La economía mundial debe iniciar un "U Turn" pero nadie sabe cómo puede hacerlo. Hay poca creatividad en la ciencia social que llamamos Economía y la que hay no es ni entendida ni seguida por los políticos y por la sociedad. Puede que sea, en parte al menos, porque nos encerramos en ideologías trasnochadas y en modelos caducos que actúan como prisiones del pensamiento y de la acción. La insistencia en el keynesianismo para salir de la crisis es un ejemplo de ello.
Personalmente creo que hay que dejar de hablar de consenso keynesiano y de keynesianismo. Como muchas otras cosas del pasado y como muchos marcos ideológicos a los que los hombres nos aferramos, son ellas y ellos los que nos impiden tener la creatividad necesaria para encontrar soluciones en un mundo muy diferente al de otras épocas. Los marcos de referencia del pasado y las teorías estereotipadas pueden actuar como prisiones para el pensamiento y la acción.
El keynesianismo no es hoy la respuesta a nada y no podemos ni siquiera aplicarlo. Por un lado mientras persistan los déficits presupuestarios y los desequilibrios financieros actuales y mientras formemos parte del Euro, no podemos hablar de otra política fiscal que no sea la de reducción de gastos y austeridad.
Por otro, el keynesianismo funcionó mientras vivíamos en un mundo en el que los dos desequilibrios posibles eran el desempleo y la inflación y ambos eran incompatibles: o había desempleo o había inflación. El primero se reequilibraba con aumento de la demanda global y el segundo con la disminución de dicha demanda. Dejó de funcionar en la década de los 70 del siglo pasado cuando la inflación no era de demanda sino de costes y producida en concreto por el aumento espectacular de los precios del petróleo. Se produjo entonces desempleo e inflación a la vez y hubo que olvidarse de Keynes. Ahora, para sorpresa de Keynes si volviera a la vida, tenemos una situación nueva caracterizada por la coexistencia del alto desempleo y la baja inflación.
Podría intentarse el aumento de la demanda global sobre todo a través del aumento de las exportaciones pero para ello, en términos macroeconómicos, tendríamos que devaluar nuestra moneda lo cual no es posible porque no es nuestra, es de toda Europa y no podemos actuar sobre ella nosotros solos. Tampoco podemos actuar sobre los tipos de interés aunque estos, como sabemos, están muy bajos hoy y no representan ningún problema.
En otras palabras, el keynesianismo no tiene ningún sentido en la actualidad y hablar de consenso keynesiano está fuera de lugar, dicho sea con mucho respeto hacia los keynesianos y nuevos keynesianos.
Rizando el rizo se podría pensar en una actuación supuestamente keynesiana, aunque yo no la llamaría así, a nivel de la Comunidad Europea, para lo cual, por ejemplo, se podría relajar el objetivo de mantener los déficits nacionales por debajo del 3 % y llevarlos, quizás, al 6 %. El problema que tendríamos entonces, probablemente, es que la inversión pública puede no servir para nada si no hay demanda para las infraestructuras o servicios creados con dicha inversión. El panorama español de aeropuertos cerrados, líneas de ferrocarril sin pasajeros, autopistas sin tráfico y universidades públicas sin alumnos, debe hacernos pensar antes de gastar los caudales públicos.
No debemos olvidarnos tampoco de que la inversión sigue sin producirse a pesar de los bajos tipos de interés dominantes.
En una palabra, necesitaríamos en todo caso una nueva fórmula, un nuevo Keynes distinto al anterior o una nueva teoría económica. Todo eso puede estar actualmente en gestación.
El keynesianismo no es hoy la respuesta a nada y no podemos ni siquiera aplicarlo. Por un lado mientras persistan los déficits presupuestarios y los desequilibrios financieros actuales y mientras formemos parte del Euro, no podemos hablar de otra política fiscal que no sea la de reducción de gastos y austeridad.
Por otro, el keynesianismo funcionó mientras vivíamos en un mundo en el que los dos desequilibrios posibles eran el desempleo y la inflación y ambos eran incompatibles: o había desempleo o había inflación. El primero se reequilibraba con aumento de la demanda global y el segundo con la disminución de dicha demanda. Dejó de funcionar en la década de los 70 del siglo pasado cuando la inflación no era de demanda sino de costes y producida en concreto por el aumento espectacular de los precios del petróleo. Se produjo entonces desempleo e inflación a la vez y hubo que olvidarse de Keynes. Ahora, para sorpresa de Keynes si volviera a la vida, tenemos una situación nueva caracterizada por la coexistencia del alto desempleo y la baja inflación.
Podría intentarse el aumento de la demanda global sobre todo a través del aumento de las exportaciones pero para ello, en términos macroeconómicos, tendríamos que devaluar nuestra moneda lo cual no es posible porque no es nuestra, es de toda Europa y no podemos actuar sobre ella nosotros solos. Tampoco podemos actuar sobre los tipos de interés aunque estos, como sabemos, están muy bajos hoy y no representan ningún problema.
En otras palabras, el keynesianismo no tiene ningún sentido en la actualidad y hablar de consenso keynesiano está fuera de lugar, dicho sea con mucho respeto hacia los keynesianos y nuevos keynesianos.
Rizando el rizo se podría pensar en una actuación supuestamente keynesiana, aunque yo no la llamaría así, a nivel de la Comunidad Europea, para lo cual, por ejemplo, se podría relajar el objetivo de mantener los déficits nacionales por debajo del 3 % y llevarlos, quizás, al 6 %. El problema que tendríamos entonces, probablemente, es que la inversión pública puede no servir para nada si no hay demanda para las infraestructuras o servicios creados con dicha inversión. El panorama español de aeropuertos cerrados, líneas de ferrocarril sin pasajeros, autopistas sin tráfico y universidades públicas sin alumnos, debe hacernos pensar antes de gastar los caudales públicos.
No debemos olvidarnos tampoco de que la inversión sigue sin producirse a pesar de los bajos tipos de interés dominantes.
En una palabra, necesitaríamos en todo caso una nueva fórmula, un nuevo Keynes distinto al anterior o una nueva teoría económica. Todo eso puede estar actualmente en gestación.
Editado por
Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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