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COGNOTECNOLOGÍA


Volvemos tras unos dos meses, en los que he estado muy ocupado con otros blogs y actividades diversas, con nuevos posts relacionados todavía con el libro de Gary Lachman, "Una historia secreta de la consciencia". Entramos ahora en la última parte de las cinco que el libro contiene, dedicada toda ella a la obra de Jean Gebser, "Origen y presente". Comenzamos analizando las cinco estructuras que Gebser distingue en el proceso de aparición y desarrollo de la consciencia.


Historia de la subjetividad y de la racionalidad
Con nuestro anterior post, de cuya publicación hace ya casi dos meses, concluíamos el resumen de las cuatro primeras partes del libro de Gary Lachman, Una historia secreta de la consciencia, formadas por un total de 24 capítulos. A lo largo de ellos se hace un largo recorrido por  la obra de autores muy diversos contrarios a las concepciones de la Ilustración, del racionalismo cartesiano y de una teoría del conocimiento en el que éste es sólo un espejo que refleja la realidad externa. La mente para ellos es intencional y la consciencia existe autónomamente en el hombre y tiene un origen previo y anterior a la materia. Son “espiritualistas” y creen en el estudio y la reflexión sobre la mente y la consciencia sin utilizar para ello las reglas y la metodología de la ciencia.

Muchos de los autores utilizados por Lachman forman parte del esoterismo y algunos han militado en el ocultismo y formado parte de sectas diversas, además de ser encuadrados modernamente, algunos, en lo que se conoce como New Age. Nuestro autor, no obstante, se refiere a los más serios y sólidos de ellos y entrelaza además su labor con la de filósofos conocidos y respetados. William James (1842 – 1910), Henri Bergson (1859- 1941) y Alfred North Whitehead (1861 - 1947), son tres de los más mencionados, pero también cita y utiliza a muchos otros como al filósofo, poeta, físico y crítico literario francés, Gaston Bachelard (1884- 1962), considerado un filósofo de la imaginación, además de otros más consagrados como Georg Friedrich Hegel (1770 – 1831), Friedrich Nietzsche (1844 – 1900), Edmund Husserl (1859-1938), Ludwig Wittgenstein (1889 - 1951), o el mismo Martin Heidegger (1889 – 1976). Así como a los postmodernos, postestructuralistas y deconstruccionistas, como Michel Foucault (1926-1984), Jacques Derrida (1930 - 2004), Emmanuel Lévinas (1906 - 1995) y otros. Entra también en la obra de psicólogos como Gustav Jung (1875 - 1961), científicos como Albert Einstein (1879 - 1955), artistas como Georges Braque (1882 – 1963) y Pablo Picasso (1881-1973), así como escritores místicos como el propio Goethe (1749-1832), Blake (1757-1827), Dostoyevski (1821-1881),  Rilke (1875-1826) y muchos otros, que se han interesado por el pensamiento, la subjetividad y la consciencia. Su libro es en realidad, enciclopédico y muy intelectual y académico.

En la última parte (Parte 5) se refiere extensamente a la obra de Jean Gebser, un autor al que le dedicamos varios posts en este blog hacia abril de 2011, a raíz de la publicación en España de su libro Origen y Presente.

Gebser (1905-1973), que fue un poeta, lingüista y filósofo especializado en la evolución de la consciencia humana, no cita mucho en su libro a Rudolf Steiner (1861-1925) pero Lachman considera que sus pensamientos fueron paralelos y similares, especialmente en lo relativo a las etapas por las que la consciencia humana ha pasado y pasará. En relación con el Origen, que para Gebser es el origen de la consciencia, recoge la siguiente cita de Steiner:

“cualquier transformación en el aspecto material de la Tierra es una manifestación de fuerzas espirituales que están detrás de la materia. Pero si retrocedemos cada vez más en el tiempo (…..) acabaremos llegando a un punto de la evolución en que la materia empezó a existir por primera vez. Este elemento material se desarrolló a partir del elemento espiritual. Antes de dicho punto, sólo el elemento espiritual estaba presente”.
  
La historia de la consciencia es el tema al que Lachman dedica la última parte de su libro y lo hace con una intensa referencia al libro de Jean Gebser y en general a toda la obra de este autor.

En cuanto a fechas propiamente dichas, la consciencia, como autoconsciencia, como capacidad subjetiva y racional del hombre, apareció, según Gebser, hacia el año 1225 a.C. en la Grecia anterior, bastante anterior de hecho, a los presocráticos y pitagóricos y probablemente en la Mesopotamía y el Egipto de esos siglos. Coincide en esto con Julian Jaynes (1920-1997), el psicólogo estadounidense profesor de la Universidad de Yale y estudioso de la consciencia y de su aparición en el hombre, al que se ha hecho referencia en posts anteriores. La fecha sugerida por Gebser coincide con la dada por Jaynes para lo que llama la “ruptura de la mente bicameral”, es decir, la separación entre los hemisferios derecho e izquierdo del cerebro del hombre.

Las estructuras (más que etapas) de la consciencia de Gebser, tema en el que evita utilizar la palabra “evolución” ya que considera que nuestra lenguaje actual está fuertemente influenciado por la mentalidad científica, analítica y racionalista de los últimos siglos, son cinco: 1) estructura arcaica; 2) estructura mágica; 3) estructura mítica; 4) estructura mental; y 5) estructura integral. Quizás habría que recordar en relación con esas estructuras las etapas del homo, desde el homo habilis, aparecido en África hace unos 2.4 millones de años, fecha ampliada hace sólo unas semanas a unos 2,9 millones; al homo erectus y homo ergaster, surgido también en África hace unos 1.9 millones de años y que fue el que pasó a Europa y Asia;  al homo sapiens; y al homo sapiens sapiens, del que dependemos directamente los actuales humanos y que surgió, también en África, hace 200 siglos. En esta última especie surge, por lo que nos dice Gebser, la estructura arcaica hace unos 35 siglos.    
Adolfo Castilla
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La idea de que la consciencia del hombre es la que interpreta el mundo físico en el que habita es muy atractiva y muchos científicos y filósofos se adscriben a ella. Se considera que dicho mundo físico y material existe y es captado por los sentidos de forma también totalmente física y material. Las señales recibidas por dichos sentidos son enviadas finalmente al cerebro y allí de alguna forma se crean, primero los qualia, o cualidades subjetivas de las experiencias individuales, y después, a través de procesos que no conocemos, las ideas abstractas, el pensamiento y la subjetividad. Esa es la interpretación más extendida de la consciencia y de la mente, pero en este post se propone una concepción alternativa consistente en la hipótesis de que el mundo material y físico tiene una componente inmaterial que lo carga de sentido y significado y que la consciencia, una vez surgida en el hombre, es capaz de captar. El cerebro, como decía Johann Wolfgang von Goethe, es capaz de recibir e interpretar dimensiones de la realidad directamente, de forma alternativa a como entran otras señales a través de los sentidos. Hay autores que han investigado o argumentado sobre esta segunda capacidad del hombre a los que haremos referencia más adelante.


El despertar de la consciencia y sus relaciones con el exterior de la mente
El despertar de la consciencia y sus relaciones con el exterior de la mente
La consciencia según el esquema trazado en el post anterior aparece de forma natural en el hombre y a través de la evolución de la fisiología de su cerebro. Eso llevaría a admitir que en nuestro mundo y en el hombre no hay otra cosa que materia, algo en lo que sin embargo muchos no creemos, especialmente tras la irrupción en el siglo pasado de la mecánica cuántica y las teorías modernas sobre la información y su posible existencia antes de la materia, entre otros avances.

Según las ideas materialistas en cuanto a la mente y la consciencia, es esta capacidad del hombre la que interpreta todo lo que hay a su alrededor. Las consecuencias lógicas son que sin el hombre no hay realidad y en la posición del solipsismo más extremo, que la realidad no existe fuera de la mente misma del hombre o no existe cuando el hombre no está presente, o “no mira”.   

Una interpretación alternativa de estas cuestiones es que en nuestro mundo físico y material, el que vemos y sentimos a través de los sentidos,  hay desde siempre, y adicionalmente, un componente inmaterial, semántico, con significado, sentido y quizá destino, que los sentidos del cuerpo humano no pueden captar, pero que sí puede captar la mente. Sería ir directamente a la filosofía hinduista en la que todo tiene vida en nuestro mundo, aunque de forma algo más elaborada y actualizada.

El hombre es parte de ese mundo y está sometido como él a la presencia de algo más que lo simplemente material, existiendo además, en mi opinión, un fenómeno consistente en que el cerebro del hombre evolucionó hasta que surgió la consciencia, o mente, la cual es capaz de captar el significado del mundo que lo rodea. Capacidad o cualidad, por cierto, que seguirá evolucionando y quizá más rápidamente de lo que hemos visto hasta ahora. Esta es la diferencia respecto a las concepciones que indican que la mente procede de la materia, o incluso más, que la mente no existe o es simplemente materia. Tal como intenta indicar la mecánica cuántica las dos naturalezas, la material o física y la inmaterial o subjetiva, existen en el hombre y en el universo en el que habita.

Ciertos autores ven en esta relación entre la mecánica cuántica y la mente algo calificado de pseudocientífico a lo que se denomina “misticismo cuántico”, lo cual, según ellos, no es sino el error cometido por algunos de pensar que las leyes de la mecánica cuántica incorporan ideas místicas como las que se encuentran en muchas religiones. Los más escépticos y más materialistas llegan a tachar a los que especulan con estas cuestiones, como nosotros mismos, como “charlatanes cuánticos”. La verdad es que yo no me siento así, entre otras cosas porque mi labor es ligera y sólo consiste en una revisión de lo que se ha escrito y se ha dicho sobre estos temas.

Aunque Lachman y los autores que cita no llegan a contar las cosas así, se acercan a ello, e, incluso, sus explicaciones tienen más sentido si aceptamos la existencia en el mundo en general, en el mundo físico y material, de un componente inmaterial. Owen Barfield (1898 – 1997), por ejemplo, se detiene en explicar que el antepasado del hombre, sobre todo el más cercano a la aparición de la consciencia, el Homo erectus que abandona África y coloniza Eurasia, y mucho más el hombre ya cercano a nosotros del antiguo Egipto, la India y Mesopotamia, donde surgió el lenguaje y la escritura y se construyeron obras como la Esfinge o las Pirámides y ciudades como Babilonia, vivió muy unido a la naturaleza.

Este autor, que fue un estudioso e historiador del lenguaje, encuentra que es en él en donde se puede estudiar la evolución de la consciencia y considera que antes de la aparición de esta, el hombre vivía más unido al mundo y se sentía parte de él. Había una especie de unión cósmica de acuerdo con la cual las estrellas y el Universo tenían sentido para el homo antiguo capaz de reconocerlo y captarlo intuitivamente. Ese Homo tenía unas capacidades relacionadas con una vida más en armonía con la naturaleza que el hombre actual ha perdido. Se puede interpretar que en aquellas épocas, anteriores a la aparición de la consciencia pero cercanas a ese hecho, dominaba en el hombre el hemisferio derecho y que todo cambió cuando en nuestro mundo, dominado por la racionalidad, comenzó a mandar el hemisferio izquierdo. Ese mundo anterior a la consciencia es en gran manera el del “animismo” en el que vivieron muchos pueblos antiguos.

Para apoyar sus ideas de la existencia de una consciencia y una mente no materiales utiliza la obra de autores catalogables como esotéricos, entre los que está el ya mencionado Barfield, que aportó la idea de “consciencia participativa”;  y los también citados, Jurij Moskvitin (1938 – 2005), proponente de la teoría del “agujero negro” de la consciencia; Colin Wilson (1931 – 2013), autor de la idea de la “facultad X” de la consciencia humana y de la existencia de fenómenos de “consciencia doble”; Julian Jaynes (1920 – 1997), autor de libro, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, en el que expone su teoría de las dos cámaras, o dos hemisferios, del cerebro, los cuales eran independientes antes de la aparición de la consciencia y funcionaban como dos mentes separadas dentro de un mismo cráneo.
 
Adolfo Castilla
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Jueves, 22 de Enero 2015

Se hace referencia en este post a las fechas aproximadas en las que aparece en el hombre la consciencia, según las hipótesis de algunos estudiosos del tema. Se supone que tal fenómeno fue un salto cualitativo en la evolución del hombre del que hoy por hoy se conoce muy poco. Sólo existen hipótesis diversas. Unas presuponen que fue producto de la evolución darwinina sin más y que la consciencia tiene un origen material, mientras que otras asumen que hay algo más en la consciencia, algo intangible y no material.


Las vibraciones cuánticas dan lugar a la consciencia
Las vibraciones cuánticas dan lugar a la consciencia
Los autores mencionados al final del post anterior, pertenecientes, más o menos, al mundo del esoterismo, son utilizados ampliamente por Gary Lachman al analizar la emergencia de la consciencia. Owen Barfield (1898 – 1997) en particular, dedicó mucho esfuerzo a especular sobre lo que era el hombre antes de la aparición de la consciencia. De su obra y de la de otros de los mencionados, entre ellos, Julian Jaynes (1920 – 1997), se deduce que en un momento determinado (hacia el año 1.250 a.C., según este último), algún hombre se fijó en las estrellas, por ejemplo, de una forma distinta a como lo había hecho hasta entonces. Durante mucho tiempo los hombres vieron las estrellas, digamos, que sin verlas, o sin caer en la cuenta de lo que veían y de lo que significaba aquello que tenían delante. De pronto, un hombre, o varios (o muchos), a la vez, comenzaron a preguntarse por aquellas cosas que brillaban en la noche. De pronto, aunque quizá a lo largo de un extenso periodo de tiempo, algunos hombres ven aparecer en su mente la idea de preguntas abiertas, como, ¿qué son las cosas?, ¿qué es el mundo en el que habitamos?, ¿qué es lo que brilla en el cielo por la noches?, o, incluso, ¿qué son las noches y los días?, etc..

Lo anterior es solamente la explicación de que la consciencia aparece en un momento determinado en el hombre sin que sepamos de qué manera precisa ocurrió. Algunos autores piensan que la consciencia tiene que ver con el funcionamiento cuántico de la materia y en concreto con el colapso de la función de onda en los microtúbulos que forman el esqueleto de las neuronas. Incluso hablan de las vibraciones cuánticas de estas células cerebrales  De momento no entramos en estas cuestiones sobre las cuales también hemos hecho conjeturas en anteriores posts de este blog.

Nos referimos más bien a la aparición histórica de hombres más conscientes que otros, proceso que poco a poco se generaliza hasta que la consciencia termina siendo una característica de la especie humana. Los hechos indicados anteriormente relacionados con el descubrimiento de las estrellas por parte de algunos hombres no nos deben extrañar ya que sabemos muy bien que incluso hoy existen muchos seres humanos sin capacidad, o con muy poca capacidad,  para la introspección y la búsqueda de significado en las cosas. Hay personas, incluso con alta formación, de mente muy plana que no tienen profundidad mental para ir más allá de la superficie de los fenómenos y de los hechos. Por otra parte todos sabemos la habilidad de ciertas personas, los buenos poetas por ejemplo, para encontrar los significados profundos de nuestras vidas y de nuestro mundo. Algunos unen estas capacidades a la inteligencia pero en mi opinión la inteligencia es algo bastante distinto a la consciencia y de lo que hablamos aquí es de esto último.

No sabemos cómo se produce ese salto cualitativo en el ser humano que va a dar lugar a la consciencia y a separarlo radicalmente de los animales, pero al analizarlo así,  como parte de la evolución del hombre en un sentido darwiniano, algo debió producirse en su naturaleza, en su fisiología. Tenderíamos a pensar con nuestros conocimientos actuales del cerebro que fue la acumulación de más neuronas y más sinapsis en el cerebro de algunos hombres, quizá la expansión del neocortex, o puede que la mayor conexión entre el hemisferio cerebral derecho y el izquierdo. Algún desarrollo fisiológico tuvo que tener lugar, pero eso no lo explica todo, como ya sabemos, ya que la consciencia, la subjetividad y el mundo de las ideas abstractas es muy distinto al de los componentes materiales (físicos) del cuerpo humano. Algunos ante este hecho han hablado de epifenómeno, es decir, algo así como lo que ocurre con el agua al ser calentada: el vapor, aunque tiene naturaleza distinta al agua,  surge de ella.

Según lo que recoge Lachman de la historia de la evolución del Homo a través de sus diversas etapas, ya en tiempos muy anteriores a los que hablamos se produjo un aumento de la capacidad craneal de este ser, pasando en poco tiempo de los 600 - 800 centímetros cúbicos a los 1.300 - 1.500 del hombre actual. Un salto, por cierto, que tampoco responde a lo que cabría esperar de la teoría de Darwin, ya que no fue continuo ni gradual.

A partir de ese salto inicial cualitativo en el cerebro de algunos hombres que dio lugar a lo que llamamos “mente” --  aunque algunos no estén de acuerdo con que esto exista realmente, o como dicen, la mente es el cerebro --, la evolución de la consciencia la hemos podido analizar con detalle. En la Grecia Clásica se produjo en poco tiempo algo así como una evolución completa y rápida de dicha capacidad de introspección y búsqueda de significado, llegándose a vislumbrar, incluso, la ciencia moderna, que será una adquisición muy posterior del hombre.

La consciencia, la subjetividad y la espiritualidad del hombre, no han hecho nada más que avanzar desde esos brillantes siglos griegos, aunque se haya pasado por etapas diversas en los casi tres milenios transcurridos. Y hayamos caído en los cinco o seis últimos siglos, según algunos, en un predominio del hemisferio izquierdo de nuestro cerebro -- en el que radican las habilidades del habla, las matemáticas y la lógica -- sobre el hemisferio derecho -- especializado en las sensaciones, lo sentimientos, y las habilidades artísticas y musicales. 
Adolfo Castilla
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Sábado, 10 de Enero 2015

Hoy consideramos que la consciencia es una parte fundamental del hombre. Para muchos es su esencia y en lo que radica su característica más preciada, su "humanidad". El ascenso del hombre se ha producido a partir de la aparición en él de la consciencia, como hemos visto en el post anterior. Pero esta última ha surgido en el hombre en fechas relativamente recientes (hace como 3.300 años), lo cual no es nada si tenemos en cuenta que el Homo habilis existe, al parecer, desde hace 2,2 millones de años. Sobre la emergencia de la consciencia, lo que existía antes de ella en el cerebro del hombre y sobre su evolución, trata, especialmente, el libro de Gary Lachman que venimos analizando. En el presente post nos referimos a la emergencia misma de la consciencia y a los autores, más o menos relacionados con el esoterismo, que han reflexionado sobre sus primeros tiempos y sobre sus antecedentes.


La aparición de la consciencia
Todos los hombres tienen la capacidad de pensar, es decir, de utilizar su cerebro para lo que denominamos actividades mentales, tales como la reflexión, la especulación intelectual, la lógica y el razonamiento, además de otras más profundas y autónomas como la imaginación, la creatividad y la invención. Todos tienen también la facultad de ser sensibles, artistas y humanos, entendiendo por esto último la empatía por los demás, los sentimientos morales, los amorosos y los éticos en general. Todos tienen, o tenemos, acceso a la subjetividad y a sus profundidades, lo cual significa un alto nivel de auto consciencia y una capacidad para trascender nuestro mundo físico inmediato. El hombre, el ser al que llamamos “humano”, es de hecho un ser procedente de sus propias interioridades, aunque también lo sea, y de forma muy importante, del mundo natural en el que habita. Dicho mundo es, por otra parte, y en gran manera, resultado de sus fuerzas, capacidades y habilidades interiores y de las interpretaciones a que estas lo llevan, como explican una mayoría de filósofos y psicólogos.

El hombre desde que “emergió” en él lo que llamamos consciencia es un ser que genera continuamente ideas desde su interior y que tiene capacidad de propósito, es decir, con la habilidad de fijarse objetivos externos a sí mismo y orientarse a conseguirlos. Las demostraciones de esa capacidad están a la vista de todos nosotros en las obras de los grandes escritores, filósofos, artistas, científicos y, por qué no decirlo, en las de los ingenieros, hombres de empresa y hombres de acción como los políticos o los militares. Así como en la callada vida de muchos otros hombres y mujeres que con su esfuerzo, responsabilidad y racionalidad han hecho habitables nuestras sociedades. La historia está llena de productos excelsos de la mente humana, aunque también, como sabemos, de productos trágicos, miserables y terribles.

Sin entrar en lo positivo o negativo de los poderes del hombre, la verdad es que el mundo en el que vivimos hoy, en este Siglo XXI, tras milenios de vida en este planeta, casi todo ha sido creado por el hombre y por las capacidades de su mente. Todo resultaría asombroso y en algún sentido mágico, para hombres de siglos pasados que pudieran volver hoy a la vida. Nuestro mundo es en todos los sentidos, “artificial”, entendiendo por este término, algo que no haría la naturaleza por sí sola, es decir, si no hubiera aparecido en ella el animal que llamamos “hombre”. En otro sentido, todo puede ser considerado natural, ya que el hombre mismo ha nacido y se ha desarrollado en la naturaleza que nos contiene a todos, montes, ríos y valles, fauna, flora y a la propia humanidad. Un buen rompecabezas: un pequeño planeta perdido en las inmensidades del espacio que produce una forma de vida, con inteligencia y consciencia, capaz de transformar totalmente a dicho planeta y, probablemente, al universo insondable al que pertenece, y que se atreve además a explicarlo y buscar las extrañas leyes que lo gobiernan. Una mente que es consciente de los confines de las galaxias y que puede situarse allí, en el interior más profundo de la materia y en el pasado más arcaico de nuestra existencia. Muchos no creen hoy en Dios por ser algo difícil de entender con nuestra mente, pero, ¿no es la mente en sí y la consciencia, algo similar a Dios?. ¿No podríamos pensar en que Dios está emergiendo en el hombre?. ¿No es posible creer que la consciencia, que es algo asombroso y sublime, nos une a una consciencia cósmica superior, a la que podría llamarse Dios?.

A las primeras cuestiones (entra poco en el tema de Dios) hay amplias referencias en el libro de Lachman, al tocar el tema de la aparición en el hombre de la consciencia y lo que existía antes de ella en los humanoides que nos precedieron. La consciencia como la conocemos hoy procede de hace unos tres mil años y medio (surge hacía el año 1250 a.C.), mientras que lo que denominamos Homo habilis y consideramos nuestro antepasado lejano, llevaba viviendo en este planeta desde más de 2 millones de años antes. Se supone que la consciencia apareció en algunos hombres antes que en otros y también sabemos que el nivel de auto consciencia es muy distinto entre los hombres, incluso en la actualidad. Los hombres eran bastante inconscientes, por ejemplo, en la Grecia Clásica, lo cual conocemos por los Diálogos de Platón, varios de los cuales explican los esfuerzos de Sócrates para hacer que sus conciudadanos pensaran y razonaran. Todavía en aquellas épocas los griegos actuaban como autómatas y tenían unas ideas abstractas rudimentarias en comparación con las que tenemos hoy.

Lachman utiliza para el recorrido que hace por estos temas a autores como, Owen Barfield (1898 – 1997), filósofo, escritor, poeta y crítico inglés, que entre otras cosas fue un gran especialista en Rudolf Steiner; Julian Jaynes (1920 – 1997) , psicólogo estadounidense al que ya se ha hecho referencia en este blog;  Colin Wilson (1931 – 2013), filósofo y escritor británico, autor del libro, The Outsider, publicado en 1956 y que tuvo bastante difusión; Yuri (o Jurij) Moskvitin ( 1938 -  2005), pianista, compositor, filósofo, matemático y artista bohemio, un danés de padre ruso y madre danesa, que escribió sobre el origen del pensamiento; y otros. Además de relacionar las explicaciones de estos con las de filósofos bien conocidos como Hegel, Kant, Wittgenstein, Husserl, Bergson o William James.
Adolfo Castilla
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Jueves, 8 de Enero 2015

Desde septiembre del pasado año no hemos colgado ningún post nuevo en este blog. Diversas ocupaciones importantes lo han impedido. Volvemos ahora con la intención de terminar pronto con el análisis del libro de Gary Lachman, "La historia secreta de la consciencia", al que hemos dedicado ya mucha atención, Nos referimos ahora a la cronología de la consciencia, algo que Lachman trata revisando no sólo las etapas y fechas normalmente establecidas sino recogiendo interpretaciones alternativas que retrasan las fechas mucho más atrás en el tiempo de lo comunmente aceptado. Hace referencia, por ejemplo, a autores que hablan de la Atlántida y a civilizaciones avanzadas anteriores al antiguo Egipto.


El ascenso del hombre
Volvemos ahora a este blog después de varios meses sin entradas. Lo hacemos retornando al libro de Gary Lachman  (nacido en 1955) Una historia secreta de la consciencia, al cual hemos hecho referencia en varios posts anteriores.

Como ya se ha visto, el libro es un recorrido por el esoterismo, sus diversas corrientes y sus autores más destacados, aunque es muy probable que el autor lo vea simplemente como una revisión de la evolución de la consciencia, la espiritualidad y la subjetividad del hombre. De hecho, aparte de incluir en sus referencias a muchos autores “normales”, o que forman parte del canon filosófico occidental, poco a poco, en el libro, la historia de la consciencia casi converge con dicho canon a través de autores como Owen Barfield, Carl Gustav Jung, Karl Yuri Moskvitin, Karl Jaspers o Jean Gebser, que por un lado son considerados filósofos en toda la extensión de la palabra, con la racionalidad por bandera, y por otro, han hecho experimentos mentales para conocer la naturaleza de las cosas basándose en capacidades mentales alternativas como la intuición, la consciencia del corazón o una consciencia conectada al mundo y al cosmos. Algunos otros, ya utilizados en este blog, como Henri Bergson, William James o Alfred North Whitehead, han sido grandes filósofos que se han acercado al esoterismo propiamente dicho y a la parasicología.

No hay que olvidar en relación con lo anterior que los filósofos, por definición, dedican su actividad al mundo de la mente, la subjetividad y la consciencia. Se dice de hecho, que la filosofía trata  de la existencia, el conocimiento, la verdad, la moral, la belleza, la mente y el lenguaje, pero que se refiere a todo ello de forma distinta a como lo hacen los practicantes del esoterismo, la mística, la mitología o la religión. Utiliza lo que llamamos racionalidad, análisis conceptual o especulación intelectual, aunque no siempre estos artificios mentales que buscan la consistencia de las explicaciones, sean definitivos para distinguirse de otras formas de actividad mental.

Lo cierto es que ese mundo del interior del cerebro, relacionado con la consciencia, la espiritualidad (sin unir este término a la religiosidad) y la subjetividad, es una parte fundamental del hombre y compite con éxito con otras formas de conocer y saber como la científica, basada en el empirismo y la demostración.

La actividad intelectual o consciente del hombre es algo real aunque de naturaleza muy distinta a la relacionada con el mundo de la realidad física a la que accedemos a través de nuestros sentidos. Al mundo de la consciencia no se entra a través de los sentidos sino directamente a través de la actividad que llamamos “pensar”, a la que todos los hombres tenemos acceso naturalmente, es decir, de la misma forma que respiramos.

Hubo un tiempo que no fue así, ya que la consciencia y sobre todo la auto-consciencia (si tuviera sentido esta especie de segunda derivada), surge en el hombre en épocas relativamente cercanas a nosotros.  Gary Lachman se refiere a esta cuestión de fechas y periodos dentro de lo que podríamos denominar como el “ascenso del hombre”, denominación, por cierto, popularizada por  Jacob Bronowski (1908 – 1974) en la serie de televisión de la BBC con ese mismo título y en el libro posterior publicado en 1973.

Las grandes fechas de ese ascenso parecen ser las siguientes: 1) el Homo habilis, que fue el primer antepasado del hombre actual que utilizó herramientas vivió en África hará unos 2,2 millones de años; 2) El Homo erectus vivió entre 1,6 y 0,5 millones de años y fue el primero en salir de África y habitar otras zonas de la Tierra; 3) El Homo sapiens, en su versión de hombre de Neandertal vivió en Europa y Asia occidental hace 100.000 años; 4) El Homo sapiens sapiens surge hace unos 40.000 años y de él descendemos los hombres actuales según la cronología de nuestra especie más aceptada.

El cerebro del hombre que actualmente es de unos 1.300 centímetros cúbicos, ha ido creciendo  a través de su larga evolución desde los 600 a 800 centímetros cúbicos que se estima tenía el cerebro del Homo erectus, pero no parece ni mucho menos que dicho crecimiento haya sido constante. Durante largos siglos hubo una especie de parada evolutiva y después, hacia unos 500.000 años a. C,, parece que hubo una explosión o big bang craneal, como dice el autor que comentamos.

Pero ese cráneo casi duplicado en un lapso de tiempo reducido no dio lugar todavía a la consciencia del hombre actual. Dicha consciencia hay que buscarla en la aparición en el hombre del lenguaje y seguramente de la escritura. Nos situamos así en Mesopotamia y en el antiguo Egipto y en unas fechas cercanas al 3.100 a. C.

Pero la auto consciencia, como la llama Lachman, o consciencia similar a la del hombre actual, no surge hasta el periodo de 1.700 a 1.500 a. C., aunque Julian Jaynes (1920- 1997), psicólogo estadounidense y profesor de Yale y Princeton, no creía que el mundo interior del hombre llegara a ser como el actual hasta 1.250 a. C. Y por lo que se refiere a la capacidad de lógica y de razonamiento, todavía habría que esperar a los filósofos presocráticos del siglo VII a.C.
Adolfo Castilla
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Editado por
Adolfo Castilla
Adolfo Castilla
Doctor Ingeniero del ICAI y Catedrático de Economía Aplicada, Adolfo Castilla es también Licenciado en Económicas por la Universidad Autónoma de Madrid, Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid, MBA por Wharton School, Master en Ingeniería de Sistemas e Investigación Operativa por Moore School (Universidad de Pennsylvania). En la actualidad es asimismo Presidente de AESPLAN,
Presidente del Capítulo Español de la World Future Society, Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, Miembro del Alto Consejo Consultivo del Instituto de la Ingeniería de España, Profesor de Dirección Estratégica de la Empresa en CEPADE y en la Universidad Antonio de Nebrija.


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