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Cristianismo e Historia

No había crucificados por blasfemias. Jesús de Nazaret y “El mal y la conciencia moral”. Jesús de Nazaret y la violencia (VI) (630)
Escribe Antonio Piñero

Seguimos con el comentario al libro de R. Armengol, libro muy bueno en conjunto, y que ha impresionado, pero del que discrepo un tanto en su imagen de la figura y de la ética de Jesús. Est discrepancia no aminora el valor del resto del libro, porque se trata de una búsqueda de una ética universal que no se basa propiamente en la ética religiosa de Jesús, sino en razonamientos autónomos humanos.

1. Otro aspecto de los hechos entorno a Jesús que nos presentan una figura del Nazoreo distinta a la divulgada, pro que creo que se aproxima más a su imagen real se deduce, por ejemplo, de la escena del prendimiento en el huerto de Getsemaní (Mc 14,43-50). La acción, bien leída, demuestra a las claras que los discípulos de Jesús iban armados, con armas pesadas, es decir espadas de combate, no sólo dagas. Es claro que en tal escena no hay que tener en cuenta los comentarios de los evangelistas, y ciertas palabras puestas en boca de Jesús fácilmente atribuibles al sesgo de esos autores evangélicos y a su deseo de mostrar a aquél como un ser eminentemente pacífico y desligado en absoluto de la parte política que implicaba su propia predicación del Reino.

Parece bastante claro, y para algunos evidente, que en Getsemaní que se produjo un incidente armado con derramamiento de sangre, pues está testimoniado por los cuatro evangelistas. Los Sinópticos (Marcos y Mateo/Lucas) tratan de disminuir la gravedad del episodio: sólo un discípulo saca la espada (Mt 26,51 / Mc 14,47 / Lc 22,50) indican que fue sólo un innominado discípulo el que atacó), y tratan de mostrar a un Jesús pacífico que se distancia expresamente de la violencia, pues pide que dejen en libertad a sus discípulos (¡aun habiendo respondido con armas al prendimiento!) mientras insta a éstos a deponer toda resistencia: “Le dice entonces Jesús (al discípulo que había blandido el arma): «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán” (Mt 26,52).

Es sabido que el evangelista Juan, por el contrario, destaca la importancia del enfrentamiento, pues señala que por parte de los romanos participaron en el prendimiento de Jesús como mínimo un centenar de soldados (una cohorte de 500 o 600 hombres, griego speíra, quizá no completa), además de los “sirvientes de los sumos sacerdotes y de los fariseos, con armas y linternas” (Jn 18,3). Si iban tantos a prenderlo, era porque consideraban que habría una fuerte resistencia armada.

2. Otra escena importante, sobre la que ha reflexionado de modo especial el Dr. Fernando Bermejo fue la de la crucifixión misma: Jesús fue ejecutado junto con dos salteadores: “Con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda” (Mc 15,27). Ahora bien, es sabido que la palabra “bandido” es la utilizada por Flavio Josefo, tanto en sus Antigüedades como en la Guerra de los judíos (Antigüedades de los judíos XVII 269-285, en particular 278-284; XX 160-172; Guerra de los judíos II 55-65, en especial 60-65; 433-440 y IV 503-513), para designar despectivamente a los celotas, causantes de la Gran Revuelta contra los romanos y la consiguiente derrota. El que el evangelista Lucas intente rabajar el aspecto político denominándolos “malhechores” vulgares, no es más que otro rasgo de el intento por despolitizar a Jesús. Es de suponer que Jesús fue crucificado con gentes que participaron con él en el mismo incidente contra el Templo, o en otra revuelta de la que da noticia el evangelista Marcos, en 15,7, o bien que fueron capturados en ese incidente en el huerto de Getsemaní.

F. Bermejo señala convenientemente que el hecho de ocupar Jesús una posición central entre dos bandidos apunta hacia la idea de que él era algo así como el jefe de los otros dos y que estaban relacionados entre sí. El número tres indica que los romanos quería ofrecer un ajusticiamiento especial, que fuera un aviso también especial para algunos que tuvieran “veleidades” armadas o al menos sediciosas contra el orden establecido.

3. El título de la cruz es de una autenticidad indiscutida, pues se corresponde con la práctica usual romana, que acabamos de mencionar, de informar y ejemplarizar al pueblo por medio de las ejecuciones públicas. Los comentaristas señalan unánimemente los siguientes pasajes confirmatorios, Suetonio, Vida de Calígula 32; Vida de Domiciano 10,1; Dión Casio, Historia romana 54,8. Además está atestiguado por los cuatro evangelistas, a pesar de que el contenido de la inscripción grabada en la tabla no era de hecho muy halagüeño para sus perspectivas religiosas. No eran muy corrientes las ejecuciones públicas en esos momentos, y Roma no acostumbraba a crucificar sin ton ni son, sin razones graves, incluso en provincias problemáticas y revoltosas como Judea.

Las condenas a muerte eran registradas en los documentos de las cancillerías de los gobernadores provinciales, y luego transmitidas a Roma por medio de un mensajero especial, o bien por el correo oficial que a intervalos regulares llegaba a la oficina del Emperador. Pero ese posible documneto se ha perdido irremisiblemente. Algunos sostienen que Tácito, en su famoso testimonio sobre un Jesús ejecutado durante el gobierno de Tiberio y por el prefecto Pilato (Anales XV 44), tuvo acceso a ese documento de la cancillería imperial. Pero no es absolutamente seguro de que así fuera ya que el acceso al archivo, directamente, estaba prohibido incluso para los senadores. Pero es igual, porque la muerte de Jesús por sedicioso y el título de la cruz, tan molesto para las itneciones de los evangelistas, no pudo ser un invento de los cristianos.

La inscripción, “Jesús [Nazareno; sólo en Jn 19,19], rey de los judíos” (Mt 27,37 y paralelos), señala exactamente desde el punto de vista romano la causa de la muerte: delito de lesa majestad contra el Imperio por graves desórdenes públicos o sedición. Como ya conocemos la historia anterior, la entrada triunfal en Jerusalén, el asalto al Templo, la resistencia armada durante el prendimiento en Getsemaní, la equiparación de Jesús con un sedicioso como Barrabás…, parece bastante claro desde el punto de vista histórico que para los romanos Jesús era no sólo un mero simpatizante de la causa nacionalista, sino un activo colaborador con ella. En la historia de Roma no hay crucificados por haberse proclamado Hijo de Dios, ni por blasfemias en general contra la divinidad.

Ahora bien, como el Procurador decidió no prender también a sus discípulos, ya fuera por temor al pueblo que consideraría espontáneamente a Jesús y sus seguidores unos héroes de la resistencia, ya porque estimara que el movimiento subversivo estaba en sus principios y era de poca monta, el que cargó con la culpa del grupo entero fue Jesús…, más los dos crucificados con él.

Pero es suficiente. Todo lo dicho hace tambalear la imagen de un Jesús absolutamente bueno y pacífico, manso y humilde de corazón… de modo exclusivo. No afirmo que no lo fuera en ocasiones (escenas en los evangelios hay que pueden sostener esa idea), pero no era esa toda su personalidad ni mucho menos. No podemos olvidar que su figura constaba de muchos rasgos y –como ocurre con todos los mortales, a veces en apariencia contradictorios– no solo podemos seleccionar los que nos interesen.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Jueves, 5 de Mayo 2016
Hoy escribe Fernando Bermejo

El pasado otoño participé en la segunda convocatoria del Annual Meeting on Christian Origins (I-II Centuries) organizado por Mauro Pesce y celebrado en un encantador pueblecito italiano de nombre Bertinoro, entre Cesena y Forlì, que por cierto tiene entre sus títulos de gloria el de ser citado por Dante en el canto XIV del Purgatorio:

“O Bretinoro, ché non fuggi via,
poi che gita se n’è la tua famiglia
e molta gente per non esser ria?”

En el encuentro, al que asistieron entre otros John Kloppenborg y Markus Vinzent, presenté un par de ponencias, una de ellas en el seminario sobre historiografía coordinado por Pesce (tras las críticas devastadoras con las que hace algunos años Stanley Porter, Dale Allison y un servidor demostramos que lo de las “tres búsquedas” no es más que una tontería monumental, hace falta entender la historia de la investigación sobre Jesús de otra manera).

Una de las asistentes al seminario historiográfico, Anna Lisa Schino, profesora de historia de las ideas en la edad moderna en La Sapienza, había publicado el año anterior una monografía sobre la vida y las obras de Gabriel Naudé, un erudito del XVII (Battaglie libertine, Le Lettere, Firenze, 2014), y tuvo la gentileza de regalarme un ejemplar antes de comenzar la sesión.

Como había leído ya un artículo de la misma autora titulado “Il Cristo dei libertini: Gesù mago e legislatore nelle pagine di Gabriel Naudé”, eché un vistazo al índice onomástico del libro con el objeto de rastrear las páginas en las que se hablaba de Jesús.

Sin embargo, resulta que el nombre de Jesús no figuraba en el índice, donde debería haber estado entre “Gesner” y “Giamblico”. Un poco sorprendido al no encontrarlo, busqué, ya resignado, el término “Cristo”, pero tampoco se encontraba estaba entre “Cristina regina di Svezia” y “Croce, Benedetto”.

Así pues, al terminar la sesión fui a hablar con Anna Lisa Schino y le pregunté que por qué no aparecía el nombre de Jesús en el índice onomástico de su libro sobre Naudé. La respuesta, palabra más palabra menos, fue esta:

“Ah, Fernando, sabes… yo he colaborado durante varias décadas en diversas enciclopedias y obras colectivas en Italia, entre ellas la Enciclopedia Italiana, y el nombre de Jesús nunca constaba en los índices…”

(y ante mi cara de "¿qué me estás diciendo, Anna Lisa?", prosiguió):

“Claro, nunca constaba porque como no se considera una figura histórica… y por la misma inercia de tantas décadas de omisión tampoco lo hice constar en el índice”.

Recuerdo que no contesté nada, aunque ya no sé si por la absoluta perplejidad que me embargó, por cansancio tras cuatro días de congreso o porque debía apresurarme para coger el tren hacia Bologna.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 4 de Mayo 2016
Escribe Antonio Piñero

Seguimos con el libro de R. Armengol y su aclaración de la postura ética de Jesús como un rabino de la época cuya doctrina no era violenta. Repito sus palabras “La ideología originaria de Jesús… puede no coincidir con la de la Iglesia posterior… Es claro y “se hace evidente que una doctrina violenta no es la de Jesús” (p. 16)

Paso ahora a insistir en argumentos basados en hechos de Jesús de los que dan cuentan los Evangelio sobre los que he discutido muchas veces en este Blog.

1. El primero es el episodio de la “Purificación del Templo” (Mc 11,15-17 y paralelos). A pesar del tono eminentemente religioso que le otorgan los evangelistas (“Y les enseñaba, diciéndoles: «¿No está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes? ¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!”: v. 17), debe interpretarse como un asalto en toda regla de Jesús para controlar el funcionamiento del santuario de modo que esta actuara conforme a lo que él creía que era la voluntad de Dios expresada en las Escrituras. (Es posible además que esta acción jesuánica pretendiera demostrar ante Dios el estado de preparación de sus fieles e “invitarle” a que iniciara por fin la instauración de su reino en la tierra de Israel.

De ningún modo puede interpretarse el incidente como el gesto de un hombre esencialmente pacífico. La acción de Jesús fue un ataque directo contra los que los fomentaban y se enriquecían con estas actividades: el clero del Templo, sobre todo los de alto rango y los saduceos, la facción religiosa que dirigía el santuario. He aquí el pasaje:

“Y llegan a Jerusalén. Y cuando entró en el templo empezó a expulsar a los que vendían y a los que compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas y los taburetes de los que vendían las palomas; y no permitía que alguien trasladase cosas atravesando por el templo; y enseñaba y les decía: “¿No está escrito: Mi casa se llamará casa de oración para todas las naciones? Pero vosotros la habéis hecho cueva de bandidos”.

Es evidente que esta acción perturbó el funcionamiento de algo necesario para la ejecución de los sacrificios y para el pago de la tasa al Templo. Primero fue la acción violenta, y luego las razones (si es que hubo tiempo para Jesús para razonar con las Escrituras en medio de un caos de monedas por los suelos y animales sueltos). Ante la dificultad de algunos para justificar que el acto no fue violento –cómo no actuaron de inmediato los romanos, quienes vigilaban el recinto del Templo desde su acuartelamiento de la Torre Antonia, justo encima del Patio de los gentiles, donde ocurrió el incidente– prendiendo a Jesús, debe suponerse, si eran muchos los que estaban con el Nazareno, que los romanos esperaron una ocasión más oportuna para detenerlo, donde no hubiera tanta gente y no pudiera producirse una matanza de inocentes en la vorágine de la pugna entre defensores y detractores de la acción de Jesús; o bien que la acción fuera muy rápida y breve, de modo que cuando los romanos quisieron intervenir, Jesús y sus seguidores habrían huido o se habrían disuelto entre las multitudes.

Todo apunta en cualquier caso a que este episodio tuvo lugar muy cerca o simultáneamente con una revuelta antirromana, con el resultado de un muerto, en la cual fue hecho preso Barrabás (Mc 15,7). Ello indica al menos que se respiraba en aquellos momentos un ambiente violento de expectativas mesiánicas, del que debe suponerse que participaba Jesús, pues su acción iba en el sentido de purificar el Templo para prepararlo ante la inminente llegada del Reino. Aunque los evangelistas no establecen relación alguna entre los dos acontecimientos –la purificación y la revuelta mencionada– es poco creíble que no la hubiera, al menos ideológicamente, es decir, oposición a las autoridades judías y romanos por el pésimo estado moral, según ellos, de la nación.

2. Jesús recomendó no pagar el tributo al César.

Lo he aclarado repetidas veces. El núcleo de este pasaje fundamental –en el que fariseos y herodianos tienden una trampa dialéctica a Jesús descritos en esta famosa y críptica escena–, reza así en la versión del evangelista Marcos:
“¿Está permitido pagar tributo al César o no? ¿Lo pagamos o no lo pagamos?’ Jesús, consciente de su hipocresía, les dijo: ‘¿Por qué queréis tentarme? Traedme una moneda que yo la vea’. Se la llevaron, y él les preguntó: ‘¿De quién son esta efigie y esta leyenda?’. Le contestaron: ‘Del César’. Jesús les dijo: ‘Lo que es del César, devolvédselo al César, y lo que es de Dios, a Dios’. Y quedaron maravillados” (Mc 12,14-17).

Se ha señalado que el sentido de esta escena, voluntariamente pretendido por el evangelista Marcos, es que Jesús afirmó de una manera sutil que los judíos debían pagar el tributo al Emperador. De este modo se alineaba de antemano con el pensamiento que Pablo de Tarso habría de expresar más tarde en su Carta a los romanos: “Es preciso someterse a las autoridades temporales no sólo por temor al castigo, sino por conciencia. Por tanto pagadles los tributos, pues son ministros de Dios ocupados en eso” (Rom 13, 5-6). Si el designio del evangelio de Marcos era hacer pasar a Jesús por un inocente, condenado injustamente por sedición, no podía poner en su boca más que una respuesta que desmentía la acusación de una posible negativa por su parte al pago del impuesto.

Pero en la realidad la respuesta del Nazareno no fue tal, sino la contraria. Y sabemos que lo indica Lucas en 23,2 (hablan los acusadores judíos ante Pilato): “Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es el mesías rey.»

En primer lugar: si Jesús hubiere respondido afirmativamente en el sentido de admitir la obligación de pagar, habría perdido de inmediato el apoyo del pueblo, indignado contra el tributo, cosa que no ocurrió en absoluto, o al menos no lo narran los evangelistas que presentan (todavía) al pueblo como muy favorable a Jesús . Por tanto, debe concluirse que es muy probable que la respuesta doble de Jesús “Dad al César… y a Dios…” –así presentada por el evangelista y oscura para nosotros– no tuviera para los judíos piadosos de la época ningún doble sentido, sino uno sólo y muy claro que puede parafrasearse así: “Si tenéis por ahí denarios, acuñados por los romanos, podéis devolvérselos (griego apódote; no simplemente “dádselos”, griego dóte) al César, pues son suyos; pero los frutos de la tierra de Israel –que junto con ella misma son de Dios– dádselos sólo a Él”. Por tanto, la respuesta de Jesús para los judíos de la época era clara: NO debe pagarse el impuesto.

Jesús escapó hábilmente de la capciosa pregunta. Los romanos podían estar contentos porque no había habido ninguna incitación expresa a no pagar. Pero los celotas –que conocían el pensamiento de fondo de Jesús– también estaban satisfechos: el Nazareno estaba diciendo crípticamente, eso sí pero lo suficientemente claro para quien deseara entender, que no se debía pagar el tributo al César. Y por eso se justifica la acusación que transcribimos más arriba, recogida por Lucas: “Y levantándose todos ellos, le llevaron ante Pilato. Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey»” (23,1-2).

Los evangelistas pensaban, evidentemente, que esa acusación era falsa. Pero la probabilidad histórica inclina la balanza a que no lo era. Y no pagar el impuesto a Roma era, sin duda alguna, una justificación de cualquier posible revuelta del pueblo judío en contra del poder romano. Indirectamente Jesús está haciendo política, que de momento no es violenta, en apariencia, pero que en sus circunstancias sí conducía a ella.

Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Martes, 3 de Mayo 2016
Escribe Antonio Piñero

Seguimos comentando el libro de R. Armengol, en la parte que afecta a su opinión sobre Jesús de Nazaret. Ahora exponemos la segunda parte de lo iniciado ayer respecto a la posible violencia que traslucen ciertas actitudes, palabras y algunos hechos de Jesús.


2. Jesús como sedicioso contra el Imperio.

Ciertamente el Nazareno Jesús fue condenado por atentar sediciosamente contra el Imperio. Como dijimos ayer no es en absoluto probable que un hombre pobre y que esperaba, al estilo de Gedeón, la ayuda divina hubiera formado un ejército, aunque fuera minúsculo (pongamos un centenar de seguidores armados, al menos para defenderse) y que esperara con ese minúscula tropa poder derribar el poderío de Roma, en una batalla formal al estilo de los Macabeos con la ayuda de “doce legiones de ángeles” (Mt 26,53). Es cierto. Y me parece que quienes comparan a Jesús con los Macabeos, justo por esa mención a los ángeles pugnaces, sacan las cosas de quicio. Pero no menos me parece cierto que en todo el evangelio en general hay señales de que Jesús fue un enemigo claro del poder romano y que fue –desde el punto de vista de la política del Imperio– justamente condenado como sedicioso político

El Evangelio de Lucas -que es menos circunspecto que el de Marcos en algunas cuestiones políticas, ya que escribe más tarde y bajo circunstancias menos preocupantes- tiene otras breves noticias que dejan traslucir el carácter un tanto belicoso de Jesús. La primera aparece en 22,35-38: “Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada». Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada; porque os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: “Ha sido contado entre los malhechores”. Porque lo mío toca a su fin». Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas». El les dijo: «Basta»”. No cabe interpretar estos dichos de una manera puramente alegórica teniendo en cuenta el contexto de alguien cuya prédica del inminente reino de Dios iba contra el podrí del Imperio

Jesús se mostró expresamente como un hombre violento tal como indican diversos pasajes de los Evangelios. Así el citado texto de Lc 22,35-37, donde Jesús incita a armarse a sus seguido¬res: “El que no tenga (espada) que venda el manto y se compre una…; de hecho lo que a mí se refiere toca a su fin”. Y también Lc 22,49: en los momentos previos a la traición de Judas, cuando se veía venir el prendimiento, los discípulos preguntan a Jesús: “¿Señor, atacamos con la espada?”. Puede interpretarse en este sentido Mt 10,34: “No vine (al mundo) a poner paz, sino espada...”; igualmente Mt 11,12: “El reino de Dios padece violencia y los violentos lo toman por la fuerza”, dicho que aparece también en Lc 16,16.

La frase de Jesús “"Si alguien quiere ir tras de mí, niéguese sí mismo y coja su cruz y sígame” (Marcos 8,34 y sus paralelos en Mt 10,38 y 16,24) no significa lo que entiende normalmente un piadoso cristiano, a saber una incitación al sacrificio en el marco del discipulado de Jesús, en el cual el vocablo “cruz” es entendido metafóricamente. Por el contrario, estas palabras deben entenderse en su significado más real, como la pena que imponían usualmente los romanos a quienes prendieran como sospechoso de rebelión contra el Imperio, los celotas. Jesús afirmaría entonces: “El que desee seguirme debe atenerse a las consecuencias. Si los romanos lo capturan, puede acabar en la cruz”. Ello indicaría que las acciones y dichos de Jesús podrían, al menos en ocasiones, situarse en el ámbito de una acción políticamente peligrosa desde el punto de vista romano. El contexto en el que el evangelista Mateo transmite este dicho es interesante, puesto que 10,32 habla de la posibilidad de un juicio –¿ante los romanos? Mateo lo sitúa secundariamente ante el Padre celestial-, en donde se dilucida si uno es o no discípulo de Jesús. La frase que comentamos aparece inmediatamente después del dicho “No he venido a lanzar la paz sobre la tierra; no he venido a lanzar paz, sino espada” (Mc 10,34).

• Los evangelios muestran que los discípulos iban armados. Se prueba por alguna que otra frase suelta que se ha conservado en el Evangelio de Lucas, como expusimos arriba. Importante es de nuevo el texto de Lc 22,38: “Ellos , los discípulos, dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas»”, junto con el episodio del prendimiento en Getsemaní: “Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?»” (Lc 22,49).

• El Evangelio de Lucas trae también un pasaje que, probablemente debe interpretarse como una velada alusión a dos episodios, cuyo exacto contenido no es posible saber, pero en los que estaban involucrados muy probablemente celotas: “En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo» (Lc 13,1-5). Jesús se muestra compasivo con ellos, probablemente celotas como decimos, lo que indica un espíritu afín.

• La entrada en Jerusalén (Mc 11,7-10) fue un acto claramente mesiánico en el sentido más verdaderamente judío, que implica un mesianismo con tintes de monarca guerrero, naturalmente enemigo de los dominadores romanos: “Traen el pollino donde Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó sobre él. Muchos extendieron sus mantos por el camino; otros, follaje cortado de los campos. Los que iban delante y los que le seguían, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!»
Parece bastante claro que Jesús deseaba mostrar de una manera ostentosa su condición de mesías de Israel. Durante el desarrollo de la escena las gentes, incluidos los discípulos, aclaman a Jesús como “hijo de David” y consecuentemente, rey de Israel. En la época de Jesús se sabía muy bien que un mesías “hijo de David” suponía ser un político y un guerrero. Lo mínimo que las masas esperaban de él era que expulsara a los romanos del país, de modo que éste quedara libre de impurezas y pudiera practicar sin impedimentos la ley divina. Tal acogida, como muestra la escena, jamás habría sido dispensada a Jesús si el pueblo hubiera sabido que él era en lo más mínimo favorable a los romanos.
Además es claro que, según el Evangelio de Lucas (19,30-40), Jesús no contradice a quienes así lo aclaman, sino todo lo contrario: Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos.» Respondió: «Os digo que si éstos callan, gritarán las piedras».

El Evangelio de Juan, generalmente no fiable desde el punto de vista histórico, después de narrar el milagro de la multiplicación de los panes, que enfervorizó a las gentes y les hizo pensar que Jesús era el mesías, trae una noticia en el capítulo 6 que parece atendible: “Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo». Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, huyó de nuevo al monte él solo”. (6,14-15).

Naturalmente, “hacerlo rey” supone lo que antes indicábamos: un monarca político y guerrero de acuerdo con el pensamiento que el pueblo albergaba como posible en Jesús. Según el evangelista y cómo veremos luego, el que éste lo rechazara supone que Jesús tenía otra idea del mesianismo, algo en verdad improbable, pues no habría dado pábulo a que le hicieran la propuesta.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Lunes, 2 de Mayo 2016
Jesús de Nazaret y “El mal y la conciencia moral”. Jesús de Nazaret y la violencia (III) (627)
Escribe Antonio Piñero

Seguimos comentando el libro de R. Armengol, en la parte que afecta a su opinión sobre Jesús de Nazaret.

Escribe Armengol:

La ideología teológica y moral de las iglesias cristianas contiene al menos tres capas, tres ideologías superpuestas no siempre acordes entre sí. Primero, la ideología originaria de Jesús, segundo, la del Apóstol Pablo, que en parte se opone a la de Jesús y en tercer lugar la ideología creada, al menos desde el Concilio de Nicea en 325, por el magisterio de las iglesias cristianas a lo largo de su historia. Agustín de Hipona, Tomás de Aquino y otros teólogos contribuyeron a edificar una ideología religiosa eclesial que contradice la primigenia de Jesús. Esta ideología eclesial superpuesta a las dos anteriores permite y alienta el poder temporal de la iglesia y justificó la violencia.

Se hace evidente que una doctrina violenta no es la de Jesús y que la doctrina eclesial, especialmente en los siglos XVI y XVII, en alguna medida guiada por Santo Tomás, adquirió la primacía, derrotó y suplantó la ideología originaria. ¿No fue Jesús quien acorde en gran parte con la teología judía que nunca reprobó en su totalidad recomendaba el perdón y el auxilio al enemigo y al que andaba errado?

Comentario:

Me centro en que Jesús “no tiene una doctrina violenta”. La primera idea a comentar es A) Jesús y la violencia; y la segunda B) Jesús y el amor a los enemigos

A) Jesús y la violencia

Atención, traté este tema hace poco, en “Compartir” de 7 de abril de 2016. Por ello ahora resumo lo más brevemente posible: elimino algunas cosas y añado otras. Indico de nuevo que quien esté interesado puede encontrar el texto completo en mi ensayo “Jesús y la política de su tiempo” (Apéndice a la novela de E. Ruiz Barrachina, “El Discípulo”, de Ediciones B, Barcelona 2010, pp. 217-311). Y buena parte de lo que digo aquí lo recojo naturalmente en mi libro, que va por la tercera edición “Ciudadano Jesús” (véase www.ciudadanojesus.com).

1. Me parece totalmente cierto que Jesús no condena expresamente nunca la violencia (al menos moral). Jesús, además, no es solo predicador de la bondadosa misericordia de Dios, sino también el anunciador de la condena inmisericorde de la divinidad, que castiga a los peores males si no se le hace caso. Siempre se habla del amor predicado por Jesús, siempre se le presenta como “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29 y 21,5) y se olvida sistemática o unilateralmente que tiene Jesús otras facetas muy duras. Recordemos:

- La predicación de Jesús del Reino de Dios implica violencia política, porque debe subvertir el status quo social y político existente - Según Lc 24,21 ( "Nosotros esperábamos que sería él el que iba a liberar a Israel"), los discípulos tenían una idea clara de Jesús como mesías también político y “guerrero”, en el sentido de Gedeón, es decir, con la total ayuda divina, de modo que la lucha final contra los invasores de la tierra de Israel, tierra de Dios y solo de Dios sería llevada a cabo por los ángeles y no por los hombres . Pero lo que importa es la concepción de fondo: los judíos galileos del siglo I jamás podían considerar una liberación de Israel que no implicara sedición del Imperio y alguna clase de guerra. Me explico: La predicación de Jesús del reino de Dios en la tierra de Israel, con sus típicas características de bienes materiales y espirituales que la divinidad habría de conceder en esos tiempos, supone un cambio tal de la situación política y social que no podría conseguirse sin una acción armada con la ayuda de la divinidad. En cualquier caso, los romanos tenían que ser expulsados de la tierra de Israel, propiedad sólo divina, lo que naturalmente no ocurriría sin violencia.

- Las furiosísimas diatribas contra los fariseos. Los ejemplos más famosos están el Evangelio de Mateo que quizás exagera las tintas para mostrar al Maestro como un decidido adversario de los fariseos siendo así que probablemente era uno de ellos, la menos sui generis. Véase Mt 23,13-29 y Lc 6,24ss y 11,42ss. Tales fariseos no aceptan sus prédicas contra el reino de Dios

- Las gravísimas amenazas contra las ciudades que no han oído su mensaje: condenadas en el inminente Juicio Final (Mt 11,21 y Lc 10,13).

- La amenaza general de sentencia condenatoria al fuego eterno a quien, igualmente, no se disponen debidamente por la penitencia que él proclama a aceptar la venida del reino de Dios y a disponerse a entrar en él (Mc 9,43; Mt 18,8; Lc 12,5);

- Jesús rodeado de discípulos que no eran precisamente un modelo de benignidad (“Envió Jesús mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no lo recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?»” (Lc 9,52-54).). El nombre arameo de Pedro, Simón Barjonah, ha sido interpretado por diversos investigadores como “Simón, el forajido”, es decir, el celota. Igualmente el sobrenombre de dos de los discípulos predilectos de Jesús, Santiago el Mayor y Juan, como “Boanerges” o “hijos del trueno” (Mc 3,17), alude sin duda a un espíritu celota, más bien agresivo

- Jesús jamás condenó la violencia de los celotas o sus principios. En las dos fuentes más antiguas de la tradición sinóptica (el relato de Marcos y el conjunto de dichos atribuidos a Jesús conocido como Fuente Q) no aparece ninguna condena explícita de la violencia. Este argumento ha sido minimizado subrayando que se trata de un puro argumentum ex silentio, es decir, la simple falta de una condena expresa no prueba nada. Pero este silencio de Jesús sobre los celotas y su recurso a la violencia adquiere todo su sentido si se lo compara con la condena dura y sin restricciones de saduceos y fariseos, e incluso con el implícito rechazo por parte de Jesús de los partidarios de Herodes Antipas Mc 3,6; 7,1-8; 8,15; 12,18-27). Por otro lado, esta ausencia se hace también muy destacada si se piensa que el espíritu de los celotas desempeñó una función muy notable en la vida espiritual de la época de Jesús, de la que no podía estar ajeno. Por tanto, es posible ver en este silencio el signo de que el Nazareno había mantenido con estos patriotas algunos lazos…, que –según los evangelistas- no era conveniente divulgar.

- Jesús tenía entre sus discípulos un celota al menos, Simón el “cananeo” (Mc 3,18; Mt 10,4; Lc 6,15; Hch 1,13), como discípulo íntimo. Es muy improbable que lo hubiera elegido sin comulgar con su ideología. El apelativo “cananeo” significa “celote” (arameo qanna’), no un “individuo que procede de la ciudad de Caná” como se ha pretendido. Según Brandon, el evangelista Marcos, al emplear el vocablo griego kananaios y no zelotés, intenta conscientemente despistar a sus lectores y ocultar que Jesús había escogido para formar parte del selecto grupo de los Doce a un admirador público de la doctrina celota. Lucas, por su parte, o es menos precavido o no le concede tanta importancia porque las circunstancias de sus lectores son otras: en 6,15 escribe claramente “Simón, el celota” (griego zelotés).

Seguiremos comentando el aspecto de Jesús como “sedicioso contra el Imperio”, aunque este aspecto no suponga que Jesús pueda ser calificado estrictamente –en mi opinión– como un “galileo armado” con todas las evocaciones que este sintagma comporta a quien lo lee o escucha.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Sábado, 30 de Abril 2016
La parte inaplicable de la ética de Jesús de Nazaret en una sociedad organizada. Jesús de Nazaret y “El mal y la conciencia moral”  (II).
Escribe Antonio Piñero

Comentamos hoy, como anunciamos, lo afecta de este libro a Jesús de Nazaret

Sostiene R. Armengol, en el libro cuya ficha presenté ayer:

La doctrina moral de Buda y la de Jesús son buenas. Anteriormente me he referido a la Inquisición. En lo relativo a la ideología moral es pertinente preguntarse, ¿cómo es posible que la Iglesia que dice hacer suyo el mensaje de Jesús pudiera organizar aquella bárbara institución? Algunos dirán que la predicación de Jesús fue buena, pero sus ideas no se pueden aplicar. De cualquier modo que sea debe poder observarse que la doctrina que justificaba la Inquisición no era la de Jesús que se hubiera horrorizado de lo que hicieron los que hablaban en su nombre.

Mi comentario: La ética de Jesús tiene dos partes generales: una la tomada del Antiguo Testamento y del judaísmo helenístico, que puede aplicarse totalmente. Otra, la ética “interina” destinada para los momentos inmediatamente anteriores a la venida del reino de Dios según Jesús que no puede aplicarse. Y dentro de la primera tiene sin duda unos desarrollos peculiares, como el “amor a los enemigos”, que deben estudiarse de modo particular.

Para mi breve comentario tomo notas de mi exposición al respecto en el libro conjunto “Fuentes del cristianismo. Tradiciones primitivas sobre Jesús”, que edité hace ya tiempo. Ediciones El Almendro 1993, con múltiples reediciones, páginas 294-296

Los rasgos de la ética, que desde A. Schweitzer se llamó “interina”, es decir, para los momentos inmediatamente anteriores a la venida del reino de Dios son los siguientes:

1: En primer lugar el desprecio de Jesús casi absoluto por la riqueza y los bienes de este mundo:

Esta postura se expresa con claridad en los ataques de Jesús contra los ricos (Lc 16,19-31: parábola del pobre Lázaro y el rico epulón; Lc 18,22-25 y el paralelo de Mt 19,21; las bienaventuranzas: Lc 6,20-21; los ayes contra los ricos de Lc 6,24-26) y el desprecio por las riquezas denotan algo más que un aviso contra los bienes de este mundo como impedimento espiritual (ausencia de disponibilidad) para la recepción del Reino.

Cierto que Jesús debió de considerarlos así, también, pero a la vez su alegato contra los ricos y su defensa de los pobres implican una cierta hostilidad contra la dominación social de las clases elevadas sobre las inferiores, desequilibrio que debía ser corregido por Dios cuando implantara su Reino. Recordemos de nuevo el iluminador programa que Lucas pone en labios del futuro Salvador: "Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió sin nada", como canta María en su Magnificat (Lc 1,51-53). La riqueza es opresión para los demás, y Dios vendrá a "juzgar", es decir a liberar a los desvalidos y condenar a los opresores. Es éste, en realidad, un programa revolucionario para las condiciones sociales que debía reinar en la Palestina en la que vivió Jesús, dominada por la bota de Roma. Por si esta consideración fuera poco, el desprecio absoluto de los bienes de este mundo (¡venta!) sólo se entiende en un momento final en el que éstos no son necesarios. Jesús así lo proclama, convencido del inminente final.

2. En segundo lugar, el mensaje de Jesús no exalta en absoluto el valor del trabajo como creatividad necesaria en este mundo. La sentencia recogida en Lc 12,22, aparte de un abandono en manos de la Providencia, como es usualmente interpretada, indica también una orientación de la mente hacia los momentos finales: en ellos hay que ocuparse del Reino, no de los menesteres terrenales. "Dijo a sus discípulos: Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis [...] fijaos en los cuervos que ni siembran ni cosechan; que no tienen ni bodega ni granero, y Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves!". El comunismo de consumo de bienes que practicó la comunidad primitiva jerusalemita, tal como nos lo transmiten los Hechos (2,42-47; 4,32-35), tuvo su fundamento en los dichos de Jesús que basaban la perfección del discípulo en la venta de sus bienes y la entrega de éstos a los pobres (Lc 18,22; Lc 12,33; 14,33; Mc 10,17-26), esperando -sin trabajar, sólo preocupados de la oración- la venida del Juez. Es impensable para una mente corriente, como puede sin violencia deducirse de los textos aportados, que esta doctrina deba ser aplicada como norma ética duradera en la vida ordinaria. Más bien apunta a unos momentos en los que se esperaba un fin del mundo inmediato, y en los que bastaba para la subsistencia en los pocos días que faltaban el producto de bienes anteriores vendidos a los no creyentes.


3. Un tercer rasgo interesante que apuntala esta concepción de la moral jesuánica como interina, es el poco aprecio por los vínculos familiares que muestran ciertos dichos auténticos de Jesús. En Mc 3,31-35, en un marco redaccional que implica una declaración de carácter general, Jesús indica cuál es el verdadero parentesco en los momentos anteriores de la llegada del Reino: "Éstos son mi madre y mis hermanos: quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre". Hemos considerado ya la dura sentencia de que "los muertos deben enterrar a sus muertos" (Lc 9,60), lo que suponía algo insólito en el ambiente palestino del s.I. Dejar a un fallecido sin enterrar representaba un atentado contra la pureza ritual y un verdadero quebrantamiento de los nexos familiares, aunque sin importancia en esos momentos finales: "Tú vete y anuncia el Reino de Dios" (ibid.). El desligamiento de los vínculos familiares en el seguimiento de Jesús está expresado con mayor claridad aún en Lc 14,15: "Caminaba con él mucha gente y volviéndose les dijo: Si alguno viene donde mí y no odia (es decir, "se desprende", "estima en menos") a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida no puede ser discípulo mío". Y, por último, en Lc 20,34-35 se deja en claro que en el Reino de Dios el matrimonio es inútil: "Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en el otro mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden morir, porque son como ángeles y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección".


Es evidente que esta sentencia jesuánica se refiere a los momentos posteriores al final. Pero la contraposición con los "hijos de este mundo", no dispuestos a aceptar la venida del Reino, no es menos evidente, así como que el ideal sería anticipar lo que será luego. Pablo lo ha entendido así en el cap. 7 de su 1ª carta a los Corintios ("No obstante, digo a los no casados y a las viudas: Bien les está quedarse como yo" (v. 8); "Entiendo que, a causa de la inminente necesidad, lo que conviene es quedarse como cada uno está" (v. 26); "Os digo, pues, hermanos: el tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen" (v. 29).


Como el lector puede observar fácilmente, estos preceptos, o consejos -que prescinden de los bienes de la tierra, que no exhortan precisamente al trabajo, que no fomentan los lazos familiares- distan mucho de poder ser cumplidos en un mundo que dura y continúa: están evidentemente pensados para el interim, para esos momentos anteriores a la irrupción del Reino, con su cambio total de valores.


No pocos comentaristas son de la opinión que esta ética de Jesús no es interina, sino "escatológica", en el sentido de que la "situación del hombre dentro del Reino de Dios no tiene un sello de provisionalidad" . Esto nos parece una distinción de razón y negar la evidencia de los textos mismos, ya que, aunque en el Sermón de la Montaña tales imperativos no aparecen nunca motivados expresamente por el fin del mundo inmediato, sí es claro por todo el contexto de la predicación de Jesús - orientada al inmediato advenimiento del Reino- que estos mandamientos se hallan condicionados justamente por esa situación especial de Jesús y sus oyentes. Fuera de ella son en la práctica, como hemos afirmado, imposibles de cumplir. Y, de hecho, quienes han pretendido llevarlos a cabo al pie de la letra han debido huir del mundo y negar unas realidades que fueron creadas por Dios --según las tesis del Génesis-- como buenas para el común de la humanidad.

Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Viernes, 29 de Abril 2016
625- Jesús de Nazaret y “El mal y la conciencia moral” (I)
625- Jesús de Nazaret y “El mal y la conciencia moral” (I)

Escribe Antonio Piñero

Deseo comentar unas páginas de este interesante libro –cuya ficha completa presento abajo– que es una reflexión muy clara, bien argumentada, sintética, sobre la ética en nuestro tiempo y sobre cómo puede encajar en ella la figura de Jesús de Nazaret y las ideas centrales de su sistema moral/ético. Como no es de mi ámbito de trabajo, ni de mi competencia, un comentario al libro entero, que repito me ha interesado mucho personalmente, paso a dar su ficha completa, y un vistazo al índice. Muchas veces pienso que ojear detenidamente un índice bien hecho vale más que cualquier comentario externo.

Rogeli Armengol, El mal y la conciencia moral. La fuerza de las ideologías, el respeto, el amor, el odio. Editorial Comte d’Aure, Barcelona 2014. 345 pp. ISBN: 978-84- 15146-70-4. Del índice destaco lo que sigue:

Capítulo I.- El bien y el mal


El mal que se puede y se debe evitar

La dificultad para definir lo que es el bien

El bien y la política


Capítulo II.- El mal


Sobre el mal y su definición

El mal, la estupidez y la falta de reflexión.

El pensar del estúpido

La paradoja de Sócrates: «Nadie es malo voluntariamente»


Capítulo III.- En nuestra época es posible una ética basada en el deber de no causar dolor y daño


La moralidad y el mal: en el pasado y en nuestra época

Sobre el relativismo moral

El juicio moral sobre lo acaecido en la historia de la humanidad es legítimo


Capítulo IV.- Naturaleza y cultura


La sempiterna polémica sobre physis y nómos, naturaleza y costumbre o convención.

Los sofistas y Sócrates. Sobre el naturalismo ético

El naturalismo de Hume y la sofística. Naturalismo y el utilitarismo de Sócrates y Spinoza

La moralidad en parte viene dada. No todos podemos ser manifiestamente inmorales


Capitulo V.- La conciencia moral


Las fuentes y fundamentos de la conciencia moral: los sentimientos y los productos
de la razón

Los sentimientos morales y la conciencia.

El amor y el amor al prójimo.

A propósito de lo dicho por Jesús de Nazaret sobre el amor al prójimo como
a uno mismo y acerca del amor al enemigo.

Las virtudes y los valores

El lugar de la razón en la conciencia.

Las ideologías. La conciencia moral según Sócrates, Demócrito y Kant

Ideas irracionales. Lo irracional y su lugar en la conciencia moral

El poder de las ideas en la edificación de la conciencia. La ideología enciende o
apaga los sentimientos morales y legitima o reprueba deseos, apetitos e intereses.

¿En nuestra época hay pérdida de valores y más corrupción que en el pasado?

El progreso de las costumbres, los sentimientos morales y la conciencia.

Amor y odio. El amor y el odio no pueden crecer, pueden activarse o desactivarse

La conciencia moral y el libre albedrío


Capítulo VI.- Ética elemental, ética del deber guiado por las consecuencias ciertas o previsibles


Una ética que establece como eje el pensar en el mal que se puede evitar

Neminem laede; imo omnes, quantum potes, juva. No dañes a nadie; antes bien, ayuda cuanto puedas

La primacía del deber. El humano es un ser aprovechado y acomodaticio, pero
también ama hacer lo debido.

Hume: el “es” y el “debe”.

Kant: la virtud no se puede exigir, pero el deber es exigible

La amabilidad, la generosidad y la envidia. La bondad

La ideología moral de la gente bondadosa

Los principios morales y el perdón.

Como puede verse, el índice apunta a temas interesantes que son perfectamente aplicables a nuestra situación actual.


Y el próximo día empezaré a comentar la parte que afecta a Jesús de Nazaret.



Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com
Jueves, 28 de Abril 2016
Escribe Antonio Piñero


Pregunta:


¿ Que evolución cree que va a tener la iglesia en este mundo en el que nos encontramos actualmente, teniendo en cuenta que la población más envejecida es fiel seguidora y practicante de la religión y la ciudadanía más joven a penas practica y es creyente?


¿Cree que la iglesia sabrá adaptarse a ésta inevitable situación o llegará a su fin.


RESPUESTA:


Para responder a esta pregunta tan compleja voy a diseñar en primer lugar los movimientos internos de la Iglesia hoy que creo percibir en ella como observador exterior y que pueden conducir a una respuesta. Estoy casi seguro de que en algún sitio he escrito ya estas consideraciones. Pero creo que no está mal refrescarlas:javascript:void(0)


La iglesia católica, al menos, pasa:

1. De ser una “catedral ideológica” compacta y sólida con dogmas creídos al pie de la letra a interpretar estos dogmas los meros símbolos: hacia un neocristianismo sin dogmas. En mi opinión el cristianismo camina a buen paso hacia una relativización de sus dogmas, de modo que muchísimos cristianos de hoy día o bien no creen realmente en ellos o bien los flexibilizan o relativizan de tal modo que los hacen presuntamente asumibles por todos ya que se convierten en meros símbolos.

2. De mantener la idea de “Fuera de la Iglesia no hay salvación” (Extra Ecclesiam nulla salus) al ecumenismo.

Es decir, el paso de afirmar y sostener a ultranza que la religión católica es la única verdadera y que quien no la profesa de una u otra manera no puede salvarse a otra idea de mayor amplitud: la tendencia es a admitir que la situación del pluralismo religioso es positivo, no rechazable, sino más bien bueno porque otras religiones son también mediadoras de la salvación de Dios.


3. Cuestionamiento de la validez absoluta y rígida de la Escritura.

La revelación va también por otros caminos. La teología católica hoy distingue entre revelación global de Dios y las pruebas de cualquier aserto teológico por medio de la Escritura. Hasta el siglo XX inclusive, toda la teología en especial la católica ha defendido sus tesis sobre la base de una acumulación de pruebas que consistían en textos de la Escritura sacados de su contexto y mostrados uno detrás de otro. Hoy día esta argumentación no es válida. Un texto aislado de la Escritura no supone prueba alguna. Se apela más al sentir global de la comunidad, a la fe global del grupo. Ello supone una pérdida del sentido absoluto de la sacralidad de la Escritura en cada una de sus partes.


4. La tendencia a considerar la religión como algo no público, sino como algo que pertenece sólo al ámbito de lo privado.


En el contexto del mundo de hoy la religión en general y el lenguaje de la salvación cristiana en particular se consideran por muchos algo interno. Diversos teólogos consideran que el que todos los ámbitos de la vida secular en la sociedad hayan sido liberados de la hegemonía de cualquier religión organizada puede ser tenido como una evolución positiva. Y dado el existente pluralismo de religiones, la libertad de todas ellas parece depender de que su perfil público sea bajo. Así el período moderno de la cultura occidental ha atestiguado la privatización de la religión, de su lenguaje teológico y de su autocomprensión como grupo religioso. La cuestión religiosa se ha hecho tema de significado sumamente personal ante el sufrimiento de cada uno, el pecado y la culpa personales, la desorientación y finalmente la muerte y el destino último de cada individuo.


5. Un cierto impulso a convertir la religión o, mejor dicho, la ética religiosa, en un humanismo.

Se percibe en la sociedad cristiana el paso de una ética heterónoma, es decir, basada solamente en los preceptos de un poder externo, léase Dios o la Iglesia, a una ética basada en la autonomía del ser humano encardinado en el mundo. La plenitud del ser humano en esta tierra dicta sus normas éticas, sin tener que recurrir a una normativa divina expresa. La ética religiosa tiende a convertirse en un humanismo, aunque de base cristiana: una serie de valores éticos, que antes eran puramente religiosos, hoy son fundamentalmente patrimonio del ser humano en cuanto tal, al menos en la civilización occidental. Estoy apuntando hacia algo parecido a postular que la evolución de la ética cristiana camina en la dirección de una práctica moral, consciente y por sí misma –no impuestas por la divinidad o la Iglesia- de los principios de “libertad, igualdad y fraternidad” que proclamó al mundo la Revolución francesa y de los principios morales contenidos en la Declaración de los derechos humanos de la ONU.


Pienso que la evolución general ideológica del cristianismo –pues éste es ante todo una ideología– fomenta una religión más laxa, personal, privada, sin dogmas, que no lleva precisamente hacia el fundamentalismo, incluso aunque en el fondo se tenga una conciencia del convencimiento de la superioridad de la civilización cristiana como humanismo sobre otras religiones, por ejemplo, sobre el islam, del que se oye a las gentes decir con frecuencia que no ha pasado aún de la Edad media. En mi opinión éste es el valor positivo de la evolución del cristianismo en el mundo de hoy.


Y ahora mi respuesta: pienso que la Iglesia se dividirá con el tiempo en dos grandes partes: una, fundamentalista, que se negará a aceptar estos movimientos o tendencias y que “se mantendrá en sus trece”. Pero poco a poco y debido al cambio de mentalidad en la interpretación del mundo y de Dios –lo que Usted dice de los jóvenes– que de modo espontáneo no aceptan ya los mitos religiosos, porque provienen de una concepción del mundo insostenible, y otra que se adaptará. En especial esta última considerará los dogmas como símbolos, intentará hacer creer a los fieles que en un principio también fue así, y la religión se hará más interna –en un aspecto–, convirtiéndose hacia el exterior en un “humanismo cristiano”, en su otra faceta. Pero sobrevivirá. Toda institución humana duradera, en especial la Iglesia, tan longeva, se transforma siempre en una “institución de poder”. La Iglesia no escapa a esta regla férrea, y buscará los medios para perpetuarse en lo posible.


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
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Miércoles, 27 de Abril 2016


Escribe Antonio Piñero

Pregunta:


¿Por qué el hombre siente necesidad de formular conjeturas esotéricas o paranormales para explicarse fenómenos que no comprende, por ejemplo, las espirales de Nazca? ¿Por qué no espera a que la historia y la ciencia indaguen y averigüen? ¿Por qué no aguarda a que alguien formule una propuesta lógica y sensata?


RESPUESTA:


Las preguntas que Usted formula encajan perfectamente en el ámbito en el que el ser humano se ha cuestionado siempre y lo ha formulado en ciertas preguntas fundamentales acerca de su existencia en la tierra, tan limitada, tan sujeta a constantes peligros, tan inestable, necesitada de ayuda… lo que le lleva a buscar la seguridad en alguna fuerza superior a él que le proporcione cobijo. Esta búsqueda de la seguridad y del cobijo, y en concreto la respuesta al miedo a la muerte y a lo que pueda haber detrás de ella lleva –según opiniones de muchos expertos, como Edward Burnett Tylor, el miedo a la muerte está en el origen de la religión (véase la obra de Gonzalo Puente Ojea, Crítica antropológica de la religión. Las sendas equivocadas del conocimiento humano, editado por Signifer Libros, colección Thema, Mundi/4, Salamanca - Madrid 2013. Segunda edición revisada y ampliada por el autor; 258 pp. ISBN 978-84-941137-6-5).


Y una vez que el hombre religioso acepta –sobre todo por la observación de fenómenos incomprensibles y aterrorizadores de la naturaleza–¬ la existencia de una fuerza superior a él, incluso todopoderosa, está perfectamente equipado mentalmente para formularse estas preguntas que Usted ha recogido. El homo religiosus opina que los fenómenos paranormales exigen respuestas paranormales y no “científicas”.


En ese sentido no tiene por qué esperar a que le respondan a ellas los “científicos” que estén a su lado, entre otras razones porque en el fondo los cree ignorantes de esa o esas fuerzas superiores que tienen las verdaderas respuestas a los interrogantes que le angustian. Opina, por lo general, que el científico solo sabe responder, y poco, de las fuerzas de “acá abajo”, pero nada de lo de “arriba”, de lo sustancial, de lo que verdaderamente preocupa. Esas preguntas deben ser respondidas por los que están en contacto con lo de “arriba”.

De este modo, el sacerdote, el chamán o el gurú religioso, que le ponen en contacto con esas fuerzas superiores, es decir, hacen de intermediario e intercesor ante ellas, le ofrecen la respuesta totalmente a mano sin necesidad de esperar a la lenta observación científica: seres superiores a nosotros son los causantes de lo que veo; “ellos han hecho eso”.


Y su necesidad lógica de formularse preguntas y respuestas ha sido satisfecha con ese proceso. ¿Para qué esperar a los científicos, a veces tan presuntuosos y que tanto se equivocan?


Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Martes, 26 de Abril 2016
Escribe Antonio Piñero

Pregunta:


Dice usted que “tenemos pruebas claras” en 1 Cor de que los "espirituales" de Corinto profesaban ya una escatología presentista del tipo que luego desarrollaría el cristianismo joánico.


En primer lugar querría saber si en su opinión los "espirituales" de 1 Cor son las mismas personas a quienes Pablo tachará de "pseudoapóstoles" en 2 Cor.


En segundo lugar querría pedirle que expusiera - siquiera someramente - los indicios que ofrece 1 Cor para atribuir una escatología presentista a los "espirituales" de la comunidad de Corinto.





RESPUESTA:


1. No, en absoluto. Los pseudo o súper apóstoles, como los denomina en 2 Corintios 11,5 (“No me juzgo en nada inferior a esos «superapóstoles»”) son unos misioneros judeocristianos venidos de fuera (parecidos a los que perturbaron la comunidad de Galacia y la levantaron contra Pablo) de los que se defiende en la llamada Carta A, la primera de las varias cartas, unas cuatro o cinco, de las que se compone 2 Corintios.


De mi obra “Guía para entender Pablo. Una interpretación del pensamiento paulino” (Trotta, Madrid 2015) entresaco lo que le interesa acera de estos pseudo apóstoles:


Al parecer llegaron a la comunidad misioneros seguidores de Jesús de fuera (11,4.13), con cartas de recomendación (deducido de 3,1) y comenzaron a predicar un evangelio distinto al de Pablo (11,4).


¿Qué predicaban? En 2 Cor no queda tan claro como desearíamos. En líneas generales sus características más importantes eran las siguientes:


• La tradición judía y la Alianza seguían siendo importantes, aunque no insistían en la circuncisión y los preceptos rituales de la Ley.


• La renovación de la tradición judía y de la Alianza se había realizado en Jesús y continuado por el Espíritu. Prueba de ello eran los prodigios y manifestaciones espirituales que acompañaban a los nuevos misioneros.


• El Cristo que predicaban era más un Cristo victorioso que el Cristo sufriente, y prestaban poca atención a la necesaria imitación cristiana de esos sufrimientos, a través de los cuales viene la gloria y la resurrección.


Pablo recibió noticias de todo ello y le informaron además de que los misioneros nuevos le atacaban personalmente. Insistían en especial en que él no era un verdadero apóstol. Entonces escribió una primera carta para contrarrestar los efectos de la predicación de esos advenedizos. Una parte de esta misiva se ha conservado en 2,14-7,4 = que denominamos Carta A. Esta carta es una defensa o apología en toda regla de Pablo mismo como apóstol. En ella Pablo parece persuadido de que sus argumentos tendrán éxito.


2. De la misma obra, entresaco información al respecto de los espirituales:


Los espirituales de Corinto parecían negar la realidad de la resurrección corporal futura (15,12), probablemente porque creían haber alcanzado ya la salvación que afectaba solo al alma/espíritu. La “resurrección” habría empezado ya en el presente (“escatología realizada”). La posesión del Espíritu unía al perfecto directamente con Cristo resucitado elevándolo sobre todo el mundo de lo terrenal. En una mentalidad helénica (y “proto-“ o “pregnóstica”) no es raro que surgiera la idea de una “resurrección” ya comenzada en esta vida: si el alma es ya espiritual, la revelación la hace aún más espiritual, menos apta para morir. La idea de la “resurrección adelantada” explica también por qué los espirituales pensaban que podían hacer lo que quisieran con el cuerpo (6,14): el alma ya había resucitado y el cuerpo no era más que materia sin interés destinada, quizás –queda obscuro-- a la aniquilación. Nada importaba.


Es exagerado etiquetar a los de este grupo de espirituales corintios como “gnósticos”. Pero es verdad que sus ideas se asemejan notablemente a las que tendrán los gnósticos cristianos un siglo más tarde.



Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Lunes, 25 de Abril 2016
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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