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Viernes, 18 de Abril 2014

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Un estudio revela sorprendentes capacidades lingüísticas en bebés de solo tres meses

El hallazgo podría explicar la facilidad de los niños pequeños para aprender cualquier lengua


Los bebés pequeños, de hasta tres meses de edad, son capaces de detectar dependencias complejas entre diversos elementos lingüísticos y de aprenderlas espontáneamente, ha revelado un estudio realizado por investigadores alemanes. La investigación constató, además, que esta capacidad es superior en los bebés que en los adultos, lo que podría explicar la enorme habilidad de los bebés para la adquisición del lenguaje.




Fuente: Wikimedia Commons.
Fuente: Wikimedia Commons.
Investigadores de Alemania han descubierto que los niños muy pequeños, de incluso tres meses de edad, son capaces de detectar en el habla dependencias complejas entre sílabas, y de aprenderlas espontáneamente.

Sus hallazgos, publicados en la revista PNAS, sacan a relucir el contraste entre los niños pequeños y los adultos, que sólo son capaces de reconocer esas mismas dependencias si se les indica que traten de reconocerlas.

Estos resultados ofrecen indicios novedosos sobre la gran efectividad de la discriminación básica de tonos para las primeras etapas del desarrollo del lenguaje.

Capacidades lingüísticas superiores a las de los adultos

Los científicos, pertenecientes al Instituto Max Planck para las Ciencias Cerebrales y Cognitivas Humanas de Alemania, estudiaron los mecanismos cognitivos del aprendizaje lingüístico en bebés para determinar su facilidad y velocidad para aprender los aspectos fundamentales del lenguaje.

Los investigadores desmintieron que los adultos posean habilidades más sofisticadas para el aprendizaje de idiomas, una creencia muy arraigada.

Según los autores del estudio, un bebé de tres meses de edad supera a un estudiante adulto a la hora de extraer reglas complejas del lenguaje hablado.

Características del estudio

Los bebés estudiados escucharon secuencias de sílabas durante veinte minutos; entretanto, los investigadores midieron sus respuestas encefálicas mediante electroencefalografía (EEG). Las sílabas aparecían por parejas, pero con una tercera sílaba intercalada.

“Esta clase de dependencia entre elementos no contiguos es común en los lenguajes naturales y se puede observar en numerosas construcciones gramaticales”, explicó la autora principal, la Dra. Jutta Müller, del citado instituto.

Según Müller, en la frase “el niño siempre sonríe”, la desinencia del verbo correspondiente a la tercera persona (“íe”) viene determinada por el sustantivo “niño”. En el estudio se reprodujo esta clase de dependencia empleando combinaciones como “le” y “bu” en secuencias como “le-wi-bu”.

La Dra. Müller aclaró que también se incluyeron combinaciones como “le-wi-to”, de manera que una de las sílabas no encajaba. “Las mediciones con EEG mostraron que los bebés se percataban de esta infracción de la regla”, aseguró la investigadora.

Además, ocasionalmente, los científicos elevaron el tono de una de las sílabas. Según observaron, sólo aquellos bebés cuyos cerebros reaccionaban a los cambios de tono de un modo más maduro fueron capaces de identificar las dependencias entre sílabas.

Posibles repercusiones en el aprendizaje del lenguaje

Mientras, los adultos sólo fueron capaces de reaccionar a dichas desviaciones cuando se les indicó que tratasen de reconocer dependencias entre las sílabas.

Refiriéndose al hallazgo de que la capacidad de reconocimiento espontáneo se pierde en la adultez, la Dra. Müller manifestó: “Nos pareció especialmente interesante que los pocos adultos que dieron muestras de haber captado las reglas también presentaron una respuesta cerebral más intensa a los cambios de tono”.

Los autores afirman que este estudio arroja luz sobre el hecho de que los niños poseen la capacidad de aprender el lenguaje con rapidez pese a su tierna edad.

Además, los científicos identificaron un vínculo entre capacidades auditivas muy básicas y destrezas sofisticadas de aprendizaje de reglas.

En la actualidad los investigadores indagan en si las diferencias mostradas por los bebés en su respuesta a los cambios de tono y en su capacidad para aprender las reglas podrían repercutir en el desarrollo del lenguaje.

Referencia bibliográfica

Mueller, J. et al., Auditory perception at the root of language learning, PNAS, 2012. doi: 10.1073/pnas.1204319109

Viernes, 14 de Septiembre 2012
CORDIS/T21
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Nota


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1.Publicado por alberto rodríguez-sedano el 19/09/2012 13:37
Con la predisposición el lenguaje ha habido graves errores, casi todos consecuentes con la irracionalidad de fondo del tipo de filosofía que confunde de base teoría y experiencia.

Una de las filosofías más acordes a la racionalidad moderna, una racionalidad sin otra razón de fondo que alinearse con todo concepto que se parezca a su idea, fue la filosofía empirista, una razón, como digo, sin una razón en la que descanse la propia idea de la razón.

El empirismo, como filosofía de la ciencia, es una razón fracasada que pacta con el diablo una idea. Paradójicamente, la experiencia de su idea descubre, finalmente, que en su pacto no hay idea, principalmente, porque no la había con anterioridad (*).

El lenguaje es una capacidad principalmente innata, anterior a ser dada. Antes de que hubiese algún lenguaje, debía haber algo que fuese objeto de lenguaje alguno. Si fuese de otra forma, si fuese una idea de la experiencia que, sin razón alguna, diese un primer paso lingüístico, el lenguaje apenas tendría interioridad, sería una absoluta irracionalidad; difícilmente se adaptaría a la experiencia; no habría lugar para unificar la diversidad de estados internos que el lenguaje representa como la unidad característica por la que el lenguaje ha sido, es, y será algo tan exitoso. Así pues, si el lenguaje fuese una relación íntima con la experiencia, una idea que se desarrolla de acuerdo a una experiencia sin predisposiciones, el lenguaje carecería de la razón suficiente que asegura la esencia del lenguaje, su acción comunicativa.

Para que los bebés lleguen a desarrollar el lenguaje tienen que tener disponibles un
arsenal enorme de rutas preferentes por las que la relación con la experiencia sea menos crítica, y la función de lenguaje logre su cometido; supere los puntos críticos. Sin estas condiciones anteriores a la experiencia, el lenguaje no se desarrolla, o lo hace mucho peor que con ellas.

No obstante, esta idea de una especie de pre-experiencia gracias a la que la individualidad se identifica por medio del lenguaje abre muchos más problemas de los que resuelve una idea innata del lenguaje: falta de sentido positivo de la idea del lenguaje, circularidad y falta de carácter extensivo del lenguaje, auto-referencia del ámbito simbólico, falta de relación sustancial entre el lenguaje activo y el pasivo (vg. decir-oír), falta de suficientes categorías para garantizar su funcionalidad, etc., etc.

(*) Como es fácil imaginar, critico la idea de la tabula rasa, o falta de ideas con anterioridad a la experiencia, ideas que no estarían ya ahí, esto es, que todavía no estaban, sino que saldrían, poco más, que de la nada o, lo que es lo mismo, de la relación absoluta de la mente con la experiencia, la idea absurda que subyace en la tabula rasa; se desfonda sola.

Uno de los muchos problemas de la tabula rasa, pero no el más grave, es la falta de predisposiciones para la elaboración del lenguaje. Con un simple cómputo de las ideas que pone en relación la mente en el lenguaje se da, bastante rápido, por cierto, con un límite sobre el que la idea del lenguaje se reafirma como la preferencia categorial que la define; sin esa categoría, el lenguaje carecería, lógicamente, de unidad, y carecería de posibilidad expresiva; tanto daría que hubiese lenguaje que no. La experiencia se contradiría con la interioridad con la que se relaciona sin que quedase nada que no estuviese en dicha contradicción, la paradójica falta de relación sustancial por la que el lenguaje no sólo no es sólo interno sino que va mucho más lejos (**) de su particularidad.

(**) A modo de hipótesis sugiero que el lenguaje apenas se mueve. Es un fenómeno especialmente lento, contrariamente a la apariencia de un lenguaje que va por delante de las ideas, esto es, más rápido que las ideas que porta (***) . Lo único que se mueve son las formas entre las que una individualidad lingüística se densifica hasta parecer unitaria.

(***) Esto es, evidentemente, una ingenuidad. El lenguaje no porta ideas espacialmente, con una localidad, por así decir, egocéntrica; muy al contrario, requiere una teoría que permita un discurso que la lleve a “otro” sitio; requiere una meta-teoría que permita moverla de su auto-referencia (deslocalizarla).

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