La tesis que seguimos desarrollando en esta entrega es la de que hay que incluir al hombre, especialmente al inventor y al emprendedor, en las explicaciones macroeconómicas.
En la entrega anterior de esta serie de artículos dedicados a la crisis económica actual y a la salida de ella habíamos terminado haciendo referencia al milagro económico coreano, llamado con más propiedad “el milagro del río Han”. La potencialidad de crecimiento de ese país se nos antoja superior a la del nuestro y no sería extraño que pronto nos superara, como ocurrirá con otras economías tales como México, Brasil, India o Rusia, países, estos últimos, que lo harán por simple crecimiento vegetativo de sus economías ya que poseen poblaciones muy superiores a la nuestra. Deducimos tal posible resultado, para el caso de Corea, que tiene una población algo superior a la española pero cercana (unos 49 millones de habitantes), del tipo de economía que el país ha creado, basada en los últimos años en la tecnología más avanzada, con particular referencia a la tecnología electrónica y a las TIC (Tecnologías de la Información y Comunicación), terrenos en los que compite con los Estados Unidos, Japón y Europa. Sus empresas Hinyx, LG, Samsung, SK o iStation, entre otras, les están complicando la vida a Sony, Apple o Nokia. Según datos recientes Samsung y LG venden casi el 30 % de los terminales móviles del mundo y más del 35 % de los televisores de pantalla plana. Siendo además Corea del Sur uno de los primeros fabricantes de semiconductores con una cuota del mercado mundial del 50 %. (Ver Santiago Millán )
Aparte, claro está, del éxito de los astilleros coreanos y de la industria pesada en general (astilleros, siderurgia, industrias química y petroquímica, construcción y otras) y de las grandes marcas automovilistas que ha sabido crear, entre ellas Hyundai y Kia.
Por qué “llueve” en Corea del Sur más que en nuestro país.
La pregunta ya planteada de ¿cómo y por qué “llueve” económicamente de esa manera en Corea del Sur? tendría respuestas distintas según quien la contestara.
Para un economista sería producto de las buenas condiciones macroeconómicas (déficits públicos y deuda razonables, superávits de la balanza comercial, precios estables, inflación controlada, tipo de cambio correcto, etc..) y de las adecuadas políticas económicas de los sucesivos gobiernos coreanos.
Para un político o administrador público el éxito del país estaría en las fuertes inversiones estatales en infraestructuras de los años 70, de las que las grandes corporaciones coreanas obtuvieron elevados beneficios, y del uso adecuado de ellos para la creación de una industria de más valor añadido. Indicaría también la apuesta por la educación y destacaría su primer lugar dentro de Asia en este terreno y su séptimo en todo el mundo. Así como estar considerado en la actualidad el país más innovador del mundo según el “Índice Global de Innovación”.
Un empresario hablaría, quizá, de la importancia del desarrollo científico obtenido de los Estados Unidos y de otros países industrializados a través del envío masivo de estudiantes a dichos países y de acuerdos diversos de intercambio de tecnología, junto al espíritu empresarial, la competitividad y la cultura de la sociedad coreana muy orientada al futuro y a la tecnología avanzada. Indicaría además que el país cuenta, como se sabe, con una infraestructura de alta tecnología, que tiene el mayor sistema de cableado del mundo y que posee el índice de acceso a Internet de banda ancha per cápita más alto del planeta. En promedio, las conexiones de Internet en el país son las de más capacidad, con una media de velocidad de acceso de 100 Mbps.
Todos, por otra parte, estarían de acuerdo en la orientación de esta nación hacia la exportación, en su apuesta por la industria y en la disponibilidad de sus gentes a sacrificarse y trabajar duro para conseguir el objetivo de competir a escala global y vender mucho a otros países.
El olvido del hombre
Todas las explicaciones son válidas y todas resultan complementarias, pero hay unas relacionadas con el esfuerzo individual, la innovación personal, la capacidad de emprendimiento, la disciplina en el trabajo y en la vida, la preparación, la austeridad de costumbres, la ética y la honestidad y otras, que con frecuencia son olvidadas en las explicaciones de los hechos económicos.
Este olvido puede deberse al hecho de que el hombre y su subjetividad han sido desalojados del mundo objetivo de la ciencia económica, con particular referencia al mundo de la macroeconomía. La economía, como ciencia similar a la Física, ha buscado leyes como las que indican que el consumo depende de la renta disponible, la inversión del tipo de interés, el tipo de cambio del déficit de la balanza de pagos o la inflación del crecimiento, sin caer en la cuenta que mientras tales fenómenos dependan del hombre las leyes mencionadas unas veces se cumplirán y otras no. Hay ocasiones, por otra parte, en que tales dependencias pueden ser robustas, como ocurre en las épocas de estabilidad y crecimiento, pero hay otras, como las crisis, en que no se cumplen porque los hombres se hacen irresponsables y arbitrarios. Esto último, además, es más cierto cuanto más financiera y menos real sea una economía.
La teoría económica ha olvidado al hombre como variable explicativa y esto no es correcto, aunque si lo incluimos con todas sus consecuencias, a él, a sus deseos, a sus ambiciones, a su capacidad de hacer y deshacer, de construir y de destruir, de inventar y de ser conservador y no cambiar, de acaparar, de explotar, de trasgredir las normas etc…, será muy difícil establecer algún orden en la complejidad de nuestras sociedades.
Lo que se observa, sin embargo, en las nuevas aportaciones de teoría económica de los últimos años es una búsqueda del hombre, como ya se ha indicado en las primeras entregas de estos artículos sobre la crisis económica.
Guillermo de la Dehesa el autor que utilizamos como referencia en estos artículos habla de esas nuevas aportaciones y del poco caso que se les hace, por cierto, en la práctica económica diaria.
Aparte, claro está, del éxito de los astilleros coreanos y de la industria pesada en general (astilleros, siderurgia, industrias química y petroquímica, construcción y otras) y de las grandes marcas automovilistas que ha sabido crear, entre ellas Hyundai y Kia.
Por qué “llueve” en Corea del Sur más que en nuestro país.
La pregunta ya planteada de ¿cómo y por qué “llueve” económicamente de esa manera en Corea del Sur? tendría respuestas distintas según quien la contestara.
Para un economista sería producto de las buenas condiciones macroeconómicas (déficits públicos y deuda razonables, superávits de la balanza comercial, precios estables, inflación controlada, tipo de cambio correcto, etc..) y de las adecuadas políticas económicas de los sucesivos gobiernos coreanos.
Para un político o administrador público el éxito del país estaría en las fuertes inversiones estatales en infraestructuras de los años 70, de las que las grandes corporaciones coreanas obtuvieron elevados beneficios, y del uso adecuado de ellos para la creación de una industria de más valor añadido. Indicaría también la apuesta por la educación y destacaría su primer lugar dentro de Asia en este terreno y su séptimo en todo el mundo. Así como estar considerado en la actualidad el país más innovador del mundo según el “Índice Global de Innovación”.
Un empresario hablaría, quizá, de la importancia del desarrollo científico obtenido de los Estados Unidos y de otros países industrializados a través del envío masivo de estudiantes a dichos países y de acuerdos diversos de intercambio de tecnología, junto al espíritu empresarial, la competitividad y la cultura de la sociedad coreana muy orientada al futuro y a la tecnología avanzada. Indicaría además que el país cuenta, como se sabe, con una infraestructura de alta tecnología, que tiene el mayor sistema de cableado del mundo y que posee el índice de acceso a Internet de banda ancha per cápita más alto del planeta. En promedio, las conexiones de Internet en el país son las de más capacidad, con una media de velocidad de acceso de 100 Mbps.
Todos, por otra parte, estarían de acuerdo en la orientación de esta nación hacia la exportación, en su apuesta por la industria y en la disponibilidad de sus gentes a sacrificarse y trabajar duro para conseguir el objetivo de competir a escala global y vender mucho a otros países.
El olvido del hombre
Todas las explicaciones son válidas y todas resultan complementarias, pero hay unas relacionadas con el esfuerzo individual, la innovación personal, la capacidad de emprendimiento, la disciplina en el trabajo y en la vida, la preparación, la austeridad de costumbres, la ética y la honestidad y otras, que con frecuencia son olvidadas en las explicaciones de los hechos económicos.
Este olvido puede deberse al hecho de que el hombre y su subjetividad han sido desalojados del mundo objetivo de la ciencia económica, con particular referencia al mundo de la macroeconomía. La economía, como ciencia similar a la Física, ha buscado leyes como las que indican que el consumo depende de la renta disponible, la inversión del tipo de interés, el tipo de cambio del déficit de la balanza de pagos o la inflación del crecimiento, sin caer en la cuenta que mientras tales fenómenos dependan del hombre las leyes mencionadas unas veces se cumplirán y otras no. Hay ocasiones, por otra parte, en que tales dependencias pueden ser robustas, como ocurre en las épocas de estabilidad y crecimiento, pero hay otras, como las crisis, en que no se cumplen porque los hombres se hacen irresponsables y arbitrarios. Esto último, además, es más cierto cuanto más financiera y menos real sea una economía.
La teoría económica ha olvidado al hombre como variable explicativa y esto no es correcto, aunque si lo incluimos con todas sus consecuencias, a él, a sus deseos, a sus ambiciones, a su capacidad de hacer y deshacer, de construir y de destruir, de inventar y de ser conservador y no cambiar, de acaparar, de explotar, de trasgredir las normas etc…, será muy difícil establecer algún orden en la complejidad de nuestras sociedades.
Lo que se observa, sin embargo, en las nuevas aportaciones de teoría económica de los últimos años es una búsqueda del hombre, como ya se ha indicado en las primeras entregas de estos artículos sobre la crisis económica.
Guillermo de la Dehesa el autor que utilizamos como referencia en estos artículos habla de esas nuevas aportaciones y del poco caso que se les hace, por cierto, en la práctica económica diaria.
Adolfo Castilla
Comentarios
Insistimos en el papel del hombre en lo bueno y en lo malo que pueda ocurrir en nuestro sistema productivo. La anunciada reunión del Presidente del Gobierno con las 25 empresas más importantes del país parece ir en esa dirección. Alguien se ha dado cuenta al fin de que en términos de impulsar el crecimiento y el desarrollo los gobiernos, los impuestos y la preocupación artificial por lo social puede ser más rémora que empuje.
Guillermo de la Dehesa, en el libro que comentamos, La primera crisis financiera del siglo XXI, no se distancia mucho de otros economistas al interpretar los fenómenos económicos como fenómenos naturales que ocurren autónoma y automáticamente. Es verdad que insiste mucho en la condición humana que hay detrás de dichos fenómenos, en la psicología como explicación de las decisiones de los agentes económicos e, incluso, en los Animal Spirits de Keynes que tan claramente surgen en las crisis financieras y que llevan a las manías, histerias y pánicos. Cita mucho, por cierto, el libro del mismo título del Premio Nobel de 2001, George A. Akerlof, y del catedrático de la Universidad de Yale y colaborador del New York Times, Robert J. Shiller, publicado en español en 2009 por la editorial Gestión 2000.
La economía como una ciencia de la naturaleza.
Hay muchos economistas que todavía consideran a la economía como una ciencia similar a la astronomía. Los planetas están ahí y giran alrededor del Sol de forma natural, siendo los hombres los llamados a determinar las leyes que guían sus movimientos. Cambiar dichas leyes no nos es posible a los hombres ni tampoco, hoy por hoy, actuar sobre dichos giros. La economía que también está formada por procesos y movimientos diversos es interpretada, desde que los científicos sociales quisieron tener unas ciencias similares a la Física y a otras ciencias de la naturaleza, como algo que funciona solo, algo cuyas leyes de funcionamiento se pueden deducir pero sobre lo que es muy difícil actuar.
Adam Smith estableció este enfoque cuando indicó que la economía funcionaba automáticamente si cada persona buscaba su propio interés y respetaba las reglas de juego (utilizó en relación con ello la frase “dame lo que necesito y tendrás lo que deseas”). Su “mano invisible” nos ha llevado a considerar el mecanismo de mercado como la única regla válida para el funcionamiento de la economía. El intervencionismo periódico de los gobiernos preconizado por el Keynesianismo, es una pequeña variante del liberalismo económico, no es nada radicalmente distinto, y, de hecho, una mayoría de países capitalistas, defensores del mecanismo de mercado, lo practica periódicamente y lo ha practicado intensamente en la crisis actual. La verdad es que salvo las discusiones periódicas de economistas y de ciudadanos en general, la mayor parte de los países utilizan enfoques de Economía Mixta, que fue lo preconizado a lo largo de toda su vida por Paul Samuelson y otros economistas contemporáneos (Samuelson murió el 13 de diciembre de 2009). Por supuesto que a nivel de debates, muchas veces absolutamente teóricos, maximalistas y de lógica extrema, existen en nuestras sociedades las posturas encontradas de los socialistas/comunistas que creen en la intervención continua y fuerte del Estado en todo y la de los liberales/libertarios que creen en lo contrario. Ambos están fuera de la realidad de nuestro mundo.
De la Dehesa es consciente de esa interpretación de la economía y lo menciona con frecuencia en su libro. No es un autor, como podemos imaginar, al que se le queden fuera de su reflexión aspectos y dimensiones relacionadas con la economía y con la ciencia económica. No es fácil encontrar algo en lo que podamos enmendarle la plana, y tampoco, desde luego, es esa nuestra intención.
Sí es cierto que al explicar el planteamiento de su libro indica que los orígenes de la crisis han sido macroeconómicos, microeconómicos, teóricos y psicológicos, y dentro de estos últimos, como hemos dicho, menciona el papel de los “espíritus animales”, además de entrar ampliamente en la racionalidad limitada y en la irracionalidad de las decisiones de los hombres en términos económicos y financieros. Le falta, en mi opinión, dar un paso más, como a muchos otros economistas, y hablar del papel fundamental del hombre aislado y de sus acciones.
De nuevo deseo salvar al autor que comentamos de olvidos o errores, los cuales, por otra parte, pueden inventarse creando temas de discusión artificiales. De la Dehesa se extiende en el análisis de los fallos, errores y maldades llevados a cabo por bancos y otras empresas financieras, por organismos de regulación, empresas de rating y por instituciones diversas. No es indulgente con ninguna de ellas y hay que pensar que él sabe muy bien que detrás de todas esas instituciones hay hombres con sus intenciones, deseos y ambiciones.
Sin apoyarme por tanto en presuntos olvidos del autor quiero destacar el papel del hombre aislado en todo lo que tiene que ver con la economía y el lugar destacado que ocupa la acción humana en todos los procesos económicos.
La economía como una ciencia de la naturaleza.
Hay muchos economistas que todavía consideran a la economía como una ciencia similar a la astronomía. Los planetas están ahí y giran alrededor del Sol de forma natural, siendo los hombres los llamados a determinar las leyes que guían sus movimientos. Cambiar dichas leyes no nos es posible a los hombres ni tampoco, hoy por hoy, actuar sobre dichos giros. La economía que también está formada por procesos y movimientos diversos es interpretada, desde que los científicos sociales quisieron tener unas ciencias similares a la Física y a otras ciencias de la naturaleza, como algo que funciona solo, algo cuyas leyes de funcionamiento se pueden deducir pero sobre lo que es muy difícil actuar.
Adam Smith estableció este enfoque cuando indicó que la economía funcionaba automáticamente si cada persona buscaba su propio interés y respetaba las reglas de juego (utilizó en relación con ello la frase “dame lo que necesito y tendrás lo que deseas”). Su “mano invisible” nos ha llevado a considerar el mecanismo de mercado como la única regla válida para el funcionamiento de la economía. El intervencionismo periódico de los gobiernos preconizado por el Keynesianismo, es una pequeña variante del liberalismo económico, no es nada radicalmente distinto, y, de hecho, una mayoría de países capitalistas, defensores del mecanismo de mercado, lo practica periódicamente y lo ha practicado intensamente en la crisis actual. La verdad es que salvo las discusiones periódicas de economistas y de ciudadanos en general, la mayor parte de los países utilizan enfoques de Economía Mixta, que fue lo preconizado a lo largo de toda su vida por Paul Samuelson y otros economistas contemporáneos (Samuelson murió el 13 de diciembre de 2009). Por supuesto que a nivel de debates, muchas veces absolutamente teóricos, maximalistas y de lógica extrema, existen en nuestras sociedades las posturas encontradas de los socialistas/comunistas que creen en la intervención continua y fuerte del Estado en todo y la de los liberales/libertarios que creen en lo contrario. Ambos están fuera de la realidad de nuestro mundo.
De la Dehesa es consciente de esa interpretación de la economía y lo menciona con frecuencia en su libro. No es un autor, como podemos imaginar, al que se le queden fuera de su reflexión aspectos y dimensiones relacionadas con la economía y con la ciencia económica. No es fácil encontrar algo en lo que podamos enmendarle la plana, y tampoco, desde luego, es esa nuestra intención.
Sí es cierto que al explicar el planteamiento de su libro indica que los orígenes de la crisis han sido macroeconómicos, microeconómicos, teóricos y psicológicos, y dentro de estos últimos, como hemos dicho, menciona el papel de los “espíritus animales”, además de entrar ampliamente en la racionalidad limitada y en la irracionalidad de las decisiones de los hombres en términos económicos y financieros. Le falta, en mi opinión, dar un paso más, como a muchos otros economistas, y hablar del papel fundamental del hombre aislado y de sus acciones.
De nuevo deseo salvar al autor que comentamos de olvidos o errores, los cuales, por otra parte, pueden inventarse creando temas de discusión artificiales. De la Dehesa se extiende en el análisis de los fallos, errores y maldades llevados a cabo por bancos y otras empresas financieras, por organismos de regulación, empresas de rating y por instituciones diversas. No es indulgente con ninguna de ellas y hay que pensar que él sabe muy bien que detrás de todas esas instituciones hay hombres con sus intenciones, deseos y ambiciones.
Sin apoyarme por tanto en presuntos olvidos del autor quiero destacar el papel del hombre aislado en todo lo que tiene que ver con la economía y el lugar destacado que ocupa la acción humana en todos los procesos económicos.
Adolfo Castilla
El libro de Guillermo de la Dehesa comentado en la entrega anterior sigue siéndonos útil para ir aportando algunas ideas sobre la crisis actual.
De la lectura del libro de Guillermo de la Dehesa que comentábamos en la entrega anterior, La primera crisis financiera del siglo XXI, se deducen conclusiones del tipo de las siguientes:
-- La inevitabilidad de las crisis y la caída de nuevo en el error de, “eso ya no puede pasar”, en un mundo tan lleno de instituciones reguladoras y de control como el actual. Ha pasado de nuevo y con más virulencia de la que se podía pensar.
-- El vaivén de la economía y los economistas del liberalismo y el automatismo del mercado a la intervención estatal y de esto último a lo primero. Parece mentira pero no tenemos mucho más que esas dos opciones para organizarnos económicamente.
-- El desfase entre las nuevas explicaciones y teorías, a veces resaltadas socialmente y premiadas (en muchos casos con el Premio Nobel), y las que se utilizan para la toma de decisiones y para las actuaciones, muchas veces esquemáticas, antiguas, erróneas e inútiles. No es que las nuevas explicaciones tarden en difundirse sino que los hombres parece que deseamos funcionar con cosas simples aunque no sean ciertas y que preferimos el juego y el azar a la racionalidad.
-- El capitalismo sólo puede funcionar con crisis financieras periódicas de las que nos tienen que sacar los gobiernos a costa del empobrecimiento, el desempleo y la miseria de las partes más débiles de la población. Las crecientes bolsas de pobreza, los casi cinco millones de parados existentes en España, la desaparición de empresas y empresarios, las clases medias sufridoras y silenciosas, producto de las crisis en sí y de las actuaciones de los gobiernos para tratar de resolverlas, son indicaciones claras de ello.
-- La inutilidad de las políticas económicas para hacer crecer las economías y para restaurar el equilibrio de los mercados. Cuando la recesión llega y es profunda nada parece funcionar, los políticos y desde luego muchos gobiernos con sus ministros y sus funcionarios de todo tipo, son como figuras del paisaje: están allí para estar allí, como los caballos y las vacas.
-- La volatilidad y ligereza de los conocimientos económicos representada por lo mucho que saben los economistas sobre los ríos, arroyos y torrentes por los que fluye el caudal económico cuando existe y lo poco que saben sobre cómo dicho caudal surge y aumenta. Los conocimientos mecánicos, estadísticos, los modelos matemáticos, las explicaciones estereotipadas, las leyes económicas falsas que muchos siguen utilizando y que mayoritariamente se explican en los centros educativos, y muchas otras características, diríamos que epistemológicas, de la ciencia económica, lo demuestran a diario.
El hombre y sus errores como culpables
También los errores humanos de los altos dirigentes, de los responsables de los bancos centrales y de los de las instituciones reguladoras tienen su cuota parte de responsabilidad. El caso de Alan Greenspan es paradigmático en este aspecto. Durante casi veinte años estuvo al frente del Consejo de la Reserva Federal de los Estados Unidos y resulta muy difícil pensar en alguien con más éxito, más popularidad y más carisma. Sin embargo su preferencia por el mecanismo de mercado en el caso concreto del boom inmobiliario americano y su afán por introducir mucha liquidez en el sistema económico, han sido, en parte, causas importantes de la crisis actual.
El apalancamiento y la cultura de gastar 150 cuando se ingresa 100 que originaria de los Estados Unidos se ha difundido por todo el mundo. Es la economía de las tarjetas de crédito, de los créditos al consumo, de las hipotecas sin fin, de utilizar la primera vivienda como aval de la segunda y, en definitiva, de vivir hipotecando el futuro. Es la “economía financiera” de la que nos hemos dotado orgullosos, sobre todo, en el mundo occidental (el Norte Global o WENAO). Una economía (el capitalismo popular) en la que todos hemos entrado, supuestamente, en la dinámica de que el dinero (sin más, y a veces sin riesgo) produce dinero, “mucho dinero”, olvidándonos todos, por tanto, de la economía real productiva, del esfuerzo, del riesgo, de la innovación y del emprendimiento.
Un mundo extremadamente crematístico (algo criticado desde la antigüedad) con un sistema financiero, con particular referencia a los bancos, pernicioso y peligroso. Unas instituciones, estas últimas, que utilizan lo que no les pertenece y que toman riesgos sobre ello, sabiendo que en caso de pérdidas no tendrán que hacer frente a ellas, ya que en última instancia la sociedad tendrá que salvarlos para que no nos hundamos todos. Lo del Sr. Conde y el campo que se quema que aquí podría parafrasearse como “si un sistema financiero se hunde algo suyo se hunde Sr. Banquero”, auque nos digan que el sistema es de todos.
Unos “dueños” o dirigentes de todo ese entramado que viven al borde de la delincuencia, la trasgresión y el abuso, como ha quedado demostrado en el caso de los Estados Unidos. Y la dinámica de hacer lo mismo que crean en todas las personas, desapareciendo, como consecuencia de ello, cualquier referencia a las responsabilidades personales y sociales, a la ética e, incluso, a la educación y las buenas costumbres. Un mundo de personas abusadoras, desaprensivas y agresivas hechas a imagen y semejanza de sus líderes. Un mundo sobre el que un hombre noble como Mario Vargas Llosa ha dicho recientemente: “Detrás de la crisis hay una moral degradada por la codicia. Y esa es una forma terrible de incultura” (El Cultural de El Mundo, 3-9 de septiembre de 2010).
Un país, los Estados Unidos, -- en el que, dicho sea de paso, el que esto escribe, ha vivido durante años, en el que ha nacido su hija mayor, con el que tiene grandes lazos y al que ama profundamente --, que protegido por el papel de moneda de reserva del dólar ha llevado al mundo a un gran desastre.
Un país fundamental que no termina de saber, por cierto, lo que tiene que hacer para salir de la encrucijada actual con una población más dividida políticamente que nunca y un resurgir de movimientos como los NeoCon o el Tea Party que dan miedo.
Una cultura del “talento”, tan extendida en brokers y ejecutivos bancarios, referida a talento para la ingeniería financiera, talento para la artificialidad y el engaño, talento para el “pelotazo” y talento para la especulación y las burbujas que no augura nada bueno para la sociedad.
Unas tecnologías y una rapidez de cambio tecnológico al servicio de la mencionada economía financiera que permiten todo lo malo que imaginarse pueda, también como lo bueno, por supuesto, pero que para empezar hacen inútil la labor de órganos reguladores diversos e instituciones de control. Como se ha visto en los últimos años dichos reguladores no tenían la capacidad de seguir las innovaciones y los procedimientos que el sistema financiero era capaz de inventar e implementar, gran parte de ellas facilitadas por la nuevas tecnologías.
-- La inevitabilidad de las crisis y la caída de nuevo en el error de, “eso ya no puede pasar”, en un mundo tan lleno de instituciones reguladoras y de control como el actual. Ha pasado de nuevo y con más virulencia de la que se podía pensar.
-- El vaivén de la economía y los economistas del liberalismo y el automatismo del mercado a la intervención estatal y de esto último a lo primero. Parece mentira pero no tenemos mucho más que esas dos opciones para organizarnos económicamente.
-- El desfase entre las nuevas explicaciones y teorías, a veces resaltadas socialmente y premiadas (en muchos casos con el Premio Nobel), y las que se utilizan para la toma de decisiones y para las actuaciones, muchas veces esquemáticas, antiguas, erróneas e inútiles. No es que las nuevas explicaciones tarden en difundirse sino que los hombres parece que deseamos funcionar con cosas simples aunque no sean ciertas y que preferimos el juego y el azar a la racionalidad.
-- El capitalismo sólo puede funcionar con crisis financieras periódicas de las que nos tienen que sacar los gobiernos a costa del empobrecimiento, el desempleo y la miseria de las partes más débiles de la población. Las crecientes bolsas de pobreza, los casi cinco millones de parados existentes en España, la desaparición de empresas y empresarios, las clases medias sufridoras y silenciosas, producto de las crisis en sí y de las actuaciones de los gobiernos para tratar de resolverlas, son indicaciones claras de ello.
-- La inutilidad de las políticas económicas para hacer crecer las economías y para restaurar el equilibrio de los mercados. Cuando la recesión llega y es profunda nada parece funcionar, los políticos y desde luego muchos gobiernos con sus ministros y sus funcionarios de todo tipo, son como figuras del paisaje: están allí para estar allí, como los caballos y las vacas.
-- La volatilidad y ligereza de los conocimientos económicos representada por lo mucho que saben los economistas sobre los ríos, arroyos y torrentes por los que fluye el caudal económico cuando existe y lo poco que saben sobre cómo dicho caudal surge y aumenta. Los conocimientos mecánicos, estadísticos, los modelos matemáticos, las explicaciones estereotipadas, las leyes económicas falsas que muchos siguen utilizando y que mayoritariamente se explican en los centros educativos, y muchas otras características, diríamos que epistemológicas, de la ciencia económica, lo demuestran a diario.
El hombre y sus errores como culpables
También los errores humanos de los altos dirigentes, de los responsables de los bancos centrales y de los de las instituciones reguladoras tienen su cuota parte de responsabilidad. El caso de Alan Greenspan es paradigmático en este aspecto. Durante casi veinte años estuvo al frente del Consejo de la Reserva Federal de los Estados Unidos y resulta muy difícil pensar en alguien con más éxito, más popularidad y más carisma. Sin embargo su preferencia por el mecanismo de mercado en el caso concreto del boom inmobiliario americano y su afán por introducir mucha liquidez en el sistema económico, han sido, en parte, causas importantes de la crisis actual.
El apalancamiento y la cultura de gastar 150 cuando se ingresa 100 que originaria de los Estados Unidos se ha difundido por todo el mundo. Es la economía de las tarjetas de crédito, de los créditos al consumo, de las hipotecas sin fin, de utilizar la primera vivienda como aval de la segunda y, en definitiva, de vivir hipotecando el futuro. Es la “economía financiera” de la que nos hemos dotado orgullosos, sobre todo, en el mundo occidental (el Norte Global o WENAO). Una economía (el capitalismo popular) en la que todos hemos entrado, supuestamente, en la dinámica de que el dinero (sin más, y a veces sin riesgo) produce dinero, “mucho dinero”, olvidándonos todos, por tanto, de la economía real productiva, del esfuerzo, del riesgo, de la innovación y del emprendimiento.
Un mundo extremadamente crematístico (algo criticado desde la antigüedad) con un sistema financiero, con particular referencia a los bancos, pernicioso y peligroso. Unas instituciones, estas últimas, que utilizan lo que no les pertenece y que toman riesgos sobre ello, sabiendo que en caso de pérdidas no tendrán que hacer frente a ellas, ya que en última instancia la sociedad tendrá que salvarlos para que no nos hundamos todos. Lo del Sr. Conde y el campo que se quema que aquí podría parafrasearse como “si un sistema financiero se hunde algo suyo se hunde Sr. Banquero”, auque nos digan que el sistema es de todos.
Unos “dueños” o dirigentes de todo ese entramado que viven al borde de la delincuencia, la trasgresión y el abuso, como ha quedado demostrado en el caso de los Estados Unidos. Y la dinámica de hacer lo mismo que crean en todas las personas, desapareciendo, como consecuencia de ello, cualquier referencia a las responsabilidades personales y sociales, a la ética e, incluso, a la educación y las buenas costumbres. Un mundo de personas abusadoras, desaprensivas y agresivas hechas a imagen y semejanza de sus líderes. Un mundo sobre el que un hombre noble como Mario Vargas Llosa ha dicho recientemente: “Detrás de la crisis hay una moral degradada por la codicia. Y esa es una forma terrible de incultura” (El Cultural de El Mundo, 3-9 de septiembre de 2010).
Un país, los Estados Unidos, -- en el que, dicho sea de paso, el que esto escribe, ha vivido durante años, en el que ha nacido su hija mayor, con el que tiene grandes lazos y al que ama profundamente --, que protegido por el papel de moneda de reserva del dólar ha llevado al mundo a un gran desastre.
Un país fundamental que no termina de saber, por cierto, lo que tiene que hacer para salir de la encrucijada actual con una población más dividida políticamente que nunca y un resurgir de movimientos como los NeoCon o el Tea Party que dan miedo.
Una cultura del “talento”, tan extendida en brokers y ejecutivos bancarios, referida a talento para la ingeniería financiera, talento para la artificialidad y el engaño, talento para el “pelotazo” y talento para la especulación y las burbujas que no augura nada bueno para la sociedad.
Unas tecnologías y una rapidez de cambio tecnológico al servicio de la mencionada economía financiera que permiten todo lo malo que imaginarse pueda, también como lo bueno, por supuesto, pero que para empezar hacen inútil la labor de órganos reguladores diversos e instituciones de control. Como se ha visto en los últimos años dichos reguladores no tenían la capacidad de seguir las innovaciones y los procedimientos que el sistema financiero era capaz de inventar e implementar, gran parte de ellas facilitadas por la nuevas tecnologías.
Adolfo Castilla
Interrumpimos la publicación de los resultados obtenidos en el trabajo de prospectiva llevado a cabo el pasado año para incluir algunos cometarios surgidos de la lectura de varios libros recientes sobre la crisis económica.
Los veranos son magníficos para quitarse de en medio asignaturas pendientes. No me refiero a las clásicas de septiembre, que ahora con Bolonia, por cierto, son de julio, sino a libros en lista de espera o a los leídos a retazos y a trompicones en la vorágine del vivir del resto del año.
La limpieza ha sido muy buena para mí este mes de agosto. A parte de varios otros de materias diversas he dado cuenta de algunos económicos de los últimos tiempos dentro de los que se incluyen, entre los españoles, a los Abadía, Recarte, Luis de Guindos, Guillermo de la Dehesa, Niño Becerra y varios otros. Todos habían sido leídos a medias en su momento pero esta vez han sido objeto de una lectura reposada y subrayada, sobre todo los más recientes.
El de Guillermo de la Dehesa al que me refiero es "La primera crisis financiera del siglo XXI" que lleva en las librerías, como se sabe, algo más de un año. Es un libro enciclopédico sobre la crisis actual, enormemente documentado y trabajado y que, como siempre ocurre con este autor al que me une una cierta amistad, da una inmensa luz sobre las cosas, producto quizá de que combina las teorías e interpretaciones de los fenómenos económicos aportadas por autores muy diversos con los hechos fehacientes, con las estadísticas y los datos, con las recomendaciones pertinentes de política económica, con las propuestas de reformas y con la sugerencia de actuaciones inmediatas que deberían ponerse en marcha.
Es una visión mundial y comprensiva de la crisis, pero su concentración en el caso de España es magistral, no quedando nada fuera de la aguda mirada del autor, de su inteligente interpretación de los hechos y de su preocupación por que las cosas se resuelvan.
El libro es un paso más, muy destacado, en la impresionante obra de de la Dehesa. Cualquiera que siga sus libros, artículos y publicaciones diversas, aparte de sus actividades internacionales y de todo tipo y de sus relaciones estrechas con los grandes pensadores económicos actuales, estará de acuerdo conmigo en que de la Dehesa es un pilar del pensamiento, el análisis, la política y otros componentes de la ciencia económica. Su obra escrita es sólida, continuada, coherente y brillante. Ante cualquier hecho nuevo y relevante muchos esperamos siempre su opinión en la prensa escrita. Dicha opinión nunca se hace esperar demasiado y siempre es luminosa.
Nuestra sociedad debe estar agradecida a este autor, no sólo leyéndolo y siguiéndolo, sino dándole la importancia que merece y concediéndole los honores que para estas labores deberían existir en nuestra sociedad.
Un libro excelente
Yo leo bastante economía pero hacía mucho tiempo que no leía un libro igual, probablemente desde que leí "Structural Slumps: The Modern Equilibrium Theory of Unemployment, Interest, and Assets" de Edmund Phelps, publicado en 1994 y que en gran manera contribuyó a la concesión a su autor del Premio Nobel de Economía de 2006.
Es un libro excelente pero si uno lo mira bien no existen en él muchas cosas realmente nuevas en cuanto a la crisis actual, sus orígenes y sus consecuencias. De hecho es difícil que las haya con toda la tinta que ha corrido sobre el tema en sólo dos años y medio, pero no importa, sus explicaciones son tan notables, sus fundamentos intelectuales tan sólidos, sus referencias tan exhaustivas y sus argumentos tan convincentes que da gusto leer una obra así.
Por supuesto que se repiten las explicaciones conocidas sobre la crisis financiera tales como:
-- el papel desencadenante de las hipotecas subprime;
-- el apalancamiento excesivo de, familias, bancos, administraciones públicas y todo tipo de instituciones;
-- el increíble boom inmobiliario al que nadie ha sabido poner coto, con especial referencia a los Estados Unidos y a España;
-- el impresionante fenómeno de las burbujas bursátiles con la especulación sin freno como fondo y con sospechas manifiestas de que Wall Street, y por tanto USA, ha engañado al resto del mundo, haciendo desaparecer muchas de sus inversiones;
-- el terrible y peligrosísimo sistema financiero creado, especialmente en los Estados Unidos, con los bancos (instituciones que han llegado a ser tenebrosas e infundir pánico) como sustento, con todo su maremágnum de hedge funds, derivados diversos, paquetes, titulaciones y decenas de otros instrumentos destinados en el fondo a afanar y defraudar;
-- el insultante fallo de las empresas de ráting;
-- la clamorosa incapacidad de las instituciones reguladoras, económicas, financieras y bursátiles para realizar su labor; y
-- la capacidad de nuestras economías para trabajar bajo teorías e interpretaciones falsas.
A ese último tema de las erróneas concepciones económicas se refiere el autor con gran extensión, recogiendo de manera muy detallada las notables aportaciones teóricas hechas en los últimos años, muchas de ellas merecedoras de premios Nobel de economía, relacionadas con las malas prácticas y los errores que dominan el funcionamiento del capitalismo.
Todas sus explicaciones se hacen, sin embargo, con bastante más profundidad, extensión y visión de conjunto que en el caso de muchos otros autores y con unas explicaciones históricas exhaustivas de la evolución económica del capitalismo de los últimos cien años, con especial referencia a sus crisis, a sus burbujas y a sus errores de interpretación de los hechos y de concepción de la teoría económica.
Todos los capítulos desbordan lógica, sabiduría y erudición profundas, tanto el dedicado a los orígenes macroeconómicos de la crisis financiera, con sus referencias a los grandes desequilibrios externos globales, como el de los orígenes de economía política de la crisis, el de los desencadenantes de la crisis y sus efectos sobre la economía real, los de las respuestas llevadas a cabo por gobiernos y otras instituciones en términos de políticas fiscales y monetarias, el de las ayudas y rescates bancarios, que constituye en sí un manual de consulta difícil de encontrar en otro sitio, y los dedicados, en fin, a los cambios financieros necesarios y las reformas regulatorias precisas para después de la crisis, amén del dedicado a España y a su recuperación.
La limpieza ha sido muy buena para mí este mes de agosto. A parte de varios otros de materias diversas he dado cuenta de algunos económicos de los últimos tiempos dentro de los que se incluyen, entre los españoles, a los Abadía, Recarte, Luis de Guindos, Guillermo de la Dehesa, Niño Becerra y varios otros. Todos habían sido leídos a medias en su momento pero esta vez han sido objeto de una lectura reposada y subrayada, sobre todo los más recientes.
El de Guillermo de la Dehesa al que me refiero es "La primera crisis financiera del siglo XXI" que lleva en las librerías, como se sabe, algo más de un año. Es un libro enciclopédico sobre la crisis actual, enormemente documentado y trabajado y que, como siempre ocurre con este autor al que me une una cierta amistad, da una inmensa luz sobre las cosas, producto quizá de que combina las teorías e interpretaciones de los fenómenos económicos aportadas por autores muy diversos con los hechos fehacientes, con las estadísticas y los datos, con las recomendaciones pertinentes de política económica, con las propuestas de reformas y con la sugerencia de actuaciones inmediatas que deberían ponerse en marcha.
Es una visión mundial y comprensiva de la crisis, pero su concentración en el caso de España es magistral, no quedando nada fuera de la aguda mirada del autor, de su inteligente interpretación de los hechos y de su preocupación por que las cosas se resuelvan.
El libro es un paso más, muy destacado, en la impresionante obra de de la Dehesa. Cualquiera que siga sus libros, artículos y publicaciones diversas, aparte de sus actividades internacionales y de todo tipo y de sus relaciones estrechas con los grandes pensadores económicos actuales, estará de acuerdo conmigo en que de la Dehesa es un pilar del pensamiento, el análisis, la política y otros componentes de la ciencia económica. Su obra escrita es sólida, continuada, coherente y brillante. Ante cualquier hecho nuevo y relevante muchos esperamos siempre su opinión en la prensa escrita. Dicha opinión nunca se hace esperar demasiado y siempre es luminosa.
Nuestra sociedad debe estar agradecida a este autor, no sólo leyéndolo y siguiéndolo, sino dándole la importancia que merece y concediéndole los honores que para estas labores deberían existir en nuestra sociedad.
Un libro excelente
Yo leo bastante economía pero hacía mucho tiempo que no leía un libro igual, probablemente desde que leí "Structural Slumps: The Modern Equilibrium Theory of Unemployment, Interest, and Assets" de Edmund Phelps, publicado en 1994 y que en gran manera contribuyó a la concesión a su autor del Premio Nobel de Economía de 2006.
Es un libro excelente pero si uno lo mira bien no existen en él muchas cosas realmente nuevas en cuanto a la crisis actual, sus orígenes y sus consecuencias. De hecho es difícil que las haya con toda la tinta que ha corrido sobre el tema en sólo dos años y medio, pero no importa, sus explicaciones son tan notables, sus fundamentos intelectuales tan sólidos, sus referencias tan exhaustivas y sus argumentos tan convincentes que da gusto leer una obra así.
Por supuesto que se repiten las explicaciones conocidas sobre la crisis financiera tales como:
-- el papel desencadenante de las hipotecas subprime;
-- el apalancamiento excesivo de, familias, bancos, administraciones públicas y todo tipo de instituciones;
-- el increíble boom inmobiliario al que nadie ha sabido poner coto, con especial referencia a los Estados Unidos y a España;
-- el impresionante fenómeno de las burbujas bursátiles con la especulación sin freno como fondo y con sospechas manifiestas de que Wall Street, y por tanto USA, ha engañado al resto del mundo, haciendo desaparecer muchas de sus inversiones;
-- el terrible y peligrosísimo sistema financiero creado, especialmente en los Estados Unidos, con los bancos (instituciones que han llegado a ser tenebrosas e infundir pánico) como sustento, con todo su maremágnum de hedge funds, derivados diversos, paquetes, titulaciones y decenas de otros instrumentos destinados en el fondo a afanar y defraudar;
-- el insultante fallo de las empresas de ráting;
-- la clamorosa incapacidad de las instituciones reguladoras, económicas, financieras y bursátiles para realizar su labor; y
-- la capacidad de nuestras economías para trabajar bajo teorías e interpretaciones falsas.
A ese último tema de las erróneas concepciones económicas se refiere el autor con gran extensión, recogiendo de manera muy detallada las notables aportaciones teóricas hechas en los últimos años, muchas de ellas merecedoras de premios Nobel de economía, relacionadas con las malas prácticas y los errores que dominan el funcionamiento del capitalismo.
Todas sus explicaciones se hacen, sin embargo, con bastante más profundidad, extensión y visión de conjunto que en el caso de muchos otros autores y con unas explicaciones históricas exhaustivas de la evolución económica del capitalismo de los últimos cien años, con especial referencia a sus crisis, a sus burbujas y a sus errores de interpretación de los hechos y de concepción de la teoría económica.
Todos los capítulos desbordan lógica, sabiduría y erudición profundas, tanto el dedicado a los orígenes macroeconómicos de la crisis financiera, con sus referencias a los grandes desequilibrios externos globales, como el de los orígenes de economía política de la crisis, el de los desencadenantes de la crisis y sus efectos sobre la economía real, los de las respuestas llevadas a cabo por gobiernos y otras instituciones en términos de políticas fiscales y monetarias, el de las ayudas y rescates bancarios, que constituye en sí un manual de consulta difícil de encontrar en otro sitio, y los dedicados, en fin, a los cambios financieros necesarios y las reformas regulatorias precisas para después de la crisis, amén del dedicado a España y a su recuperación.
Adolfo Castilla
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Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.
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