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Un laberinto que debe indagarse: “Quien manda uno”, de Pablo López Carballo

El autor leonés plantea una revisión de lenguaje y mundo en su último poemario


El poemario “Quien manda uno”, del poeta leonés Pablo López Carballo, se construye como un laberinto de fragmentos y metáforas cuyas conexiones hay que buscar. En esta indagación, el planteamiento que subyace es la revisión del lenguaje y, también, del mundo que hemos hecho y “hablado”. El libro se plantea, por tanto, como proceso de demolición, pero también de construcción a través de la palabra. Por Javier Vicedo Alós.




Un laberinto que debe indagarse: “Quien manda uno”, de Pablo López Carballo
El trabajo poético de Pablo López Carballo (Cacabelos, León, 1983) es uno de los más complejos y exigentes que pueden leerse hoy en día en este país. Muestra de ello son sus obras Sobre unas ruinas encontradas (La Garúa, 2010) y Quien manda uno (Amargord, 2012).

La razón de su complejidad es sencilla: el autor exige al lector tanto como se exige a sí mismo. Y sin duda, nos encontramos ante un escritor obsesivo y tremendamente riguroso. No hay complacencia en López Carballo, ni tampoco ningún tipo de artificio; hay exhaustividad, profundidad, hermetismo y un enorme dominio de la tradición literaria.

Su último libro, Quien manda uno es un museo de fragmentos, de quicios, de metáforas paralizantes. Un discurso discontinuo que se decanta y compacta en la confluencia de todos los poemas: es precisa una visión global. Donde parece que puede acontecer un poema manejable, directo o fácilmente asumible, de golpe un arcaísmo, un cultismo o unos versos en otra lengua nos sacan del poema y nos fuerzan a tomar otro camino, a ir más allá de él.

El libro es un constante juego de conexiones y pasadizos que uno debe ir rastreando y enlazando, un enmarañado sistema de túneles. Para Ortega y Gasset, la claridad suponía la cortesía del filósofo. Aun de acuerdo con el pensador español, en poesía no ocurre necesariamente del mismo modo: el cripticismo, la ocultación pueden convertirse en poderosas armas en favor del poema, pues el reverso de estas cualidades no es otro que la apertura insinuante del sentido.

Éste es el caso de la poesía de López Carballo. Pues es momento de aclarar que la complejidad adherida a su obra no es producto de la torpeza del escritor –pocos escritores tan conscientes del proceso de escritura como López Carballo-, sino resultado del modo particular que éste tiene de concebir la literatura.

El forcejeo con la realidad

Para el escritor leonés, literatura es lucha, indagación, duda, forcejeo con la realidad. Todo ello requiere un proceso de revisión y autorrevisión, de bifurcación y refuerzo que hace imposible cualquier tipo de conclusión estable y sencilla –en este caso, todo poema estable y sencillo-. Estos planteamientos justifican la estructura de Quien manda uno, todos los vericuetos y laberintos que vengo anunciando.

Forcejear con este libro es la intención primera y legítima del autor, porque en ese forcejeo está implícito el forcejeo del autor con el mundo. Como dice Pablo López Carballo, “tocado y convertido/ en lenguaje”, no le queda otra al hombre que enfrentarse a un mundo que ha sido fundado con sus propias palabras y que, sin embargo, le resulta inaccesible.

Las palabras que hemos erguido se nos han escapado, se nos han vuelto extrañas, indómitas. Nos envuelven cosas que nosotros mismos hemos bautizado pero que nos son imposibles más allá de su nombre, la cosa en sí que nunca aparece y que obsesiona.

Imposibilidad y obsesión del saber son dos de las constantes de Quien manda uno: “comencé excavando/ aun cuando la ciudad/ se vino abajo/ seguí excavando/ incluso cuando supe/ que también lo hacía/ hacia dentro/ continué/”.

Llegados a este punto, el lector podría preguntarse, ¿y por qué insistir en desvelar el mundo, en ir más allá del lenguaje? ¿Acaso no nos basta con este mundo, con estas palabras? Obviamente no, responde con contundencia Pablo López Carballo. He aquí la otra dimensión del libro: la propuesta crítica. Este mundo que hemos hecho y “hablado” no nos vale, es claramente un equívoco, una aspiración fallida, nos duele: “No los ves/ no ven./ Que me quiten estos cuervos./ Éste me pica en tu nombre y no lo quieres ver/”.

Urge refundar las cosas, darles otros sentido, o más bien, librarlas del sentido perverso que han cobrado: “subyugaciones al viento/ rebaños sobre dos patas/ atadas bien atadas las pezuñas/”.

De esta manera, López Carballo completa su proyecto, le aporta una dosis más de valía y de valor: hay demolición pero también construcción –que no mesianismo-. Por todo ello, Quien manda uno es un poemario de pensamiento, excelente y difícil. Un libro extraño en tiempos de cultura mediatizada, ramplona y enloquecida (cultura que, por cierto, tampoco escapa a los dardos envenenados de Quien manda uno ).


Viernes, 31 de Mayo 2013
Javier Vicedo Alós
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