Desde hace ya 15 años viene publicando Ediciones Clásicas de Madrid un Calendario-Agenda simpático y singular, que constituye una auténtica delicia repleta de curiosidades sobre el mundo antiguo. ¿Quién no ha sentido interés por conocer el origen de nuestro calendario? Desde su origen caldeo, ¿quién no se ha preguntado sobre las aportaciones que han introducido los griegos, los romanos, los árabes, etc.? ¿Quién, cuándo y cómo se han introducido las sucesivas reformas para reajustar los desfases que se producen entre el calendario lunar y el solar? ¿Por qué utilizaron los griegos antiguos un cómputo basado en las Olimpíadas? Sólo cito (y el lector podrá recabar más datos sobre ellos acudiendo a Internet) los nombres de algunos astrónomos como Metón de Atenas, Calipo, Hiparco de Bitinia, Eudoxo y Metrodoro que dedicaron buena parte de sus esfuerzos al calendario.
Luego vinieron los romanos con su inicial calendario de 10 meses, lo que no resolvía los desajustes astronómicos que llegaron a provocar que las estaciones cayeran al cabo del tiempo en fechas distintas. En el año 46 a.C. Julio César intentó una reforma definitiva del calendario, e hizo venir de Alejandría al astrónomo Sosígenes, quien instauró la duración del año en 365 días y 6 horas, ajustando con gran precisión los desfases acumulados. Por su parte, la manera actual de computar los años, refiriéndolo al nacimiento de Jesucristo, se remonta al monje Dionisio el Exiguo, quien en 527, consiguió que se adoptara dicha modalidad computacional. Y llegamos así hasta el año 1528, momento en el que se hizo necesario reformar nuevamente el sistema. Fue el Papa Gregorio XIII quien en 1528 confió al italiano Luigi Lilio dicha actualización.
De todo esto, nos habla José Contreras en su introducción, pero lo que convierte en simpático a esta guía calendario es que durante todos y cada uno de los 365 del año se registran unas breves notas sobre eventos y acontecimientos históricos y culturales del mundo antiguo; por ejemplo: el 10 de enero (hace 2.058 años) César pasó el Rubicón y pronunció su famosa frase “la suerte está echada”; el sábado 30 de enero nació hace 1934 años el emperador hispano Adriano; el 5 de febrero cumplirá 1948 años el terremoto que devastó Pompeya; el 1 de abril hará 2343 años que Alejandro Magno emprendió su expedición militar; el 8 del mismo mes de abril se cumplirán el 190 aniversario del hallazgo de la famosa estatua de la Venus de Milo, descubrimiento azaroso protagonizado por un campesino griego de nombre Yorgos; el 29 de mayo (557º aniversario) cayó Constantinopla en poder del sultán Mehmet, desde entonces la ciudad tomaría su actual nombre de Estambul; el 28 de octubre del año 312 (1698 aniversario) tuvo lugar la batalla sobre el puente Milvio, en la que Constantino obtuvo el triunfo sobre Magencio. Tras su victoria (in hoc signo vinces, “con este signo vencerás”) Constantino adopta oficialmente el cristianismo en Roma.
Y así, día a día, con sus anécdotas, efemérides y curiosidades esta guía calendario nos ilustra (mientras nos reconfortamos con nuestro primer café de la mañana) sobre algunos hitos simpáticos de nuestro pasado.
CALENDARIO CLASICO GRECO-ROMANO
Agenda 2010. José Contreras Valverde, Madrid, Ediciones Clásicas
Luego vinieron los romanos con su inicial calendario de 10 meses, lo que no resolvía los desajustes astronómicos que llegaron a provocar que las estaciones cayeran al cabo del tiempo en fechas distintas. En el año 46 a.C. Julio César intentó una reforma definitiva del calendario, e hizo venir de Alejandría al astrónomo Sosígenes, quien instauró la duración del año en 365 días y 6 horas, ajustando con gran precisión los desfases acumulados. Por su parte, la manera actual de computar los años, refiriéndolo al nacimiento de Jesucristo, se remonta al monje Dionisio el Exiguo, quien en 527, consiguió que se adoptara dicha modalidad computacional. Y llegamos así hasta el año 1528, momento en el que se hizo necesario reformar nuevamente el sistema. Fue el Papa Gregorio XIII quien en 1528 confió al italiano Luigi Lilio dicha actualización.
De todo esto, nos habla José Contreras en su introducción, pero lo que convierte en simpático a esta guía calendario es que durante todos y cada uno de los 365 del año se registran unas breves notas sobre eventos y acontecimientos históricos y culturales del mundo antiguo; por ejemplo: el 10 de enero (hace 2.058 años) César pasó el Rubicón y pronunció su famosa frase “la suerte está echada”; el sábado 30 de enero nació hace 1934 años el emperador hispano Adriano; el 5 de febrero cumplirá 1948 años el terremoto que devastó Pompeya; el 1 de abril hará 2343 años que Alejandro Magno emprendió su expedición militar; el 8 del mismo mes de abril se cumplirán el 190 aniversario del hallazgo de la famosa estatua de la Venus de Milo, descubrimiento azaroso protagonizado por un campesino griego de nombre Yorgos; el 29 de mayo (557º aniversario) cayó Constantinopla en poder del sultán Mehmet, desde entonces la ciudad tomaría su actual nombre de Estambul; el 28 de octubre del año 312 (1698 aniversario) tuvo lugar la batalla sobre el puente Milvio, en la que Constantino obtuvo el triunfo sobre Magencio. Tras su victoria (in hoc signo vinces, “con este signo vencerás”) Constantino adopta oficialmente el cristianismo en Roma.
Y así, día a día, con sus anécdotas, efemérides y curiosidades esta guía calendario nos ilustra (mientras nos reconfortamos con nuestro primer café de la mañana) sobre algunos hitos simpáticos de nuestro pasado.
CALENDARIO CLASICO GRECO-ROMANO
Agenda 2010. José Contreras Valverde, Madrid, Ediciones Clásicas
He decidido volver a una lectura de mi adolescencia, la de la novela Avatar, escrita por Teófilo Gautier. Me ha llamado mucho la atención que antes de pasar de la primera página haya una curiosa referencia a un texto del comediógrafo romano Publio Terencio Afro (ca. 190-159 a.C.): “No tosía, tampoco tenía fiebre; pero la vida se le retiraba y escapaba por una de esas grietas invisibles de que, según Terencio, el hombre está lleno”. Si digo que el texto de Terencio concreto es el verso 105 de su comedia Eunuco (“plenus rimarum sum”) sólo habré aclarado una cuestión propia del Trivial Pursuit, pues la pregunta de por qué se cita precisamente a Terencio nos lleva a otra de alcance más general acerca del significado que tienen los autores clásicos en el imaginario literario moderno. PUBLICADO POR FRANCISCO GARCÍA JURADO. UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
Terencio, en particular, va a tener dos significados básicos entre los escritores modernos: como autor de citas célebres y como sombra de unos textos griegos perdidos. En el primero de los casos, la frase más célebre de Terencio es el “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”. Al igual que otros autores dramáticos, como Décimo Laberio o Publilio Siro, Terencio dio, en las voces de sus personajes, frases de gran belleza moral y didáctica. Afortunadamente, hemos conservado, además, algunas de sus obras de manera completa, a diferencia de lo que ocurre con los otros dos autores citados. Terencio es también, como hemos dicho, testimonio de un teatro griego perdido. Esta pérdida, precisamente, es objeto de lamento por parte de algunos autores modernos. Así lo vemos en Constantino Cavafis, quien nos ofrece entre sus poemas inéditos (Poesía Completa, trad. Pedro Bádenas de la Peña, Madrid, Alianza, 1984) este supuesto diálogo de dos espectadores griegos que asisten a la representación de una comedia de Publio Terencio Afro (ca. 190-159 a.C.):
"«Me voy, me voy. No me detengas.
Víctima soy del tedio y la tristeza.»
«Pero aguarda un poco, por respeto a Menandro. Es una lástima
privarse de algo tan grande.» «Infame, qué osadía.
¿Son acaso de Menandro estas paparruchas,
estos versos desmañados y un discurso tan pueril?
déjame salir ahora mismo del teatro
y permíteme volver a mis asuntos.
El ambiente de Roma te ha maleado por completo.
En vez de censurarlo, lo ensalzas sin temor
y alabas a ese bárbaro -¿cómo se llama?
¿Gabrencio, Terencio? -ese simpático que
simplemente con las atelanas en latín,
apetece la gloria de nuestro Menandro.»" (pp. 209-210)
Terencio, de quien ni tan siquiera recuerda claramente su nombre el espectador griego, es calificado de bárbaro y usurpador de la gloria del comediógrafo griego Menandro (ca. 342- ca. 291 a.C.). Estamos ante una alusión a la técnica de la contaminatio, es decir, el arte de utilizar distintas comedias griegas para hacer una nueva en lengua latina, y de cuyos ataques ya se defendía el mismo Terencio en su época. A este mismo asunto también hace referencia, aunque ya sin la profunda carga negativa que vemos en Cavafis, Thornton Wilder en su novela titulada La mujer de Andros (1930) (Obras escogidas, trad. de María Martínez Sierra, Madrid, Aguilar, 1963), donde, en una nota preliminar el autor nos dice lo siguiente: "La primera parte de esta novela está basada sobre la Andria, comedia de Terencio, que a su vez basó su obra sobre dos comedias griegas de Menandro, que, para nosotros, se han perdido". Nos parece, pues, relevante esta nueva alusión nostálgica al comediógrafo griego Menandro que aparece recogida en la breve nota, acorde con el ambiente intencionadamente helénico de la novela, muy afín, por lo demás, a la estética de la Grecia recreada por el pintor victoriano Alma Tadema. Terencio queda reducido, pues, al papel de un circunstancial transmisor, o "contaminador", de las fuentes griegas, prácticamente perdidas. Por lo demás, el argumento de la novela de Thornton Wilder ha eliminado de la acción los enredos de los esclavos, en especial los de Davo, que es quien logra superar todas las dificultades para dar un final feliz a la comedia. La novela pierde así la fuerza de la comicidad para ganar un acentuado tono lírico, y esta reelaboración se enriquece, asimismo, con aportaciones propias y referencias a otras obras de la Antigüedad. La novela no tiene en cuenta todo el argumento de la comedia de Terencio, sino que la trama está basada en unos versos concretos pertenecientes al primer acto, el diálogo entre Simón, el padre del enamorado Pánfilo, y Sosia, su liberto, donde Simón cuenta a éste cómo su hijo, ya comprometido para una boda con la hija de su amigo Cremes, está enamorado perdidamente de la hermana de la mujer de Andros, quien, por cierto, ha fallecido. He aquí el pasaje de Wilder más cercano a la obra de Terencio, donde se cuenta la muerte y el funeral de la mujer de Andros y donde, precisamente, el padre se da cuenta de que su hijo está enamorado de la hermana de la difunta (Hemos respetado las transcripciones de los nombres propios tal y como aparecen en la traducción castellana):
"Cuando los curiosos, acompañando al cortejo, salieron a campo abierto, Simón fijó la atención en Glyceria al notar su estado, que era aparente para todos, el parecido con su hermana, el abatimiento que la rendía y modestia de su actitud. Y se dio cuenta de que su hijo también estaba mirando a la joven.
De hecho, durante todo el camino, Pamphilus no apartó de ella sus ojos ardientes, intentando interceptar una mirada y comunicarle su aliento y su amor. Pero ella no levantó los ojos hasta que llegaron a la pira donde los cuerpos de una cabra y de un cordero yacían junto al de Chrysis y hasta que el fuego le tocó. Entonces, mientras las voces de las plañideras se alzaron sobreagudas y el sonido de la flauta flotó desgarrante sobre todos ellos, se volvió hacia Mysis y empezó a hablarle al oído con desvarío. Mas las palabras de su vehemencia no se oían entre el estrépito circundante, como tampoco las de Mysis con que intentaba consolarla. Glyceria estaba intentando desprenderse del brazo con que la otra la sostenía, y la lucha vacilante y lenta de las dos mujeres estaba iluminada por las llamas. Pamphilus, en la intensidad de su concentración sobre el sufrimiento de la muchacha, se adelantó lentamente con las manos extendidas. Y entonces oyó las palabras que estaba repitiendo: «¡Es mejor así! ¡Es mejor así!» Bruscamente, Glyceria dio un empujón a la anciana, y gritando: «¡Chrysis!», se lanzó hacia adelante para arrojarse contra el cuerpo de su hermana.
Mas Pamphilus había previsto el intento. Corriendo sobre la arena, la alcanzó por el cabello en desorden y la hizo retroceder y caer en sus brazos. El contacto de aquel brazo que la rodeaba detuvo el llanto de Glyceria. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de Pamphilus como quien hubiese estado allí y volviese a su hogar." (pp.949-950)
No resulta difícil la comparación del texto de Wilder con el de un pasaje concreto de Terencio (Ter. And.103-136). Lo que hace Wilder con Terencio no sigue propiamente una tradición, tiene algo de acto espontáneo, de carácter individual (que diría T.S. Eliot). Pero sí hubo una tradición de comedia elegíaca latina que dio lugar a nuevas obras, como el propio Pamphilus de amore, y ésta es una tradición que llega hasta la propia Celestina. Aquellas viejas comedias griegas pervivieron gracias a una tradición denostada por algunos, pero las cosas son así de complejas.
FRANCISCO GARCÍA JURADO
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
"«Me voy, me voy. No me detengas.
Víctima soy del tedio y la tristeza.»
«Pero aguarda un poco, por respeto a Menandro. Es una lástima
privarse de algo tan grande.» «Infame, qué osadía.
¿Son acaso de Menandro estas paparruchas,
estos versos desmañados y un discurso tan pueril?
déjame salir ahora mismo del teatro
y permíteme volver a mis asuntos.
El ambiente de Roma te ha maleado por completo.
En vez de censurarlo, lo ensalzas sin temor
y alabas a ese bárbaro -¿cómo se llama?
¿Gabrencio, Terencio? -ese simpático que
simplemente con las atelanas en latín,
apetece la gloria de nuestro Menandro.»" (pp. 209-210)
Terencio, de quien ni tan siquiera recuerda claramente su nombre el espectador griego, es calificado de bárbaro y usurpador de la gloria del comediógrafo griego Menandro (ca. 342- ca. 291 a.C.). Estamos ante una alusión a la técnica de la contaminatio, es decir, el arte de utilizar distintas comedias griegas para hacer una nueva en lengua latina, y de cuyos ataques ya se defendía el mismo Terencio en su época. A este mismo asunto también hace referencia, aunque ya sin la profunda carga negativa que vemos en Cavafis, Thornton Wilder en su novela titulada La mujer de Andros (1930) (Obras escogidas, trad. de María Martínez Sierra, Madrid, Aguilar, 1963), donde, en una nota preliminar el autor nos dice lo siguiente: "La primera parte de esta novela está basada sobre la Andria, comedia de Terencio, que a su vez basó su obra sobre dos comedias griegas de Menandro, que, para nosotros, se han perdido". Nos parece, pues, relevante esta nueva alusión nostálgica al comediógrafo griego Menandro que aparece recogida en la breve nota, acorde con el ambiente intencionadamente helénico de la novela, muy afín, por lo demás, a la estética de la Grecia recreada por el pintor victoriano Alma Tadema. Terencio queda reducido, pues, al papel de un circunstancial transmisor, o "contaminador", de las fuentes griegas, prácticamente perdidas. Por lo demás, el argumento de la novela de Thornton Wilder ha eliminado de la acción los enredos de los esclavos, en especial los de Davo, que es quien logra superar todas las dificultades para dar un final feliz a la comedia. La novela pierde así la fuerza de la comicidad para ganar un acentuado tono lírico, y esta reelaboración se enriquece, asimismo, con aportaciones propias y referencias a otras obras de la Antigüedad. La novela no tiene en cuenta todo el argumento de la comedia de Terencio, sino que la trama está basada en unos versos concretos pertenecientes al primer acto, el diálogo entre Simón, el padre del enamorado Pánfilo, y Sosia, su liberto, donde Simón cuenta a éste cómo su hijo, ya comprometido para una boda con la hija de su amigo Cremes, está enamorado perdidamente de la hermana de la mujer de Andros, quien, por cierto, ha fallecido. He aquí el pasaje de Wilder más cercano a la obra de Terencio, donde se cuenta la muerte y el funeral de la mujer de Andros y donde, precisamente, el padre se da cuenta de que su hijo está enamorado de la hermana de la difunta (Hemos respetado las transcripciones de los nombres propios tal y como aparecen en la traducción castellana):
"Cuando los curiosos, acompañando al cortejo, salieron a campo abierto, Simón fijó la atención en Glyceria al notar su estado, que era aparente para todos, el parecido con su hermana, el abatimiento que la rendía y modestia de su actitud. Y se dio cuenta de que su hijo también estaba mirando a la joven.
De hecho, durante todo el camino, Pamphilus no apartó de ella sus ojos ardientes, intentando interceptar una mirada y comunicarle su aliento y su amor. Pero ella no levantó los ojos hasta que llegaron a la pira donde los cuerpos de una cabra y de un cordero yacían junto al de Chrysis y hasta que el fuego le tocó. Entonces, mientras las voces de las plañideras se alzaron sobreagudas y el sonido de la flauta flotó desgarrante sobre todos ellos, se volvió hacia Mysis y empezó a hablarle al oído con desvarío. Mas las palabras de su vehemencia no se oían entre el estrépito circundante, como tampoco las de Mysis con que intentaba consolarla. Glyceria estaba intentando desprenderse del brazo con que la otra la sostenía, y la lucha vacilante y lenta de las dos mujeres estaba iluminada por las llamas. Pamphilus, en la intensidad de su concentración sobre el sufrimiento de la muchacha, se adelantó lentamente con las manos extendidas. Y entonces oyó las palabras que estaba repitiendo: «¡Es mejor así! ¡Es mejor así!» Bruscamente, Glyceria dio un empujón a la anciana, y gritando: «¡Chrysis!», se lanzó hacia adelante para arrojarse contra el cuerpo de su hermana.
Mas Pamphilus había previsto el intento. Corriendo sobre la arena, la alcanzó por el cabello en desorden y la hizo retroceder y caer en sus brazos. El contacto de aquel brazo que la rodeaba detuvo el llanto de Glyceria. Dejó caer la cabeza sobre el hombro de Pamphilus como quien hubiese estado allí y volviese a su hogar." (pp.949-950)
No resulta difícil la comparación del texto de Wilder con el de un pasaje concreto de Terencio (Ter. And.103-136). Lo que hace Wilder con Terencio no sigue propiamente una tradición, tiene algo de acto espontáneo, de carácter individual (que diría T.S. Eliot). Pero sí hubo una tradición de comedia elegíaca latina que dio lugar a nuevas obras, como el propio Pamphilus de amore, y ésta es una tradición que llega hasta la propia Celestina. Aquellas viejas comedias griegas pervivieron gracias a una tradición denostada por algunos, pero las cosas son así de complejas.
FRANCISCO GARCÍA JURADO
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
Hoy escribe David Hernández de la Fuente. La poesía lírica clásica ha ejercido siempre su llamado irresistible desde el otro lado y regresa periódicamente a nosotros. Podría decirse que uno de sus mecanismos de eterno retorno es la propia pretensión de inmortalidad del poeta. La otra realidad, tanto más efectiva, es el goteo de hallazgos filológicos en forma de fragmentos papiráceos o de descubrimientos en manuscritos que posibilitan que la lírica griega y latina siga llenándonos de asombro.
La voz singular y desafiante del poeta lírico nos llama a veces desde un lugar situado más allá de la experiencia humana. Ta lyrika, los poemas compuestos en un primer principio para ser entonados al son de la lira, en su vertiente coral o monódica, ocuparon desde muy pronto en el mundo clásico la posición de la más pura subjetividad: amor, odio, noticias personales, rivalidad desabrida y reflexiones fúnebres o procaces componen desde lo antiguo la materia prima de la que están hechos los versos de Safo, Alceo, Arquíloco o Anacreonte, pero también, varios siglos más tarde, de los de Horacio, Catulo y toda la espléndida corte de los poetas latinos.
“No moriré del todo.” Esta del poeta lírico es una voz perdurable, hecha para vencer las cadenas de la carne y de la muerte. Tanto es así que, en determinadas ocasiones, nos llama audazmente desde el otro lado. El poeta, una vez culminada su obra, modula la voz de la subjetividad lírica con una potencia sobrenatural que la convierte en un llamado imperecedero.
En el mundo griego, aunque ya el buen Homero nos recuerda que es el “duro destino” del poeta “que en adelante seamos cantados por los hombres” (Il. VI, 357-359), es también la lírica la que consagra este continuo canto de memento. La ciudad, los gobernantes y los héroes del momento que honra Píndaro con sus odas acabarán por perecer. Tal vez su lengua se convierta en una reliquia de anticuario que será enseñada y aprendida por cada vez menos hombres en el transcurso de las generaciones. Pero, a través del poder de la literatura, su voz inmortal sobrevivirá. En el Himno a Zeus de Píndaro, la poesía es necesidad cósmica y puede trascender la otra dura necesidad, la del morir. Otro tanto ocurre con Teognis (245 y ss.), que consuela a Cirno diciéndole: “ni muerto perderás la fama, sino que serás cantado por los hombres siempre con nombre inmortal...” Y Simónides le dice a Anacreonte que “no abandonará la melodía dulce como miel, y ni / en el Hades dará reposo, una vez muerto, a la lira” (AP VII, 25).
Se puede decir con el viejo Ennio uolito uiuos per ora uirum (Varia 17-18 Vahlen, citado por Cicerón, Tusc., I, 3i) para evitar las lágrimas de un funeral terreno. La voz va de boca en boca entre los hombres y no se extingue jamás. Así, la lírica encarna la suprema ficción de una eventual victoria sobre la muerte, con la pervivencia del autor y sus letras, más sólidas que cualquier soporte, la dura piedra, el bronce o el acero: exegi monumentum aere perennius. Horacio (Odas III 30) canta casi from beyond y proclama orgulloso: “He levantado un monumento más duradero que el bronce y más alto que la regia permanencia de las pirámides, al que ni la devoradora lluvia, ni el furioso Aquilón podrán jamás destruir, ni tan siquiera la innumerable sucesión de los años y el paso del tiempo”.
El mismo grito oracular que Horacio inmortalizó es retomado por Ovidio al dar término a su magnum opus, las Metamorfosis: “viviré.” Perque omnia saecula fama, / si quid habent veri vatum praesagia, vivam (Met. XV 878-79). El exiliado en el Ponto conjuga ambos verbos de supervivencia poética, el de Horacio y el de Ennio, cuando afirma en Tristia III, 7. 50-52: me tamen extincto fama superstes erit, dumque suis uictrix omnem de montibus orbem / prospiciet domitum Martia Roma, legar. La inmortalidad que conlleva la poesía ha de extenderse, para Propercio, incluso a la feliz mujer a quien canta el poeta: Fortunata, meo si qua est celebrata libello! / carmina erunt formae tot monumenta tuae (1:11, II, 17)
Pero hay, en el caso de la lírica, otra manera de realizar ese retorno desde más allá del olvido, un tanto más material pero no por ello menos poética. Tal vez sea este el género literario más renovado en las letras clásica mediante ocasionales hallazgos que sorprenden a los eruditos y a los lectores. Entonces la voz non omnis moriar parece surgir con más fuerza que nunca de las arenas del desierto o de los polvorientos anaqueles para recordarnos la inmortalidad de la lírica. Acaso en cumplimiento profético de los versos mencionados, conviene estar siempre atentos a disciplinas auxiliares de la filología clásica como la papirología, que históricamente han aportado novedades literarias de enorme interés. Fueron muy notable, por ejemplo, los nuevos fragmentos de Alcmán y Estesícoro que recogió D.L. Page en su edición de 1962 (Poetae Melici Graeci, Oxford, Claredon Press) o los textos de nuevos papiros como el de Colonia 7511 (cf. Melero y Suárez de la Torre, Cuadernos de Filología Clásica 12 [1977] 167-199). En 1992 se encontraron nuevos fragmentos papiráceos de las elegías de Simónides, entre ellos partes de un largo poema sobre la batalla de Platea (479 a.C.) que destaca las hazañas de los espartanos, junto a otros fragmentos simposíacos y eróticos (cf. D.Boedeker y D.Sider [eds.], The New Simonides: Contexts of Praise and Desire, New York & Oxford: OUP-USA, 2001). Pero quizá el hallazgo más importante de los últimos tiempos sea el nuevo poema de Safo sobre la vejez. Mucho se ha escrito ya sobre este nuevo fragmento de la poetisa de Lesbos, cuyo texto fue publicado por M. Gronewald y R. W. Daniel en Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik ("Ein neuer Sappho-Papyrus", ZPE 147 [2004], 1-8 y "Nachtrag zum neuen Sappho-Papyrus", ZPE 149 [2004], 1-4) y traducido y comentado magistralmente por M.L. West, (ZPE 151 [2005], 1-9). El texto fue difundido también entre el gran público gracias a la noticia publicada en el Times Literary Supplement el 24 de junio de 2005. Contamos con una excelente versión castellana por C. García Gual en su artículo “El último poema de Safo” (Letras libres, julio 2006).
En lo que a la lírica latina hace, en contraste con la griega, las arenas del desierto han sido menos generosas. Existe en los fragmentos poéticos una mayor estabilidad, como prueban las pocas novedades de la lírica en las más recientes ediciones (Cf. los 262 fragmentos de lírica republicana y del principado de A.S. Hollis, Fragments of Roman Poetry c. 60 BC-AD 20. Oxford: Oxford University Press, 2007). El del poeta y prefecto de Egipto Cornelio Galo (70-26 a.C.) es el único texto que nos fue regalado por la investigación papirológica. La obra de Galo nos había sido negada hasta hace poco tras una azarosa historia de pérdidas y falsificaciones. En 1501 el filólogo napolitano Pomponio Gaurico, por entonces un joven de diecinueve años, dio a las prensas en Venecia seis elegías bajo el nombre de Cornelio Galo. En realidad se trataba de obras del siglo VI, de las que había suprimido con intención románticamente falsaria el dístico con la adscripción del poema y una referencia a Boecio, para hacerlas pasar por elegías de un poeta del siglo I a.C. (el autor era en realidad Maximiano “un poeta oscuro, insignificante, blando, que en muchos lugares ofende las reglas de la cantidad silábica y que abunda en barbarismos”, según L. Crusius, Lives of the Roman Poets, Londres 1753, página 276). Otros cuatro fragmentos atribuidos a Galo por Aldo Manuzio en 1590 (presentes en la Anthologia Latina de Riese, en 1869) suelen considerarse también falsificaciones desde la investigación filológica que Escalígero les dedicó, “aunque están escritos con más gusto que los anteriores”, como dice Crusius refiriéndose a los versos de Maximiano. Aun no sabemos quién fue este genial falsario.
Pero la voz del poeta había de regresar. En 1978 se encontró un papiro en Qasr Ibrim (Egipto) con nueve versos de Galo, en lo que seguramente supone el manuscrito más antiguo de la poesía latina y una nueva supervivencia subjetiva y amorosa de la lírica: tandem fecerunt carmina Musae /quae possim domina deicere digna mea. En 1999, la helenista portuguesa Sara María Goas da Conceçao presentó el hallazgo de unas nuevas líneas en un palimpsesto procedente de la biblioteca del seminario de Tui (Pontevedra). Los versos, entreverados de tonos fúnebres (Tantum vacuum... umbra nos absumens...omnia enim cum maerore accidunt) y apologías de la edad de oro cesariana (In ciuitate libertatis dies oritur ... expedita ubi flumina ac fulgida ruunt... glauci in planitiem vix montes innituntur) fueron atribuidos entonces con entusiasmo a Cornelio Galo. La traducción y edición de estos fragmentos fue interrumpida en 2004 por la muerte de la poetisa Sophia de Mello, gran amiga e inspiradora de la erudita portuguesa. A la vista del gran interés de estos textos esperamos que se reanuden los trabajos a la mayor brevedad.
Las múltiples renovaciones de la lírica pueden vencer así cualquier accidente y el grito del poeta -non omnis moriar- se verifica a través de ediciones, traducciones, falsificaciones o milagrosos hallazgos de manuscritos o papiros. La lírica perdurará. Vencer la caducidad de cualquier soporte –la carne, el pergamino, el papiro o la piedra– es también desafío a la muerte.
DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
“No moriré del todo.” Esta del poeta lírico es una voz perdurable, hecha para vencer las cadenas de la carne y de la muerte. Tanto es así que, en determinadas ocasiones, nos llama audazmente desde el otro lado. El poeta, una vez culminada su obra, modula la voz de la subjetividad lírica con una potencia sobrenatural que la convierte en un llamado imperecedero.
En el mundo griego, aunque ya el buen Homero nos recuerda que es el “duro destino” del poeta “que en adelante seamos cantados por los hombres” (Il. VI, 357-359), es también la lírica la que consagra este continuo canto de memento. La ciudad, los gobernantes y los héroes del momento que honra Píndaro con sus odas acabarán por perecer. Tal vez su lengua se convierta en una reliquia de anticuario que será enseñada y aprendida por cada vez menos hombres en el transcurso de las generaciones. Pero, a través del poder de la literatura, su voz inmortal sobrevivirá. En el Himno a Zeus de Píndaro, la poesía es necesidad cósmica y puede trascender la otra dura necesidad, la del morir. Otro tanto ocurre con Teognis (245 y ss.), que consuela a Cirno diciéndole: “ni muerto perderás la fama, sino que serás cantado por los hombres siempre con nombre inmortal...” Y Simónides le dice a Anacreonte que “no abandonará la melodía dulce como miel, y ni / en el Hades dará reposo, una vez muerto, a la lira” (AP VII, 25).
Se puede decir con el viejo Ennio uolito uiuos per ora uirum (Varia 17-18 Vahlen, citado por Cicerón, Tusc., I, 3i) para evitar las lágrimas de un funeral terreno. La voz va de boca en boca entre los hombres y no se extingue jamás. Así, la lírica encarna la suprema ficción de una eventual victoria sobre la muerte, con la pervivencia del autor y sus letras, más sólidas que cualquier soporte, la dura piedra, el bronce o el acero: exegi monumentum aere perennius. Horacio (Odas III 30) canta casi from beyond y proclama orgulloso: “He levantado un monumento más duradero que el bronce y más alto que la regia permanencia de las pirámides, al que ni la devoradora lluvia, ni el furioso Aquilón podrán jamás destruir, ni tan siquiera la innumerable sucesión de los años y el paso del tiempo”.
El mismo grito oracular que Horacio inmortalizó es retomado por Ovidio al dar término a su magnum opus, las Metamorfosis: “viviré.” Perque omnia saecula fama, / si quid habent veri vatum praesagia, vivam (Met. XV 878-79). El exiliado en el Ponto conjuga ambos verbos de supervivencia poética, el de Horacio y el de Ennio, cuando afirma en Tristia III, 7. 50-52: me tamen extincto fama superstes erit, dumque suis uictrix omnem de montibus orbem / prospiciet domitum Martia Roma, legar. La inmortalidad que conlleva la poesía ha de extenderse, para Propercio, incluso a la feliz mujer a quien canta el poeta: Fortunata, meo si qua est celebrata libello! / carmina erunt formae tot monumenta tuae (1:11, II, 17)
Pero hay, en el caso de la lírica, otra manera de realizar ese retorno desde más allá del olvido, un tanto más material pero no por ello menos poética. Tal vez sea este el género literario más renovado en las letras clásica mediante ocasionales hallazgos que sorprenden a los eruditos y a los lectores. Entonces la voz non omnis moriar parece surgir con más fuerza que nunca de las arenas del desierto o de los polvorientos anaqueles para recordarnos la inmortalidad de la lírica. Acaso en cumplimiento profético de los versos mencionados, conviene estar siempre atentos a disciplinas auxiliares de la filología clásica como la papirología, que históricamente han aportado novedades literarias de enorme interés. Fueron muy notable, por ejemplo, los nuevos fragmentos de Alcmán y Estesícoro que recogió D.L. Page en su edición de 1962 (Poetae Melici Graeci, Oxford, Claredon Press) o los textos de nuevos papiros como el de Colonia 7511 (cf. Melero y Suárez de la Torre, Cuadernos de Filología Clásica 12 [1977] 167-199). En 1992 se encontraron nuevos fragmentos papiráceos de las elegías de Simónides, entre ellos partes de un largo poema sobre la batalla de Platea (479 a.C.) que destaca las hazañas de los espartanos, junto a otros fragmentos simposíacos y eróticos (cf. D.Boedeker y D.Sider [eds.], The New Simonides: Contexts of Praise and Desire, New York & Oxford: OUP-USA, 2001). Pero quizá el hallazgo más importante de los últimos tiempos sea el nuevo poema de Safo sobre la vejez. Mucho se ha escrito ya sobre este nuevo fragmento de la poetisa de Lesbos, cuyo texto fue publicado por M. Gronewald y R. W. Daniel en Zeitschrift für Papyrologie und Epigraphik ("Ein neuer Sappho-Papyrus", ZPE 147 [2004], 1-8 y "Nachtrag zum neuen Sappho-Papyrus", ZPE 149 [2004], 1-4) y traducido y comentado magistralmente por M.L. West, (ZPE 151 [2005], 1-9). El texto fue difundido también entre el gran público gracias a la noticia publicada en el Times Literary Supplement el 24 de junio de 2005. Contamos con una excelente versión castellana por C. García Gual en su artículo “El último poema de Safo” (Letras libres, julio 2006).
En lo que a la lírica latina hace, en contraste con la griega, las arenas del desierto han sido menos generosas. Existe en los fragmentos poéticos una mayor estabilidad, como prueban las pocas novedades de la lírica en las más recientes ediciones (Cf. los 262 fragmentos de lírica republicana y del principado de A.S. Hollis, Fragments of Roman Poetry c. 60 BC-AD 20. Oxford: Oxford University Press, 2007). El del poeta y prefecto de Egipto Cornelio Galo (70-26 a.C.) es el único texto que nos fue regalado por la investigación papirológica. La obra de Galo nos había sido negada hasta hace poco tras una azarosa historia de pérdidas y falsificaciones. En 1501 el filólogo napolitano Pomponio Gaurico, por entonces un joven de diecinueve años, dio a las prensas en Venecia seis elegías bajo el nombre de Cornelio Galo. En realidad se trataba de obras del siglo VI, de las que había suprimido con intención románticamente falsaria el dístico con la adscripción del poema y una referencia a Boecio, para hacerlas pasar por elegías de un poeta del siglo I a.C. (el autor era en realidad Maximiano “un poeta oscuro, insignificante, blando, que en muchos lugares ofende las reglas de la cantidad silábica y que abunda en barbarismos”, según L. Crusius, Lives of the Roman Poets, Londres 1753, página 276). Otros cuatro fragmentos atribuidos a Galo por Aldo Manuzio en 1590 (presentes en la Anthologia Latina de Riese, en 1869) suelen considerarse también falsificaciones desde la investigación filológica que Escalígero les dedicó, “aunque están escritos con más gusto que los anteriores”, como dice Crusius refiriéndose a los versos de Maximiano. Aun no sabemos quién fue este genial falsario.
Pero la voz del poeta había de regresar. En 1978 se encontró un papiro en Qasr Ibrim (Egipto) con nueve versos de Galo, en lo que seguramente supone el manuscrito más antiguo de la poesía latina y una nueva supervivencia subjetiva y amorosa de la lírica: tandem fecerunt carmina Musae /quae possim domina deicere digna mea. En 1999, la helenista portuguesa Sara María Goas da Conceçao presentó el hallazgo de unas nuevas líneas en un palimpsesto procedente de la biblioteca del seminario de Tui (Pontevedra). Los versos, entreverados de tonos fúnebres (Tantum vacuum... umbra nos absumens...omnia enim cum maerore accidunt) y apologías de la edad de oro cesariana (In ciuitate libertatis dies oritur ... expedita ubi flumina ac fulgida ruunt... glauci in planitiem vix montes innituntur) fueron atribuidos entonces con entusiasmo a Cornelio Galo. La traducción y edición de estos fragmentos fue interrumpida en 2004 por la muerte de la poetisa Sophia de Mello, gran amiga e inspiradora de la erudita portuguesa. A la vista del gran interés de estos textos esperamos que se reanuden los trabajos a la mayor brevedad.
Las múltiples renovaciones de la lírica pueden vencer así cualquier accidente y el grito del poeta -non omnis moriar- se verifica a través de ediciones, traducciones, falsificaciones o milagrosos hallazgos de manuscritos o papiros. La lírica perdurará. Vencer la caducidad de cualquier soporte –la carne, el pergamino, el papiro o la piedra– es también desafío a la muerte.
DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
Editado por
Antonio Guzmán
Catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense, Antonio Guzmán es asimismo asesor de la colección de Alianza Editorial “Clásicos de Grecia y Roma” desde hace 25 años. Autor de los libros: Introducción al Teatro Griego; Alejandro Magno; Grecia: Mito y Memoria; Iberia: Mito y Memoria; y Constituciones políticas griegas. También ha traducido a Tucídides, Sófocles, Eurípides, Plutarco, Arriano, entre otros autores clásicos.
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