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La única soberanía pendiente es la tecnológica

Estados Unidos no muestra disponibilidad para hacernos partícipes de sus conocimientos tecnológicos


Lo mejor para el mundo ante un siglo que se presenta complicado y amenazante, sería una fuerte unión atlántica (América-Europa) que constituyera el polo central del planeta. Para ello no obstante, y simplemente para que ninguna de las partes dependa de la otra o contribuya menos al avance del conjunto, Europa debe ser soberana e independiente en términos científicos y tecnológicos. Por Adolfo Castilla.



La única soberanía pendiente es la tecnológica
Hace unos años, en un acto público celebrado en la CEOE en el que intervenía Felipe González -- acto, que como es lógico en estos tiempos, estará recogido y archivado con toda precisión en infinidad de soportes y que aquí se recuerda con mucha vaguedad -- el entonces Presidente de la institución, Ferrer Salat, después de darle la bienvenida muy amablemente, hizo uso de cierta agresividad al pasarle la palabra diciendo algo así como:: “Bueno Sr. Presidente, ahora que está Usted ante la CEOE en pleno, ¿que tiene que decirnos de esa revolución pendiente de la que siempre hablan los socialistas?”.

Felipe González, en esa época en la que nos deslumbraba a diario a todos, contestó con rapidez y con la frescura, tranquilidad y aplomo de sus primeros tiempos, indicando algo como: “Mire Usted si hoy hay alguna revolución pendiente es la tecnológica….”, continuando su discurso tras haber dejado boquiabiertos y muy predispuestos a su favor a Ferrer Salat, a los empresarios presentes y a los que escuchábamos el acto a distancia.

También hoy en Europa en su conjunto y en algunos países miembros como el nuestro, deberíamos gastar menos tiempo en hablar de soberanías regionales sin sentido y de otras soberanías ciertamente trasnochadas, y concentrarnos en soberanías como la tecnológica en la que con toda seguridad nos jugamos nuestro futuro y se lo juega la Unión Europa en su conjunto. Tal como van las cosas en este terreno somos capaces de desperdiciar años en debates y enfrentamientos sin límite que no tienen nada que ver con lo verdaderamente importante al principio de un nuevo siglo.

No debemos olvidar nuestros precedentes históricos en este terreno y poner mucho cuidado además, en que temas tan peculiarmente nuestros como reconstruir países y naciones medievales, reales o imaginarios, no se trasvasen por efecto contagio a una Europa que necesita mirar claramente hacia adelante en vez de hacerlo hacia atrás y ocuparse de temas importantes de naturaleza muy distinta.

Todos los pueblos para progresar necesitan grandes proyectos y los pueblos europeos aisladamente considerados hace tiempo que no disponían de ellos. Por eso un proyecto como la UE es beneficioso en extremo para sus veinticinco miembros actuales y para los que se incorporen en los próximos años. Es un proyecto hermoso y lleno de potencialidades en todos los sentidos.

Si Europa continúa con él y no permite que se diluya, los europeos no deberíamos estar preocupados de las transformaciones actualmente en marcha en el mundo, algunas tan amenazadoras como la emergencia de grandes potencias mundiales como China, India, Brasil o África del Sur. El proyecto europeo es de más envergadura y tiene más capacidad transformadora que todas ellas.

Así lo presentan trabajos como el libro “El sueño europeo“ de Jeremy Rifkin publicado el pasado año y el más reciente “Por qué Europa liderará el Siglo XXI” de Mark Leonard, actualmente en las librerías. Los dos, junto a otras publicaciones e informes muy diversos, hacen comparaciones con los Estados Unidos en los que Europa tiene claras ventajas a pesar de la falta de dinamismo actual y del considerable bache económico por el que pasan Alemania, Francia y otros países continentales.

El segundo libro en particular es de un “optimismo contagioso” como ha dicho de él Javier Solana, según una de las citas de crédito que se incluyen en la versión española. Después de comparaciones sólidas siempre, y exhaustivas a veces, y después sobre todo de infinidad de argumentaciones convincentes sobre la UE, el autor, tras anunciar un “estilo europeo de hacer las cosas”, concluye que asistiremos en los próximos años a la emergencia de un Nuevo Siglo Europeo, caracterizado no por sus formas imperiales o su afán de hegemonía sino por sus revolucionarias, avanzadas y aceptadas por todos los países: instituciones, maneras, valores y costumbres.

Mejorar Europa

Hay sin embargo algunos aspectos clave, no tratados por las publicaciones anteriores por cierto, en los que Europa debe mejorar. Tienen en general que ver con la soberanía tecnológica antes mencionada, la cual hace referencia al atraso europeo en relación con los Estados Unidos en áreas tecnológicas muy avanzadas y muy específicas y a su destacada dependencia de ese país en dichas áreas.

En temas tales como la defensa militar, la investigación del espacio, el tráfico aéreo, la observación y vigilancia terrestre y varios otros, así como en las tecnologías que constituyen la base de las nuevas revoluciones tecnológicas en marcha entre las que se encuentran las llamadas NBIC (Nanotecnología, Biotecnología, Información y Ciencias Cognitivas), Europa va manifiestamente retrasada.

Además, a diferencia de lo ocurrido en otras épocas, los Estados Unidos no muestran disponibilidad para hacernos partícipes de sus conocimientos en ellas. Después del 11-S y de la toma del poder en aquel país de los neoconservadores, Norteamérica ha cambiado radicalmente frente a Europa a pesar de los paños calientes que periódicamente se aplican a las relaciones atlánticas y de los actos y discursos frecuentes sobre la OTAN y su importancia.

Un poco como protección ante el terrorismo, otro poco como defensa ante la competencia que se avecina y otro poco como consecuencia de su afán de hegemonía mundial y de que el siglo XXI sea el siglo americano por excelencia, los Estados Unidos no son para nadie, ni siquiera para Europa, el país que solía ser.

Europa lo ha constatado recientemente y ha decidido tomar medidas correctoras en relación con ciertas áreas en las que la dependencia no era muy preocupante mientras los Estados Unidos facilitaban el acceso a lo más necesario. El movimiento de Soberanía Tecnológica de Europa es un poco un paso obligado ante la posibilidad de que Europa vea coartada su marcha por no tener acceso a ciertas tecnologías y a ciertos conocimientos a los que con frecuencia se hace referencia como Tecnologías de Soberanía.

Muchos en Europa somos a pesar de todo muy pro-americanos, y creemos que lo mejor para el mundo ante un siglo que se presenta complicado y amenazante, sería una fuerte unión atlántica (América-Europa) que constituyera el polo central del planeta. Para ello no obstante, y simplemente para que ninguna de las partes dependa de la otra o contribuya menos al avance del conjunto, Europa debe ser soberana e independiente en términos científicos y tecnológicos.


Adolfo Castilla es Director Científico del II Congreso de Soberanía Tecnológica de Europa y miembro del Consejo Editorial de Tendencias21. Editor del blog Prospectiva de Tendencias21.


Sábado, 17 de Junio 2006
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