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Ugo Cornia en “Casi amor” hace de ‘megáfono feliz’ de las voces ausentes

El autor italiano publica su segunda novela con Periférica


A finales de 2012, la editorial Periférica publicaba en nuestro país una segunda novela de Ugo Cornia, tras “Sobre la felicidad a ultranza”: “Casi amor”. Al igual que sucedía con el primero, este segundo libro constituye un homenaje a la vida, basado en el exhaustivo autoanálisis de un autor especialmente dotado para transmitir la importancia de las cosas más sencillas. Por Antonio Mochón.




Ugo Cornia en “Casi amor” hace de ‘megáfono feliz’ de las voces ausentes
En 2011, la editorial Periférica nos acercaba la figura de Ugo Cornia, hasta entonces, si no me equivoco, inédita en nuestro país.

Y lo hacía, doce años después de su publicación italiana en 1999, con Sobre la felicidad a ultranza, un libro que enseguida se convirtió en una grata sorpresa.

Celebrado por la crítica y con una cálida acogida por los lectores, esta primera novela de Ugo Cornia contagiaba un aire entusiasta, paradójicamente entusiasta, ya que el narrador construye su relato a partir de momentos dolorosos como son la pérdida de un ser querido.

Un año después, a finales de 2012, para celebración de los que degustaron y aplaudieron aquella primera, Periférica repite, también con una década de retraso respecto a la publicación italiana original en 2001, con Casi amor (2012, traducción de Julio Carrobles), libro que continúa el camino marcado por su predecesor.

Novela de introspección, soplo nostálgico pero jubiloso de la vida, que otorga al lector una posición privilegiada de acompañante en el viaje interior del escritor italiano por algunos escenarios selectos de su vida. Al igual que sucedía con el primero, este segundo libro constituye un homenaje en clave optimista a una vida que no por ya vivida deja de serlo, de estar aún viva. El narrador, en un tono distendido y ameno, nos deja entrar en esa maraña que forman los pensamientos, los anhelos y los recuerdos, polarizada inevitablemente sobre lo que llama una “catástrofe invisible” cuyo peso va a erigirse como desafío ya, quizás, para siempre.

Y ante este desafío el que gana es, claro, el lector, que asiste al proceso exhaustivo de autoanálisis de un hombre dotado especialmente para transmitirnos la importancia de las cosas más sencillas.

Cornia, en ese estilo sencillo, casi adolescente, dice hacer de “megáfono feliz” de esas voces ausentes que a menudo hablan a través de la suya. Quizás su éxito pueda explicarse, en parte, por esa capacidad de consagrar su voz a los demás, a ese vasto dominio de otros que se sienten dichos por él, sin un discurso grandilocuente, con la mezcla justa de ternura e ironía para querer pasar de página con una media sonrisa en los labios.

Con treinta y cinco años, Ugo Cornia repasa lugares en los que dice haber sido “demasiado feliz”, para concluir: “Puede que haya sido demasiado feliz de un modo imaginario”. Una edad adecuada para comprender que vivir consiste también en restaurar esos lugares que, de tan felices, nos dejaron escindidos en dos.

Pero ¿y si ni siquiera ellos existieron? ¿Qué papel juega aquel que fuimos en este que ahora somos? Cornia siempre nos habla de sí mismo en retrospectiva y eso casi es una respuesta. Primero hay que deshacer esos nudos y, después, disfrutar de que aquellos lugares, momentos y personas se conviertan, dentro del “cine de nuestra cabeza”, en una proyección única, en un acontecimiento.

Porque se trata de eso, de convertir cualquier instante, por intrascendente que sea, en un acontecimiento. Sus primeros escarceos sexuales, conducir a 20 por hora viendo el paisaje, tomarse una cerveza con su novia o ir a pescar bajo la lluvia.

Su actitud, lo que contagia de su forma de ver el mundo, queda resumida en estas palabras: “el que está enamorado es siempre como nuevo en el mundo (…) Cuando eres presa del enardecimiento total eres siempre como alguien que acaba de caer en la tierra hace diez minutos”.

Mirar la vida es ya nombrarla. Una manera de posicionarse, de estar aquí. Uno de esos versos mágicos de Lorenzo Plana revelaban esto mismo: “Hemos venido aquí para nacer”. Nacer continuamente es reconstruir nuestra era mítica, la que nos deja marcados por una cadena de primeras veces, primeros pequeños descubrimientos, primera nueva vida.

Territorio abandonado y desprestigiado: nosotros. Somos nuestra mirada. Somos nosotros. Y también nuestra nostalgia, esa obsesión de vivir dos veces, en directo y en diferido, en un platonismo autorreferente, para luego tratar de gestionarlo con palabras en lo que sería algo así como escritura “digestiva”, “nutritiva”: “una tarde volveré a revivir entero este momento maravilloso, y ese día lejano que regresa será una verdadera maravilla, como algo que no se ha acabado de digerir del todo”.

Escribe Cornia que no vivir con naturalidad y no aprovechar las ocasiones que nos prepara el mundo es una humillación. Así lo entiende y lo lleva a la práctica con este ejercicio de nombrar la experiencia, decirla con la candidez del niño de treinta y cinco años, porque nunca dejamos de ser “alguien que está empezando”.

Reflexiva, de tono exaltado pero meditativo, construida mediante digresiones hilvanadas por el hilo conductor de la excitación de sentirse vivo, entre la novela de formación, el diario y, si apuramos, el libro de viajes –son protagonistas algunos pueblos de los alrededores de Módena. Casi amor es un viaje al origen mismo de las emociones.

Una invitación a cohabitar esa mirada asombrada que, entre recordar y olvidar, se decanta por estar en medio de las cosas para no pensar en ellas, ya saben, como alguien que acaba de caer en la tierra hace diez minutos.


Reseña del profesor, poeta y crítico, Antonio Mochón, editor del blog La vida no existe.


Lunes, 21 de Enero 2013
Antonio Mochón
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