Hoy escribe David Hernández de la Fuente. Concluye con esta tercera entrega el breve recorrido por los mitos griegos relacionados con la curación del cuerpo y del alma. Las figuras míticas aquí evocadas son las diosas de los partos, el centauro Quirón, primer cirujano y magnífico maestro de héroes, y otros personajes como Hermes, Prometeo o Dioniso, que tienen relación con el arte de curar.
La hija menor de Crono y Rea, Hera, reina del Olimpo y celosa mujer de Zeus, comparte el patrocinio mítico de la obstetricia junto con Ártemis e Ilitía. Se cuenta que Leto había concebido de Zeus, rey de dioses, a unos hermosos gemelos que ya pesaban en su vientre. Y la madre, sintiendo ya los dolores de parto, vagaba de uno a otro rincón del mundo antiguo, sin que ninguna tierra o ciudad se atreviera a darle cobijo, por temor a un decreto de la vengativa Hera, siempre envidiosa de las amadas de su esposo. Solo un lugar en el mundo podía servir de refugio a la desesperada parturienta: un islote móvil en medio del mar, la que luego sería llamada Delos. Allí Leto esperó el nacimiento durante nueve noches y nueve días hasta que finalmente Hera consintió el alumbramiento, pues suyo era el poder sobre los partos: nacieron primero Ártemis y después el bello Apolo.
En esta servidumbre humana y semidivina de dar a luz asistía a Hera ayudaba una divinidad menor, llamada Ilitía, hija de Zeus y Hera. Este genio femenino que preside los alumbramientos, sin embargo, sirve a su madre en sus venganzas. Como en el caso de Leto, Ilitía trató de impedir también el parto de la reina Alcmena, que tuvo a Heracles de Zeus. Curiosamente, la doncella Ártemis, la diosa gemela de Apolo que nació en ese parto retenido, fue la encargada de velar por la seguridad de las embarazadas hasta el noveno mes. Ártemis es la diosa cazadora, la Diana latina, cruel y hermosa como la naturaleza. Ella es la virgen por excelencia. Sin embargo, en la antigua Grecia, estaban bajo su protección, además de las doncellas, las muchachas embarazadas hasta el momento en que daban a luz, cuando se encomendaban a Hera, diosa del matrimonio, y a su ayudante Ilitía.
El centauro Quirón fue el primer cirujano, el más maestro de médicos y héroes. Su vida fue consagrada a curar a los demás y a enseñar la medicina. Y como en el caso de Asclepio, vemos que esta vocación le reportó varios peligros. Quirón pertenecía a la raza de los centauros, híbridos entre humanos y caballo. Se cuenta que los centauros eran una estirpe de maldad conocida, odiosa y violenta por naturaleza, que nació del malvado Ixión. Este deseó unirse con Hera, la esposa de Zeus, quien fabricó una nube con su forma: de esta unión antinatural nacieron los siniestros centauros, fieros y peligrosos. Pero Quirón, el centauro sabio, fue la una notable excepción a esa historia. Su fama se basa sobre todo en su faceta de maestro de héroes. Es famoso por haber instruido a los mejores de los griegos, como Ulises, Heracles, Eneas, Peleo, Aristeo, Acteón, Jasón o Aquiles: a ellos les enseñó todo cuanto debía saber un buen héroe helénico, el arte de la lucha con lanza, espada y arco, pero también la música, la medicina y otros saberes de gran utilidad. El propio Asclepio aprendió de él el arte de curar las enfermedades.
Pero ¿cómo se explica el carácter benévolo de Quirón frente a los otros centauros? Quiere la tradición que Quirón tenga un origen distinto: se cuenta que es hijo del Titán Crono, quien, una vez, adoptó la forma de un caballo para seducir a una mujer llamada Filira, de forma que su esposa Rea no advirtiera el engaño. Así nació Quirón, que participa de un origen divino y, por tanto, se diferencia de los centauros Ixiónidas en su enorme sabiduría, en su inmortalidad, y, además, en un cierto carácter amable y melancólico. Quirón aprendió de Apolo y Ártemis la caza, la medicina, la música y la adivinación, y de él procede la estirpe de Peleo, el que sería padre de Aquiles.
Parece que la muerte de Quirón fue causada por un desgraciado error de Heracles, quien lo hirió accidentalmente con una flecha envenenada mientras combatía con otros centauros. Sin embargo, Quirón era inmortal y sufría terribles dolores a causa de la herida. Conque, según afirma una leyenda, le cedió su inmortalidad a Prometeo y se dejó morir voluntariamente. Otra versión sostiene que Zeus, como lo viera doliéndose y sin poder morir, se compadeció de él y lo elevó al firmamento, convirtiéndole en la constelación de Sagitario (que no en vano representa a un centauro flechador).
Ya que se menciona al famoso titán filántropo que encarna el progreso de la humanidad, no hay que olvidar que Prometeo es también el inventor de la ciencia y la técnica médicas. Se le relaciona con varios aspectos fundamentales para la civilización, como es el fuego, la primera mujer y el culto a los dioses. Sin embargo, Prometeo es susceptible de muchas interpretaciones. Ya en la antigüedad recibió tratamientos muy distintos en la literatura, desde Hesíodo, a Esquilo y Platón. Son los tres grandes relatos del mito en la literatura griega, muy significativos en cuanto a la variedad de versiones que ofrecía la tradición poética y la libertad de los autores, para reflejar sólo aspectos positivos o negativos. En particular, Prometeo aparece como dios inventor de la medicina en el Prometeo encadenado de Esquilo (vv. 476 ss.), cuando el coro le dice al titán: “Has sufrido pena y humlliación [...] y como un mal médico, que ha caído enfermo, has perdido el entendimiento y no puedes descubrir qué medicinas curarán tu propia enfermedad.” Y Prometeo responde: “Escucha el resto y te asombrará las artes y técnicas que descubrí. Esta fue la primera y más importante: si alguna vez el hombre enfermó, no hubo remedio, no comida que lo sanara, ni ungüento ni bebedizo, sino que lo desecharon por falta de medicinas, hasta el momento en que yo les enseñé a los hombres cómo mezclar remedios curativos con los que ahora se libran de sus molestias. Y les marqué muchos caminos para leer el futuro y entre los sueños yo fui el primero en discernir los que se harían verdad [...] en una palabra, lo sabrás en seguida: todas las artes que posee el hombre vienen de Prometeo.”
Aún hay otro mito que pone en relación a Prometeo con el propio origen de los hombres. Prometeo se perfila así como el creador del hombre y de la mujer, pues habría modelado a uno y otra a partir de un puñado de barro. Pausanias cuenta que en una aldea se podían ver aún los pedazos de arcilla sobrantes que Prometeo dejó tras su labor. Y el fabulista Esopo recogió también la leyenda en una simpática versión moralizante que explica el alma bestial de ciertas personas que fueron modeladas por Prometeo a partir de animales. El artífice por excelencia de las artes y las ciencias se convierte así en creador de vida –reflejo de la máxima aspiración del médico antiguo– como si de un antiguo doctor Frankenstein se tratase.
Otra figura mítica íntimamente relacionada con la medicina es el dios Hermes, a quien puede considerarse el primer farmacéutico. Hermes, intermediario por excelencia, es mercader, viajero, ladrón, y astuto negociante, patrón de intérpretes, traductores y hermeneutas, y guía del alma al otro mundo. Pero también, más adelante, aparecerá a la manera de un sabio mago, como Hermes Trimegisto, “tres veces grande”, asimilado al dios egipcio Thoth. Hermes se convierte así en dios de la magia y de lo misterioso, patrón de la alquimia y de los textos esotéricos: su saber “hermético” será el inspirador de alquimistas. De ahí que se le considere dios de la magia, la alquimia y, por extensión, inventor de la farmacopea. Hermes es el inventor de la química y de los remedios curativos del cuerpo y el alma. Los atributos del dios, las sandalias aladas, el pétaso y el caduceo, báculo de viajero y varita de mago a la par, con el tiempo pasaron a ser símbolos de los comerciantes, magos y boticarios. El mágico caduceo fue regalo de Apolo, que había guardado con él sus rebaños, a cambio de la lira, que Hermes inventó. En principio era una vara de oro, pero se dice que al encontrar Hermes dos serpientes que peleaban, arrojó en medio de ellas su bastón para separarlas y vio como sin hacerse ningún daño se enroscaban y entrelazaban alrededor de la vara, de manera que la parte más alta de sus cuerpos formaban un arco, quedando sus cabezas separadas mágicamente, frente a frente.
Finalmente, hay que mencionar a Dioniso, uno de los dioses más cercanos y a la vez más ajenos que tiene el panteón griego. Como fuerza de la naturaleza cíclica, de la regeneración vegetal, también se relaciona a Dioniso con un tipo de curación especial, más íntimamente psicológica, a través de sus cultos y danzas. Dioniso tiene carácter curativo y liberador: su gran regalo a la humanidad es el vino que libera de las penas y la danza extática, que saca fuera de sí a los danzantes, inspirados por la locura divina. Sus símbolos son la vid, el vino, la hiedra, plantas poderosas y usadas en la antigüedad como medicina para el cuerpo y el espíritu, fundamento de la religión dionisíaca. Por ello, en sus advocaciones de Lisio o Lieo, “el que libera”, o Lisiponos, “el que libera del dolor”, merece ser contado como dios relacionado con la medicina: Dioniso es, en cierto modo, el analgésico espiritual de la antigua Grecia.
Evitar el dolor y la enfermedad, y mejorar la endeble condición humana es la función de todo este grupo de dioses y héroes de la medicina, desde Apolo hasta Hermes o Prometeo. A través de todos estos testimonios se ha querido pasar revista a las leyendas más conocidas de la antigua mitología y literatura acerca del arte de la medicina a modo de notas didácticas y evocadoras. Un ilustre médico de la antigüedad, el famoso Galeno, instaba a todo aquel que quisiera aprender medicina a que estudiara los legendarios versos de Homero –con quien comenzábamos estas reflexiones– los tratados de Platón y las escuelas de filosofía, retórica o gramática. Hasta tal punto estaban entrelazados en la antigüedad los estudios que hoy llamamos de letras y de ciencias. En fin, Galeno titula uno de sus tratados filosóficos y autobiográficos diciendo Que el mejor médico es también el mejor filósofo. A la vista de estas leyendas sobre curaciones y resurrecciones tal vez no estaría de más que fuera también el mejor mitólogo.
DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
En esta servidumbre humana y semidivina de dar a luz asistía a Hera ayudaba una divinidad menor, llamada Ilitía, hija de Zeus y Hera. Este genio femenino que preside los alumbramientos, sin embargo, sirve a su madre en sus venganzas. Como en el caso de Leto, Ilitía trató de impedir también el parto de la reina Alcmena, que tuvo a Heracles de Zeus. Curiosamente, la doncella Ártemis, la diosa gemela de Apolo que nació en ese parto retenido, fue la encargada de velar por la seguridad de las embarazadas hasta el noveno mes. Ártemis es la diosa cazadora, la Diana latina, cruel y hermosa como la naturaleza. Ella es la virgen por excelencia. Sin embargo, en la antigua Grecia, estaban bajo su protección, además de las doncellas, las muchachas embarazadas hasta el momento en que daban a luz, cuando se encomendaban a Hera, diosa del matrimonio, y a su ayudante Ilitía.
El centauro Quirón fue el primer cirujano, el más maestro de médicos y héroes. Su vida fue consagrada a curar a los demás y a enseñar la medicina. Y como en el caso de Asclepio, vemos que esta vocación le reportó varios peligros. Quirón pertenecía a la raza de los centauros, híbridos entre humanos y caballo. Se cuenta que los centauros eran una estirpe de maldad conocida, odiosa y violenta por naturaleza, que nació del malvado Ixión. Este deseó unirse con Hera, la esposa de Zeus, quien fabricó una nube con su forma: de esta unión antinatural nacieron los siniestros centauros, fieros y peligrosos. Pero Quirón, el centauro sabio, fue la una notable excepción a esa historia. Su fama se basa sobre todo en su faceta de maestro de héroes. Es famoso por haber instruido a los mejores de los griegos, como Ulises, Heracles, Eneas, Peleo, Aristeo, Acteón, Jasón o Aquiles: a ellos les enseñó todo cuanto debía saber un buen héroe helénico, el arte de la lucha con lanza, espada y arco, pero también la música, la medicina y otros saberes de gran utilidad. El propio Asclepio aprendió de él el arte de curar las enfermedades.
Pero ¿cómo se explica el carácter benévolo de Quirón frente a los otros centauros? Quiere la tradición que Quirón tenga un origen distinto: se cuenta que es hijo del Titán Crono, quien, una vez, adoptó la forma de un caballo para seducir a una mujer llamada Filira, de forma que su esposa Rea no advirtiera el engaño. Así nació Quirón, que participa de un origen divino y, por tanto, se diferencia de los centauros Ixiónidas en su enorme sabiduría, en su inmortalidad, y, además, en un cierto carácter amable y melancólico. Quirón aprendió de Apolo y Ártemis la caza, la medicina, la música y la adivinación, y de él procede la estirpe de Peleo, el que sería padre de Aquiles.
Parece que la muerte de Quirón fue causada por un desgraciado error de Heracles, quien lo hirió accidentalmente con una flecha envenenada mientras combatía con otros centauros. Sin embargo, Quirón era inmortal y sufría terribles dolores a causa de la herida. Conque, según afirma una leyenda, le cedió su inmortalidad a Prometeo y se dejó morir voluntariamente. Otra versión sostiene que Zeus, como lo viera doliéndose y sin poder morir, se compadeció de él y lo elevó al firmamento, convirtiéndole en la constelación de Sagitario (que no en vano representa a un centauro flechador).
Ya que se menciona al famoso titán filántropo que encarna el progreso de la humanidad, no hay que olvidar que Prometeo es también el inventor de la ciencia y la técnica médicas. Se le relaciona con varios aspectos fundamentales para la civilización, como es el fuego, la primera mujer y el culto a los dioses. Sin embargo, Prometeo es susceptible de muchas interpretaciones. Ya en la antigüedad recibió tratamientos muy distintos en la literatura, desde Hesíodo, a Esquilo y Platón. Son los tres grandes relatos del mito en la literatura griega, muy significativos en cuanto a la variedad de versiones que ofrecía la tradición poética y la libertad de los autores, para reflejar sólo aspectos positivos o negativos. En particular, Prometeo aparece como dios inventor de la medicina en el Prometeo encadenado de Esquilo (vv. 476 ss.), cuando el coro le dice al titán: “Has sufrido pena y humlliación [...] y como un mal médico, que ha caído enfermo, has perdido el entendimiento y no puedes descubrir qué medicinas curarán tu propia enfermedad.” Y Prometeo responde: “Escucha el resto y te asombrará las artes y técnicas que descubrí. Esta fue la primera y más importante: si alguna vez el hombre enfermó, no hubo remedio, no comida que lo sanara, ni ungüento ni bebedizo, sino que lo desecharon por falta de medicinas, hasta el momento en que yo les enseñé a los hombres cómo mezclar remedios curativos con los que ahora se libran de sus molestias. Y les marqué muchos caminos para leer el futuro y entre los sueños yo fui el primero en discernir los que se harían verdad [...] en una palabra, lo sabrás en seguida: todas las artes que posee el hombre vienen de Prometeo.”
Aún hay otro mito que pone en relación a Prometeo con el propio origen de los hombres. Prometeo se perfila así como el creador del hombre y de la mujer, pues habría modelado a uno y otra a partir de un puñado de barro. Pausanias cuenta que en una aldea se podían ver aún los pedazos de arcilla sobrantes que Prometeo dejó tras su labor. Y el fabulista Esopo recogió también la leyenda en una simpática versión moralizante que explica el alma bestial de ciertas personas que fueron modeladas por Prometeo a partir de animales. El artífice por excelencia de las artes y las ciencias se convierte así en creador de vida –reflejo de la máxima aspiración del médico antiguo– como si de un antiguo doctor Frankenstein se tratase.
Otra figura mítica íntimamente relacionada con la medicina es el dios Hermes, a quien puede considerarse el primer farmacéutico. Hermes, intermediario por excelencia, es mercader, viajero, ladrón, y astuto negociante, patrón de intérpretes, traductores y hermeneutas, y guía del alma al otro mundo. Pero también, más adelante, aparecerá a la manera de un sabio mago, como Hermes Trimegisto, “tres veces grande”, asimilado al dios egipcio Thoth. Hermes se convierte así en dios de la magia y de lo misterioso, patrón de la alquimia y de los textos esotéricos: su saber “hermético” será el inspirador de alquimistas. De ahí que se le considere dios de la magia, la alquimia y, por extensión, inventor de la farmacopea. Hermes es el inventor de la química y de los remedios curativos del cuerpo y el alma. Los atributos del dios, las sandalias aladas, el pétaso y el caduceo, báculo de viajero y varita de mago a la par, con el tiempo pasaron a ser símbolos de los comerciantes, magos y boticarios. El mágico caduceo fue regalo de Apolo, que había guardado con él sus rebaños, a cambio de la lira, que Hermes inventó. En principio era una vara de oro, pero se dice que al encontrar Hermes dos serpientes que peleaban, arrojó en medio de ellas su bastón para separarlas y vio como sin hacerse ningún daño se enroscaban y entrelazaban alrededor de la vara, de manera que la parte más alta de sus cuerpos formaban un arco, quedando sus cabezas separadas mágicamente, frente a frente.
Finalmente, hay que mencionar a Dioniso, uno de los dioses más cercanos y a la vez más ajenos que tiene el panteón griego. Como fuerza de la naturaleza cíclica, de la regeneración vegetal, también se relaciona a Dioniso con un tipo de curación especial, más íntimamente psicológica, a través de sus cultos y danzas. Dioniso tiene carácter curativo y liberador: su gran regalo a la humanidad es el vino que libera de las penas y la danza extática, que saca fuera de sí a los danzantes, inspirados por la locura divina. Sus símbolos son la vid, el vino, la hiedra, plantas poderosas y usadas en la antigüedad como medicina para el cuerpo y el espíritu, fundamento de la religión dionisíaca. Por ello, en sus advocaciones de Lisio o Lieo, “el que libera”, o Lisiponos, “el que libera del dolor”, merece ser contado como dios relacionado con la medicina: Dioniso es, en cierto modo, el analgésico espiritual de la antigua Grecia.
Evitar el dolor y la enfermedad, y mejorar la endeble condición humana es la función de todo este grupo de dioses y héroes de la medicina, desde Apolo hasta Hermes o Prometeo. A través de todos estos testimonios se ha querido pasar revista a las leyendas más conocidas de la antigua mitología y literatura acerca del arte de la medicina a modo de notas didácticas y evocadoras. Un ilustre médico de la antigüedad, el famoso Galeno, instaba a todo aquel que quisiera aprender medicina a que estudiara los legendarios versos de Homero –con quien comenzábamos estas reflexiones– los tratados de Platón y las escuelas de filosofía, retórica o gramática. Hasta tal punto estaban entrelazados en la antigüedad los estudios que hoy llamamos de letras y de ciencias. En fin, Galeno titula uno de sus tratados filosóficos y autobiográficos diciendo Que el mejor médico es también el mejor filósofo. A la vista de estas leyendas sobre curaciones y resurrecciones tal vez no estaría de más que fuera también el mejor mitólogo.
DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
Hoy escribe David Hernández de la Fuente. Prosigue este breve recorrido por los mitos griegos que tienen relación con la medicina, con la curación del cuerpo y del alma. Dos son las figuras aquí tratadas: Apolo, el ambivalente dios que representa la enfermedad y el remedio a la par, y su hijo Asclepio, la figura mítica que tal vez encarne mejor la idea de medicina que tenían los antiguos griegos.
En la mitología, las flechas de Apolo –como las de su hermana gemela Ártemis, su compañera en el firmamento en su identificación con el sol y la luna– sirven para ejecutar las venganzas divinas que decreta la asamblea de dioses ante los desmanes de los mortales. Dice Homero: “Apolo [...] descendió de las cumbres del Olimpo, airado en su corazón con el arco en los hombros y la aljaba [...] resonaron las flechas sobre los hombros del dios irritado al ponerse en movimiento, e iba semejante a la noche. Luego se sentó lejos de las naves y arrojó con tino una saeta...”
Apolo desata la peste (loimos) como castigo divino, como en el celebérrimo inicio de la Ilíada (I 43-53). Es el dios de las epidemias, como la que extiende entre los griegos en el sitio de Troya. El dios podía castigar a una entera población por los pecados de su gobernante (Edipo Rey 22-30) y sus flechas –que se extienden simbólicamente como una enfermedad veloz– causan la poderosa tristeza de la muerte, como en el mito de la desventurada Níobe. Fue ésta una madre afortunada, con doce hijos hermosos, de belleza y cualidades extraordinarias. Pero se atrevió a decir, en notoria hybris, que su progenie aventajaba a la de Leto. Los brillantes gemelos habidos con esta por Zeus no lo perdonaron. Apolo y Ártemis, armados cada uno con su arco, mataron implacablemente a todos sus hijos: él a los seis muchachos, ella a las seis doncellas, como si fueran una terrible plaga. Y la madre lloró tanto que se convirtió en una roca con un manantial, y aún hoy, como cuenta Pausanias, se puede visitar la roca en que se transformó, que no deja nunca de llorar. Apolo es, pues, el dios de la peste, especialmente en su advocación de Esmínteo, que alude a la relación entre la plaga apolínea y los roedores.
El joven dios de belleza deslumbrante es más conocido como patrón de las artes, la poesía, la música serena y los cantos corales, siendo por su serenidad y su porte la imagen del dios griego por excelencia. También apadrina el arte de adivinar el futuro desde su gran santuario en la escarpada Delfos, donde su sacerdotisa pronunciaba los oráculos del dios. Otro famoso lugar del culto de Apolo fue también su isla natal, Delos. El mito de su nacimiento, junto a Ártemis, refiere que la isla, que hasta entonces era móvil, quedo fijada después como santuario central. He aquí la vertiente positiva de este dios, que, como vio M. Detienne (Apolo con el cuchillo en la mano) es una figura de luces y sombras. Si Apolo era el dios de la enfermedad, hay que decir que también era capaz de sanar sus males. Así se presentaba con la curativa advocación de Peán, el sanador, como se ve en Homero. En los santuarios de Delos y Delfos, de gran actividad adivinatoria, también había una gran afluencia de médicos, que acudían a estos populosos centros de peregrinación de los griegos. Gran parte de los consultantes, de hecho, preguntaban al dios acerca de sus enfermedades, pues la salud ha sido siempre una de las grandes preocupaciones del hombre. De Apolo procede también el principal dios médico de la antigüedad, Asclepio, su hijo, de quien hablaremos más tarde, pues se especializará como el curador por excelencia en la religión griega.
Los símbolos de Apolo son variados, y si destaca entre ellos el trípode, que representa su arte adivinatoria, no hay que olvidar otros, como el laurel, de uso médico antiguo como tónico estomacal, entre otras aplicaciones. Los griegos, por ejemplo, lo usaban en el baño para aliviar los dolores de la artritis. Esta planta consagrada a Apolo guarda íntima relación con el dios, en el mito y en los rituales adivinatorios. Por otro lado, es sabido que Dafne (laurel) es el nombre de uno de los amores más célebres de Apolo, que fue transformada en laurel huyendo de él, como cuentan, entre otros, Ovidio y Partenio de Nicea. Apolo siempre tuvo mala suerte en sus amores, femeninos y masculinos, que se le escaparon, se le murieron o, simplemente acabaron mal (Jacinto, Cipariso o Cirene son algunos ejemplos). Además de estas malogradas historias, Apolo tuvo amoríos con Corónide, princesa tesalia, de quien tuvo a su famoso hijo Asclepio, el que sería dios médico de la antigua mitología. Su nacimiento excepcional y heroico estuvo marcado por la muerte de su madre. Cuenta Píndaro que Corónide amó a Apolo y quedó embarazada de él, pero durante su embarazo ella se prendó de un mortal. Apolo fue advertido de ello por un cuervo –que en la época era un ave de color blanco– y en venganza quemó viva a la joven. Mientras su cuerpo ardía en la pira arrancó de su seno a su hijo niño, vivo aún, y lo crió. Apolo maldijo al cuervo que le dio la mala noticia, por lo que desde entonces los cuervos son negros. El pequeño fue educado como un héroe por el sabio centauro Quirón, con un currículo en el que estaba incluido el arte de la medicina. Asclepio avanzó tanto en esta que llegó a provocar el temor de los dioses. En su soberbia, llegó a desafiar las leyes de la naturaleza y, tras avanzar en su ciencia más allá de todos los límites, resucitó a un muerto. Zeus no podía tolerar el desafío al orden natural y lo mató con su rayo. Se cuenta que Apolo, en venganza, mató a su vez a los Cíclopes, forjadores del rayo. Pero después de expiar su culpa, Apolo obtuvo un favor especial para su hijo Asclepio, que fue ascendido al Olimpo como dios de la medicina.
Es quizá el dios más benévolo de los venerados en la Grecia antigua. Se lo representa barbado y sonriente, cosa rara en los dioses griegos. Venerable, sentado en un trono y con su atributo, sostiene un báculo en torno al cual se enrosca una serpiente, símbolo de la renovación de la vida. Cuenta un mito que Asclepio visitó a un tal Glauco, que estaba desahuciado y moribundo ya. Entonces vio venir una serpiente a enroscarse en su bastón y la mató; pero apareció otra que llevaba una hierba mágica con la que volvió a la vida a la primera. Así asistió a Glauco en su maravillosa resurrección y conoció esta hierba de la vida, por lo que la serpiente se convirtió en su animal consagrado.
Asclepio tuvo tres hijas, Higiea, Panacea y Yasó (nombres parlantes, la Saludable, la Remediadora de todo y la Curadora), un trío a la imagen de las Gracias de Apolo o las Horas de Zeus que acompañan a Asclepio y dispendian sus dones entre los mortales. El culto de este dios se extendió sobremanera tras la época clásica y el famoso juramento hipocrático le invocaba junto a sus hijas, aunque la medicina científica griega no tuvo que ver en su origen con el culto a este dios. Tuvo Asclepio además dos hijos, Macaón y Podalirio, que aparecen en la Ilíada como médicos del campamento griego. Son llamados los Asclepíadas. En el libro VI de la Ilíada Asclepio aparece como un rey histórico al que se llama “médico incomparable” y que fue fulminado por un rayo por su excesiva audacia curadora. Son los peligros del ejercicio de la medicina: el tema prometeico y fáustico del hombre que desafía a la muerte, como el doctor Frankenstein, tiene un origen muy antiguo. La planta de Asclepio era el ciprés, aunque es un dios que tiene el patrocinio de todas las hierbas curativas. Su animal consagrado era el gallo, como recuerdan las célebres últimas palabras de Sócrates antes de morir, que transmite Platón: el último deseo del maestro es sacrificar un gallo al dios.
Este dios tenía diversos santuarios en lugares como la isla de Cos, donde había una cofradía de médicos conocida como los asclepíadas. Pero sin duda el lugar predilecto del culto de Asclepio era Epidauro. Aún hoy se pueden visitar en este enclave arqueológico los restos del complejo de culto del dios, sus templos y recintos, junto con el impresionante teatro en el que todavía pueden verse representaciones dramáticas y musicales. Epidauro es rico en restos que atestiguan la bulliciosa actividad de la medicina sobre todo desde el siglo IV a.C.: relieves, placas votivas, inscripciones que conmemoran curaciones del dios, etc. Era, como Delos, Delfos, Eleusis, Dodona y otros santuarios griegos, un importante lugar de peregrinación para experimentar las revelaciones divinas. Un centro en torno al cual había una rica infraestructura de alojamiento, dispensarios médicos, rutas, albergues y demás servicios destinados al peregrino. La principal diferencia con los otros centros es que Epidauro se especializaba en la medicina.
En Epidauro los fieles consultaban al dios médico principalmente por el procedimiento de la enkoimesis o incubación: dormían dentro del templo de Asclepio para que éste les indicara en sueños qué remedios eran los más apropiados para sus dolencias. Había ritos especiales para la consulta, baños de purificación, ayuno y sacrificios. Tras el sueño, que generalmente era un oráculo ambiguo, los sacerdotes lo interpretaban y aconsejaban los mejores remedios a los pacientes. Los tratamientos médicos eran gratuitos, pero muchos fieles dejaban como ofrenda exvotos con reproducciones de las partes sanadas por el dios y arrojaban monedas a la fuente sagrada del dios. Hay cientos de reliquias en los museos de Grecia procedentes del templo de Asclepio en Epidauro. Algún ejemplo muestran a un tal Arquino (Museo Nacional de Atenas) en una doble escena, onírica y real, siendo curado de la espalda por la divinidad, mientras una serpiente le lame el mismo lugar mientras duerme. Pero hay muchas historias y nombres propios en esos relieves, Ambrosia, Gorgias, Euhipo, etc.
El culto de Asclepio, bajo el nombre de Esculapio, fue también inmensamente popular en Roma desde el siglo III a.C., y se extendió por toda Italia, donde existió más de un centenar de santuarios médicos, como prueban las muchas terracotas y relieves halladas. Unos 15 kilómetros al este de Roma, por ejemplo, destaca el santuario de Ponte di Nona, con una impresionante colección de exvotos de extremidades sanadas por el dios. Estas no difieren mucho de los exvotos posteriores de otras religiones, como la cristiana, que siguen teniendo sus santuarios curativos. El mito y la religión ocuparon un lugar principal en el mundo antiguo que luego pasó al cristianismo: los viejos santuario de Asclepio en el mundo tardoantiguo fueron sustituidos por iglesias de santos que, como San Cosme y Damián (una suerte de Asclepíadas cristianizados) ocuparon el lugar del antiguo dios de la medicina.
DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
Apolo desata la peste (loimos) como castigo divino, como en el celebérrimo inicio de la Ilíada (I 43-53). Es el dios de las epidemias, como la que extiende entre los griegos en el sitio de Troya. El dios podía castigar a una entera población por los pecados de su gobernante (Edipo Rey 22-30) y sus flechas –que se extienden simbólicamente como una enfermedad veloz– causan la poderosa tristeza de la muerte, como en el mito de la desventurada Níobe. Fue ésta una madre afortunada, con doce hijos hermosos, de belleza y cualidades extraordinarias. Pero se atrevió a decir, en notoria hybris, que su progenie aventajaba a la de Leto. Los brillantes gemelos habidos con esta por Zeus no lo perdonaron. Apolo y Ártemis, armados cada uno con su arco, mataron implacablemente a todos sus hijos: él a los seis muchachos, ella a las seis doncellas, como si fueran una terrible plaga. Y la madre lloró tanto que se convirtió en una roca con un manantial, y aún hoy, como cuenta Pausanias, se puede visitar la roca en que se transformó, que no deja nunca de llorar. Apolo es, pues, el dios de la peste, especialmente en su advocación de Esmínteo, que alude a la relación entre la plaga apolínea y los roedores.
El joven dios de belleza deslumbrante es más conocido como patrón de las artes, la poesía, la música serena y los cantos corales, siendo por su serenidad y su porte la imagen del dios griego por excelencia. También apadrina el arte de adivinar el futuro desde su gran santuario en la escarpada Delfos, donde su sacerdotisa pronunciaba los oráculos del dios. Otro famoso lugar del culto de Apolo fue también su isla natal, Delos. El mito de su nacimiento, junto a Ártemis, refiere que la isla, que hasta entonces era móvil, quedo fijada después como santuario central. He aquí la vertiente positiva de este dios, que, como vio M. Detienne (Apolo con el cuchillo en la mano) es una figura de luces y sombras. Si Apolo era el dios de la enfermedad, hay que decir que también era capaz de sanar sus males. Así se presentaba con la curativa advocación de Peán, el sanador, como se ve en Homero. En los santuarios de Delos y Delfos, de gran actividad adivinatoria, también había una gran afluencia de médicos, que acudían a estos populosos centros de peregrinación de los griegos. Gran parte de los consultantes, de hecho, preguntaban al dios acerca de sus enfermedades, pues la salud ha sido siempre una de las grandes preocupaciones del hombre. De Apolo procede también el principal dios médico de la antigüedad, Asclepio, su hijo, de quien hablaremos más tarde, pues se especializará como el curador por excelencia en la religión griega.
Los símbolos de Apolo son variados, y si destaca entre ellos el trípode, que representa su arte adivinatoria, no hay que olvidar otros, como el laurel, de uso médico antiguo como tónico estomacal, entre otras aplicaciones. Los griegos, por ejemplo, lo usaban en el baño para aliviar los dolores de la artritis. Esta planta consagrada a Apolo guarda íntima relación con el dios, en el mito y en los rituales adivinatorios. Por otro lado, es sabido que Dafne (laurel) es el nombre de uno de los amores más célebres de Apolo, que fue transformada en laurel huyendo de él, como cuentan, entre otros, Ovidio y Partenio de Nicea. Apolo siempre tuvo mala suerte en sus amores, femeninos y masculinos, que se le escaparon, se le murieron o, simplemente acabaron mal (Jacinto, Cipariso o Cirene son algunos ejemplos). Además de estas malogradas historias, Apolo tuvo amoríos con Corónide, princesa tesalia, de quien tuvo a su famoso hijo Asclepio, el que sería dios médico de la antigua mitología. Su nacimiento excepcional y heroico estuvo marcado por la muerte de su madre. Cuenta Píndaro que Corónide amó a Apolo y quedó embarazada de él, pero durante su embarazo ella se prendó de un mortal. Apolo fue advertido de ello por un cuervo –que en la época era un ave de color blanco– y en venganza quemó viva a la joven. Mientras su cuerpo ardía en la pira arrancó de su seno a su hijo niño, vivo aún, y lo crió. Apolo maldijo al cuervo que le dio la mala noticia, por lo que desde entonces los cuervos son negros. El pequeño fue educado como un héroe por el sabio centauro Quirón, con un currículo en el que estaba incluido el arte de la medicina. Asclepio avanzó tanto en esta que llegó a provocar el temor de los dioses. En su soberbia, llegó a desafiar las leyes de la naturaleza y, tras avanzar en su ciencia más allá de todos los límites, resucitó a un muerto. Zeus no podía tolerar el desafío al orden natural y lo mató con su rayo. Se cuenta que Apolo, en venganza, mató a su vez a los Cíclopes, forjadores del rayo. Pero después de expiar su culpa, Apolo obtuvo un favor especial para su hijo Asclepio, que fue ascendido al Olimpo como dios de la medicina.
Es quizá el dios más benévolo de los venerados en la Grecia antigua. Se lo representa barbado y sonriente, cosa rara en los dioses griegos. Venerable, sentado en un trono y con su atributo, sostiene un báculo en torno al cual se enrosca una serpiente, símbolo de la renovación de la vida. Cuenta un mito que Asclepio visitó a un tal Glauco, que estaba desahuciado y moribundo ya. Entonces vio venir una serpiente a enroscarse en su bastón y la mató; pero apareció otra que llevaba una hierba mágica con la que volvió a la vida a la primera. Así asistió a Glauco en su maravillosa resurrección y conoció esta hierba de la vida, por lo que la serpiente se convirtió en su animal consagrado.
Asclepio tuvo tres hijas, Higiea, Panacea y Yasó (nombres parlantes, la Saludable, la Remediadora de todo y la Curadora), un trío a la imagen de las Gracias de Apolo o las Horas de Zeus que acompañan a Asclepio y dispendian sus dones entre los mortales. El culto de este dios se extendió sobremanera tras la época clásica y el famoso juramento hipocrático le invocaba junto a sus hijas, aunque la medicina científica griega no tuvo que ver en su origen con el culto a este dios. Tuvo Asclepio además dos hijos, Macaón y Podalirio, que aparecen en la Ilíada como médicos del campamento griego. Son llamados los Asclepíadas. En el libro VI de la Ilíada Asclepio aparece como un rey histórico al que se llama “médico incomparable” y que fue fulminado por un rayo por su excesiva audacia curadora. Son los peligros del ejercicio de la medicina: el tema prometeico y fáustico del hombre que desafía a la muerte, como el doctor Frankenstein, tiene un origen muy antiguo. La planta de Asclepio era el ciprés, aunque es un dios que tiene el patrocinio de todas las hierbas curativas. Su animal consagrado era el gallo, como recuerdan las célebres últimas palabras de Sócrates antes de morir, que transmite Platón: el último deseo del maestro es sacrificar un gallo al dios.
Este dios tenía diversos santuarios en lugares como la isla de Cos, donde había una cofradía de médicos conocida como los asclepíadas. Pero sin duda el lugar predilecto del culto de Asclepio era Epidauro. Aún hoy se pueden visitar en este enclave arqueológico los restos del complejo de culto del dios, sus templos y recintos, junto con el impresionante teatro en el que todavía pueden verse representaciones dramáticas y musicales. Epidauro es rico en restos que atestiguan la bulliciosa actividad de la medicina sobre todo desde el siglo IV a.C.: relieves, placas votivas, inscripciones que conmemoran curaciones del dios, etc. Era, como Delos, Delfos, Eleusis, Dodona y otros santuarios griegos, un importante lugar de peregrinación para experimentar las revelaciones divinas. Un centro en torno al cual había una rica infraestructura de alojamiento, dispensarios médicos, rutas, albergues y demás servicios destinados al peregrino. La principal diferencia con los otros centros es que Epidauro se especializaba en la medicina.
En Epidauro los fieles consultaban al dios médico principalmente por el procedimiento de la enkoimesis o incubación: dormían dentro del templo de Asclepio para que éste les indicara en sueños qué remedios eran los más apropiados para sus dolencias. Había ritos especiales para la consulta, baños de purificación, ayuno y sacrificios. Tras el sueño, que generalmente era un oráculo ambiguo, los sacerdotes lo interpretaban y aconsejaban los mejores remedios a los pacientes. Los tratamientos médicos eran gratuitos, pero muchos fieles dejaban como ofrenda exvotos con reproducciones de las partes sanadas por el dios y arrojaban monedas a la fuente sagrada del dios. Hay cientos de reliquias en los museos de Grecia procedentes del templo de Asclepio en Epidauro. Algún ejemplo muestran a un tal Arquino (Museo Nacional de Atenas) en una doble escena, onírica y real, siendo curado de la espalda por la divinidad, mientras una serpiente le lame el mismo lugar mientras duerme. Pero hay muchas historias y nombres propios en esos relieves, Ambrosia, Gorgias, Euhipo, etc.
El culto de Asclepio, bajo el nombre de Esculapio, fue también inmensamente popular en Roma desde el siglo III a.C., y se extendió por toda Italia, donde existió más de un centenar de santuarios médicos, como prueban las muchas terracotas y relieves halladas. Unos 15 kilómetros al este de Roma, por ejemplo, destaca el santuario de Ponte di Nona, con una impresionante colección de exvotos de extremidades sanadas por el dios. Estas no difieren mucho de los exvotos posteriores de otras religiones, como la cristiana, que siguen teniendo sus santuarios curativos. El mito y la religión ocuparon un lugar principal en el mundo antiguo que luego pasó al cristianismo: los viejos santuario de Asclepio en el mundo tardoantiguo fueron sustituidos por iglesias de santos que, como San Cosme y Damián (una suerte de Asclepíadas cristianizados) ocuparon el lugar del antiguo dios de la medicina.
DAVID HERNÁNDEZ DE LA FUENTE
Editado por
Antonio Guzmán
Catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense, Antonio Guzmán es asimismo asesor de la colección de Alianza Editorial “Clásicos de Grecia y Roma” desde hace 25 años. Autor de los libros: Introducción al Teatro Griego; Alejandro Magno; Grecia: Mito y Memoria; Iberia: Mito y Memoria; y Constituciones políticas griegas. También ha traducido a Tucídides, Sófocles, Eurípides, Plutarco, Arriano, entre otros autores clásicos.
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