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La instrumentalización económica de los ciclos de la vida preludia una grave crisis social

Las generaciones ya no pueden vivir y situarse en su propio momento


Nuestro modelo cultural está dominado por la economía, que nos ha introducido en un experimento social basado en acelerar los procesos de maduración de los ciclos naturales y de las personas. Por eso los niños no juegan, los jóvenes domestican su energía, los de mediana edad son padres-abuelos y los abuelos quedan dentro de la batidora cultural que lo confunde todo. Son síntomas preocupantes que nos invitan a reflexionar sobre la instrumentalización que las sociedades desarrolladas hacen de los principios de la vida, alejándonos de los valores espirituales. Por Alicia Montesdeoca.



Juppies marchando hacia el Mar. Ted Orland
Juppies marchando hacia el Mar. Ted Orland
Juppies marchando hacia el Mar. Ted Orland
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Las prisas que hoy se tienen para alcanzar cuanto antes resultados, y sobre todo resultados económicos, están llevando a generar procesos acelerados de maduración de los ciclos vitales que conllevan altos riesgos de distintos órdenes en la naturaleza en general, y, de manera particular, en el ser humano.

Son riesgos para la salud física, para la estabilidad emocional, para el necesario conocimiento e identificación de los propios procesos, y no digamos nada para la maduración de la identidad personal y el reconocimiento de los papeles sociales a jugar por cada generación.

Papeles que por otro lado son fundamentales para el equilibrio de una sociedad que persiga su armonía en el presente y de cara al futuro, que aspire a tener un sentido.

La aceleración de los ciclos vitales de maduración se produce en los seres humanos siguiendo el mismo principio de explotación que se aplica a los recursos naturales, lo que resulta especialmente preocupante en el caso de los jóvenes por la trascendencia que tiene hoy y por las consecuencias previsibles en el futuro.

Aceleración de la naturaleza

Hoy producir alimentos, por ejemplo, supone acelerar, artificialmente, la producción de cantidades astronómicas en el menor tiempo posible, no importa si para ello hay que saltarse los ciclos naturales de los animales, o desmineralizar la tierra con explotaciones intensivas y destruyendo sus bosques como si se cegara un cultivo estacional.

Se optan por aquellos métodos cuya eficacia inmediata es evidente, aquellos que más rendimientos den en el menor tiempo posible. No se tienen en cuenta, en ningún momento, las repercusiones que sobre la naturaleza toda pueden tener las tecnologías adoptadas.

Así, en el llamado “reino animal” se consiguen huevos manteniendo en espacios reducidos y con luz artificial a miles de aves estresadas; se engordan animales con hormonas para obtener más cantidad de carne a costa de la salud de los consumidores; se reproducen aceleradamente animales, sin respetar sus propios ciclos de recuperación entre un parto y otro, menguando sus capacidades reproductoras naturales hasta en un tercio, y produciéndoles nuevas enfermedades o acabando con sus vidas prematuramente, y sin necesidad.

Se persiguen cosechas abundantes a base de abonos artificiales que acaban en pocos años, y quizás para siempre, con la fertilidad de las tierras de cultivo, o, se destruye el manto vegetal de grandes extensiones de terreno y se les condena a una erosión acelerada.

Mercado y competitividad

Este modelo cultural que domina la economía (y se traslada a todos los ámbitos de la sociedad) tiene dos objetivos: ser los primeros en llegar al mercado y ser los más competitivos.

Esta filosofía de la urgencia, de la velocidad y de la competitividad, está siendo también aplicada sobre los seres humanos incluso antes de nacer: se programa cuando ha de nacer un niño, si es preciso se adelanta su nacimiento artificialmente; cuáles son las características que ha de reunir, según el mercado de valores –sexo, color de los ojos o de la piel, etc.-; y, al final, en un futuro no lejano, poseeremos la tecnología necesaria para producir niños totalmente en un laboratorio, en nombre de la asepsia y del mayor control de los riesgos.

Las terribles diosas ciencia y tecnología se han aprovechado de la ceguera y de la vanidad del ser humano, de su incapacidad actual para reflexionar sobre la trascendencia de sus acciones y para evaluar los efectos de las renuncias que conllevan. Así las diosas de la ciencia y la tecnología, deslumbradas por su propia capacidad, también, ejercen su poder arbitrario.

Pero, ¿qué sucede cuando hay que asumir retos, sin estar maduros para ellos, sólo porque el principal objetivo es el de reducir costos de producción? ¿Qué sucede cuando la madurez no es una condición indispensable para aceptar responsabilidades, a costa de que haya sido menospreciada la experiencia acumulada y de saltarse etapas de crecimiento personal, fundamentales, sin otro requisito que un certificado de tener suficiente calificación teórica?

¿Qué sucede cuando se queman etapas en el desarrollo físico, intelectual y emocional de nuestros niños y jóvenes, imprimiéndoles a sus procesos vitales unos ritmos en función de unos intereses que están fuera de ellos mismos? ¿Cuáles son los efectos de la instrumentalización del ser humano al cual se le orienta, muy especialmente, hacia la adquisición de bienes materiales y se le niega posibilidades al reconocimiento y proyección de sus cualidades espirituales?

Generaciones fuera de su tiempo

Los efectos de todo este proceso material se están reflejando en la imposibilidad de las distintas generaciones para vivir y saber situarse en su propio momento. Los niños no juegan, sus vidas están organizadas por guarderías e instituciones escolares que dejan poco tiempo al despertar libre de sus personalidades.

La imaginación se les adormece por el bombardeo de las imágenes. Pronto, demasiado pronto, tienen explicaciones racionales para mirar la realidad que les circunda, y antes de tener capacidad para comprender los acontecimientos, sus mentes infantiles manejan tal cúmulo de información, sin digerir, que éste puede ser uno de los factores que esté detrás de los problemas, detectados en las escuelas, para expresar lo que sienten y piensan en un lenguaje rico y fluido.

Los jóvenes domestican su energía. No se arriesgan, optan por la profesión que más rendimientos económicos les da de inmediato y postergan la creación de una familia, en las edades de mayor vitalidad, capacidad para la ilusión y para el enamoramiento generoso: primero hay que estar “situados”, tener todo tipo de comodidades, y, después, haremos la locura de casarnos, tener hijos, dedicarle tiempo a lo afectivo.

Sin embargo, por el contrario, reciben puestos de dirección, en múltiples empresas de servicio, cuando aún no han madurado lo suficiente para tomar decisiones de alcance. Las exigencias de una competencia que no tiene raíces en la experiencia les exige una dedicación mayor -la media del horario laboral de estos jóvenes puede superar las doce horas- y los valores que asumen son aquellos que les condenan a estar en alerta constantemente, para no dejar de ser competitivos.

Padres-abuelos

Los de mediana edad retoman, cansados, las cuestiones postergadas: serán padres-abuelos, lo que pondrá en peligro, además de su salud y la de sus retoños, los trabajos que tanto les ha costado conseguir, pues pisándoles los talones vienen los jóvenes que con currículos muy competitivos son más baratos para las empresas. A esta época se llega profundamente quemados, descorazonados y angustiados por la incertidumbre.

Los abuelos, parece que gracias a unas mejores condiciones de vida, alcanzan edades avanzadas, ya no son cuidados por las familias, sino que ellos ahora, en un alto porcentaje, son abuelos-padres. Han sido jubilados prematuramente y no han podido transmitir su experiencia laboral y social a las nuevas generaciones.

Sin embargo, son un sector económico interesante, por su capacidad para demandar productos y servicios y porque sus pensiones son un pilar de la economía especulativa. Los años de gracia que la vida les da de más, en las actuales circunstancias socio-económicas, prolongan sus papeles de padres, aportando recursos económicos y servicios a sus adultos hijos.

También ellos, a pesar de sus menguadas fuerzas, están dentro de esta batidora cultural que lo confunde todo, triturando lo que sea, mezclando sin consideración alguna a todos los individuos para conseguir un buen producto social, servicial, homogéneo, adaptable, compacto y sin identidad.

El fin de la inocencia

Los resultados de este experimento social, si miramos sin prejuicios y sin importarnos ser tachados de no modernos, saltan a la vista: los tradicionales “años de la inocencia” hay que buscarlos con lupa, los niños son adultos prematuros; los jóvenes, aparentemente “resabidos”, denotan un profundo miedo por la vida, la cual discurre a gran velocidad.

Los adultos, viejos prematuros, aunque con apariencia de jóvenes, parecen vivir en la desesperanza, pretendiendo “alcanzar” en la mitad de sus vidas, y cuando los frutos empiezan a aparecer, y la capacidad creadora está más desarrollada, una paz y comodidad que no parece tampoco satisfacerles. Y los ancianos, a los que tanto se instrumentaliza, contemplan, con sus ojos y sus manos cargados de experiencia, este mundo extraño que no logran descifrar ni entender, y que no les pide su opinión.

El objeto de este estereotipado análisis no está en producir un diagnóstico de la situación que vivimos. Sólo pretende señalar algunos síntomas preocupantes y dar pie al debate sobre las preguntas que nos hacemos, ante el mediocre discurso hegemónico de nuestra sociedad desarrollada, el cual lleva a instrumentalizar, frívolamente, los principios de la vida, en nombre del progreso científico y tecnológico, y en beneficio de unas leyes de competencia y de competitividad fijadas por una economía mercantil.

Mirada crítica

Pensamos que hay que encarar, críticamente, el modelo de desarrollo que poseemos, los principios racionales que lo sustentan; no creer que los efectos de nuestras acciones económicas y políticas son neutrales, y que los desajustes que se producen son por la inadecuación de los seres humanos a las normas que les rigen, pero que no le tienen en cuenta, esperando que la ciencia y las “siempre nuevas tecnologías” ayudaran a resolver en el futuro las distorsiones que se crean.

De esta manera no enfrentamos la responsabilidad que tenemos ante los problemas del presente, y los que estamos creando para los que tendrán la responsabilidad de vivir y de crear vida en el futuro.

La ciencia y la tecnología han de venir en ayuda de las sociedades humanas, pero tienen que estar sometidas a las necesidades planteadas por los hombres y las mujeres de cada época, y gobernadas por valores espirituales.




Alicia Montesdeoca es Socióloga






Jueves, 22 de Mayo 2003
Alicia Montesdeoca
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