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Sobre la historia dividida de las familias: “Tuvimos”, de Rosa Lentini

En este libro-poema, la autora indaga y reinventa el lenguaje a partir de tres espacios de la memoria


El poemario de Rosa Lentini “Tuvimos” (Bartleby Editores) podría llevar el subtítulo de “Libro de familia”, porque de eso trata: de la familia y sus aledaños, de los límites de la vida y de la felicidad; de las heridas y de su imposible curación. Este tratamiento se hace con intensidad y dureza; y con un lenguaje que se reinventa, al tiempo que indaga en su propio sentido. Por Manuel Rico.




Sobre la historia dividida de las familias: “Tuvimos”, de Rosa Lentini
El nombre de Rosa Lentini‎ forma parte del imaginario de la poesía contemporánea en castellano. Sobre todo, como poeta. Pero también como traductora, como crítica —los mejores críticos de poesía son, a mi juicio, los que conocen desde dentro el proceso de elaboración de un poema— y como co-editora: Igitur, criatura nacida en Tarragona a iniciativa de Rosa Lentini y Ricardo Cano Gaviria, es un polo de referencia, sin duda, de la edición rigurosa, del buen hacer, de la sensibilidad y de la búsqueda de grandes poetas, dentro y fuera de España. Creo necesario resaltar que fue Igitur, de la mano de Lentini, quien publicó por vez primera en nuestro país a Wislawa Szymbroska.

Tuvimos (Bartleby Editores, 2013) podría perfectamente llevar como subtítulo algo así como “Libro de familia” (parafraseando el título del último libro de Félix Grande). Porque de eso se trata: de la familia y sus aledaños, de los límites de la vida y de la felicidad, de los rastros que deja en la existencia de quienes en ella, inevitablemente, habitaron. De las heridas y de su imposible curación.

Rosa Lentini ha construido un libro duro, emocionalmente intenso, que se nutre de los primeros recuerdos de la infancia, reconstruyendo incluso, las sensaciones previas al nacimiento, que avanza por algunos de los acontecimientos familiares más sentidos, que evoca el tiempo de la escuela sin desdeñar sus zonas más oscuras y lamentables, que tantea en el primer conocimiento del amor y del sexo culpable y que se llena de pesadumbre y de recapitulaciones cuando la muerte acecha a los seres más queridos, sobre todo al padre, y la mirada se llena de hospitales.

Tuvimos no es una mera agregación de poemas. Es un libro pensado, con sentido como globalidad y con sentido en todos y cada uno de los textos que lo integran. Incluso podríamos hablar de un libro-poema. ¿Por qué?

Las treinta y cinco piezas que lo componen discurren a lo largo de tres apartados o capítulos que responden a tres espacios temporales de la memoria.

Origen, crisálidas, mundo

“Las premisas”, título de la primera parte, nos remite a lo originario, a lo que, como un sello grabado a fuego en la piel, marca y condiciona a lo largo de la vida al sujeto poético, a la mujer que protagoniza el libro.

Aunque Lentini nos dice, en el poema que abre Tuvimos, que su pasado está en una partícula de la saliva de la cantante de gospel de Nueva Orleans, Mahalia Jackson, cuando entonaba el verso “This is my faith, this is my light”, al leer ese poema y al avanzar en el resto, nos damos cuenta de que todos ellos podrían ser miríadas de esa partícula porque en todos ellos está el pasado.

El propio y el anterior, el soñado, el que ha sido referido y legado por los padres o el imaginado o reinventado por la poeta.

Ahí está la memoria paterna, asimilada y procesada críticamente, a veces dolorosamente, por la hija; está la abuela y su mirada acusadora, inconscientemente inquisitorial; están las casas y patios que se habitaron o se soñaron; está la cotidianidad de la vida familiar, ya sea en el momento central de la cena, por ejemplo (magnífico, lúcido y amargo, el poema titulado “La última cena”), ya en la evocación del aprendizaje de las labores de cuidado del jardín. Y ahí está el colegio, el aula, la noticia del amor y de la transgresión y del placer clandestino.

La segunda parte del libro, “Las crisálidas”, nos habla de un espacio temporal, existencial y emocional que podemos encontrar, concentrado en la primera acepción que el diccionario de la RAE da al término crisálida. Dice así: “En los insectos con metamorfosis completa, estadio quiescente previo al de adulto”.

Los ocho poemas que Rosa Lentini incluye en este apartado o capítulo nos hablan de la transformación, del acarreo de experiencias familiares (y cercanas a la familia) que han conformado la propia identidad. Esa pulsión, que alienta en todos los poemas del capítulo, cobra una especial densidad en el titulado “Lluvia”, que va precedido por una cita de Herta Müller.

Bajo la lluvia, haciéndose memoria y a la vez diluyéndose en agua, se precipitan los fragmentos de lo vivido o de lo soñado, las sombras de los muertos próximos, la casa (“iUna casa se suma a la corriente, claro que sí. Hay un tilo, hay un banco de piedra. Allí me quedaré toda la vida”).

El libro se cierra con un apartado que tiene mucho de ventana al exterior. “Y así el mundo”, se titula. El mundo sigue siendo la casa de la infancia, sin duda. Pero ahora aparece poblado de seres que no han sido protagonistas de la radical intimidad de la que nos habla Tuvimos en los dos apartados anteriores. Las góndolas, los aviones de pasajeros, las vías de los trenes. Lugares donde no hay ángeles, el trigal cubierto de amapolas, las ruedas, los mapas que nos hablan de los muertos y de su borroso itinerario, los viajes recordados (los que “tuvimos”) y los viajes imaginados (los que “habríamos tenido”).

Sobre esos dos tiempos verbales se levanta este hermoso y emocionante edificio poético. Escrito, algo realmente difícil, en presente pese a apelar a la memoria, tal y como nos señala Jenaro Taléns en su magnífico prólogo.

Alejado del realismo, con un lenguaje que indaga en su propio sentido a la vez que se reinventa, cuidado en extremo y con capacidad para generar un mundo de evocaciones que tiene algo (o mucho) del mundo que lleva consigo todo lector que se decida a leerlo, yo concentraría su sentido último en los siguientes versos del poema “Recuerdo del hombre tras la puerta”:

Tuvimos. Habríamos tenido,
Dos tiempos verbales en la historia dividida
de las familias, la espiral de los hijos
que baila, baila su triste vals sobre ellas,
escucha esa música, muro, escúchala….


Jueves, 28 de Noviembre 2013
Manuel Rico
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