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CONO SUR

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EL PRESIDENTE HUMALA SORPRENDE DOS VECES José Rodríguez Elizondo

Un nuevo caso de espionaje bloquea el camino de Chile y Perú hacia una relación sin traumas. Es un tema delicado, pues los temas que comprometen a los servicios secretos nunca admiten claridad plena. Hemos visto demasiadas películas a ese respecto, como para pretender que exista una solución impecable.


Publicado en El Mostrador de 17.3.2015
 
De llegar al gobierno, voy a apoyar a los bolivianos.
Tienen todo el litoral peruano para que tengan su marina de Guerra.


Creo que hay un pueblo chileno valeroso donde hay hermandad,
pero también creo que han tenido una política de gobierno de prepotencia.


Ollanta Humala, 2006
 

Con susto enfrentaron los peruanos las dos candidaturas presidenciales sucesivas de Ollanta Humala. No era para menos: sospechaban que su padre político y financista era Hugo Chávez y sabían que don Isaac, su padre genético, le había inoculado el “etnocacerismo”,  un mix ideológico de estalinismo, nacionalismo extremo y racismo indígena.
 
Los humalistas tampoco vendían tranquilizantes. Exigían la nacionalización de todas las empresas, la suspensión del pago de la deuda externa y el restablecimiento obligatorio de los idiomas nativos. Antauro, ex militar, hermano y activista de Ollanta, añadía la interesante idea de  fusilar a la cúpula castrense y a los políticos, diplomáticos y ex presidentes corruptos. "Estamos contra el amariconamiento político y militar", proclamaba.
 
 Aquí en el sur también nos pusimos nerviosos y con razón, pues la vertiente nacionalista de Humala nos apuntaba a la yugular. El TLC firmado con Perú en la época de Alejandro Toledo le parecía un “acto de traición a la patria” y acusaba a  Alan García como “genuflexo” ante el gobierno de Michelle Bachelet. En 2009 incluso llamó a romper relaciones con Chile a propósito de un caso de presunto espionaje (los espías siempre son presuntos). Luego organizó un acto para ejercer soberanía en el “triángulo terrestre” que, si no lo frustra García, habría terminado demasiado mal.


SORPRESA NUMERO UNO

En 2010  –al filo de su victoria electoral- Humala dejó en claro que mantenía su talante belicoso, entregando en persona una carta al Presidente Sebastián Piñera. En ella planteaba su desconfianza respecto al cumplimiento chileno del fallo pendiente en La Haya y lo conminaba a dar diversas “satisfacciones” al Perú. Entre ellas, “reconocer la responsabilidad histórica de Chile” en la Guerra del Pacífico.

Por eso, cuando se instaló en Palacio Pizarro y en vez de darse gustitos comenzó a ejercer la ética de la responsabilidad, la sorpresa fue grata e internacional. El temible nuevo Presidente no sólo se abstuvo de fusilar malos peruanos, estatizarlo todo y pisarle el poncho a los chilenos. También dejó que Antauro siguiera cumpliendo una previa condena en la cárcel, entró en conflicto con su ideologizado padre y aceptó la buena relación con Chile que le aconsejaban los economistas y los sabios de Torre Tagle.

Así, no sólo reconoció la buena fe chilena en  el juicio de La Haya. De la mano con Piñera y sus homólogos de México y Colombia lanzó al mundo la Alianza del Pacífico, un eficiente instrumento de integración y cooperación económica.  En 2014 admitió, ante el legendario periodista Enrique Zileri, que “las relaciones que hemos venido construyendo con Chile son muy cordiales y francas”.


SORPRESA NUMERO DOS

Sin embargo, de repente en el verano, Humala produjo una segunda sorpresa. El 19 de febrero, sombrío el rostro, denunció ante los medios un caso de espionaje militar chileno en colusión con militares peruanos. Agregó que eso era “gravísimo para las relaciones bilaterales”, que “la dignidad del país no tiene precio” y que el tema “no puede quedar así no más”.  En paralelo, anunció el envío de una nota de protesta, retiró a su embajador en Chile, exigió satisfacciones que no especificó y sugirió que el
caso podía bloquear la implementación del fallo de la Haya.

En Chile se escuchó el onomatopéyico ¡plop! de Condorito. Aquello lucía disfuncional para  los intereses nacionales de ambos países y cualquier analista acucioso podía discernir cinco razones de perplejidad:

1) La denuncia no surgía en el marco de un curso de colisión, donde el Jefe de Estado es la últi
ma ratio. Aquí la ratio primera era Humala, en un contexto reciente de relaciones “cordiales y francas”.

2) Los servicios de inteligencia existen en Chile, Perú y en todo el mundo y una de sus funciones es recopilar información sobre los vecinos, aunque se trate de una potencia aliada.

3) El tema lucía como secuela del “caso Ariza”, suboficial de la Fuerza Aérea peruana que habría vendido información a Chile durante los gobiernos de García y Bachelet, antes del fallo de La Haya. Es decir, cuando los profesionales de inteligencia estratégica  de ambos países detectaban señales de un curso de colisión.


4) Humala no podía ignorar ese viejo juego según el cual los espías propios se niegan, pero se canjean si son capturados; los casos de traición militar se ven en sede institucional, con carácter reservado y las eventuales satisfacciones del gobierno acusado se gestionan por conducto diplomático, para que no se confundan con un ultimatum.

5) Vincular el tema con la suspensión de la ejecución del fallo de la Haya, era como un disparo de represalia a los pies propios. No fue Chile sino Perú el país que ganó 50 mil kilómetros cuadrados de océano gracias a esa sentencia.

PREGUNTAS A LA VENA

Al margen de algún mal modo eventual, por parte chilena, mi hipótesis es que Humala no trataba de crear un conflicto, sino de reposicionar uno que creíamos superado. Para procesarla, habría que investigar a la luz de siete preguntas clave:

-¿Se está produciendo en Humala una regresión desde la ética de la responsabilidad a lo que Max Weber llamaba “la ética de los fines últimos”?


-¿Cuál sería su reacción en caso de que la Corte de La Haya favorezca la aspiración de Bolivia?

-¿Se está colgando de la ofensiva de Evo Morales para promover su ideal etnocacerista de “una nación, dos repúblicas”?

-¿Quiere retirar del cauce diplomático el tema del “triángulo terrestre”?

-¿Está leyendo los recientes casos Dávalos, Penta y SQM como una señal de debilitamiento estratégico de Chile? 

-¿Por qué no pudo Chile encauzar la relación bilateral  hacia un “veranito de San Juan”, tras el fallo de La Haya?

-¿Cabe para Chile dar “satisfacciones”,  debido a que el presunto espionaje se inició bajo un gobierno anterior?

Son interrogantes que no necesariamente calzan del todo con el diagnóstico que muchos ya adelantaron: la actual baja de popularidad de Humala lo induce a buscar la bronca con Chile. Es que nunca habrá una respuesta tan simple, para un problema tan lleno de aristas complejas, como el de la relación chileno-peruana.

Por eso, sin perjuicio de dejar mi hipótesis en barbecho, luce más urgente detectar el nivel de receptividad que el exabrupto presidencial tuvo en los expertos y en las élites peruanas ilustradas.

NO MÁS SORPRESAS

En un muestreo rápido, sólo he detectado un caso de aceptación clara. El  del embajador Oswaldo de Rivero, para quien “el Perú debe prepararse para aplicar medidas de retorsión porque el gobierno chileno no investigará ni castigará a sus espías”. Más allá, hay señales de educado escepticismo o de crítica abierta, según las cuales no estamos ante un casus belli, debe respetarse el cauce diplomático y los intereses mutuos aconsejan la mejor relación posible. Algunos ejemplos:

Para el ex ministro del Interior Fernando Rospigliosi, la relación chileno-peruana no debiera enturbiarse “más allá del intercambio de notas y de alguna excitación momentánea”, pues los servicios de inteligencia, por inercia, están para obtener información de los países vecinos. El ex canciller José Antonio García Belaunde dijo que “si el espionaje rompiera relaciones, probablemente la Unión Soviética y EE.UU. no hubieran tenido nunca embajadores”. Según el ex canciller Luis Gonzales Posada, “debemos superar esta situación con velocidad y el compromiso de que el espionaje debe eliminarse del vocabulario peruano-chileno”. El vicecanciller Eduardo Ponce temió que, por sobredimensionar un caso de espionaje, “frenemos a la Alianza del Pacífico en nuestro propio perjuicio”. El gravitante diario El Comercio aludió a una “altisonante reacción presidencial” y a “agresivas rabietas”. Para la aguda periodista Cecilia Valenzuela “es difícil comprender a son de qué el presidente Humala continúa ventilando nuestra vergüenza de tener militares traidores en nuestras Fuerzas Armadas (...) si gracias al trabajo, de años, de nuestros diplomáticos hemos conseguido una victoria en una corte internacional”. El  prestigiado periodista Gustavo Gorriti deseó que Perú y Chile “logren en el futuro cercano reemplazar la suspicacia por confianza y cercanía”, añadiendo que “hasta entonces haremos negocios y nos vigilaremos y sus espías y los nuestros tratarán de reclutar mandos medios desafectos”.

Ante ese claro vacío de entusiasmo, el propio Humala debió contenerse y reencauzar el tema hacia la vía diplomática. “Es la que corresponde”, reconoció.  Mucho debió ayudar el que el canciller chileno Heraldo Muñoz, que ha mantenido un buen diálogo con su colega peruano Gonzalo Gutiérrez, no cayera en la trampa de la réplica airada ni del amurramiento.  Todo indica que sus respuestas (reservadas) han sido consideradas “conciliatorias” en Torre Tagle. Por lo demás, nada debiera impedir  que diera explicaciones  en un marco diplomático distendido, si se llegara a la conclusión de que hubo algún comportamiento chileno realistamente reprochable. Los actores de los servicios de inteligencia saben que lo cortés no quita lo valiente.

Hay espacio, entonces, para reflotar el optimismo respecto a la imprescindible mejor relación chileno-peruana. En todo caso, es pertinente asumir lo que recuerda el analista chileno Fernando Thauby, respecto a un caso de 2001, cuando la embajada chilena en Lima se quejó de espionaje teléfónico.  La respuesta del entonces canciller peruano Javier Pérez de Cuéllar, maestro de la diplomacia mundial, fue sencillísima: “La embajada de Chile debe mejorar la seguridad de sus instalaciones”.

Si fuéramos consecuentes con esa pachorra, fruto de la experiencia y sangre fría diplomáticas, podríamos privilegiar los cursos de cooperación sobre los cursos de colisión y así evitarnos –chilenos y peruanos-  una tercera sorpresa del Presidente Humala.


José Rodríguez Elizondo
Martes, 17 de Marzo 2015



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Bitácora

6votos

La corrupción como razón de Estado José Rodríguez Elizondo

Publicado en El Mostrador, 2 de marzo de 2015
Donde vemos como la crisis de las izquierdas renovadas abre paso a la segunda crisis de la democracia.


En 1995 escribí un libraco titulado Crisis y renovación de las izquierdas, en el que analicé la trágica interacción entre los ultrarrevolucionarios castristas y los militaristas civiles de los años 60­-70. Mi diagnóstico mostraba el tema como una crisis de la democracia representativa o de la política. Mi semipronóstico –o wishful thinking, como dicen los sajones–, fue que el escarmiento histórico brindaba una oportunidad estimulante para las izquierdas democráticas de la región.

Condición teórica del optimismo: asumir que la lucha a golpe de tesis entre capitalismo y socialismo fue un conflicto del siglo XX, con ideas del siglo XIX, que será visto como un combate escolástico en el siglo XXI. Condiciones prácticas: arrinconamiento de los extremismos, fortalecimiento de los sistemas democráticos “centrificados”, profesionalismo participativo de las Fuerzas Armadas y alternancias sin drama.

Caso modélico: la transición chilena (obviamente). Con una centroderecha consensualista y pivoteando sobre socialistas renovados y democratacristianos –enemigos al momento del Golpe–, el sistema expresaba bien esa línea de unidad en la diversidad. Era la ecuación pragmática entre el liberalismo político, la regulación económica y la sensibilidad social.
 

LA TRANSICIÓN TAMBIÉN CAMBIA

Desde entonces han pasado veinte años, durante los cuales la Historia regional siguió escapando de los determinismos. Sinópticamente, el fin de la Guerra Fría minimizó la “amenaza comunista”, redujo el interés estratégico de los Estados Unidos en el progreso democrático de la región, el fin de las ideologías totalitarias comenzó a identificarse con el fin de las ideas políticas y el diálogo civil-­militar tendió a retroceder a la época de los “compartimentos estancos”.

Como efecto directo, el escarmiento de las izquierdas fue de baja intensidad y corta duración. No llegó a cuajar en un nuevo pacto social, con gobiernos prudentemente tecnificados, partidos políticos democratizados, funcionariado austero, intelectuales orgánicos de verdad y líderes que valoraran (o se resignaran) a la alternancia. Ayudó a atornillar al revés el que, con pocas excepciones, las derechas siguieron dependiendo de líderes coyunturales y hasta de outsiders golpistas.

Huérfanas de referentes ideológicos válidos, las izquierdas de este segundo milenio abrieron paso a una crisis bifurcada. Unas se acomodaron a los privilegios del poder y al discreto encanto del dinero, optando por los “empates” con las derechas e instalándose como partes de una clase política informal. Otras modificaron ventajistamente los estatutos constitucionales e indujeron la polarización social. A ese efecto, sintetizaron el ultrismo castrista y el democratismo electoral, instalando dictaduras que convocaban a elecciones (no siempre limpias).

Los ciudadanos comenzaron a chocar, entonces, con un escenario público degradado, en el cual se obtienen curules con técnicas de mercadeo, los grupos económicos financian a políticos de todo el espectro, los partidos se convierten en centros clientelares, los militantes mutan en operadores profesionales, los militares estudian lo que está pasando o cogobiernan (como en Venezuela), los intelectuales genuinos desertan de los partidos, el crimen se organiza, la teoría de los derechos humanos se sectariza y la meritocracia es arrollada por el nepotismo.

En ese marco, Perú produjo el caso emblemático del outsider Alberto Fujimori, quien llegó al Gobierno con los votos de las izquierdas, cuyo objetivo central era atajar a Mario Vargas Llosa y sus posiciones. Desde el poder, Fujimori se declaró admirador de Pinochet, aplicó sesgadamente la misma doctrina que representaba Vargas Llosa y dio un autogolpe de Estado que corrompió a todas las instituciones, Fuerzas Armadas comprendidas. Para ese efecto impuso aparatos, cómplices y procedimientos criminales. Hoy es un raro caso de responsable político encarcelado.

Mientras se escriben estas líneas, jefes de Estado autorreconocidos como “de izquierda” están sufriendo el impacto de la degradación política mencionada. El presidente priísta de México, Enrique Peña Nieto, es desafiado por el crimen organizado con base en el narcotráfico; la presidenta petista de Brasil, Dilma Roussef, sufre los embates de la corrupción crónica en Petrobras; el presidente chavista de Venezuela, Nicolás Maduro, sigue encarcelando a opositores al margen de un debido proceso; el peronista vicepresidente argentino, Amado Boudou, está procesado por cohecho y otras negociac
iones incompatibles con la función pública, y la peronista presidenta, Cristina Fernández Kirchner (CFK), es imputada judicialmente por encubrir a los responsables de un conmocionante atentado terrorista. Cabe añadir que el fiscal de ese caso, Alberto Nisman, fue asesinado o inducido al suicidio un día antes de presentar esa imputación ante el Congreso.

Desmintiendo el excepcionalismo chilensis, nuestro país no es una excepción en un mal barrio. Entre los casos Penta y SQM medra lo que he llamado “clase política ABC1”. En ese contexto de relaciones espurias con el dinero, la Presidenta socialista Michelle Bachelet experimentó el oprobio de un caso de enriquecimiento escandaloso, protagonizado por su hijo Sebastián.

RENOVACION DE LA CRÍTICA

El síndrome regional expuesto está revelando una transición encadenada: del escarmiento de los renovados al sectarismo de nuevo tipo, de éste a la corruptela con delincuencia y de ésta a la corrupción como razón de Estado.

Las encuestas, por lo general, muestran cómo las instituciones castrenses y policiales –que configuraron la base de las dictaduras superadas–, tienen mejores niveles de aceptación que las instituciones políticas. Consecuentemente, está sucediendo lo que tenía que suceder: los ciudadanos abusados han dejado de valorar los eventos electorales y comienzan a abstenerse o a reaccionar contra todos los representantes políticos. Como perversa contrapartida –corsi e ricorsi–, gobernantes como CFK y Maduro tratan de refugiarse tras la polarización social inducida, hablando de “nosotros” (los ungidos que deben mandar) y “ellos” (los disidentes que deben ser reprimidos). Otros, tratan de legitimar sus liberticidios, mientras se autocalifican para la reelección permanente, por sí o por interpósito pariente.

Esos afanes, que recuerdan el refrán chino sobre el peligro de descabalgar de un tigre, cierran un ciclo de pavores. De la crisis de las izquierdas sesentistas pasamos a la crisis de las izquierdas renovadas y de ésta a la segunda crisis de la democracia representativa (o de la política).

Esta es la dolorosa verificación que, sumada al estímulo de lectores generosos, me está impulsando a superar mi escepticismo sobre las posibilidades de los textos de más de 100 páginas. Esto significa (anuncio) que hoy comienzo a reescribir mi libro de hace veinte años, abrigado con una esperanza humilde: creer que es posible revertir la desdemocratización en proceso, con soporte en la autocrítica, la mostración de los hechos y los lectores capaces de ir más allá de los 140 caracteres de un tuiteo.

Quienes no conocieron la versión del 95, tal vez lo apreciarán como un nuevo tipo de historia contemporánea o como el alegato romántico de un demócrata latinoamericano.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 2 de Marzo 2015



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Bitácora

7votos

PARA NO VOLVER A TROPEZAR José Rodríguez Elizondo

El fallo de La Haya abrió una buena oportunidad para que Chile y Perú renueven su relación, asumiendo una política común hacia Bolivia. A eso me refiero en el texto que sigue, solicitado por un importante medio peruano.


Publicado en Perú 21, 27.1.2015

 
Más agridulce que amargo fue el fallo de La Haya. En el mundo de las imágenes primó la de “misión cumplida”, a cargo de los agentes de Chile y el Perú. Su mensaje resultó más tranquilizador que las señales de los Presidentes Sebastián Piñera y Ollanta Humala. Estos pusieron un énfasis innecesario en el subconflicto del “triángulo terrestre”, cuya actual importancia cuesta decodificar.

Por cierto, hubo sentimientos encontrados, pero nadie se salió de madre. Mérito compartido entre los peruanos, que no hicieron ostentación de su éxito parcial y los chilenos, que no nos cortamos las venas por haber sido “operados” de 22.000 kilómetros cuadrados de océano.

¿Significa esto que ya podemos volver a la “n
ormalidad” de antes?

Sería la nada misma. Seguiríamos siendo rehenes de la genética aspiración boliviana a clavar una pica soberana en Arica (con obvia implicancia tacneña). Un viejo tema actualizado por la demanda de Bolivia contra Chile la cual, por motivos tácticos, no consigna dicha aspiración.

Pero de eso se trata y así lo ha reconocido el historiador y ex Presidente boliviano Carlos Mesa: “El nudo gordiano de la traumática historia trilateral que nos tiene trabados a Chile, Perú y Bolivia, es Arica (...) no hay otro camino”.

Si nos sinceráramos, chilenos y peruanos reconoceríamo
s que ese nudo gordiano es el que nuestros presidentes Augusto Leguía y Carlos Ibáñez definieron, en 1929, como “la única dificultad pendiente”. Ambos quisieron cortarlo mediante un estatuto especial para Tacna y Arica que vinculó, de facto, el tratado chileno-peruano de ese año y el boliviano-chileno de 1904. Pero, por cortedad de visión, no hubo disciplina para aplicarlo a cabalidad en el largo plazo.

Así, para llegar a una paz con amistad -y aunque nos irrite la agresividad de Evo Morales-, debiéramos ambientar una política común y de mano tendida hacia Bolivia, con un preámbulo categórico: ceder soberanía en Arica (o Tacna) sigue exigiendo un “previo acuerdo” chileno-peruano y no una simple “anuencia” a posteriori. Dicho en nomenclatura boliviana, los jueces de La Haya no son competentes para abrir “el candado”.

Tras 86 años de conflicto trilateral inconfesado, sería una manera inteligente de recuperar y actualizar la potente visión de Leguía e Ibáñez. 

para_no_volver_a_tropezar_v__final.docx Para no volver a tropezar v. final.docx  (14.28 Kb)


José Rodríguez Elizondo
Viernes, 30 de Enero 2015



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Bitácora

7votos

LA NUEVA CLASE POLITICA ABC1 José Rodríguez Elizondo

Tras descubrir que nuestros representantes políticos tienen ingresos superiores 40 veces al ingreso mínimo legal y que están en la cima de sus homólogos mundiales, me pareció pertinente publicar la siguiente reflexión.


Publicado en El Mostrador, 26.1.2015

Gato gordo no caza ratones
Tri Vih Ling

 
Si el caso Penta reposicionó el viejísimo tema de la relación entre el dinero espurio y los representantes políticos, ahora hay que ir un poquíto más lejos: a la relación entre dichos representantes y el dinero limpio. 

Pocos han reparado en que, a mayor cuantía de la dieta legal de los políticos, mayor tentación para ingresar al “mundo del dinero”, “hacer trabajar el dinero” y convertir en inversiones subrepticias hasta sus asignaciones colaterales (que antes se llamaban “pitutos”). Todo esto con los contribuyentes como sector trasquilado y el Estado como financista impersonal.

Sucede que en ese rubro ya hemos llegado al desarrollo pleno. Nuestros representantes están entre los mejor remunerados del mundo y el costo de nuestro servicio político incluso supera el de grandes potencias industriales. En esa línea vanguardista, la dieta parlamentaria y sus colgajos son una de las más rentables expectativas de bienestar global  –económico, de estatus y de poder- a que pueden aspirar los hijos, cónyuges y otros parientes de los políticos.

Recurriendo a la jerga sociológica, en Chile estaría cristalizando una estructura social denominada “clase política ABC1”, especializada en la representación de terceros, con diversidad de motivaciones ideológicas, homogeneidad  de intereses propios y aversión a la alternancia. Ahora, como dicho así resulta complicado, digámoslo de manera más simple: nuestros representantes políticos, gracias a sus altos ingresos, hoy pueden disputar respecto al bienestar de los otros, pero estarán siempre de acuerdo sobre el bienestar propio.

LA BRECHA

Inevitablemente, el fenómeno está configurando
un distanciamiento creciente, material y moral, entre elegidos y electores. Mientras éstos perciben que sus votos sólo sirven para producir “gente pudiente”, aquellos se zambullen en una complicidad ecuménica: todos para uno en la defensa de la “desigualdad con ventaja”. Lo curioso es que las pocas excepciones conocidas apuntan a un reconocimiento tácito de la brecha.  La diputada Karol Cariola, por ejemplo, ha dicho que, según pauta comunista tradicional, cede casi la mitad de sus ingresos a su partido. De paso, tal privación no le impide lucir estupendo.

Expresiones de ese apego a la dieta de la abundancia son el silencio soslayante, la descalificación sin fundamentos, el “empate chilensis” y la defensa corporativa.  De hecho, no se sabe de algún representante que haya atinado a prever, para evitarlo, que el reajuste general de remuneraciones de este año los beneficiara en proporción desmesurada. Otro caso: el año pasado la bancada estudiantil presentó un proyecto para reducir la distancia entre el salario mínimo y el de los parlamentarios –40 veces mayor-, pero el rechazo fue casi unánime.  Las razones, digámoslo sin ambages, fueron pueriles. Según uno de los rechazantes, “la vida es así”, y “algunos llegan raspando a fin de mes”.

Desde esa brecha está surgiendo un nuevo y ominoso clivaje social: políticos profesionales contra todos los demás. Es una dicotomía asimétrica, donde los políticos ya no son convincentes como representantes, ni en las derechas ni en las izquierdas. Por eso hay financistas que invierten en ellos, como quien hace negocios “en verde”, para convertirlos en operadores. Por eso, los financiados mienten o se hacen los zonzos con perfecta cara de palo. También puede sospecharse que, en los sectores más deprimidos, esta situación potencia la “indignación de la calle”, la simpatía por los “outsiders” y hasta la resignación ante los desmanes de “los encapuchados”.  

DIFICIL CREDIBILIDAD

Las encuestas reflejan lo dicho como desconfianza en todas las instituciones políticas. Sin excepción. Ni falta hace agregar que tal sentimiento implica una amenaza al sistema político de partidos y a la democracia misma, tanto o más grave que la del viejo clivaje civil-militar. Parece claro que no fue esa la idea de la transición, ni en las derechas ilustradas ni en las izquierdas doctrinarias. Ni en los electores pragmáticos ni en los románticos.

La solución, entonces, no es técnica. Puede que ayude eliminar el binominal, redimensionar los distritajes y fusionar algunos partidos. Sin embargo, el tema no se reduce a una mejor representatividad aritmética y, menos, si se parte por asegurar un aumento del número de representantes.


Ese conjunto de instrumentos sólo arrojará dividendos macropolíticos si se tiene claro que la exigencia principal es mucho más urgente y fácil de decir: recuperar la austeridad olvidada para volver a ser creíbles.

Pero, la dificultad para hacerlo es grande. Supone políticos capaces de entender la esencia de su relación con el dinero, para luego ponerle ese cascabel al gato.

José Rodríguez Elizondo
Lunes, 26 de Enero 2015



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Revista Realidad y Perspectivas

3votos

RyP N°38 José Rodríguez Elizondo

La coyuntura del mes comprende la normalización de relaciones USA-Cuba, las negociaciones del gobierno colombiano con las FARC y el origen del Estado Islámico. También está el último empeño de la diplomacia pública de Evo Morales: comprometer al Papa Francisco con su demanda marítima contra Chile


ryp_n_38.pdf RyP N°38.pdf  (394.17 Kb)


José Rodríguez Elizondo
Viernes, 23 de Enero 2015



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático y caricaturista, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad Director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y Director de la carta mensual Realidad y Perspectivas (RyP). Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, su obra escrita consta de 28 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas", "El Papa y sus hermanos judíos", "La pasión de Iñaki", “Chile: un caso de subdesarrollo exitoso”, "Chile-Perú, el siglo que vivimos en peligro”, "De Charaña a La Haya” y “Temas para después de La Haya”, publicados por la Editorial Andrés Bello, Random House Mondadori, Planeta y RIL. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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