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La necesidad de pertenencia originó la religiosidad humana, según un estudio

Los complejos vínculos sociales de nuestros ancestros dieron lugar a la imaginación religiosa


Una antropóloga de The College of William and Mary, en Estados Unidos, ha publicado recientemente un libro en el que se ofrece una interesante y coherente explicación para el origen de la religiosidad en la especie humana. Según Barbara King, la necesidad de pertenencia de los individuos de nuestra especie, y el desarrollo de lazos afectivos individuales y sociales cada vez más complejos, nos llevaron a establecer también conexiones con los ancestros fallecidos, los espíritus de los animales y los “seres superiores”. Por otro lado, a medida que evolucionaron nuestro lenguaje y nuestra cultura, los símbolos y las prácticas rituales comenzaron a jugar un papel más central entre los homínidos, contribuyendo a darle sentido a su mundo. Por Yaiza Martínez.



La necesidad de pertenencia originó la religiosidad humana, según un estudio
La necesidad de pertenencia originó la religiosidad humana, según un estudio
Un libro de reciente publicación, escrito por la profesora de antropología de The College of William and Mary, en Estados Unidos, Barbara King, añade una nueva dimensión al debate sobre los orígenes de la religión.

El libro, titulado Evolving God, A Provocative View on the Origins of Religion, parte de los conocimientos de la autora acerca del comportamiento de los grandes simios para explorar el desarrollo de la empatía, la construcción de sentido, el acatamiento de las reglas y la imaginación en estas especies. Todos estos elementos están considerados como los precursores de las religiones.

King establece en su libro que, concretamente, sería la evolución del “sentido de pertenencia”, desde nuestros más antiguos ancestros hasta el homo sapiens, lo que se encontraría en el origen de la religiosidad humana.

Se entiende como “sentido de pertenencia” el grado avanzado de filiación o ligazón existente en un grupo, esencial para la organización y el desarrollo de éste, y también clave en el establecimiento de la identidad de cualquier individuo. Para todo este trabajo la autora estudió a monos y simios de Gabón (Kenya), y del Smithsonian Institution’s National Zoological Park durante más de 20 años.

Intangibles no comprendidos

Según se explica en la presentación de Evolving God, el estudio de la evolución ha revelado hasta ahora una inestimable información acerca de muchos aspectos del conocimiento y de la culturas humanas, de la fisiología de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro, así como del desarrollo de la caza, de la tecnología o de los grupos sociales.

Sin embargo, nos queda aún por alcanzar la comprensión de algunos intangibles de la experiencia humana, especialmente, el de la religiosidad.

Los intentos por descubrir los orígenes de ésta mediante análisis genéticos o mediante la neurociencia han conseguido verter cierta luz sobre este enigma, pero las conclusiones conseguidas hasta ahora son incompletas.

Centrándose en sus propias y extensas investigaciones sobre el comportamiento de nuestros más cercanos parientes entre los primates, Barbara King ofrece una perspectiva holística y comprensible de porqué y cómo la religión llegó a desarrollarse.

Relaciones complejas y espiritualidad

King se centra en cómo los grandes simios, nuestros ancestros, y los humanos modernos se relacionan unos con otros social y emocionalmente, y traza el aumento de la complejidad de la comunicación a lo largo del curso de la evolución.

Así, demuestra que, con el incremento de nuestra capacidad cerebral, el alcance y la naturaleza de los lazos socio-emocionales se transforman. Inicialmente, se producen las relaciones interpersonales, que posteriormente se convierten en relaciones grupales (familias y comunidades).

Después, se producen las conexiones con los ancestros fallecidos, los espíritus de los animales y los “seres superiores”.

El relato de todo este desarrollo se inicia en Evolving God hace más de seis millones de años, cuando vivieron nuestros más antiguos predecesores (que compartimos con otros primates); continúa a través de todo el periodo del Neandertal y de la Edad de Piedra; y culmina con la aparición de las primeras religiones, en el seno de las primeras sociedades humanas.

Necesidad de pertenencia

Según la autora, sería la necesidad terrenal de pertenencia -nuestra búsqueda del sentido de pertenencia- lo que condujo a la aparición de la imaginación religiosa humana, y a la necesidad de relación con los dioses, los espíritus o un solo Dios.

Las pruebas que presenta King son tomadas de los resultados de las investigaciones más recientes en primatología, que demuestran que una vez que los animales son capaces de crear lazos emocionales y presentan empatía cognoscitiva, están listos para desarrollar ciertos intangibles, como la creencia en algo mayor que ellos mismos.

Tal y como puede leerse en el capítulo uno de Evolving God, publicado por la revista Metanexus, los lazos emocionales, la necesidad del sentido de pertenencia y en, definitiva, el profundo deseo de estar conectados con otros, son elementos que compartimos con otros primates y explicarían el porqué los humanos hemos evolucionado hasta convertirnos en simios espirituales: los simios con un cerebro más desarrollado, los simios erguidos, y también los primeros que crearon arte y que concibieron la idea de Dios.

El sentido de pertenencia implica obtener sentimientos positivos de las relaciones personales con nuestra familia y amigos, con nuestros colegas o las personas de nuestra comunidad. Incluso estas relaciones pueden llegar a extenderse a algunos animales. Compartir con otros nuestra vida mejora enormemente la calidad de ésta.

Nuestros ancestros sufrieron profundos cambios en su capacidad emocional que los alejaron de sus propios ancestros simios hace entre seis o siete millones de años. Otras transformaciones tuvieron lugar hace unos 10.000 años, con el inicio de las comunidades agrícolas y los asentamientos humanos.

A medida que nuestro lenguaje y nuestra cultura se hicieron más complejos –como consecuencia de una mayor capacidad de relación-, los símbolos y las prácticas rituales comenzaron a jugar un papel más central entre los homínidos, contribuyendo a darle sentido a su mundo. Así, la necesidad natural de nuestra especie del “sentido de pertenencia” provocó la aparición y el desarrollo de la imaginación religiosa.



Jueves, 22 de Enero 2009
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Nota

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1.Publicado por Walter el 22/01/2009 21:13
Espectacular!!!
Gracias Barbara y tendencias21...


2.Publicado por Pesoa el 25/01/2009 01:21
Sin duda a la autora del libro debe de gustarle mucho el estudio del comportamiento animal y los animales tambien, para estar 20 años en este menester y sacar las conclusiones que expone el artículo, que en una persona con un mínimo de cultura y NO CREYENTE hubiese deducido en simple conversación. Pero no le quita merito a la autora, pues estos libros que dicen estas cosas tan fáciles de entender suelen tener algunos detalles muy interesantes que hace que seamos más humanos.


3.Publicado por It el 27/01/2009 00:09
Y ¿qué tiene que ver las creencias religiosas en todo ésto?, comentarios zesgados como el anterior restan cualquier importancia al mismo.
Respecto del tema, está más que claro que todas las instituciones sociales han sido generadas por la necesidades humanas y en cumplimiento de fines específicos. En el caso de las religiones, por la necesidad de pertencer a un grupo de personas que compartieran los mismos fines, objeitivos y rituales.

4.Publicado por ruth vargas el 04/02/2009 00:00
Sin duda no somos animales solitarios. La necesidad de estar conectados no solo con el resto de la humanidad, sino con el mismo universo-del que son parte los simios y las otras galaxias-, de querer saber todo sobre él y de buscar en nosotros mismos lo que nos hace ser como somos, es el indicio mas patente de que estamos hechos del mismo tejido estelar o si se quiere divino y del cual no nos es posible escapar, a pesar de que siempre lo estemos intentando.

5.Publicado por Mateo el 19/02/2010 06:30
Muy buen comentario Ruth Vargas, estoy de acuerdo.

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