora aún más el estado de la Tierra. El precio de los intentos de reproducción del sistema es lo que sus corifeos llaman «externalidades» (lo que no entra en la contabilidad de los negocios). Estas son principalmente dos: una injusticia social degradante con altos niveles de desempleo y creciente desigualdad; y una amenazadora injusticia ecológica con la degradación de ecosistemas completos, erosión de la biodiversidad (con la desaparición de entre 30-100 mil especies de seres vivos cada año, según datos del biólogo E. Wilson), el calentamiento global creciente, la escasez de agua potable y la insostenibilidad general del sistema-vida y del sistema-Tierra.
 
Estos dos aspectos están poniendo de rodillas al sistema capitalista. Si quisiese universalizar el bienestar que ofrece a los países ricos, necesitaríamos por lo menos tres Tierras iguales a la que tenemos, lo que evidentemente es imposible. El nivel de explotación de las «bondades de la naturaleza», como llaman los andinos a los bienes y servicios naturales, es tal que en septiembre de este año ocurrió «el día de la sobrecarga de la Tierra» (the Earth overshoot Day ).
 
En otras palabras, la Tierra ya no tiene la capacidad, por sí misma, para satisfacer las demandas humanas. Necesita año y medio para reemplazar lo que se le quita en un año. Se ha vuelto peligrosamente insostenible. O refrenamos la voracidad de acumulación de riqueza, para permitir que ella descanse y se rehaga, o debemos prepararnos para lo peor.
 
Como se trata de un super-Ente vivo (Gaia), limitado, con escasez de bienes y servicios y ahora enfermo, pero combinando siempre todos los factores que garantizan las bases físicas, químicas y ecológicas para la reproducción de la vida, este proceso de degradación desmesurada puede generar un colapso ecológico-social de proporciones dantescas.
 
La consecuencia sería – según Boff - que la Tierra derrotaría definitivamente al sistema del capital, incapaz de reproducirse con su cultura materialista de consumo ilimitado e individualista. Lo que no hemos conseguido históricamente por procesos alternativos (era el propósito del socialismo), lo conseguirían la naturaleza y la Tierra.
 
Esta, en realidad, se libraría de una célula cancerígena que amenaza con metástasis en todo el organismo de Gaia. Entretanto, nuestra tarea está dentro del sistema, ampliando las brechas, explorando todas sus contradicciones para garantizar especialmente a los más humildes de la Tierra lo esencial para su subsistencia: alimentación, trabajo, vivienda, educación, servicios básicos y un poco de tiempo libre. Es lo que se está haciendo en Brasil y en muchos otros países. Del mal sacar el mínimo necesario para la continuidad de la vida y de la civilización. Y, además, rezar y prepararse para lo peor, concluye Boff.
   
El movimiento Global Católico por el Cambio Climático

Más de 40.000 personas de más de 150 países y de multitud de movimientos sociales han estado en París. Entre estos movimientos sociales estaban presentes los movimientos ligados a muchas tradiciones religiosas.
Uno de estos movimientos es la Global Catholic Climate Movement (GCCM), El movimiento Global Católico por el Cambio Climático. Estaba constituido por una coalición de 200 organizaciones católicas que tratan de concienciar y actuar contra los daños que el calentamiento global y la degradación ambiental están produciendo ya en los lugares más pobres del planeta.

Para estos, el reto es global y la Iglesia, si quiere ser fiel a su identidad católica (es decir, universal), no puede más que responder de forma global, aunque muchos de los pasos que haya que dar luego sean necesariamente locales.
Según manifestaron, “pidamos por esta iniciativa y por tantas otras que estos días, en el marco de la ‪#‎COP21, tratan de ofrecer respuestas a las complejas y urgentes cuestiones que enfrenta nuestro mundo, la "casa común", la única que tenemos”. Más datos son accesibles a través de las redes sociales (‪#‎LaudatoSi ‪#‎ods ‪#‎sdg ‪#‎Change4Planet ‪#‎gccm ‪#‎amdg).
 
Como conclusión podemos afirmar que después de la Conferencia COP21 en París es posible la esperanza. Numerosos grupos de la sociedad civil, entre los que se encuentran grupos ligados a tradiciones culturales religiosas, están creando redes cada vez más tupidas que parecen apuntar hacia la posibilidad de construir juntos una humanidad más justa, más equitativa y ecológica. Tal vez el camino sea lento y con frecuencia erizado de obstáculos. Pero siempre es posible superar los baches y seguir adelante.
 
 


Leandro Sequeiros San Román, Catedrático de Paleontología y Coeditor de Tendencias21 de las Religiones.



Martes, 29 de Marzo 2016
Leandro Sequeiros
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Nota

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1.Publicado por LJoaquín González Álvarez el 29/03/2016 19:14
Monumental ensayo el del doctor Zequeiros. Además de los detractrores de la lucha por salvar el planeta por mezquinas razones económicas. se encuentran los que niegan rotundamente que "exista el cambio climático" aduciendo que es un "un invento de los comunistas", y utilizan esas imbecilidades en sus debates políticos pegándoles la etiqueta para ellos infamante de izquierdistas o populistas. Sugiero poner e Google mi artículo ANTE LA REALIDAD DEL CAMBIO CLIMATICO seguido de CASANCHI.

2.Publicado por leandro sequeiros el 01/04/2016 09:59
Gracias a mi buen amigo el profesor Joaquín González ÁLvarez. Tal vez pueda completar todo lo dicho este artículo de Leonardo Boff tal luminoso como siempre. Tengo el proyecto de desarrollarlo más en Tendencias21 de las religiones. Pero hoy lo incluyo aquí.
¿Pueden las religiones ayudar a superar la crisis ecológica? Por primera vez después de años, los 192 países se pusieron de acuerdo en la COP 21 de París, a finales de 2015, en que el calentamiento global es un hecho y que todos, de forma diferenciada pero efectiva, deben aportar su colaboración. Cada saber, cada institución y especialmente aquellas organizaciones que más mueven a la humanidad, las religiones, deben ofrecer lo que está en su mano. De no ser así, corremos el peligro de llegar con retraso y de enfrentarnos a catástrofes como en los tiempos de Noé.
Obviando el hecho cada religión o iglesia tiene sus patologías, sus momentos de fundamentalismo y de radicalización hasta el punto de haber crueles guerras religiosas, como hubo tantas entre musulmanes y cristianos, lo que se pide ahora es ver de qué forma, a partir de su capital religioso positivo, estas religiones pueden llegar a convergencias más allá de las diferencias y ayudar a enfrentarse a la nueva era del antropoceno (el ser humano como un meteoro rasante amenazador) y la sexta extinción masiva que ya está en curso desde hace mucho tiempo y se acelera cada vez más.
Tomemos como referencia las tres religiones abrahámicas.
Primero, veamos la contribución del judaísmo. La Biblia hebrea es clara al entender la Tierra como un don de Dios y que nosotros hemos sido colocados aquí para cuidarla y guardarla. “La Tierra es mía y vosotros sois huéspedes y forasteros” (Lv 25,23). No podemos, como ningún huésped normal haría, ensuciarla, romper sus muebles, estropear su jardín o matar a sus animales domésticos. Pero nosotros lo hemos hecho. Por eso existe la tradición de Tikkum Olam, de la “regeneración de la Tierra”, como tarea humana por los daños que le hemos causado. Hay también sentido de responsabilidad frente a los no humanos. Así antes de comer, cada uno debe alimentar a sus animales. No se puede tirar el nido de un pájaro que está cuidando a sus pichones. “Dominar la Tierra” (Gn 1,28) debe ser entendido a la luz de “cuidar y guardar” (Gn 2,15), como quien administra una herencia recibida de Dios.
El cristianismo heredó los valores del judaísmo. Pero le añadió datos propios: el Espíritu Santo fijó su morada en María y el Hijo en Jesús. Con eso asumió de alguna forma todos los elementos de la Tierra y del universo. La Tierra es entregada a la responsabilidad de los seres humanos, pero éstos no tienen un derecho absoluto sobre ella. Son huéspedes y peregrinos y deben cuidar de ella. San Francisco de Asís introdujo una actitud de fraternidad universal y de respeto a cada uno de los seres, hasta a las hierbas silvestres. Por ser el Dios cristiano un ser relacional, pues es Trinidad de Personas siempre relacionadas entre sí, el propio universo y todo lo que existe es también relacional, como tan bien lo expresó el Papa Francisco en su encíclica.
El islam sigue las huellas del judaísmo y del cristianismo. También para él la Tierra y la naturaleza son creación de Dios, y han sido entregadas a la responsabilidad del ser humano. En el Corán se dice que tenemos nuestra morada aquí y por un corto tiempo podemos disfrutar de sus bienes (Sura 2,36). El Altísimo y Misericordioso nos da señales a través de la riqueza y la diversidad de la naturaleza que nos recuerdan constantemente su misericordia, con la cual dirige el mundo (Sura 45,3). La entrega confiada a Alá (islam) y la propia jihad (lucha por la santidad interior) implican cuidar de su creación. Hoy muchos musulmanes han despertado a lo ecológico y de Singapur a Manchester pintaron sus mezquitas todas de verde.
Hay unos puntos convergentes en estas tres religiones: entender la Tierra como don y herencia y no como objeto para ser usado simplemente a su voluntad, como lo entendió la modernidad. El ser humano es responsable de lo que recibió, debiendo cuidarla y guardarla (haciéndola fructificar y dándole sostenibilidad); él no es dueño sino cuidador. La Tierra con su riqueza remite continuamente a su Creador.
Estos valores son fundamentales hoy, pues la tradición científico-técnica trata a la Tierra como mero objeto de explotación, situándose fuera y por encima de ella. Somos Tierra (Gn 1,28). Por eso hay un parentesco con ella, nuestra sustentadora.
Además, todas las religiones desarrollan actitudes que actualmente son imprescindibles: el respeto por la Tierra y por todo lo que ella contiene, pues las cosas son muy anteriores a nosotros y tienen valor por sí mismas; la veneración ante el Misterio del universo. Respeto y veneración no solo al Corán o a la hostia consagrada, sino a todos los seres, pues son sacramentos de Dios. Esta actitud impone límites al poder dominador que está hoy poniendo en peligro el equilibrio de la Tierra y amenazando nuestra supervivencia. La irracionalidad científico-técnica debe conocer límites éticos, impuestos por la propia vida que quiere seguir viviendo y mantener su identidad. Si no, ¿a dónde iremos? Seguramente no a la montaña de las bienaventuranzas sino al valle de lágrimas. Página de Boff en Koinonía Página de Leonardo Boff


3.Publicado por leandro sequeiros el 01/04/2016 10:02
Este es el artículo al que alude el profesor González: http://casanchi.com/fis/realidadcc01.pdf

4.Publicado por Clean el 01/04/2016 13:03
Fisica cuantica, Miirar al cielo y al cielo de los Hombres ...?

Como es Arriba es abajo ...?

5.Publicado por Carlos M. Palacios M. el 03/04/2016 02:19
Por supuesto que hay espacio para la esperanza, pese a la magnitud y complejidad del problema. El mundo es cada vez más consciente de la necesidad de preservar nuestra casa común; de cambiar nuestro estilo de vida por uno más amigable con la naturaleza; de sustituir la energía fósil por fuentes de energía renovables; de volver vinculantes los acuerdos internacionales orientados a superar el problema, etc. Este despertar de la consciencia ecológica es buena noticia, por supuesto.

Pero es solo eso, esperanza, no certeza de poder solucionar el problema. Es que la solución ha de ser una solución globalizante a la que todos aporten, sean individuos, grupos o naciones, independientemente de cuales sean sus ideologías y sus praxis políticas y sociales, o no será solución, o solo una solución a medias. Es que si bien hay razones para mantener la esperanza de que las cosas mejorarán, no hay la seguridad de que la concientización y los esfuerzos lleguen a tener el grado de generalización que la naturaleza del problema exige. Más aún, una solución planetaria del problema pasa por el desarrollo espiritual individual, y si eso no se da, las soluciones meramente normativas y organizacionales, mismo que necesarias, no serán suficientes. En mi opinión, se requiere una solución global y sinérgica en la que han de intervenir todos los actores involucrados, cualesquiera que ellos sean. Creo que los actores sinérgicos más destacados son los consumidores, los productores, los gobiernos y las religiones.

Casi que por definición los consumidores tienen el papel más relevante. De ellos depende en gran medida la respuesta de los productores (considérese, a modo de ejemplo, el narcotráfico). Y digo que en gran medida, pues es evidente que también la oferta moldea los patrones de consumo, y luego el efecto demostración los propaga, pero también es evidente que si la actitud de los consumidores fuera otra, otra también sería la situación. Los gobiernos tienen la responsabilidad de desarrollar normativas razonables en favor de la ecología, y sobre todo, de cumplir y hacer cumplir los compromisos universales que suscriben. Y es responsabilidad de las religiones apoyar el cuidado ambiental, desde sus propias fuentes de inspiración, como bien lo ha explicado Dn. Leandro Sequeiros en su reciente post, y que en el caso de la religión judeo-cristiana está claramente resumido en Génesis 2:15 (“cuidar el jardín”).

Sirva todo lo anterior para plantear, a modo de conclusión, que en la búsqueda de soluciones se debe evitar los sesgos excluyentes que pretendan radicar de manera exclusiva, en una parte de la sociedad o en determinadas doctrinas y praxis, la responsabilidad por la crisis que estamos viviendo. Esta grande y compleja crisis en el fondo es producto del subdesarrollo espiritual de todos, pero según el artículo, el profesor Jorge Riechmann ha dicho que “El síntoma se llama calentamiento climático, pero la enfermedad se llama capitalismo”, radicando así en el capitalismo la causa única del problema. Yo no eximo al capitalismo y a la economía de mercado de la parte de culpa que le corresponde en el problema, ni más faltaba. Creo que la economía de mercado necesita cambios profundos que la arrumben hacia una nueva racionalidad colectiva. Pero, por otro lado, creo que lo dicho por el profesor Riechmann es una generalización simplista, no solo por los grados de capitalismo existente, desde una tienda de barrio sin ninguna capacidad de influencia sobre las decisiones de gobierno, hasta el gran capital transnacional, con gran capacidad para hacerlo, sino también porque dudo que en otros sistemas económicos, no basados en el mercado, no exista culpa alguna respecto a la crisis climática. En realidad, en condiciones de subdesarrollo espiritual, todo “ismo” (capitalismo, comunismo, socialismo) tiene su cuota de responsabilidad.

Tampoco a la democracia en sí misma se la puede culpar del problema, ni acusarla de que “se está vaciando cada vez más de sentido”, pues el sentido que tiene es intrínseco a ella. No se puede confundir democracia con regímenes pseudo democráticos que lo que hacen es abusar de las instituciones democráticas, y que en el fondo solo son dictaduras disfrazadas con ropajes democráticos. Sería un gran retroceso para la humanidad si a guisa de luchar contra el cambio climático se abandonara el ideal democrático y se entronizaran dictaduras salvadoras y refundadoras. La lucha contra el cambio climático debe hacérsela en el marco de un racional equilibrio entre democracia y racionalidad climática.

Saludos

6.Publicado por CachiBrasil el 04/04/2016 03:19
Bueno, un poco larga y complicada demás esta nota como para leerla toda con atención...
El tema es la "crisis" por el "cambio climático"...
Bueno, "Crisis": Una crisis es un desborde del vaso por una gota de agua, lo que implica, claro, muchas gotas ya acumuladas. Acumulación ésta que se inició en los comienzos de la Humanidad, atravesando todas las culturas y todas las religiones que conocemos y que acá se mencionan al pasar.
"Cambio climático": Deshielos acelerados, destrucción de la capa de ozono, contaminación del aire y del agua, aumentos de temperatura, proliferación de terremotos, tifones y tsunamis, una bella lista incompleta...
¿Y que hacemos? ¿Podemos remendar y contrarrestar esta situación creada durante miles y miles de años?... No, no podemos hacer éso sin acabar de raiz con la civilización que construimos, sus hábitos, sus gustos, sus ensueños, sus creencias y su cultura.
Tenemos que ponernos las pilas, amigos/as; parar de buscar remiendos milagrosos y comprender que lo que construimos desde que existimos podremos descontruirlo construyendo una nueva civilización.

7.Publicado por trifosi el 04/04/2016 13:47
La Tierra manda hacer unas determinades operaciones. Sostenibilidad es la raiz que ha de tomar el aliento profundo con el conocimiento y pruebas del estado real. Si la ceguera del sistema no hace ley y no pronuncia ese mandatoo claro, recogido en las voches y en las palabras de la ley y en el mismo cambio de organización inteligente que se está s solicitando, esas nuevas esperanzas quedaran defraudadas por el empeño poco solvente de tanto paso prudente para conservar en esencia los intereseses poderosisimos y particulares... esos que llevan el mundo a lugar ignorante, a las afueras de la vida libre y buena.

8.Publicado por LJoaquín González Álvarez el 04/04/2016 17:47
Para comentario 6.
1Sería interesante que CachiBrazil abundara sobre la "construcción de una nueva civi;ización"?.







p

9.Publicado por leandro sequeiros el 05/04/2016 10:35
Gracias a todos por los comentarios.. Hoy es martes y cambian el artículo semanal de Tendecias21 de las religiones. Pero quien lo desee puede seguir añadiendo comentarios. Para quien lo necesite, en el sitio web www.slideshare.net/sequeiros tengo colgadas unas cuantas presentaciones en ppt que pueden ser descargadas libremente.. Un cordial saludo. Leandro

10.Publicado por Trifosi el 05/04/2016 12:18
Gran trabajo del profesor Sequeiros.Pone en letra agudisima el desanimo y alarmas de muchos pero, asi tambien las respuestas inteligentes de autores profesionalizados em.conciencis,.por ese gran problema del desequilibrio. Al que.se puede hacer? .Habria que contestar como premisa lanzadora, con el.que no.se debe seguir.haciendo para comenzar a hacer..De cualquier modo ,el mensaje a paises para.que en la accion diaria pongan a trotar o liberar a las. ideas, que esas mentes inquietas y profundas en reuniones ensayos trabajos etc.hayan podido fertilizar ,encuentra el primer obstaculo e incomodidad en los gobiernos, de los cuales en amarga paradoja , dependen demasiadas decisiones vitales para el equilibrio haciendosw otra vez.

11.Publicado por CachiBrasil el 05/04/2016 17:21
Bueno Joaquín, tu no pides poco, ¿no?... Como debes saber, el concepto "Civilización" se refiere a una estructura histórica temporal de la humanidad que incluye su sistema económico, social y cultural que va cambiando a lo largo del proceso histórico desde nuestros orígenes. Abundar sobre éso sería escribir uno o varios libros. Como personalmente no estoy en condiciones de hacer éso en este momento, puedo indicarte que recorras el sitio www.silo.net que informo en cada uno de mis comentarios, donde verás reflejado el pensamiento de Silo, del cual me nutro. Particularmente sobre este tema, sería indicado que leas el texto "Cartas a mis amigos". Un abrazo. Cachi.

12.Publicado por trifosi el 05/04/2016 19:15
Buen desarrollo con la presentación ppt , Leandro. La verdad es que entre las preocupaciones del Papa, como hecho distintitivo de desamparo en las poblaciones, esta la Ecologia. Hay un ordenamiento natural de los recursos, cuando se hace buen uso de ellos y llega a todos, produciendo la subsistencia o autosustento en personas, grupos, ciudades etc. El intercambio comercial debe ser más justo, transparente, no tránslucido o cerrado a información, y no ocasional... Me quedo en principio con la responsabilidad en la deuda ecológica, centro de los antagonismos actuales y terrenales.

13.Publicado por LJoaquín González Álvarez el 06/04/2016 18:40
A comsntario 11 de Cachi.
Muy atinada tu documentada respuesta. Con gusto visitaré tu prestigioso Website, ya lo he hfcho anteriormente.
Un cordial abrazo. Joaquín.

14.Publicado por CachiBrasil el 08/04/2016 02:48
Esperanza: No sé si siempre hay esperanza, como dice el dicho... Pero si no la hay, si no la tengo, estoy resignado y perdido, sufriendo. ¿Y que es esperanza?: Creo que es esperar que una situación o proceso negativo en el que participo o estoy envuelto, mejore y termine bien.
Pero no es sólo esperar, también preciso actuar para que mejore y termine bien.
En este sentido puede decirse que la esperanza es la fuerza que impulsa a la acción. Sin esperanza no doy un paso.

15.Publicado por Beatriz BASENJI el 09/04/2016 17:29
Pensamos que una Institución milenaria como la ICAR bien puede contribuír de forma concreta y positiva, iniciando junto a las familias de las Parroquias huertos, jardines,talleres de reciclado de materiales que pueden contribuir a que familias de menores recursos mejoren sus viviendas. En muchas ciudades, las Parroquias tenían no solamente un colegio, sino talleres donde se enseñaba la fabricación de muebles y carpintería de obra. Lamentablemente ya no funcionan, porque de ahí salieron no solo excelentes profesionales sino personas dignas de respeto y admiración en el plano social, por sus conductas intachables.Aquí también quiero nombrar al Padre Ignacio Puig, SJ. autor de un Diccionario Industrial que aún hoy no son pocas las personas que lo consultan.

16.Publicado por todoblog el 31/05/2016 18:00
Son muchos los lugares donde hablamos del calentamiento global. Pensamos que tal como vamos encaminados en el mundo.....vamos a dejar nuestra tierra de la misma forma que la encontramos. Error!!!!

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