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Refugiados climáticos de Bangladesh sin soluciones reales




Hace cuatro años, el ciclón Aila golpeó a Bangladesh, causando grandes inundaciones y sembrando destrucción a su paso. La población del Koira, en el sur del país, es una de las más perjudicadas de los 11 distritos afectados y todavía no se recupera del impacto. La familia Jaman fue una de las 41.043 que sufrieron […]

Hace cuatro años, el ciclón Aila golpeó a Bangladesh, causando grandes inundaciones y sembrando destrucción a su paso. La población del Koira, en el sur del país, es una de las más perjudicadas de los 11 distritos afectados y todavía no se recupera del impacto.

La familia Jaman fue una de las 41.043 que sufrieron las consecuencias del fenómeno natural. Al igual que la mayoría de sus vecinos estuvieron ocho meses sin hogar y sobrevivieron gracias a los suministros donados por organizaciones humanitarias.

Unas 23.820 viviendas quedaron totalmente dañadas en Koira. Cuando el agua retrocedió, el gobierno entregó a cada familia 20.000 taka (unos 260 dólares) para que se construyera una nueva casa.

La familia Jaman construyó tres chozas de barro, madera y cartón corrugado. Pero no tiene grandes expectativas para el futuro; sabe que el próximo ciclón, que tarde o temprano llegará de la bahía de Bengala, a 20 kilómetros, arrasará con todo. Solo resistirán las casas de los más ricos, hechas de materiales más sólidos.

Sin embargo, esa no es su principal preocupación. Más angustiante es la falta de ingresos estables. La familia Jaman forma parte del 40 por ciento de los 155 millones de bangladesíes pobres. Antes, su condición era precaria, pero nunca pasaban hambre.

Como Koira está en una región agrícola, la gente podía sobrevivir con sus cultivos. Los que no tenían tierras trabajaban para los agricultores. En tiempos de crisis, siempre había un vecino en mejor situación que daba una mano.

Pero el ciclón Aila lo cambió todo. No solo se destruyeron 203 hectáreas de cultivos en Koira, según estimaciones de la oficina local de la organización UNO, sino que quedaron tierras anegadas durante tres años. Ahora que el agua retrocedió, el suelo quedó salino y totalmente estéril.

Los que antes eran ricos y podían ayudar, ahora ya no pueden hacerlo ni ofrecer empleo.

“Antes de Aila tenía una huerta tan densa en mi terreno que no entraba el sol”, relató Shafiqul Islam a IPS. Pero se marchitó por el ciclón y la salinidad del suelo.

Islam, representante local de la gobernante Liga Awami, es rico según los parámetros locales porque tiene una casa de material. Pero sus tres chozas cubiertas por láminas de metal oxidado y cañas no tienen nada de especial.

Unas 40.000 personas, de las 193.000 que vivían en Koira, emigraron después del ciclón, y alrededor de la cuarta parte de ellas regresaron, según Islam.

Entre los que se fueron están los tres hermanos de su vecino, Robiul Islam, quien se quedó con su madre y un hijo de cinco años.

Robiul Islam conduce un “rickshaw” (coche tirado por una persona) de alquiler por lo que gana unos 80 taka (alrededor de un dólar) al día. Su objetivo es llegar a unos 200 taka (2,5 dólares). Eso es lo que cuesta un saco de arroz de cinco kilogramos, que la familia consume en dos días.

Además, eso es lo que ganan a diario sus hermanos, también conductores de rickshaws, en la ciudad. Después del ciclón se mudaron a Julna, a tres horas de automóvil de Koira.

IPS se reunió con algunos refugiados de Koira allí. Viven en las afueras de la ciudad en chozas como las que tenían en su comunidad, en la que caben cuatro personas, y pagan 200 taka al mes.

La mayoría de los hombres tiran de rickshaws y ganan lo suficiente como para mandar dinero a su familia. Uno de ellos, Abdullah, dijo a IPS que envía entre 1.500 y 2.000 por mes a sus padres que quedaron en Koira.

Pero Hafeeza es pobre entre los pobres. Cocina para los conductores de rickshaws y gana 200 taka, como ellos, pero al mes. Dice que le alcanza para ella y su hijo de siete años. “Por lo menos no tengo que pagar alojamiento ni comida”, explicó a IPS.

En Koira, la población dice que no sabe nada del cambio climático ni está enterada de que Bangladesh ocupa el primer lugar del mundo en términos de su vulnerabilidad a las consecuencias de este fenómeno, según el Índice Global de Riesgo Climático de Germanwatch.

“Tenemos todos los desastres naturales salvo, quizá, una erupción volcánica: ciclones, inundaciones, sequías y hasta terremotos”, señaló M.D. Shamsudoha, director del Centro de Investigación y Desarrollo Participativo, con sede en Dacca.

“Después de cada desastre natural, entre 50.000 y 60.000 personas emigran a las ciudades, pero la migración permanente no figura en las estadísticas”, observó Shamsudoha a IPS.

Los expertos prevén que en 2050 habrá unos 250 millones de refugiados por culpa del cambio climático. De ellos, entre 20 y 30 millones serán de Bangladesh.

Dirigentes políticos y especialistas en ambiente del gobierno sostienen que están preparados para luchar contra los efectos del recalentamiento planetario. Bangladesh estuvo entre los primeros países menos adelantados en adoptar una estrategia nacional para contener este fenómeno en 2009, subrayaron.

Pero las organizaciones no gubernamentales (ONG) locales son escépticas. Según ellas, el gobierno es bueno diseñando políticas, pero no implementándolas.

Shamsudoha dice que el Estado destina fondos a proyectos a gran escala, como la construcción de barreras costeras y refugios o planes de reforestación, pero debería priorizar iniciativas locales y de adaptación. Según las autoridades, hay suficientes programas de ese tipo en zonas de riesgo, pero no atienden el problema en toda su dimensión.

Entre las invenciones probadas por algunas ONG locales y agencias de la Organización de las Naciones Unidas están las “aldeas resistentes a desastres”, “escuelas flotantes con energía solar” y “refugios para inundaciones multipropósito”.

Científicos bangladesíes también desarrollaron una variedad de arroz resistente a un terreno con salinidad moderada. Pero según los pronósticos, la producción de cereal caerá 32 por ciento para 2050 y la población aumentará a 130 millones de personas.

En vez de esperar que el agua salina retroceda, muchos agricultores se dedicaron a cultivar camarones. Pero los más pobres no tienen los recursos necesarios para invertir en esa actividad, la que, encima, supone otro desastre para ellos: el líquido de los estanques se filtra a los campos vecinos.

Además, los camarones no contribuyen a la seguridad alimentaria en un país que consume principalmente una comida elaborada a base de puré de lentejas, arvejas y frijoles combinados con arroz. Pero cada vez son más los agricultores que venden sus arrozales a cultivadores de camarones o de mango y emigran a las ciudades. No les queda otra opción.



Fuente : http://www.ipsnoticias.net/2013/10/refugiados-clim...


Lunes, 28 de Octubre 2013
Robert Stefanicki
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