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¿Quién teme a Virginia Woolf? El teatro entendido como un circo romano

Interesante versión del texto de Edward Albee, producida por Teatre Romea


Los pasados días 24 y 25 de octubre, el Teatro Alhambra de Granada acogió la representación de una interesante versión del texto del dramaturgo estadounidense Edward Albee, realizada por Teatre Romea. Este melodrama sobre el "sincericidio" sin límites es ahora dirigido por Daniel Veronesse y ha contado con la correcta interpretación de Pere Arquillué y Carmen Machi. Por gärt.




Momento de la representación de "¿Quién teme a Virginia Woolf?". Imagen: Teatro Alhambra de Granada.
Momento de la representación de "¿Quién teme a Virginia Woolf?". Imagen: Teatro Alhambra de Granada.
Los pasados días 24 y 25 de octubre, el Teatro Alhambra de Granada acogió la representación de una interesante versión del texto del dramaturgo estadounidense Edward Albee, realizada por Teatre Romea.

Este melodrama sobre el "sincericidio" sin límites es ahora dirigido por Daniel Veronesse y ha contado con la correcta interpretación de Pere Arquillué y Carmen Machi.

Medea y yo

Cada vez que asisto al teatro con mi amiga Medea tengo por seguro que a la salida me espera una buena conversación -no exenta de desacuerdos- frente a unas copas de vino y buenas dosis de cordialidad. Medea es de esas espectadoras capaces de extraer larguísimas virutas de conocimiento mimetizado de cualquier obra que albergue en su texto algo más que simples palabras.

A veces el teatro contiene alguna pizca de polvo mágico que cada espectador debería ser capaz de percibir y descifrar según su leal saber y entender. En esos y otros artilugios, no conozco a nadie como Medea para exprimir una función, arrebatarle todo su jugo y digerirlo con inusitada lucidez.

Medea ha visto la obra de Edward Albee en distintas versiones y siempre extrae algo nuevo cuando asiste a una propuesta interesante. Para ella no hay nada más satisfactorio que una historia con mucha miga, si la puesta en escena ha sabido captar algo importante de su esencia.

¿Quién teme a Virginia Woolf? es un espejo donde el público burgués de finales de los años cincuenta iba a encontrarse reflejado, donde Albee expondría las debilidades de una sociedad criada entre algodones incapaz de encajar con elegancia el inevitable fracaso y los sinsabores con que la realidad suele frustrar al deseo.

En la arena de este circo romano no se sacrifican esclavos ni enemigos del imperio, sino que los gladiadores que van a descuartizarse han sido escogidos entre los buenos patricios de Roma.

Aunque la clase media de occidente iría sustituyendo en los patios de butacas de los años sesenta a una decadente burguesía, la reacción frente al melodrama de Albee apenas ha cambiado después de cincuenta años. El espectador medio ríe al principio de la obra ante las extravagantes ocurrencias que la pareja de alcohólicos se van regalando mutuamente, si bien acaba con cara de poker cuando la violencia verbal, e incluso física, se apodera del escenario.

En eso estamos de acuerdo Medea y yo. Otra cosa diferente suele suceder a la hora de valorar la importancia que cada uno otorga a lo que viene después.

Para mí, los personajes de Albee no van más allá de la eterna representación de los pucheros de niño mimado, en los que ya se había adelantado Chejov‎. No es ninguna novedad que el burgués acomodado se ha mostrado siempre incapaz de aceptar el fracaso, porque nunca ha experimentado (y sufrido) la verdadera aspereza de la vida. La bebida es, en este caso, esa nube de vapor donde se disipa el rencor que produce de la frustración.

Medea ha ido esta vez más allá: ella piensa que nadie está exento de caer en ese ejercicio de autodestrucción que pasa inevitablemente por la humillación y el escarnio del otro. Todos, no sólo la vieja burguesía occidental, somos susceptibles de dejarnos llevar por los peores instintos cuando sentimos peligrar nuestra dignidad.

Y ahí es donde la mejor defensa es un duro contraataque desposeído de la menor compasión. Por eso, más de uno entre los del público, pasamos de la cara de poker a la de idiota cuando fuimos testigos de ese espectáculo en el que pudimos contemplar lo que somos.

Somos debilidad; debilidad y miedo al fracaso. Nuestra ciega ambición nos condena a eterno lamento. Por eso ladramos como perros asustados cuando alguien nos señala con dedo acusador.

La inversión de los modelos sociales

Después de la segunda guerra mundial hubo un cambio sustancial que marcó la decadencia de la burguesía occidental. Se pasó del comportamiento victoriano basado en la represión de los sentimientos, la ocultación de cualquier cosa que tuviera que ver con los sentidos, y la hipocresía como norma de conducta -aquí podemos situar el icono que llegó a significar la escritora Virginia Woolf‎ - a una imitación de los patrones expresivos de la clase media baja e incluso de los estratos más humildes.

Acaba de surgir la clase media: una masa amorfa, atomizada y subdividida, que sería destinada a cargar sobre sus hombros todo el peso del estado. La clase media es producto de la decadencia de una burguesía culturalmente putrefacta y socialmente obsoleta.

Martha y George, los personajes principales del melodrama, son exponente de esa transformación de la sociedad burguesa. El lenguaje que usan ambos personajes para humillar al otro, ha rebasado ya el nivel medio de la ramplonería. Martha ejercita el poder, o mejor dicho, el abuso de poder, con todo el que tiene a su alcance, mientras George se ha convertido con los años en un consumado especialista en el contraataque.

La sociedad entera se ha contagiado de ese patético uso de la palabra, de ese andar a calzón quitado que va a configurar una obscena forma de falsa sinceridad.

Esa grosera sinceridad que hoy se exhibe de forma abyecta, sin el menor atisbo de pudor, ya no tiene nada que ver con la desnudez del cuerpo. Nuestros cenáculos televisivos entronizan hasta la náusea el comportamiento soez de seres absolutamente insignificantes que sólo aspiran a la notoriedad como medio de vida.

Medea opina que Martha y George, aparte de ser exponentes de una clase social decadente, tienen su corazoncito, y que eso es lo que nos debería importar. Ellos no han podido encajar con un mínimo de elegancia su incapacidad para concebir hijos. Son -y en eso no puedo disentir con Medea- las modernas Yermas, cuya esterilidad se sublima por medio de una maternidad apócrifa.

Los dos personajes principales, se evaden de la realidad reinventándola, adjudicándose un pasado imaginario y unos momentos de felicidad inexistentes. La insatisfacción proviene de su incapacidad para apreciar el valor de las cosas en su justa medida y caer en la fácil tentación de poner el deseo por encima del sentido común.

Yo voy más lejos. En algunos casos -no todos, por supuesto- la naturaleza parece aplicar ciertas dosis de sabiduría. En el supuesto de los protagonistas del melodrama de Albee, la imposibilidad de concebir hijos parece más una bendición que una lacra. No hay más que imaginarse el resultado encarnado en un vástago, concebido y criado por unos padres tan propensos al vapuleo mutuo, el fácil refugio de los psicotrópicos y el permanente estado de frustración.

De esa manera, Albee usurpa el papel de un dios justiciero que evita que el melodrama se convierta una tragedia perpetua. No hay más que ver lo que se nos viene encima a los españoles con un desastre educativo que se prolonga ya a lo largo de los últimos setenta años de despropósitos y experimentos fracasados. Con todo, tanto Medea como un servidor, no sabríamos a quien habría que agradecer que, en medio de este cataclismo cultural, sigan atisbándose honrosas excepciones.

La clase media occidental fracasó desde el momento en que se convirtió en el blanco de las manipulaciones mediáticas e ideológicas. Su utilidad no llega mucho más allá de ser el filón donde descansan las ambiciones recaudatorias de cualquier gobierno.

Gracias a las exenciones fiscales con que se premian las grandes fortunas, la mayor parte de la renta se sostiene sobre las nóminas de una clase media incapaz de ponerse de acuerdo para levantar la voz y pedir equidad a los que administran una riqueza que, en última instancia, no les pertenece.

Medea piensa que el fracaso de la clase media se materializó en la idea de la competitividad, la necesidad de aplastar al prójimo para ascender escalones en la pirámide trófica del materialismo. Personalmente añadiría a la tesis de mi amiga, que los personajes de Albee han fracasado porque fueron llamados pero no elegidos, porque probaron las mieles del triunfo y luego permanecieron estancados en su propia mediocridad.

Referencia:

Obra: ¿Quién teme a Virginia Woolf?
Compañía: Teatre Romea.
Representación: Teatro Alhambra de Granada, días 24 y 25 de octubre de 2013.
Dirección: Daniel Veronese.
Con: Carmen Machi, Pere Arquillué, Mireia Aixalá, Ernest Villegas.



Lunes, 4 de Noviembre 2013
gärt
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Nota

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1.Publicado por Miguel Arnas Coronado el 07/11/2013 09:46
Excelente artículo, de una lucidez demoledora, más sobre la sociedad que retrata la obra de teatro que sobre el teatro en sí.

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