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CONO SUR

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ADIOS, AMIGO GENERAL José Rodríguez Elizondo

Publicado en revista CARETAS de 28 junio 2012
 
 
Fue en Santiago, antes del 11 de septiembre de 1973. Unos pocos civiles cenábamos con el recién derrocado general boliviano Juan José Torres y éste, como haciendo un diagnóstico, nos dijo: “ustedes no conocen a los militares, hay que acercarse a ellos, considerarlos, conversar, no tratar de entrar enseñándoles”.
 
Lo tuve muy presente años después, cuando conocí en Lima al general Edgardo Mercado Jarrín.
 
Una mínima síntesis curricular lo describía como uno de los forjadores de la revolución militar peruana, el cerebro tras una modernización militar que cambió el equilibrio estratégico con Chile y a la vez el mejor defensor de la diplomacia profesional de Torre Tagle. También ex comandante general, ex canciller y ex Presidente del Consejo de Ministros.
 
Además, sin ningún “ex”, Mercado Jarrín estaba a la vanguardia en Ciencias Sociales y era reconocido como un geopolítico líder a nivel regional.
 
Afortunadamente, yo había leído algunos de sus libros y, recordando al entonces asesinado J.J. Torres*, pensé en lo ridículo que sería “entrar enseñándole” a Mercado. Por eso y porque hubo buena onda de entrada, “entré aprendiéndole” y terminé conociendo el exigente ethos de los militares paradigmáticos.
 
Así fuimos construyendo más de tres décadas de amistad intelectual, familiar y sin eufemismos. Lo último, porque nunca eludimos debatir sobre nuestras naturales discrepancias, a sabiendas de que jamás comprometeríamos nuestras respectivas lealtades.
 
Es bueno decirlo, porque más de una vez topé con el reproche de algún patriota nuestro: ¡cómo puedes ser su amigo, si potenció el Ejército peruano para atacarnos!... a lo cual siempre respondí que recibió la orden de modernizarlo y la cumplió a cabalidad pero, como buen estratego y táctico, nunca estimó oportuno usarlo para una aventura bélica.
 
Ahora agrego que era demasiado inteligente para quedarse en la simplicidad de los rencores, ignorando las complejidades y desafíos de la hora.
 
Recuerdo especialmente nuestro encuentro de 2001, en el restorán La Isla de su barrio Surco. Mercado se veía fuerte, pero ya estaba en tratamiento. Además, sufría un agudo mal del alma, por los datos que seguían saliendo sobre la corrupción de las “instituciones tutelares” en los años de Fujimori.
 
A ese mal apuntó mi pregunta-comentario final y él se fue emocionando, imperceptiblemente, a medida que respondía. En su memoria quiero reproducir una parte de esas palabras, porque lo describen mejor que cualquier semblanza:
 
“Han sido para mí los momentos más dolorosos de mi vida profesional. Ser testigo presencial de un Ejército politizado, desmoralizado. Pienso que, no obstante esta situación perversa que ha llevado al desprestigio de la Fuerza Armada de mi país, es la institución que más rápido puede recuperar su sitial, por sobre el Poder Judicial y otros poderes. Hay ciertos valores que prevalecen y que constituyen la fuerza moral de un ejército. Este no es una institución democrática, en los términos que tradicionalmente se conocen. No es deliberante, pero en todos los ejércitos las decisiones se toman a través de recomendaciones y conversaciones. Hay un trabajo de equipo permanente. Y una vez que se toman las decisiones, todos se alinean. Al ejército se entra para servir a la patria, no para obtener una posición de dinero o de poder. Y yo pienso que esas virtudes servirán para que mi ejército se reinstitucionalice y ocupe en la conciencia ciudadana el lugar que siempre ha ocupado. Naturalmente, en los últimos años de mi vida, esto ha sido para mí el trago más amargo”.
 
Si lo hubiera escuchado a ojos cerrados, no habría percibido ningún quiebre, pues su voz sonó entera hasta el final. Pero, mientras decía lo que dijo, asomó un par de lagrimones que no quiso enjugar y que se fueron rodando hasta disolverse en su pecho.  
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* Durante la dictadura de Jorge Rafael Videla, el ex presidente boliviano  J.J. Torres fue secuestrado y asesinado en Buenos Aires.
 

José Rodríguez Elizondo
Jueves, 28 de Junio 2012



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7votos

EVO Y LA FUNA DE LOS PUEBLOS José Rodríguez Elizondo

EVO Y LA FUNA DE LOS PUEBLOS

 Publicado en La Segunda, 15.6.2012


El miércoles, en ejercicio de su esperpéntica “diplomacia de los pueblos”, Evo Morales declaró fallecido al Tratado de 1904 con Chile. Digamos, como digresión, que esa diplomacia no es creación suya, aunque él lo crea. Todos los líderes que han actuado por la libre, en materia internacional, lo primero que hacen es inventarla. Y es comprensible, pues los ayuda a liberarse de  esas pautas y protocolos inventados por las cancillerías para poner orden entre el querer, el poder y el deber.


En América Latina tuvo como brillante maestro al Juan Domingo Perón revolucionario. Para él, todas las cancillerías latinoamericanas eran “inoperantes e intrascendentes”, porque existían para influenciar a gobiernos  transitorios. Lo  que debía hacerse, decía, era influenciar a los pueblos, que son permanentes. Fidel Castro fue su discípulo más creativo. Aplicando la diplomacia de los pueblos, en dosis altas, exportó su proyecto revolucionario a toda la región. Sospechaba, seguro, que sus cancilleres jamás convencerían a sus colegas de otros países sobre las bondades de un foco guerrillero propio. Hugo Chávez, a escala más artesanal, ejerció esa diplomacia cuando ordenó, desde la televisión, poner tropas en la frontera con Colombia. O cuando contaba, en cualquier foro, cuánto le gustaría bañarse en una playa boliviana. A ver si así convencía a Ricardo Lagos y a Michelle Bachelet para que hicieran el endoso sin mayor trámite.


Como anfitrión de la reciente Asamblea de la OEA, en Cochabamba, Morales trató de estar a la altura de esos maestros, invitando a funistas y barristas contra Chile. Poco le importó sobrepasar la agenda y protocolos de la organización multilateral, representada a la sazón por un chileno. Lo urgente era que nuestro canciller Alfredo Moreno  se comprometiera, de puro apabullado, a cederle un pedazo de país. 


También en su retórica hubo aportes notables de diplomacia de los pueblos. Uno de ellos fue informar que el tratado de 1904, con Chile,  “es injusto”. Lo dijo con la convicción de quien cree que los tratados de fronteras son sentencias en Derecho (que, por lo demás, tampoco son justas para la parte que pierde). Consecuente consigo mismo, después lo mató. Su otro aporte fue una aplicación del moderno marketing comercial, consistente en engancharse a una marca prestigiosa. “Las Malvinas argentinas, mar para Bolivia”, lanzó exultante.


Sospecho que ese segundo aporte le va a traer problemas con la Presidenta Cristina Fernández, pues el enganche no la favorece. Primero, porque hay demasiada asimetría entre una causa que se esgrime contra un país de la región y otra que se esgrime con la región a favor y contra una potencia extrarregional. Segundo, porque el apoyo del país funado es más estratégico que el de Bolivia, para la causa de doña Cristina. Tercero, porque la inmensa mayoría de la OEA dijo que, en vez de una presión asamblearia contra Chile, Bolivia debía buscar el diálogo bilateral… a sabiendas de que Morales lo desahució unilateralmente el año pasado.


Con base en esas consideraciones, dos preguntas surgen raudas: ¿consultó Morales a su colega Fernández antes de homologar la causa argentina con la boliviana? ¿quiere dividir a quienes apoyan ambas causas?  


Respóndase lo que se responda, una cosa quedó muy clara: la diplomacia de los pueblos de Evo Morales perjudica las posibilidades de su propio pueblo. Los chilenos receptivos a la posibilidad de un arreglo por el norte de Arica –el único posible, si de soberanía se trata- sabemos que también depende del Perú y no queremos hacerlo a los “funazos”. Y es de suponer que los peruanos tampoco anhelan exponerse a esa presión, en caso de que se les solicite su previa anuencia para un eventual traspaso.


Somos tan conservadores, señor Presidente, que preferimos la diplomacia de verdad.


José Rodríguez Elizondo
Miércoles, 20 de Junio 2012



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CUESTIONANDO LA CUESTION José Rodríguez Elizondo

Publicado en La Segunda, 9 de junio, 2012

Nuestra opinión pública no entiende por qué el Presidente peruano Ollanta Humala habló de un “territorio que está en cuestión”, en nuestra frontera norte.  Menos entiende por qué una empresa extranjera desminará, por lucro, lo que nuestros soldados desminan con cargo a sus sueldos patrióticos.

Sin embargo, la razón es simple: existe, dentro de nuestras fronteras, un territorio cuestionado por Perú. Son 37.610 m2, que equivalen a cuatro manzanas urbanas y tiene forma de triángulo. Su vértice es el Hito 1 y sus ángulos están formados por la línea del paralelo, la línea de la Concordia hasta su contacto con el mar y la costa entre ambas líneas.

Ese triángulo es un adjunto de la pretensión marítima peruana, que desconoce la frontera expresada en “el paralelo del Hito 1”. Se planteó en los años 1986 y 2000, fue invocado por los tres predecesores de Humala y está contenido en la demanda que se resolverá en La Haya,  El que esto aún se ignore, en Chile, es fruto del extravagante  secretismo en que se mantuvo el tema desde 1986 y del “estricto juridicismo” con que después se trató. Dicho en chileno, le sacamos el cuerpo a la jeringa. Es decir, a reconocer que estábamos ante un conflicto político de poderes soberanos.

Lo señalado facilitó dos errores nuestros que afirmaron el cuestionamiento de la chilenidad del triángulo. Uno, haber retirado de ese sector una caseta naval, ante la reclamación peruana. El segundo, haber planteado una indicación legal, ratificatoria del límite  terrestre, que luego no se pudo sostener (fue anulada por el Tribunal Constitucional). Ante esos fenómenos paradigmáticos, mi deducción de la época fue que el triángulo, “chilenísimo en teoría y tradición” había mutado en tierra de nadie.

Así, lo que podría recriminarse al Presidente peruano no es que aluda al tema, sino que lo levante a propósito de un desminado humanitario. Sobre todo, cuando el fallo de La Haya, que está a la vista, lo resolverá de la manera jurídica que planificaron sus predecesores. Sin embargo, sus circunstancias peruanas dicen que él no tenía alternativa mejor. En efecto, hay que recordar que, durante el gobierno de Alan García, organizó una marcha belicosa hacia ese “territorio peruano”, que pudo desembocar en  un incidente grave. García, al impedírselo, contribuyó a bajar la categorización del triángulo, de “peruano” a “territorio en disputa”.

También hay que recordar que el Humala de entonces era etnocacerista (antichileno) de padre y madre y que Hugo Chávez lo miraba como otro de sus hijos políticos. En un vuelco notable, hoy se le considera un pragmático que coexiste bien con Sebastián Piñera y un traidor al “socialismo del siglo XXI”, que coexiste mal con los gobernantes del ALBA. Efecto inmediato: la izquierda peruana ve su incorporación a la Alianza del Pacífico como una rendición y, juntando otras facturas, le ha quitado su apoyo. Algunos hasta piden su dimisión.

Por  eso, no cabe echarle la culpa al empedrado humalista por el  “territorio en cuestión” ni al gobierno de Chile, por entregar su desminado a una empresa noruega (léase “neutral”). Los chilenos, de gobierno y de oposición, debemos asumir nuestros errores consumados. Sólo así podremos apreciar que la parte llena del vaso contiene una importante conversión estratégica respecto a Perú: la que va desde una gélida enemistad por cuerdas separadas, a una tibia amistad en la cuerda floja.


José Rodríguez Elizondo
Martes, 12 de Junio 2012



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Revista Realidad y Perspectivas

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RyP Nº9 José Rodríguez Elizondo

ryp_nº09.pdf RyP Nº09.pdf  (505.35 Kb)


José Rodríguez Elizondo
Sábado, 2 de Junio 2012



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Bitácora

8votos

¿AHORA LA CUERDA FLOJA? José Rodríguez Elizondo

Publicado en La Segunda, 1.6.2012


Cuando Perú comenzó a instalar el tema de la limitación marítima, hace 26 años, invocó la falta de un tratado específico. Sobre esa base, su agente especial puso el énfasis argumental en tres factores: la estricta juridicidad de su planteo, la bilateralidad excluyente y la independencia de cualquier elemento histórico.


En nuestro país no se captó que aquello era el primer paso de una estrategia integral. Tal vez por eso, el gobierno de la época no respondió y los posteriores, invocando la solidez legal y fáctica del statu quo, optaron por negar la existencia de una controversia jurídica. Así, entre el silencio y la negación simple, Chile no definió el tema como lo que era: un conflicto de poderes soberanos, vinculado a la pretensión marítima de Bolivia y con raíces en la historia del tratado de 1929.


Como resultado parcial, Perú construyó la controversia jurídica que no existía y hoy Chile defiende, judicialmente, una soberanía que proclamaba consolidada. Naturalmente, esto implica una asimetría total en las posibilidades jurídicas. Chile pierde con cualquier solución equitativa, aunque signifique renunciar a sólo un litro de océano. Perú, por su parte, no tiene nada que perder, porque nada arriesga. Sin embargo, debido a las expectativas creadas, su sociedad se sentiría perdedora si no obtiene la victoria contundente a  que aspira.


En ese contexto enrarecido, muchos peruanos y chilenos actúan desde la emoción, como si sus razones nacionales debieran comprometer, de manera inexorable, a los jueces internacionales. Por momentos, esto ha configurado un escenario de combate virtual que, para los más exaltados, pasaría a ser real al momento del fallo. Opinantes peruanos, entre los cuales tres ex comandantes generales del Ejército, han llamado a prepararse para una guerra, por presumir que Chile no lo acatará. Por nuestra parte, una encuesta reciente advirtió que para un 73%  de los chilenos “no se debe ceder territorio marítimo a Perú por ningún motivo”. Es decir, la política exterior oficial estaría divorciada de la opinión pública real.


Quizás por todo esto, a fines del gobierno pasado “lo innombrable” se instaló en el horizonte estratégico, aunque muchos no quisieron verlo. Luego, mediante señales políticas varias, Sebastián Piñera, Alan García y Ollanta Humala morigeraron las expresiones de fe en una victoria total y reiteraron –ya no a regañadientes- la acatabilidad de “cualquier fallo”. Subordinaron la asimetría, asumieron (nuestro Presidente, más que los otros) los errores consumados y levantaron la posibilidad de una “agenda para después de La Haya”.


En definitiva, la suerte jurídica está echada, pero la suerte política está por verse. Cualquier incidente ajeno al  proceso hoy es disfuncional a los compromisos que buscaba –y obtuvo- la parte demandante. Es lo que está sucediendo, por ejemplo, con los obstáculos al transporte fronterizo, la complejización interpretativa del desminado, las sugerencias ominosas sobre la muerte de un taxista peruano en territorio chileno y el condicionamiento de un viaje a Chile del Presidente Humala. Es como si después de su éxito con las cuerdas separadas, el gobierno peruano quisiera instalar el riesgo de la cuerda floja.


Eso indica que nuestros gobernantes no sólo deben comprometerse a respetar el fallo, que es lo obvio. Además, debieran hacer docencia ciudadana, para comenzar a desminar las “trancas” del pasado y hacer viable una agenda de futuro.


Para ese efecto, chilenos y peruanos debiéramos considerar que las oportunidades históricas no son muy frecuentes y, por cierto, nunca son gratuitas.


 


José Rodríguez Elizondo
Sábado, 2 de Junio 2012



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Editado por
José Rodríguez Elizondo
Ardiel Martinez
Escritor, abogado, periodista, diplomático y caricaturista, José Rodríguez Elizondo es en la actualidad Director del Programa de Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y columnista del diario chileno La Segunda. Miembro del Consejo Editorial de Tendencias21, su obra escrita consta de 21 títulos, entre narrativa, ensayos, análisis y reportajes. Entre esos títulos están "Guerra de las Malvinas, noticia en desarrollo (2012)", Las crisis vecinales del gobierno de Lagos", "Crisis y renovación de las izquierdas", "El Papa y sus hermanos judíos", "La pasión de Iñaki", “Chile: un caso de subdesarrollo exitoso”, "Chile-Perú, el siglo que vivimos en peligro”, "De Charaña a La Haya: Chile entre la aspiración marítima de Bolivia y la demanda marítima de Perú" y “Temas para después de La Haya”, publicados por la Editorial Andrés Bello, Random House Mondadori y Planeta. Ha sido distinguido con el Premio Rey de España de Periodismo (1984), Diploma de Honor de la Municipalidad de Lima (1985), Premio América del Ateneo de Madrid (1990) y Premio Internacional de la Paz del Ayuntamiento de Zaragoza (1991).




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