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CONO SUR

Revista Realidad y Perspectivas

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RyP N° 37 José Rodríguez Elizondo

En el Programa de Relaciones Internacionales de mi Facultad estimamos que, por razones bastante obvias, el XXV Aniversario de la caída del Muro de Berlín merece el mayor y el mejor despliegue informativo. No todo puede reducirse a la caída de un símbolo oprobioso, sin conocer ni comprender que, en algún momento de la Guerra Fría, la opción para el mundo estuvo entre la guerra caliente o el Muro. Con esa intención, presentamos la última edición de RyP como número ESPECIAL EL MURO


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José Rodríguez Elizondo
Jueves, 11 de Diciembre 2014



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Bitácora

3votos

LO QUE NO DIJE SOBRE EL MURO DE BERLIN José Rodríguez Elizondo


En reciente columna conté a los lectores cómo me convertí en un prófugo precoz de la República Democrática Alemana (RDA). Sin embargo, sobre el muro mismo no dije mucho pese a que, como toda realidad dramática, tiene una historia compleja y contradictoria. Esta vez trataré de contarla, para demostrar que no sólo fue una construcción carcelaria.


Goethe, el gran escritor y pensador de la vieja Alemania, lo dijo con claridad: "Alles ist einfacher als man denkt, zugleich verschränkter als zu begreifen ist." Por si algún lector no lo entiende a cabalidad, esto significa que todo es más simple de lo que se puede pensar, pero mucho más intrincado de lo que se puede comprender.

La reflexión se aplica, con provecho, al entendimiento contemporáneo del Muro de Berlín. En efecto, con su intempestivo derrumbe del 9 de  noviembre de 1989, su historia quedó a oscuras y cualquiera hoy puede calificarlo como el Muro de la Vergüenza desde siempre. Corolario inevitable: ¡qué brutos los dirigentes de la RDA, cómo se les ocurrió tamaño estropicio político! 

Sin embargo, cuando apareció el Muro,  el 13 de agosto de 1961, el mundo no lo demonizó y, más bien, lanzó un suspiro de alivio. La Guerra Fría se estaba calentando y la explosividad de Berlín dividido tenía a todos al borde de la cornisa. Tres millones de alemanes orientales, mezclados con algunos miles de polacos y checoslovacos, habían huído hacia Berlín Occidental y la economía de la RDA se había convertido en un cubo de Rubik monocolor. Es decir, inajustable. Y, como el orden internacional funcionaba sobre la base de la disuasión nuclear, ese conflicto podía romper el “equilibrio del terror” entre Washington y Moscú, con muy mal pronóstico para el planeta. 

KENNEDY Y JRUSCHOV UNIDOS

En tal emergencia, la construcción del muro fue una necesidad estratégica, tan compartida como urgente. Según el Presidente de los EE.UU John F. Kennedy, su homólogo soviético Nikita Jrushov tendría que hacer algo para controlar  el río de refugiados que corría hacia Berlín Occidental. Para encorajinarlo, admitía que él no podría intervenir “si se limita  a hacer algo en Berlín Este”. Compartiendo esa apreciación, el senador William Fullbright había declarado no entender “por qué los alemanes orientales no cierran su frontera (pues) tienen derecho a ello”. 

 Jrushov estuvo de acuerdo. Desde su exuberancia había profetizado la derrota del capitalismo en el corto plazo, pero veía como la sangría de mano de obra que sufría la RDA podía gatillar una confrontación militar. Tal confrontación, a su vez, podía escalar hacia lo que los expertos llamaban “destrucción mutua asegurada”, con cual no habría victoria con sentido práctico. El Gran Jefe comunista indujo, entonces, la construcción del muro, para asegurar el control de las fronteras en la RDA: “Los alemanes orientales se verían animados por la solidez y fortaleza de su Estado”, escribió en sus Memorias.

Alberto Baltra, mi profesor de Economía Política en la Escuela de Derecho, expuso esa justificación del muro en un libro coyuntural de 1963 y le añadió un empate ideológico que gustó mucho a los comunistas de la época: “¿Acaso no es una dura muralla la que millones de padres encuentran para que sus hijos puedan ingresar a  las escuelas, al liceo, el instituto técnico o la Universidad?”

DE LA NECESIDAD AL OPROBIO

Ergo, el muro no se construyó para crear una situación ominosa, sino para controlarla. Fue, en su origen, un Muro de la Necesidad, pero la Vergüenza vino un rato después. Es que, a partir de la apreciación geopolítica y estratégica mencionada, comenzó a decodificarse políticamente, como el símbolo por excelencia de la superioridad de Occidente. Y es que la estaban dando: contra el optimismo retórico del tosco Jruschov, daba una ventaja visible como una pirámide al mundo capitalista. Su sola existencia decía que el efecto-demostración de los mercados de Berlín Occidental era más peligroso para los alemanes orientales, que las ideas marxista-leninistas para los alemanes occidentales.

A la vergüenza contribuyó mucho el perfeccionismo disciplinario de los alemanes del Este. En el corto plazo convirtieron el muro primigenio en una tecnologizada  estructura de seguridad y sus protocolos de control asignaron la pena  de muerte a quienes trataran de sobrepasarlo. Como esa pena se aplicó con rigor, la metáfora de la RDA como una cárcel se impuso como una realidad sin paliativos.

Medio siglo después de su fin, el muro, aparece no sólo como el símbolo histórico de  la división de Berlín, la competencia de las dos Alemanias y la bipolaridad del mundo de la Guerra Fría. También luce como el punto inicial de la victoria de los Estados Unidos y de las economías libres, en esa guerra. Un fenómeno para analizar  más allá de las simplezas ideológicas, poniendo distancia con nuestras emociones y aplicando la teutónica sabiduría de Goethe.  

José Rodríguez Elizondo
Martes, 9 de Diciembre 2014



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Bitácora

6votos
Tras fugarme con familia y sin estrépito de la República Democrática Alemana (RDA), en 1977, aprendí que para contar ciertas verdades hay que esperar a que la realidad decante. Política y editorialmente, no es correcto tener la razón demasiado temprano.

Así lo experimenté cuando el testimonio de mis vivencias –plasmado en  entrevistas, reportajes y libros- terminó fundiéndose, fuera de Chile, en el debate maniqueo de la guerra fría. Una voz perdida entre los eufemismos, cálculos y mentiras ideológicas. Por eso, hoy me resulta fascinante el despliegue de transparencia que se está produciendo en este XXV aniversario de la pulverización del muro de Berlín. O de “la frontera”, como debíamos decir en el país que ya no existe.
 
Así, a muro derribado, hoy todos reconocen la importancia escarmentadora que tuvo la RDA en el pensamiento y praxis de las izquierdas chilenas. Subiéndose por ese chorro,  hasta pasan factura a quienes combatían contra la dictadura de Pinochet, por su violación de los derechos humanos, mientras ignoraban esa gran madre de las violaciones que fue la dictadura estealemana de Eric Honecker.

Sin embargo, excepto para quienes siguen callando, es una factura discutible. En lo fundamental, porque primum vivere, como enseñan los que saben. Tras el naufragio que significó nuestro 11-S no cabía mirar el diente al refugio regalado. Al menos mientras se recuperaba el habla. 

El problema fue que, demasiado pronto, conspicuos dirigentes chilenos se acomodaron en ese refugio, dejando que los supremos sacerdotes del socialismo real interpretaran lo que nos había sucedido. Desde Moscú, con estación repetidora en Berlín Este, esos sabios dictaminaron que la responsabilidad del fracaso de la Unidad Popular se debió a no haber osado implantar la dictadura del proletariado. Tan simple como eso.

A partir de entonces, el tiempo de filosofar quedó bloqueado y peor, aún, militantes forjados en el acero de la novelística estaliniana optaron por ensuciarse el alma por “gratitud”. Víctimas de una variable del síndrome de Estocolmo, terminaron haciendo el elogio extravagante de la RDA y del tutorial poder soviético. Incluso fingían ignorar que el costo de acoger a los casi dos mil “chilenische patrioten” no salió del bolsillo de la familia Honecker, sino de las faltriqueras de un pueblo que soñaba con destruir el muro.
 
Por ello, mi explicación sobre el comportamiento de nuestros exiliados en la RDA es un pelín más compleja y, como lo he dicho en otras ocasiones, tiene que ver con sus tres grandes categorías: los Jefes, los Astutos y los Prófugos. Fue una trilogía abierta -admite grados y mezclas-  cuyo contenido actualizo a continuación:

LOS JEFES tenían un poder vicario, pero muy real, sobre la masa de los exiliados, incluyendo sus vidas privadísimas (si trabajar o estudiar, si casarse o separarse, si parir o abortar). Tal poder contenía privilegios especiales como  viajes, viáticos en divisas, oficinas, gastos operacionales, vehículos y atención médica superior. Sus límitaciones se expresaban en dos consignas interconectadas: “no molestar a los compañeros alemanes” y “no dar armas al enemigo”. Es decir, silenciar la realidad. Los pocos que osaron pasar esos límites lo hicieron (obvio) en calidad de Jefes marginados.

LOS ASTUTOS, además de los privilegios generales del estado llano –vivienda y crédito fiscal para instalarse-  tenían dos ventajas propias: alta calificación intelectual y notable frialdad emocional. Esto les permitió proyectarse hacia un mejor futuro individual, suspendiendo la emisión de verdades y perfeccionando tácticas de simulación, para no molestar a los compañeros alemanes ni alertar a los Jefes. El celo ortodoxo (la envidia) de los militantes rasos los caracterizaría como “oportunistas” o, más técnicamente, como “intelectuales pequeñoburgueses”, blandengues por definición. 

LOS PROFUGOS son los que llegaron al refugio equivocado por ser poco astutos o menos inteligentes de lo que pensaban. En su choque con la realidad, percibieron (más temprano que tarde) que la salvación estealemana equivalía al pacto de un Mefistófeles rasca con un doctor Fausto de poco vuelo. A partir de entonces definieron que su objetivo categórico era fugarse y esta meta los dividió en dos subgrupos: los Drásticos, que huyeron mediante la locura y el suicidio y los Flexibles, que escaparon mediante una mezcla de estrategia con milagro. 

¿Y qué sucedió después de la caída del muro, con ese trío emblemático?

Cualquier entendido lo entiende. Los Jefes siguieron siendo Jefes y callaron para siempre. Saben que en Chile el doble estándar la lleva, el empate es ley y siempre habrá un enemigo al cual negar las armas de la autocrítica. 

Los Astutos, por su parte, dieron sus testimonios con exacto sentido del tiempo. Es decir, entre el día en que Gorbachov espantó a Honecker con la perestroika y el día en que  los fragmentos del muro comenzaron a aparecer en los museos. Para desdicha de quienes los habían celado o aborrecido, produjeron obras de tanta calidad e impacto como Morir en Berlín (Carlos Cerda) y Detrás del muro (Roberto Ampuero).

En cuanto a los Prófugos del subgrupo Drásticos, tienen su paradigma en el entrañable historiador Lucho Moulian. Sometido a tratamiento en una clínica siquiátrica de Leipzig, terminó suicidándose en la Posta Central de Santiago, tras su retorno a la patria prohibida. 

Finalmente, los Prófugos del subgrupo Flexibles, son los que gritaron la verdad precozmente, apenas ejecutaron sus estrategias de fuga. Pero, como la Guerra Fría seguía dominando, Pinochet seguía mandando y el muro seguía en pie, no hubo mercado que los inflara. Como ya lo adelanté –y perdonando la autorreferencia-, en este subgrupo clasifica este memorioso servidor.
 

José Rodríguez Elizondo
Domingo, 16 de Noviembre 2014



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Revista Realidad y Perspectivas

2votos

Artículo n°357 José Rodríguez Elizondo

Apareció el número de octubre, con el análisis de la coyuntura internacional


ryp_n__36_octubre.pdf RyP N° 36 Octubre.pdf  (5.71 Mb)


José Rodríguez Elizondo
Lunes, 10 de Noviembre 2014



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Bitácora

10votos

LA CONFESIÓN DEL EMBAJADOR José Rodríguez Elizondo

En el mundo de la diplomacia se sabe que los embajadores no están para dar exclusivas a los medios ni para promover posiciones políticas individuales. En el mundo del periodismo se sabe que, por lo mismo, los embajadores no son noticiosamente interesantes. Sin embargo, como no existen fenómenos absolutos, un periódico uruguayo descubrió un embajador chileno capaz de atacar fieramente a sus enemigos políticos internos, dejando con un palmo de narices a su propio gobierno. Aunque a los pocos días se arrepintió y fue perdonado por la Presidenta Michelle Bachelet, el caso quedó registrado en todos los archivos. Son los antecedentes del texto que viene a continuación.


Publicado en El Mostrador, 21.10.2014

Aquí voy a soslayar totalmente los dos temas de interés contigente: si nuestro embajador en Uruguay debió renunciar sin que se lo pidieran y si, arrepentido o no, debió ser destituido por la Presidenta. Para compensar tamañas omisiones, me concentraré en la personalidad política del susodicho y en el carácter de la institución donde sigue prestando sus servicios.

Quienes conocen en vivo y en directo a Eduardo Contreras, saben que tiene sentido del humor y que fue un abogado valiente, cuando lo prudente era ser notario. Agregan que, pese a lo anterior, nunca dio el salto hacia la renovación de las izquierdas. Hasta fines de la semana pasada, solía mostrarse  como un paleocomunista. Es decir, un militante duro y grave, con sentido leninista de misión.

Desde su burbuja ideológica, Chile lucía como un país maniqueo. Todos los empresarios eran de derecha, toda la derecha era fascista y todos los demócratacristianos debían asumir el estigma de no haber apoyado a Salvador Allende. Afortunadamente -para quienes lo recordamos con afecto-, su confesión del sábado pasado indica que ese esquema ya no es lo que era. La clave de su “retractación”, como la calificara el canciller Heraldo Muñoz, fue ese contacto con “los otros” que le proporcionó su estatus diplomático. Como embajador, el viejo militante salió de su endomundo sovietizado, trabajó “intensamente” con empresarios de carne y hueso y hoy  le consta la vocación democrática de la DC.

Marcó, así, un hito notable en el comunismo criollo y comparado. En lo fundamental, porque la suya no fue una confesión forzada,  para demostrar que “el partido siempre tiene la razón”, según el viejo guión estaliniano.  Fue, más bien, una autocrítica desde la humildad, avalada por su jefe partidario, el diputado Guillermo Teillier. Este dejó claro que su camarada se había desubicado y que él no se cortaría las venas para defenderlo ante la Presidenta Bachelet.

LA MISMA PIEDRA
 En cuanto a la arista institucional, el error de Contreras fue haber subestimado dos verdades diplomáticas que “nadie ignora”, como diría un columnista asertivo. Una, que un embajador no opina libremente sobre temas políticos. Otra, que no existe conversación privada posible con periodistas que llegan premunidos de grabadora y fotógrafo.

Pero, lo más notable no es que el hombre se saliera de las casillas de su cargo, por saltar sobre ambas verdades.  Más llamativo fue que, haciéndolo, haya tropezado con la misma piedra que hizo caer a otros embajadores, de izquierda, derecha e, incluso, “de la carrera”. A vuelo de pájaro, ahí están los casos del que elogió la dictadura del general Pinochet en Argentina, el que relató las vacilaciones de Bachelet para votar por Venezuela como miembro del Consejo de Seguridad, el que criticó a la Internacional Socialista desde la República Checa y el que expresó, en La Paz, su deseo personal de dar a Bolivia una salida soberana al mar.

Esa recurrencia en el error permitió a Teillier improvisar un salvavidas piadoso: “No tengo claro si un embajador puede o no puede referirse a esas cosas, públicamente”, dijo.  Significativo o intencionado despiste, pues revela que en las instituciones políticas del Estado no hay conciencia plena sobre la necesidad de contar con funcionarios parcos en las funciones estratégicas. Lo que en otros países parece obvio, aquí requeriría un pendrive con un manual de instrucciones.

Es bueno saber que la locuacidad impropia no agota el repertorio de inconductas diplomáticas. Recordemos el caso opuesto, del embajador designado para representarnos en China que, sin explicación pública, renunció a su misión antes de asumirla. El del embajador ante los organismos internacionales, en Ginebra, que votó en contra de instrucción expresa de la Cancillería. El del embajador en Venezuela para quien no hubo golpe de Estado contra Hugo Chavez en 2002, mientras su colega en la OEA condenaba el golpe desde la ortodoxia democrática. También es mencionable el caso que configurara el más grave problema de política exterior del gobierno de Patricio Aylwin: el asilo de Erich Honecker en nuestra embajada en Moscú, decidido por el embajador, sin consulta al canciller.

DÉFICIT ESTRATÉGICO
¿Y para qué recordar casos y cosas que algunos prefieren olvidar?

Pues, porque  error olvidado es error repetido y en la raíz de todos subyace el déficit de profesionalidad de nuestra Cancillería. Ese amateurismo que comenzó a percibirse desde septiembre de 1973, con la degollina en  el servicio exterior decretada por el general Pinochet.
 
De ahí nos viene esa contradicción flagrante entre una política exterior que quiere ser  “de Estado”  y un Estado sin la disciplina ni la abrigadora capacidad de negociación diplomática, que están en la base de cualquier política exterior. Por eso, en los últimos grandes conflictos vividos, otras cancillerías nos han impuesto la judicialización, los actores decisivos no han sido los diplomáticos sino los asesores jurídicos y hemos perdido lo que hemos perdido.

Es importante tenerlo a la vista pues está en trámite el cuarto o quinto proyecto de “modernización” de la Cancillería, esta vez a cargo de Mario Artaza, un diplomático de currículo impecable.  Pero, hasta el momento (y como antes), el tema no tiene prioridad programática de gobierno ni obedece a un previo y necesario gran acuerdo nacional.

En esas condiciones, el pronóstico se mantiene estable: si hay buen tiempo produciremos una reforma a la chilena, “dentro de lo que se puede” y seguiremos postergando esa gran Cancillería que Chile necesita a gritos.

Una tan gravitante–en cuanto profesionalizada-  como las de Itamaraty y Torre Tagle, a nivel de la región. 

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 23 de Octubre 2014



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático y caricaturista, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad Director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, su obra escrita consta de 21 títulos, entre narrativa, ensayos, análisis y reportajes. Entre esos títulos están "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo (2012)", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas", "El Papa y sus hermanos judíos", "La pasión de Iñaki", “Chile: un caso de subdesarrollo exitoso”, "Chile-Perú, el siglo que vivimos en peligro”, "De Charaña a La Haya: Chile entre la aspiración marítima de Bolivia y la demanda marítima de Perú" y “Temas para después de La Haya”, publicados por la Editorial Andrés Bello, Random House Mondadori y Planeta. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). Elegido en 2013 como miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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