Bitácora
13 Marzo 2007
En los años 60 del siglo pasado surgió en los Estados Unidos y otros países desarrollados una gran preocupación por los efectos negativos del desarrollo tecnológico ocurrido desde mediados del siglo XIX, época en la que se culminó en Inglaterra la Primera Revolución Industrial. Desarrollo que se había además acelerado de forma espectacular en las dos décadas anteriores (años 40 y 50). La expansión económica mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial fue la causa de una evolución tecnológica sin precedentes en esas décadas, a la que contribuyó en gran manera el esfuerzo de guerra destinado a crear armas, medios de transporte y comunicación, y artefactos diversos cada vez más eficientes.
Con los beneficios del avance tecnológico y del crecimiento económico --dos fenómenos fuertemente correlacionados-- llegaron, como en revoluciones tecnológicas y expansiones económicas anteriores, los impactos negativos de ambos. La preocupación de las instituciones sociales y la de los políticos y gobernantes se hizo entonces patente y surgió una primera oleada de actividades y medidas destinadas a evaluar la tecnología y sus efectos colaterales. Durante algún tiempo en aquella época, los científicos, intelectuales y políticos, fueron optimistas en países como Estados Unidos, en cuanto al control del desarrollo tecnológico y en cuanto a la potencial disminución de sus impactos negativos.
En Estados Unidos, por ejemplo, se creó en el Congreso, por iniciativa del senador Emilio Daddario, la Oficina de Evaluación Tecnológica (Office of Technology Assessment (OTA)), activa hasta principio de los años 90 y responsable de estudios y actividades muy diversas en el terreno de una potencial “evaluación social de la tecnología”. El objetivo general de esta institución y de la labor del área de conocimientos y actividad denominada Technology Assessment, era el de evaluar y prever los impactos no deseados de una nueva tecnología para poder así actuar sobre su desarrollo.
La OTA tuvo cierta relevancia durante algún tiempo e incluso se pensó en el Technolgy Assessment, como una actividad continuada y destacada de las sociedades avanzadas para controlar el desarrollo tecnológico. La verdad es que dicho desarrollo se ha vuelto a acelerar desde entonces y, salvo contadas excepciones, su dirección y control resulta difícil para la sociedad y los poderes públicos.
(Foto arriba: FreeFoto.com)
Con los beneficios del avance tecnológico y del crecimiento económico --dos fenómenos fuertemente correlacionados-- llegaron, como en revoluciones tecnológicas y expansiones económicas anteriores, los impactos negativos de ambos. La preocupación de las instituciones sociales y la de los políticos y gobernantes se hizo entonces patente y surgió una primera oleada de actividades y medidas destinadas a evaluar la tecnología y sus efectos colaterales. Durante algún tiempo en aquella época, los científicos, intelectuales y políticos, fueron optimistas en países como Estados Unidos, en cuanto al control del desarrollo tecnológico y en cuanto a la potencial disminución de sus impactos negativos.
En Estados Unidos, por ejemplo, se creó en el Congreso, por iniciativa del senador Emilio Daddario, la Oficina de Evaluación Tecnológica (Office of Technology Assessment (OTA)), activa hasta principio de los años 90 y responsable de estudios y actividades muy diversas en el terreno de una potencial “evaluación social de la tecnología”. El objetivo general de esta institución y de la labor del área de conocimientos y actividad denominada Technology Assessment, era el de evaluar y prever los impactos no deseados de una nueva tecnología para poder así actuar sobre su desarrollo.
La OTA tuvo cierta relevancia durante algún tiempo e incluso se pensó en el Technolgy Assessment, como una actividad continuada y destacada de las sociedades avanzadas para controlar el desarrollo tecnológico. La verdad es que dicho desarrollo se ha vuelto a acelerar desde entonces y, salvo contadas excepciones, su dirección y control resulta difícil para la sociedad y los poderes públicos.
(Foto arriba: FreeFoto.com)
Adolfo Castilla
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Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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