Volvemos después de una larga temporada sin intervenciones a los temas tratados en este blog. Continuamos con el tema de Prospectiva de las Ideas al que hemos dedicado cierta cantidad de reflexión e investigación en los últimos meses
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El poder de las ideas científicas
José Manuel Sánchez Ron, el conocido historiador de la ciencia español, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, se ha referido en diversas de sus obras al poder de las ideas científicas. En su libro El Poder de la Ciencia. Historia social, política y económica de la ciencia (siglos XIX y XX), se refiere con amplitud a la influencia de las ideas relacionadas con la naturaleza en el mundo en su conjunto, es decir en los hombres y en las sociedades por él creadas. En la versión actualizada y ampliada publicada en 2007, incluye dos capítulos titulados El Poder de las Ideas, uno dedicado a Darwin, que cubre también el impacto de las ideas de Newton, y otro dedicado a Einstein, muy extenso y detallado. (Sánchez Ron, 2007)
Todas las explicaciones aportadas en ellos son claros ejemplos de cómo las ideas científicas más abstractas –caso especialmente aplicable a las teorías de la relatividad especial y general de Einstein-- terminan captando la atención, no sólo de los científicos, sino de los legos y del público de la calle en general.
En los dos capítulos se pueden ver con precisión los procesos de difusión de las ideas científicas, vertical y horizontalmente, y sus impactos en las diversas actividades del hombre. Se comprueba en ellos cómo la sociedad se impregna de las nuevas ideas y asimila las nuevas concepciones y cómo éstas terminan afectando a las personas, a sus actividades y, a su debido tiempo, a sus valores y a sus actitudes ante la vida.
Se refieren con bastante detalle y a través de ejemplos concretos, al impacto de las ideas de los grandes autores científicos en la política, en la pintura, en la literatura, en la filosofía y en la arquitectura. No hace ninguna referencia sin embargo a la influencia de las ideas en el mundo de la tecnología y de las aplicaciones prácticas. En el fondo tales referencias no son necesarias, ya que la ciencia, no directamente, pero sí a través de procesos muy conocidos, está ligada a la tecnología de forma muy diversa.
En primer lugar son los mismos científicos los que construyen a veces aparatos relacionados con sus ideas para comprobarlas, analizarlas y desarrollarlas, y en segundo, los tecnólogos suelen estar al tanto de los avances científicos aunque sólo sea en términos muy generales y sin conocer, a veces, el funcionamiento exacto de la teoría científica. Alexander Graham Bell, por ejemplo, inventó el teléfono y la telefonía, algo que se basa en el electromagnetismo y la inducción eléctrica, sin conocer a fondo dichos fenómenos y malinterpretando al principio la forma cómo las ondas electromagnéticas generadas por la vibración sonora a través de un electroimán se superponían a la corriente principal existente en un circuito eléctrico.
Lo mismo se puede decir de Edison, de Marconi y de otros inventores populares de finales del siglo XIX y principios del XX. Eran personas curiosas y relativamente al tanto de los avances científicos. Sabían lo suficiente de ellos para intentar aplicarlos y lo suficientemente poco para no verse coartados en su labor inventora por las barreras y limitaciones impuestas a veces por el conocimiento profundo de algo.
José Manuel Sánchez Ron, el conocido historiador de la ciencia español, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, se ha referido en diversas de sus obras al poder de las ideas científicas. En su libro El Poder de la Ciencia. Historia social, política y económica de la ciencia (siglos XIX y XX), se refiere con amplitud a la influencia de las ideas relacionadas con la naturaleza en el mundo en su conjunto, es decir en los hombres y en las sociedades por él creadas. En la versión actualizada y ampliada publicada en 2007, incluye dos capítulos titulados El Poder de las Ideas, uno dedicado a Darwin, que cubre también el impacto de las ideas de Newton, y otro dedicado a Einstein, muy extenso y detallado. (Sánchez Ron, 2007)
Todas las explicaciones aportadas en ellos son claros ejemplos de cómo las ideas científicas más abstractas –caso especialmente aplicable a las teorías de la relatividad especial y general de Einstein-- terminan captando la atención, no sólo de los científicos, sino de los legos y del público de la calle en general.
En los dos capítulos se pueden ver con precisión los procesos de difusión de las ideas científicas, vertical y horizontalmente, y sus impactos en las diversas actividades del hombre. Se comprueba en ellos cómo la sociedad se impregna de las nuevas ideas y asimila las nuevas concepciones y cómo éstas terminan afectando a las personas, a sus actividades y, a su debido tiempo, a sus valores y a sus actitudes ante la vida.
Se refieren con bastante detalle y a través de ejemplos concretos, al impacto de las ideas de los grandes autores científicos en la política, en la pintura, en la literatura, en la filosofía y en la arquitectura. No hace ninguna referencia sin embargo a la influencia de las ideas en el mundo de la tecnología y de las aplicaciones prácticas. En el fondo tales referencias no son necesarias, ya que la ciencia, no directamente, pero sí a través de procesos muy conocidos, está ligada a la tecnología de forma muy diversa.
En primer lugar son los mismos científicos los que construyen a veces aparatos relacionados con sus ideas para comprobarlas, analizarlas y desarrollarlas, y en segundo, los tecnólogos suelen estar al tanto de los avances científicos aunque sólo sea en términos muy generales y sin conocer, a veces, el funcionamiento exacto de la teoría científica. Alexander Graham Bell, por ejemplo, inventó el teléfono y la telefonía, algo que se basa en el electromagnetismo y la inducción eléctrica, sin conocer a fondo dichos fenómenos y malinterpretando al principio la forma cómo las ondas electromagnéticas generadas por la vibración sonora a través de un electroimán se superponían a la corriente principal existente en un circuito eléctrico.
Lo mismo se puede decir de Edison, de Marconi y de otros inventores populares de finales del siglo XIX y principios del XX. Eran personas curiosas y relativamente al tanto de los avances científicos. Sabían lo suficiente de ellos para intentar aplicarlos y lo suficientemente poco para no verse coartados en su labor inventora por las barreras y limitaciones impuestas a veces por el conocimiento profundo de algo.
Adolfo Castilla
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Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850
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