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Neurociencia y el origen cerebral del mal: nuevas claves

Un estudio del MIT revela que, en grupo, se reduce la actividad en la corteza prefrontal medial del cerebro, lo que hace olvidar los valores morales individuales


Según la filósofa Hannah Arendt, “cualquier ser humano, en determinadas circunstancias, podría realizar actos tremendamente malvados”. ¿Cuáles serían dichas circunstancias, a nivel cerebral? La neurociencia ofrece algunas interesantes respuestas. La última, la han dado científicos del MIT: estar en grupo puede hacer que se “borren” nuestros valores morales individuales. Por Yaiza Martínez.


Yaiza Martínez
Escritora, periodista, y Directora de Tendencias21. Saber más del autor


Imagen: Thinkstock. Fuente: MIT.
Imagen: Thinkstock. Fuente: MIT.
La filósofa Hannah Arendt, en su estudio sobre Otto Adolf Eichmann (el teniente coronel de las SS nazis responsable directo de la solución final de la cuestión judía), Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, defendió que lo preocupante de la existencia del mal es que cualquier ser humano, en determinadas circunstancias, puede realizar actos tremendamente malvados e inhumanos. ¿Por qué? Arendt proponía que, simplemente, por creer que es “su obligación”.

¿Qué nos dice la neurociencia de esta inquietante realidad? El último estudio sobre el tema ha sido llevado a cabo en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en Estados Unidos. En él, el análisis de la actividad neuronal de un conjunto de individuos ha demostrado que, cuando las personas están en grupo, son más propensas a realizar acciones que individualmente les parecerían mal, e incluso a hacer daño a otras personas.

Según los científicos, en general, las causas de la pérdida de moral cuando estamos en grupo pueden ser varias. Dentro de un grupo, la gente se siente más en el anonimato –piensa que es difícil ser atrapada-; y también siente una disminución del sentido de responsabilidad personal por las acciones colectivas.

Por otra parte, los individuos agrupados "pierden el contacto" con sus propias costumbres y creencias y, por tanto, se pueden volver más propensos a hacer cosas que normalmente considerarían como “malas”.

Desconexión de uno mismo

Los científicos del MIT tomaron como referencia este último punto para estudiar lo que pasa en el cerebro de los individuos cuando están en un grupo. Midieron en concreto la actividad neuronal en una parte del cerebro involucrada en la reflexión sobre uno mismo: la corteza prefrontal medial.

Las mediciones se hicieron con tecnología de resonancia magnética funcional (fMRI), una técnica que permite mostrar en imágenes las regiones cerebrales que ejecutan una tarea determinada.

Descubrieron así que, en algunos de estos voluntarios, dicha actividad se redujo cuando participaron en un juego como parte de un grupo, en comparación con cuando compitieron como individuos.

Esas personas, explica el MIT en un comunicado, presentaron además más probabilidades de dañar a sus competidores que las que no presentaban esa disminución de la actividad cerebral (siempre en el contexto del juego).

Esa es la mala noticia. La buena es que, como se ha dicho, en algunos individuos la reducción de la actividad neuronal en la corteza prefrontal medial no se produjo, a pesar del grupo. Según los científicos, eso supone que las normas morales personales pueden mantenerse, e incluso ayudar a atenuar la influencia de la “mentalidad de la multitud”.

Los investigadores planean ahora seguir investigando, para intentar comprender por qué hay personas que “se pierden” más a sí mismas dentro de un grupo que otras.

Desconexión de los otros

En 2011, neurólogos de la Duke University y de la Princeton University, de Estados Unidos, encontraron que la clave de la crueldad humana podía hallarse en el fallo de una red neuronal implicada en la interacción social y en el reconocimiento de otras personas como “humanos”.

Dicha red puede desconectarse ante los individuos que causan disgusto o rechazo, afirmaron los autores del estudio. Como consecuencia, la gente deshumaniza a otros individuos y olvida que éstos tienen pensamientos y sentimientos. De ahí a dañarlos sin prejuicios hay solo un paso.

Según los investigadores, en una situación extrema, esta desconexión cerebral podría explicar cómo la propaganda contra los judíos en la Alemania nazi contribuyó a la tortura y el genocidio de millones de personas.

Volviendo a Eichman, en él quizá se combinaran la desconexión con uno mismo (por presión del grupo, la “obligación” que dice Arendt) de la que hablan los científicos del MIT; y la desconexión con los otros –en este caso, los judíos-. O tal vez ni la neurociencia ni la filosofía logren explicar lo que hizo nunca.

De cualquier modo, los científicos de la Duke University y de la Princeton University aseguran que al menos la “desconexión de otros” puede evitarse "pensando en la experiencia de otras personas”. Así se eludirían “una disfuncionalidad neuronal” y una “percepción deshumanizada”, en ocasiones de nefastas consecuencias.

Referencias bibliográficas:

M. Cikara, A.C. Jenkins, N. Dufour, R. Saxe. Reduced self-referential neural response during intergroup competition predicts competitor harm. NeuroImage (2014). DOI: 10.1016/j.neuroimage.2014.03.080.

Lasana T. Harris, Susan T. Fiske. Dehumanized Perception. A Psychological Means to Facilitate Atrocities, Torture, and Genocide?. Zeitschrift für Psychologie (2011). DOI: 10.1027/2151-2604/a000065.



Viernes, 13 de Junio 2014
Artículo leído 6168 veces



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1.Publicado por Joseluis el 16/06/2014 09:44
Superinteresante comprobar que el cerebro es tan plástico. Y me alegra saber que las propias convicciones tienen un apoyo físico. Eso muestra que nuestro espíritu tiene que necesitar siempre de algo físico y que el cerebro es el mejor apoyo que tenemos.

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