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CIENCIA Y TECNOLOGÍA

 



La química se desarrolló de forma importante en la Francia de últimos del siglo XVIII, especialmente de la mano de Antoine Lavoisier, considerado el padre de la química moderna. El comportamiento de los gases y su composición también fue objeto de estudio en aquellos años, de la mano, entre otros, de Daniel Bernoulli. Eso llevó pronto a la idea de la existencia de partículas elementales como componentes de los gases, primero, y de la materia, después. A dichas partículas se las llamará después moléculas y átomos, y el atomismo como teoría explicativa del interior de la materia, se formulará pronto en el siglo XIX y se perfeccionará a lo largo de él. Dicha teoría resultará fundamental para explicar totalmente las leyes del calor y del trabajo.


Las aportaciones teóricas previas a la termodinámica
El mecanicismo, el determinismo, la materia continua y sólida, el universo estable y eterno, la existencia siempre de causas en todos los fenómenos observados en nuestro mundo y varias otras concepciones adicionales, procedentes de la revolución científica, comenzaron a resquebrajarse con la formulación del segundo principio de la termodinámica. Al principio, a partir de los años 20 y 30 del siglo XIX, las nuevas interpretaciones sobre la naturaleza de nuestro mundo, surgidas alrededor de lo que luego se llamaría termodinámica, se mantenían en las manos, o en las mentes, de sus creadores y no se habían difundido mucho en el conjunto de las sociedades avanzadas de la época. Poco a poco serían conocidas y crearían una nueva mentalidad, o cosmovisión, según la expresión que venimos utilizando en este blog.

La revolución industrial seguía su curso, no obstante, y las máquinas de vapor mejoraban cada vez más sin que el conocimiento científico del calor y su transformación afectara mucho a la construcción y uso de dichas máquinas, salvo, quizá, en hacerlas más eficientes. Los padres de la termodinámica, a los que ya hemos hecho referencia, acertaron con las leyes básicas que regían la transformación del calor en trabajo o intercambiabilidad entre estos dos fenómenos, y descubrieron algo verdaderamente relevante como la entropía, a la que más adelante haremos referencias adicionales, pero existían más cosas sobre las que al principio se sabía muy poco. No se conocía muy bien qué era la temperatura, de donde procedía y que ocurría en la materia al calentarse.

La explicación más profunda del calor y la temperatura se apoyó en aportaciones científicas algo anteriores a la época de Sadi Carnot (1796-1832), Clausius (1822-888) y Thomson (1824-1907), de la que venimos hablando. Unos años antes, a finales del siglo XVIII y muy tempranamente en el XIX, algunos hombres reflexionaron sobre el interior de la materia observable y sobre la idea de átomo, antigua desde luego, porque procedía de Demócrito (460 a C - 370 a C), pero que en la Europa de principios del siglo XIX se redescubre o adquiere relevancia de la mano de personajes como los ingleses John Dalton (1766-1844) y Humphry Davy (1778-1829), e l sueco Jöns Berzelius (1779-1848), el italiano Amedeo Avogadro (1776-1856) y el francés Joseph-Louis Gay-Lussac (1778-1850), entre otros.

Aunque en aquella época eran muy pocos los científicos profesionales y no había gran distinción en las áreas científicas a las que se dedicaban, la mayoría de los mencionados se interesaron por tres temas relevantes. Uno, la química, continuando así la labor de Lavoisier (1743-1794); otro, la electroquímica, inspirados por Alessandro Volta ; y un tercero, los gases y su naturaleza, terreno antiguo de estudio al haber sido el aire, desde siempre, un tema de interés y, probablemente, al ser el vapor de agua el elemento transformador del calor en trabajo en el que se fundamentó la máquina de vapor.
Adolfo Castilla el Domingo, 20 de Abril 2014 a las 16:12

Continuamos en este post resumiendo lo que fue la formulación del segundo principio de la termodinámica y el concepto de entropía durante las décadas de los años 20, a 50 del siglo XIX. Nos interesa, como siempre, la manera cómo las nuevas explicaciones sobre la naturaleza se abren camino en la mente del hombre y cómo una nueva racionalidad surge y se difunde. En este caso es la termodinámica la que capta nuestra atención, incluidos sus principios o leyes, con énfasis en su segunda famosa ley y en el concepto de entropía, íntimamente ligado a ella.

Mencionamos las personas clave de lo que llamamos termodinámica y dejamos listo el tema para entrar en lo que será una visión atomista o atómica de la materia y de nuestro mundo. Con ella va a venir una interpretación probabilística de la naturaleza.


Termodinámica, entropía y probabilidad
Para estudiar la evolución de la racionalidad humana que es lo que más nos interesa en este post, resulta muy interesante comprobar la forma cómo la mente del hombre descubre la verdadera naturaleza de los fenómenos físicos. Algunos hombres con curiosidad, sentido crítico e inteligencia, se dan cuenta de que las explicaciones existentes sobre algo no sirven para determinar la verdad de un fenómeno y comienzan a pensar en una hipótesis alternativa. Lo hemos visto en el caso del calor y el trabajo, especialmente de la mano del Conde Rumford y en relación con la construcción de cañones. Sadi Carnot (1796-1832) seguramente tuvo acceso a las explicaciones de Rumford y del físico sueco Johan Carl Wilcke (1732-1796) al que también se ha hecho referencia en el post anterior, él mismo hizo pruebas y trabajó tratando de mejorar la eficiencia de las máquinas de vapor y, finalmente, tuvo la capacidad y la habilidad de publicar un libro con las nuevas propuestas en relación con el calor y el trabajo. Fue ingeniero militar, hijo a su vez de un eminente matemático, militar e ingeniero, e ingresó muy joven en la École Polytechnique de Paris en donde tuvo notables maestros y destacados condiscípulos.

El proceso en sí a través del cual determinados personajes terminan haciendo grandes propuestas sobre el funcionamiento de la naturaleza es mezcla del empirismo y la comprobación en relación con el fenómeno físico en cuestión y del razonamiento intelectual que construye la teoría explicativa y eventualmente sus leyes y formulaciones matemáticas.

Carnot descubrió que en toda transformación de calor en trabajo hay siempre una pérdida de calor, es decir, de energía, ya que el calor es una forma determinada de energía. Dicha pérdida, de acuerdo con el primer principio de la termodinámica, no puede desaparecer, sino pasar a una forma distinta de energía. Para entender qué es lo que pasaba en realidad con la energía disipada se tuvieron que dar pasos adicionales en cuanto a la composición de la materia. Se tuvo que avanzar, como más adelante veremos, en la mecánica estadística, o lo que es lo mismo, en la composición atómica de la materia, en la movilidad de los átomos y en su vibración, aspectos relacionados a su vez con el concepto de “entropía”. Carnot estuvo cerca pero no descubrió este nuevo concepto, como es sabido, aunque no lo podemos saber con certeza ya que murió con 36 años en una epidemia de cólera y sus papeles y pertenencias fueron quemados. Antes y después de dejar el ejército sin pensión alguna, vivió varios años en un asilo para enfermos mentales.

Su obra fue rescatada y difundida años después de su muerte, a partir de 1834, por Émile Clapeyron (1799-1864), destacado físico e ingeniero, también francés, considerado asimismo padre de la termodinámica junto a James Joule (1818-1889), Rudolf Clausius (1822-1888), William Thomson (1824-1907), sin duda, Ludwig Boltzmann (1844-1906), y en parte también, James Clerk Maxwell (1831-1879), el enorme matemático y físico escocés, autor de las ecuaciones de los campos electromagnéticos.

La termodinámica tomó forma a través de la labor de estos últimos personajes, siendo, por ejemplo, Thomson, también conocido por Lord Kelvin, el que por primera vez utilizó ese nombre para referirse al área de conocimientos que estudia: “las relaciones del calor con las fuerzas que actúan entre las partes contiguas de los cuerpos y entre el calor y los fenómenos eléctricos”.

Rudolf Clausius a su vez, fue el introductor de la palabra “entropía ” en los años 1850. Con ella, que en griego significa evolución y transformación, se quiso indicar la energía que no puede transformarse en trabajo o aquello en lo que se convierte la energía perdida en toda transformación de calor en trabajo.

El concepto y la palabra de entropía están unidos a la idea de desorden o enfriamiento absoluto hacia lo que parece tender todo en nuestro universo. Algo realmente novedoso y sorprendente hoy y, sobre todo, en la época en que esas cosas fueron formuladas, ya que nuestro planeta, la vida, y nosotros mismos, somos fenómenos contrarios a esa ley de la naturaleza. Somos de hecho fenómenos “neguentrópicos” o de entropía negativa. Y algo además de enorme trascendencia para las interpretaciones posteriores: la formulación matemática y probabilística del desorden, o caos, hacia el que tiende, supuestamente, el universo.

Para muchos, la segunda ley de la termodinámica, que es una ley existente en la naturaleza, junto con la idea de “entropía”, un fenómeno también natural, constituyen las leyes más importantes que el hombre ha formulado a lo largo de la historia de la humanidad. Quizá haya sido cierto hasta la formulación de la mecánica cuántica.
Adolfo Castilla el Domingo, 23 de Marzo 2014 a las 18:57

Sorprende lo difícil que resulta para el hombre descubrir o establecer las leyes de la naturaleza. Se consigue a través de largos procesos de prueba y error y de aproximaciones sucesivas que terminan por dar resultados satisfactorios en forma de teorías explicativas, leyes de funcionamiento y fórmulas matemáticas que relacionan variables. Las hipótesis tentativas que se formulan son a veces extrañas e ingenuas pero su rechazo y su perfeccionamiento permiten objetivos notables que significan de hecho nuevos niveles de evolución del cerebro humano, y más precisamente, de su mente.

Nos parece que el cerebro y la inteligencia son cosas terminadas pero no es así en absoluto, y, por supuesto, cada vez que se descubre una nueva ley de la naturaleza o se explica un fenómeno importante, la mente del hombre da saltos evolutivos y la racionalidad avanza y se perfecciona. Los saltos en cuestión ocurren en la mente de personas concretas, muy notables, que constituyen en realidad flechas evolutivas de nuestra especie. Con frecuencia una de esas personas da el primer salto cualitativo de imaginar las cosas de forma diferente a cómo se creía que eran con anterioridad, y otras, relacionadas con el tema, las perfeccionan. Previamente además, hay aportaciones diversas en las interpretaciones que sin duda dirigen y orientan el pensamiento de las personas que hacen la síntesis. A posteriori, por otra parte, hay un largo periodo en el que las nuevas ideas tienen que difundirse, entenderse y compartirse.

En el presente post hacemos una incursión en uno de esos momentos destacados de la humanidad en el que se descubren las leyes del calor y del trabajo.


La segunda ley de la termodinámica y el concepto de entropía
En los años 20 del siglo XIX se produjo uno de los saltos en la racionalidad humana mencionados en la entradilla al que queremos referirnos aquí. Fue muy importante porque dio lugar a una interpretación de la realidad de nuestro mundo muy distinta a la ya establecida y bien difundida entonces deducida de la Revolución Científica de los siglos XVI, XVII y principios del XVIII. Una interpretación que andando el tiempo daría lugar a una nueva y gran cosmovisión. Se trata de la explicación de las leyes de la energía, el calor y el trabajo, de la formulación de la segunda ley de la termodinámica y de la introducción del concepto de “entropía”.

Haremos una revisión rápida del tema mencionando y de las personas clave, pero advertimos, como siempre, que la historia escrita en la que nos apoyamos no deja de ser la de las culturas en las que la ideas surgieron, en este caso las de Francia e Inglaterra. Son los dos países europeos en los que la industria, la tecnología y la ciencia habían prendido con más fuerza en aquella época. Alemania se incorporó con algo de retraso y lo mismo ocurrió con otros países europeos.

Como ya se ha visto en este blog, las tecnologías relacionadas con la utilización del carbón mineral, el vapor de agua y la máquina de vapor habían evolucionado mucho y sus aplicaciones se había extendido por doquier. Fue uno de los momentos en la historia de la humanidad en los que una nueva forma de energía dio un gran impulso a la sociedad, creó riqueza y permitió el desarrollo.

A pesar de ello no se conocía con precisión la naturaleza de la energía, del calor y del trabajo, y mucho menos las leyes que gobernaban esos fenómenos. Ya se ha hablado de la idea del “calórico” que se suponía era un fluido que impregnaba la materia y del que salía el calor. Y creo que se ha hecho referencia también a Benjamin Thompson (1753-1814), Conde Rumford, quizá la primera persona que empezó a dudar de la existencia del “calórico” y la que relacionó el trabajo con el calor. Se trató de un americano de las colonias que en la independencia optó por seguir siendo británico e hizo una larga carrera en Europa como médico, inventor, militar y político, y que forma parte de la revolución de la termodinámica. Siendo responsable de la fabricación de cañones en Baviera, en donde vivió a partir de 1875 y donde fue Ayudante de Campo del Príncipe Elector Charles Theodore, se dio cuenta que el calor no se agotaba como cabría deducir de la existencia del calórico, sino que cada vez aumentaba más cuando las herramientas para horadar el interior del cañón actuaban arrancando el hierro del que el cañón se fabricaba.

Pensó que el calor se transformaba en trabajo y el trabajo en calor y publicó sus descubrimientos, aunque se encontró en ello con la competencia del físico sueco Johan Carl Wilcke (1732 –1796) que en paralelo había llegado a las mismas conclusiones.

Pero la termodinámica como ciencia surge de la mano del ingeniero militar francés y físico Nicolas Léonard Sadi Carnot (1796 – 1832), en 1824 con la publicación de su libro Réflexions sur la puissance motive de feu. Analizó en él la eficiencia de las máquinas de vapor al convertir el calor en trabajo y demostró que el trabajo se producía cuando el calor pasa de una temperatura más alta a una más baja. El término de termodinámica como tal no fue utilizado hasta que lo acuñó en 1849 el gran físico inglés, William Thomson, Primer Barón Kelvin (1824 – 1907), otro de los nombres destacados de la ciencia del siglo XIX.

Carnot formuló una segunda ley (o segundo principio) de la termodinámica rudimentaria al explicar la transformación del calor en trabajo y al señalar que hay siempre una pérdida de calor en ese proceso. No llegó a introducir, sin embargo, el concepto de “entropía”, que fue obra, años después de la muerte de Carnot, de otro de los padres de la termodinámica, el físico y matemático alemán, Rudolf Julius Emanuel Clausius (1822 –1888).
Adolfo Castilla el Sábado, 22 de Marzo 2014 a las 22:43

Se trata brevemente en el presente post el tema de las primeras interpretaciones científicas sobre la energía, el calor y el trabajo que se realizaron en el siglo XVIII y primeros años del XIX. Se puede seguir a través de ellas la consolidación de la ciencia que se produjo en aquella época. Se supone que la ciencia moderna, empírica y experimental, surgió de la Revolución Científica y alcanzó con Newton su primer planteamiento formal, pero su consolidación, su difusión y su profesionalización requirió bastante tiempo. Sus primeros pasos fueron dados a partir de actividades artesanales prácticas y de innovaciones relacionadas con la capacidad del hombre de construir utensilios, herramientas y artefactos con sus manos sin conocer con precisión las leyes que gobiernan los fenómenos naturales con los que dichos aparatos se relacionan. Dicha ciencia surgió con el estudio del Universo (Cosmología), de la luz (Óptica), del movimiento y las fuerzas que lo crean (Mecánica), así como de la las reacciones y asociaciones de unos materiales con otros (Química), materias en las que existían previamente muchas aplicaciones prácticas. En una segunda etapa se trató de la energía, el calor y el trabajo, asuntos sobre los que hubo mucha actividad práctica desde el comienzo de la Revolución Industrial a mediados del siglo XVIII.


Hipótesis iniciales sobre la energía, el calor y el trabajo
La energía es una característica de nuestro universo que está unida a las capacidades o potencialidades de obrar, transformar o poner en movimiento. El nombre procede del término griego “energos”, que significa fuerza de acción o fuerza de trabajo. Precisamente un aspecto básico de la energía es la potencialidad existente en ella de transformarse o ser transformada en trabajo.

Existen múltiples formas de energía, desde la solar, de la que depende la vida, hasta la energía del viento, la de los cursos de agua, la del mar y la de los combustibles de todo tipo, incluyendo los combustibles vegetales y los fósiles, además de la nuclear, la radiante, la termal o la eléctrica. La energía es de hecho muy abundante en nuestro mundo y el hombre la necesita para subsistir.

La historia de la humanidad está unida a la búsqueda de energía y gran parte de la revoluciones tecnológicas vividas por el hombre han estado relacionadas con las nuevas formas de energías descubiertas y utilizadas. La Revolución Industrial que venimos analizando en los últimos posts, por ejemplo, se produjo alrededor de la energía existente en el carbón mineral transformada en trabajo a través del vapor de agua. Nos hemos referido ampliamente a esta forma de energía la cual está relacionada con el calor, que no es otra cosa que energía termal.

Como ya se ha dicho, a mediados del siglo XVIII y en zonas geográficas particulares de Inglaterra en las que había minas de carbón bituminoso, se encontró la forma de destilarlo similarmente a cómo se destilaba desde muy antiguo el carbón vegetal, consiguiéndose con ello más energía de la disponible naturalmente y mucha más facilidad de uso. Pronto, los hombres que habían empleado desde antiguo el carbón y otros combustibles para calentar el agua y otros líquidos, descubrieron la fuerza expansiva del vapor de agua y la combinaron con la fuerza de la gravedad para hacer máquinas capaces de producir movimiento y con ello generar trabajo.

Ya hemos hablado de todo ello en este blog y hemos indicado algo sobre las máquinas de vapor de todo tipo que se construyeron y se emplearon en actividades diversas a lo largo de los siglos XVIII y XIX, con particular referencia al transporte ferroviario y al marítimo. Todo fue llevado a cabo artesanalmente, es decir que fue producto de la capacidad del hombre de hacer cosas prácticas con sus manos, cosas que resuelven sus problemas, permiten satisfacer sus necesidades y aumentan sus facultades naturales.

Al principio de esa revolución se emplearon poco otras dos grandes capacidades naturales del hombre: la intelectual y la científica. La primera de ellas estaba todavía en aquella época muy ligada a la teología, y la segunda, no había adquirido aún la fuerza necesaria para dirigir los procesos de actuación del hombre sobre la naturaleza física de su mundo.

Se ha mencionado que un ingeniero e inventor destacado de esa época, James Watt (1736 - 1819), trató y consultó mucho a uno delos primeros científicos del siglo XVIII dedicados al estudio del calor, Joseph Black (1728 – 1799), pero ya hemos dicho también que consiguió muy poco de dichas consultas.

Los conocimientos científicos sobre la energía, el calor y el trabajo eran muy rudimentarios entonces y basados en hipótesis no válidas como la existencia del flogisto, una especie de fluido existente en las cosas que podían arder, el calórico, un fluido existente en el interior de muchas materia naturales y que salía fuera de ellas al calentarlas, o incluso el éter, un supuesto fluido que llenaba todos los espacios vacíos de nuestro mundo.

Para la revisión de la racionalidad científico-tecnológica que llevamos a cabo en este blog esas hipótesis iniciales sobre el calor y el trabajo son muy importantes ya que revelan algo sobre lo que insistiremos más adelante. Se trata de que el hombre se enfrenta al conocimiento de la naturaleza de nuestro mundo con hipótesis previas elaboradas por su mente, lo cual muestra el papel de la subjetividad y la consciencia del hombre en la construcción de su mundo físico. Es verdad que dichas hipótesis previas son posteriormente sometidas a experimentos y pruebas de falsabilidad que las mejoran y las hacen más adaptadas a lo que verdaderamente ocurre en la naturaleza, pero no hay nada ni nadie que nos diga lo que de verdad ocurre en último término.
Adolfo Castilla el Martes, 31 de Diciembre 2013 a las 15:25

Comenzamos en este post a hacer una breve revisión de los avances verdaderamente científicos del siglo XIX. Hasta ahora hemos dedicado atención sobre todo a la Revolución Industrial y al sistema productivo que se creó alrededor de sus aportaciones, pero dicho siglo fue también importante en el terreno científico. De hecho surgen en él las semillas de una nueva racionalidad o más bien de una nueva cosmovisión. Tal cosmovisión, o interpretación de lo que es nuestro mundo, lo que somos los hombres y lo que hacemos aquí, seguirá siendo científico-tecnológica, pero no mecanico-determinista. El concepto de entropía, la evolución de las especies y el descubrimiento de los campos electromagnéticos y sus leyes son descubrimientos tan notables como para echar por tierra las interpretaciones mecánicas newtonianas de la cosmovisión imperante entonces. El mundo, se comenzará a interpretar a mediados de dicho siglo, no es un reloj ni una máquina y está sometido a procesos de entropía y neguentropía, el hombre es una especie que evoluciona y en nuestro universo existen fenómenos y fuerzas que no se ven a simple vista como las ondas electromagnéticas.


ALexander Graham Bell con uno de sus primeros teléfonos
ALexander Graham Bell con uno de sus primeros teléfonos
Hemos visto en los últimos posts de este blog cómo en el siglo XIX se consolida la Revolución Industrial en Inglaterra, se expande por diversos países europeos, salta a los Estados Unidos y termina contribuyendo a que lo que llamamos “industria” o “sector industrial” termine siendo un componente fundamental de los sistemas productivos de todos los países. El crecimiento económico espectacular que determinados países han vivido en el siglo XX se ha debido en gran manera al desarrollo y expansión de la industria, que ha llevado consigo además una increíble creación de puestos de trabajo de todo tipo, en la industria en sí, y en lo que denominamos “servicios”.

El fenómeno de la industrialización hizo que el mundo se dividiera por lo que se refiere a volumen económico, crecimiento y renta per cápita, primero, en países desarrollados, países subdesarrollados y países del tercer mundo, y después, a medida que algunos países de los dos segundos grupos se incorporaban al crecimiento económico, en países desarrollados, países en vías de desarrollo y países subdesarrollados. Con la denominación alternativa más reciente de “economías emergentes” que reciben algunos de ellos.

La segunda de esas dos estructuras, dinámica año a año, en cuanto al lugar de cada país, pero más o menos estable en lo relativo a los tres grupos de países recogidos en ella, parecía haberse establecido para siempre. En las últimas dos décadas sin embargo se han producido cambios en el sistema económico mundial que la están distorsionando muy notablemente. En unos años el ranking de países en términos económicos será muy diferente al prevaleciente en, digamos, 1990.

La industria tiene mucho que ver con estos cambios ya que en la base de ellos está el desmantelamiento de los sectores industriales en los países del primer grupo y su transferencia a los del segundo y tercero.

Nada de eso ocurría en el siglo XIX en el que, por el contrario, los países europeos y los Estados Unidos se industrializaban profundamente y se llenaban de fábricas de todo tipo y de infraestructuras impresionantes como eran, para aquella época, las del ferrocarril. Una industria esta última, muy importante pero a la que acompañaron otras como la del automóvil, la electricidad, o el teléfono, aunque se desarrollaran sólo a finales del siglo.

Fue el primer gran siglo de la técnica y de los ingenieros, aunque como enseguida veremos fue también un gran siglo científico.

A lo largo de él se generaliza y se consolida la racionalidad científico-tecnológica de la que ya hemos hablado intensamente. Una racionalidad materialista, determinista y mecanicista, primero, y muy apegada después, al economicismo, al capitalismo, a la tecnología, a la actividad industrial y al crecimiento continuo. Racionalidad surgida, por cierto, de la revolución científica de los siglos XVI, XVII y XVIII y que la Ilustración francesa (también del siglo XVIII o Siglo de la Luces) ayudó a crear.

Pero antes de hablar con algo más detalle de tal racionalidad conviene revisar aportaciones científicas de gran envergadura llevadas a cabo por personajes muy notables en el siglo al que nos referimos.

Después de todo lo relacionado con la industria, que fue más artesanal y tecnológica que científica, hemos hecho referencia breve al desarrollo de la química en los años finales del siglo XVIII y primeros del XIX, una actividad decididamente más científica, aunque todavía muy ligada a la creación de productos y a su fabricación. Ahora pretendemos referirnos a otros desarrollos verdaderamente científicos del siglo.

Cuatro de ellos destacan por su importancia: 1) la creación y desarrollo de la Termodinámica, la formulación de su segundo principio y la introducción del concepto de “entropía”; 2) la publicación por Charles Darwin (1809 – 1882) de “El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida” y la aparición, aceptación y difusión del evolucionismo; 3) las explicaciones de la electricidad y el electromagnetismo y la formulación de las leyes de los campos electromagnéticos con la figura central de James Clerk Maxwell (1831 – 1879); y 4) el interés por segunda vez en el siglo por los átomos y la formulación de la mecánica estadística por parte de Ludwig Boltzmann (1844 – 1906).

Todos estos avances, que llevaban consigo nuevos descubrimientos sobre la naturaleza de nuestro mundo y nuevas leyes sobre su funcionamiento darían lugar con el tiempo a una nueva racionalidad, o cosmovisión.
Adolfo Castilla el Lunes, 30 de Diciembre 2013 a las 00:37

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Editado por
Adolfo Castilla
Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.

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