En el mundo han existido desde los tiempos más antiguos una serie de cosmogonías
Las cosmogonías más antiguas
Interpretada en el segundo sentido, se puede decir que en lo relativo al mundo occidental, han existido una serie de grandes "cosmogonías" o “cosmovisiones”.
La “animista” de la antigüedad más lejana, prevaleciente todavía en algunos reductos, llevaba a creer en un devenir del mundo del que el hombre formaba parte y sobre el que tenía muy poco que hacer. La vida y el mundo es el río que nos lleva, y sólo tenemos que acomodarnos y dejarnos llevar.
Como sabemos, esa posición básica de que las cosas no dependen del hombre, especialmente en lo físico, hace que la tecnología evolucione relativamente poco y la actuación sobre el entorno sea mínima en términos diarios y corrientes..
La “divino-mitológica”, en la que hay que situar a grandes épocas y civilizaciones, desde los egipcios, a los griegos, romanos y muchas otras alrededor del mundo, es la segunda cosmogonía utilizada en este trabajo. La vida seguía en esas épocas siendo un devenir, pero los hombres habían imaginado la existencia de un mundo distinto habitado por dioses que tenían pasiones, actuaban unos contra otros y cambiaban y transformaban las cosas ejerciendo su poder y su fuerza. El hombre tomó entonces conciencia de la muerte y la imaginó como un tránsito hacia ese otro mundo, creyendo firmemente en la repetición en el nuestro de lo que los dioses hacían en el suyo, incluyendo guerras, conquistas, esclavitud y dominio.
En lo relativo a ciencia y tecnología se avanzó mucho en navegación, monumentos, obras militares e infraestructuras civiles pero la mayor parte de ellas dependían de la fuerza física del hombre y de algunos mecanismos muy elementales disponibles desde épocas remotas. Eran actividades manuales, repetitivas, aprendidas viendo y haciendo.
La cosmovisión “occidental-cristiana” constituye otra visión del mundo en la que la existencia de un Dios todopoderoso, creador, mantenedor y cuidador del mundo, de los hombres y de las cosas, inunda toda la vida de las personas. El hombre sólo tiene que interpretar la naturaleza y la vida a la luz de lo que Dios ha manifestado y debe avanzar en conocimiento fuertemente apegado a la teología y la religión.
Se avanza enormemente en esa época en humanización y dignificación de todos los seres humanos y muchos admiramos las aportaciones del humanismo cristiano al mundo de nuestros días, pero en términos de ciencia y tecnología las cosas no fueron muy allá. El hombre noble, seguía ocupándose como en la época de Platón el hombre noble y libre, de la filosofía, de la lógica, de la teología y de la religión.
Se construyeron grandes catedrales en honor de Dios pero su diseño, la forma de levantarlas, los materiales, las herramientas y las enormes cantidades de mano de obra empleada no eran objeto de reflexión formal alguna. Todas esas actividades se mantenían todavía en el terreno de la artesanía y de acción manual en los que la labor especulativa de la mente era poco necesaria.
Nos hemos referido en ocasiones anteriores a las cosmogonías o cosmovisiones. Lo hacemos ahora de forma más riguros y precisa
Cosmogonías y cosmovisiones
Debemos admitir en definitiva la existencia de una relación entre las grandes ideas, concepciones e interpretaciones sobre nuestra naturaleza, nuestro mundo y lo que los hombres hacemos en él y la realidad que creamos, con particular referencia a la realidad tecnológica. No hay grandes explicaciones sobre dicha relación, entre otras cosas porque nunca será directa y matemática, y porque al fin y al cabo la historia de la humanidad consciente no es tan larga como pudiera parecernos. Como hemos dicho anteriormente la historia del hombre moderno comienza con el Renacimiento lo que significa un periodo de apenas 500 años. Nada en términos de "cosmogonías".
Cosmogonía es una palabra que se refiere, estrictamente hablando, a la formación primigenia de la materia y al origen del mundo, pero que en un sentido más particular es también utilizada para designar a las grandes interpretaciones generales del hombre sobre su mundo y sobre lo que el mismo hombre hace en él. Alternativamente se puede hablar de “cosmovisiones” una palabra más acorde con nuestro propio idioma.
Volvemos después de una larga temporada sin intervenciones a los temas tratados en este blog. Continuamos con el tema de Prospectiva de las Ideas al que hemos dedicado cierta cantidad de reflexión e investigación en los últimos meses
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El poder de las ideas científicas
José Manuel Sánchez Ron, el conocido historiador de la ciencia español, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, se ha referido en diversas de sus obras al poder de las ideas científicas. En su libro El Poder de la Ciencia. Historia social, política y económica de la ciencia (siglos XIX y XX), se refiere con amplitud a la influencia de las ideas relacionadas con la naturaleza en el mundo en su conjunto, es decir en los hombres y en las sociedades por él creadas. En la versión actualizada y ampliada publicada en 2007, incluye dos capítulos titulados El Poder de las Ideas, uno dedicado a Darwin, que cubre también el impacto de las ideas de Newton, y otro dedicado a Einstein, muy extenso y detallado. (Sánchez Ron, 2007)
Todas las explicaciones aportadas en ellos son claros ejemplos de cómo las ideas científicas más abstractas –caso especialmente aplicable a las teorías de la relatividad especial y general de Einstein-- terminan captando la atención, no sólo de los científicos, sino de los legos y del público de la calle en general.
En los dos capítulos se pueden ver con precisión los procesos de difusión de las ideas científicas, vertical y horizontalmente, y sus impactos en las diversas actividades del hombre. Se comprueba en ellos cómo la sociedad se impregna de las nuevas ideas y asimila las nuevas concepciones y cómo éstas terminan afectando a las personas, a sus actividades y, a su debido tiempo, a sus valores y a sus actitudes ante la vida.
Se refieren con bastante detalle y a través de ejemplos concretos, al impacto de las ideas de los grandes autores científicos en la política, en la pintura, en la literatura, en la filosofía y en la arquitectura. No hace ninguna referencia sin embargo a la influencia de las ideas en el mundo de la tecnología y de las aplicaciones prácticas. En el fondo tales referencias no son necesarias, ya que la ciencia, no directamente, pero sí a través de procesos muy conocidos, está ligada a la tecnología de forma muy diversa.
En primer lugar son los mismos científicos los que construyen a veces aparatos relacionados con sus ideas para comprobarlas, analizarlas y desarrollarlas, y en segundo, los tecnólogos suelen estar al tanto de los avances científicos aunque sólo sea en términos muy generales y sin conocer, a veces, el funcionamiento exacto de la teoría científica. Alexander Graham Bell, por ejemplo, inventó el teléfono y la telefonía, algo que se basa en el electromagnetismo y la inducción eléctrica, sin conocer a fondo dichos fenómenos y malinterpretando al principio la forma cómo las ondas electromagnéticas generadas por la vibración sonora a través de un electroimán se superponían a la corriente principal existente en un circuito eléctrico.
Lo mismo se puede decir de Edison, de Marconi y de otros inventores populares de finales del siglo XIX y principios del XX. Eran personas curiosas y relativamente al tanto de los avances científicos. Sabían lo suficiente de ellos para intentar aplicarlos y lo suficientemente poco para no verse coartados en su labor inventora por las barreras y limitaciones impuestas a veces por el conocimiento profundo de algo.
José Manuel Sánchez Ron, el conocido historiador de la ciencia español, catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, se ha referido en diversas de sus obras al poder de las ideas científicas. En su libro El Poder de la Ciencia. Historia social, política y económica de la ciencia (siglos XIX y XX), se refiere con amplitud a la influencia de las ideas relacionadas con la naturaleza en el mundo en su conjunto, es decir en los hombres y en las sociedades por él creadas. En la versión actualizada y ampliada publicada en 2007, incluye dos capítulos titulados El Poder de las Ideas, uno dedicado a Darwin, que cubre también el impacto de las ideas de Newton, y otro dedicado a Einstein, muy extenso y detallado. (Sánchez Ron, 2007)
Todas las explicaciones aportadas en ellos son claros ejemplos de cómo las ideas científicas más abstractas –caso especialmente aplicable a las teorías de la relatividad especial y general de Einstein-- terminan captando la atención, no sólo de los científicos, sino de los legos y del público de la calle en general.
En los dos capítulos se pueden ver con precisión los procesos de difusión de las ideas científicas, vertical y horizontalmente, y sus impactos en las diversas actividades del hombre. Se comprueba en ellos cómo la sociedad se impregna de las nuevas ideas y asimila las nuevas concepciones y cómo éstas terminan afectando a las personas, a sus actividades y, a su debido tiempo, a sus valores y a sus actitudes ante la vida.
Se refieren con bastante detalle y a través de ejemplos concretos, al impacto de las ideas de los grandes autores científicos en la política, en la pintura, en la literatura, en la filosofía y en la arquitectura. No hace ninguna referencia sin embargo a la influencia de las ideas en el mundo de la tecnología y de las aplicaciones prácticas. En el fondo tales referencias no son necesarias, ya que la ciencia, no directamente, pero sí a través de procesos muy conocidos, está ligada a la tecnología de forma muy diversa.
En primer lugar son los mismos científicos los que construyen a veces aparatos relacionados con sus ideas para comprobarlas, analizarlas y desarrollarlas, y en segundo, los tecnólogos suelen estar al tanto de los avances científicos aunque sólo sea en términos muy generales y sin conocer, a veces, el funcionamiento exacto de la teoría científica. Alexander Graham Bell, por ejemplo, inventó el teléfono y la telefonía, algo que se basa en el electromagnetismo y la inducción eléctrica, sin conocer a fondo dichos fenómenos y malinterpretando al principio la forma cómo las ondas electromagnéticas generadas por la vibración sonora a través de un electroimán se superponían a la corriente principal existente en un circuito eléctrico.
Lo mismo se puede decir de Edison, de Marconi y de otros inventores populares de finales del siglo XIX y principios del XX. Eran personas curiosas y relativamente al tanto de los avances científicos. Sabían lo suficiente de ellos para intentar aplicarlos y lo suficientemente poco para no verse coartados en su labor inventora por las barreras y limitaciones impuestas a veces por el conocimiento profundo de algo.
Editado por
Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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