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Recordatorio de un mundo artificial: “Geografías apócrifas”, de José Luis Gärtner

El autor granadino publica con Talentura una novela que refleja el sinsentido de un protagonista –condenado a no poder escribir-, su entorno y su momento histórico


“Geografías apócrifas”, novela del escritor granadino José Luis Gärtner publicada por la editorial Talentura, combina varias de las características de las narraciones del siglo XX, como el hecho de versar sobre la nada y el absurdo o de carecer de un “final” al uso. Estas características sirven al autor para describir un mundo puramente artificial en el que no se debe bajar la guardia; y una sociedad condenada, como Sísifo, a trabajar de manera permanente y sin sentido. Por Miguel Arnas.




El siglo XX ha sido pródigo en explicar la nada. Después de una novelística del siglo XIX llena de anécdotas, intríngulis, argumentos rocambolescos en algunos casos, tramas llenas de suspense, aunque el suspense sigue apreciándose incluso en el siglo XXI, los grandes novelistas del siglo XX se empeñaron, en algunos casos, en explicar la nada.

James Joyce con su Ulises narró la peripecia vulgar y aburrida de un día en la vida de un dublinés, Kafka contó cómo un tipo es contratado como agrimensor por un Castillo y no consigue ocupar su puesto por problemas burocráticos, o cómo otro, acusado nadie sabe de qué, ni siquiera él mismo, es obligado a defenderse para al fin… ya saben ustedes.

Hermann Broch contó la larga agonía del poeta Virgilio empeñado en quemar su gran obra, la Eneida, por considerarla imperfecta. Samuel Beckett dejó que el hilo argumental se transformase en absurdo y silencio. Claro que luego, Joyce usó la anécdota, el argumento, en Retrato del artista adolescente, Kafka fue cuento en sus cuentos y en La Metamorfosis y Broch tiró del viejo estilo en la trilogía Los sonámbulos.

Por no citarlos todos, porque en la Montaña Mágica, de Thomas Mann, tampoco es que ocurra gran cosa. ¿Qué mantenía y sigue manteniendo en pie esas novelas? El lenguaje. El lenguaje, la reflexión sobre la propia literatura y la innovación narrativa, lo que se ha dado en llamar narratividad.

Sísifo en el centro comercial

Si algo refleja bien nuestro siglo XX y también este principio del siglo XXI es el mito de Sísifo, ya saben, aquel titán que engañó a los dioses y fue condenado a subir una piedra hasta la cima de un monte, piedra que caía hasta el valle poco antes de llegar a la cima, por lo que jamás cumplía su condena.

Ese mito, y la tela de Penélope, hecha y deshecha cada noche, son los símbolos del trabajo que ha impuesto ese sistema llamado capitalismo, sistema que está completado, porque si no, no habría quién lo soportase, y se demostró desde mediado el siglo XIX hasta el estado del bienestar, por la ilusión de adquirir bienes con el dinero ganado trabajando, bienes cuya posesión, siempre escasa porque, por descontado, el salario no da para mucho, nunca satisface del todo, lo que nos impele “sísifamente” a subir la piedra del trabajo para ver cómo el dinero ganado se gasta en fruslerías, aunque a veces no tan fruslerías porque comer es necesario, antes de haber ganado la siguiente soldada.

Ese es el absurdo del que hablaban los existencialistas y especialmente Marcel Camus. El paradigma de ese sistema, el lugar sacrosanto donde cumplimos el rito de esa nueva religión contra la que somos incapaces de luchar, el templo del sumo sacerdote donde se oficia la misa de gastarse en fruslerías lo que se gana con sudor y así reproducir sempiternamente el sistema porque yo lo trabajo, yo gasto y así tengo que trabajar más, no sólo para volver a gastar sino también para que yo y otros tengamos más productos que comprar, esa gran catedral o ermita es el Centro Comercial.

La nada y el absurdo existencial. Incluso la autodestrucción, como en la gran novela del siglo XX, Bajo el volcán. Para soportar eso, o hay que tener mucho dinero o hay que tener una enorme fuerza vital o hay que tener la lucidez a la altura del betún, es decir, ser más tonto que un zapato, aunque el protagonista de esta novela niegue esta opinión mía y asegure que la tontería no da la felicidad.

Bien, ya nos acercamos a la novela del escritor José Luis Gärtner (Granada, 1964), Geografías apócrifas (Talentura, 2014). En ella, un individuo trabaja en un Centro Comercial. Para más inri, maneja una máquina abrillantadora de suelos, con lo que repite un día sí y otro también el mismo trayecto en la lenta maquinita, pasando y repasando por los mismos pasillos, plazoletas y vestíbulos. Además quiere, angelico, escribir.

El protagonista de la obra pretende escribir una novela y nunca lo logra. Es Atanasio Ropero, un hombre que trabaja durante el día, vive en lo que él llama “el armario” - una diminuta habitación en el mismo Centro-; y por la noche acude a la taberna de Adalberto, cercana al Centro Comercial, donde bebe absenta, como Jarry, como Toulouse-Lautrec.

Atanasio Ropero tiene un presente, el que se acaba de exponer, tiene un pasado como hombre normal, casado, con un trabajo mejor que el actual, con casa propia. Lo que no tiene es futuro, ningún futuro. Y no porque vaya a morir o porque se esté suicidando lentamente con media botella de absenta diaria, que también, sino porque, exento de pasado, con un presente impresentable, ¿qué futuro va a tener?: sobrevivir apenas, como tantos y tantos que sobreviven en nuestra sociedad.

La realidad y el deseo

Al no tener futuro, la novela tampoco puede tener final. Ese es otro hallazgo de la novela del siglo XX. ¿Cuándo acaba el Ulises?, cuando finaliza ese día inmenso, el 16 de junio de 1904. ¿Acaba la vida de los personajes, o cuanto menos cambia radicalmente? No, acaba el día y la sarta de palabras en las que consiste la obra. Igual acaba la novela de Gärt.

Hay al final un encuentro, sí, un encuentro con una mujer de vida semejante a la de Atanasio, pero no es un encuentro que modifique nada, sólo un encuentro, algo ligeramente más humano que todo el absurdo e inane anecdotario que ocurre en el Centro Comercial. En realidad, la novela habla del deseo y de la realidad, asuntos sempiternamente contrapuestos.

Al principio hay una voz en off, una especie de segundo yo del protagonista que le inquiere, que lo pone en duda, que se ríe de él. Esa voz se va diluyendo a lo largo de la novela hasta desaparecer casi completamente o ser expulsada por el protagonista cuando éste está ya borracho y como aquel bateau ivre, aquel barco ebrio de Rimbaud, intenta atravesar el aparcamiento del Centro para volver a su habitación, a su armario.

Entonces, ¿no ocurre nada en sus páginas? ¡Por supuesto que ocurren cosas!, tanto en la cabeza del protagonista, con un monólogo interior muy cercano al habla cotidiana, al habla de usted y de mí, con sus tacos, sus frases hechas, sus sarcasmos hacia los demás y hacia uno mismo, sus intervenciones de ese otro yo, de ese Pepito Grillo que se mete donde a veces no le llaman, con sus obsesiones al estilo de Molly Bloom en el último capítulo del Ulises, pero, y ahí está la gracia, no es un calco culterano del monólogo de la mujer del protagonista de la novela de Joyce, sino algo más cercano al habla, en el sentido que la diferenciaba Saussure del lenguaje, algo más popular, digamos, más próximo a lo que hablamos y pensamos nosotros, los seres reales.

Pero también hay cosas que ocurren u ocurrieron en el Centro Comercial. Están el papel del odiado jefe de mantenimiento, el gusto de Atanasio por la dependienta del bar Coronado o el caso del director de la sucursal bancaria que ejerce su poder y el acoso laboral con una de sus empleadas.

Pero, sobre todo, transcurre la vida del personaje, en cuya narración parecen contraponerse un absurdo y alienante trabajo monótono con el acto creativo de escribir, el acto sempiternamente fallido de ese protagonista que no logra jamás emborronar un folio. De nuevo, la realidad y el deseo.

Todo debe ser útil

La verdad es que esta novela, inevitablemente, me ha sugerido la que Vila-Matas llama literatura Bartleby, es decir, la narrativa que habla de personajes o escritores que optaron por no escribir, o incluso como el mismo Bartleby, el protagonista de Melville, optaron por no vivir, no suicidándose, sino dejándose llevar, abandonándose a la no existencia.

Sólo que aquí el personaje no opta por no hacer lo que desearía hacer, con la célebre frase de ese Bartleby “preferiría no hacerlo”, sino que es incapaz de hacer lo que quiere hacer: escribir. Quiere y no puede, es impotente. Otra metáfora de la realidad: toda la sociedad es impotente, y no porque no podamos rebelarnos sino porque, al menos, todos tenemos móvil, que es lo único importante.

Pero hay una paradoja, y esa palabreja se nos ha pegado, y no sólo por el nombre de ese Centro Comercial (Doha, tan similar a la doxa griega), sino porque la novela está hecha, está escrita, la ha escrito el propio Atanasio Ropero o, lo que es lo mismo pero no, no del todo ni mucho menos, el propio José Luis Gärtner.

Para ir acabando, quiero destacar algunas perlas, frases que alcanzan la categoría de sublimes por lo lúcidas y, en cierta forma también, por lo nihilistas. El protagonista dice de sí mismo “lúcido de día, ciego de noche”, y eso es lo que se nos obliga a vivir y nosotros accedemos, en efecto: debemos estar lúcidos de día, en el trabajo, es decir en el negocio, siguiendo la etimología de la palabra no-ocio, y ciegos en la noche, en el ocio, ciegos para consumir lo que debemos obligadamente que consumir, dándole la razón a Ernst Jünger cuando denunciaba que el Trabajador trabaja hasta cuando no lo hace, y eso lo decía observando a esos grupos de turistas que siguen a un individuo o individua que enarbola un paraguas o un abanico.

Luego, el hecho de que, según la alucinación del personaje, la solería del Centro Comercial, esa que él pule y pule todos los días con su máquina, está fabricada con polvo de huesos humanos, y ahí toca un tema que también a mí me subyuga: el de la utilidad, el de que todo debe ser útil, y digo útil, útil social y económicamente, no estoy hablando de reciclajes.

“Es la artificialidad lo que nunca duerme”, dice el protagonista. El mundo que describe Gärtner es artificial, puramente artificial, de modo que no debe dormir jamás, no debe bajar la guardia.

Y por último, “El Doha es el mundo”, y ahí sigue, aunque estoy seguro que a él le irritará esta alusión mía, o cuanto menos se revolverá como serpiente en su guarida, sigue la recomendación de Tolstoi: describe bien tu aldea y describirás el mundo.

Lean ustedes esta novela y piensen, si es que pueden soportarlo. Porque pensar puede ser doloroso, a veces es mejor no hacerlo, pero entonces nos acercaríamos tanto a las hormigas de un hormiguero que nos podrían crecer antenitas.


Jueves, 26 de Junio 2014
Miguel Arnas
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