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La nueva ciencia comienza a explicar por qué el universo físico produce la conciencia

La profundización en la física holística abre nuevas perspectivas


La profundización en la nueva física holística ha permitido abrir nuevas perspectivas de explicación del ser humano. Se comienza a entender cómo y por qué el mundo físico puede constituir un “soporte físico” adecuado para nuestra “psique” y nuestra actividad psíquica, completamente compatible con una imagen humanista de nuestra especie (que incluye la subjetividad y el orden social). Dicho soporte físico sería no sólo clásico (reducción que nos mantendría en el determinismo robótico), sino también cuántico (lo que implica a la experiencia campal e indeterminista del psiquismo animal y humano). Por Javier Monserrat.



Fuente: EPFL.
Fuente: EPFL.
El supuesto general de principio en que se mueve la explicación científica del universo, y todos sus contenidos producidos evolutivamente, es el monismo. ¿Qué significa “monismo”? Quiere simplemente decir que el universo y todos sus estados o procesos evolutivos han surgido de aquel substrato o constituyente esencial que constituye la materia, el universo, la vida y el hombre. Ahora bien, ¿qué es este substrato, cómo deberíamos entenderlo? ¿Qué es la materia y qué la constituye primordialmente?
 
La verdad es que la ciencia todavía no ha podido decirnos la última palabra. Sabemos muchas cosas de la materia, pero todavía no hemos llegado a su conocimiento final, definitivo. En este artículo hacemos una adaptación para Tendencias21 de las Religiones de otro artículo similar aparecido en la Revista Cuenta y Razón, en el número 34, primavera 2015.
 
Desde este supuesto monista general de la ciencia, las neurociencias actuales consideran que las células como vivientes unicelulares y los sistemas nerviosos en organismos pluricelulares han sido producidos desde el mundo físico.

Es decir, son una evolución estructural (o sistémica) del mundo físico. Es posible, y así debe admitirse de acuerdo con las evidencias empíricas, que la aparición de nuevas estructuras o sistemas haya hecho emerger modos de ser real distintos al mundo físico, con leyes orgánicas y funcionales no aplicables a otras formas del mundo físico (por esto suele decirse que la epistemología de la biología es distinta de la epistemología de la física).

Pero el emergentismo es siempre conciliable con el monismo evolutivo y entiende que la vida, la sensibilidad-conciencia, la vida psíquica y la mente animal y humana, en último término, son una consecuencia evolutiva congruente con el substrato primordial del universo, o, si se quiere, de la materia. Por ello, el estudio científico de las neuronas y su producción de la sensibilidad-conciencia y de la vida psíquica (neurociencia) debe estar referido a las propiedades primordiales del mundo físico. De ahí que la neurociencia dependa de nuestra imagen física del universo [1].

La unidad psico-bio-física de los organismos vivientes

Los organismos vivientes son siempre entidades que presentan una unidad psico-bio-física que constamos en nuestra experiencia fenoménica. Por consiguiente, ¿cuál es el soporte físico que hace inteligible la ontología unitaria psico-bio-física que surge evolutivamente y que constatamos en nuestra experiencia fenomenológica?

Esta es, en último término, todavía hoy, la cuestión científica (y filosófica) fundamental de las ciencias humanas. Que el psiquismo animal y humano ha surgido desde dentro del universo bio-físico es una evidencia empírica que no puede negarse. Y la ciencia debe hallar las causas que hacen inteligible que el mundo psíquico se haya producido de hecho.

La importancia de esta cuestión depende, como decía, de la hipótesis monista acerca del proceso evolutivo; hipótesis que responde a la expectativa general de la explicación científica del mundo. Desde el big bang, durante miles de millones de años, sólo existió un puro universo físico. De esa realidad física debió de haberse producido primero el tránsito a la génesis de la estructura mecánica de la vida (aminoácidos, ADN, proteínas, reduplicación, etc.)

Pero dentro de ese mecanicismo germinal de la vida debe postularse también, en principio, la emergencia primero de la sensibilidad biofísica (que quizá se produjo en un cierto momento de la evolución unicelular) y, más adelante, ya dentro de la complejidad de los organismos pluricelulares avanzados, la aparición de un sujeto psíquico y de la conciencia animal. Por tanto, la evolución que había nacido del puro mundo físico, a través de los sistemas bio-físicos, debió entonces de entrar en el mundo psíquico, o mejor, en el mundo psico-bio-físico.

¿Existe alguna alternativa científica a este supuesto de principio? Por lo tanto, se trata de una hipótesis científica esencial para la unidad armónica de nuestra comprensión del universo: la ontología primordial del mundo físico debe ofrecer una explicación suficiente del proceso evolutivo posterior que conduce a la emergencia del hecho real del psiquismo (la conciencia), con las propiedades fenomenológicas que de hecho presenta. Es decir, a la aparición de los seres vivos con las propiedades fenomenológicas propias de los animales y del psiquismo humano.
 
Volviendo, una vez más, a la pregunta anterior, ¿cómo entender que el mundo físico haya producido evolutivamente la ontología psico-bio-física que soporta la existencia real del psiquismo animal y humano? La respuesta, obviamente, depende de la imagen que las ciencias físicas ofrecen de la realidad física.

Si las ciencias físicas no fueran capaces de dar una explicación congruente de la aparición del mundo psíquico, entonces se debería recurrir obviamente a otras hipótesis explicativas (vg. a los dualismos u otras). Pero, de principio, la ciencia se mueve siempre en el supuesto aludido.

La imagen de la materia, ¿explica la vida psíquica?
 
Por consiguiente, la posición de principio, a saber, que lo psíquico debe de emerger de las propiedades ontológicas germinales de lo físico, depende de la imagen del mundo físico que la ciencia nos propone. Esta imagen fue durante muchos siglos reduccionista y no era fácil entender cómo del mundo físico pudiera hacer emerger lo psíquico. El mecanicismo-determinista entró entonces en conflicto con el humanismo.
 
Sin embargo, en los dos últimos tercios del siglo XX fue apareciendo, desde la mecánica cuántica, una imagen nueva del mundo físico que, incluyendo lo mecanoclásico, abría las perspectivas de lo que se ha llamado la Nueva Ciencia. La Nueva Física debía hacer más fácil concebir en qué podrían consistir los fundamentos físicos que hicieron nacer lo psíquico en el proceso evolutivo. Por tanto, ¿la imagen de la materia en la ciencia, ¿explica la vida psíquica?
 
a) Si decimos que la ciencia debe explicar (explicans) aquellas propiedades fenomenológicas del psiquismo que constatamos como evidencia empírica, debemos describirlas explícitamente. Así, la fenomenología científica (no la de Husserl) es una disciplina básica independiente que describe lo que debemos explicar científicamente (explicar, predecir e intervenir, según sus causas).  Brevemente, en síntesis, decimos que el explicandum de las ciencias humanas (lo que debe ser explicado) presenta, entre otras, dos propiedades fenomenológicas a las que debemos referirnos.
 
Estas dos propiedades, especialmente la experiencia campal, han hecho que la psicología cognitiva y la neurología se hayan escindido en dos escuelas diferenciadas: el estructuralismo y la teoría de la percepción directa. Estas propiedades son dos: primero, la experiencia campal u holística (la unidad campal de la conciencia en la experiencia somato-perceptiva que nos hace sentir la unidad campal holística de nuestro cuerpo, o también la experiencia de inmersión en los patrones de luz objetivos descritos en la fenomenología de percepción directa de James J. Gibson) y, segundo, la experiencia de indeterminación (la flexibilidad de las respuestas animales y la experiencia de libertad propia del hombre en su contexto social) [2].
 
b) El supuesto de que el mundo físico es el soporte ontológico radical del que emergen la vida y la sensación-percepción-conciencia nos remite a la ciencia física. Esta debe decirnos qué es el mundo físico y, en consecuencia, hacer inteligible que la materia, según sus propiedades ontológicas, haya causado la producción evolutiva del psiquismo (su holismo y su indeterminación). Durante muchos años (y todavía actualmente para muchos) la ciencia (y un cierto tipo de filosofía consecuente) han reducido de hecho la comprensión del mundo físico a la imagen de la mecánica clásica (un mundo determinista diferenciado en entidades independientes, ciegas, unidas sólo por interacciones mecánicas).
 
Sólo desde esta imagen reducida han abordado la explicación del psiquismo. El resultado ha sido el reduccionismo (como se ve, por ejemplo, en el moderno determinismo neural). La reivindicación de la auténtica experiencia psíquica (holismo e indeterminación) produjo así muchas tensiones y reacciones que llevaron a la escisión de opiniones dentro de la ciencia y a ciertas filosofías que trataban de defender la experiencia humanística del hombre frente al reduccionismo mecanicismo y determinista (entre ellas los dualismos de diversa naturaleza).
 
c) Sin embargo, la consolidación de la mecánica cuántica, desde la década de 1920-1930 hasta nuestros días, ha hecho entender que el mundo físico no es sólo el mundo mecanoclásico. El mundo mecanoclásico no se niega. Pero la mecánica cuántica ha conocido que la materia primordial cuántica posee un conjunto de “extrañas” propiedades que podrían tener una relación con las igualmente “extrañas” propiedades manifiestas en la actividad psíquica.
 
Por ello, poco a poco, pero sobre todo en los últimos treinta años, se ha ido consolidando la intuición de que los seres vivos (y su naturaleza sensitivo-perceptivo-consciente) podrían estar causados no sólo por un mundo físico mecanoclásico sino también por una materia que posee las propiedades descritas en la mecánica cuántica. Por ello, lo que los seres vivos manifiestan (su forma de ser real producida en la evolución) pudiera estar causado por un equilibrio balanceado entre propiedades de interacción clásicas y cuánticas; equilibrio regido por un interface funcional (un mecanismo de tránsito de lo clásico a lo cuántico, y viceversa) que habría sido diseñado por la misma evolución.  

Un universo y una neurología clásico/cuánticos  
 
La ciencia moderna comenzó, por tanto, con la descripción del mundo objetivo y macroscópico en el sistema de la mecánica clásica de Newton. Esta imagen clásica, sin embargo, ha sido ampliada en la actualidad por la mecánica cuántica. Así, la ciencia considera que el mundo clásico ha sido causado por una materia primordial que responde a las propiedades cuánticas. Sólo existe un tipo de materia, cuyas propiedades radicales son cuánticas.
 
Por lo tanto, una intuición o expectativa inmediata de la ciencia es que la vida, y la sensibilidad que en ella emerge, dependerán de la evolución tanto de las propiedades del mundo clásico y como de las propiedades del mundo cuántico (que en última instancia, son el mismo mundo en su ontología primigenia).

La hipótesis es que la explicación de la vida pudiera ser un equilibrio balanceado entre un cuerpo clásico (estable, rígido, determinista y producido por el rigor mecánico de los códigos genéticos que permiten la seguridad de la herencia en la especie) y, por otra parte, los estados cuánticos, sumergidos en ciertos nichos imbricados en estos sistemas clásicos, que interactuarían con los estados cuánticos del universo (lo que explicaría las propiedades fenomenológicas del psiquismo animal y humano.

Pienso que algo tan esencial para nosotros como nuestra propia vida humana, personal y social, tal como se describe en las disciplinas fenomenológicas, probablemente ha sido falsificado por una imagen "reduccionista", mecanicista, determinista, esencialmente "robótica", de la naturaleza del universo, de la vida, y el psiquismo [3].

Creemos que es importante y enriquecedor estar abiertos a la imagen alternativa emergente de un universo holístico (cuántico), que parece permitir un conocimiento más integrado y unitario, más congruente con nuestra propia experiencia fenomenológica. Este universo holístico explica la naturaleza holística de los sistemas y entidades naturales, y sobre todo, de los sistemas vivos que han logrado construir evolutivamente un equilibrio clásico/cuántico que les permite integrarse en la sensación que, aunque restringida, los abre a los campos holísticos de la realidad.
 
La visión clásica de las ciencias humanas, basada en la imagen de la física clásica que describe un mundo discreto y diferenciado, determinista y mecánico, conduce a la neurología clásica. Pero una nueva visión heurística de la ciencia, construida a partir de la imagen de un universo abierto e indeterminado, cuya ontología produce en su interior campos holísticos de realidad, conduce a la moderna neurología cuántica.

Imagen: Bykst. Fuente: Pixabay.
Imagen: Bykst. Fuente: Pixabay.
El mundo mecanoclásico y la neurología macroscópico clásica
 
Por lo tanto, ¿cuál sería este "soporte físico" de acuerdo con la explicación clásica del universo? El modelo explicativo de cómo es el mundo para la física clásica lo constituye nuestra experiencia macroscópica. Vemos objetos cuya constitución es independiente y autónoma, diferenciada. Aquí hay una roca y allí otra; aquí un árbol y más allá otro; en un lugar del espacio-tiempo (que Newton concebía como absoluto) hay un cuerpo celeste y otro a gran distancia.
 
En ese mundo macroscópico los objetos, su forma y las distancias métricas en el espacio-tiempo pueden describirse matemáticamente con ayuda del análisis matemático y la teoría de funciones. Se describen numerosas variables medibles (como velocidad, velocidad angular, espacio, tiempo, fuerza, peso, masa, energía, trabajo, etc.), cuya interrelación en los sistemas reales se describe en fórmulas matemáticas (vg. la gravitación). Newton aceptó la idea griega de átomo: hasta la luz estaba formada de corpúsculos pequeñísimos (teoría corpuscular de la luz).
 
Los cuerpos estaban hecho de materia, o sea de átomos, con mayor o menor masa. Las fuerzas que ligaban y mantenían cohesionada la materia formando los cuerpos eran la gravitacional y la electromagnética (conocida desde fines del XVIII, hasta llegar a las ecuaciones de Maxwell a mitad del XIX).
 
Desde este paradigma macroscópico, ¿qué era entonces el mundo microfísico? Es claro que la tendencia clásica debía ser imaginarlo como una miniaturización del escenario macroscópico. A esto responde, en efecto, la teoría corpuscular de la luz en Newton. La unidad clásica del átomo se problematizó por la aparición de la radioactividad y por el descubrimiento del electrón (Thompson, 1897). La idea del átomo como pudding de pasas duró hasta el experimento de Rutherford que permitió por primera vez concebir el átomo como un microscópico sistema planetario.
 
Aunque el modelo atómico de Bohr de 1915 (después de Wilson y Sommerfeld) asumía la idea cuántica de la energía (Plank, 1903), seguía respondiendo todavía, en el fondo, a las ideas y a las fórmulas de la mecánica clásica. Una vez que la moderna idea de las partículas elementales (sobre todo del electrón, protón y neutrón) se fue imponiendo, se abandonó la simple idea del átomo clásico para dar lugar a una concepción electromagnética de los corpúsculos que, sin embargo, se resistía a abandonar también los principios generales de la mecánica clásica. La idea clásica del mundo físico ha resistido (todavía resiste) y muchos se han refugiado en ella, manteniéndola a pesar de todo como modelo o paradigma para representarnos qué es el mundo físico.
 
Por tanto, para esta concepción residual de la mecánica clásica, en el mundo microscópico las acciones y las series causa/efecto son roces, asociaciones y disociaciones de partículas independientes, átomos y moléculas a través de uniones iónicas y covalentes, de acuerdo con las fuerzas de cohesión gravitatoria o electromagnética.

Cada electrón está en su orbital y también las partículas del núcleo mantienen su independencia, aunque estén cohesionadas (por las fuerza nuclear fuerte y nuclear débil, conocidas más adelante). Se pueden formar órbitas de electrones compartidos en enlaces covalentes, pero están muy localizados y, probablemente, no anulan la independencia de los electrones. Los enlaces iónicos mantienen también la independencia de las entidades atómicas microfísicas.

Estos sistemas clásicos serían parte de un macrosistema causal determinista que, en último término, respondería al universo absolutamente determinado de Einstein, controlado por el Demonio de Laplace. Las condiciones que producen a ciegas el vínculo o la disociación de las entidades reales (macroscópicas o microscópicas) están regidas por las leyes clásicas de la física y de la química [4].

La explicación clásica de la ontología psico-bio-física de los organismos vivientes, y en especial de su sistema nervioso, se ha basado también en la idea de corpúsculo, dando lugar a una comprensión del mundo como compuesto de entidades diferenciadas, discretas y discontinuas, en interacción causa/efecto. Esta imagen del mundo neuronal resulta en reduccionismo, por cuanto describe sistemas causales de interacción determinista, ciegos y cerrados.
 
La explicación clásica del sistema nervioso contempla, en efecto, redes de neuronas que interactúan dentro de un sistema de causalidad determinista que pone en interacción en tiempo real grupos de neuronas por las corrientes químico-eléctricas transmitidas por vía sináptica como impulsos nerviosos. Es difícil describir, sin embargo, en este sistema neuronal clásico, la existencia de campos de realidad, en que se diluyera la individualidad diferenciada, y en los que pudiera fundarse la explicación de las propiedades campales del psiquismo.
 
Lo que llamamos neurología clásica sería, por un lado, la comprensión de estas redes neuronales: su diversificación y su modularización, sus ramificaciones, su estructura de interconexiones y los sistemas interactivos resultantes, así como, entre otras cosas, el conocimiento de su correlación con los qualia, o eventos de experiencia fenoménica que constituyen los elementos esenciales de nuestra vida psíquica.

El mundo mecanocuántico y la génesis evolutiva del mundo clásico
    
Sin embargo, como sabemos, en la década de los años 1920-30 se produjo la gran ampliación de nuestra imagen del mundo físico en la mecánica cuántica. Los fenómenos de radiación ondulatoria que se conocían ya a lo largo del siglo XIX (calor, luz y electromagnetismo) se entendieron ya unitariamente en su armonía con la mecánica clásica.

La materia era a la vez corpúsculo y onda (en la luz, Einstein 1905, y en los electrones o toda la materia, De Broglie 1923). Toda forma de materia, o sea las partículas eran siempre en el fondo “radiación ondulatoria” que llenaba un campo físico, pero la vibración que constituía cada partícula podía “plegarse” o “enroscarse”, manifestándose como corpúsculo.
 
El electrón en su orbital era una vibración armónica que podía colapsarse como corpúsculo en muchos puntos, según una cierta probabilidad. Estaba en todas partes y en ninguna a la vez: estaba “superpuesto” en relación a distintas posibles posiciones. No sólo el electrón, muchos otros sistemas complejos en estado cuántico podían estar “superpuestos” en relación a diversos estados posibles. Los modelos matemáticos de Schroedinger o mecánica ondulatoria, Heisenberg o mecánica matricial y de Dirac o álgebra de Dirac inspirada en las ecuaciones de Hamilton, describían la posición del electrón con referencia a un centro atómico imaginario.
 
El progreso en la imagen de la materia en la mecánica cuántica llevó a descubrir ciertas propiedades “extrañas” de la materia en sus estados microfísicos primordiales. Nos referimos, entre otras, a la coherencia cuántica, la superposición cuántica, la indeterminación cuántica y la acción-a-distancia o causalidad no-local (efectos EPR, en referencia a los efectos Einstein-Podolski-Rosen, 1935). La nueva idea de la materia que fue poco a poco configurándose llevó a la conclusión de que la materia primordial cuántica poseía propiedades que no se cumplían ya en el mundo macroscópico clásico y que, en efecto, no habían sido descritas hasta entonces.
 
No se quería decir, por tanto, que hubiera dos tipos de materia: la clásica y la cuántica. Toda la materia tenía, en el fondo, las propiedades cuánticas. Sin embargo, la mayor parte de la materia había sido “atrapada” en la formación de los cuerpos clásicos, de tal manera que las propiedades “clásicas” en las interacciones entre sistemas clásicos no coincidían con las propiedades cuánticas primordiales de la materia que en el fondo los constituye.
 
Por ejemplo, en la materia primordial (no atrapada en las estructuras de los cuerpos que constituyen el mundo macroscópico clásico) se cumple la propiedad de coherencia cuántica (vg. en un sistema de fotones o en los mismos electrones en condiciones experimentales extremas, como se ha comprobado). Pero entre los objetos clásicos (digamos, entre la luna y la tierra) no existe la propiedad de coherencia cuántica, ni puede producirse en absoluto. 
 
Debe existir una teoría armónica sobre la emergencia del mundo clásico desde un mundo primordialmente cuántico. Esta explicación existe y, para entenderla, ayuda saber distinguir entre dos tipos de partículas o materia, tal como hoy son descritos en la física teórica con
Apoyo de amplias evidencias empíricas.

En primer lugar, existe un tipo materia que se denomina materia bosónica, formado por un cierto clase de partículas que poseen la propiedad de desplegarse más fácilmente en los campos de vibración unitaria o coherencia cuántica y en las que se cumplen fácilmente las propiedades cuánticas en general, tanto en su forma ondulatoria o campal o en la forma corpuscular.
 
Así, una masa de partículas bosónica, como los fotones, pierde la individualidad de cada fotón para entrar en un estado de vibración unitaria extendido en un campo electromagnético que conocemos como un estado de coherencia cuántica. La facilidad para estar en estados materiales que realizan las propiedades cuánticas depende, como nos dicen los físicos, de que estas partículas tienen una forma de vibración que se describe en una función de onda “simétrica”.
 
Los condensados ​​Bose-Einstein describieron por primera vez estos estados de la coherencia cuántica hacia 1930 (de ahí la denominación de “bosónicas” para estas partículas). La física moderna ha descrito después un gran número de estados cuánticos coherentes dentro de las más rigurosas condiciones experimentales. En condiciones experimentales extremas hasta los electrones, como hemos dicho, pueden entrar en coherencia cuántica (hecho que confirma la unidad ontológica de toda la materia).
 
Pero en segundo lugar existe también otro tipo de materia que ha sido descrita por la física: es la materia fermiónica (denominación en honor de Enrico Fermi). Se trata de partículas (también originadas de la energía primordial del big bang) que presentan una forma de vibración cuya función de onda es “asimétrica”. Esto tiene unas consecuencias decisivas porque esta forma de vibración dificulta extraordinariamente (pero no en absoluto) que estas partículas se diluyan, perdiendo su individualidad para entrar en sistemas de materia en estado de coherencia cuántica. Estas partículas persisten en mantener su individualidad, no se fusionan con otras partículas para permanecer en un estado de indiferenciación unitario y coherente.
 
Los electrones y los protones, constituyentes esenciales de los átomos, por ejemplo, se unen y se distancian, formando las estructuras materiales de acuerdo con las cuatro fuerzas de la naturaleza: la gravedad, la fuerza electromagnética, la fuerza nuclear fuerte y fuerza nuclear débil. Sin embargo, esto es esencial, cada partícula mantiene su individualidad y cada una está en su orbital o en su nivel de energía. Cada electrón en un átomo, por ejemplo, tiene su órbital y vibra armónicamente en él de forma individual; sin embargo, ese electrón posee por su ontología la capacidad de manifestar propiedades cuánticas.
 
De hecho las cumple cuando, de acuerdo con los principios cuánticos, decimos que no podemos saber exactamente dónde está el electrón y dónde puede producirse en colapso de su función-de-onda. Su ubicación en el espacio, en efecto, depende del "colapso de la función de onda", producido, por ejemplo, por la intervención experimental de un observador (o por la acción microfísica de otra partícula).
 
El hecho, pues, de que la energía del big bang causó ciertas vibraciones y el plegamiento de este tipo de partículas “fermiónico” ha producido la existencia del mundo macroscópico clásico que observamos: los cuerpos estelares, planetas, seres vivos y el hombre. En los átomos que los constituyen existen partículas fermiónicas que mantienen su individualidad, sin diluirse en una especie de plasma material indiferenciado.
 
La diferenciación de los cuerpos se construye sobre átomos, moléculas y macromoléculas estables. La materia fermiónica hace posible una multitud de cosas, así como la supervivencia de los seres vivos con sus cuerpos estables que se mantienen de pie con firmeza en la superficie de la tierra. El determinismo no es un enemigo de la vida, sino lo que la hace posible. Gracias al mundo clásico en el que rige el determinismo nos es posible tener un cuerpo, construir una biografía personal y dejar a nuestra descendencia nuestro legado (por la firmeza determinista del ADN y de los procesos embriogenéticos que tienen lugar en el mundo clásico).
 
Proyección metafísica del nuevo holismo psicobiofísico
 
Sin embargo, la profundización en la nueva física holística ha supuesto abrir nuevas perspectivas para explicar al hombre. Se comienza a entender cómo y por qué el mundo físico puede constituir un “soporte físico” adecuado de nuestra actividad psíquica, completamente compatible con una imagen humanista del hombre: a saber, la que poseemos subjetivamente y, además, la que da sentido al orden social.

Este soporte físico sería no sólo clásico (reducción que nos mantendría en el determinismo robótico), sino también cuántico (haciendo posible así una mejor explicación del soporte físico de la experiencia campal e indeterminista del psiquismo animal y humano). Pero esta explicación clásico/cuántica, en equilibrio balanceado, es enteramente monista y física; es una explicación física mejor que la reduccionista, en nuestra opinión, porque no está reducida sólo a una parte sesgada de la física. Criticar, por tanto, el reduccionismo clásico no significa no querer explicar el psiquismo a partir del universo físico, sino al contrario, es construir una explicación física integral (balanceada clásico/cuánticamente).

La ciencia no puede argumentar cómo debiera ser la realidad a priori, sino cómo de hecho es. La metafísica filosófica, sin embargo, como sabemos, más allá de cuanto la ciencia puede decir de acuerdo con su estricta metodología, se pregunta cuál es el fundamento último y la explicación final de este universo capaz de generar conciencia por sus propiedades ontológicas. Creo que este universo con sensibilidad-conciencia, que me gusta llamar transparencial, puede dar lugar a una metafísica teísta o agnóstica.

Es decir, la nueva física no impone necesariamente una metafísica teísta. Podría ser que de hecho existiera un universo absoluto, autosuficiente, formado de un sustrato ontológico primordial que pudiera producir sensibilidad-conciencia, tal como de hecho constatamos por la experiencia de cuanto ha emergido en el proceso evolutivo (TUSZYNSKI, Jack A. (ed.) (2006), The Emerging Physics of Consciousness, Berlin-Heidelberg, Springer-Verlag).
 
Sin embargo, creemos que esta nueva física holística hace también mucho más verosímil que el fundamento metafísico y absoluto de la realidad pudiera ser un ser divino, tal como han creído las tradiciones religiosas que abarcan la historia completa de la humanidad. La ciencia nos lleva hoy a un campo fundante de la realidad que trata de entender con complejos conceptos “físicos” como vacío cuántico, mar de energía, geometría del espacio-tiempo, orden implicado, etc.
 
En este contexto, yendo más allá de los conceptos físicos, la imagen de una divinidad que constituye el fondo ontológico de toda la realidad, en la que nos movemos, existimos y somos, una realidad que, en último término, es un campo transparencial abarcado por la conciencia divina, nos acerca mucho más a la idea de que algo así como lo que las religiones han vivido como Dios, pudiera realmente existir. Una imagen holística, panenteísta (que no debe confundirse con panteísmo), monista, no dualista del mundo real nos acerca a Dios mucho más, en mi opinión, que el reduccionismo clásico y las explicaciones dualistas fundadas en el paradigma greco-romano.

Referencias:
 
ANDERSEN, P.B., Y OTROS (2000), Downward Causation: Minds, Bodies and Matter, Aarnus, Dinamarca, Aarnus University Press. BEAUREGARD, M. (Ed.) (2003), Consciousness, Emotional Self-Regulation and the Brain, Amsterdam, Benjamin. BEORLEGUI, CARLOS, “Los emergentismos sistémicos: Un modelo fructífero para el problema mente-cuerpo”, en: Pensamiento, vol. 62 (2006) 391-439. DAMASIO, Antonio (1999), The Feeling of What Happens:  Body and Emotion in the Making of Consciousness, Florida, Harcourt, Inc. EDELMAN, G.M., Tononi, G. (2000), A Universe of Consciousness: How Matter Becames Imagination, Basic Books, Nueva York. FUSTER, JOAQUÍN M. (2003), Cortex and Mind. Unifying Cognition, Oxford, Oxford University Press. KAUFFMAN, S. (1995), At Home in the Universe: The Search for the Laws of Self-Organization and Complexity, New York, Oxford University Press. LAUGHLIN, R.B. (2005), A Different Universe. Reinventing Physics From the Bottom Down, New York, Basic Books. MONSERRAT, J. (2000), “Penrose y el enigma cuántico de la conciencia”, In: Pensamiento, vol. 56 (2000) 177-208. MONSERRAT, J. (2001), “Engramas neuronales y teoría de la mente”, In: Pensamiento, vol. 57 (2001) 176-211. MONSERRAT, J. (2002), “John Searle en la discusión sobre la conciencia”, In: Pensamiento, vol. 58 (2002) 143-159. MONSERRAT, J. (2003), “Teoría de la mente en Antonio R. Damasio”, In: Pensamiento, vol. 59 (2003) 177-213.MONSERRAT, J. (2005), “Génesis evolutiva de la representación y del conocimiento”, en: Martínez-Freire, Pascual F., Cognición y representación, Contrastes, Suplemento 10, Málaga 2005, 51-70. MONSERRAT, J. (2006), “Gerald M. Edelman y su antropología neurológica: Presentación y discusión de su teoría de la mente”, In: Pensamiento, vol. 62 (2006) 441-170.  MONSERRAT, J. (2007), “Neural Networks and Quantum Neurology: Speculative Heuristic Towards the Arquitecture of Psychism”, en: Mira, J., Álvarez, J.R. (Eds.), Bio-inspired Modeling of Cognitive Tasks, Berlin-Heidelberg, Springer Verlag. Part I, 1-20.  MONSERRAT, J. (2008), La Percepción Visual. La arquitectura del psiquismo desde el enfoque de la percepción visual, Biblioteca Nueva, Madrid, 2da. Edición.  SCOTT, A.C. (2003), Non-linnear Science: Emergence and Dynamics of Coherent Structures, 2nd. Edn, Oxford, Oxford University Press. TUSZYNSKI, Jack A. (ed.) (2006), The Emerging Physics of Consciousness, Berlin-Heidelberg, Springer-Verlag. ZELAZO, PHILIP DAVID, MOSCOVITCH, MORRIS, THOMPSON, EVAN (Eds.) (2007), The Cambridge Handbook of Conciousness, Cambridge, Cambridge University Press.

Notas:

[1] Debe entenderse que estamos hablando de una posición inicial, de principio, en la ciencia. Por una parte tenemos el substrato primordial del universo, digamos la “materia”: es decir, su ontología primordial, o sea, su naturaleza, su forma y sus propiedades primordiales como realidad. Ahora bien, ¿cómo es esta ontología o naturaleza primordial? Sólo la ciencia puede respondernos con precisión y argumentación empírica; pero la imagen de la materia en la ciencia no es infalible, ha evolucionado en la historia, sigue abierta, y presenta diversas explicaciones. Pero, por otra parte, tenemos la experiencia fenomenológica de lo que de hecho es la vida psíquica (fenómeno –de to fainein, lo que se manifiesta o aparece– quiere decir la forma en que la realidad se manifiesta directamente en nuestra experiencia): advertimos la experiencia fenomenológica de la vida psíquica, la sensibilidad-conciencia, la condición de ser sujeto psíquico, el conocimiento, la memoria y otros procesos psíquicos como las emociones. La posición de principio de la ciencia es que la experiencia fenomenológica de la vida psíquica debe poder explicarse como emergencia de las propiedades ontológicas primordiales de la materia. Si esto no fuera posible, es decir, si lo psíquico no pudiera surgir de la materia, entonces cabría establecer otras hipótesis para explicar el hecho de la existencia de la materia y el hecho de la existencia del psiquismo. Quizá cupieran entonces hipótesis dualistas, por ejemplo, que en su caso deberían argumentarse científica y filosóficamente. Es el problema mente/cuerpo o problema psico/físico. Pero la posición inicial de la ciencia, obviamente, debe ser y es monista, tal como decimos. 
[2] La fenomenología de James J. Gibson, y su escuela, ha mostrado que nuestra experiencia sensible es la de estar abiertos al mundo (diríamos que, para Gibson, nuestro sistema nervioso hace que mi “mente” esté “en” en mundo). En cambio para la escuela estructuralista que nace con Helmholz nuestros sentidos “construyen” el mundo en mi mente (de tal manera que nuestro sistema nervioso hace que el mundo esté “en” mi mente). La imagen mecanoclásica de la ciencia pareció favorecer durante décadas el pensamiento constructivista. Pero la imagen campal favorecida por la mecánica cuántica, la Nueva Física, hace cada vez más verosímil que fuera verdad la experiencia fenomenológica descrita por Gibson.
[3]  Esta manera de pensar reduccionista o robótica ha tenido modernamente un importante refuerzo al proponerse interpretaciones del psiquismo inspiradas en los modelos computacionales, seriales o conexionistas, PDP. Estas nuevas versiones del reduccionismo clásico convertirían al hombre en un sistema robótico en que la conciencia apenas jugaría un papel epifenoménico. Es sabido que el interés de Penrose por el problema de la conciencia nació al conocer estas propuestas computacionales en las CCHH y sorprenderse por el grado de influencia que habían alcanzado; teorías, por otra parte, para él injustificables. Ante la evidente reducción del hombre a un robot, si se pretendía explicarlo científicamente a partir de la fìsica (reducida a la mecánica clásica), tomaron fuerte aliento explicaciones alternativas de corte más o menos dualista para defender el humanismo.
[4] Sin embargo, la verdad es que hoy sabemos (más allá del Demonio laplaciano) que estos sistemas clásicos pueden dar lugar a estados de interminación, tal como describe la mecánica estadística. No sabemos el efecto preciso de un estado clásico y su evolución entre una multitud de estados posibles. Atribuimos el efecto del azar y del caos que se han convertido también en protagonistas del mundo clásico. Esto ocurre en la física de los sistemas caóticos y en la biología, por ejemplo, en bioquímica citoplasmática que da lugar a una selección darwiniana. La evolución mecanoclásica del universo ha producido estados o los bucles de indeterminación. Por ello, lo que finalmente se produce en este entorno indeterminado, aunque sea “indeterminado” sólo dentro de las leyes del caos, es causado por series ciegas y deterministas de sistemas causa/efecto en cadenas interactivas. Así, podríamos decir, que la idea popperiana de que vivimos en un universo abierto puede aplicarse también hoy a la mecánica clásica en un cierto sentido.



Javier Monserrat, Universidad Autónoma de Madrid, Cátedra CTR de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de la Universidad Comillas, Madrid, Co-editor de Tendencias21 de las Religiones.
 



Martes, 4 de Octubre 2016
Javier Monserrat
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Nota

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1.Publicado por Pedro Rubal Pardeiro el 04/10/2016 22:23
Esta síntesis que nos ofrece el Dr. Monserrat, explicando una forma de entender por qué el mundo físico puede constituir un soporte de la conciencia, es una exposición para aprender más que para comentar, y quisiera tener claras las líneas fundamentales. Así que yo sólo voy apuntar algo para asegurarme de que entendí el contenido, como lo hubiera hecho en una conferencia presenciall.Sólo unos renglones referidos a lo que hoy se considera ese mundo físico soporte de la conciencia.
Evito entrar en muchas otras cuestiones, que en el post se apuntan o tratan, y parto de que el mundo está hecho de campos, sin vacíos. Estos campos cuánticos constituyen la realidad tal como hoy la entendemos. Hay que tener en cuenta dos concepciones del mundo, la cuántica y la clásica. La diferencia entre ellas está delimitada por la relación entre lo que EXISTE REALMENTE (la realidad cuántica) y lo que podemos observar prácticamente. Por consiguiente, la materia son ondas (campo cuántico), aunque si observamos ese campo en ciertas condiciones vemos partículas, que, cuando menos, debemos saber que las transmisoras son los BOSONES; pero las que componen la materia son los FERMIONES, que ocupan espacio.
También conviene tener en cuenta que los campos bosónicos pueden ser valorados como grandes (p.e., el electromagnético) o pequeños, según la cantidad de partículas que tengan. No hay campos fermiónicos: Hay partículas, o no, pues por el Principio de Exclusión de Pauli, dos fermiones no pueden existir en el mismo estado: No existen dos fermiones idénticos que hagan lo mismo en el mismo lugar.
Es menester tener muy en cuenta las propiedades "extrañas" de la materia EN ESTADOS MICROFÍSICOS PRIMORDIALES, principalmentre las que señala D. Javier: La coherencia cuántica, la superposición y la indeterminación cuánticas y la acción-a-distancia.
En la materia fermiónica las partículas vibran ASIMÉTRICAMENTE, y de por ello evitan la pérdida de su individualidad (¡muy importante esto!) y por eso no entran en SISTEMAS DE MATERIA EN ESTADO DE COHERENCIA: No se diluyen, como afirma el autor. Pero esta materia fermiónica hace posible la multitud de cosas y la supervivencia de seres vivos.
Es este mundo físico, considerado en el modelo clásico y cuántico, el que permite una explicación física integral, balanceada clásico/cuánticamente, como explica el autor, la que permite entender la constitución de ese soporte físico adecuado a nuestra actividad psíquica, "completamente compatible con una imagen humanista del hombre". Nos encontramos, pues, con ese universo TRANSPARENCIAL que genera conciencia por su propiedades físicas, y, a la vez, no impone una metafísica teísta, aunque se presenta como más verosímil.
A modo de coda, se me ocurre pensar si sería posible establecer una relación DUALÉCTICA entre los conceptos de mundo clásico y mundo cuántico, aplicando el método hermenéutico del Dr. Ortiz-Osés, puesto que el lenguaje no es inocuo tampoco en estas temáticas.
Saludos.

2.Publicado por Carlos M. Palacios Maldonado el 05/10/2016 03:55
De este interesante post se desprende que hay dos clases de materia según el comportamiento de sus partículas: una en cuyas partículas se cumplen fácilmente las propiedades cuánticas generales, y otra cuyas partículas son más “individualistas”. Esto me induce a aventurar la opinión de que quizás exista una quinta fuerza fundamental de la física que “administre” esas dos clases de materia para hacer posible la existencia estable y separada del mundo cuántico y del clásico; una fuerza que haga posible que cada uno de esos dos mundos mantenga su propio ser, sin que el uno trastorne el funcionamiento del otro. Por supuesto todo esto no haría más que confirmar la necesidad racional de un Diseñador sobrenatural supremamente competente para ordenar así las cosas.

Saludos

3.Publicado por De dbió nombrarse al autor que contribuyó con un so;lo artículo en el citado período. el 05/10/2016 19:50
Joaquín González Álvarez
j.gonzalez.a@hotmail.com
Excelente ensayo sin dudas. Se utiliza insistentemente el concepto fenomenología. Desde el estabvlecimiento de la Mecánica Clásica, Isaac Newton nos ha mostrado que es mucho lo que la ciencia no puede explicar que tenemos que limitarnos a observar los fenómenos, pues la ciencia no puede conocer la realidad en si pues tendríamos que captarla sin utilizar nuestros sentidos. Pero el verdadero científico dedica sus esfuerzozos a estudiar los fenómenos sin insistir en enconter explicaciones. Si la actividad científica se hubiera empecinado en buscar imposibles explicaciones, viviríamos en la Edad de Piedra, El método científico se basa en hi'potesis de trabajos que mantienen su vigencia mientras no haya contradicciones. Se crica al científico calificándolo de reduccionismo, cierto que la ciencia a veces reduce, pero prefiere el análisis holístico. El anális religioso también es reduccionista, reduce sus argumentos a la existencia de un ente divino,, , existencia que resulta imposible de demostrar, pues no se propone que hecho o conjunto de hechos mostrrán evidentemente la certeza de la hipóesis propuesta.

4.Publicado por Ana el 07/10/2016 23:34
Señor Joaquín González, le dejo unos extractos de un artículo del filósofo de la ciencia Francisco J. Soler Gil, pero le digo algo de mi cosecha: si la ciencia "es mucho lo que no puede explicar", postular la hipótesis Dios como causa del universo sigue siendo válida y no porque se use a Dios como un "comodín", un tapón tapa agujeros para rellenar huecos (esto se podría decir también del azar, lo que no entendemos cómo pudo suceder, decimos que fue el azar, y punto). Hay más razones para creer que los últimos descubrimientos de la cosmología encajan mejor en el teísmo que en el materialismo. Soler Gil se lo explica mejor a continuación. Saludos.

"Tres datos cosmológicos para el teísmo:

Los datos cosmológicos sobre los que quiero llamar la atención son los siguientes:

1.-que el universo existe,

2.-que es racional,

3.- y que está ajustado finamente de un modo que favorece la aparición de vida.

Estos tres datos resultan muy molestos para el materialismo, que no sabe realmente qué hacer con ellos. De ahí que los autores de tendencia materialista oscilen entre tratar de negarlos (sí... incluso la existencia del universo, como vamos a ver seguidamente), o bien dejarlos como datos sueltos, como aspectos de la realidad que no tienen explicación. En cambio, en el marco teísta, la existencia del universo, su racionalidad, y su carácter productor de vida son tres aspectos esencialmente relacionados entre sí, y que se explican de modo natural por la acción de un Dios racional, del Dios vivo y dador de vida. Vamos a considerar estos puntos más despacio:

(1) ¿Por qué existe el universo?

El dato más básico de la experiencia lo constituye nuestra percepción de nosotros mismos y de las cosas que nos rodean. Llamamos universo al conjunto de estas cosas materiales. Estamos inmersos en el universo, percibimos sus componentes, y por ello su existencia nos parece innegable. Pero, ¿por qué existe?

Hay dos respuestas materialistas a esta pregunta: La primera es que, en realidad, el universo no existe, y la segunda es que existe sin ningún “porqué”, sin causa. Estas dos respuestas aparentan ser muy diferentes, pero en el fondo están íntimamente relacionadas. Veamos cómo:

Para algunos autores, la idea de universo es una extrapolación inaceptable a partir de los objetos de nuestra experiencia: Como estamos rodeados de cosas, extrapolamos este hecho y suponemos que todas las cosas forman parte de una Gran Cosa llamada universo, una cosa que incluye todas las demás. Pero, ¿qué nos garantiza que exista una cosa así? ¿Por qué no podría ocurrir, más bien, que no haya ninguna totalidad de las cosas materiales? En ese caso la palabra universo estaría vacía de contenido, o bien designaría una realidad material que no se deja pensar como una cosa (ni, tal vez, de ninguna otra manera). Y si no hay una cosa llamada universo, ¿qué sentido tiene preguntarnos por su causa? Sabemos que las cosas, los objetos de la experiencia, poseen una causa. Pero ¿qué sentido puede tener extrapolar la idea de causa más allá de los objetos de la experiencia?

Pues bien, esta última observación acerca de la causalidad pone de manifiesto la relación esencial de la primera con la segunda respuesta materialista a la pregunta de por qué existe el universo, la respuesta de que el universo no tiene por qué tener una causa:

Ciertamente que en nuestra experiencia ordinaria se cumple el principio de que las cosas materiales siempre existen por algo. Y también es cierto que a esta exigencia de que no se dé un objeto sin una razón (determinante, o al menos posibilitante), no se le puede oponer tampoco ningún contraejemplo derivado de la física, ni de ninguna otra ciencia. Antes bien, tal exigencia constituye un motor interno de la investigación científica en general: La presencia de un objeto material debe de poder justificarse de algún modo. Pero, por otra parte, la física nos ha enseñado que, a diferencia de lo que ocurre al tratar de la categoría de los objetos materiales (o cosas), no todo suceso, o cambio, o estado de movimiento, ha de tener forzosamente una causa. Según la mecánica de Newton, un cuerpo puede mantenerse en un estado de movimiento rectilíneo y uniforme sin que precise de causa para seguir moviéndose. Y según las interpretaciones usuales de la mecánica cuántica, no hay ninguna causa (física) determinante de que una partícula posea p.e. cierto impulso en una medida concreta, si antes de la medida se hallaba en una posición determinada. ¿No podría entonces ser el universo una de esas entidades que no requieren causa? En tal caso el universo existiría sin más.

Este segundo planteamiento materialista termina, en consecuencia, siendo muy similar al de la negación de la existencia de una cosa llamada “universo”: Lo importante en ambos casos es negar que el universo sea un “objeto” similar a los objetos materiales ordinarios, de los que sabemos por experiencia que no existen sin más. En definitiva, lo que los materialistas subrayan aquí, de un modo u otro, es que la categoría de causa se haya esencialmente ligada a la de objeto (o cosa), y que por ello no cabe esperar una causa donde no tenemos un objeto, sea lo que sea lo que tengamos en su lugar (si es que acaso tenemos algo).

Desde luego que esta observación sobre los límites del razonamiento causal es seria, y, en mi opinión, resulta enteramente válida. Ahora bien, precisamente por estar la causalidad tan estrechamente ligada con la categoría de objeto, los argumentos materialistas que acabamos de considerar han recibido un duro golpe de parte de la cosmología física actual. Y la razón de ello es que, en tanto que se acepte cualquiera de los modelos del universo que se barajan en la cosmología actual (bien sea el modelo estándar de la Gran Explosión, o bien alguna de las variantes inflacionarias de dicho modelo, o alguna de las variantes de la cosmología cuántica, o incluso alguno de los modelos marginales propuestos por ciertos enemigos acérrimos de la Gran Explosión), se puede mostrar que el universo es un objeto ordinario, y que, por tanto, ha de tener una causa. No me puedo detener aquí en los detalles de esta demostración, de los que ya me he ocupado en otra parte, pero la idea general es, simplemente, que, puesto que la cosmología describe el universo por medio de modelos enteramente similares a los que se emplean para caracterizar a los demás objetos físicos, lo razonable es considerar al universo como un objeto tal... en tanto que el éxito empírico de alguna de las propuestas cosmológicas nos incline a tomarla en serio.

En definitiva, que si aceptamos alguno de los modelos de la cosmología física, estamos asumiendo que el universo es un objeto físico como cualquier otro. Y si el universo es un objeto físico, lo razonable es suponer que existe por algo. De modo que, ¿por qué existe el universo?

En este punto, al materialista sólo le quedan dos opciones: o encogerse de hombros, o postular una cadena de universos, tratando de desplazar infinitamente la pregunta por la causa, al precio de admitir un número incontable de entidades fantasmales, de las que ni tuvo ni tendrá nunca indicio experimental alguno... y ni siquiera así resuelve nada, puesto que se puede argumentar que tal cadena, como totalidad, es también un objeto físico (por muy infinita que sea), y debería tener una causa...

Bien, estos son los problemas del materialismo con relación a la existencia del universo. ¿Y la respuesta teísta? Tal respuesta consiste en afirmar que Dios es la causa de la existencia del universo. A primera vista, da la impresión de que no hemos avanzado mucho, ya que ahora tenemos que hacernos la pregunta por la causa de Dios. Sin embargo, no es lo mismo preguntar por la causa del universo que preguntar por la causa de Dios: El universo parece ser un objeto físico de lo más común, a juzgar por los modelos de la cosmología. Y por eso tiene pleno sentido preguntar por su causa, puesto que todo objeto físico posee una causa. Pero, ¿quién nos garantiza que al traspasar la frontera del universo estaremos tratando todavía con objetos ordinarios, a los que podremos seguir aplicando nuestras categorías, y sobre los que podremos seguir planteando las preguntas que hacemos acerca de los objetos físicos (y entre ellas la pregunta por la causa)?

En resumidas cuentas, que resulta razonable tomarnos en serio la necesidad del corte de la pregunta por la causa, habitualmente defendido por los autores materialistas,... sólo que el punto más natural donde aplicar este corte se encuentra un paso más atrás de lo que afirman los materialistas: el universo que describe la cosmología es un objeto demasiado familiar como para renunciar a preguntar por su causa. La cuestión que verdaderamente está de más es la de la causa de Dios: Como no tenemos razón alguna para suponer que nuestras categorías (y entre ellas la de causa), hayan de aplicarse más allá del ámbito de los objetos de la experiencia, y como el límite natural de ese ámbito parece ser el universo como un todo (el último objeto del que cabe elaborar un modelo), la pregunta de por qué hay Dios muy posiblemente carezca de sentido: La última entidad que requiere una causa es el universo, y su causa es Dios.


(2) ¿Por qué es racional el universo?

Que el universo es racional se muestra por el éxito de la física en describirlo. ¿Por qué es el universo tan comprensible? Si el hombre no es más que un producto marginal de la materia inerte, ¿por qué la racionalidad matemática "algo tan humano" resulta así de efectiva para describir las operaciones de la materia? ¿No dejará traslucir esta efectividad la presencia de una mente ordenadora del cosmos? De ser esto cierto, la observación de Pascal acerca de la nobleza del hombre (debida a su racionalidad) estaría plenamente justificada. Este planteamiento sugiere, sin duda, la interpretación teísta del hombre como imago Dei. De ahí que hayan sido numerosos los materialistas que han tratado de mostrar que la racionalidad del universo no constituye otra cosa que algún tipo de espejismo. Dos son las propuestas más destacadas en este sentido. Veámoslas:

Según ciertos autores, la racionalidad no es más que la expresión de nuestra adaptación al medio ambiente: un producto de la lucha por la supervivencia. El pensamiento matemático resulta ser, para estos autores, una mera codificación de cualesquiera estrategias exitosas en nuestro entorno natural. De modo que no debería sorprendernos su éxito. Pero este éxito no implica que la naturaleza sea racional. Nosotros proyectamos racionalidad en nuestro entorno y esa proyección nos ayuda a sobrevivir. ¿Por qué? No podemos saberlo realmente. Para saberlo tendríamos que analizar nuestra racionalidad “desde fuera”, saliendo de ella para contemplar “directamente” la naturaleza, y ver la razón (si la hay) de nuestro éxito evolutivo. Pero no podemos hacer tal cosa.

¿Qué se puede decir de este planteamiento? Claro está que los diversos aspectos de la inteligencia humana (inclusive su aptitud para las matemáticas) pueden haber ido desarrollándose al hilo de la lucha de nuestra especie (y las que le precedieron) por la vida. Pero, si de ahí se intenta pasar a negar la racionalidad real de la naturaleza, entonces la efectividad de las matemáticas para tratar de ámbitos muy alejados de nuestro entorno natural se vuelve incomprensible. ¿Cómo explicar que una inteligencia surgida en la lucha por la supervivencia de una especie de homínidos en la sabana africana logre producir modelos exitosos de la dinámica de la materia a altas energías, o de los primeros estadios de la evolución del universo, si no es asumiendo que esa inteligencia tiene un cierto acceso a la inteligibilidad real del mundo? Cuanto mayores resultan los éxitos de la física a escalas muy pequeñas y muy grandes, tanto menos plausible parece el recurso al origen evolutivo de nuestra inteligencia de cara a eliminar la racionalidad real del universo.

Ahora bien, tenemos que considerar aún una segunda propuesta: la de los que tratan de reducir las leyes de la naturaleza al resultado de un juego de azar. Según estos autores, ciertamente que hay leyes que rigen el movimiento de los cuerpos, y que constituyen la base real que justifica el éxito de la física, pero tales leyes no son otra cosa que promedios estadísticos que resultan de un juego de azar que, o bien tiene lugar a cada momento, o bien tuvo lugar al comienzo del universo. De modo que la racionalidad de la naturaleza no sería un aspecto fundamental de la misma, sino un derivado del caos. Y, en consecuencia, tampoco nuestra racionalidad nos emparentaría con el fondo de la realidad, puesto que éste lo constituiría el caos irracional e inerte, del que toda racionalidad surgiría ciegamente. En qué consista el juego de azar que se da en la naturaleza a nivel fundamental, es algo que varía de unos autores a otros. Según algunos, las simetrías e invariancias que percibimos en la naturaleza a bajas energías surgirían espontáneamente a partir de procesos no invariantes y no simétricos en el plano fundamental. [9] Según otros, las condiciones iniciales del universo podrían ser arbitrarias, pero, debido a ciertos procesos de mezcla, el universo terminaría siendo independiente de dichas condiciones iniciales etc. etc.

Ahora bien, ¿podemos eliminar de este modo la racionalidad de entre los rasgos esenciales del universo? Ciertamente no, pues como ha sido puesto de manifiesto, por autores como Heller, todos estos planteamientos dan por hecho la validez del cálculo de probabilidades en la naturaleza (sin el que no tendría sentido hablar p.e. de promedios y compensaciones estadísticas), y el cálculo de probabilidades es una teoría matemática tan racional como cualquier otra. El caos del que hablan los físicos no es nunca el caos filosófico de la ausencia absoluta de racionalidad, sino que resulta constituido por un conjunto de estados bien regulados por leyes de distribución que mantienen su estabilidad a lo largo de todo el juego. De este modo, cualquier intento de explicar el surgimiento de las leyes conocidas de la física a partir de una situación así, lo que hace es reproducir la cuestión de la racionalidad matemática del universo a otro nivel.

En definitiva, la racionalidad del universo es un hecho que el materialista no puede sino reconocer, y considerar como un “hecho bruto”, un dato primario sin explicación. En cambio, desde el teísmo, la racionalidad del universo no resulta sorprendente, ya que se trata de la obra de un Creador inteligente. Antes bien, esta racionalidad es lo que cabría esperar de la creación. De ahí que los fundadores de la física moderna, hombres todos profundamente religiosos, no dudaran en comparar la naturaleza con un libro escrito en lenguaje matemático por el Autor del mundo. Los enormes progresos que la física ha realizado a través de su historia en la comprensión del libro de la naturaleza concuerdan, de modo creciente, con esta visión de sus fundadores: todo lo real es racional, porque Dios, que es la fuente de la realidad, es racional.

(3) ¿Por qué está el universo ajustado finamente para la vida?

Que las leyes y las constantes del universo están ajustadas finamente, de un modo que favorecen el surgimiento de ambientes propicios a la aparición de la vida, y más específicamente de la vida inteligente (que necesita, sin duda, mucho más tiempo para su aparición que la simple vida monocelular), es un hecho que se ha ido poniendo crecientemente de manifiesto en las últimas décadas. Son, por ejemplo, numerosos los equilibrios en la síntesis estelar de elementos que se requieren para que las estrellas posean la estabilidad necesaria para dar tiempo a la evolución de la vida. También pende de hilos delicados la producción de elementos tales como el carbono y el oxígeno, imprescindibles para la vida (al menos tal como la conocemos). Y hubieran bastado valores ligeramente diferentes en los parámetros cosmológicos básicos (tales como por ejemplo la constante cosmológica) para que el universo tuviera un aspecto completamente diferente al que tiene,... y mucho más inhóspito.

Aunque no todos los ejemplos de ajuste fino sugeridos en los últimos años han resistido el análisis crítico de la comunidad científica, hay ciertamente un número de ellos muy bien establecido. ¿Qué pensar de este dato?

Desde un marco teísta, no sorprende que el universo esté dotado de leyes y constantes adecuadas para el surgimiento de la vida humana (sean éstas muy específicas o no, dentro del conjunto de todas las leyes físicas posibles). Parece una cosa buena el que existan seres capaces de elegir entre el bien y el mal, y por tanto de obrar libre, consciente, y responsablemente. Parece que sería una cosa muy buena si tales seres pudieran entrar incluso en una relación personal con Dios. Por tanto, determinando un Dios inteligente, omnipotente y bueno las leyes del universo, no resulta irrazonable conjeturar que estas leyes favorecerán, o al menos posibilitarán, (entre otras muchas cosas) la aparición de vida como la nuestra.

Desde un marco materialista, por el contrario, el dato del ajuste fino del universo es mucho más problemático. ¿Por qué, si hay, en principio, tantas combinaciones posibles de leyes y constantes físicas, resulta que se dan unas que hacen posible nuestra existencia, siendo así que parece que serían muchísimas más las combinaciones de leyes y constantes que implicarían un universo completamente muerto? Si el materialista no quiere encogerse de hombros otra vez, tendrá que responder que, o bien las combinaciones de leyes y constantes posibles no son tantas como parecen, o bien que todas se dan de un modo u otro.

Ahora bien, ya que la primera respuesta no puede apoyarse en nada concreto (ni siquiera en los actuales intentos de construir una teoría unificada de todas las interacciones físicas, puesto que en estos intentos se introducen siempre nuevos parámetros ajustables), una buena parte de los autores materialistas se inclina ahora por la hipótesis llamada del “multiverso”, según la cual el universo que observamos es sólo uno de entre un inmenso número de universos reales, cada uno de los cuales posee sus propias leyes (y/o constantes) físicas. En este contexto, la respuesta a la cuestión de por qué se dan estas leyes en el universo sería simplemente la de que en los universos regidos por otras leyes no podríamos existir, ni hacernos, por tanto, estas preguntas.

Sin embargo, este planteamiento resulta extremadamente dudoso. Pues, aun dando por buena la tremenda inflación ontológica que supone la hipótesis del multiverso, no está nada claro que con ella se consiga evitar la reaparición del ajuste fino, esta vez a nivel de la ley reguladora del tipo de universos posibles en el multiverso. Y es que, si cualquier universo pensable fuera posible, cada nuevo instante de normalidad en nuestro mundo sería poco menos que un milagro. En efecto, si pensamos en todos los sucesos que podrían acontecer dentro de un minuto, por disparatados que parezcan, no cabe duda de que, en el marco del multiverso extremo, hay universos en los que tales sucesos ocurrirán. Es más, por cada universo normal (en el sentido de poseedor de unas leyes estables, una continuidad causal, etc.) debe haber muchísimos universos mucho más irregulares. Por tanto, si no queremos caer en la locura, parece que hay que restringir de algún modo el tipo de universos posibles. Nadie ha podido formular todavía con precisión la ley que permita hacer una restricción que salve nuestro universo y elimine sus alternativas inestables, pero no cabe duda de que se tratará de una ley compleja, y en cierto modo ajustada finamente. Además, como ha señalado Swinburne, una cosa es justificar la existencia de observadores conscientes, y otra cosa la de observadores conscientes y capaces de la acción moral. Este último parece ser nuestro caso, y es coherente con lo que se esperaría de un universo diseñado por Dios. Pero no hay razón para pensar que los posibles observadores conscientes generados en un multiverso habrían de ser siempre (ni por regla general) seres de este tipo. Con lo que el poder explicativo de la hipótesis del multiverso es, en el mejor de los casos (y tratando de ser lo más generosos posibles con ella) bastante limitado.

En definitiva, lo que queda es el hecho de que las leyes y las constantes del universo están ajustadas finamente, de un modo que favorecen el surgimiento de ambientes propicios a la aparición de la vida inteligente. Para el materialismo: un hecho suelto, inexplicable; para el teísmo: algo que cabía esperar de la inteligencia, poder y bondad de Dios.


Conclusión

En la sección anterior hemos comparado el modo en el que el teísmo y el materialismo pueden incorporar, en sus respectivos marcos, tres importantes datos cosmológicos: la existencia, la racionalidad, y el ajuste fino del universo. Hemos visto que, mientras que tales datos encajan de modo natural en el discurso teísta sobre la relación de la creación con su Creador inteligente y bueno, el materialismo se ve obligado, ya que no puede negarlos, a considerarlos como “hechos brutos” de la naturaleza, que no pueden justificarse. Con ello no queda, ciertamente, refutado el materialismo, pero se manifiesta como un marco pobre, con poca capacidad explicativa, al menos por lo que a los datos considerados se refiere.

Para terminar el artículo sólo me resta subrayar que el terreno cosmológico no es el único, ni mucho menos, en el que se puede mostrar esta superioridad del planteamiento teísta sobre el materialista. Antes bien, el trabajo de autores como Craig, Polkinghorne, Swinburne y otros muchos ,en los últimos años, ha ido mostrando, de modo creciente, tanto la riqueza intelectual del marco teísta de referencia, como los numerosos problemas del planteamiento materialista para dar cuenta de datos básicos provenientes de las ciencias naturales, de la epistemología, de la ontología, de la ética, etc. etc. Ante esta acumulación creciente de evidencia intelectual en favor del teísmo, no dejará de provocar cierta perplejidad la actitud autosatisfecha con la que nuestros materialistas y escépticos locales se gozan en doctrinas insostenibles, hoy por hoy, ante una crítica mínimamente seria. Pero éste es otro tema, y merecería otro artículo, de enfoque más sociológico.

La razón, en definitiva, cumple su parte al comparar el camino materialista con el teísta, mostrando la riqueza del planteamiento que remite al Dios vivo como fuente de la realidad. Pero, como hemos indicado ya en la introducción de este artículo, a la hora de optar por una vía que nos compromete radicalmente, entran en juego, además de la razón, el resto de nuestras dimensiones humanas. Seguimos, pues, en la encrucijada".

5.Publicado por Carlos M. Palacios Maldonado el 08/10/2016 16:21
No está en mi naturaleza limitar mi visión cósmica a lo científico exclusivamente, más allá de que lo incluya y lo respete. Necesito algo más: algo que la ciencia por sí sola no lo puede proporcionar. Todo eso me lleva a creer que el mundo se explica mejor con la existencia de una Causa primordial, de un Diseñador de suprema competencia.

Saludos

6.Publicado por clean el 09/10/2016 14:32
El big bang, o el soplo de Dios.Somos creados a su semajanza de polvo y espíritu (energía). Religado con nuestra dimensión humana,vemos un universo en expansión, pues Dios nuestro Creador es Amor, nos hace ver que el universo es un corazón.. La materia no se destruye sino se transforma… el Amor es la musica celestial que transforma la materia. Religado con nuestro creador...?

saludos.

7.Publicado por Matias el 16/10/2016 02:28
Para los interesados dejamos el link de la academia holistica
http://academiaholistica.org/

8.Publicado por Amador Martos García el 16/11/2016 19:12
El artículo de Javier Monserrat es un intento de apropiación desde el materialismo científico de dar “razón” sobre la realidad por conocer exclusivamente desde el emergentismo material, una tesis que el autor describe como sigue: “Desde este supuesto monista general de la ciencia, las neurociencias actuales consideran que las células como vivientes unicelulares y los sistemas nerviosos en organismos pluricelulares han sido producidos desde el mundo físico. Es decir, son una evolución estructural (o sistémica) del mundo físico.(…) Pero el emergentismo es siempre conciliable con el monismo evolutivo y entiende que la vida, la sensibilidad-conciencia, la vida psíquica y la mente animal y humana, en último término, son una consecuencia evolutiva congruente con el substrato primordial del universo, o, si se quiere, de la materia".

Sin embargo, dicho presupuesto del emergentismo material, desde la propia consideración de la “consecuencia evolutiva congruente”, presenta una inherente contradicción en el seno del propio materialismo científico, y que voy a tratar de hacer evidente a continuación.

En la modernidad, Kant mediante sus Tres Críticas, produjo la diferenciación de las tres grandes categorías platónicas: la Bondad (la moral, el “nosotros”), la Verdad (la verdad objetiva propia del “ello”) y la Belleza (la dimensión estética percibida por cada “yo”). La mala noticia, por lo contrario, es que la postmodernidad no ha logrado la integración respectivamente de la cultura, la naturaleza y la conciencia. Sin lugar a dudas, en el universo no hay caos sino un orden que se manifiesta en Bondad y Belleza en una precisa relación a la Verdad. Tal proposición que tiene connotaciones de una expresión mística, bajo la lupa del conocimiento, bajo el impulso de la ciencia, tiene toda su razón de ser. No en vano, primero la filosofía, y luego las disciplinas científicas se han desvivido para hallar el orden subyacente que mueve a la naturaleza. ¿Qué es la ciencia, sino una interpretación de leyes inmanentes a la naturaleza y el orden divino? Lo que podemos “comprender” mediante la ciencia se convierte en un orden de interpretación siempre parcial de la totalidad del Ser. En efecto, la ciencia busca su verdad en el “ello”, a decir de Wilber (2005:160-170):

"El lenguaje del “ello” es un lenguaje objetivo y neutral, un lenguaje carente de valor; es el lenguaje en suma, utilizado por las ciencias empíricas, analíticas y sistémicas (desde la física hasta la biología, la cibernética, la sociología positivista, el conductismo y la teoría de sistemas). Se trata en otras palabras de un lenguaje monológuico, de un lenguaje que monologa con “ellos”, con meras superficies".

La cuestión de fondo es que el materialista científico, desde la razón, pretende suplantar a la Razón en un alarde de soberbia. El científico materialista no niega que haya un orden bajo el aparente caos objeto de sus estudios, bien al contrario, su metodología científica estriba en descubrir el velo de la Verdad, aunque sin demasiado éxito al decir de Wilber (2005: 48-49):

"El Bing Bang ha convertido en idealista a todo aquel que piense. Primero no había absolutamente nada, luego tiene lugar el Bing Bang y ¡he aquí que aparece algo! Esto es muy extraño. De la vacuidad más completa emerge todo el mundo de lo manifiesto. Para la ciencia tradicional esto ha supuesto un duro golpe porque impone un límite de tiempo al estúpido azar que, según se suponía, explicaba el universo. ¿Recuerda usted aquel ejemplo de los mil monos y Shakespeare, un ejemplo según el cual el azar podía dar lugar al universo ordenado? El que afirmaba que, disponiendo de suficiente tiempo, un puñado de monos aporreando las teclas de una máquina de escribir terminarían escribiendo una obra de teatro de Shakespeare. ¡Disponiendo de suficiente tiempo! La probabilidad de que, de ese modo, los monos pudieran escribir una obra de Shakespeare sería de uno entre diez elevado a cuarenta. Tal vez algo así pudiera ocurrir en un lapso de mil billones de años. Pero el hecho es que el universo no tiene mil billones de años sino solo doce mil millones de años. Y esto ha cambiado completamente las cosas. Los cálculos efectuados por los científicos, desde Fred Hoyle hasta F.B. Salisbury, muestran de manera contundente que en doce mil millones de años ni siquiera existe la posibilidad de producir una simple enzima. En otras palabras, algo distinto al azar es lo que está empujando al universo. El azar era la tabla de salvación, el dios, de los científicos tradicionales porque servía para explicarlo todo. El azar -y un tiempo infinito- podrá llegar incluso a crear el universo. Hoy en día, sin embargo, los científicos saben que no disponen de un tiempo interminable y, en consecuencia, su antiguo dios ha fracasado miserablemente. Ese dios ha muerto, el azar no puede explicar el universo porque, de hecho, es precisamente el azar lo que el universo se está esforzando laboriosamente por superar, es precisamente el azar lo que se ve superado por el impulso autotrascendente del Kosmos. Lo cual es otra forma de decir que la autotrascendencia está integrada en el universo, que la autotrascendencia constituye uno de los cuatro impulsos de todo holón".

Cuando buscamos comprender, ya sea desde la ciencia o la filosofía hermenéutica, se presupone tácitamente un subyacente orden por descubrir en aquello que se nos presenta como caótico en términos negativos, una sentencia que tiene su correspondiente significado positivo al aseverar nuestro desconocimiento u ignorancia acerca de una determinada materia de estudio. Desde nuestra ignorancia, desde nuestra interpretación caótica, pretendemos dar un salto cualitativo hacia un conocimiento superior que ponga “orden” en nuestras ideas. Sería algo así como hallar el “eslabón perdido” que permitiera enlazar nuestro desconocimiento o ignorancia sobre una materia determinada hacia una comprensión jerárquicamente superior y hasta entonces velada a nuestros límites naturales de cognición. Esa premisa de hallar un orden cognitivo en una apariencia caótica, subyace tanto en la actitud filosófica como científica, aunque no siempre con tino según apunta Wilber (2005: 392-394):

"La Ilustración se aprestó a la búsqueda de cualquier “eslabón perdido” de la Gran Cadena del Ser, a la búsqueda de todos los “eslabones perdidos” entre las distintas especies. ¡Y todo esto ocurría dos décadas antes de que Darwin publicara El origen de las especies! ¡Todo el mundo dedicándose a la búsqueda de eslabones perdidos! La búsqueda del eslabón perdido, por ejemplo, también estaba detrás de la investigación de los microorganismos (cuya existencia había deducido Leibniz para llenar ciertas fisuras existentes en la Gran Cadena), y lo mismo ocurrió con la creencia en la vida en otros planetas (deducida por Giordano Bruno basándose también en la Gran Cadena del Ser). Así pues, la noción de eslabón perdido no se basaba tanto en los datos empíricos científicos como en la misma idea de la Gran Cadena del Ser. Una idea por cierto neoplatónica porque, de un modo u otro, todo esto se remonta a Plotino. El Espíritu, según Plotino, es tan pleno y completo que, cuando se vuelca en la creación, lo impregna absolutamente todo, sin dejar agujeros, fisuras ni eslabones perdidos. Y la Gran Holoarquía de Plotino es la forma en que esos eslabones, o niveles, se conectan, se incluyen y se engloban mutuamente a lo largo del camino que conduce desde la materia hasta Dios. La modernidad, sin embargo, atada a un marco de referencia exclusivamente descendente, nos ofrece una visión de la evolución que concluye en la razón y nos lleva también a interpretar toda la Gran Cadena en términos meramente empíricos y naturales que nos impiden llegar a comprender y explicar el impulso autotrascendente de esta evolución que, no obstante, ¡ha terminado convirtiéndose en el dios de nuestro tiempo!

Referencia:
Wilber, Ken. Breve historia de todas las cosas. Barcelona: Kairos, 2005a.

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