Tendencias 21
Universidad Comillas




Rasgos de la espiritualidad emergente en el siglo XXI

La experiencia espiritual sin necesidad de religión se extiende en nuestra sociedad


En muchos artículos publicados en Tendencias21 de las Religiones se ha insistido en la emergencia en nuestra sociedad de un anhelo de espiritualidad. Pero el reconocimiento de espiritualidad no implica religión ni es tampoco un subproducto ideológico de la religión o de algunas religiones: Es una dimensión vital más básica que supone un desbloqueo importante del ser humano. Algunas personas que se reconocen como ateas valoran en gran manera la experiencia espiritual. Este deseo está siendo recogido también por algunas tradiciones religiosas. Por José Luis San Miguel de Pablos.



El único sujeto real –y sujeto por tanto de liberación- es el ser-con-interioridad, el ser espiritual. Toda ética con auténtico sentido tiene esta base. Todo movimiento de sensibilidad orientado al otro (no sólo a “los semejantes” sino también a “los diferentes”), toda compasión, tiene esta base. Toda utopía de justicia y felicidad universal tiene esta base, aunque sea de forma implícita. Y nada digno de ser valorado, ni por tanto apoyado, puede estar desconectado de este reconocimiento de fundamentalidad, que parte de una mirada introspectiva y se completa con esa “interpelación irresistible por el rostro del otro” de la que habla Emmanuel Lévinas.
 
En este artículo recupero algunas ideas que pueden encontrarse más desarrolladas en mi libro “La rebelión de la consciencia ”, publicado recientemente por Editorial Kairós. Presentamos aquí una adaptación del capítulo tercero.

Para muchas mentalidades, la espiritualidad es una experiencia ligada a las religiones. Pero en estos años, se viene produciendo el reconocimiento de que espiritualidad no implica religión, y de que no es tampoco un subproducto ideológico de la religión o de algunas religiones, sino una dimensión vital más supone un desbloqueo importante de la personalidad humana y una apertura de posibilidades.

Es, en efecto, sumamente importante que agnósticos e incluso ateos, como André Comte-Sponville y Edgar Morin, constaten -en su interior mismo, y en diálogo con sus iguales- que existe un tipo de posibilidad de experiencia que no es reductible al afán de saber (curiosidad científica), a la apuesta metafísica (religión y filosofía) y ni siquiera al impulso altruista de solidaridad, pese a estar estrechamente vinculado a todo eso.
 
Dimensión espiritual de la experiencia humana

No es fácil definir ese ámbito. Puede hacerse, no obstante, asintóticamente, como sucede siempre que nos confrontamos con lo directamente vital, pues no en vano dijo Goethe aquello de “gris es la teoría y verde el árbol de la vida”. Tanteos los llevó a cabo, por ejemplo, Stéphane Hessel en su opúsculo Vivez! (uno de los últimos que escribió) cuando habla de “lo que está más allá de la inmanencia del mundo y de la sociedad”, y de “ese dominio, más allá de la vida material, que podemos llamar de muchas maneras, y que nos atrae como si fuese algo a lo que sabemos que tenemos derecho”.

El definitivo asentamiento de una concepción del mundo evolutiva, que consagra la idea de la unidad fluyente de la Naturaleza (el Río de Heráclito), es sin duda un elemento esencial del nuevo paradigma espiritual en ascenso.
 
El giro paradigmático en marcha tiene además un segundo componente, de importancia igual o mayor. Se trata de la evidencia, que se va extendiendo, de la fundamentalidad de la consciencia, de la interioridad o subjetividad de todo ser humano y de todo ser vivo. Toma de conciencia lenta pero firme, que se da correlativamente a la creciente pérdida de credibilidad del paradigma mecanicista. Numerosos indicios avalan esta opinión.

No todo es egoísmo. Son muchísimas las personas para quienes los demás no son esos “maniquíes que uno ve ir y venir al mirar por la ventana” de que habla Sartre en El ser y la nada, sino seres conscientes, seres con interioridad que, como uno mismo, anhelan vivir una vida plena.

Contradiciendo la opinión, cínicamente interesada, de que ”cada uno va exclusivamente a lo suyo”, es un hecho antropológico que, patologías aparte, todo ser humano cuenta  con una pulsión compasiva más grande o más pequeña, fundada en la certeza intuitiva del ser-consciencia del otro. La interioridad del otro -como dice Lévinas- nos vulnera e interpela a través del rostro vivo. 

Otro síntoma nada baladí es la importancia creciente de los animales en la vida de muchas personas. Es este un fenómeno antropológico de fondo que revela por un lado una necesidad psíquica del ser humano, que se siente muy solo incluso a nivel de especie, y por otro el inicio de un cambio de largo alcance en nuestra comprensión de la vida no humana.

Rasgos del paradigma espiritual emergente
 
Pueden resumirse en cinco:
 
1.  Naturalista, evolutivo, ecológico y sistémico.
 
2. Racionalidad compleja, “no racionalista”. Ética de responsabilidad para con la vida humana, no humana, presente y futura.
 
3. Espiritualidad adogmática, universalista y experiencial. Recuperación de la esperanza.
 
4.  No exclusivista ni excluyente, sino inclusivo y reequilibrante.
 
5. Comprometido con la realidad vivida. “El espíritu en la materia.

Veamos muy brevemente algunos de estos rasgos del paradigma espiritual emergente:
 
Naturalista

La Naturaleza es la referencia. Formamos parte de ella, somos naturaleza. Todo es río que fluye, Hasta la genialidad y la aparente desnaturación cultural y tecnológica forman parte de ese río. Nada hay fuera de él. Y la vuelta al primer plano de la idea de Naturaleza en las últimas décadas va acompañada de la exigencia de “desmecanizarla”, haciendola cercana a la vida y a la conciencia, al espíritu.
 
Evolutiva

El descubrimiento de que la la Naturaleza en su totalidad es idéntica al río de Heráclito, y de que la fuente de dicho río es una suerte de Fiat Lux que se conoce como el big bang es seguramente el de mayor logro significativo de todos los que la ciencia moderna ha hecho. La idea liberadora nueva cuenta, por tanto, con el dato axial de la evolución, del devenir, que unifica dinámicamente a la Naturaleza, y a ésta con la Humanidad.

Quizás el obstáculo mayor que se interpone entre algunas religiones y la ola de fondo espiritual actual sea la insistencia de aquellas en que su mensaje fundacional es “el último”. Esa proclamación choca frontalmente con la naturaleza evolutiva de la vida, que incluye el carácter procesual del aprendizaje y la maduración psicoespiritual de la Humanidad. Tal afirmación es, por lo demás, una de las principales causas de la intolerancia religiosa. No hay fundamentalismo ni integrismo que no insista en que su libro revelado da cerrojazo a toda posibilidad de que claves importantes para la “re-integración” ser humano en el universo sigan fluyendo desde la Trascendencia.

Frente a esto, cabe sostener que lo Real, junto con las implicaciones éticas que conlleva, se revela paulatinamente a la Humanidad a lo largo de la Historia. Llevando algo más lejos la idea jasperiana de la fe filosófica, pienso que se debe admitir una revelación filosófica continuada. Revelación natural qie implica los tres planos básicos que son el intuicional (o filosófico estricto), el racional (o científico) y el sensible-afectivo (y ético, por tanto). La apertura humana a aproximarse poco a poco a la Transcendencia llega hasta el presente y que sigue abierta.

Ecológica y sistémica

Al ser la Naturaleza la referencia y guía fundamental nos acercamos a una espiritualidad ecológica y sistémica. Paradigma ecológico que se implanta en un sentido doble.  

En primer lugar, el obvio: el ser humano ha de abrirse a la reconciliación con su planeta, y las consecuencias de semejante cosa tendrán numerosas manifestaciones, desde globales hasta personales y cotidianas. Cada día está más claro: no hay transformación económica posible que acabe con el hambre en el mundo, con las grandes injusticias y desigualdades..., sin un cambio en profundidad, previo o paralelo, de nuestra relación con la Madre Tierra y con la maravilla de la vida, que nos incluye pero que no agotamos.
 
En segundo lugar el término “ecológico” se refiere a que el paradigma en ascenso no es una ideología cerrada, sino que se halla enraizada en tradiciones diversas, y es dialogante, abierta a intercambios y a resultar enriquecida por ellos. La estructura de la Vida, del Cosmos y de la Naturaleza es toda ella sistémica, es decir, que “entidades integran entidades” y “el todo es más que la suma de las partes”.

Se derivan de ahí importantes consecuencias prácticas: una, que el individuo no puede ser anulado en modo alguno por el Estado (ni por la nación, la tribu, la religión de su clan...), pero que tampoco se debe, en nombre de un individualismo radicalizado, negar que la superestructura estatal ya que es una emergencia que cumple funciones de problemática sustitución; otra, que nadie tiene por qué pertenecer a una sola cosa, vale decir que nadie tiene por qué sentirse “sólo” de su pueblo o de su región, “sólo” español, “sólo” europeo..., y ni siquiera “sólo” cristiano. La complejidad en red de la Naturaleza sugiere fuertemente la posibilidad de las pertenencias múltiples, susceptibles, además, de modificarse.

Por lo demás, “ecológico” no puede en modo alguno significar antihumano. El amor a la Vida –esencia del ser-consciencia encarnado- se enfoca en primer lugar sobre la vida humana. Que ningún ecologista radical se engañe: sin amor por el imperfecto ser humano y por los seres humanos de carne y hueso, ninguna biofilia es creíble.
 
Racional, pero “no racionalista”
 
Aparece con mayor evidencia cada día que el racionalismo no es lo mismo que la Razón. El primero es un “ismo” dogmatizado que presupone unos modos de ser determinados de la Naturaleza, de la mente y del reflejo de aquella en esta. Mientras que la Razón es necesariamente inacabada, ya que implica reconocer de entrada que nuestro conocimiento de la “naturaleza de la Naturaleza”, así como de la naturaleza de la mente y de nuestros modos de aprehensión cognitiva se amplían continuamente.

No parece exagerado decir que una de las causas que hacen que se mantenga el bloqueo psicosocial y espiritual que caracteriza el tiempo presente es el peso que sigue teniendo el viejo racionalismo. El poder que detenta el poco racional racionalismo es un obstáculo serio para emprender una reforma de la racionalidad -no sólo científica sino también social y económica- que necesariamente ha de pasar por profundizar el concepto mismo de razón. Esta no puede seguir siendo abusivamente simplificadora, y de su vocabulario debería desterrarse la expresión “nada más que”.

Edgar Morin en 2008. Imagen: David.Monniaux. Fuente: Wikipedia.
Edgar Morin en 2008. Imagen: David.Monniaux. Fuente: Wikipedia.
Ética de responsabilidad para con la vida
 
La clase de razón capaz de guiar el obrar ético es desde luego una razón que incluye como parte fundamental de ella la compasión. Una razón, en suma, que parte del ser humano integral y toma en consideración la integralidad de la vida.

Un biocentrismo ético consecuente, el mismo que ennoblece -al resituarlo responsable y compasivamente- al hombre sobre la Tierra, nos obliga a considerar nuestro planeta como un todo que no debemos dañar, por nosotros mismos, por nuestros descendientes y por esta maravilla indecible que es la biosfera, el topos del milagro de la vida sintiente, del ser que es para sí.

El fundamento de cualquier ética viva no puede ser más que la compasión por “el otro”, por los demás seres-consciencia, focos vivenciadores –“como yo mismo”- del devenir, el sufrimiento y el goce. La capacidad de reflexión no convierte al humano en el único ser-consciencia sobre la Tierra. Lo que “comprender” sí que conlleva es responsabilidad.
 
Espiritualidad adogmática, universalista y experiencial

La preocupación filosófica a-dogmática es una componente esencial de la nueva sensibilidad espiritual, puesto que implica un retorno a las preguntas “primeras”. Pero la ausencia de relación con las dogmáticas, tanto religiosas como de otro carácter, no significa que la mayoría de las personas que participan de ella no tengan creencias.

Las tienen -aunque no sean las mismas para todas- pero para casi nadie tales creencias se viven como condición de la acogida benevolente de un Dios que exige que se acepten sus revelaciones. Por otra parte, las creencias pertenecen al plano cognitivo-intelectivo, que no es el fundamental en la auténtica espiritualidad, mucho más vinculada a otro tipo de cognición menos, o nada, verbalizable.

Es este adogmatismo lo que hace que la nueva espiritualidad esté tan abierta a lo que algunos denominan sincretismo, y que por mi parte entiendo como capacidad para percibir homologías e identidades de fondo entre tradiciones espirituales diversas, allí donde el creyente de una religión tradicional ve diferencias insalvables.

El rasgo del universalismo nace justamente de ahí. Lo que orienta a alguien hacia la espiritualidad es un latido personal, no un imperativo tribal o identitario. Ese vislumbre de eternidad a que se referió Baruch Spinoza es siempre una experiencia estrictamente personal.

Espiritualidad que recupera la esperanza

...en pugna con la acusada tendencia posmoderna a la desesperanza, surgida como reacción a la creencia ciega en el progreso, típica de la Modernidad. Esperanza no sólo en lo que respecta al mundo. Se trata, en este aspecto, de una vuelta a Kant, al Kant que no podía salvar racionalmente la fe pero sí la esperanza (y que creía que debía hacerlo).

El materialismo filosófico desahució la esperanza, o pretendió, en el mejor de los casos, resituarla fuera del ser autovivenciado, en un futuro colectivo en el solo cabía creer, como si de otra religión ser tratase. El resultado, lo hemos visto, ha sido un fuerte reforzamiento reactivo del individualismo.
 
No exclusivista ni excluyente, sino inclusiva y reequilibrante

La gran mayoría de las dicotomías que nos dividen son complementariedades, o encierran a la vez conflicto y complementariedad. Son además potencialmente fructíferas.  Este enfoque de lo contradictorio es el mensaje fundamental del símbolo taoísta del yin-yang y de la filosofía de la complejidad del gran pensador contemporáneo Edgar Morin.
 
Comprometida con la realidad vivida

La idea-guía espiritual en ascenso no desprecia la materia. Al contrario, asumiéndola la espiritualiza. De ahí que comprometerse con la vida y con la justicia aquí y ahora sea la actitud más consecuente para todo aquel que comprende y comparte el nuevo paradigma espiritual, que apunta asimismo a abolir el divorcio entre lo individual y lo social.

Trabajar por la eliminación de las graves disfunciones que afectan hoy a la vida colectiva, al ser humano colectivo, es de hecho tan necesario como utilizar todos los medios que uno tiene a su alcance para sanar de una dolencia. Sin compromiso social, desde los que encuentran su modelo en Jesús de Nazareth hasta quienes lo hallan en la renuncia del boddhisatva al nirvana por amor de los que siguen atados al Samsara, de Ellacuría y Boff  hasta Gandhi y Aurobindo…, no puede hablarse de auténtica espiritualidad integrada en el cosmos.

Sin descender a la arena, y a veces hasta sin tocar el barro, la espiritualidad deja siempre  sobre ella planear dudas de autenticidad y no acaba de responder a las aspiraciones del hombre real y de la sociedad.
 
La liberación será  también  espiritual o no será
 
Pero, a la inversa, lo superestructural no basta en absoluto. El único sujeto real –y sujeto por tanto de liberación- es el ser-con-interioridad, el ser espiritual. Toda ética con auténtico sentido tiene esta base. Todo movimiento de sensibilidad orientado al otro (no sólo a “los semejantes” sino también a “los diferentes”), toda compasión, tiene esta base. Toda utopía de justicia y felicidad universal tiene esta base, aunque sea de forma implícita. Y nada digno de ser valorado, ni por tanto apoyado, puede estar desconectado de este reconocimiento de fundamentalidad, que parte de una mirada introspectiva y se completa con esa “interpelación irresistible por el rostro del otro” de la que habla Emmanuel Lévinas.
 
El primer paso que hay que dar es, por tanto, reconocernos –con legítimo sentimiento de dignidad− como seres de consciencia, aquello que nos define. No robots biológicos. Las filosofías que defienden esto último, por sesudamente que se expongan y por “progresistas” que pretendan ser no son más que coartadas a medida para la cosificación, la explotación y la tortura de los seres vivos, humanos incluidos, en el contexto del sistema político-ecónomico “mundializado” actual, que se diría que tiende, hoy por hoy, a seguir implantando “el infierno en la Tierra”…, sin horizontes ni perspectivas de avance real.

 
 
José Luis San Miguel de Pablos, Licenciado en Geología y Doctor en Filosofía, es colaborador de Tendencias21 de las Religiones.
 



Martes, 17 de Marzo 2015
José Luis San Miguel de Pablos
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Nota

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1.Publicado por Joaquín González .Alvarez el 18/03/2015 16:48
Estupendo ensayo, magnífica la referencia a la ecología "profunda" en el decir de Fritjof Capra. En el articulo de Tendencias sobre el pensamiento de Knitter, se emplea el témino"ecohumanismo"el cual en mi opinión se aviene con la tesis del Dr. San Miguel de Pablos, al efecto me permito sugerir la lectura de mi artículo en Internet ANTE LA REALIDAD DEL CAMBIO CLIMÁTICO en el cual trato de Ecología y Humanismo. .

2.Publicado por Miguel&Velazquez el 18/03/2015 18:11 (desde móvil)
Excelente paradigma que da respuesta al vacio existencial de la modernidad cientifica

3.Publicado por Pedro Rubal el 19/03/2015 10:26
Como esquema de trabajo me parece muy interesante esta colaboración, porque ofrece una panorámica que invita a desarrollar un poco más "los rasgos" del paradigma espiritual emergente. Es algo que me permito sugerir al autor, a quien felicito por su sencillez expositiva y por esa síntesis que, en m i opinión, está bien lograda.

4.Publicado por Alfonso Sáenz Lorenzo el 20/03/2015 17:46
El excelente resumen que del tercer capítulo de su libro recientemente publicado por el autor titulado "La rebelión de la consciencia", relata con lucidez el renacer actual de una nueva espiritualidad, en la que sin duda participamos en estos momentos muchas personas.
Espiritualidad que la define José Luis San Miguel como adogmática, universalista y experiencial de manera muy sintética y ajustada, y de la que enuncia una serie de rasgos del paradigma espiritual emergente que son ampliados y explicitados un poco más en el excelente libro del autor, que se lee de un tirón y merece un sitio en toda biblioteca que se precie.
En todo caso cabe añadir al respecto que si las confesiones religiosas actuales, poniendo en primer término a la Iglesia Católica por ser la dominante en nuestro país, no son capaces de flexibilizar sus "mensajes fundacionales" de manera más explícita y generalizada, y no solamente y de manera testimonial en las "zonas fronterizas", en coherencia con los rasgos que definen esa nueva espiritualidad, quizás puedan estar perdiendo la última oportunidad para volverse a subir al tren de la historia del que se apearon en parte, y especialmente en el mundo occidental, en todo el largo y profundo proceso de secularización social.

5.Publicado por Beatriz BASENJI el 24/03/2015 19:33
Coincidimos totalmente con lo expresado por el Dr. San Miguel de Pablos.Mayor claridad, imposible.A medida que nuestra espiritualidad despierta y se pone en acción, a la vez que re-descubre la misma Naturaleza, siente un profundo Amor por cada una de sus manifestaciones. Las personas gustan rodearse de animales por la sencilla razón que, siendo ellos seres puros, carentes de negatividad, sus presencias son formas de restaurar en nosotros el imperio del Bien. Lo importante que, millones de seres se encuentran ahora mismo en este maravilloso despertar y las chispas de nuestras esperanzas, irán creando verdaderos faros para toda la Humanidad.

6.Publicado por CachiBrasil el 24/03/2015 23:08
EL CAMINO:

Si crees que tu vida termina con la muerte, lo que piensas, sientes y haces no tiene sentido. Todo concluye en la incoherencia, en la desintegración.

Si crees que tu vida no termina con la muerte, debe coincidir lo que piensas con lo que sientes y haces. Todo debe avanzar hacia la coherencia, hacia la unidad.

Si eres indiferente al dolor y al sufrimiento de los demás, toda ayuda que pidas no encontrará justificación.

Si no eres indiferente al dolor y sufrimiento de los demás, debes hacer que coincida lo que sientes con lo que pienses y hagas para ayudar a otros.

Aprende a tratar a los demás del modo en que quieres ser tratrado.

Aprende a superar el dolor y el sufrimiento en ti, en tu prójimo y en la sociedad humana.

Aprende a resistir a la violencia que hay en ti y fuera de ti.

Aprende a reconocer los signos de lo sagrado en ti y fuera de ti.

No dejes pasar tu vida sin preguntarte: "¿Quien soy?".

No dejes pasar tu vida sin preguntarte: "¿Hacia donde voy?".

No dejes pasar un día sin responderte quién eres.
No dejes pasar un día sin responderte hacia donde vas.

No dejes pasar una gran alegría sin agradecer en tu interior.
No dejes pasar una gran tristeza sin reclamar en tu interior aquella alegría que quedó guardada.

No imagines que estás solo en tu pueblo, en tu ciudad, en la Tierra y en los infinitos mundos.

No imagines que estás encadenado a este tiempo y a este espacio.

No imagines que en tu muerte se eterniza la soledad.

7.Publicado por Pedro Jara Vera el 25/03/2015 00:08
Comparto como aportación a la temática un extracto pertinente de mi libro " El Mundo Necesita Terapia":
¿La espiritualidad es la trascendencia de la realidad?
Entramos aquí en una de las creencias que de forma más virulenta y con más mecanismos de defensa tiende a protegerse. Esta creencia implica una definición sencilla pero casi unánime de la espiritualidad, entendida como la disposición a conectar con aquello que está más allá de la estructura aparente de la realidad, de algún modo en contraste con la materialidad reduccionista de la existencia. Aludir al espíritu de las cosas implica considerar que existe alguna esencia en esas cosas más allá de lo tangible y evidente. De ahí el debate filosófico sobre si las plantas, los animales o las piedras poseen o no espíritu. La espiritualidad se ha conectado, a partir de aquí, con un amplio abanico de experiencias, actividades y sensaciones, ofreciendo una concepción un tanto diferente según cada persona o escuela de pensamiento. Para muchas personas, la espiritualidad es la manera en que encontramos significado, sentido, esperanza, alivio y paz interior en la vida. Generalmente la espiritualidad ha estado asociada a la religiosidad, aunque muchas personas hablan de una espiritualidad laica más vinculada a los valores y principios, o particularmente a actividades como el arte, la música o el encuentro con la naturaleza (Comte-Sponville, 2006).
Como suele ocurrir con todos los conceptos complejos que tienen implicaciones prácticas importantes en nuestro modo de vida, el concepto de espiritualidad y de lo que supone una actitud espiritual ha sido retorcido de diversas maneras por la mente humana, para encontrarle acomodo en el conjunto de las otras creencias y tendencias de cada modelo de pensamiento. A veces requiere una gran sutileza captar cómo ciertos conceptos se configuran y utilizan de maneras patógenas, anidando en la mente de las personas al modo de virus inmateriales (Jara, 2011), lo cual resulta irónicamente manifiesto en un concepto como éste.
¿Dónde está la relevancia de una creencia como ésta en relación con la enfermedad del mundo? Es una relevancia profunda. En síntesis, lo que puedo detectar en mi visión como psicoterapeuta es que la creencia acerca de la espiritualidad como una experiencia de trascendencia de la realidad, es profundamente disfuncional porque tiende a confundir la estructura profunda de las cosas con algo esotérico, como una realidad en otra dimensión o en otra existencia. La paradoja es que, de este modo, la espiritualidad no nos conecta con la realidad profunda y no evidente con la que es preciso mantener una conexión, sino que precisamente nos aleja más de ella.
Si asociamos la espiritualidad con otras vidas, energías, vibraciones o dimensiones etéreas que no pueden validarse más que a través de las experiencias subjetivas particulares, pasamos de la espiritualidad a la especulación, la superstición, la “psicoteología” y el dogma. De este modo, muchas personas que se han alejado de las religiones tradicionales han acogido un tipo de espiritualidad sin Dios igualmente mística, pseudo-religiosa, y bajo la auto-convicción de practicar un estado de conciencia “elevado” consiguen, en verdad, desconectarse de la realidad misma, construir una espiritualidad falaz y un bienestar precario y frágil, como todo lo que se fundamenta en una construcción especulativa y, por consiguiente, dogmática y vulnerable. Pretender que la transformación personal y la toma de conciencia que el mundo necesita se basan en desarrollar este tipo de visión pseudo-espiritual, y una pseudo-psicología simplista aunque emocionalmente seductora, sólo impide que se conciencie y se actúe sobre lo que en verdad requiere una transformación en nuestra visión y en nuestro modo de vida.
Este tipo de religiosidad moderna es tan propicia para la patología del sistema como la religiosidad tradicional, pues ambas pervierten y hasta invierten algo tan necesario en la terapia del mundo como es el cultivo de una espiritualidad adecuadamente entendida. La lectura de esta afirmación no se puede interpretar como que deseo imponer pretenciosamente mi particular definición de la espiritualidad, así como un terapeuta digno de serlo no pretende imponer a ningún paciente sus particulares creencias y conceptos. La cuestión estriba en que hay que salir primero de las creencias y conceptos arraigados, para poder identificar y elegir aquellas ideas que, sencillamente, nos ayudan a encontrar y mantener el mejor equilibrio y adaptación. Éstas serán las creencias funcionales.
Como he señalado, la gran paradoja a lo largo de la historia es que la religión, habiendo pretendido patrimonializar la experiencia espiritual, no sólo no ha contribuido a una verdadera o adaptativa espiritualidad, sino que irónicamente nos aleja de ella. Y afirmo que esto es igualmente cierto para las pseudo-religiones y pseudo-psicologías contemporáneas. Pero la dominación abusiva de unos seres humanos por otros ha sido propiciada, de maneras distintas, tanto por la exaltación de las doctrinas religiosas en el pasado, con todos los mecanismos de control psicológico que ello permite, como por la reducción de la influencia religiosa en nuestras sociedades modernas, debido al materialismo e individualismo exacerbado que ello ha desatado y que propicia otros mecanismos de control diferentes como los que venimos revisando.
A lo largo de todo el texto vengo haciendo continuas alusiones a lo que podría entenderse como una visión más ajustadamente espiritual: cultivar la percepción de la conexión de todo lo existente como una gran unidad organísmica, mantener la atención al sistema global y a las interacciones y reciprocidades continuas que alberga (todo lo cual implica intentar llevar el altruismo recíproco a su máxima expresión); ver mucho más allá de las consecuencias inmediatas y aparentes de las cosas; percibir y respetar las necesidades profundas y naturales que albergamos como seres humanos, más allá de los deseos o caprichos inmediatos y aparentes; aprender a comprender la relación existente entre las distintas personas y seres vivos y entre los distintos niveles a través de los cuales nos configuramos, trascender a los conceptos y creencias que manejamos y que oscurecen o distorsionan nuestra visión de todas estas realidades… Una creencia mucho más funcional para activar recursos y acciones en verdad curativas es la que entiende la espiritualidad no como una trascendencia de la realidad (ir más allá de ella), sino como una conexión más profunda y sutil con ella (entrar más en ella), traspasando las apariencias conceptuales, y las estrecheces y divisiones egocéntricas y cortoplacistas que hacen que el pensamiento oscurezca nuestra conciencia de esa realidad. En tal sentido, un conocimiento holístico y objetivo de las cosas propicia la correcta espiritualidad, por lo que estimo que la ciencia integral, juiciosamente entendida y aplicada, se vuelve no un tipo diferente de conocimiento al conocimiento espiritual, como tradicionalmente se ha venido entendiendo, sino precisamente un fundamento insoslayable del mismo.
Así que la correcta espiritualidad se conecta con la correcta ciencia, y por supuesto se conecta con el amor, porque el amor no es sino la viva comprensión de la unidad, de la conexión real existente entre todas las cosas; y se conecta con la felicidad, porque ésta solo puede ser sólida cuando se asienta en el amor y en el conocimiento, en niveles profundos de comprensión y conciencia. La espiritualidad consiste en cultivar la lucidez que nos permite ver la realidad, material e inmaterial, que hay más allá de todo lo que son productos del pensamiento, y no en acomodarse engañosamente en estructuras de pensamiento que nos alejan de la realidad. La espiritualidad, de este modo, no es un complemento de la Psicología, sino básicamente una profundización en ella y un aspecto de ella. Una actitud así no es nada sencilla en el mundo que hemos creado, así que necesitamos cultivar una verdadera educación o formación espiritual. El mejor desarrollo posible de una actitud adecuadamente espiritual es insoslayable para la salud del mundo.
Es también importante entender que la disfuncional espiritualidad mayoritariamente vigente se ha mantenido a lo largo de la historia por un cúmulo de motivos. Entre éstos, doy especial relevancia al propósito de huida, a través de autoengaños precariamente reconfortantes, de lo que me atrevería a catalogar como las tres grandes verdades incómodas, profundamente relacionadas entre sí, cuya plena asunción e integración -que no huida- constituiría sin embargo, por todo lo expuesto, un ejercicio profundamente lúcido y espiritual. Me estoy refiriendo a lo que denominaré la incontrolabilidad e impredictibilidad, la transitoriedad, y la insignificancia.
1. La incontrolabilidad e impredictibilidad. Nos guste o no, existe en la experiencia de cada uno de nosotros una constante y enorme cantidad de situaciones que están fuera de nuestro control de influencia y de nuestra capacidad de previsión, y sobre las cuáles simplemente no conocemos o nos es incluso imposible llegar a captar su explicación. Dirimir adecuadamente los límites de este hecho nos permite aceptar con mayor ecuanimidad todo aquello que de forma inevitable se nos impone y ante lo cual somos impotentes (a menudo el problema no es que nos sintamos impotentes, sino no asumir cuando ciertamente lo somos); por otro lado, permite que concentremos nuestra atención y nuestro esfuerzo en todo aquello sobre lo que realmente tenemos posibilidad de influencia, y que empieza por la asunción de una plena autorresponsabilidad. La plena autorresponsabilidad implica también, por tanto, la plena aceptación de todo aquello sobre lo que no somos responsables. Ésta es una cuestión crucial para imprimir a nuestra sociedad y a nuestros sistemas de vida los cambios en verdad requeridos, y para eludir las actitudes de conformismo y sumisión.
Por otro lado, aprender a convivir calmadamente con la incertidumbre y con la quietud del simple “no saber”, sin tentar explicaciones especulativas, es un ejercicio profundamente difícil para nuestro ego, pues nuestra estructura cerebral soporta mal, en general, la incertidumbre. Por ello es preciso el entrenamiento que estimule un nuevo proceso evolutivo. Las religiones, como cualquier forma de pseudo-espiritualidad, oscilan entre la ilusión de control y la explicación engañosa pero consoladora de esta realidad tan incómoda para nuestra mente, que tiende a crear seguridad siempre procurando control y certeza, aunque sean inventados y especulados (“existe un destino escrito”, “será la voluntad de Dios”, “si ocurre es porque ha de tener un propósito adecuado”, “con voluntad y pensamiento positivo todo es posible”, “el comportamiento adecuado es éste porque lo dice una sabiduría superior que nos ha sido transmitida”…).
2. La transitoriedad. Como una particular y trascendental variante de la incontrolabilidad y la incertidumbre tenemos el hecho de que existe una profunda transitoriedad e impermanencia en todas las cosas, incluida por supuesto nuestra propia existencia. La tendencia al apego, a la identificación con nuestras ideas, símbolos y posesiones, y la huida del presente para vivir en la temporalidad del pensamiento, determinan que el carácter transitorio y a veces hasta efímero de todas las cosas resulte algo tremendamente amenazante y doloroso. Esta inmadurez psicológica bastante generalizada de nuestra especie para la aceptación de “lo que es” genera una fuerza poderosa para el desarrollo de la pseudo-espiritualidad, construyendo todo tipo de especulaciones consoladoras en lugar de quedarse en la realidad del presente, y propiciando, de este modo, fragilidad y abundantes efectos secundarios negativos. El apego a creencias sobre la reencarnación, el cielo que nos inmortaliza, la migración de las almas o, en definitiva, la existencia de otras dimensiones que dan sentido y justicia a ésta, son productos de este mecanismo de defensa vinculado al ilusionismo (Freud, 1974).
3. La insignificancia. La tercera gran realidad incómoda que una actitud verdaderamente espiritual permitiría integrar es el hecho de nuestra “insignificancia” personal. Asumir que cada uno de nosotros somos “un grano en el desierto y un soplo en la historia” no es un ejercicio de apocamiento, sino sencillamente lo opuesto a lo que cultiva un paradigma egoico, narcisista, y constituye un ejercicio de verdadera liberación de cargas y una actitud ante la vida mucho más sencilla, lúdica y humilde. La pseudo-espiritualidad, paradójicamente, predica y prescribe la humildad, la sencillez y la aceptación, pero lo hace desde una visión antropocéntrica del mundo, donde supuestamente todo nos pertenece; pretende que el ser humano doblegue su ego inclinándose ante una divinidad superior, pero asumiendo que todo lo demás nos es inferior. Pero la verdadera humildad no requiere asumir especulativamente que existe un ser superior, sino que basta con asumir, y esto es más costoso, que no existe ningún ser inferior. Considero que un respeto básico a la naturaleza, y un uso no meramente mercantilista del planeta, necesita de esta comprensión.

8.Publicado por Ana el 29/03/2015 21:45
Señor Pedro Jara, entiendo que si es usted psicoterapeuta, le molesten sobremanera la forma en que los demás gestionan sus propias desventuras por libre y sin su ayuda. A todos nos molesta la competencia. Pero, si de realidades "empíricas" estamos hablando, le aseguro que a una mujer que le han asesinado a sus seis hijos en la guerrilla colombiana (historia real) y cuya única esperanza es que ellos vivan ahora en un mundo mejor, el consuelo que usted pueda ofrecerles le va a parecer nimio en comparación con el que le ofrece su fe. Sobre todo, si el consuelo que usted le ofrece le va a costar 50 dólares la hora.

¿Que al final resulta que Dios no existe y no hay otra vida? La mujer colombiana no se llevará ninguna amarga decepción, pero al menos mientras vivió lo hizo en una relativa paz que ni usted, ni ningún otro psicoterapeuta le va a otorgar a menos que la entierre en pastillas. Y este ya era mi parecer mucho antes de leer a Pascal.

Por cierto, compruebo que suele añadir usted el prefijo "pseudo" a todos aquellos conceptos que no encajan en sus muy consolidados esquemas fisicalistas. Muchas de las ideas de Freud (a quien usted cita como valedor de su doctrinario sobre el "apego a las creencias como mecanismo de defensa" ¿acaso no usa usted también sus creencias, sean cuales sean, del mismo modo?) son consideradas también "pseudos" hace mucho. También habla peyorativamente de "dogmas" mientras usted está soltando uno tras otro a lo largo de toda su larga parrafada. Pero los dogmas son como las mochilas, sólo vemos las que cargan los demás.

Sin acritud. Saludos de alguien que no practica ninguna religión, la fisicalista tampoco.

Y suerte con su libro.

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