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CONO SUR

Bitácora

5votos

CHILE BAJO EL EMBRUJO DE FIDEL CASTRO José Rodríguez Elizondo

Como ex crítico de cine lo sé muy bien: las cámaras se enamoran de algunos actores y actrices, no importa cuán buenos o malos sean. Con Fidel Castro sucedió algo similar, A escala política global y por más de medio siglo, sedujo a periodistas y políticos, a despecho de que él estuviera en las antípodas de sus intereses nacionales. Uno de los que más me sorprendió fue el muy neoliberal Roger Fontaine, ideólogo de Ronald Reagan, a quien entrevisté en 1985 para la revista peruana Caretas. Me definió a Castro como un líder a quien se escuchaba atentamente en Washington, pues “es un hombre notable, extraordinario, que puede cambiarlo todo”. Por cierto, en Chile no fuimos inmunes a ese carisma, pero con una particularidad notable: Castro no conquistó ningún admirador en las derechas, pero contribuyó a profundizar la división de las izquierdas, socavó una vía propia de transición al socialismo y contribuyó al fracaso del gobierno de Salvador Allende.



LOS PRIMEROS SEDUCIDOS

Los primeros chilenos que experimentaron su seducción fueron los radicalizados jóvenes del viejo Partido Radical. Desde “el guatemalazo” de 1954, eran antimperialistas duros, discrepaban de sus dirigentes socialdemócratas y resentían el menosprecio de los marxistas. Algunos, como el fogoso Julio “el flaco” Stuardo y el misterioso “Pato” Valdés, agitaban en la Facultad de Derecho de la Chile y filosofaban en la Fraternidad Juvenil Alfa Pi Epsilon. En la Universidad de Concepción, eran liderados por los hermanos Miguel y Edgardo Enríquez.

Luego, el castrismo proliferó en el Partido Socialista, donde trató de bloquearlo el histórico líder Raúl Ampuero. Para éste, ese “embrujo” era disfuncional al proyecto de las izquierdas chilenas. Sin embargo, otros dirigentes discreparon y así cuajó una coexistencia rara. Mientras unos querían orientar el PS hacia la lucha armada, otros se fueron a cofundar el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) junto con los hermanos Enríquez, algunos optaron por la doble militancia y Allende debió equilibrarse en la cornisa. Por una parte apoyaba a Castro y, por otra, sostenía su convicción de que la vía chilena al socialismo iba por carriles institucionales. 

 Ni siquiera la centrista y gobernante Democracia Cristiana escapó a la seducción. Entre los admiradores del líder cubano hubo militantes destacados como Alberto Jerez, Bosco Parra, Jacques Chonchol, Julio Silva Solar, Patricio Hurtado y Pedro Videla. Ello estaría en el origen de dos escisiones sucesivas: Una, para formar el Mapu, bajo el liderazgo de Rodrigo Ambrosio; otra, para formar la Izquierda Cristiana, bajo la conducción de Luis Maira.

Todo eso fue un problema insoluble para los comunistas, aplicados estrategos de una transición al socialismo sin lucha armada. Para ellos Castro era un “aventurero” con “ideas extrañas a la ideología del proletariado”. Pero no lo decían en voz alta, pues la URSS lo blindaba y el cubano aprovechaba tal ventaja para aserrucharles el piso. En La Habana, 1966, en pleno acto masivo, ridiculizó al alto dirigente Orlando Millas, quien había rechazado su intervencionismo en Chile. También promovió un cargamontón de los intelectuales cubanos contra Pablo Neruda y era usual encontrar en la prensa isleña alusiones a Luis Corvalán, secretario general del PC, definido como “buromarxista chileno”.

 ATRACCIÓN FATAL

Castro dejó en claro su repudio al proceso izquierdista-institucionalista que venía fraguándose en el Chile sesentero. Dijo que el gobierno de Eduardo Frei Montalva era la “prostituta del imperialismo” y trató a éste de “reaccionario”, “cobarde”, “mentiroso” y “pobre burgués”. También quiso tutorizar a Allende pero, al no conseguirlo, deslizó -vía el intelectual francés Regis Debray- que era un simple “reformista” (grave ofensa en el léxico revolucionario). Además, sometió el proyecto allendista a una polémica a machetazos. En la primera y única conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), el 10 de agosto de 1967, dictaminó que “estarán engañando a las masas quienes afirmen, en cualquier lugar de América Latina, que van a llegar pacíficamente al poder”.

 Sin embargo, Castro debió dar un volteretazo táctico cuando comprendió, encuestas en mano, que Allende podía ganar las elecciones de 1970. A sólo a un mes de las mismas y sin arrugarse, admitió que en Chile, como cosa excepcional, sí era posible llegar al socialismo tras una victoria electoral.  Como contrapartida, Allende inició su gestión tendiéndole una mano desaislante. Le formuló una invitación para que conociera in situ la experiencia chilena, pensando (esperando) que, tras asomarse a la realidad, el líder cubano tranquilizaría a sus epígonos locales.

Fue una invitación temeraria pues, como escribiera Gabriel García Márquez respecto a Castro, “no creo que pueda existir en este mundo alguien que sea tan mal perdedor”. Si ya le había sembrado guerrilleros al patriarca socialdemócrata venezolano Rómulo Betancourt, mal podía pedírsele comprensión para un Allende que emergía como su contramodelo a escala mundial. En definitiva, la visita sería una catástrofe sin retorno para el líder chileno.
Los opinantes 24 días que el cubano quiso quedarse, enconaron las diferencias internas de la Unidad Popular, unificaron a la oposición, exasperaron a los militares y consolidaron el proyecto desestabilizador del binomio Nixon-Kissinger. El Presidente chileno incluso soportó la impertinencia de su huésped. Este ninguneó a su gobierno en el Estadio Nacional, diciendo que ese acto de masas era nada, comparado con los de La Habana. Agregó que “el insólito proceso chileno” permitía a los fascistas tomarse las calles y concluyó diciendo que volvería a Cuba “más revolucionario y extremista”.

 HISTORIA SIN INVESTIGAR

Por lo expuesto, no puede decirse que la crisis terminal de la Unidad Popular inspirara en Castro una angustia fraterna por la vida de Allende. Él sólo quería que, abdicando de su trayectoria institucionalista, el chileno empuñara las armas in extremis. En carta del 29 de julio de 1973, hasta le sugirió una muerte ejemplar. Luego, en discurso de 28 de septiembre de 1973, se desentendió de las informaciones sobre su suicidio, para inventarle un final castristamente correcto. Su idea quedó encapsulada en una frase: “Los revolucionarios chilenos saben que ya no hay ninguna otra alternativa que la lucha armada revolucionaria”.

Más grave, aún, Castro sugirió en ese mismo discurso que el fin de la experiencia de Allende podía ser el comienzo de una buena guerra contra Chile. Una más funcional, para la revolución, que sus artesanales y ya fracasados “focos guerrilleros”. La idea estaba implícita en el siguiente párrafo: “El imperialismo, al tomar el poder en Chile en forma desembozada con un régimen fascista, amenaza por el oeste a la Argentina y amenaza por el sur a Perú”.
 
Es impresionante que este tramo estratégico de la historia del castrismo no haya sido procesado por nuestros historiadores. Máxime cuando la crónica dice que, después de ese discurso, el general y dictador peruano Juan Velasco Alvarado inició preparativos muy serios para atacar al Chile de Pinochet.

MORIR POR FIDEL

Como buen “animal ideológico”, Castro nunca hizo la autocrítica de su política setentera hacia Chile. Peor, en los años 80, en un extraño giro de la historia, patrocinó el derrocamiento militar de Pinochet, esta vez con el apoyo de los comunistas, pero sin contar con los socialistas renovados.

Patricio Aylwin, primer presidente de los gobiernos de la Concertación, captó bien esa pasión tutorial de Castro y le puso freno con elegancia y sutileza. Preguntado por el cubano si se podían tutear pues "yo me tuteo con todos", respondió: "Mire usted, este señor que está aquí, mi canciller don Enrique Silva Cimma… con él somos amigos desde que éramos profesores jóvenes de la universidad y siempre nos hemos tratado de usted".

A continuación, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, mantuvo el distanciamiento aylwinista y Ricardo Lagos, fue descalificado por Castro, al alimón con el venezolano Hugo Chávez, pues ambos lo consideraban un falso socialista.

Sólo Michelle Bachelet, durante su primer gobierno, quiso salvar la valla del recelo mutuo con su decisión de viajar a Cuba. Fue con mucha ilusión pues, seguramente, sintió por el Castro joven la misma admiración de los entonces jóvenes radicalizados. Pero, lamentablemente, ella cayó en medio de la dualidad del poder que representaban el patriarca ya invernal y su otoñal hermano Raúl. Este no pudo dar a Bachelet el tratamiento político que merecía, pues “el líder máximo” estaba más interesado en darle una mano geopolítica a su discípulo Evo Morales. Fue un triste fiasco para Chile.

En síntesis, los chilenos no supimos decodificar el embrujo de Castro. Nunca asumimos que éste no se relacionaba con nadie en términos de noble amistad y que sólo amaba a quienes aceptaban morir por la revolución (es decir, por él). El rústico Diego Maradona lo sospechó desde el principio cuando, tras besar sus manos, dijo que “por Fidel yo daría mi vida”.

Esa fue la verdad esencial de su magnetismo. La que afectó a los que murieron en el asalto al cuartel Moncada, en la Sierra Maestra, en los diversos focos guerrilleros y en las guerras africanas. La que impregnó a quienes se suicidaron, como Osvaldo Dorticós y Haydée Santamaría. La que se aplicó a los militares de su Ejército, condenados a muerte por sus tribunales, como Arnaldo Ochoa, héroe de la revolución.

 El tantas veces autoabsuelto Castro tuvo la enorme responsabilidad de haber ocultado esa verdad esencial. La mayoría de esos muertos prematuros no alcanzó a leer, en la revista Newsweek del 9 de enero de 1984, la asombrosa confesión de que su proyecto continental fue una táctica diversionista: “Ni siquiera oculto  el hecho de que, cuando un grupo de países latinoamericanos, bajo la guía e inspiración de Washington, no sólo trató de aislar a Cuba políticamente, sino la bloqueó y patrocinó acciones contrarrevolucionarias (...), nosotros respondimos, en un acto de legítima defensa, ayudando a todos aquellos que querían combatir contra tales gobiernos”.

Al fin de cuentas, su América Latina “preñada de revolución” fue sólo eso: la metáfora vendedora de un seductor excepcional. Uno tan “incapaz de concebir ninguna idea que no sea descomunal” -según otra caracterización de García Márquez-, como capaz de desafiar a los EE.UU, usar a la URSS, torpedear a las izquierdas tradicionales, ubicar a Cuba en el Directorio mundial de la guerra fría y morir en el poder.

José Rodríguez Elizondo
Domingo, 27 de Noviembre 2016



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Bitácora

3votos

EL GOLPE DE DONALD TRUMP José Rodríguez Elizondo

En cuanto “extremista de centro” suelo buscar la información política, nacional e internacional, en los analistas de derechas e izquierdas, sensatos o insensatos. Es decir, soy agnóstico sobre la relevancia de la información que ofrecen los partidos políticos que se autoafirman como sistémicos. La teoría me dice que, si fueron alguna vez la plataforma de la democracia representativa, hoy suelen aparecer como estructuras encuesto-dependientes y clientelares y no como conductores de la opinión pública. Quienes quisieron ver este fenómeno lo han visto así desde hace muchos años y no lo reducen a las democracias subdesarrolladas. Quienes cerraban los ojos a nivel global, han tenido que abrirlos tras dos macroprocesos que los partidos no pudieron orientar ni, menos, conducir: el sacudón del Brexit al sistema de partidos con más solera democrática del mundo y el “No” al proceso de paz en Colombia. En Chile, mi país, el 65% por ciento de abstención que marcó el carácter de las recientes elecciones municipales fue el remezón que vino a sacudir a los autocomplacientes (v. mi Bitácora anterior). Por eso, la irresistible ascensión de Donald Trump a la Presidencia de los Estados Unidos. no debió sorprender tanto ni a tantos. Fue, “simplemente”, un doblar de las mismas campanas, sólo que en el país más poderoso del planeta.



El primer resultado parcial fue premonitorio. Kentucky asignaba sus 8 votos electorales a Donald Trump y éste clavaba su primera banderilla en el toro de la opinión pública mundial. Sintomáticamente, contactos de este bloguero en Washington y New York, pletóricos de wishful thinking, aseguraron que eso no significaba mucho. Esa votación reflejaba un porcentaje minoritario de los votos emitidos y ese Estado era usualmente republicano.

Sin embargo, en definitiva significó tanto como un primer gol en frío, al inicio de un partido de fútbol definitorio. E
specíficamente, permitió verificar dos supuestos antes dudosos: Uno, que a despecho de los líderes históricos de su Partido Republicano, Trump era asumido como líder por los votantes republicanos de a pie. El segundo, que Hillary Clinton no disponía del plus de liderazgo necesario para dar vuelta las tornas de la tradición y conquistar nuevos territorios para su Partido Demócrata.

Lo que siguió está a la vista, en las primeras imágenes y primeras planas de los medios del planeta. Más allá de los distintos fraseos y lugares comunes, casi todas reflejan el temor de que un afuerino extravagante y autoritario disponga, en lo sucesivo, del cargo dotado con el mayor poder político y militar del mundo.

Teóricamente, esto significa que el “fenómeno Trump” se ha posicionado en la encrucijada de las democracias representativas de hoy. Esto es, entre la decadencia de los partidos políticos tradicionales y el auge de las nuevas tecnologías y nuevos formatos, en cuanto cauce para externalizar las percepciones políticas de las distintas sociedades. Son dos curvas que se intersectan en el punto Opinión Pública: mientras ésta tiene cada vez menos anclaje en los partidos, más oportunidades tienen los outsiders para que la misma opinión pública los acepte como legítima alternativa. 

DEMOCRACIA RESIDUALMENTE REPRESENTATIVA

Los analistas y teóricos podrían explicarlo a partir de los procesos desatados por el fin de la guerra fría. Entre ellos, el decaimiento de las ideologías, con la licuación de las diferencias antagónicas entre derechas a izquierdas. En un mundo en que coexisten los socialismos de mercado con los capitalismos regulados, lo más probable es que se imponga la desdramatización de las opciones políticas y, en paralelo, la percepción de que los extremos –anarquía y capitalismo salvaje- son tan imprevisibles o inevitables como las catástrofes naturales. En ese marco, si da lo mismo Chana que Juana, la participación política activa se hace superflua, se relaja el binomio derechos-obligaciones de los ciudadanos, el aventurerismo deja de ser abominable y el sufragio se banaliza.

Lo más grave es que los partidos y políticos sistémicos, dando la razón a sus críticos, han creído posible surfear sobre esas malas ondas. Ensimismados en sus debates e intereses de endogrupo, lucen resignados a democracias más excluyentes que inclusivas, donde la opinión que importa es la de los profesionales de la política y de las encuestas. No parece incomodarles un escenario donde la democracia sólo es residualmente representativa.

Ha sido una pasividad suicida porque, como se sabe, nada es para siempre y lo malo que puede suceder muchas veces sucede. Distintas sociedades venían experimentando la movilización de “los indignados”, el repudio a la inepcia de los dirigentes políticos, la emergencia de nuevos populismos y la insurgencia de partidos y movimientos antisistema, no exentos de manifestaciones violentas. Sin embargo, hasta el día de las elecciones norteamericanas, esos síntomas tan visibles parecían resbalar sobre los políticos incumbentes.

Por ello, gracias al victorioso Trump, lo que algunos podían considerar como periférico hoy está en el centro de la atención mundial, afectando los equilibrios y desequilibrios del planeta. El arrogante empresario, ocupando el lugar que antes ocuparon Washington y Jefferson, ha venido a demostrar que no hay democracias blindadas y que las utopías negras también pueden tener anclaje en la Casa Blanca.

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 11 de Noviembre 2016



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Bitácora

3votos

Las recientes elecciones municipales demostraron que, en Chile, las tendencias políticas mundiales suelen mostrarse con muchísimo vigor. Esta vez le tocó ser el laboratorio experimental del rechazo a la política de partidos y a los malos políticos, pues un 65% del electorado optó por no concurrir a los lugares de votación. Con esto, sólo un escaso 35% de sufragantes, que corresponde a gobiernistas y opositores, optó por expresarse dentro de un sistema que los "políticos profesionales" han desprestigiado, con la ayuda indirecta de un gobierno sin liderazgo real. Lo que sigue es mi reflexión sobre este tema



 
Publicado en El Mostrador 25.10.2016
 
Ante el abrumador desencanto con la política de los chilenos, no es casual que algunos intelectuales estén revisitando a Alexis de Tocqueville y su pensamiento dialéctico sobre el trinomio democracia-libertad-igualdad. Aunque el tema es tan viejo como las ciencias sociales, nuestra crisis actual lo convierte en novedosísimo.

Comencé a barruntar esa temática a inicio de los años 60, cuando leí algo de Alejandro Silva Bascuñán –ya veterano profesor de derecho constitucional-, que me pareció sacrílego. A despecho del utopismo estudiantil y revolucionario de entonces, él llamaba a aterrizar conceptos, hablando de “democracia no necesariamente del todo representativa”. En contra de nuestro entusiasmo por la “democracia real”, él se resignaba a la democracia “impura”.

Escuchando a nuestros dirigentes políticos de hoy –no digo “líderes”-, creo que están reproduciendo el mismo debate, aunque sin revolución a la vista. Clavados en el deber ser utópico, no ven la democracia-representativa vigente como un bien instrumental, progresivo y perfectible, sino como un valor inmutable o “en sí”.  En consecuencia suponen que cualquier disfunción se soluciona con ajustes legales de coyuntura. Y si en la realidad esos ajustes no funcionan, peor para la realidad, sigamos arrastrando los pies, votemos de todas maneras, peor es abstenerse.

Por eso, lo que ahora me provoca no es un simple giro hacia el realismo, sino un vuelco copernicano que nos exponga a los problemas de la democracia representativa realmente existente, para comprobar si es lo que dice ser. Bueno sería, entonces, obviar los adjetivos para ver con más claridad si nos estamos alejando del deber ser democrático “clásico” o si tenemos que postular un deber ser “actualizado”.
 
IDEOLOGÍA Y LEGITIMIDAD

Primer factor diferencial, a mi juicio, es el factor ideológico. En efecto, después de la guerra fría empezamos a vivir lo que algunos categorizaron como el fin de las ideologías. La aparente licuación de las diferencias entre derechas a izquierdas, expresada en los socialismos de mercado y los capitalismos intervenidos, inducía la fantástica percepción de que vivíamos el fin de las contradicciones antagónicas.  El fukuyamesco “fin de la historia”.

 
Es lo que explica, al menos en Chile, el nuevo sesgo de la vieja discusión constitucionalista sobre si es bueno o malo que el voto sea voluntario. Al principio, en el marco de Fukuyama, algunos vieron la voluntariedad como la lógica desdramatización de las opciones políticas. Si daba lo mismo Chana que Juana, la gente votaría porque quería votar. Si no votaba, ejercería una participación pasiva, delegando la confianza en los votantes o manifestándose tácitamente satisfecha con la actuación de los representantes establecidos.  Desde esa perspectiva, la democracia con sufragio opcional les parecía más representativa que nunca.
 
Pero hoy, después del desencanto, los representantes o incumbentes reales tienden a ver el tema desde un punto de vista más contingente. Los más francos aceptan que se equivocaron con el voto voluntario. Precisamente por eso, los analistas debemos “pedir por abajo”. Es que, quizás, les inquieta más la seguridad de su posición personal que el mejor o peor funcionamiento de la representatividad democrática. En otras palabras, dada la dimensión del desencuentro con los ciudadanos, temen quedar sin votos que los legitimen.
 
Tal percepción se vincula, estrechamente, con una concepción del servicio público que los aleja del deber ser de la teoría y los acerca a la profesionalización espuria. En efecto, al enorgullecerse, algunos, por ser políticos profesionales y sobrevalorar su experiencia, están justificando una especie de “propiedad del empleo”. Incluso lo reconocen expresamente al acuñar el chocante dicho según el cual “el que tiene, mantiene”. Parten de la base de que sus opositores –internos y externos- no saben lo que saben ellos y, por tanto, no tiene sentido abrir espacios a la alternancia.
 
LA REMUNERACIÓN DE LOS POLÍTICOS
 
Si seguimos encadenando síntomas, llegamos al incómodo tema de la dieta parlamentaria, hoy sinónimo de la altísima remuneración que reciben los políticos por ser políticos.  Un tema radicalmente distinto de lo que fuera en su origen, cuando la dieta era un factor de homologación social, para abrir la representación política a gente de distintas valencias económicas.

Por cierto, la actual remuneración de los políticos hace tiempo dejó de cumplir esa función. Es más una plataforma para insertarlos y/o mantenerlos en los niveles socioeconómicos superiores, que para facilitar su defensa de los más necesitados. De ahí que, por lo general, los políticos justifiquen sus estipendios desde el punto de vista de la legalidad y no de la moralidad.  Además, siempre les parecerá “demagógico”, “oportunista” o “irrelevante”, cualquier iniciativa que tienda a reducir la diferencia entre los salarios normales de los representados y la remuneración excesiva de los representantes.

No están capacitados para aceptar el impacto del altruismo en la calidad de la democracia.

 LAS NUEVAS OPCIONES

Termino esta sinopsis de factores diferenciales con el acceso a la información. Recuerdo, al respecto, que la vieja teoría de la democracia nos decía, a los universitarios de mi época: “hay que militar, compañeros, porque la información está en los partidos”.

Se suponía, entonces, que en los partidos se impartía la información seria, procesada y confiable de lo que estaba sucediendo en la política doméstica y mundial. Por lo mismo, allí estaban los cuadros políticos y técnicos de reemplazo para los incumbentes.

Yo creo que ningún joven universitario actual aceptaría, hoy, que la buena información y sus buenas consecuencias están en los partidos políticos establecidos. No quieren saber nada con ellos. La información válida, en su caso, está en las redes sociales, siempre disponible en sus celulares, tabletas y computadores personales.

Todo esto y algo más, me hace pensar que estamos ante una crisis que, sólo en cuanto inexplorada, nos hace volver a Tocqueville. Quizás, ya no es tan cierto que sin los partidos políticos que tenemos no puede haber democracia. Puede que las nuevas tecnologías estén procreando una nueva forma de ver y hacer la democracia. Tal vez lo que está en la agenda del futuro sea la transición hacia una “democracia no necesariamente del todo representativa”… o hacia una cosa distinta.

Esa cosa podría ser un sistema democrático inédito, que nos hará repensar la teoría o una dictadura que, por el momento, sólo podemos imaginar como una nueva versión del viejo fascismo.

 

José Rodríguez Elizondo
Viernes, 28 de Octubre 2016



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Bitácora

6votos

Como siempre, había candidatos con supuestos mayores merecimientos que Bob Dylan para el Nobel de Literatura. Sin embargo, el suyo brinda una señal importante: la Academia Sueca no se deja anquilosar


Recibo dos "memes" sobre el último Nobel de Literatura. Uno supone a Juan Luis Guerra postulando al de Química por sus hallazgos sobre la bilirrubina. Otro lo supone compitiendo con Sabina, por su long play Física y Química.

Divertidos son, aunque sus autores ignoren que contienen una burla reaccionaria. Y no sólo porque Bob Dylan sea un buen representante de los que aquí llamamos “cantautores progresistas”. Además (y en lo fundamental), porque reflejan la tendencia anacrónica a encasillar los géneros artísticos como intangibles e inmutables. Como si no evolucionaran ni se interpenetraran.

Afortunadamente, la luz vino desde Europa. Quizás nos llegó cuando el político Winston Churchill recibió el premio (encantadísimo) por sus memorias y textos de la segunda guerra mundial, o cuando el filósofo Sartre lo rechazó por motivos ideológicos (un amigo sueco me apunta que eso fue para la exportación: Jean Paul estaba furioso porque Albert Camus lo había recibido pocos años antes).

Por nuestro retraso comparativo, aquí ni nos percatamos de que, en vez de cantautora, Violeta Parra fue una poeta excelsa. Y eso que nos lo había advertido Nicanor. Nos perdimos una gran candidata, tan meritoria como su hermano.

En esa línea y como tangómano, pienso en cuantos postulantes se perdieron los letristas de tango. Y no sólo evoco a Discépolo y su universalizado Cambalache. También recuerdo a los más cercanos Astor Piazzolla y Horacio Ferrer. ¿O alguien cree que Balada para un loco es sólo música?

También nos ha costado, en Chile, desglosar la ficción de la no ficción. En sí es un desglose rudimentario, pero un pequeño progreso. Antes, todo lo que no fuera narrativa y poesía “puras” no era literatura y se mandaba al trasto de los ensayos, el periodismo o los libros académicos. Ortega y Gasset no habría sido digno de una crítica literaria. Los textos periodísticos de Ernest Hemmingway, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, eran la parte bastarda de su obra mayor.

Agrego un dato de la más pura autorreferencia: por considerarlo un gran poeta, incluí unos versos de Bob Dylan como epígrafe en mi primer libro (1968). Los extraje de su armagedónico canto Dios está de nuestro lado.

A mayor abundamiento, como decimos los abogados, es un hecho que se recuerda mucho más a los poetas musicalizados que a los poetas “puros". El hijo de un amigo, demostrando que tuvo una educación de calidad, me hace un apunte importante: “si nos remontamos al pasado, clásicos griegos como Platón y otros escribían para ser cantados”.

Quizás por eso, Neruda pidió a Vicente Bianchi que le pusiera un buen ritmo a algunos poemas de su Canto General.

Nuestro Nóbel se las sabía por libro

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 17 de Octubre 2016



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Bitácora

9votos

ENTREVISTA SOBRE MI ULTIMO LIBRO José Rodríguez Elizondo

A comienzos de septiembre comenzó a circular mi último libro titulado "Todo sobre Bolivia y su compleja lucha por el mar". A su propósito fui entrevistado el día 4 por la periodista Pilar Vergara, en la sección Reportajes del diario El Mercurio. Como, a mi juicio, es una excelente presentación de contenidos, estimo interesante compartir la entrevista con los lectores de esta bitácora.


Con un título de Evocación Almodóvar y doscientas y tantas páginas provocadoras, llega el último libro del abogado, periodista y estudioso de los temas limítrofes José Rodríguez Elizondo. "Todo sobre Bolivia" -que se lanza el miércoles, con presentaciones de Ascanio Cavallo y Joaquín Fermandois- se suma a la saga de obras como "De Charaña a La Haya","La historia de dos demandas", "Las crisis vecinales del gobierno de Lagos".

"Ahora me concentro en Bolivia, porque mientras se hablaba de lo errático que era Evo Morales, yo me di cuenta de que era todo lo contrario; ha demostrado una tremenda coherencia estratégica y una trayectoria rectilínea para conquistar Arica y luego abrirse a la recuperación de Antofagasta y pedir que se le pague todo lo que ganó Chile durante la época que tuvo a su cargo los territorios. Evo es un clásico recuperacionista".

A esa conclusión llega Pepe Rodríguez atando toda suerte de cabos: escritos, orales, gestuales; testimonios directos e indirectos.

De ahí lanza sus dardos a la Cancillería chilena, la actual y la de todos los últimos tiempos. Sostiene, por ejemplo, que los tratados firmados en los cuales se afirman las defensas de nuestro país no son palabra santa; que no tendríamos para qué haber aceptado comparecer ante la Corte de La Haya, instancia que solo está sirviendo a Bolivia para negociar con ventaja, y que, a diferencia de nuestros oponentes, no hay estrategia política de parte de nuestro país.

"Si todo es secreto, los errores se tapan y se repiten"

-¿ Y cuál es la idea de decir todo esto ahora,cuando estamos ya en La Haya?

-Lo digo para que los errores no se sigan repitiendo. Lo que está pasando es que tenemos una Cancillería del siglo XIX. Yo lo he conversado con personas tan ilustres como Carlos Martínez Sotomayor y Gabriel Valdés; este último pensaba que para hacer la modernización de la Cancillería había que hacerla desde afuera.

-Se me ocurre que es por la oportunidad que le van a llover las críticas.

-Es que nunca va a ser oportuno. Entiendo que la diplomacia tiene un lado de secreto importante. Pero si todo es secreto, los errores se tapan y se repiten. Yo estoy reaccionando contra el secretismo de la Cancillería, que ha facilitado los errores, que si se hubieran conocido no se habrían cometido.

-No recuerdo gobierno que no haya propuesto la modernización de la Cancillería entre sus planes... ¿cuándo ha estado más cerca de acometerse?

-Y yo he participado en todas las comisiones de modernización. La primera fue con Enrique Silva Cimma. La última, de Alfredo Moreno, fue la que llegó más lejos; él consultó a expertos extranjeros y chilenos, y tenía la certeza de que el problema es la falta de recursos presupuestarios. Itamaraty es lo que es, por los diplomáticos que recluta.

"El Pacto de Bogotá es ingenuo"

-Por lo que entiendo, la hipótesis que desarrolla su libro es la de un llamado a negociar con Bolivia, más que defender los derechos que nos otorgan el Tratado de Fronteras de 1904 y el protocolo del Tratado de 1929 con Perú.

-Yo no lo diría así, tan sencillo. Es un llamado a recapacitar, para provocar las condiciones que nos permitan negociar, porque hemos estado actuando reactivamente... La mejor manera de defenderse es negociar. Todos los diplomáticos te dicen que frente a cualquier conflicto, la primera línea de defensa de los intereses de un país es la negociación, y la última, la solución jurisdiccional. Los abogados son muy buenos asesores de apoyo.

-Será por eso que usted es tan poco partidario de la Corte de La Haya.

-Es que esta instancia surge del Pacto de Bogotá, que es ingenuo. Nosotros creímos que iba a ser nuestra defensa frente a los países poderosos, pero ninguno de ellos lo suscribió. ¡Cómo iban a hipotecar su política exterior a una serie de jueces de diversos países! Entonces la Corte de La Haya quedó reducida a las peleas de los chicos. En ese contexto es que nunca desecha juicios. Si hubiera sido más jurídica, ante la demanda de Bolivia contra Chile tendría que haberse inhabilitado, porque no se trataba de un conflicto jurídico, sino político. Pero la ley de hierro de toda burocracia es tener más poder. Aun así, Chile no tendría por qué haber aceptado comparecer. Yo he venido advirtiendo sobre el artículo 53, que dice que la Corte es una jurisdicción voluntaria. Este es uno de los puntos que desarrollo a fondo en el libro.

"Insulza está ante un conflicto existencial"

-Usted sostiene que la defensa chilena peca de extremadamente legalista y poco política. ¿Cómo ve, entonces, la incorporación del panzer político que es José Miguel Insulza como agente? ¿Qué cambio advierte usted a partir de ese momento?

-Insulza tiene una visión naturalmente política, por mucho que sea abogado. Y el cambio fue precisamente el reconocimiento del canciller Muñoz, de que había que pasar a una nueva etapa. Es decir, no era posible seguir con el legalismo puro.

-¿Y cómo pueden afectar, a su juicio, los coqueteos de Insulza con una candidatura presidencial?

-Ahí hay sentimientos encontrados. Yo me alegré mucho del nombramiento de Insulza, porque el criterio político había estado ausente y él es un político con niveles de estadista. Y ahí estará seguramente su conflicto existencial; él puede pensar en ser Presidente. Lo que a mí me parecería importante es que si termina con su labor de agente, deje orientada la acción con tesis y cosas concretas que sean herencia para un paso superior, y terminar de una vez por todas con el juridicismo ingenuo.

"Evo, tras la derrota de Chile"

La conclusión de Rodríguez Elizondo es que en el conflicto con Bolivia estamos metidos en un laberinto geopolítico... "por el irredentismo boliviano, la retorsión peruana y la rusticidad chilensis".

-Sobre el último punto ya nos habló. Dígame en qué consiste el "irredentismo boliviano".

-No es una acusación. Es el sentimiento profundo del pueblo boliviano de sentirse oprimido, agredido permanentemente por Chile. García Linera dice que Chile es como un matón que llega a la casa de un niño, le pega un puñete a la mamá, al papá, le quita la casa. Mi tesis es que un país que piensa así y educa así, está permanentemente odiando al otro. Es absurdo entonces que apele a la generosidad para que nuestro país le ceda gratuitamente espacio territorial y marítimo cuando está enseñando a su gente a odiarnos. En el fondo, es un recurso de estrategia indirecta para ir hacia la derrota de Chile por vías no militares.

-¿Y qué entiende por la "retorsión peruana"?

-La retorsión peruana nace en el momento en que Chile negocia directamente con Bolivia un corredor soberano hacia el Pacífico pasando por Arica, con lo cual el establishment dice que está violando el Tratado de 1929 y el protocolo complementario. De ahí nace el trilateralismo perverso. La retorsión significa que, cuando por segunda vez Chile negocia directamente con Bolivia, que fue Pinochet en Charaña, surge un almirante que dice 'esto que está negociando Chile es peruano, puesto que es la proyección de la Línea de la Concordia, por lo tanto hay que demandarlo'. Así nace la demanda marítima peruana, que yo llamo retorsión. Fue una tesis audaz pero exacta.

"Choquehuanca está levantando un conflicto por la paz"

-¿Cómo recoge usted las últimas actuaciones del canciller Choquehuanca, de franca agresividad hacia nuestro país?

-Cuando un país es tan agresivo como para invocar el derramamiento de sangre, está llamando la atención del mundo; pone el conflicto entre los temas que afectan la paz y la seguridad internacionales. Si yo soy Naciones Unidas, lo registro como peligro potencial y levanto el relieve del conflicto por una aspiración marítima a un conflicto por la paz. Ese es su objetivo. Frente a eso, los indicadores que nosotros damos es que se le declara persona non grata y se le pide visa cada vez que venga a Chile. Pero un país estructurado, serio como el nuestro, no solo tiene una burocracia diplomática sino también una militar, que debe ser cooperadora a la política exterior. Lo que quiero decir es que Choquehuanca nos ha puesto en una situación como para tomar una mayor atención en la necesidad de coordinar esfuerzos entre la diplomacia y la defensa. Los militares debieran ser consultados.

-¿Cómo afecta en el desarrollo del conflicto con Bolivia el giro a la derecha que se está viendo en todas las últimas elecciones en América Latina? Evo Morales, si bien es cierto goza de una popularidad mundial enorme, se está quedando sin aliados en la región.

-Esto es tremendamente importante. Cuando nace la estrategia agresiva-ofensiva de Evo Morales es precisamente cuando está el ALBA en todo su esplendor. Hugo Chávez dice que se quiere bañar en una playa boliviana, con lo que le decía: "ahora arremete". Pero se ha desgranado el choclo del ALBA, sin Chávez, sin kirchnerismo y sin lulismo-roussefiano. En ese contexto, Morales se debilita y es, por lo tanto, el momento para tener una estrategia real y no estar más a la defensiva. Evo sabe que ya no cuenta con las simpatías ni de Brasil ni de Argentina ni con el poder de Chávez. Y encima le cae la señora Zapata con un lío sentimental de la madonna. .. ¿Qué alternativa descubre? Hacer otra demanda contra Chile... 


José Rodríguez Elizondo
Lunes, 5 de Septiembre 2016



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático y caricaturista, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad Director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y Director de la carta mensual Realidad y Perspectivas (RyP). Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, su obra escrita consta de 29 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas", "El Papa y sus hermanos judíos", "La pasión de Iñaki", “Chile: un caso de subdesarrollo exitoso”, "Chile-Perú, el siglo que vivimos en peligro”, "De Charaña a La Haya” y “Temas para después de La Haya”, publicados por la Editorial Andrés Bello, Random House Mondadori, Planeta y RIL. También ha publicado, más recientemente, "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar" en Ediciones El Mercurio. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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