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La amplitud de la lejanía en un cuaderno de viaje

La autora española Concha García publica un “recorrido lírico” con Ediciones Carena


La escritora española Concha García ha publicado “La Lejanía-Cuaderno de Montevideo” (Carena, 2013), un cuaderno de viaje lírico, escrito en forma de verdadera poesía meditativa y evocadora: soliloquio, monólogo, y a la vez diálogo con las otras en que la autora se desdobla o a las que contempla vivir. El libro alterna momentos de una extrema riqueza, con otros paupérrimos; todos sostenidos con un brío que no decae. Por Noni Benegas.




La amplitud de la lejanía en un cuaderno de viaje
Podría empezarse hablando del libro La Lejanía-Cuaderno de Montevideo (Ediciones Carena, 2013), de la autora española Concha García, por una de las primeras entrada de su cuaderno de viaje. Aquella donde dice: Cuando era una niña tenía la fantasía de que en el hemisferio sur encontraría a mi doble.

Para confirmar que, por fin, está en el hemisferio sur, la autora abre el grifo del lavabo y deja correr el agua, y observa que efectivamente, el agua desagua en sentido contrario al del hemisferio norte.

Es decir, necesita aventurar que la que esta aquí es quizás la otra con la que soñó, como si por arte de magia, subir a un avión y bajarse en el sur le garantizara ese desdoblamiento. De hecho, la entrada al diario termina con el recuento de una experiencia, donde se desbarata esa ficción, ¿o, tal vez, se multiplica hasta el infinito?

Dice así: Busco intensamente a mi doble, y recuerdo que hace unos años, en Buenos Aires, caminaba despistada por un Centro Comercial, cuando, al bajar una escalera, me vi reflejada en un gran espejo. Por un instante pensé que yo era aquella otra.

Quizás allí, en esa fracción de segundo en el cual se sorprende al encontrarse frente a otra mujer que le resulta intensamente familiar, pero que no atina a reconocer, resida el sentido o el sentimiento de la palabra “Lejanía”.

Freud definió la melancolía - y recurro a la cita a conciencia, por ser éste un libro que se apoya en esos vislumbres ajenos y los hace suyos- definió la melancolía como: la nostalgia de un recuerdo que se ignora.

Es decir, no es la mera nostalgia, la que puedo sentir yo por Buenos Aires donde nací y viví casi 30 años; no, la melancolía es otra vuelta de tuerca, mucho más perversa que la nostalgia, porque nos escamotea el objeto de esa nostalgia.

Es nostalgia de un recuerdo que se ignora. O sea, añoranza de lo desconocido que contiene, sin embargo, rasgos, gestos, semejanzas que lo hacen familiar.

De ahí, que la experiencia del espejo retenga toda la sorpresa y el perfume punzante de “La Lejanía” durante un ejemplar, deslumbrante, irrepetible fragmento de segundo.

Una vez establecido el objeto a que hace referencia el título de este libro, y que entendemos en qué consiste la jugada, es decir, en ir comprobando de sorpresa en sorpresa que esto parece lo mismo pero que no lo es, y que ese deseo de desdoblamiento se cumple a medias, paso a paso, y que cada paso aumenta la confusión o la multiplica como el espejo, hasta el infinito, una vez dicho esto, podemos ir abriendo “el campo” a otras variables.

En los márgenes se amontona el sentido

Apareció por fin la palabra campo. Hace años que la utilizo en relación al “fuera de campo” de la foto, para la exclusión de las mujeres en el campo literario. Es decir, lo que no entra en el recuadro de la fotografía, pero condiciona activamente lo que pasa dentro de ella, al igual que las cosas invisibles que laten en el inconsciente condicionan lo visible.

Aquí, me interesa rastrear otra deriva, a partir del registro en que Concha García la utiliza en unas declaraciones. El campo aparece, inquietante como siempre que aparece el deseo, en una entrevista que le hace una periodista de la Patagonia este año, donde le pregunta si cree que hay una poesía patagónica.

Y Concha responde: No hay una poesía patagónica, ni catalana, ni andaluza, ni china; sí hay una poesía que se produce en un lugar del mundo determinado y por esa razón adquiere unas características que la hacen reconocible visibilizando el lugar donde fue escrita.

Y, tras preguntarse por esas características, menciona: la presencia del paisaje que, a causa de las enormes distancias de la Patagonia, está casi siempre presente en la obra de casi todos los poetas. Y aclara: Incluso hasta en los más intimistas no deja de estar presente algo de la historia y del paisaje donde fueron escritos.

Pensamos en esa tierra indómita de frontera, y en las incursiones que se hacían desde el Río de la Plata para doblegarla. Es decir, en la huella del tiempo humano sobre un espacio.

Luego, en los párrafos finales de esa pregunta, dice: Me interesa mucho la poesía que se produce en la Patagonia porque está más viva, no sé cómo razonarlo, siento que está al margen de otras producciones más esteticistas o experimentales, ese estar en el margen la hace mucho más interesante por su poder de transformación, como si de un organismo vivo se tratara.

Al margen, pensamos, claro está, de la poesía que se hace en la capital argentina, en Buenos Aires, y aquí podríamos incluir, grosso modo, a la poesía que se hace en el otro margen del río de la plata, en la llamada “Banda Oriental” como se conoce popularmente la orilla de Montevideo, siempre “marginal” -o subalterna- con relación a la llamada “Reina del Plata” que es Buenos Aires.

¿Por qué, nos preguntamos, ese estar en los “márgenes”, tanto sea en la Patagonia, como en el Uruguay, hace más interesante a esa poesía y le otorga tal poder de transformación? Me viene a la memoria un verso de Esther Zarraluki que dice: En los márgenes se amontona el sentido.

Y yo creo que de esto sabe algo Concha García, -y lo comenta, de hecho, en muchas entradas de este cuaderno-, dada la temprana emigración de su familia desde su Córdoba natal a Barcelona. A esto, habría que sumarle el tiempo histórico que le tocó vivir, que la atraviesa, de parte a parte, y que es el de la recuperación del catalán, en el momento en que ella está cuajando su obra de creación en español.

Y termina la pregunta de la entrevistadora de la Patagonia con estás palabras: Me encantaría estar integrada en su campo, eso deben decirlo ustedes.

Un poco a la manera, diríamos a primera vista, en que lo está Enrique Hudson, u otros pioneros que descubrieron ese territorio en épocas pasadas. Pero si aquellos le pusieron nombre a través de sus descripciones botánicas y etnográficas, Concha oye y deja que hablen sus actuales creadores, a través de respetuosas recopilaciones de esas voces.

Un espacio entre-dos

Pero, para ir al grano del libro y ver porqué nos resulta apasionante lo que allí propone, creo que hay que buscar las claves de su deseo de integración en otras instancias.

Por ejemplo, en la “labilidad” o, como ya se dijo, en el “poder de transformación” de esas ciudades o regiones, que por su misma marginalidad o cualidad fronteriza, están menos fijadas, en primer lugar, en el hecho nacionalista, o en el ser nacional, esa reivindicación altanera y sofocante, que a veces suele enrarecer la atmósfera de Buenos Aires.

Y en segundo lugar, porque en aquellas ciudades o regiones se tiene la costumbre del trapicheo, el intercambio propio de los márgenes y las fronteras. Asimilan al extranjero y su mercancía en un clima benévolo, que le permite exponer y desarrollar, por así decir, sus raíces aéreas.

Y es que, como observa el antropólogo James Clifford, las culturas nos aparecen hoy fragmentadas, expandidas, solapándose unas con otras, conectadas físicamente o a distancia, muy lejos de lo que en el pasado pudo haber sido una territorialidad clara.

Y hasta los más remotos pueblos indígenas ostentan formas insólitas de cosmopolitismo como móviles o conexiones en red, mediante los que reciben y emiten información. Vemos aquí en vivo una de las características de la globalización, que es generalizar el “contrabando” entre mundos moral y físicamente alejados unos de otros.

Me gustaría recordar ahora la noción de “campo”, tal como se la entiende en la cultura japonesa, para intentar comprender de qué modo Concha se está incesantemente integrando en ese campo al que aspira pertenecer.

Existe lo que llamamos espacio físico, pero luego está el espacio en tanto que campo. Un campo es un espacio abierto por la presencia de un algo, de un objeto. Por esto, un campo no es solamente espacio, ni solamente objeto. El “campo” es un espacio-tiempo.

Está muy próximo al concepto de “espacio-entre-dos”: representado por la partícula “Ma”, en japonés, es decir: que se crea en la relación con aquel que lo percibe. Si éste no lo percibe no existe, y es ahí donde, en el sentido oriental del término, Concha está en permanente interacción e integrándose por esa misma acción de intervenir, de participar en él. Es, claramente, un espacio-entre-dos.

El diálogo con los lugares

Aquí, en este Cuaderno de viaje, Concha García busca estar integrada con ese afuera absoluto: la total lejanía, desde su lugar, es decir, estirando el tiempo al máximo, o mejor, compartiendo un tiempo mental con ellos, para asegurar su pertenencia.

Así, su campo, es un compartir o participar de un espacio de exclusión por relación a otros centrales; el epítome, para ella, de la Lejanía.

Una incertidumbre, un vaivén, un gusto por estar en esa brecha abierta, en ese “entre”: “entre” dos continentes, “entre” dos ciudades, dos acentos, dos atmósferas, a las cuales se pertenece o se quisiera pertenecer.

“Campo” como espacio-tiempo, no como lugar físico, sino conjunción espacio-temporal con el que interactúa, y del que con toda naturalidad siente que forma parte, que pertenece.

Ese diálogo que nuestra autora ha abierto con Montevideo, con Buenos Aires, o la Patagonia, la condiciona a ella y a ellos.

Nada es igual –en una diminuta escala, si se quiere- a como era antes de sus sucesivas llegadas, intervenciones, en ese campo que se le abrió con la generosidad proverbial de su espacio, y que la comprende –abarca- en su actual temporalidad.

Hay un ritmo pautado por los intervalos de su ausencia/presencia que están dejando sus huellas, su impronta en esos lugares, y que le facilitan y condicionan su propia vida europea, que ya nunca ha vuelto a ser la misma.

Para mi lectura, es un cuaderno lírico, verdadera poesía meditativa y evocadora: soliloquio, monólogo, y a la vez diálogo, con las otras en que se desdobla o a las que contempla vivir. Se alternan momentos de una extrema riqueza, con otros paupérrimos; todos sostenidos con un brío que no decae.

La soledad es la misma, la intemperie es tan neutra e indiferente como en cualquier sitio, o mejor, como consigo misma.

¿Viaje alrededor de mi cuarto? Si, pero no. Allí, en el sur, se pone esfuerzo, interés, trabajo, y de allí se extrae. Ya sea una antología de poetas, ya sea este riquísimo cuaderno de viaje.

“Esto es real”. Esta marginalidad habla nuestra propia lengua; esta lejanía palpita y late viva; la distancia se acorta, ¿o yo me agrando y estiro? Ambas cosas, a la vez, en “el entre-dos” de dos mundos queridos.


Martes, 29 de Octubre 2013
Noni Benegas
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