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Mundo clásico
 

Hoy escribe David Hernández de la Fuente. Prosigue este breve recorrido por los mitos griegos que tienen relación con la medicina, con la curación del cuerpo y del alma. Dos son las figuras aquí tratadas: Apolo, el ambivalente dios que representa la enfermedad y el remedio a la par, y su hijo Asclepio, la figura mítica que tal vez encarne mejor la idea de medicina que tenían los antiguos griegos.


MITOLOGÍA Y MEDICINA (II): DE APOLO A ASCLEPIO
En la mitología, las flechas de Apolo –como las de su hermana gemela Ártemis, su compañera en el firmamento en su identificación con el sol y la luna– sirven para ejecutar las venganzas divinas que decreta la asamblea de dioses ante los desmanes de los mortales. Dice Homero: “Apolo [...] descendió de las cumbres del Olimpo, airado en su corazón con el arco en los hombros y la aljaba [...] resonaron las flechas sobre los hombros del dios irritado al ponerse en movimiento, e iba semejante a la noche. Luego se sentó lejos de las naves y arrojó con tino una saeta...”
Apolo desata la peste (loimos) como castigo divino, como en el celebérrimo inicio de la Ilíada (I 43-53). Es el dios de las epidemias, como la que extiende entre los griegos en el sitio de Troya. El dios podía castigar a una entera población por los pecados de su gobernante (Edipo Rey 22-30) y sus flechas –que se extienden simbólicamente como una enfermedad veloz– causan la poderosa tristeza de la muerte, como en el mito de la desventurada Níobe. Fue ésta una madre afortunada, con doce hijos hermosos, de belleza y cualidades extraordinarias. Pero se atrevió a decir, en notoria hybris, que su progenie aventajaba a la de Leto. Los brillantes gemelos habidos con esta por Zeus no lo perdonaron. Apolo y Ártemis, armados cada uno con su arco, mataron implacablemente a todos sus hijos: él a los seis muchachos, ella a las seis doncellas, como si fueran una terrible plaga. Y la madre lloró tanto que se convirtió en una roca con un manantial, y aún hoy, como cuenta Pausanias, se puede visitar la roca en que se transformó, que no deja nunca de llorar. Apolo es, pues, el dios de la peste, especialmente en su advocación de Esmínteo, que alude a la relación entre la plaga apolínea y los roedores.
El joven dios de belleza deslumbrante es más conocido como patrón de las artes, la poesía, la música serena y los cantos corales, siendo por su serenidad y su porte la imagen del dios griego por excelencia. También apadrina el arte de adivinar el futuro desde su gran santuario en la escarpada Delfos, donde su sacerdotisa pronunciaba los oráculos del dios. Otro famoso lugar del culto de Apolo fue también su isla natal, Delos. El mito de su nacimiento, junto a Ártemis, refiere que la isla, que hasta entonces era móvil, quedo fijada después como santuario central. He aquí la vertiente positiva de este dios, que, como vio M. Detienne (Apolo con el cuchillo en la mano) es una figura de luces y sombras. Si Apolo era el dios de la enfermedad, hay que decir que también era capaz de sanar sus males. Así se presentaba con la curativa advocación de Peán, el sanador, como se ve en Homero. En los santuarios de Delos y Delfos, de gran actividad adivinatoria, también había una gran afluencia de médicos, que acudían a estos populosos centros de peregrinación de los griegos. Gran parte de los consultantes, de hecho, preguntaban al dios acerca de sus enfermedades, pues la salud ha sido siempre una de las grandes preocupaciones del hombre. De Apolo procede también el principal dios médico de la antigüedad, Asclepio, su hijo, de quien hablaremos más tarde, pues se especializará como el curador por excelencia en la religión griega.
Los símbolos de Apolo son variados, y si destaca entre ellos el trípode, que representa su arte adivinatoria, no hay que olvidar otros, como el laurel, de uso médico antiguo como tónico estomacal, entre otras aplicaciones. Los griegos, por ejemplo, lo usaban en el baño para aliviar los dolores de la artritis. Esta planta consagrada a Apolo guarda íntima relación con el dios, en el mito y en los rituales adivinatorios. Por otro lado, es sabido que Dafne (laurel) es el nombre de uno de los amores más célebres de Apolo, que fue transformada en laurel huyendo de él, como cuentan, entre otros, Ovidio y Partenio de Nicea. Apolo siempre tuvo mala suerte en sus amores, femeninos y masculinos, que se le escaparon, se le murieron o, simplemente acabaron mal (Jacinto, Cipariso o Cirene son algunos ejemplos). Además de estas malogradas historias, Apolo tuvo amoríos con Corónide, princesa tesalia, de quien tuvo a su famoso hijo Asclepio, el que sería dios médico de la antigua mitología. Su nacimiento excepcional y heroico estuvo marcado por la muerte de su madre. Cuenta Píndaro que Corónide amó a Apolo y quedó embarazada de él, pero durante su embarazo ella se prendó de un mortal. Apolo fue advertido de ello por un cuervo –que en la época era un ave de color blanco– y en venganza quemó viva a la joven. Mientras su cuerpo ardía en la pira arrancó de su seno a su hijo niño, vivo aún, y lo crió. Apolo maldijo al cuervo que le dio la mala noticia, por lo que desde entonces los cuervos son negros. El pequeño fue educado como un héroe por el sabio centauro Quirón, con un currículo en el que estaba incluido el arte de la medicina. Asclepio avanzó tanto en esta que llegó a provocar el temor de los dioses. En su soberbia, llegó a desafiar las leyes de la naturaleza y, tras avanzar en su ciencia más allá de todos los límites, resucitó a un muerto. Zeus no podía tolerar el desafío al orden natural y lo mató con su rayo. Se cuenta que Apolo, en venganza, mató a su vez a los Cíclopes, forjadores del rayo. Pero después de expiar su culpa, Apolo obtuvo un favor especial para su hijo Asclepio, que fue ascendido al Olimpo como dios de la medicina.
Es quizá el dios más benévolo de los venerados en la Grecia antigua. Se lo representa barbado y sonriente, cosa rara en los dioses griegos. Venerable, sentado en un trono y con su atributo, sostiene un báculo en torno al cual se enrosca una serpiente, símbolo de la renovación de la vida. Cuenta un mito que Asclepio visitó a un tal Glauco, que estaba desahuciado y moribundo ya. Entonces vio venir una serpiente a enroscarse en su bastón y la mató; pero apareció otra que llevaba una hierba mágica con la que volvió a la vida a la primera. Así asistió a Glauco en su maravillosa resurrección y conoció esta hierba de la vida, por lo que la serpiente se convirtió en su animal consagrado.
Asclepio tuvo tres hijas, Higiea, Panacea y Yasó (nombres parlantes, la Saludable, la Remediadora de todo y la Curadora), un trío a la imagen de las Gracias de Apolo o las Horas de Zeus que acompañan a Asclepio y dispendian sus dones entre los mortales. El culto de este dios se extendió sobremanera tras la época clásica y el famoso juramento hipocrático le invocaba junto a sus hijas, aunque la medicina científica griega no tuvo que ver en su origen con el culto a este dios. Tuvo Asclepio además dos hijos, Macaón y Podalirio, que aparecen en la Ilíada como médicos del campamento griego. Son llamados los Asclepíadas. En el libro VI de la Ilíada Asclepio aparece como un rey histórico al que se llama “médico incomparable” y que fue fulminado por un rayo por su excesiva audacia curadora. Son los peligros del ejercicio de la medicina: el tema prometeico y fáustico del hombre que desafía a la muerte, como el doctor Frankenstein, tiene un origen muy antiguo. La planta de Asclepio era el ciprés, aunque es un dios que tiene el patrocinio de todas las hierbas curativas. Su animal consagrado era el gallo, como recuerdan las célebres últimas palabras de Sócrates antes de morir, que transmite Platón: el último deseo del maestro es sacrificar un gallo al dios.
Este dios tenía diversos santuarios en lugares como la isla de Cos, donde había una cofradía de médicos conocida como los asclepíadas. Pero sin duda el lugar predilecto del culto de Asclepio era Epidauro. Aún hoy se pueden visitar en este enclave arqueológico los restos del complejo de culto del dios, sus templos y recintos, junto con el impresionante teatro en el que todavía pueden verse representaciones dramáticas y musicales. Epidauro es rico en restos que atestiguan la bulliciosa actividad de la medicina sobre todo desde el siglo IV a.C.: relieves, placas votivas, inscripciones que conmemoran curaciones del dios, etc. Era, como Delos, Delfos, Eleusis, Dodona y otros santuarios griegos, un importante lugar de peregrinación para experimentar las revelaciones divinas. Un centro en torno al cual había una rica infraestructura de alojamiento, dispensarios médicos, rutas, albergues y demás servicios destinados al peregrino. La principal diferencia con los otros centros es que Epidauro se especializaba en la medicina.
En Epidauro los fieles consultaban al dios médico principalmente por el procedimiento de la enkoimesis o incubación: dormían dentro del templo de Asclepio para que éste les indicara en sueños qué remedios eran los más apropiados para sus dolencias. Había ritos especiales para la consulta, baños de purificación, ayuno y sacrificios. Tras el sueño, que generalmente era un oráculo ambiguo, los sacerdotes lo interpretaban y aconsejaban los mejores remedios a los pacientes. Los tratamientos médicos eran gratuitos, pero muchos fieles dejaban como ofrenda exvotos con reproducciones de las partes sanadas por el dios y arrojaban monedas a la fuente sagrada del dios. Hay cientos de reliquias en los museos de Grecia procedentes del templo de Asclepio en Epidauro. Algún ejemplo muestran a un tal Arquino (Museo Nacional de Atenas) en una doble escena, onírica y real, siendo curado de la espalda por la divinidad, mientras una serpiente le lame el mismo lugar mientras duerme. Pero hay muchas historias y nombres propios en esos relieves, Ambrosia, Gorgias, Euhipo, etc.
El culto de Asclepio, bajo el nombre de Esculapio, fue también inmensamente popular en Roma desde el siglo III a.C., y se extendió por toda Italia, donde existió más de un centenar de santuarios médicos, como prueban las muchas terracotas y relieves halladas. Unos 15 kilómetros al este de Roma, por ejemplo, destaca el santuario de Ponte di Nona, con una impresionante colección de exvotos de extremidades sanadas por el dios. Estas no difieren mucho de los exvotos posteriores de otras religiones, como la cristiana, que siguen teniendo sus santuarios curativos. El mito y la religión ocuparon un lugar principal en el mundo antiguo que luego pasó al cristianismo: los viejos santuario de Asclepio en el mundo tardoantiguo fueron sustituidos por iglesias de santos que, como San Cosme y Damián (una suerte de Asclepíadas cristianizados) ocuparon el lugar del antiguo dios de la medicina.
DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE

Viernes, 5 de Marzo 2010
Redactado por Antonio Guzmán el Viernes, 5 de Marzo 2010 a las 13:25


Editado por
Antonio Guzmán
Antonio Guzmán
Catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense, Antonio Guzmán es asimismo asesor de la colección de Alianza Editorial “Clásicos de Grecia y Roma” desde hace 25 años. Autor de los libros: Introducción al Teatro Griego; Alejandro Magno; Grecia: Mito y Memoria; Iberia: Mito y Memoria; y Constituciones políticas griegas. También ha traducido a Tucídides, Sófocles, Eurípides, Plutarco, Arriano, entre otros autores clásicos.



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