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Palabra respirable: 'Rehacer el aliento', de Ernesto Suárez

El poeta canario parte de la metáfora de la respiración para construir una lúcida poética del arte de la palabra y de la vida


Partiendo de la metáfora de la respiración, en el poemario “Rehacer el aliento” (Baile del Sol, 2016), el poeta canario Ernesto Suárez nos invita a participar en una auténtica experiencia renovadora del ser, a través del lenguaje. En este sentido, el libro aparece como una lúcida poética del arte de la palabra y del arte de la vida. Por Ricardo Hernández Bravo.




El acto de respirar es la esencia de nuestro paso por el mundo. Resulta una función tan inherente a la condición de ser vivo que la ejercemos casi como un impulso reflejo. El aire entra en nuestros pulmones, pasa por sus sensibles ramificaciones sin apenas ser notado, como parte de una elemental mecánica de supervivencia.

Solo cuando sentimos ahogo, cuando nos paraliza el embotamiento o la asfixia, retomamos la conciencia de este acto tan simple, encargado de sostener nuestra frágil  materia, de oxigenar el pulso que nos cose a la existencia.

Partiendo de esta metáfora de la respiración,  en el poemario Rehacer el aliento (Baile del Sol, 2016), Ernesto Suárez (Tenerife, 1963) nos invita a participar en una auténtica experiencia renovadora del ser. El poeta nos plantea la necesidad de recuperar el sentido del respirar, no como mero movimiento orgánico, muscular, sino como acto consciente de apropiación del mundo, de intercambio de fluido que desarrolla el íntimo tejido vital, de ensanchamiento del ser al llenar sus cavidades más secretas.

En ese insuflar consciente hacia lo hondo, desde lo hondo, de impregnarse de esencia a través de la palabra, conecta Ernesto con su concepción de la poesía como espacio de resistencia: lances del ser que vive/alzado/desde el brinco del respirar, afirma nuestro poeta.

La respiración transfigurada, reconvertida en decidido ejercicio de alzamiento del ser frente a la pérdida, frente al desvaimiento de la memoria y los sentidos, frente a la extinción de la voz en el marasmo de la uniformidad. Respirar, resistir. El alcance significativo del prefijo re- despliega, desde el propio título, todo su poder de invocación: es preciso rehacernos, recomponer, reconstruir, recuperar, volver a ganar para la palabra toda su potencia, su capacidad regeneradora del ser y la experiencia del mundo.

Arte de la palabra y de la vida

En este sentido, el libro se me antoja una lúcida poética del arte de la palabra y del arte de la vida. A través de las imágenes de la respiración se nos van revelando las claves del sentido de la escritura y de nuestro encuentro-o reencuentro- con el ser abierto al mundo. 

Unas claves que en Ernesto Suárez provienen de una concepción del hecho literario, y también, en lo que se me alcanza,  de su experiencia vital, de una gran coherencia y que en este poemario alcanzan una madurez excepcional. La solidez de su propuesta literaria, patente en el conjunto de su obra y, especialmente, en sus dos libros mayores, Relato del cartógrafo y La casa transparente, cristaliza de un modo brillante en Rehacer el aliento.

La conjunción entre su propuesta teórica, expresada en apuntes de poética como los recogidos en la antología Más que el mar, y su plasmación en cada una de las composiciones de esta nueva entrega, apenas deja fisuras: no hay ni una sola que no nos toque con el halo de revelación del verdadero hallazgo transformador.

Son poemas que crecen en la lectura atenta, que se van expandiendo en el flujo de las sucesivas respiraciones para situarnos en temblorosa insuficiencia ante el sentido. Ante la necesidad, nunca ante la saciedad. Porque forma y esencia están siempre en Ernesto Suárez ligadas al sentido. En Rehacer el aliento, en cada uno de sus versos, hay una inquebrantable voluntad de forma hacia la transparencia que viene de lo oculto.

En su camino hasta la esencia, Ernesto, en sintonía con la cita de Víctor Hugo «la forma es la esencia llevada a la superficie», combina la habitual condensación  de su verso, bajo la figura de poema breve, tenso, heridor, casi de inspiración oriental, (ardentía el silencio/ o tajamar), con poemas de aliento más amplio, fundados en la experiencia sensorial, en la memoria íntima o familiar, a través de cuyo marco espacio-temporal aflora, se transparenta, el aliento.

Una forma precisa, nítida, ajustada a la perfección al trasvase entre el afuera y el adentro del que nace el hallazgo, la revelación del sentido. Una forma que se despoja de signos de puntuación y de mayúsculas iniciales -salvo en pocos poemas-, que juega con los espacios y silencios, con los finales abiertos, como si quisiera liberar de obstáculos el camino para la palabra en su trasiego oxigenador. Una forma henchida en la afirmación de las certezas, pero que abunda también en interrogantes al alongarse al encuentro de lo indeterminado pero posible.

Es necesario admirar el mundo

Todo el libro transpira esencia a través de la forma. Y, por medio de ella, esa metáfora de la vida y de la palabra que encierran sus páginas se va materializando de manera progresiva a lo largo de las tres partes que estructuran el libro.

En ese proceso de reconstrucción del aliento, ya desde los dos hermosos poemas de advertencia iniciales, los signos de la vida se nos revelan en su inalienable pujanza por dejar atrás la incertidumbre, el acaso nunca fuese y dar paso a un secreto renacerse que se convertirá en briosa voluntad vertebradora del libro.

En la primera parte, Conjeturas, el mundo se torna anuncio, está ahí para nosotros, pero se nos presenta como posibilidad que hemos de aprehender. Para recibirlo, para llenarnos de su aliento, para descubrirnos en el vertiginoso fluir de la vida ante nuestros ojos, es preciso un estado especial de quietud, de  mudez, de abandono a la percepción.

mudo entre tanto rumor/permanezca/si es el mundo y su anuncio

Y, enseguida, tenemos la intuición de que ese encuentro con el ser, con la respiración verdadera-si realmente fuese, si tuviéramos el valor de abrirnos a ella, parece querer decirnos Ernesto- nace de la precariedad. El temblor, la carencia, la incertidumbre son la llave que conduce a nuestro centro.

el aliento se nos desvela con el frío/pero el frío ahoga
¿necesaria es la precariedad/para toda condición de milagro?

Entre la necesidad de apertura y la conciencia de pérdida, en ese espacio de inestabilidad, alienta el mundo. De ahí la presencia constante del condicional, del subjuntivo, que nos transportan a un escenario de indeterminación en que irrealidad y probabilidad se confunden.

si dios escuchara de ti/la sílaba precisa para tu primer aliento/si dios escuchara 
si la llave es entonces la pérdida/el hueco/si lo que falta hace las veces de cancela/y alcanza justo el centro de aquello que luce:
si es invisible el/fruto (…) si todo es/entonces

En ese territorio de la conjetura, de lo que oscila entre lo nunca realizado y el advenimiento aún posible, es en el que Ernesto Suárez nos sitúa para mostrarnos los resquicios por los que ha de entrar el aire renovador: esa especie de pliegue del tiempo por el que el misterio aflora un instante para cegarnos con su soplo de verdad, esa intuición de nuestro verdadero hálito atemporal, de que lo que es/ya fue su paso invisible.

caminaba en la umbría sin saber
qué pasos daba
si avanzaba o volvía

qué futuro correspondía a qué pasado

cuál edad atravesaba las huellas

 
Una vez desbrozado el terreno, dada la condición para ser inseminado, llega el momento de recuperar el asombro. Esa celebración del asombro es el motivo principal que recorre Los días, la segunda parte del libro.  “En su esencia la palabra humana no es posesión sino éxtasis ante la aparición” ha dicho Ernesto. Su poesía se abre aquí a los signos elementales de la vida, se entrega a ellos para impregnarse de su energía fecundante. Para “rehacer el aliento”, ahora es necesario ver las cosas, admirar el mundo.

maravilla y asombro
balanza inquieta del mundo

abiertos sobre su vientre
todos los nidos


Exaltación de los dones de la vida en estos poemas de respiración íntima en la proximidad de la naturaleza y su ofrenda luminosa (este sol de tanta demasiada vida), en la fraternidad de los seres que conforman ese aliento común. Ernesto va desgranando aquí los dones de su mundo más personal: el de la memoria familiar, la infancia (la inocencia y su pérdida), el don del padre (que le dio el nombre limpio de la vida y en el que ahora, como en la lucidez que da la anticipación de la despedida, el poeta se mira para reafirmarse en ella), el de la madre (de cuyas manos una vez provino todo el pan…/la mansa harina del sol/su salpicadura: toda vida), la hija (en cuya protección se prolonga y trasciende), la mujer y sus amigas de siempre (su reencuentro regocijado a través de los años en la mirada de sus hijas), el don de los poetas con los que su voz confluye en la respiración compartida...

Es como si Ernesto Suárez quisiera convocarlos a todos en un ceremonial jubiloso de acción de gracias, de ofrenda, de rendición de cuentas ante el milagro de la vida que nos insufla su halo reparador. Como si quisiera invitarnos a esa fiesta de la luz, a ese cántico de las criaturas que nos devuelve nuestro rostro vivificado. Como esos huéspedes a los que el viajero inmóvil de uno de los poemas acoge, y que dejan, al abandonar la casa, en cada habitación, una lámpara alumbrando.

Esta convocatoria de celebración parece rebasar los límites del tiempo (y de la muerte). En esa suerte de temporalidad difusa, de bucle del tiempo en que las edades se superponen, queda abierta la puerta al misterio. Pareciera que los polos sobre los que gira el mundo se cruzaran causando admiración y desconcierto, dejando en la memoria una ambigua sensación de consumación en lo cíclico, de permanencia, de impronta imperecedera en todo lo que alienta.

Camino de reconstrucción

La maravilla encontrada en esas ventanas por las que el tiempo circula de atrás hacia delante y al revés hacia ese día del futuro que fue es un anticipo o prefiguración de la luz a que aspiramos. La luz hirviendo en el tajo de la palabra/el único reflejo posible de nuestro solo/ rostro verdadero. Fusión de vida y palabra, de palabra y mundo. Por eso, Rehacer el aliento es un libro vitalista a pesar de la presencia ineludible de la muerte.

Por eso es preciso, como reclama el poeta, ante los ojos de la muerte limpiar la voz (…) porque la vida defiende la vida/y su semilla es siempre tránsito. Por eso no hay estaciones para adoptar la muerte. Por eso es necesario besar todas las bocas de la vida, en el aquí que inunda y apenas guarece.

La sombra de la muerte queda diluida en esta exaltación vivificante, en la celebración del encuentro, en la aceptación de la despedida mientras aún permanecemos aquí, juntos, reunidos.

Es solo tras este necesario recorrido por los días, en el que el poeta culmina su ejercicio de recuperación de  la capacidad de asombro, cuando comienza el verdadero viaje hacia la voz, hacia el ser en la palabra.
Ahora que he regresado
comienza el viaje

 
Dos únicos poemas configuran la última parte del libro: Raíz y Rehacer el aliento (título a su vez de esta sección y del propio poemario). Aquí Ernesto nos hace testigos de ese viaje hacia la palabra esencial, ese aliento al que se orienta la búsqueda del poeta. La palabra como raíz que debe brotar en lo oculto, en lo hondo, en la espesura. No en la fijeza, sino en lo aéreo, en lo volátil (mis pies son raíces que vuelan/lengua de aire es el idioma de mis pies). La palabra ateada como viva materia para apuntalar nuestro centro.

En este camino de reconstrucción interior en la palabra, nos asaltan las voces de recibimiento, de reencuentro con el ser: bienvenido, bienhallado, te esperaba. Es una experiencia que emana de una conciencia preexistente. Llevo en mí el retorno, anuncia el poeta. Cada paso adelante nos reúne con lo que fue/cada huella nos anuncia el resplandor. Retorno al origen, al verbo primigenio al que pertenecemos, al ser antiguo que nos alumbra. Ese que renace en la aceptación tanto de lo que se mira/como de la forma de ver (…) En su justa detención del aire / en el necesitado silencio del respirar.

Llegado a este punto, me atrevería a sugerir que, a través de las tres estancias de este libro, el lector parece realizar con Ernesto un recorrido paralelo, en cierto sentido, a las tres vías del proceso místico: preparación en la conciencia de la precariedad, iluminación, unión en la palabra. Solo que, quizá, en el caso de nuestro poeta, la iluminación que lo lleva a esa sabiduría oscura, secreta, no viene del despojamiento de toda relación con el mundo y sus criaturas, sino precisamente de su inmersión en él, de su fusión con ellas.

En Rehacer el aliento, en definitiva, Ernesto Suárez, el poeta, sale al mundo. Lleva en los ojos su sed de forma, el verbo de su ser agazapado. Se adentra en la sombra, en el aire en vilo. Permanece al acecho, mudo en el rumor de lo innombrado. Mira la tierra con voluntad de haijin, del fotógrafo de instantes que viaja inmóvil, que recorre un dudoso camino sin camino hacia ese centro iluminado que lo guía desde lo hondo. Tantea los ribanzos, el suelo inestable donde ha de asentar su decir fluyente. Y, al afirmarse en él, en ese acto de resistencia, siente bajo sus pies, sobre su mano abierta, el agua ignota. Va leyendo sus pasos, reconociendo en el piso hollado, en las vidas que se cruzan sobre el espacio hendido, ese agujero del tiempo por el que asoma su rostro verdadero.

A cada paso se hace y se deshace, se siente de vuelta hacia la casa transparente, esa casa escondida con luz al fondo. Se descubre en el hueco que somos, un hueco con pulmones que respira. En el aire retenido un instante, en el vaciamiento del aire espirado, halla el verdadero aliento, ese venido desde fuera para revelarnos, dentro, el verdadero ser. El poema como ejercicio de recuperación del ser, como conciencia y celebración del ser. El poema construido con la voz más simple: la respirable. Palabra respirable.    


Miércoles, 9 de Noviembre 2016
Ricardo Hernández Bravo
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