Pero en el mundo actual todavía estamos lejos de un pensamiento unificador de ese tipo. Nos encontramos, por el contrario, dominados por concepciones tales como la globalización, el liberalismo, el relativismo de las ideas, y dicho sea de paso, el alejamiento de la reflexión y de la cultura. Afectando estas cuestiones por igual, a los dos grupos anteriores, a pesar de que por razones tácticas y partidistas, unos se opongan a los otros con artificios verbales. Unos, por ejemplo, hablan de globalización y otros de “una globalización distinta”. Los primeros practican el neoliberalismo y los segundos la “tercera vía”. Y, unos hablan del “fin de la historia”, refiriéndose al triunfo final del capitalismo, y otros del “pensamiento único” para atacar a los primeros y del “rearme ideológico” para volver a sus principios. Todos despreocupados por igual de la búsqueda de nuevas formulas de convivencia para un planeta amenazado y de un posible pragmatismo unificador que salve al mundo.
En resumen, la peor situación que se puede dar: un mundo en “caída libre”, como venimos repitiendo, sin líderes, sin intelectuales, sin síntesis y, prácticamente sin pensamiento, otro que el de la libertad personal, el interés de los grandes grupos y el mecanismo de mercado como talismán, por un lado, y la resistencia numantina y sin argumentos contra todo ello, por otro. Un marco ideal, por tanto, para el desastre, en el que además, comienza a perfilarse un poder imperial, poseedor de la tecnología, la riqueza y la fuerza militar, que al sentirse amenazado por motivos diversos, se opone a grandes medidas mundiales protectoras del planeta y correctoras del curso de las cosas.
Un marco especialmente preocupante ante revoluciones tecnológicas como las que se avecinan, potencialmente graves para el hombre y para la especie humana. Unas revoluciones potencialmente creadoras de un hombre, post-humano, si tal cosa tiene algún sentido. Y unas tecnologías, desde luego y como siempre, llenas de peligros y también de posibilidades benefactoras. Un mundo, por otro lado, en el que nos adentramos sin conocimientos previos y sin armazón moral.
¿No será posible ante todo esto la aparición de un “enfoque”, por llamarlo de alguna manera, salvador y unificador de las interpretaciones de unos y de otros?. ¿No será posible pasar a un nivel de explicaciones superior, que al unificar, proteger y cuidar, nuestro mundo, nuestras organizaciones, nuestras economías y nuestras tecnologías, permita diversos “juegos”, incluidos los de, la libertad personal, el del mecanismo de mercado e, incluso, el de las izquierdas y derechas?. ¿No sería posible algo así como una hipereconomía, una hipersociología y una hiperpolítica, que trasciendan nuestras pequeñas luchas y oposiciones e introduzcan en las leyes que todos utilizamos, unas explicaciones más comprensivas y generales?.
Sólo en un nivel de pensamiento y abstracción de ese tipo sería posible un verdadero Control Social de la Tecnología que actuara, orientara y corrigiera nuestro desarrollo tecnológico, sin por ello limitar la capacidad innovadora del hombre y su libertad para crear artefactos destinados a superar sus limitaciones..
(Foto arriba: FreeFoto.com)
En resumen, la peor situación que se puede dar: un mundo en “caída libre”, como venimos repitiendo, sin líderes, sin intelectuales, sin síntesis y, prácticamente sin pensamiento, otro que el de la libertad personal, el interés de los grandes grupos y el mecanismo de mercado como talismán, por un lado, y la resistencia numantina y sin argumentos contra todo ello, por otro. Un marco ideal, por tanto, para el desastre, en el que además, comienza a perfilarse un poder imperial, poseedor de la tecnología, la riqueza y la fuerza militar, que al sentirse amenazado por motivos diversos, se opone a grandes medidas mundiales protectoras del planeta y correctoras del curso de las cosas.
Un marco especialmente preocupante ante revoluciones tecnológicas como las que se avecinan, potencialmente graves para el hombre y para la especie humana. Unas revoluciones potencialmente creadoras de un hombre, post-humano, si tal cosa tiene algún sentido. Y unas tecnologías, desde luego y como siempre, llenas de peligros y también de posibilidades benefactoras. Un mundo, por otro lado, en el que nos adentramos sin conocimientos previos y sin armazón moral.
¿No será posible ante todo esto la aparición de un “enfoque”, por llamarlo de alguna manera, salvador y unificador de las interpretaciones de unos y de otros?. ¿No será posible pasar a un nivel de explicaciones superior, que al unificar, proteger y cuidar, nuestro mundo, nuestras organizaciones, nuestras economías y nuestras tecnologías, permita diversos “juegos”, incluidos los de, la libertad personal, el del mecanismo de mercado e, incluso, el de las izquierdas y derechas?. ¿No sería posible algo así como una hipereconomía, una hipersociología y una hiperpolítica, que trasciendan nuestras pequeñas luchas y oposiciones e introduzcan en las leyes que todos utilizamos, unas explicaciones más comprensivas y generales?.
Sólo en un nivel de pensamiento y abstracción de ese tipo sería posible un verdadero Control Social de la Tecnología que actuara, orientara y corrigiera nuestro desarrollo tecnológico, sin por ello limitar la capacidad innovadora del hombre y su libertad para crear artefactos destinados a superar sus limitaciones..
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Porque nadie duda de que en ese mundo de pequeños negocios, o grandes incluso, en los que el mercado existe, la libertad de mercado es la mejor fórmula de organizarnos. Pero, ¿quien ha dicho que los mercados existen siempre, sin cuidarlos ni organizarlos?. ¿quién puede afirmar que el juego de intereses de aquellos artesanos y pequeños fabricantes que conoció Smith, tenga nada que ver con el juego de los grandes bancos, grupos industriales y multinacionales actuales?. Y, todavía peor, ¿qué tiene eso que ver con que la superpoblación haga inhabitable nuestro planeta?. ¿Para que nos sirve el libre mercado en el mundo si no hay mundo?. ¿Estará el mundo de la civilización de tipo II de Kaku, regido por esos estrechos mecanismos?. Por supuesto, los aguerridos, tenaces e irreductibles libertarios actuales, contestarán que incluso esos grandes problemas se solucionan con la libertad personal y el mecanismo de mercado, cosa extremadamente difícil de creer.
De la misma forma, y en el otro extremo, se sitúan las izquierdas irredentas y los predicadores en el desierto, que viviendo en este mundo y dependiendo del sistema productivo en él vigente, parecen extraterrestres que encuentran saludable, zaherirlo, criticarlo y atacarlo, basándose para ello en antiguas, oscuras, artificiales y extremadamente voluntaristas explicaciones sobre lo que es el hombre y la sociedad.
Porque, no nos engañemos aquí tampoco, las desigualdades, miserias, marginaciones e injusticias, existentes en el mundo, poco tienen que ver hoy con las ideas políticas que uno defienda y nadie puede hacer de esos problemas un tema exclusivamente propio. Nos afectan a todos por igual y todos debemos intentar resolverlas cuanto antes. Los hombres de buena voluntad situados en cualquier lugar del espectro ideológico, entienden muy bien que no pueden construir ni justificar su posición simplemente porque esas cuestiones les preocupen y afecten mucho y crean que a otros, en otros lugares y en otros partidos, les preocupan poco.
Al final, de entre los rasgos y características del hombre, entre los que se encuentran, probablemente al mismo nivel de importancia, el interés propio y el interés comunitario, unos han querido ver en el primero y en su imposición a toda la especie, el único mecanismo que puede movernos y organizarnos, y otros han querido verlo, e igualmente imponerlo, en el segundo. La tesis de estas notas es que debemos superar rápidamente ese relativamente bajo nivel de reflexión y debate, para pasar a otro dominado por las ideas de supervivencia, sostenibilidad y evolucionismo consciente.
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De la misma forma, y en el otro extremo, se sitúan las izquierdas irredentas y los predicadores en el desierto, que viviendo en este mundo y dependiendo del sistema productivo en él vigente, parecen extraterrestres que encuentran saludable, zaherirlo, criticarlo y atacarlo, basándose para ello en antiguas, oscuras, artificiales y extremadamente voluntaristas explicaciones sobre lo que es el hombre y la sociedad.
Porque, no nos engañemos aquí tampoco, las desigualdades, miserias, marginaciones e injusticias, existentes en el mundo, poco tienen que ver hoy con las ideas políticas que uno defienda y nadie puede hacer de esos problemas un tema exclusivamente propio. Nos afectan a todos por igual y todos debemos intentar resolverlas cuanto antes. Los hombres de buena voluntad situados en cualquier lugar del espectro ideológico, entienden muy bien que no pueden construir ni justificar su posición simplemente porque esas cuestiones les preocupen y afecten mucho y crean que a otros, en otros lugares y en otros partidos, les preocupan poco.
Al final, de entre los rasgos y características del hombre, entre los que se encuentran, probablemente al mismo nivel de importancia, el interés propio y el interés comunitario, unos han querido ver en el primero y en su imposición a toda la especie, el único mecanismo que puede movernos y organizarnos, y otros han querido verlo, e igualmente imponerlo, en el segundo. La tesis de estas notas es que debemos superar rápidamente ese relativamente bajo nivel de reflexión y debate, para pasar a otro dominado por las ideas de supervivencia, sostenibilidad y evolucionismo consciente.
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Es muy difícil en resumen, estar absolutamente en contra del modelo económico del mundo, al que algunos llaman “capitalista”. Sus resultados vistos globalmente son impresionantes y decididamente beneficiosos para un gran porcentaje de la humanidad. Pero tampoco se puede cerrar los ojos a los problemas a los que el mundo se enfrenta, muchos de ellos producidos por dicho modelo. Este es el gran dilema.
Si no se habla de desigualdades, injusticias y otros desequilibrios superables, sino de problemas de gran envergadura como los que afectan a la habitabilidad de nuestro planeta y al futuro de nuestra especie, falta en nuestras sociedades, capacidad de reflexión e interés por ponerse de acuerdo, y sobra, confrontación y maniqueísmo. Las confrontaciones anti-globalización vividas en los últimos años --mayormente anárquicas, vehementes y hasta cierto punto desinformadas-- por ejemplo, no pueden ser la solución, como tampoco pueden serlo la defensa interesada de la libertad infinita de acción y la protección de intereses particulares y privilegios. Falta también, sin duda, desapego a ideologías y modelos de pensamiento prefabricados y obsoletos.
Y falta, sobre todo, pasar a niveles de abstracción superiores a los que prevalecen en las explicaciones, leyes y reglas, comunes hoy en nuestras sociedades. No se puede, por ejemplo, dejarse llevar por los libertarios o por los fundamentalistas del mecanismo de mercado, o, por lo menos, no se puede confiar en ellos para la búsqueda de las grandes soluciones que el mundo necesita. Muchos economistas conocidos, más que por la calidad de su obra, por sus frecuentes, machacones y tediosos artículos, siguen empeñados en explicar las leyes básicas de nuestro mundo por el juego de intereses de los panaderos, lecheros y tenderos varios, y por el de pequeñas empresas manufactureras, que era lo único que existía cuando Adam Smith escribió su notable obra la Riqueza de las Naciones --nada menos que en 1776-- o Alfred Marshall formuló las leyes microeconómicas de la formación de los precios a finales del siglo XIX. Otros, igual de majaderos, dicho sea sin acritud, se obstinan en oponerse a ellos con un comunitarismo absurdo y un mal llamado progresismo. Ideas, estas últimas, deducidas de una explicaciones tan particulares, locales y constreñidas a un tiempo y a unas circunstancias determinados, como la luchas de clases, las izquierdas y las derechas y otras lindezas, transformadas en leyes fundamentales de nuestras sociedades.
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Si no se habla de desigualdades, injusticias y otros desequilibrios superables, sino de problemas de gran envergadura como los que afectan a la habitabilidad de nuestro planeta y al futuro de nuestra especie, falta en nuestras sociedades, capacidad de reflexión e interés por ponerse de acuerdo, y sobra, confrontación y maniqueísmo. Las confrontaciones anti-globalización vividas en los últimos años --mayormente anárquicas, vehementes y hasta cierto punto desinformadas-- por ejemplo, no pueden ser la solución, como tampoco pueden serlo la defensa interesada de la libertad infinita de acción y la protección de intereses particulares y privilegios. Falta también, sin duda, desapego a ideologías y modelos de pensamiento prefabricados y obsoletos.
Y falta, sobre todo, pasar a niveles de abstracción superiores a los que prevalecen en las explicaciones, leyes y reglas, comunes hoy en nuestras sociedades. No se puede, por ejemplo, dejarse llevar por los libertarios o por los fundamentalistas del mecanismo de mercado, o, por lo menos, no se puede confiar en ellos para la búsqueda de las grandes soluciones que el mundo necesita. Muchos economistas conocidos, más que por la calidad de su obra, por sus frecuentes, machacones y tediosos artículos, siguen empeñados en explicar las leyes básicas de nuestro mundo por el juego de intereses de los panaderos, lecheros y tenderos varios, y por el de pequeñas empresas manufactureras, que era lo único que existía cuando Adam Smith escribió su notable obra la Riqueza de las Naciones --nada menos que en 1776-- o Alfred Marshall formuló las leyes microeconómicas de la formación de los precios a finales del siglo XIX. Otros, igual de majaderos, dicho sea sin acritud, se obstinan en oponerse a ellos con un comunitarismo absurdo y un mal llamado progresismo. Ideas, estas últimas, deducidas de una explicaciones tan particulares, locales y constreñidas a un tiempo y a unas circunstancias determinados, como la luchas de clases, las izquierdas y las derechas y otras lindezas, transformadas en leyes fundamentales de nuestras sociedades.
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Siendo muy directos, de lo dicho en las notas anteriores sería fácil deducir la existencia de posibilidades claras de que el hombre como lo conocemos hoy desaparezca. Para ello solo haría falta dejar el mundo libre en su caída. Es decir, institucionalizar el mercado como único mecanismo regulador de las actividades económicas, sociales y políticas; dejar que el interés exclusivo de los grandes grupos y de los países más poderosos constituya su única dirección, y establecer la no gestión y el no control de los desarrollos tecnológicos actualmente en marcha, como única fórmula para el desarrollo de tecnología. Al mismo tiempo, aunque no con las mismas probabilidades, existiría la posibilidad de impedir ese proceso, para lo cual se tendría que actuar muy enérgicamente sobre los mecanismos que mantienen nuestro mundo en marcha y lo hacen avanzar, comenzando por los relacionados con el desarrollo tecnológico.
Este parece ser el gran conflicto de la humanidad: ¿o dejamos funcionar libremente al actual modelo de producción, consumo e inversión --modelo, eficiente, autorregulado y canalizador de las energías de un ser como el hombre, superactivo y superimaginativo, pero que es productor de efectos colaterales no deseados-- o, cambiamos el modelo hacia terrenos ignotos o hacia terrenos ya experimentados cuyos resultados han sido extremadamente negativos?
¿Es posible que no haya soluciones intermedias?. Probablemente no, si por tales entendemos sociedades pequeñas, estables, limitadas, estancadas en lo tecnológico y eliminadoras de toda imaginación e iniciativa individual, similares a la de los Amish de Pennsylvania. . Y probablemente sí, si nos referimos a mejorar el mundo actual en cuanto a desigualdades, injusticias y diferencias inaceptables de desarrollo y nivel de vida. Y seguramente también, si de lo que habláramos fuera de la desviación, o canalización, de las fuerzas innatas en el hombre para la acción, la consecución, la posesión y el poder --fuente de grandes males pero también de grandes bienes-- hacia proyectos más solidarios, culturales, educativos, científicos y, en definitiva, humanos.
Pero independientemente de la solución de esos problemas, la impresión desapasionada y desinteresada obtenible sobre las grandes cuestiones relacionadas con el futuro del hombre, es la de la imposibilidad de detener la evolución de la especie en sus grandes líneas. Lo que no implica, ciertamente, la no eliminación de desigualdades y otros problemas actuales de la humanidad. La desaparición del hambre y del subdesarrollo en el mundo, puede, de hecho, resolverse a no muy largo plazo, y la consecución de esos objetivos, por cierto, puede ser más fácil con el modelo de producción, consumo e inversión actual --perfeccionado para decirlo con precisión--, que con modelos alternativos. El deterioro de nuestro medio ambiente es, hoy por hoy, una cuestión más peliaguda, pero tampoco imposible, y que pasa, siguiendo la lógica anterior, por una integración en nuestras leyes económicas de las externalidades negativas del crecimiento económico y la superpoblación.
(Foto arriba: FreeFoto.com)
Este parece ser el gran conflicto de la humanidad: ¿o dejamos funcionar libremente al actual modelo de producción, consumo e inversión --modelo, eficiente, autorregulado y canalizador de las energías de un ser como el hombre, superactivo y superimaginativo, pero que es productor de efectos colaterales no deseados-- o, cambiamos el modelo hacia terrenos ignotos o hacia terrenos ya experimentados cuyos resultados han sido extremadamente negativos?
¿Es posible que no haya soluciones intermedias?. Probablemente no, si por tales entendemos sociedades pequeñas, estables, limitadas, estancadas en lo tecnológico y eliminadoras de toda imaginación e iniciativa individual, similares a la de los Amish de Pennsylvania. . Y probablemente sí, si nos referimos a mejorar el mundo actual en cuanto a desigualdades, injusticias y diferencias inaceptables de desarrollo y nivel de vida. Y seguramente también, si de lo que habláramos fuera de la desviación, o canalización, de las fuerzas innatas en el hombre para la acción, la consecución, la posesión y el poder --fuente de grandes males pero también de grandes bienes-- hacia proyectos más solidarios, culturales, educativos, científicos y, en definitiva, humanos.
Pero independientemente de la solución de esos problemas, la impresión desapasionada y desinteresada obtenible sobre las grandes cuestiones relacionadas con el futuro del hombre, es la de la imposibilidad de detener la evolución de la especie en sus grandes líneas. Lo que no implica, ciertamente, la no eliminación de desigualdades y otros problemas actuales de la humanidad. La desaparición del hambre y del subdesarrollo en el mundo, puede, de hecho, resolverse a no muy largo plazo, y la consecución de esos objetivos, por cierto, puede ser más fácil con el modelo de producción, consumo e inversión actual --perfeccionado para decirlo con precisión--, que con modelos alternativos. El deterioro de nuestro medio ambiente es, hoy por hoy, una cuestión más peliaguda, pero tampoco imposible, y que pasa, siguiendo la lógica anterior, por una integración en nuestras leyes económicas de las externalidades negativas del crecimiento económico y la superpoblación.
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La llamada crisis del pensamiento, el pensamiento débil, o la postmodernización y otros fenómenos característicos también de los años 80 y 90, han contribuido asimismo al marco actual de ideas. Un marco en el que el mundo de nuevo, y como se ha dicho anteriormente, parece no saber adonde va, aunque va deprisa y con total libertad. Las reacciones, como bien sabemos, no se han hecho esperar y muchas alertas se han disparado, empezando por la reacción airada de grupos sociales diversos y la confrontación al neoliberalismo y a la globalización de porcentajes elevados de la población mundial. Desgraciadamente, en muchos de esos grupos dominan las ideologías trasnochadas, rebeldías sin causa, anarquías diversas y escasez de conocimientos, típicos de los, no obstante, saludables movimientos sociales autónomos. El liderazgo, la nueva ética y los nuevos principios inspiradores del mundo, son cada vez más echados en falta, por lo que tendría sentido plantearse preguntas tales como: ¿quién aportará las ideas salvadoras que el mundo necesita?; ¿de dónde surgirá la nueva síntesis?; ¿quién, en el caso concreto de la tecnología, establecerá las pautas adecuadas de actuación?.
Mientras tanto el mundo se orienta con fuerza en el terreno de la intervención sobre la tecnología, hacia la Bioética, tema que habrá que tocar en futuras entregas de este blog.
(Foto arriba: FreFoto.com)
Mientras tanto el mundo se orienta con fuerza en el terreno de la intervención sobre la tecnología, hacia la Bioética, tema que habrá que tocar en futuras entregas de este blog.
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Los resultados de la etapa intervencionista, en cualquier caso, no fueron nada espectaculares en cuanto a la potencial utilidad de la ETS para dirigir y controlar el desarrollo tecnológico. La OTA terminó haciendo estudios poco menos que rutinarios o aportaciones puntuales en proyectos muy específicos de utilidad más bien baja. Su influencia real, incluso en el Congreso de los Estados Unidos, fue decreciendo, entre otras cosas, porque la dinámica y autonomía de la tecnología, en manos del mundo empresarial, no admite trabas. De hecho nadie se quejó cuando la OTA fue eliminada.
El hombre, un ser a la vez rutinario y cambiante, concluyó en los años 90, que se había ido demasiado lejos en el empleo de métodos de intervención pública, que muchas funciones e instituciones se habían burocratizado y su labor resultaba inútil, y que las actuaciones de muchas de estas últimas habían sido erróneas y causantes de mayores males de los que trataban de resolver. La OTA, por ejemplo, fue atacada de ineficiencia, burocratización y errores de bulto en sus estudios y actuaciones y, de hecho, eliminada por los jóvenes políticos que accedieron a puestos claves de los sucesivos gobiernos de Ronald Reagan. La verdad es que desapareció totalmente en 1995, bajo la presidencia de Bill Clinton, pero su desmantelamiento comenzó en la presidencia de Reagan, laguideció en la de Bush padre y agonizó en la de Clinton. Su labor se consideró innecesaria para una nueva época, sin intervencionismo estatal, con gobiernos muy ligeros y libertad en todos los sentidos. Llegó entonces la hora de la Sociedad Civil como único patrón de las cosas. En el terreno concreto de la tecnología se pensaba también entonces, hace sólo quince o dieciséis años, que había una gran acumulación de tecnología no utilizada y cuyos beneficios no se estaban difundidos a la sociedad, debido a las rígidas formas de explotación de determinados servicios y a la fuerte regulación dominante en una mayoría de países. Las Telecomunicaciones y las Nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación, fueron señaladas como un ejemplo típico de esta situación, reclamándose para ellas una fuerte privatización, liberalización y desregulación. Todo lo cual se ha llevado a cabo prácticamente en todo el mundo con una rapidez y una amplitud increíbles, desde los últimos 80 a la actualidad.
La reflexión crítica de carácter liberal que desde los años 60 convivía con el Keynesianismo rampante, terminó siendo escuchada. Sus nombres más representativos, muchos de ellos premiados con el Nobel de Economía, cambiaron de la noche a la mañana de villanos a héroes y un neoliberalismo desaforado, rayano en lo libertario, se extendió a gran velocidad por todo el mundo. Nombres como Milton Friedman, George Stigler, Ronald Coase, James Buchanan y otros, emergieron de sus castillos de marfil y orientaron y dirigieron, desde entonces, el mundo de las ideas económicas y políticas. La tecnología para ellos, al igual que muchas otras cosas, debe ser libre y estar sometida sólo al mecanismo de mercado, entre otras cosas, porque, puede haber errores en dicho mecanismo, sin duda, pero muchos más y mayores los hay en el intervencionismo estatal.
(Foto arriba:FreeFoto.com)
El hombre, un ser a la vez rutinario y cambiante, concluyó en los años 90, que se había ido demasiado lejos en el empleo de métodos de intervención pública, que muchas funciones e instituciones se habían burocratizado y su labor resultaba inútil, y que las actuaciones de muchas de estas últimas habían sido erróneas y causantes de mayores males de los que trataban de resolver. La OTA, por ejemplo, fue atacada de ineficiencia, burocratización y errores de bulto en sus estudios y actuaciones y, de hecho, eliminada por los jóvenes políticos que accedieron a puestos claves de los sucesivos gobiernos de Ronald Reagan. La verdad es que desapareció totalmente en 1995, bajo la presidencia de Bill Clinton, pero su desmantelamiento comenzó en la presidencia de Reagan, laguideció en la de Bush padre y agonizó en la de Clinton. Su labor se consideró innecesaria para una nueva época, sin intervencionismo estatal, con gobiernos muy ligeros y libertad en todos los sentidos. Llegó entonces la hora de la Sociedad Civil como único patrón de las cosas. En el terreno concreto de la tecnología se pensaba también entonces, hace sólo quince o dieciséis años, que había una gran acumulación de tecnología no utilizada y cuyos beneficios no se estaban difundidos a la sociedad, debido a las rígidas formas de explotación de determinados servicios y a la fuerte regulación dominante en una mayoría de países. Las Telecomunicaciones y las Nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación, fueron señaladas como un ejemplo típico de esta situación, reclamándose para ellas una fuerte privatización, liberalización y desregulación. Todo lo cual se ha llevado a cabo prácticamente en todo el mundo con una rapidez y una amplitud increíbles, desde los últimos 80 a la actualidad.
La reflexión crítica de carácter liberal que desde los años 60 convivía con el Keynesianismo rampante, terminó siendo escuchada. Sus nombres más representativos, muchos de ellos premiados con el Nobel de Economía, cambiaron de la noche a la mañana de villanos a héroes y un neoliberalismo desaforado, rayano en lo libertario, se extendió a gran velocidad por todo el mundo. Nombres como Milton Friedman, George Stigler, Ronald Coase, James Buchanan y otros, emergieron de sus castillos de marfil y orientaron y dirigieron, desde entonces, el mundo de las ideas económicas y políticas. La tecnología para ellos, al igual que muchas otras cosas, debe ser libre y estar sometida sólo al mecanismo de mercado, entre otras cosas, porque, puede haber errores en dicho mecanismo, sin duda, pero muchos más y mayores los hay en el intervencionismo estatal.
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La Comisión de las Comunidades Europeas y el Parlamento Europeo se preocuparon mucho de la EST a finales de los años 80, coincidiendo con la expansión del Mercado Común, la creación del Mercado Único y los primeros pasos para la creación de la actual Unión Europea. La primera creó el programa FAST (Forecasting and Assessment of Science and Technology) que realizó una gran labor a lo largo de un periodo largo de tiempo. El segundo creó el STOA (Scientific and Technological Options Assessment), que sigue activo en la actualidad. Más recientemente se ha creado el European Group on Ethics in Science and New Technologies, en línea con el renovado interés mundial en cuestiones éticas
Los países del norte de Europa con particular referencia a Holanda, se mostraron también muy activos en esos años, siendo además responsables de una aproximación novedosa de la EST consistente en tratar de concienciar a la sociedad en su conjunto y hacerla participar en los procesos de evaluación y decisión. Es lo que se llamó EST Constructiva, término debido al profesor E.J. Tuiningan, catedrático de la Universidad Libre de Amsterdam y director en los años 80 del Centre for Technology and Policy Studies (TNO).
Otros nombres de expertos y autores se han destacado a nivel mundial, entre ellos, Joseph Coates, Carl Mitchan, Langdon Winner y Enst Braun, Jacques Lessourne, Michel Godet, Thierry Gaudin, además de los mencionados anteriormente. Todos ellos realizaron su obra a caballo entre las décadas de los 80 y los 90, disminuyendo desde entonces en gran manera, la reflexión sobre la EST, y desde luego su aplicación. Circunstancia que requeriría, asimismo, una reflexión en línea con preguntas tales como: ¿qué balance se podría hacer de la práctica formal de la ETS en los años en los que existieron instituciones especializadas en la materia y preocupación por el control y planificación de la tecnología?; ¿por qué a partir de primeros de los 90 desaparecen instituciones, disminuyen las aplicaciones y, hasta cierto punto, la reflexión sobre la materia?.
Es difícil contestar con brevedad y precisión a esas preguntas, pero algo se puede aventurar. Las ideas generales de la sociedad en cuanto a cómo organizarse y gobernarse, y su interpretación en un cierto momento de la historia, sobre las leyes que hacen funcionar al mundo en términos, económicos, sociales y políticos, resultan ser fundamentales para entender lo que se hace y cómo se hace. En la década de los 60 y hasta quizás finales de los 70, el mundo occidental principalmente, estaba dominado por el Keynesianismo y por concepciones tales como la necesidad de gobiernos fuertes, la conveniencia de empresas públicas y sectores públicos en general muy poderosos, las ventajas de la planificación centralizada de la economía y el intervencionismo del Estado. No en vano la otra mitad del mundo vivía bajo el Comunismo, en el que no existía en absoluto, mercado libre, propiedad privada de los medios de producción y democracia como la entendemos hoy; y no en vano tampoco, los éxitos iniciales de los países comunistas y sus pretendidas ventajas sociales, deslumbraron a muchos occidentales y los llevaron a inclinarse por esas ideas y a “impregnarse” por métodos estatalistas, autárquicos y centralistas. Conviene recordar al respecto que la terrible crisis de Estados Unidos de finales de los años 20 y casi todos los años 30, extendida a todo el mundo, se debió según los análisis más conocidos, a un exceso de liberalismo económico y a una falta de respuesta de las instituciones democráticas de la época y, de hecho, a una falta de instituciones adecuadas de, guía, gobierno y control. Todo ello al final de un siglo XIX profundamente liberal, dejó al mundo vacunado por una temporada sobre dichas ideas.
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Los países del norte de Europa con particular referencia a Holanda, se mostraron también muy activos en esos años, siendo además responsables de una aproximación novedosa de la EST consistente en tratar de concienciar a la sociedad en su conjunto y hacerla participar en los procesos de evaluación y decisión. Es lo que se llamó EST Constructiva, término debido al profesor E.J. Tuiningan, catedrático de la Universidad Libre de Amsterdam y director en los años 80 del Centre for Technology and Policy Studies (TNO).
Otros nombres de expertos y autores se han destacado a nivel mundial, entre ellos, Joseph Coates, Carl Mitchan, Langdon Winner y Enst Braun, Jacques Lessourne, Michel Godet, Thierry Gaudin, además de los mencionados anteriormente. Todos ellos realizaron su obra a caballo entre las décadas de los 80 y los 90, disminuyendo desde entonces en gran manera, la reflexión sobre la EST, y desde luego su aplicación. Circunstancia que requeriría, asimismo, una reflexión en línea con preguntas tales como: ¿qué balance se podría hacer de la práctica formal de la ETS en los años en los que existieron instituciones especializadas en la materia y preocupación por el control y planificación de la tecnología?; ¿por qué a partir de primeros de los 90 desaparecen instituciones, disminuyen las aplicaciones y, hasta cierto punto, la reflexión sobre la materia?.
Es difícil contestar con brevedad y precisión a esas preguntas, pero algo se puede aventurar. Las ideas generales de la sociedad en cuanto a cómo organizarse y gobernarse, y su interpretación en un cierto momento de la historia, sobre las leyes que hacen funcionar al mundo en términos, económicos, sociales y políticos, resultan ser fundamentales para entender lo que se hace y cómo se hace. En la década de los 60 y hasta quizás finales de los 70, el mundo occidental principalmente, estaba dominado por el Keynesianismo y por concepciones tales como la necesidad de gobiernos fuertes, la conveniencia de empresas públicas y sectores públicos en general muy poderosos, las ventajas de la planificación centralizada de la economía y el intervencionismo del Estado. No en vano la otra mitad del mundo vivía bajo el Comunismo, en el que no existía en absoluto, mercado libre, propiedad privada de los medios de producción y democracia como la entendemos hoy; y no en vano tampoco, los éxitos iniciales de los países comunistas y sus pretendidas ventajas sociales, deslumbraron a muchos occidentales y los llevaron a inclinarse por esas ideas y a “impregnarse” por métodos estatalistas, autárquicos y centralistas. Conviene recordar al respecto que la terrible crisis de Estados Unidos de finales de los años 20 y casi todos los años 30, extendida a todo el mundo, se debió según los análisis más conocidos, a un exceso de liberalismo económico y a una falta de respuesta de las instituciones democráticas de la época y, de hecho, a una falta de instituciones adecuadas de, guía, gobierno y control. Todo ello al final de un siglo XIX profundamente liberal, dejó al mundo vacunado por una temporada sobre dichas ideas.
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¿Qué hacer en primer lugar con la Tecnología, algo genuinamente humano pero que cuando sale de las manos del hombre, sabemos que proporciona al que la posee, poder, riqueza, y ventajas y, crea dependencia y coste en el que no la posee?. ¿Qué hacer en cuanto a la Tecnología, que constituye, junto con el capital, el componente más importante del capitalismo?. ¿Qué hacer en dos sentidos, uno en el de utilizarla para resolver los grandes problemas mundiales del subdesarrollo, la pobreza y el hambre, y otro, en el de conseguir sus ventajas pero evitar sus inconvenientes, especialmente los relacionados con el deterioro de nuestro medio ambiente?.
Cabría aprovechar la oportunidad de preguntarse -- especialmente en este blog, que intenta ser de reflexión-- sobre qué puede hacer la tecnología para remediar los males del mundo y qué debe evitarse en el desarrollo tecnológico para no aumentar dichos males. ¿Tiene la tecnología entidad suficiente para ocupar un primer lugar en la explicación y en la solución de esos males?. ¿Es la tecnología, en definitiva, parte importante del problema o parte destacada de la solución?
Estas preguntas y otras similares se plantearon con insistencia en los años 60 y llevaron a la adopción de medidas concretas de análisis, evaluación y actuación sobre el desarrollo tecnológico en algunos países. En Estados Unidos, por ejemplo, y tal como se ha dicho anteriormente, el senador Emilio Q. Daddario recomendó al Gobierno Federal a finales de los años 60, la creación de una institución dedicada a estimular el conocimiento de la tecnología y la preocupación por las consecuencias derivadas de la utilización de tecnologías concretas. En 1973 se creó en el Congreso de los Estados Unidos, directamente dependiente de esa institución y en gran manera al servicio exclusivo de ella, la llamada Office of Technology Assessment (OTA), la cual ha sido hasta su desaparición a principios de los años 90, la impulsora de la Evaluación Social de la Tecnología (ETS) y la responsable de hacer del tema una actividad formal en Estados Unidos y en otros países desarrollados. A esa agencia debe asignarse también el mérito de la creación de metodología sobre el tema, el desarrollo de técnicas específicas para distintas áreas de evaluación y, por supuesto, la realización de estudios destacados y básicos difundidos y utilizados ampliamente.
La OTA trabajó en temas muy diversos, desde el estudio de la conveniencia o no de fabricar un avión supersónico comercial, tema rechazado en los años 70 por el gobierno norteamericano, en el que los informes de la OTA desempeñaron un papel relevante. El seguir adelante o no con la construcción de centrales nucleares, un tema en el que la OTA trabajó intermitentemente, así como la conveniencia de buscar petróleo en las plataformas costeras, la ubicación de aeropuertos y muchos otros. Castilla (1992).
Son de destacar en términos históricos, la creación del término mismo de Technology Assessment, hecho atribuible al Science, Research and Development Subcommitee, también del Congreso de los Estados Unidos, que hacia 1966 lo usó en varios de sus trabajos. La labor recopilatoria de estudios, metodología y técnicas, llevada a cabo por la MITRE Corporation, en 1970 y la posterior de la OCDE, constituyeron grandes y tempranos hitos sobre la materia. Strasser (1972) y Hetman (1973). Más adelante, en la década de los 80, surge otro gran esfuerzo sistematizador publicado como Strategies for Conducting Technology Assessment. Armstrong y Harman (1980).
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Cabría aprovechar la oportunidad de preguntarse -- especialmente en este blog, que intenta ser de reflexión-- sobre qué puede hacer la tecnología para remediar los males del mundo y qué debe evitarse en el desarrollo tecnológico para no aumentar dichos males. ¿Tiene la tecnología entidad suficiente para ocupar un primer lugar en la explicación y en la solución de esos males?. ¿Es la tecnología, en definitiva, parte importante del problema o parte destacada de la solución?
Estas preguntas y otras similares se plantearon con insistencia en los años 60 y llevaron a la adopción de medidas concretas de análisis, evaluación y actuación sobre el desarrollo tecnológico en algunos países. En Estados Unidos, por ejemplo, y tal como se ha dicho anteriormente, el senador Emilio Q. Daddario recomendó al Gobierno Federal a finales de los años 60, la creación de una institución dedicada a estimular el conocimiento de la tecnología y la preocupación por las consecuencias derivadas de la utilización de tecnologías concretas. En 1973 se creó en el Congreso de los Estados Unidos, directamente dependiente de esa institución y en gran manera al servicio exclusivo de ella, la llamada Office of Technology Assessment (OTA), la cual ha sido hasta su desaparición a principios de los años 90, la impulsora de la Evaluación Social de la Tecnología (ETS) y la responsable de hacer del tema una actividad formal en Estados Unidos y en otros países desarrollados. A esa agencia debe asignarse también el mérito de la creación de metodología sobre el tema, el desarrollo de técnicas específicas para distintas áreas de evaluación y, por supuesto, la realización de estudios destacados y básicos difundidos y utilizados ampliamente.
La OTA trabajó en temas muy diversos, desde el estudio de la conveniencia o no de fabricar un avión supersónico comercial, tema rechazado en los años 70 por el gobierno norteamericano, en el que los informes de la OTA desempeñaron un papel relevante. El seguir adelante o no con la construcción de centrales nucleares, un tema en el que la OTA trabajó intermitentemente, así como la conveniencia de buscar petróleo en las plataformas costeras, la ubicación de aeropuertos y muchos otros. Castilla (1992).
Son de destacar en términos históricos, la creación del término mismo de Technology Assessment, hecho atribuible al Science, Research and Development Subcommitee, también del Congreso de los Estados Unidos, que hacia 1966 lo usó en varios de sus trabajos. La labor recopilatoria de estudios, metodología y técnicas, llevada a cabo por la MITRE Corporation, en 1970 y la posterior de la OCDE, constituyeron grandes y tempranos hitos sobre la materia. Strasser (1972) y Hetman (1973). Más adelante, en la década de los 80, surge otro gran esfuerzo sistematizador publicado como Strategies for Conducting Technology Assessment. Armstrong y Harman (1980).
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Con la adopción del llamado neoliberalismo en la década de los 80 en Estados Unidos e Inglaterra, de la mano de sus dirigentes políticos en aquella época, Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se abandonó cualquier esfuerzo de planificación y control social y cualquier intención de intervención de los gobiernos sobre las actividades económicas, empresariales o tecnológicas. El mundo está viviendo, de nuevo y desde hace ya más de dos décadas, en régimen de “caída libre”, con el resultado de una tecnología cada vez más avanzada y autónoma, de un desarrollo económico cada vez más artificial y explosivo, un medio ambiente y una naturaleza cada vez más deteriorados, y una sociedad en general, cada vez más transformada en una risk society, o sociedad de riesgos muy elevados.
Si a la evolución de tecnologías tradicionales unimos las nuevas revoluciones en marcha, especialmente laa relacionadas con la biotecnología, nantecnología, infotecnología avanzada y cognotecnología, a las que se han dedicado notas anteriores de este blog, hay motivos para pensar de nuevo en una posible acción de la sociedad sobre la tecnología que desarrolla y sobre sus impactos diversos.
No es extraño por tanto, que nos volvamos a plantear cuestiones de esta naturaleza, a pesar de que al mal llamado “pensamiento único” actual, repugnan incluso meras palabras tales como, control, control social, planificación en general y planificación de la tecnología en particular. No son los mejores momentos ciertamente, para hablar de estos temas en sociedades como la nuestra en las que el neoliberalismo ha producido unos resultados encomiables en términos de desarrollo y bienestar.
En las presentes notas sobre Evaluación Social de la Tecnología se acepta el reto de volver sobre temas y actividades ya intentados por las sociedades avanzadas en otras épocas simplemente porque ante las potenciales amenazas para el hombre y su mundo, de una revolución tecnológica tal como las que anuncian, la manipulación genética, la reproducción in vitro, la selección de embriones y la clonación, parece que hay terreno para la reflexión y motivos más que de sobra para plantearse el tradicional: “¿qué hacer?”
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Si a la evolución de tecnologías tradicionales unimos las nuevas revoluciones en marcha, especialmente laa relacionadas con la biotecnología, nantecnología, infotecnología avanzada y cognotecnología, a las que se han dedicado notas anteriores de este blog, hay motivos para pensar de nuevo en una posible acción de la sociedad sobre la tecnología que desarrolla y sobre sus impactos diversos.
No es extraño por tanto, que nos volvamos a plantear cuestiones de esta naturaleza, a pesar de que al mal llamado “pensamiento único” actual, repugnan incluso meras palabras tales como, control, control social, planificación en general y planificación de la tecnología en particular. No son los mejores momentos ciertamente, para hablar de estos temas en sociedades como la nuestra en las que el neoliberalismo ha producido unos resultados encomiables en términos de desarrollo y bienestar.
En las presentes notas sobre Evaluación Social de la Tecnología se acepta el reto de volver sobre temas y actividades ya intentados por las sociedades avanzadas en otras épocas simplemente porque ante las potenciales amenazas para el hombre y su mundo, de una revolución tecnológica tal como las que anuncian, la manipulación genética, la reproducción in vitro, la selección de embriones y la clonación, parece que hay terreno para la reflexión y motivos más que de sobra para plantearse el tradicional: “¿qué hacer?”
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En los años 60 del siglo pasado surgió en los Estados Unidos y otros países desarrollados una gran preocupación por los efectos negativos del desarrollo tecnológico ocurrido desde mediados del siglo XIX, época en la que se culminó en Inglaterra la Primera Revolución Industrial. Desarrollo que se había además acelerado de forma espectacular en las dos décadas anteriores (años 40 y 50). La expansión económica mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial fue la causa de una evolución tecnológica sin precedentes en esas décadas, a la que contribuyó en gran manera el esfuerzo de guerra destinado a crear armas, medios de transporte y comunicación, y artefactos diversos cada vez más eficientes.
Con los beneficios del avance tecnológico y del crecimiento económico --dos fenómenos fuertemente correlacionados-- llegaron, como en revoluciones tecnológicas y expansiones económicas anteriores, los impactos negativos de ambos. La preocupación de las instituciones sociales y la de los políticos y gobernantes se hizo entonces patente y surgió una primera oleada de actividades y medidas destinadas a evaluar la tecnología y sus efectos colaterales. Durante algún tiempo en aquella época, los científicos, intelectuales y políticos, fueron optimistas en países como Estados Unidos, en cuanto al control del desarrollo tecnológico y en cuanto a la potencial disminución de sus impactos negativos.
En Estados Unidos, por ejemplo, se creó en el Congreso, por iniciativa del senador Emilio Daddario, la Oficina de Evaluación Tecnológica (Office of Technology Assessment (OTA)), activa hasta principio de los años 90 y responsable de estudios y actividades muy diversas en el terreno de una potencial “evaluación social de la tecnología”. El objetivo general de esta institución y de la labor del área de conocimientos y actividad denominada Technology Assessment, era el de evaluar y prever los impactos no deseados de una nueva tecnología para poder así actuar sobre su desarrollo.
La OTA tuvo cierta relevancia durante algún tiempo e incluso se pensó en el Technolgy Assessment, como una actividad continuada y destacada de las sociedades avanzadas para controlar el desarrollo tecnológico. La verdad es que dicho desarrollo se ha vuelto a acelerar desde entonces y, salvo contadas excepciones, su dirección y control resulta difícil para la sociedad y los poderes públicos.
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Con los beneficios del avance tecnológico y del crecimiento económico --dos fenómenos fuertemente correlacionados-- llegaron, como en revoluciones tecnológicas y expansiones económicas anteriores, los impactos negativos de ambos. La preocupación de las instituciones sociales y la de los políticos y gobernantes se hizo entonces patente y surgió una primera oleada de actividades y medidas destinadas a evaluar la tecnología y sus efectos colaterales. Durante algún tiempo en aquella época, los científicos, intelectuales y políticos, fueron optimistas en países como Estados Unidos, en cuanto al control del desarrollo tecnológico y en cuanto a la potencial disminución de sus impactos negativos.
En Estados Unidos, por ejemplo, se creó en el Congreso, por iniciativa del senador Emilio Daddario, la Oficina de Evaluación Tecnológica (Office of Technology Assessment (OTA)), activa hasta principio de los años 90 y responsable de estudios y actividades muy diversas en el terreno de una potencial “evaluación social de la tecnología”. El objetivo general de esta institución y de la labor del área de conocimientos y actividad denominada Technology Assessment, era el de evaluar y prever los impactos no deseados de una nueva tecnología para poder así actuar sobre su desarrollo.
La OTA tuvo cierta relevancia durante algún tiempo e incluso se pensó en el Technolgy Assessment, como una actividad continuada y destacada de las sociedades avanzadas para controlar el desarrollo tecnológico. La verdad es que dicho desarrollo se ha vuelto a acelerar desde entonces y, salvo contadas excepciones, su dirección y control resulta difícil para la sociedad y los poderes públicos.
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Editado por
Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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