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El cambio climático reclama una revisión ecológica de la Ética

La presente crisis es una gran oportunidad para profundizar en las tradiciones dominantes


El cambio climático nos coloca frente frente a un cambio radical ineludible de hábitos y modos de vida. De ethos, en una palabra. Por eso, una “revisión ecológica” de la Ética es una tarea imprescindible. Las grandes tradiciones filosófico-éticas de Occidente, de Platón a Kant, han ignorado o subvalorado la dimensión que hoy llamamos ecológica. Pero esa subvaloración no puede mantenerse por más tiempo. Además, existen otras tradiciones culturales (de pueblos llamados “primitivos”, de religiones orientales...) cuyos valores y actitudes al respecto han sido siempre muy distintos. Esta gran crisis es, una gran oportunidad de cara a profundizar y revisar las concepciones éticas derivadas de las tradiciones dominantes. Por lo demás, grandes figuras –quizá algo “especiales”– del Cristianismo, como San Francisco de Asís, Pierre Teilhard de Chardin y Leonardo Boff, deben ser tenidas muy en cuenta en la hora actual. Por José Luis San Miguel de Pablos.



Sacred Run Poster. Michael Horse.
Sacred Run Poster. Michael Horse.
La noción de humanismo, aparentemente luminosa y clara, encierra cierta ambigüedad. Normalmente, a este término se asocian connotaciones muy positivas, evocadoras de la libertad de búsqueda, intelectual y espiritual, de los pensadores y artistas del Renacimiento.

Pero existe también otra cara del humanismo que viene a ser como su sombra: la postura que consiste en defender la singularidad absoluta del hombre y, consiguientemente, su separación radical de la Naturaleza, con la que estaría llamado a confrontarse en permanencia. Si la primera versión del humanismo es, en efecto, la renacentista, es de temer que la segunda haya sido la predominante desde la Ilustración hasta nuestros días.

Echando la vista atrás para abarcar una amplia panorámica espacio-temporal, percibimos una distinción entre pueblos que se consideran –o que “se viven”– en continuidad con la Naturaleza, y pueblos –o civilizaciones– que se sienten separados y en guerra con ella. Los primeros suelen considerar sagrada a la Naturaleza, pero no así los segundos.

Una pulsión humana ambivalente ante la naturaleza

Que en el ser humano existe una pulsión fusional (o amorosa) y otra separativa (o belicosa), es algo que se captó hace mucho tiempo. Poco después de Heráclito (576 – 480 a.JC), para quien polemos (la guerra) era “padre y madre de todo”, lo que creaba la distinción de los opuestos y permitía el fluir universal, Empédocles de Agrigento (490 – 435 a.JC) veía en el Amor (Eros) y la Discordia (Eris) los dos principios cosmogónicos básicos.

La “atracción y repulsión” de la física, el “eros y thánatos” del psicoanálisis, fueron pues entendidos ya como los dos pilares en que se apoya un universo múltiple y unitario a la vez, complejo y contradictorio-complementario, muchos siglos antes de que Edgar Morin propugnara, como ahora lo hace, una Razón Compleja (y, por eso mismo, ecológica) como alternativa a la Razón Simplificadora y separativa del cartesianismo.

La construcción de una ética ecológica nos pone en la obligación de profundizar, de repensar muchas cosas. Y tiene que integrar ineludiblemente, pienso yo, dos factores. El primero es ese mismo rasgo de la naturaleza humana que se acaba de evocar: su orientación doble, amorosa y destructiva. El segundo es la constatación de que, en el fondo, el hombre no puede plantearse en solitario su comportamiento hacia la Naturaleza puesto que hay “alguien más”.

La Naturaleza como pretexto

La Naturaleza misma no puede ser entendida como un mero pretexto exterior para perfeccionar autocomplacientemente una ética que sigue siendo cosa exclusivamente nuestra. Ella también tiene algo que decir, y lo está diciendo a su manera. La Naturaleza no es solamente objeto sino, además, sujeto interlocutor, y ello también de cara a la definición de un nuevo modelo ético, por primera vez no excluyentemente antropocéntrico.

Vayamos un poco más lejos en la consideración de estos dos puntos. El primero es una apelación a sincerarnos con nosotros mismos, a asumir de entrada un realismo antropológico elemental. Ni el hombre es “esencialmente bueno” ni totalmente malo tampoco. ¿Por qué no entender de una vez que es más bien contradictorio? Ente inestable a causa de su altísima complejidad, le va muy bien la denominación de “sapiens-demens” que le aplica Edgar Morin.

Y de ahí ese continuo tironeo entre construir y destruir, amar y odiar, tocar el cielo y precipitarse en el infierno. En busca permanente –lo sepa o no– de sus vínculos perdidos con el Todo, que necesita imperativamente recuperar, tantea todo el tiempo, pasando de la oscuridad a la luz, y de ésta de nuevo a la oscuridad. En difícil equilibrio sobre el filo que separa lo sublime de la locura, el hombre apenas si puede soportar su tremenda soledad, y cabe incluso preguntarse si la civilización tecnoindustrial no tiene algo, o mucho, de huída hacia delante.

¿Un humanismo al margen de la naturaleza?

Que homo sapiens-demens es un ser a la vez fusional y separativo, un poco como un corazón tiene, al latir, sístole y diástole, es un hecho antropológico que no conviene tratar de ocultar, ni siquiera en nombre de las buenas intenciones. Lo mejor es, pienso yo, afrontar esta realidad para tratar de hacerla compatible con la Realidad en que el “fenómeno humano” está inmerso, que no es otra que la Naturaleza, la fysis de los griegos.

Pero reconocer esto, no nos impide percibir que la Humanidad se ha ido desequilibrando cada vez más hacia el lado de lo separativo, y no hay conflicto, por doloroso que sea, que supere en gravedad al que opone la civilización industrializada a la Naturaleza, representada icónicamente por el planeta de la vida conocida y nuestra, la Tierra.

La desmesura separativa del hombre, cuya consecuencia más inquietante es la industrialización salvaje, cuenta con un vasto andamiaje ideológico, incluido el que proporciona una cierta interpretación literalista de la Biblia, de la que cabe concluir que si el hombre fue creado aparte, la Humanidad no se enraíza en la Naturaleza. El creacionismo separa y aísla al ser humano con el pretexto de enfatizar su dignidad.

Y ese separativismo (tan poco amoroso, y en este fundamental aspecto, tan poco cristiano) fue heredado por el cartesianismo. La naturaleza mecánica y el animal-máquina de René Descartes son concepciones “contra natura”, en toda la extensión de la palabra, que, si bien han sido superadas socialmente, lastran todavía a una parte de la comunidad intelectual.

Así, no sin sonrojo, escuché hace poco a un ilustre teólogo afirmar que los animales no son sino robots, y que cualquier actitud afectuosa hacia ellos es pura sensiblería. La conferencia me dio que pensar, y acabé por encontrar esas afirmaciones muy representativas de una cierta ideología “convergente” creacionismo-cartesianismo.

Pienso que la relación ser humano-naturaleza es tan vital para el hombre que polariza profundamente sus concepciones, incluidas las religiosas. La Ética Ecológica, la aproximación a una conducción correcta de nuestro comportamiento para con la Naturaleza y sus habitantes, los seres vivos, tiene que pasar a primer plano, dejando atrás un supuesto “humanismo” excluyente, deshumanizador en el fondo. El desafío del calentamiento global es una razón poderosa para revisar una Ética acaso demasiado cerebral.

Porque el corazón tiene mucho que decir en lo tocante a Ética, por más que el racionalismo haya querido prescindir de él, castrando el sentido básico de una dimensión de la filosofía que sin Amor no es nada, por mucho que se diga. Y el corazón, nutriendo a la razón, nos lleva directamente a la Ética Ecológica. ¿Por qué nos subleva, a muchos, la quema de los bosques? ¿Por qué esa rabia ante los vertidos de petróleo en el mar? ¿Por qué, en tantos de nosotros, provocan compasión los animales? ¿Por seguir la corriente? ¿Por sensiblería? No, en absoluto.

La fuente de la Ética Ecológica

Las olorosas flores son nuestras hermanas, el ciervo, el caballo, la gran águila, son nuestros hermanos. Las rocosas alturas, las suaves praderas, el cuerpo ardoroso del potro y del hombre, todos pertenecen a la misma familia. (...)

¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre también moriría, por la gran soledad de su espíritu.


Gran Jefe Seattle de los Duwamish

“Sólo soy un salvaje...”, decía Seattle en otro pasaje de su memorable carta al presidente de los Estados Unidos, la misma que cabe ver como la primera declaración de los principios de la Ética Ecológica que jamás se ha escrito.

Y ese “salvaje” diagnosticaba con enorme lucidez una herida presente en el corazón de la Humanidad: “Si todos los animales desapareciesen, el hombre también moriría por la gran soledad de su espíritu”. Por mucho que su soberbia les haga creer a algunos que el ser humano es autosuficiente, no lo es. Ni física ni psíquicamente. En el aspecto puramente físico, la humanidad vive inmersa en los ciclos vitales del planeta.

No existen “eco-burbujas”: recordemos el rotundo fracaso, a principios de los noventa, del experimento Biosfera 2 que pretendía reproducir “otro” ecosistema global..., confinado dentro de límites artificiales. Hay una sola Tierra y, como dice Seattle, “nosotros somos parte de la Tierra”.

En lo que se refiere al aspecto psíquico, hay que decirlo claro: el infierno no son los otros; el infierno es la soledad solipsista. La Humanidad está gravemente enferma de esta clase de soledad, y esta es una de las principales razones por las que, en el fondo, toda ética o es ecológica o no es.

Fundamento holístico de la ética ecológica

Porque, además, en realidad no estamos solos, aunque hayamos llegado a creerlo. No tenemos el monopolio de la vida, la Naturaleza está viva también. Es más, es la Vida. Como tampoco es verdad que el hombre monopolice la conciencia. Se equivocaba Descartes: ni la naturaleza es mecánica sino holística y compleja, ni los animales son máquinas sino seres sintientes física y emocionalmente.

No hace falta ir a buscar a los “otros” en la inmensidad del espacio extraterrestre. Están aquí, son el resto de la vida que florece sobre la Tierra, una vida que nosotros necesitamos para vivir y no agonizar “por la gran soledad de nuestro espíritu”, faltos de una vitalidad que sólo fluye de verdad al compartirla. Por eso, una Ética Ecológica no puede solamente ser pensada, sino que es preciso, además, sentirla, como estoy convencido que sucede con cualquier ética auténtica y operativa.

En la misma línea de profundización y reforma del concepto de Razón que propone Edgar Morin en El Método , la nueva Ética tiene que asumir los principios de interconexión universal y de relativización de los opuestos. La separación sujeto-sujeto y sujeto-objeto tiene, a la vez, algo de real y algo de ficticio; es plenamente real que en el universo hay entidades bien definidas, entre ellas nosotros mismos; pero es ficticio que tales entidades (incluidos nosotros mismos) existan aisladamente.

Al “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega, habría que sumar la afirmación de que el Amor no es sólo una exigencia moral, sino también una exigencia ontológica: una forma de llamar –y de experimentar– a la ley universal de integración de los sistemas-partes en sistemas-totalidades. Pero sin olvidar que, asimismo, tanto el amor –que se orienta a la fusión y a la integración– como la separatividad –que se orienta a la distinción– son, ambos, principios sistémicos complementarios y necesarios.

La fuente esencial de la Ética Ecológica es la Vida (en la que están presentes esos dos principios), nuestra participación consciente en ella y nuestra identificación con ella. Una razón no vital no puede engendrar semejante Ética con toda su hondura, no una razón sin corazón. Es bien conocida la frase –creo que de autor célebre– “el corazón tiene razones que la razón no comprende”. ¿No será porque la razón sin corazón es tremendamente incompleta?


José Luis San Miguel de Pablos, de la Universidad Comillas, es investigador en la Cátedra CTR, geólogo y doctor en filosofía.



Martes, 6 de Marzo 2007
José Luis San Miguel de Pablos
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