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Blog de Tendencias21 para explicar el universo elegante en el que vivimos



Probablemente, lo peor del peor Trump sea su profundo desprecio por la ciencia. Martin Kallikak, la quintaesencia del pensamiento conservador norteamericano para justificar la desigualdad social, es una falacia asumida incluso por el nuevo presidente republicano con una significativa variante: los emigrantes hispanos son la fuente de los malos genes de los que los que las buenas familias WAPs (blancos, anglosajones, protestantes) deben protegerse si no quieren que los Estados Unidos desaparezcan diluidos en la estulticia genética.


A medida que se van conociendo las peculiares ideas de Donald Trump, se generaliza la preocupación. No es para menos: este curioso personaje parece tener una opinión simplista, exaltada y dogmática sobre casi todo, no muestra el menor recato a la hora de expresarla de manera radical -bordeando a menudo lo obsceno- y únicamente sus propios prejuicios avalan su verdad de iluminado.
 
Pero, aunque hasta ahora apenas se haya tenido en cuenta, probablemente, lo peor del peor Trump sea su profundo desprecio por la ciencia.
 
Con el desarrollo de la ciencia moderna –basada en la razón y el experimento- la humanidad vivió la mayor aventura intelectual de su historia, dando el paso mas importante hacia la modernidad y el progreso. Y para dar este paso tuvimos que prescindir de buena parte de nuestras creencias, dogmas, preconcepciones y, sobretodo, de nuestra arrogancia. En definitiva hubo que hacer justo lo contrario de lo que hace Donald Trump.
 
En particular, una parte de la ciencia, la genética, incomoda especialmente a Trump.
 
La genética se desarrolló como ciencia tras miles de experimentos con plantas, moscas Drosophila, ganado, animales de compañía, bacterias, virus, levaduras y humanos. Y sus resultados, en contra de nuestros deseos, nos dieron una extraordinaria lección de humildad, permitiéndonos explicar quienes somos, aunque esta explicación no gustó a muchos políticos, religiosos, sociólogos y psicólogos que, no teniendo la mas elemental idea de cómo funcionan los mecanismos de la herencia biológica, no estaban dispuestos a permitir que la genética echase por tierra sus prejuicios.
 
Lógicamente la polémica entre naturaleza y crianza (cuánto de lo que somos es el resultado ineludible de la herencia y cuánto es fruto del ambiente) cobró una extraordinaria relevancia.
 
Para quienes defienden la visión mas conservadora de la sociedad, la herencia resulta ideal para justificar la desigualdad: los mas desfavorecidos lo son porque tienen genes defectuosos; todo lo que se haga para ayudarlos a superar su situación será tirar esfuerzo y dinero, ya que su anómala genética les condena, inexorablemente, a la marginación.
 
El mito de la familia Kallikak
 
La principal prueba científica de este argumento conservador es la peculiar historia de Martin Kallikak, quintaesencia del pensamiento conservador norteamericano para justificar la desigualdad.
 
Martin Kallikak era un hombre de buena familia, a quien sus nobles ideales lo llevaron hasta la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, donde luchó como un valiente. Pero ya se sabe: en ese ambiente bélico la rectitud moral se relaja y el bueno de Martin terminó tonteando durante algún tiempo con una malvada moza de taberna un tanto corta de entendimiento. Como resultado de sus ardores tuvo un hijo, Harry, que desde bien pequeño mostró una irresistible atracción por el mal. En su juventud ya era un taimado delincuente que, por sus muchas fechorías llegó a ser conocido como Harry 'el Terror'.
 
Para colmo, Harry 'el Terror' fue promiscuo y a su vez engendró numerosos hijos, que fueron tan malos como él, pues eran portadores de los malvados genes de la moza de taberna. Y estos infames hijos de Harry 'el Terror' siguieron con la afición a procrear y originaron nuevos descendientes a los que transmitieron los genes de su malvada abuela, lo que inexorablemente los volvió malvados y retrasados. Y así a lo largo de las generaciones.
 
Por lo visto, a día de hoy los numerosos Kallikak descendientes de la moza de taberna siguen siendo malvados y tontos, simple carne de presidio, o, en el mejor de los casos, de instituciones para discapacitados mentales. En todo caso ocupan los mas bajos puestos de la sociedad americana.
 
Pero una vez olvidado el ambiente de costumbres depravadas de la guerra, Martin Kallikak volvió al buen camino. Sus excelentes orígenes se impusieron y le arrastraron de regreso a Nueva Inglaterra. Allí se casó con una cuáquera de muy buena familia. Tuvo hijos listos, honestos y piadosos que heredaron sus buenos genes y los también magníficos genes de su piadosa madre cuáquera. Por supuesto tras casarse con parejas de genealogía impecable, le dieron nietos igualmente capaces y bondadosos. A lo largo de las generaciones, los Kallikak descendientes de la buena rama familiar, siguieron progresando por el buen camino. La almibarada historia de esta rama de los Kallikak no pudo acabar mejor: a día de hoy estos Kallikak son ilustres ciudadanos que ocupan lo más alto de la escala social norteamericana.
 
La lección de las dos ramas contrapuestas de la familia Kallikak está clara: la inteligencia y la bondad se heredan inexorablemente. Los hombres están hechos de genes buenos o de genes malos. Y los genes son los únicos responsables del éxito o del fracaso social. Nada se puede hacer para modificar este irremediable destino. Y nunca hay que olvidar que la mezcla entre genes siempre es pésima: los buenos genes de Martin Kallikak se malograron al mezclarse con los infames genes de la moza de taberna corta de entendimiento.

Martes, 17 de Enero 2017 | Comentarios

Hay muchas más especies de parásitos que especies no parasitarias y los parásitos que triunfan son los inteligentes: hacen tan poco daño que pasan desapercibidos. Los modelos evolutivos de parásito-hospedador se pueden extrapolar a las sociedades humanas, pero los seres humanos deben aprender teoría de juegos para saber cómo parasitar.


A mediados del siglo pasado, el Arzobispo de Canterbury, cabeza de la Iglesia Anglicana y convencido creacionista, protagonizó un acalorado debate sobre la evolución con J. B. S. Haldane, el más brillante biólogo evolutivo de su tiempo. Tras arduas discusiones, y ante la falta del más mínimo acuerdo, el arzobispo decidió poner fin a la discusión lanzándole al científico un dardo envenenado:

- Profesor Haldane, después de tantos años de estudio, algo le habrá enseñado la biología acerca del Supremo Hacedor…
Haldane no se arredró. Rápidamente recogió el guante y contestó magistralmente:
- Indudablemente: Dios siente un amor desmedido por los escarabajos.
 
Para entender la respuesta de Haldane debemos tener en cuenta que más del 30% de la totalidad de las especies de animales existentes sobre la Tierra son escarabajos. Y si, como sostenía el Arzobispo de Canterbury, Dios había creado el mundo en 7 días, indudablemente había demostrado un sorprendente gusto al crear más especies de escarabajos que cualquier otro ser vivo.
 
Pero, a pesar de su ingeniosa respuesta, Haldane no acertó del todo: está claro que lo que más le gusta al Supremo Hacedor son los parásitos. Hay muchas más especies de parásitos que de especies que viven sin dedicarse al parasitismo.
 
Se estima que cada especie tiene, aproximadamente, 2 parásitos exclusivos. Y aparte hay miríadas de parásitos inespecíficos (como garrapatas, pulgas, chinches, ácaros, áscaris, anisakis…), capaces de gorronear a centenares de especies diferentes. Así no hay que ser un portento de las matemáticas para inferir, acertadamente, que el número de especies parásitas supera con mucho al de especies no parásitas…
 
Ser parásito compensa
 
En el mundo de la biología, resulta evidente que el parasitismo es una estrategia evolutiva muy acertada: ser parásito compensa.
 
Y en estos tiempos de gran confusión parece que este hecho también se cumple en las sociedades humanas, donde -desafortunadamente- sobran ejemplos de comportamientos parasitarios que aparentemente compensan.
 
Pero los parásitos surgieron a partir de la evolución de organismos que inicialmente no eran parásitos. Con el tiempo, a veces poco a poco y otras veces a grandes saltos, fueron perdiendo la capacidad de vivir por sí mismos y se fueron adaptando a una vida de explotación de sus incautos hospedadores.
 
En principio, la vida del parasito parece una “vida muelle”. Pero no nos engañemos: ser un parásito eficiente es algo que encierra mucha dificultad. El parásito tiene que llegar a un equilibrio complicado, que le permita vivir como parásito, haciendo tan poco daño a su hospedador, que este ni siquiera se entere (o que si se entera considere que el daño sufrido es tan nimio que no le vale la pena perder el tiempo en librarse de tan despreciable criatura). Así, la gran mayoría de los hospedadores proporcionan una vida excelente a los parásitos, eso sí, siempre que estos no se pasen de la raya.
 
Pero cuando el parásito causa mucho daño a su hospedador, a este no le queda más remedio que reaccionar dedicando sus esfuerzos a exterminar a tan indeseable compañía. Mal asunto para el parásito. Incluso un parásito extremo, capaz de parasitar tanto que logre que el hospedador muera, está igualmente acabado: el fin de su hospedador también asegura la muerte del parásito.
 
Más del 99,99 % de los parásitos que han existido ya están extintos (aunque siguen apareciendo nuevos parásitos por evolución). Y los humanos estamos llevando al borde de la extinción a los parásitos más dañinos, e incluso estamos acabando con parásitos que no nos hacen demasiado daño (y que no se conocieron hasta fechas recientes, en que la ciencia los descubrió y les declaró la guerra).

Martes, 10 de Enero 2017 | Comentarios


Eduardo Costas/Victoria López Rodas

Aunque ser zurdo es algo que pueda sumir en la duda a muchos padres preocupados durante la larga fase de crecimiento de sus retoños y los chavales con zurdera incipiente sean obligados a comenzar un proceso de adiestramiento, ser diestro o zurdo está en los genes.


Utilizamos la palabra “diestro” como sinónimo de hábil y mañoso. Por el contrario el vocablo “siniestro” está lleno de connotaciones peyorativas.
 
Históricamente la zurdera se ha considerado un estigma social. Muchas culturas consideran a los zurdos “defectuosos” (hasta el punto que en varios países se permite repudiar a una mujer si el marido descubre que es zurda). Y sin ir más lejos, quienes ya tenemos la edad suficiente como para haber ido “al cole” en época de Franco, recordamos como en nuestra niñez se reprimía, a menudo con crueldad, a los niños zurdos.
 
Ser zurdo es raro; pero no tanto: aproximadamente el 15% de los niños de 10 años son zurdos. Sorprendentemente la cifra baja hasta cerca del 5% en adultos de 50 años. Y todavía cae mucho más en la vejez: apenas el 1% de los mayores de 80 años son zurdos.
 
Indudablemente se podría pensar que, a medida que crecen, los niños zurdos “se van adaptando” al mundo de los diestros. Pero no resulta muy convincente pensar que después de la jubilación la mayoría de los zurdos se transformen en diestros.
 
Lo que realmente ocurre es, en verdad, terrible: los zurdos se mueren antes que los diestros.
 
Los análisis comparados sobre la esperanza de vida de zurdos y diestros indican que la probabilidad de morir de un zurdo es casi un 2% mayor que la de un diestro a lo largo de toda su vida.
 
Analizando el Registro Civil norteamericano, se comprueba que la esperanza de vida de un zurdo es nueve años menor que la de un diestro. Y separados por sexos, los hombres zurdos fallecen de media once años antes que los diestros, y las zurdas lo hacen cinco años antes que las diestras.
 
De los completos registros estadísticos a los que los norteamericanos son tan aficionados, el zurdo más longevo estudiado llegó a los 91 años, frente a los 109 que vivió el diestro más anciano. Casi 18 años de diferencia.
 
En una obvia explicación ambientalista, la mayor mortalidad de los zurdos puede ser debida a que el mundo industrial que nos rodea está pensado para diestros. Eso hace que los zurdos tengan mayor probabilidad de morir en un accidente. Esta tendencia fue escandalosamente alta durante la Revolución Industrial, cuando era un 89% mas probable que un zurdo muriese en un accidente de trabajo en comparación con un diestro.
 
La biología también ayuda
 
Estadísticamente los zurdos muestran un ligero incremento en problemas de salud cuando se comparan con los diestros, ya desde el nacimiento. Los zurdos tiene una probabilidad algo mayor de padecer una amplia variedad de problemas médicos (desde bajo peso al nacer hasta esquizofrenia) que los diestros. En compensación parece que la proporción de zurdos entre los considerados “grades hombres” de la humanidad es ligeramente superior a la de los diestros. (Pero ojo, hay que entender, que la estadística hace predicciones sobre grandes números: si usted es zurdo, en su caso concreto, nadie puede decirle que padecerá mas problemas de salud que un diestro –ni tampoco que vaya a ser un “gran hombre” o “gran mujer”-).
 
Pero… ¿Por qué hay zurdos y diestros?
 
Debido a nuestra simetría bilateral, parece que lo normal sería ser ambidiestros. ¿Por qué una mano debería ser más hábil que la otra?
 
Indudablemente ser diestros o zurdos no es cosa de la educación humana. Nuestros primos chimpancés, bonobos y gorilas también son diestros y zurdos cuando usan herramientas: por ejemplo un chimpancé zurdo casi siempre usa su mano izquierda cuando hurga con un palito en un termitero para capturar hormigas (y un diestro casi siempre lo hace con la mano derecha). Y, como en los seres humanos, la mayoría de los chimpancés son diestros.
 
La destreza y la zurdera –con el predominio de los diestros- ya existía hace 5 millones de años en las poblaciones de los primates que fueron ancestros comunes de chimpancés y humanos.
 
Y la genética está aportando interesantes hallazgos para entender este fenómeno. A partir de ahora llamaremos “lateralidad“ a la destreza y zurdera. La lateralidad es lo que los genéticos llamamos un carácter poligénico. A diferencia del color y la textura de los guisantes de Mendel -o de los distintos grupos sanguíneos de los seres humanos- que están controlados por un solo gen con distintos alelos, los caracteres poligénicos como la lateralidad se deben al efecto combinado de muchos genes, que interactúan de modo complejo entre si y con el medio ambiente.
 
Así la lateralidad está controlada por mecanismos moleculares poligénicos que establecen que seamos diestro o zurdos muy temprano en nuestro desarrollo embrionario. La familia de los genes PCSK6 está implicada en esta regulación. Combinaciones de variantes en estos genes –y otros similares- decidirán si vamos a ser diestros o zurdos. Y no solo eso: Algunas mutaciones del gen PCSK6 pueden conseguir incluso que algunos órganos se formen en el lado equivocado del cuerpo. No es de extrañar que ser diestros o zurdos influya en nuestra esperanza de vida.
 
Estamos genéticamente programados para que el hemisferio izquierdo del cerebro (que manda sobre la parte derecha del cuerpo) controle el lenguaje. Así las habilidades asociadas al lenguaje (como escribir) se controlan con el hemisferio izquierdo y por eso, cuando empezamos a escribir, a la mayoría de nosotros nos resulta más sencillo hacerlo con la mano derecha, salvo que el destino nos haya dado alguna combinación de genes que nos haga ser zurdos.
 
No es de extrañar que las variantes genéticas de PCSK6 afecten a otros muchos caracteres, como la capacidad lectora: ciertas mutaciones de PCSK6 generan problemas que incapacitan para la lectura.
 
Aunque ser zurdo es algo que pueda sumir en la duda a muchos padres preocupados durante la larga fase de crecimiento de sus retoños y los chavales con zurdera incipiente sean obligados a comenzar un proceso de adiestramiento, ser diestro o zurdo está en los genes.
 
Que un zurdo acabe escribiendo con la derecha por obligación no va a incrementar su esperanza de vida, ni su calidad.
 

Martes, 11 de Octubre 2016 | Comentarios


Eduardo Costas/Victoria López Rodas

Mientras se van acumulando evidencias del papel destacado que los genes desempeñan en la amistad, el reto está en desvelar cómo actúan estos genes. Todavía falta un largo camino.


Cuando nos preguntamos sobre cuáles son las características esenciales que nos hacen humanos, indudablemente la capacidad para establecer relaciones de amistad aparece en un lugar destacado de nuestra lista.
 
Nos parece evidente que las relaciones de amistad -vitales en nuestra vida social- se establecen exclusivamente por razones culturales, sociales, históricas, o incluso estocásticas, en las que la biología poco tiene que ver.
 
Sin embargo, la investigación del Dr. James Fowler y su equipo de la división de Genética Médica de la Universidad de California, aporta una insólita explicación a la amistad, demostrando que una de las causas principales por la que se establecen amigos es genética.
 
Tras estudiar relaciones de amistad-enemistad en grupos de adolescentes, secuenciaron en cada uno de ellos seis genes implicados en el metabolismo de la dopamina y la serotonina, encontrando un resultado espectacular: quienes disponen del mismo alelo del gen DRD2 (un receptor de dopamina) casi siempre son amigos, mientras que los que disponen de distinto alelo para el gen CYP2A6 casi siempre son enemigos.
 
Evidentemente este estudio no demuestra la existencia de un determinismo biológico irreversible para la amistad (de manera que quienes no tengan el mismo alelo DRD2 jamás puedan llegar a ser amigos, ni tampoco que la enemistad se base solo en poseer diferentes alelos CYP2A6).
 
Los seres humanos disponemos de genes que permiten construir nuestros complejísimos cerebros que nos permiten tomar decisiones muy alejadas de los condicionamientos biológicos inmediatos.
 
Por supuesto tengo muy buenos amigos que tienen alelos DRD2 y CYP2A6 distintos a los míos. Pero si hacemos una lista de nuestros amigos, la mayoría van a tener nuestro mismo alelo DRD2, mientras que la mayoría de nuestros enemigos tendrán un alelo CYP2A6 diferente del nuestro.
 
Mientras se van acumulando evidencias del papel destacado que los genes desempeñan en la amistad, el reto está en desvelar cómo actúan estos genes. Todavía falta un largo, camino.
 
Mientras tanto, la ciencia nos va permitiendo entender mejor quiénes somos.
 

Martes, 4 de Octubre 2016 | Comentarios

Nos gustan las proporciones áureas en cualquier forma y construimos los objetos más diversos, desde joyas a catedrales, siguiendo proporciones áureas. Por eso la proporción áurea no es –para nada- la divina proporción, la geometría sagrada, ni la matemática de Dios. Solo es una proporción agradable para los individuos de nuestra especie.


Llevamos milenios reflexionando sobre cuáles son las características esenciales que nos hacen humanos.

Sin duda la capacidad para percibir la belleza -o si se prefiere, el potencial para la estética- es uno de los principales ingredientes en la receta de un ser humano. Y es que pocas peculiaridades parecen tan típicamente nuestras como la capacidad de emocionarnos contemplando la Acrópolis de Atenas, el David de Miguel Ángel o la Gioconda de Leonardo da Vinci.

Hace milenios nuestros ancestros ya depositaban flores en los enterramientos de sus seres más próximos, pintaban sus cuevas y esculpían bellas estatuillas sin ninguna utilidad práctica. Y cada vez hay más evidencias de que los humanos cuidaron primitivos jardines mucho antes de ser agricultores y tuvieron mascotas antes de desarrollar la ganadería.
 
No es de extrañar que muchos de los grandes filósofos (Platón, Diderot, Kant, Hegel, Schopenhauer, Heidegger, Rusel, Umberto Eco…) dedicasen ingentes esfuerzos a comprender la esencia de la belleza. Incluso grandes matemáticos y físicos sostienen que la belleza es una característica esencial para estimar la certidumbre de una demostración (y buena parte de la mecánica cuántica se desarrolló teniendo presente inquietudes estéticas).
 
En todo caso la belleza siempre aparece rodeada por una aureola de misticismo. Y en el límite de este misticismo está la proporción o razón áurea (cuyos más entusiastas defensores llaman divina proporción, geometría sagrada, geometría divina, matemática de Dios y otras exageraciones por el estilo).
 
Desde que Euclides recogiese en sus Elementos la definición de la proporción áurea demostrando que es un número irracional, miles de arquitectos, artistas matemáticos, naturalistas, e incluso legiones de charlatanes, han atribuido un carácter de perfección a los objetos cuyas medidas siguen esta proporción áurea. Si hay un número al que se le atribuye la capacidad de explicar la belleza es, sin duda alguna, la razón áurea.

Pero, por más que legiones de apasionados valedores de la razón áurea hayan defendido que esta proporción es la esencia de cómo Dios creó la belleza del mundo, un análisis más frío hace difícil entender tan desmedida fascinación. A fin de cuentas, aunque la proporción áurea se le llame F en honor del genial escultor Fidias, se trata de un número tan poco llamativo como 1,6180339887…, un número con infinitos decimales que ni siquiera siguen un patrón periódico.
 
¿Cómo es posible que la proporción áurea haya alcanzado tal relevancia?

La biología evolutiva puede ayudar a entenderlo:

Entre nuestras más extraordinarias habilidades está la capacidad –casi infalible- para reconocer y diferenciar las caras de nuestros semejantes. No sólo somos capaces de distinguir a cualquier persona por la forma de su cara –a menudo incluyendo a los gemelos- sino que incluso nos parece que todos nosotros tenemos caras muy diferentes. Podemos contemplar a una multitud apilada en la entrada de un cine sin tener la más mínima dificultad para identificar entre ellos a nuestros conocidos. Incluso podemos reconocer a alguien a quien no hemos visto nunca a partir de una fotografía o de un dibujo. En cambio, si contemplamos las cabezas de un rebaño de ovejas todas nos parecen iguales, si bien la variación en los rostros del ganado ovino es muy superior a la variabilidad morfológica en las caras de los seres humanos. En teoría debería sernos más fácil distinguir unas ovejas de otras que diferenciar a las personas.

Pero evidentemente no es así.

Proporción agradable

A lo largo de nuestra historia evolutiva como primates sociales, hemos necesitado diferenciar, sin error, las caras de nuestros hijos, padres, parientes, y miembros de nuestro clan. Sin duda nos resultó esencial. Y tras miles de generaciones lo hacemos extraordinariamente bien.
 
Los que fueron capaces de diferenciar sin fallos entre los diversos rostros de los seres humanos, también fueron capaces de cuidar a su prole, establecer relaciones de cooperación y ayuda mutua y cuidarse de los enemigos. Pero los que fueron incapaces de reconocer rostros tuvieron gran dificultad en sacar adelante a sus descendientes. No es fácil criar a tu prole si no reconoces la cara de tu propio hijo, ni cooperar si no distingues a tus amigos.
 
Evidentemente a los que tenían una especial habilidad para diferenciar los rostros les resultó más fácil dejar más descendientes que a los incapaces de distinguir entre las diversas caras. Y cada vez fueron menos quienes tenían una incapacidad genética para diferenciar caras porque cada vez tenían menos hijos en comparación con los que si distinguían los rostros.
 
Por eso, a día de hoy, los genes que permiten que desarrollemos una gran habilidad para diferenciar rostros humanos están en cada uno de nosotros, mientras que los genes que no permitieron desarrollar esta habilidad se perdieron a lo largo de la historia.
 
La incapacidad para reconocer los rostros, una alteración conocida como  prosopagnosia, es extremadamente rara en las poblaciones humanas. Apenas  quedan genotipos incapaces de ese reconocimiento, eliminados en su mayoría por la selección natural. Pero la prosopagnosia aún se mantiene en las poblaciones humanas en muy pocas personas (y seguirá apareciendo siempre por mutaciones espontáneas muy poco frecuentes). También se da una prosopagnosia asociada a traumatismos encefálicos que destruyen las áreas cerebrales encargadas de ese reconocimiento facial.
 
Estos individuos con prosopagnosia son claves para entender cómo se produce el reconocimiento facial. En el reconocimiento facial está implicada la proporción áurea. La razón áurea aparece en distintas partes de nuestra cara (como en la relación entre longitud y anchura de la cara, o entre las distancias de la punta de la nariz al mentón y de la boca al mentón, el ancho de la nariz y la distancia de la nariz a los labios, la distancia de las pupilas a la punta de la nariz y de las pupilas a los labios…). Hay mas de dos docenas de proporciones áureas en el rostro humano (y otras tantas en nuestro cuerpo).
 
Evolutivamente aprendimos a reconocernos mediante proporciones áureas. Por eso no es de extrañar que la proporción áurea nos resulte tan agradable. Estamos “programados” genéticamente para reconocer a nuestros padres, a nuestros hijos y a nuestros amigos en buena parte gracias a la proporción áurea. Lógicamente nos gustan las proporciones áureas en cualquier forma y construimos los objetos más diversos, desde joyas a catedrales, siguiendo proporciones áureas. Y hay fuertes evidencias de que quienes padecen prosopagnosia no encuentran agradable la proporción áurea (aunque son necesarios más estudios sobre el tema).
 
Por eso la proporción áurea no es –para nada- la divina proporción, la geometría sagrada, ni la matemática de Dios. Solo es una proporción agradable para los individuos de nuestra especie.

Martes, 27 de Septiembre 2016 | Comentarios

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Editado por
Eduardo Costas/Victoria López Rodas
Eduardo Martínez de la Fe
Eduardo Costas y Victoria López Rodas son Catedráticos de Genética en la Universidad Complutense de Madrid, donde llevan casi 30 años investigando juntos en genética evolutiva y biotecnología. Han publicado mas de 200 artículos científicos, diversos libros, y dirigido mas de 100 proyectos de investigación básica y aplicada, transfiriendo tecnología a diversas empresas (Iberdrola, Acciona…), desarrollando patentes, aplicaciones industriales y promoviendo empresas de base tecnológica. Han dirigido 25 tesis doctorales –varios de sus discípulos hoy son profesores en universidades Norteamericanas-. Convencidos de que la ciencia y la educación son claves para mejorar la vida cotidiana, intentan hacer una divulgación científica divertida.