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Siete papas, balance de una época

Con Francisco está en juego el futuro del papado, según Hans Küng


El afamado teólogo Hans Küng analiza en su nuevo libro, Siete Papas, el balance de una época de la iglesia católica a partir de su experiencia personal con los siete pontífices que ha conocido: desde Pio XII a Francisco. Considera que con el último papa no está en juego solo el futuro de un pontificado en particular, sino también el futuro del papado en general. Por Juan A. Martínez de la Fe.



Hans Küng ha aparecido de nuevo en las librerías con una nueva aportación: Siete Papas. Experiencia personal y balance de la época. (Trotta, Madrid, 2017). Con ella, pretende escribir desde la experiencia personal con los siete pontífices que ha conocido, tanto como testigo de la época como conocedor privilegiado de lo católico.
 
No se trata de una historia crítica, de la que necesariamente habría de esperarse una neutralidad y exhaustividad, no. Se trata de contar una serie de experiencias muy individuales, sometidas, por tanto, a la subjetividad. Unas experiencias no vividas de manera voluntaria, sino como consecuencia de los saberes teológicos del autor.
 
Una cosa sí deja clara: su visión ha estado siempre orientada a la proximidad del Evangelio de Jesús y, desde esa óptica, emite sus opiniones.  “Se trata en conjunto  de la contribución crítica de un comprometido testigo de la época que se esfuerza a buen seguro por ser justo, pero que, precisamente por eso, no podía ni puede por menos de dirigir su mirada también a los lados oscuros o grises, a menudo desatendidos o deliberadamente ignorados, de la historia de los papas y prestar su voz a las víctimas de la política y la doctrina papales”. De todos son conocidas las negativas consecuencias que sobre su vida ha tenido el sostener esta postura.
 
No se trata de una obra nueva, aunque sí novedosa. No es nueva porque sus páginas recogen lo que, de manera esparcida, nos ha contado Küng en los amplios volúmenes de sus memorias; pero sí es novedosa porque presenta de manera articulada y estructurada lo que en aquellos aparece de manera dispersa.
 
El libro presenta una disposición reiterada en cada uno de los personajes: se abre con una foto del papa analizado, junto a una pequeña biografía con los datos más relevantes, no más allá de cinco o seis, para continuar con el desarrollo del comentario.
 
Evidentemente, el centro de sus páginas no son los papas, sino el propio autor; desde su plataforma personal, va desgranando tanto su visión general del papado como las relaciones que con cada uno de los protagonistas mantuvo.
 
Características de un papa
 
En varias ocasiones a lo largo del libro, Küng expone los puntos que él, junto a otros teólogos, estima que son las características del pontífice que necesita la Iglesia hoy. Son, resumidamente, éstos:
 
1. Un papa de mentalidad evangélica. “En esta hora histórica necesitamos un papa que se oriente básicamente en consonancia con los requisitos del Evangelio de Jesús y, justo así, tenga ojos para las necesidades de nuestros contemporáneos”. Achaca, pues, a la actual estructura eclesial el que no haya evolucionado, por lo que demanda un papa que, lejos de aferrarse al derecho canónico medieval, se guíe por la brújula del Evangelio, que en todos los problemas pendientes apunta hacia la libertad, la misericordia y la filantropía.
 
2. Un papa que sea un obispo colegialmente unido a los demás obispos. Es decir, se trataría de un pontífice que restableciese su colegialidad con los demás obispos, algo que existe en la Iglesia desde los primeros siglos y que fue solemnemente confirmado por el Vaticano II; que no entendiese unilateralmente la Iglesia como un aparato de poder que excluye el diálogo, sino como una comunidad de fe, como pueblo de Dios, a cuyo servicio se encuentran el propio papa y los obispos; que considere los ministerios eclesiásticos como un servicio a las personas; que no se presente como un autócrata, sino como obispo guía, encuadrado en el colegio episcopal, al servicio de todo el ecumenismo; que no espere de los obispos una obediencia ciega y fidelidad a la línea oficial, sino, en unión con el papa, responsabilidad personal de buenos pastores que, en el espíritu de Jesucristo, se identifica primordialmente con las personas de su diócesis y su país.
 
3. Un papa que sea pastor de almas con una actitud positiva ante las mujeres. ¿Qué se pretende con esta expresión? Pues solicitar que el papa rechace el sexismo y el patriarcalismo  en la Iglesia y la división de la Iglesia en miembros de primera y segunda clase; que garantice el derecho de las teólogas y los teólogos a manifestar libremente su opinión; que renuncie a veredictos moralizantes en problemas complejos, como la contracepción, el aborto y la homosexualidad; que respete el derecho de los ministros eclesiales al matrimonio, tal y como se recoge en el Nuevo Testamento y en la historia de la Iglesia; que no mantenga de manera inmisericorde a los divorciados vueltos a casar, alejados de la eucaristía; que reconozca el derecho de las religiosas a configurar sus propias vidas y a vestir como decidan; que autorice la ordenación de mujeres; que corrija la encíclica de Pablo VI Humanae vitae sobre la píldora; y que, finalmente, se tome en serio las diferentes capacidades, vocaciones y carismas en la Iglesia.
 
4. Un papa que sea mediador ecuménico, como proclama el Vaticano II, lo que se traduce en que sea un papa que haga suyos y lleve a la práctica los resultados de las comisiones de diálogo ecuménico; que lleve a cabo el reconocimiento de los ministerios protestantes y anglicanos; que elimine las reprobaciones  de la época de la Reforma y que acoja y fomente la hospitalidad eucarística.
 
5. Un papa garante de la libertad y la apertura en la Iglesia. Esto quiere decir que desea un papa que, por mucho que aspire a la verdad, no reclame ningún monopolio de la verdad; que no pretenda solo aleccionar a las demás religiones, sino que se muestre dispuesto a aprender de ellas, sin mezcla sincretista de ningún tipo; que permita a las iglesias nacionales, regionales y locales un adecuado grado de autonomía; que se tome en serio y responda a interpelaciones incómodas (explosión demográfica, contracepción, infalibilidad); y, finalmente que, en vez de un primado de dominio romano absolutista defienda un primado pastoral de servicio renovado desde el Evangelio y comprometido con la libertad.
 
Aunque estos puntos son los expuestos en una carta abierta al cónclave que eligió a Benedicto XVI, sin embargo, es la óptica desde la que examina y analiza cada uno de los siete pontificados de su libro. Quizás, al que menos afecte es a Pío XII, papa cuando el autor era un joven estudiante en el inicio de su propio trayecto intelectual.

Pío XII: el último representante del paradigma medieval
 
No es muy extenso el espacio que Hans Küng dedica a este papa, fundamentalmente porque, debido a su juventud, poco tiempo tuvo para tratarlo. Sin embargo, es con este pontífice ante quien comienza a replantearse los conceptos que hasta ahora mantenía.
 
Lo define como “el último indiscutido representante del paradigma medieval, contrarreformista y antimodernista que, al poco de terminar la guerra, no tuvo inconveniente en proceder con intrepidez y proclamar un dogma mariano infalible (1950) al tiempo que prohibía los sacerdotes obreros y removía de sus cátedras a los teólogos más importantes de su tiempo”.
 
Para Küng, Eugenio Pacelli (nombre secular de PioXII) fue un diplomático que tuvo que lidiar con unos momentos críticos en Europa, aunque le reprocha su silencio y reserva para criticar al nacionalsocialismo y el antisemitismo. ¿Por qué? En primer lugar, porque era declaradamente germanófilo, rodeado, además, de colaboradores alemanes; en segundo lugar, porque, sobre todo, pensaba en categorías jurídico-diplomáticas y no en términos teológico-evangélicos; luego, porque estaba obsesionado por lo curial e institucional, en detrimento de la preocupación por las personas; en cuarto lugar, porque, debido a su pánico al contacto físico y el temor al comunismo, mantuvo una actitud profundamente autoritaria y antidemocráctica; lo que lo llevó a su predisposición a una alianza pragmático-anticomunista con el nazismo autoritario. Evidentemente, para este diplomático era importantísima la libertad de la Iglesia, entendida como el mayor reconocimiento estatal posible de la institución eclesial.
 
Sus primordiales problemas fueron los curas obreros, experiencia que frustró a la vista de las inclinaciones a las que propendían estos clérigos; los teólogos más avanzados, a los que acalló; la actitud ante los judíos; el comunismo y el modernismo. Todo lo que lleva al autor a concluir que Pío XII fue un hombre de Iglesia, no un santo y a no coincidir con quienes lo definieron como el mayor pontífice del siglo XX.
 
Juan XXIII: un buen pastor
 
Küng comienza su análisis comparando a este papa con su predecesor, comparación de la que Roncalli sale muy beneficiado.
 
Así, mientras que a los Píos les gustaba actuar como auténticos prisioneros del Vaticano, a Juan XXIII le gustaba hacer visitas a la ciudad; mientras Pío XII se daba aires de aristócrata, este papa se comporta como alguien que simplemente quiere ser hermano, incluso para los judíos; mientras Pío XII gusta de fotografiarse como un modelo, Roncalli no da importancia a ser retratado con su figura obesa; así como su predecesor se las daba de experto en todos los terrenos posibles (astronomía, obstetricia, etc.) Juan XXIII lleva un diario espiritual, mostrando dar más importancia al testimonio práctico cristiano; evita el nepotismo demostrado por Pacelli; y, finalmente, es un papa amado, más que temido como ocurría con Pío XII.
 
Sí le reprocha a este papa “bueno”, como era conocido, el haber desaprovechado la oportunidad para reformar la curia; reconoce que tiene gran parte de la culpa por haber sido el principal responsable.
 
Y le achaca cuatro errores importantes. El primero es que, habiendo varios cargos disponibles en la curia, que podían haber sido cubiertos con personas más reformistas, lo son, sin embargo por los cardenales más antirreformistas. El segundo fue que, aumentando el número de cardenales, no se inclinó por nombres más aperturistas, sino promoviendo a esa dignidad a personas continuistas. El tercero: elevar a la categoría de arzobispos a los secretarios de los dicasterios, que hasta entonces solo eran monseñores. Y cuarto error, nombrar a los cardenales curiales de los dicasterios vaticanos como presidentes  de las comisiones preparatorias del concilio.
 
Desde luego, apunta en el haber de este papa la convocatoria del concilio ecuménico Vaticano II. Fue una iniciativa y decisión absolutamente personal, planeada desde el inicio de su pontificado, fundamentada en la conciencia que tenía de su misión pastoral y papal.
 
Dedica varias páginas el autor al análisis del desarrollo del concilio, desde las distintas ceremonias hasta las intervenciones del papa, haciendo hincapié en lo que Juan XXIII consideraba la clave del concilio: no la discusión de cuestiones de fe, sino la predicación de la fe acorde con los tiempos, con abandono del gueto intelectual, terminológico y religioso.
 
El papa se enfrenta al Santo Oficio al referirse a los hermanos separados, en un nuevo impulso al ecumenismo y a los observadores de otras iglesias y religiones, les reserva un lugar privilegiado en el concilio.
 
Resume así Hans Küng a Juan XXIII: “a diferencia de su predecesor, no quería ser un gran eclesiástico, orador, diplomático, científico y organizador […] sino tan solo un buen pastor”. Fue el primer papa ecuménico y una figura de esperanza para toda la humanidad. Y nos dejó un hermoso testamento, su encíclica Pacem in terris, en la que, en un lenguaje nada curial, se dirige no solo a los obispos, al clero y laicos católicos, sino a todos los hombres de buena voluntad, abogando por una paz duradera fundamentada en un orden mundial más justo. Pero encontró a su proyecto un gran escollo: la curia romana, que se opuso tenazmente al cambio de paradigma.

Pablo VI: esperanzador y triste
 
En el texto, el autor incluye un dicho popular, que los sextos no tienen buena suerte. Y, según él, este papa no fue una excepción. “Nadie habría podido imaginar entonces lo infeliz que de hecho iba a ser este papa”, nos  dice.
 
Inicia su examen con una incursión en la vida de Giovanni Battista Montini antes de su elección papal, al que describe como persona no dada a la conversación espontánea y cordial, sino que habla y escucha investido de dignidad, con un fondo impenetrable guardando para sí su secreto.
 
No fue un papa querido por la curia, de la que fue alejado por Pío XII. Conocedor de las obras de teología moderna, tuvo una orientación principalmente de política eclesiástica, sin una formación teológica bien fundada ni experiencia de trabajo parroquial directamente sobre el terreno. Fue un perfecto diplomático eclesiástico con grandes conocimientos jurídicos y una notable habilidad diplomática.
 
Su resumen de Pablo VI: “era un obispo con innegable sensibilidad social y humana; no un príncipe absolutista como Pacelli, aunque tampoco el primero entre iguales dentro del colegio de los obispos, como Roncalli, sino un jerarca siempre consciente de su dignidad”. “El único papa del siglo XX que merece ser llamado intelectual en el sentido amplio”.
 
Era un hombre con tendencia a dudar y vacilar, más dado a la melancolía que a la alegría; propenso incluso a dudar de sí mismo. Esto le lleva a evitar un enfrentamiento abierto con la curia, realizando nombramientos acordes con su espíritu conservador; llega, incluso Küng a proponer los nombres que él hubiese considerado como idóneos para una organización más aperturista. Comete, pues, el mismo error que Juan XXIII.
 
La crisis política italiana de comienzos de la década de los sesenta con la posible llegada de los comunistas al poder influyó necesariamente en la curia, que pensó llegado el momento de una contraofensiva para hacer frente a las tesis más progresistas del concilio, lo que llevó a Pablo VI a tomar un rumbo anticonciliar. Como consecuencia, la apertura ecuménica empezada con Juan XXIII se vio cuestionada y se pasa de largo de una teología científica seria. Todos estos avatares, durante las sesiones conciliares que le tocó vivir al papa, son detalladamente presentados por Hans Küng.
 
¿Persiguió realmente el papa una reforma de la curia tal y como expresaba en sus alocuciones? Según el autor, su objetivo era una centralización y reestructuración de este cuerpo eclesial, mejorar su eficacia y recuperar la libertad de acción del papa; es decir, una reforma nada profunda, sino una modernización en el espíritu del viejo absolutismo alejada de los grandes objetivos del concilio. Así, solo acomete una internacionalización exterior con más representación de varias nacionalidades en el Vaticano, pero no de las distintas mentalidades; también una colegialidad solo aparente, con degradación del consejo de obispos; y una descentralización solo cosmética.
 
Junto al asunto de la reforma de la curia, otros dos temas aborda el autor en su estudio sobre el pontificado de Pablo VI. El primero se refiere a las consecuencias de su encíclica Humanae vitae contra los métodos anticonceptivos, en contra de la corriente generalizada de una paternidad responsable, apelando a su magisterio infalible, lo que sumió a los católicos en serio problema de conciencia. El otro tema es el relacionado con la infalibilidad papal, definida en el concilio Vaticano I, y que a juicio del autor se trata de una doctrina específicamente romana, que no se encuentra en la teología de la Edad Media ni mucho menos en los padres de la Iglesia; a la que se une la nueva doctrina de la infalibilidad del episcopado colegiadamente con el pontífice.
 
Y termina con este juicio: “el balance de sus quince años de pontificado es ambivalente: un comienzo esperanzador, un final más bien triste”.
 
Juan Pablo I: el sonriente
 
Poco se puede hablar de un papa que ejerció su ministerio petrino solo durante unos pocos días. Primeramente, expone el autor seis requisitos que necesitaría el cónclave para acertar en la elección de la que salió este papa: 1. Una persona abierta al mundo. 2. Un líder espiritual. 3. Un auténtico pastor. 4. Un obispo colegiadamente unido a los demás obispos. 5. Un mediador ecuménico. Y 6, un verdadero cristiano. En definitiva, un papa con conciencia social y reformista.
 
Lo define como un hombre amable y modesto, humilde, con capacidad de diferenciación y serenidad, filantrópico con un amplio horizonte intelectual. Y se suma al apodo cariñoso que le dedica el pueblo: el papa sonriente. Y concluye, tras unas pocas páginas sobre su misteriosa muerte, que representó una esperanza de una Iglesia cercana a los hombres en el espíritu del concilio Vaticano II.
 
Juan Pablo II: el declive
 
Siendo el pontífice que le retiró la missio, la venia docendi, mucho ha tenido que perfilar el autor para ser objetivo en el tratamiento que le dedica en su estudio.
 
Lo responsabiliza, junto con su principal ideólogo, el cardenal Ratzinger, del declive de la Iglesia católica. Lo califica de “infatuada arrogancia del cargo, desprecio de la opinión pública crítica, hacer caso omiso del consejo de los expertos, tozuda negación a aprender de los propios errores o a reconocerlos siquiera ...” “Se manifiesta como el papa más contradictorio del siglo XX. Resulta trágico: ¡un papa con tantas y tan grandes dotes … y tantas decisiones equivocadas!”
 
Aun reconociendo aspectos positivos de tan carismático pontífice, no se detiene en ellos, pues ya son explicitados por otras fuentes, por lo que dedica varias páginas a las a su juicio contradicciones con el mundo moderno, en la piedad y la reforma de la Iglesia.
 
En relación con el mundo moderno, comenta que Juan Pablo II defiende los derechos humanos hacia fuera, pero dentro de la Iglesia se nos niegan a obispos, teólogos y creyentes comprometidos, especialmente a las mujeres, lo que acarrea como consecuencia un episcopado servil y situaciones jurídicas insostenibles.
 
Juan Pablo II predica contra la pobreza masiva y la miseria en el mundo, pero se hace corresponsable de ella con su actitud ante la regulación de la natalidad y la explosión demográfica. Consecuencia: los fieles rechazan abierta o calladamente la rigorista moral sexual del papa y sufre abundantes críticas públicas por amenazar con la excomunión a diputados que votaron a favor de la financiación estatal de la fecundación in vitro en Polonia.
 
Se presenta como panegirista del ecumenismo, pero al mismo tiempo condiciona considerablemente las relaciones con las iglesias ortodoxas y protestantes e impide el reconocimiento de sus ministerios y de la comunión eucarística. La consecuencia inevitable es que el entendimiento ecuménico se bloquea tras el Vaticano II y las relaciones con las iglesias ortodoxas y protestantes se resienten enormemente, pese a una cordialidad exterior.
 
No se puede negar que este papa buscó el diálogo con las grandes religiones, pero, simultáneamente, descalifica las religiones no cristianas como formas deficitarias de fe. Esta imagen centralista de la Iglesia se revela, lógicamente, adversa al diálogo y la reforma; y la desconfianza ante el “imperialismo” romano crece y se extiende.
 
También achaca Küng a Juan Pablo II contradicciones en la piedad. Así, el gran venerador de María predica un sublime ideal femenino, pero, al mismo tiempo, prohíbe a las mujeres la píldora y les niega la ordenación. La consecuencia es un conflicto entre el conformismo externo y la autonomía de conciencia, que lleva a muchas mujeres a alejarse de la Iglesia de la que se sienten fieles.
 
Impulsa este papa una cifra inflacionaria de canonizaciones al tiempo que ordena a la Inquisición que proceda contra sacerdotes, teólogos y teólogas, religiosos y religiosas, mal vistos. Consecuencia: hoy se echan en falta intelectuales y teólogos católicos de altura de la generación del concilio, resultado del clima de sospecha que rodeó a los pensadores críticos durante su pontificado. Los obispos terminan por verse a sí mismos como delegados de Roma y no como servidores del pueblo eclesial y la teología se vuelve aburrida perdiendo considerable prestigio en la universidad.
 
A este papa se le considera un firme representante de la fe en una Europa cristiana, pero sus intervenciones triunfalistas y su política reaccionaria fomentan la animosidad contra la Iglesia y contra el cristianismo. Consecuencia: “la clerical política romana intensifica la confrontación entre anticlericales dogmáticos y ateos fundamentalistas. Pero además suscita en otros desconfianza hacia el abuso de la religión para fines políticos”.
 
Es un carismático comunicador y una estrella mediática que, aun a una edad avanzada, conecta muy bien con los jóvenes, pero se apoya en movimientos acríticamente fieles al papa, con incapacidad para dialogar con un público crítico y con determinados teólogos. La consecuencia es el alejamiento de muchos jóvenes de la Iglesia y la confrontación en lo relativo al contenido, incluso política, cede el paso a una cultura de eventos sin sustancia.
 
Finalmente, para el autor, Juan Pablo II conduce una Iglesia a reformar, sumida en contradicciones. Mucho tiene que decir Hans Küng sobre este particular, pero advierte de que, en estas páginas, solo ofrece un resumen sistemático de sus contradicciones en este campo.
 
Si en el año 2000, el papa hace una pública confesión de culpas por los pecados de la Iglesia en el pasado, tal confesión no lleva aparejadas consecuencias prácticas: nada de conversión, nada de hechos, solo palabras. En todas las cuestiones doctrinales controvertidas, el magisterio se mantiene obstinado y, frente a las exigencias de reforma permanece sordo, mudo y paralítico.
 
Karol Wojtyla participó como obispo auxiliar y como arzobispo en el Vaticano II, pero, ya papa, desdeña la colegialidad del pontífice con los obispos, decidida en el concilio, y celebra el nuevo triunfalismo del papado a costa de los obispos, traicionando al propio concilio. Consecuencia: un episcopado en gran medida mediocre, archiconservador y servil.
 
Juan Pablo II propaga un modelo de sacerdote tradicional, célibe y masculino, siendo, por tanto, responsable de la catastrófica escasez de presbíteros para el cuidado de las almas y, al mismo tiempo, cierra los ojos al escándalo de la pedofilia entre el clero. La consecuencia es que no hay prácticamente relevo generacional en el sacerdocio y dan escalofrío los números que cuentan las enormes dificultades para el desarrollo de una acción pastoral que reclaman los fieles.
 
Un juicio del autor sobre este papa que puede parecer extremadamente severo y que se vería compensado con los aciertos que él mismo reconoce, pero que no aborda en esta obra.

Benedicto XVI: papa en la sombra
 
Es con este papa con quien despliega aquellos puntos que Küng considera como requisitos para la elección de un nuevo papa. No se cumplen, por lo que no tarda en afirmar que el ascenso de Ratzinger al papado supuso una inmensa decepción para las muchas personas que esperaban un pontífice pastor y reformista.
 
Habiendo sido compañeros en varias ocasiones, no es de extrañar que el autor dedique varias páginas a relatar sus encuentros, con especial incidencia en el que tuvo cuando Ratzinger, ya Benedicto XVI, lo recibió en audiencia privada, de la que se muestra Küng sumamente agradecido.
 
Dice de él que es un buen administrador y un erudito de talla. Un erudito más bien tranquilo y pensativo, siempre esforzado en reflexionar y huyendo de grandes intervenciones públicas. Es un pastor supremo más bien lento que, mediante pequeños pasos, intenta poner en marcha grandes cambios. También es un conservador libre en algunos aspectos, no anclado en todos los puntos. Y, finalmente, una persona que, en razón de su ministerio, está sometida a grandes presiones de las tendencias de la curia muy proclives a su predecesor. Y tiene que elegir entre una estrategia de repliegue y una estrategia de avance.
 
Pero no tardan en aparecer las primeras decepciones, como las que enumera en las intervenciones del papa en Ratisbona, Estambul, Constantinopla, Aparecida (Brasil) y Washington. Y reprocha especialmente la aceptación que hace Benedicto XVI de obispos hostiles al concilio, con lo que se aleja de las decisiones allí adoptadas. Tampoco le satisfacen al autor los intentos papales por “pescar” en aguas anglicanas, más que comprometerse a buscar la unidad, porque, en el fondo, su objetivo es restablecer el imperio romano. Y más destacado es el reproche que le hace por el encubrimiento de los abusos sexuales, un encubrimiento que data desde los tiempos en que el cardenal Ratzinger presidía la Congregación para la Doctrina de la Fe, la antigua Inquisición.
 
Cuando Benedicto XVI alcanza los cinco años de pontificado, Hans Küng publica una carta abierta haciendo un balance de este tiempo de papado, que resume así: “ha cumplido concienzudamente con sus diarias obligaciones papales y nos ha regalado además tres útiles encíclicas sobre la fe, la esperanza y la caridad. Pero por lo que atañe a los grandes desafíos de nuestra época, su pontificado se presenta crecientemente como un pontificado de ocasiones perdidas más que de oportunidades aprovechadas”.
 
Y presenta una serie de estas oportunidades desaprovechadas, como por ejemplo, la oportunidad de acercamiento a las iglesias protestantes, a las que no reconoce sus ministerios ni facilita la celebración conjunta de la eucaristía; también la oportunidad de entendimiento duradero con los judíos, al introducir una prez preconciliar por la iluminación de los judíos y acoge en la Iglesia a obispos cismáticos notoriamente antisemitas; también se ha desperdiciado la ocasión de diálogo en confianza con los musulmanes, con motivo de su discurso en Ratisbona en el que caricaturiza el islam como una religión de violencia; igualmente, la oportunidad de reconciliación con los colonizados pueblos indígenas de Latinoamérica o de ayudar a los pueblos africanos en la lucha contra la sobrepoblación mediante la rígida moral sexual; no falta la oportunidad perdida de sellar la paz con las ciencias modernas, mediante el inequívoco reconocimiento de la teoría de la evolución y la afirmación matizada de nuevos ámbitos de investigación, como la relativa a las células madre; Benedicto XVI es un papa que relativiza sin cesar los textos conciliares y los interpreta de forma retrógrada. Son solo algunos de los aspectos que el autor recoge en su amplio balance del primer lustro de pontificado.
 
Para Küng, la crisis de la Iglesia se agudiza con un episcopado que, de los debates e iniciativas que tan activamente propulsó durante el concilio, se ha convertido en un aparato eclesial dócil y burocrático. Y con un papa que no desea ninguna reforma estructural en la Iglesia y que se opone a un verdadero entendimiento ecuménico. Y, ante esta crisis dramáticamente exacerbada, se pregunta: ¿dónde está en realidad, bajo este papa teólogo, la voz de la teología? ¿Qué queremos realmente como cristianos, en qué consiste el mensaje cristiano? ¿Qué es lo que debe permanecer pese a todos los cambios? ¿Qué es lo distintivamente cristiano?
 
Finalmente, Benedicto XVI, hombre con una gran conciencia del deber y un profundo sentido de la responsabilidad, se encuentra sin las fuerzas necesarias para llevar adelante su ministerio petrino, por lo que decide renunciar a él; una postura que le honra, sobre todo si la comparamos con la de su predecesor, Juan Pablo II, que se mantuvo en el cargo pese a su manifiesta debilidad y decrepitud.
 
Eso sí: finaliza reprochándole al papa emérito que haya decidido permanecer en el Vaticano, justo al lado del Palacio Apostólico, en el centro del poder, en lugar de retirarse a un monasterio o a su tierra natal, convirtiéndose, a juicio del autor, en un papa en la sombra.
 
Francisco: esperanza desde Roma
 
Antes de la elección del nuevo sumo pontífice, Küng, fiel a su norma, insiste en lo que considera necesario para acertar. “Si el próximo cónclave eligiera un papa que siguiera haciendo lo mismo que hasta ahora, la Iglesia no viviría una nueva primavera, sino que entraría en una edad de hielo y correría peligro de quedar reducida a una gran secta cada vez menos relevante”.
 
Elucubra sobre el apelativo elegido por el nuevo papa, Francisco, en clara referencia al espíritu del Pobre de Asís, que se distingue por la pobreza, la humildad y la sencillez. Y el nuevo papa parece responder a ese paradigma despertando una señal de esperanza desde Roma. “Pero solamente si se guía por la brújula del Evangelio (y no por la del derecho canónico), podrá mantener un rumbo definido hacia la renovación, el ecumenismo y la apertura al mundo. Evangelii gaudium es una etapa importante en esa travesía, pero ni mucho menos la meta”.
 
En el corto espacio de tiempo que le es dado analizar de este pontificado, reconoce que es evidente que este papa, a diferencia de sus dos predecesores, no está imprimiendo un rumbo restauracionista, sino un rumbo de innovación, de renovación de la Iglesia católica y del ecumenismo en el espíritu del Evangelio y del concilio Vaticano II. Para el cumplimiento de este objetivo, le recomienda dos cualidades adicionales: astucia táctica y talento estratégico superior.
 
En esta ocasión, el autor hace hincapié en el tema de los divorciados y vueltos a casar y su admisión a la mesa eucarística, así como en el del magisterio ordinario del papa y los obispos, y la infalibilidad papal.
 
El papa desea una Iglesia que esté más cerca de las personas, defiende con energía, humildad e inteligencia la reconciliación de las iglesias cristianas, el diálogo constructivo con el judaísmo y el islam, la paz y la justicia en el mundo. Dividido entre la filantropía y la fidelidad a los dogmas, no ha tardado en suscitar severas manifestaciones provenientes de los sectores más conservadores y retrógrados de la curia.
 
Cabe esperar, dice Küng, con curiosidad qué sorpresas deparará aún el pontificado del papa Francisco a la Iglesia católica y al mundo entero. Pero en todo ello no está en juego solo el futuro de un pontificado en particular, sino el futuro del papado en general.
 
¿Qué papado tiene futuro?
 
Con esta pregunta redacta el epílogo a su obra, en el que comienza con una advertencia: “en mis análisis y juicios siempre he tenido presente (a pesar de todas las evidentes variables) las constantes del ministerio petrino establecidas en el Nuevo Testamento”. Analiza, pues, los pasajes evangélicos en los que aparece Pedro en relación con el encargo que le hace Jesús y reitera aquellos puntos que, a lo largo del libro, ha establecido como criterios que deben regir la actuación papal.
 
No faltarán quienes encuentren inmodestas las opiniones del autor, que pueden dar pie a hacerlo sospechoso de vanidad. Pero de lo que no cabe duda es de que su estudio es profundo, innovador y con una base teológica y evangélica que apoya todo su planteamiento.



Martes, 11 de Julio 2017
Juan A. Martínez de la Fe
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1.Publicado por Carlos M. Palacios Maldonado el 17/07/2017 23:25
¿Es la actual Iglesia católica la iglesia que quería Jesús? La más somera comparación muestra claramente que no. Por lo tanto, lo que la iglesia requiere ahora es una reforma profunda, no meramente de forma, que la acerque al espíritu de su magisterio .

Saludos

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