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LOS EXAGERADOS 90 AÑOS DE FIDEL CASTRO José Rodríguez Elizondo

Este saludo de cumpleaños, un poco heterodoxo, fue publicado en el diario online El Mostrador, de Chile y en la revista peruana Caretas.



 
Pese a que el flamante nonagenario Fidel Castro se declaró absuelto por la Historia en 1953, ésta ya está diciendo cosas que lo disgustan. Por ejemplo, que desde el nivel isla y pese a su carisma innegable, cumplió el mismo rol que José Stalin ejerció, a  lo bestia,  desde un país-continente. En su década anterior, el periodista peruano César Hildebrandt aludió a ese parentesco con una metáfora de tres cañones: "Hugo Chávez es una mala copia de Fidel Castro, y éste es una copia brillante de Stalin".

Como el “pésimo perdedor” que es –según su difunto amigo Gabriel García Márquez-  Castro trata de desviar esa homologación dando “orientación histórica” a los estudiosos en formación. Lo hace a través de una columna en el diario oficial cubano, bajo el título “Reflexiones de Fidel”. Cree que su verbo escrito impedirá que los intelectuales libres publiquen lo que publicarán.

Aunque parezca impiadoso decirle tamaña obviedad, este Castro arrinconado por la edad está lejos del Castro seductor de sus años estelares, con discursos sin papel de tres horas promedio. Cuesta asumirlo como el líder político más decisivo y maquiavélico de América Latina durante el siglo pasado. Además, mal dotado para la escritura desde siempre, en sus columnas luce ramplón, sigue ignorando el mérito de la síntesis y suele perder el hilo.

O no tiene quien lo edite... o nadie –ni su hermano Raúl- se atreve a hacerlo.

INCIDENCIA PLANETARIA

En nuestro gélido Chile sonamos “tropicales” cuando presumimos, cada cierto tiempo, de lo importantes que somos para el mundo. En la tropical Cuba, esa presunción fue la pura y literal verdad, durante décadas, gracias al incombustible protagonismo de Castro.

La certificación de su importancia planetaria fue emitida el 22 de octubre de 1962, desde la Casa Blanca, Washington,  cuando John F. Kennedy informó que en la isla se estaban instalando bases secretas para misiles soviéticos. Su objetivo, dijo, era "contar con una capacidad de ataque nuclear contra el hemisferio occidental". Días después, la familia del jerarca soviético Nikita Jruschov era trasladada fuera de Moscú, donde se esperaba un ataque norteamericano de carácter preventivo o reactivo.

Tras un mes de miedo, Castro blindó su poder instalándose en dos nichos estratégicos: el que existía entre los Estados Unidos y la URSS y el que se abría entre la URSS  y la República Popular China. Desde ese espeluznante desfiladero geopolítico, demostró a Washington que Moscú lo respaldaba y a Moscú, que necesitaba una estrella tercermundista –aunque fuera díscola- para  probar a Beijing que el motor de Lenin aún tenía revoluciones.

Hasta fines de los años 70 del siglo pasado, eso le brindó un estrecho –pero real- margen de autonomía comunista, que le permitió ejercer un liderazgo desmesurado. Superando el sueño bolivariano, combatió contra “el imperio norteamericano” y sus “neocolonizados”, en América Latina, Africa y Asia.

Con el Che Guevara como primer adelantado, quería pasar a la historia como el gran jefe tricontinental.

EL ULTRA INMORTAL

Aunque ese sueño desorbitado fracasó, Castro se consolidó como un ultra impune. Retuvo el poder en su isla y mantuvo su influencia en las izquierdas irrenovables.

A nivel global, siguió siendo la bestia negra para los habitantes de la Casa Blanca y un díscolo intocable para los jerarcas del Kremlin, donde se lo contrastaba con los grises dirigentes del socialismo real. En 1975, conversando en Moscú con José Grigulevich         –mezcla de politólogo oficial y agente secreto de la URSS- éste me sintetizó su estatus en una frase, con sesgo crítico para los exiliados chilenos: “Fidel será  un loco, pero supo defender su revolución”.

Agréguese que en su locura hubo método, inteligencia, imaginación, histrionismo y… cero escrúpulo. Lo último, porque sus años de resplandor no fueron gratis para los soñadores y reformadores sistémicos de América Latina. Cuando dictaminó que su revolución armada y socialista había echado a andar por toda la región, con paso de gigante, las izquierdas y centroizquierdas democráticas quedaron entre dos fuegos: al frente, las élites tradicionales, respaldadas por los Estados Unidos; a sus espaldas, los castristas emergentes. Estos, con ecuanimidad feroz, atacaban a tiranos clásicos, como el dominicano Rafael Leonidas Trujillo; a socialdemócratas, como el venezolano Rómulo Betancourt; a demócratacristianos como el chileno Eduardo Frei Montalva y hasta al presidenciable socialista Salvador Allende.  Para Regis Debray, entonces escribidor principal de Castro, el líder chileno era un simple reformista y (textual) “una “pálida figura de socialista perteneciente a la aristocracia de la gran burguesía”.

En ese contexto delirante, los castristas mal armados empujaron al precipicio a los viapacifistas de la región y los ejércitos profesionales los aplastaron a ellos. Esto trajo una oleada de dictaduras  militares, con miles de jóvenes sacrificados, que no alcanzaron a leer la asombrosa confesión de Castro, en la edición del 9 de enero de 1984, de la revista Newsweek: "Ni siquiera oculto que, cuando un grupo de países latinoamericanos, bajo la guía e inspiración de Washington, no sólo trató de aislar a Cuba, sino que la bloqueó y patrocinó acciones contrarrevolucionarias,  nosotros respondimos, en un acto de legítima defensa, ayudando a todos aquellos que  querían combatir contra tales gobiernos".

Es decir, esa América Latina suya, “preñada de revolución”, solo fue una metáfora diversionista. Como tal, ayudó a apernarlo al poder cubano hasta este avanzado cumpleaños o hasta su muerte… “si es que muere”, como le escuché decir, con bonito humor, al ex canciller mexicano Jorge Castañeda.

VAYA UN AMIGO

En Chile Castro nos costó caro. En lo principal, porque las izquierdas laicas, cristianas y marxistas no asumieron que su adhesión al “líder máximo” carecía de reciprocidad. Este mimaba sólo a los “verdaderos revolucionarios”, que asumían “el método superior de la lucha armada”.  Rechazaba, de plano, tanto el proyecto socialcristiano de “revolución en libertad”, como el allendista-comunista de transición al socialismo por “otros métodos”.

Por eso, desde que emergió a la notoriedad mundial, se dedicó a descalificar  a nuestros gobernantes y protogobernantes. El primer atacado fue Frei Montalva, a cuyo gobierno calificó como "prostituta del imperialismo". En 1967, acusó como falsarios a quienes pronosticaban un triunfo electoral de Allende: "los que afirmen en cualquier lugar de América Latina que van a llegar pacíficamente al poder, estarán engañando a las masas". Sólo se retractó (a medias) en 1970, cuando las encuestas le advirtieron que podía sufrir un fiasco. Luego, con Allende en La Moneda, le propinó una visita insólitamente prolongada, potenciando al ultrismo local y acelerando la crisis política general que cuajó con el golpe de Estado de 1973.

De hecho, la crisis terminal de la Unidad Popular no inspiró en Castro la voluntad de salvar la vida de Allende, sino la de instarlo, in extremis, a morir combatiendo (como le habría gustado, quizás, que muriera el Che Guevara). En su carta al Presidente chileno del 29 de julio de 1973, le sugirió una muerte ejemplar, a la medida de su mitología guerrillera. Pero, como Allende optó por un suicidio de estirpe romana, Castro decidió que esa muerte era incorrecta y procedió a imponerle la que le había esbozado. A pocos días del golpe, en un acto de homenaje al líder fallecido, legitimó ante el mundo una versión funcional a sus designios, en la cual Allende despanzurraba dos tanques, enfrentaba a un pelotón de soldados y moría acribillado a balazos. Esa invención le permitió inaugurar el reproche público sobre el déficit militar de los comunistas y otros “reformistas” de la Unidad Popular. Incluso proclamó ese estigma con más asertividad que Grigulevich: "Los revolucionarios chilenos saben que ya no hay ninguna otra alternativa que la lucha armada revolucionaria".

La culpa de Allende, según tan singular amigo, fue no seguir la línea que él le bajaba desde La Habana.

SEGUNDO OTOÑO DEL PATRIARCA
 
Dado el superávit de datos insólitos que brinda Castro, las izquierdas renovadas de Chile no supieron –o no se atrevieron- a reconocer la profundidad ni la prospectiva de su intervencionismo. Incluso excusaron su falsificación de la muerte de Allende, como si no fuera una acción más pecaminosa, por ejemplo, que la falsificación de las memorias del general Carlos Prats.

Esa omisión de las izquierdas tuvo y seguirá teniendo consecuencias prácticas. Por soslayar sus deberes con la verdad, la presidenta Michelle Bachelet no pudo dimensionar el riesgo que implicaba su visita a Cuba durante su primer gobierno. Fue con la ilusión de encontrarse en La Habana con un camarada mitológico y fraternal, sin sospechar que activaría el recelo de Castro contra los socialistas sistémicos de Chile.  En efecto, el anciano no vaciló, entonces, en reventarle el protocolo de la visita a su hermano Raul, aconsejando a Bachelet que fuera más generosa con la aspiración marítima de Bolivia. Por la repercusión global de casi todo lo que él dice, aquello fue un golazo de Evo Morales.

En ese contexto, entre histórico y surrealista, puede apostarse que Castro, como otrora Stalin, nunca rendirá cuentas políticas a nadie. Primero, porque supo autoabsolverse cuando estaba en la plenitud de su poder. Ahora, porque se ha convertido en un personaje inventado por García Márquez e inmune, por tanto, a la acción de los humanos.

Así mitificado, uno puede imaginarlo sacándose el chándal para, como émulo de Clark Kent, mostrarse en su uniforme verdeoliva. En cuanto anciano de acción, luego saldrá a recorrer la isla a grandes zancadas,  mientras en las sedes de gobierno entran las vacas y las gallinas picotean distraídas. En el camino irá dictando, a un secretario imaginario, decretos contra los suicidas, los reformistas y los homosexuales, mientras diseña, en paralelo, los festejos de su cumpleaños número 100.

Fue una lástima que Gabo no se atreviera a escribir El otoño del patriarca II. Es que, para entender a Fidel Castro, debemos saber que su naturaleza imita al arte.

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 18 de Agosto 2016



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático y caricaturista, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad Director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y Director de la carta mensual Realidad y Perspectivas (RyP). Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, su obra escrita consta de 29 títulos, entre narrativa, ensayos y reportajes. Entre esos títulos están “Historia de dos demandas: Perú y Bolivia contra Chile”, “El mundo también existe”, "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo ", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas", "El Papa y sus hermanos judíos", "La pasión de Iñaki", “Chile: un caso de subdesarrollo exitoso”, "Chile-Perú, el siglo que vivimos en peligro”, "De Charaña a La Haya” y “Temas para después de La Haya”, publicados por la Editorial Andrés Bello, Random House Mondadori, Planeta y RIL. También ha publicado, más recientemente, "Todo sobre Bolivia y la compleja disputa por el mar" en Ediciones El Mercurio. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991). En 2013 fue elegido miembro de número de la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales.





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