Bitácora
La lenta desaparición del Arte con mayúcula
Una vez pasado ARCO de este año, y conectando con mi reflexión anterior publicada en este mismo blog, que se refería a mi opinión sobre el término de “Ferias de Arte Contemporáneo”, no puedo dejar de volver a manifestar, ya que la confirmación es sumamente evidente, que estas muestras que deberían de ser consideradas como espacios de comercio, con todo el derecho, se erigen paradójicamente en muestras de cultura exquisita, en muestras de lo que se considera, el arte más vivo y de vanguardia, ese llamado con énfasis inusitado “ el arte emergente”.
Hay evidentemente aquí una falacia manifiesta, ya que se erige sin discusión como manifestación del arte de hoy, impuesta y coreada sin pundor, por los medios de comunicación, cuando prima sobre todo, el espectáculo visual, la provocación sin importar lo más mínimo, que todo esto sea absolutamente efímero.
Lo importante es el hoy, no importa que no llegue al mañana, algo como de usar y tirar, un producto más de la sociedad que vivimos.
Sin embargo es curioso que en este marco, se haya celebrado un debate organizado por el prestigioso periódico El País, cuyo título era: El artista y el público.
Importantes personalidades del mundo del arte contemporáneo plástico participaron invitados en él. La mayoría manifestaba un cierto pesimismo sobre el momento actual que se vive, por ejemplo el reconocido crítico de arte Francisco Calvo Serraller exponía claramente: “vivimos en la idea de romper con la memoria, con el pasado, en función de un futuro vacío, pero que resulte cautivador… los museos quieren ser muestrarios de la actualidad, y no solo eso, si no lo que demande la posibilidad de futuro”…
También el pintor reconocido Eduardo Arroyo se manifestaba con estas significativas palabras: “El artista se está convirtiendo en un hombre absolutamente domado, cosa grave, lo que hay es una perversión del mercado donde muchos artistas quieren trabajar para las Instituciones, ahora los Museos encargan a los artistas, y esto resulta una sovietización, que es cada vez más grave. Aquí el verdadero protagonista de lo que ha ocurrido en este país, en este desierto, han sido los medios de comunicación, ellos nos han regalado todo lo que existe hoy, los museos, el arte, etc.”
Desquiciado ruido
Creo que lo más grave de todo esto,( y ahora soy yo el que toma la palabra), es que el verdadero arte que surgía en el silencio de los apartados estudios del mundanal ruido, hoy estos están instalados orgullosamente en ese desquiciado ruido.
Antes generalmente el trabajo surgía y obedecía a una necesidad interior del artista, para dar primordialmente respuestas a sus inquietudes interiores y al placer de una práctica expresión específica que se recompensaba “de facto”, sin la preocupación del éxito social.
Hoy la producción artística responde cada vez más a las demandas de “un sector enterado” donde los curators son los verdaderos diseñadores de la obra. Y un día habrá que mostrar en los museos los escritos enmarcados de estos y no las obras que ilustran pálidamente sus palabras.
Por otra parte los creadores cada vez están peor preparados en el dominio de la expresión artística y no dan tiempo a que madure su lenguaje ni su pensamiento, presionado por sus deseos de encontrar pronto, un sitio en el fascinante panorama del artisteo.
Diagnóstico apocalíptico
Todo lo que he expuesto tan exagerado en su forma, como diagnostico apocalíptico, si rebajamos su énfasis desmedido, nos encontramos sin embargo que cuando titule este blog “la lenta desaparición…”no he hecho más que observar, que en la sociedad actual esa necesidad profunda de los seres que han conformado va desapareciendo, se va transformando en otras necesidades más en la superficie, multiformes y enormemente dinámicas, que tienen mucho más que ver, con la capacidad creativa y no creadora, bien es verdad que en otras épocas los creadores también eran excepción, pero hoy ante una elevación cultural más general, se ha creado una nivelación de deseos y proyectos, que provoca que ese fuego sagrado vaya apagándose.
Y cave preguntarse, pero esa sociedad no acabara dándose cuenta, que esta cada vez más en posesión de herramientas expresivas tecnológicas cada vez más sofisticadas, pero que se auto complace exponiendo esas posibilidades infinitas en sí mismas, quedándose fascinada por “ los efectos especiales”, véase en un mundo creativo como el cine que se echan en falta talentos de lo profundo a lo Bergman, Tarkoski o , Ford, ¿dónde esta el cine que se hacía en Francia como Remón, o , en Italia como Fellini, o, Visconti? etc.…
Esto desgraciadamente es un vial progresivo, “mucho ruido y pocas nueces”, que le vamos a hacer.
Bitácora
Revisar el arte del Siglo XX
A propósito de la exposición de Tintoretto en el Museo del Prado. Madrid, marzo de 2007.
Con la impresión recibida después de ver la exposición de Tintoretto, me surge la pregunta que a continuación expongo: ¿cuándo el siglo XXI comenzará a revisar el arte que se produjo en el siglo XX?
Considero urgente comenzar a revisar los logros estéticos y conceptuales de un siglo que, desde mi opinión, está supervalorado por los expertos, en sus conquistas y en creer que el marchamo “modernidad” fundamenta sin más y da carta de naturaleza a lo que debe ser arte. Ese sentido autocomplaciente que excluye todo lo que no parece ser “vanguardia”.
Es urgente manifestar que no abogamos por un arte conservador, pero claro está que hay que proclamar con contundencia y sin miedo, es posible que no se nos oiga entre tanto ruido visual, que vanguardia también fue Tintoretto en su tiempo, que Schubert y Beethoven también lo fueron y siguen sonando como avanzada a través del tiempo.
Estamos demasiado orgullosos y autosatisfechos, pensando que nuestro siglo XX puso frontera y cerró la antigüedad, determinó lo viejo y lo nuevo. Este concepto ha valido para desencadenar una valoración desmedida y provocar una catarata de ingeniosas realizaciones en que la novedad prima sobretodo, aunque ésta sea banal y simplemente ocurrente.
Mientras comprobamos hasta la saciedad que otros tiempos históricos en el arte primó la superación y el dominio personal, hasta alcanzar cimas de complejidad y profundidad, que se fundamentaba en la gran autoresponsabilidad y el dominio expresivo técnico y absoluto, en la que una exuberante imaginación les llevaba a representar escenas inverosímiles, generalmente en el terreno religioso, refiriéndonos, claro está, a la cultura europea.
Siglo minimalista
El siglo XX, a través de sus grandes artistas de vanguardia, fueron despojando éste de complejidad, donde lo “conceptual” fue ganando consideración y peso sobre lo representado, una idea brillante e incluso compleja por encima de la obra, hasta convertirse ésta en cita para aquella.
No quiero extenderme aquí, solo esbozar la repercusión nefasta que ha traído una de la últimas tendencias como el “minimalismo”, que en vez de potenciarse lo esencial después de una ardua tarea, se deriva en lo mínimo, pero eso sí, con grandes posibilidades decorativas en la arquitectura de hoy.
Quiero dejar algo claro, que mientras en la antigüedad cada artista era la personificación de todo el bagaje cultural y estético hasta ese momento, y lo expresaba implícitamente en sus obras, recogiendo el legado aportado por sus antecesores, que vino en llamarse tradición, y cada uno procuraba un ascenso y una innovación; en la época actual, desde el siglo XX, ese bagaje ha servido no para asumirlo e intentar superarlo, sino para impugnarlo, ya que ese concepto y actitud es lo que define “modernidad”.
Pero hoy, que ese factor nos parece la mar de nuevo, en los artistas grandes del pasado muchas veces también impugnaron y removieron los valores representativos, y muchos de esos grandes, invirtieron en su obra sus valores férreamente instituidos, causándoles grandes problemas.
El encargo hecho a Rembrandt para su gran obra “La ronda nocturna”, que se componía de una serie de retratos militares, la innovación le llevó a que en la mitad de los retratados quedaran ocultos sus rostros en la penumbra, por efecto de la composición, lo que llevó a que muchos se negaran a pagarle su parte. Es un ejemplo, pero hay muchos. Caravaggio, en una gran pieza de una iglesia, aparece un caballo en escorzo que ocupa más de la mitad de la obra, con personajes importantes al fondo. Esta actitud no se llamaba vanguardista pero ¡Qué es esto!
Tintoretto viéndolo hoy, nos parece un cineasta de nuestro siglo, pues relata el acontecimiento que expresa lleno de distorsiones, violencia cruda y dura y un sin fin de “efectos especiales”. Es una imaginación desbordante, desde las composiciones sumamente arriesgadas que están al borde casi de lo absurdo, parece un espíritu de hoy que concibe y plasma multitudes humanas que vuelan configurando nubes cargadas de seres que casi chocan entre sí. Esto es, sin duda, una visión cargada de abstracción estética, así como la manipulación que hace, con toda libertad, de las proporciones objetuales.
Se nos llena la boca de modernidad en nuestro tiempo, como si eso fuera en sí algo, la única diferencia entre la de Tintoretto y la nuestra es que nosotros queremos hacerla, esto es, sin duda, “un valor conceptual” y nada más. Tintoretto hoy, sigue siendo moderno.
Bitácora
ARCO, un vendaval de efectos especiales
Siempre entendí el arte, como ejecutante de él que soy, como un vehículo de expresión personal, donde se muestran ideas, concepciones del mundo en que vivimos, y una forma de encontrar sentido vital a través de la práctica del mismo, y también una manera de entrar en el debate cultural continuo, y contribuir a construir una sociedad más moral y sensible. Por supuesto, en mi caso como pintor, el ejercicio fascinante de crear imágenes expresivas estratégicas comunicables, a través de una práctica formal y estética muy física y no virtual.
Con la inauguración de ARCO, que se celebra anualmente en Madrid y en la que he participado algunas veces, siempre siento el distanciamiento anímico de dicho evento y la radical opinión negativa, que configura, una vez más, la concepción del arte en nuestros días.
Sé muy bien, que estas reflexiones que a continuación siguen, están a contracorriente, pero da igual, esto no es algo para conseguir adhesiones, sino un ejercicio crítico y de libertad sin más.
Es increíble que poco a poco nos haya ido pareciendo natural el asumir las palabras “Feria de Arte Contemporáneo” como algo consustancial con la “creación artística” y no más bien, la muestra en extensión infinita de la “creatividad”, facultad que no se debe confundir con creación profunda, que siempre estuvo muy clara su intensidad y altura. Nunca productos estéticos de indiscutible calidad que entrar perfectamente a justificar dicho enunciado “Feria”.
No hablamos de “feria de las vanidades”, ya que algunos artistas son bien merecedores de fama y propaganda. Mi reflexión mostrada aquí es la constatación de mi postura y opinión que he mantenido a lo largo de años, no me asiste el rencor de estar ausente en muchas de ellas, ya que sin ir más lejos, una obra de 1975 “La cabeza urbana” fue mostrada por el Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid en una pasada feria.
Lo cual no me lleva a estar de acuerdo con su enunciado ni sus pretensiones comerciales o de difusión, aunque bien es cierto que es totalmente coherente si nos atenemos a la banalidad que se extiende y se muestra con orgullo en la sociedad que vivimos.
Un siglo de innovaciones
Todo es reflejo y resultado de un siglo XX lleno de innovaciones más epatantes que profundas, y una profusión de espacios comerciales (galerías) y el ascenso en prestigio de galeristas y curators más importantes en la trayectoria y tendencias del arte que los propios artistas.
Comprobamos la contradicción que puede verse en el contraste entre las cifras de visitantes en los pocos días del evento y la asistencia del público, salvo el día de la inauguración, a las innumerables exposiciones en las galerías.
No nos engañemos, el arte plástico nunca ocupó centralidad como acontecimiento y hoy mantiene una presencia muy pobre en la influencia social. Cómo es posible que se haya desacralizado el silencio de los estudios, donde se realiza la práctica, y donde el único objetivo deberá ser la búsqueda de lo profundo de cada artista y no la construcción, en espacio paralelo, de una oficina de relaciones e influencias.
Qué ridículo queda hoy la búsqueda de lo “sublime”, aspiración casi inalcanzable, que siempre estimuló a la progresiva superación personal, artística y vital, en casi todas las épocas, incluso para muchos artistas del siglo XX.
Es gracioso pensar hoy, que estas reflexiones puedan parecer reaccionarias, en que la omnipresente tecnología parece invadirlo todo, haciendo viejo a su paso todo lo que ella no toca.
Banalidad dinámica
Un vendaval de efectos especiales de infinitas y sofisticadísimas mezclas acaparan el espacio presente, fascinantes realizaciones visuales carentes de la más estricta profundidad campean a sus anchas y asombran las mentes embotadas de informacion. La banalidad más dinámica, el ruido y la furia parecen ocuparlo todo.
La “temporalidad” se erige como motor necesario de éste tiempo, no importa que todo se olvide pronto, para dejar paso, en ese río infinito y diverso otras propuestas que no importa demasiado que sean “reinas por un día”. Un tiempo que no se detiene ni para mirarse a sí mismo, porque no puede, ni cree en ello. Donde la sucesión vertiginosa de ingenios deslumbrantes y novedosos pero efímeros, ocupan un espacio finito.
Una vorágine en espiral, asfixia otras maneras de hacer posibles, no el deseo reaccionario del pasado definitivamente clausurado, pero es posible que se acabe este incesante ruido y aparezca un silencio demasiado vacío, para poder poner de nuevo un tiempo distinto en pié, sobre las ruinas de una abrumadora y dilatada decadencia.
Mis reflexiones no van dirigidas sólo al mundo de la plástica, ya que éste es bastante marginal a pesar de su esporádico e intermitente ruido, pues la producción del nuevo arte que es el cine donde ahí si se presentan los problemas humanos también adolece de simplismos y mucho ruido visual.
Editado por
Angel Orcajo
Nacido en Madrid en 1934, Ángel Orcajo estudia dibujo y grabado en La Escuela Nacional de Artes Gráficas (Madrid) y pintura en la Escuela Central de Bellas Artes de San Fernando (Madrid). Participa en el Pabellón de España de la XXX Bienal de Venecia de 1970. Ha expuesto en importantes salas españolas (Juan Gris, Museo Español de Arte Contemporáneo, etc.) de Nueva York (Universidad de Columbia, etc.) pasando por Sao Paulo (Bienal de 1969) y Lisboa y Oporto (Sala da Praça). Hay obra suya en algunos de los principales museos españoles e internacionales.
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