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Cristianismo e Historia

Escribe Pablo Castillo Maldonado


Concluimos hoy la serie sobre la corrupción eclesiástica en l Antigüedad y en particular en la iglesia hispana desde el asentamiento del cristianismo en la sociedad grecorromana a partir del Concilio de Nicea del 325.


Pero quizá donde más se evidencia la corrupción ―y compendio de cuantos tipos aquí se han expuesto― es en los asuntos judiciales instruidos o protagonizados por eclesiásticos. Ya el concilio de Tarragona (año 516) prohibía la obtención de regalos en las causas juzgadas. Sin embargo, la corrupción de los hombres de iglesia metidos a jueces no se circunscribía al cohecho económico. Los mismos padres conciliares se vieron en la necesidad de recordar la prohibición de intervenir en asuntos que tuviesen carácter criminal, pues comportaban sentencias de sangre (Conc. Tarr., c. 10, 11 y 4). Tales sanciones, y otras semejantes, no pudieron evitar todo un muestrario de maquinaciones, irregularidades y prevaricaciones.


El concilio II de Sevilla (año 619), actuado a modo de tribunal de apelación, hubo de revisar la condena del obispo cordobés al presbítero Fragitano, en sentencia declarada injusta. Incluso la deposición y exilio del presbítero era cuestionable desde la óptica jurisdiccional, pues tales asuntos eran competencia de un tribunal eclesiástico. Su obispo había pues actuado poteste tirannica non auctoritate canonica (Conc. II Hisp., c. 6). No obstante, esta y otras irregularidades flagrantes serían comunes, de modo que los obispos procuraban sentencias para sus propios siervos eclesiásticos y a menudo bajo juicios secretos según informa el concilio XI de Toledo, del año 675 (cánones 6 y 7).


¿Se producían todos estos abusos y corrupciones únicamente cuando los prelados actuaban singularmente? Por el contrario, ¿garantizaban los tribunales eclesiásticos seguridad jurídica y sentencias justas? Es cierto que los concilios se mostraron como una herramienta idónea y eficaz destinada a solucionar los enfrentamientos entre eclesiásticos, pero no debemos trazar un cuadro idílico de los mismos instituidos en tribunal. Ya se ha mencionado previamente el caso de Marciano de Écija, asunto del que estamos bien informados por contar con la sentencia definitiva que obtuviese el prelado tras largos años de apelaciones, esto es, el Exemplar Iudicii inter Martianum et Aventium episcopos; en el que además podemos observar todo un compendio de corrupciones morales, económicas, políticas y disciplinares en el penar del obispo astigitano.


Este documento es el juicio y sentencia definitiva sobre el litigio de los obispos astigitanos Marciano y Avencio, dictado con motivo del concilio VI de Toledo (año 638). Hace historia del affaire en la iglesia diocesana y su devenir judicial: el obispo Marciano había sido privado de su autoridad y reemplazado por el clérigo Avencio en un concilio provincial reunido en Sevilla, si bien en sentencia no unánime. Asimismo, Marciano estuvo privado de libertad ese año, impidiéndosele el derecho de recurrir. Son ambos defectos procesales que en buena ley debían invalidar el juicio, cosa que evidentemente no ocurrió.


Tras el desastroso dictamen del concilio hispalense, Marciano recurriría al concilio IV de Toledo (año 633), logrando en esta ocasión sólo una reparación parcial, al serle restituido el grado aunque no la silla catedralicia. Lo aducido al respecto en el Exemplar no deja de ser chocante, pues alega que no se había resuelto completamente el litigio por falta de tiempo; tanto más sorprendente si damos crédito a que el asunto de Marciano inspirara el canon 28 de este sínodo toledano, sobre los ritos debidos para volver a ordenar a los eclesiásticos depuestos. Con buen sentido, no falta quien observa en lo hecho por el concilio IV la maniobra de un Isidoro poco dispuesto a rectificar lo juzgado por él mismo en el precedente sínodo hispalense. Finalmente, en una nueva apelación, el concilio VI de Toledo (año 638) llevó a cabo una revisión sistemática del caso judicial, emitiendo al efecto el Exemplar en cuestión.


Para ello los padres pidieron el conveniente dossier documental a Avencio y a los jueces-obispos del viejo concilio hispalense, aunque éstos rehusaron su entrega al alegar que se había perdido. Ante estas deficiencias, recurrieron a citar a los antiguos acusadores y testigos. El cuadro que nos trasmiten sus comparecencias es desolador: declaraciones falsas, realizadas bajo amenazas, actas alteradas, testigos interesados o simplemente comprados… y, finalmente, eclesiásticos objeto de represalias; todo ello urdido por Avencio y un sector del clero astigitano contra el obispo Marciano y sus partidarios, contraviniendo ―como recuerdan los redactores del Exemplar― el concilio de Calcedonia que en su canon decimoctavo prohibía toda fratia o conjura en el seno de las iglesias.


De la historia de Marciano y Avencio no podemos saber con certeza absoluta si estamos ante una corrupción del tribunal eclesiástico hispalense o simplemente ante un error judicial. Sin embargo, sí nos permite afirmar que hay una evidente lucha por el poder diocesano en la que la corrupción desempeñaría un importante papel en la conformación de las fratrías, organizando complots al efecto. Y, lo que acaso sea mayor corrupción, con toda probabilidad estemos ante un ocultamiento intencionado de una documentación procesal que afectaba al crédito institucional de la Iglesia y sus procedimientos judiciales.


La deposición de Marciano y consecuente elección como obispo de Avencio se debió de un concilio hispalense cuyas actas han desaparecido, eliminadas de la Collectio Hispana de forma intencional, acaso para exonerar ―una vez muerto― el buen nombre de Isidoro. Más grave aún: si el juicio hispalense a Marciano era la materialización de la función judicial de los sínodos provinciales, es evidente que la ocultación de una sentencia que a la postre se demostraría errónea e injusta presentaba especial interés, excediendo el de borrar una mancha en la fama de Isidoro, pues su inclusión en una colección canónica habría sido testimonio de las debilidades de un sistema judicial eclesiástico trabajosamente articulado, además de desacreditar la autoridad del cuerpo episcopal y la participación del Espíritu Santo en sus dictámenes.


Finalmente, encontramos un elemento común a toda la casuística examinada: los conflictos y las violencias entre los eclesiásticos, que son consecuencias y a la vez corrupciones en sí mismas. En el seno de las iglesias visigóticas se desarrollaron luchas intestinas que, ajenas a tensiones teológicas, responden a meras ambiciones de poder político, social y económico; y en ocasiones llevadas a cabo con una extraordinaria violencia. Aunque los ejemplos entre los obispos se multiplican, sería un error restringir este fenómeno a las más altas prelaturas. La persona del diácono Juan constituye una buena prueba de que impregnaba a toda la vida eclesiástica, pues sería degollado a consecuencia de las envidias despertadas (Val., Ordo quer., 26).


En estas disputas la corrupción fue uno de los medios más usados por los contendientes, junto con otros instrumentos como el descrédito del rival mediante rumores de orden sexual. Desde esta perspectiva, las comunidades eclesiales no fueron sino el reflejo de la sociedad visigótica, tan corrupta como violenta. Ciertamente los concilios constituidos en árbitros y tribunales pudieron solventar algunas querellas, pero tampoco eran ajenos a los juegos de poder e intereses económicos, y en consecuencia a la corrupción. Sus miembros fueron juez y parte, y en todo caso sus objetivos se orientaron más a evitar las divisiones y el escándalo ―propter scandalum, reiteran tanto los cánones sinodales como el juicio de Marciano―, que a la denuncia de una corrupción que afectó a todos los estamentos eclesiásticos, sin distinción étnica o jerárquica alguna, y a la totalidad de las esferas de su actividad.


En suma, la corrupción era consustancial a la propia relevancia económica, social y política de la Iglesia; al menos tanto como el esplendor proporcionado por la misma al período visigótico.


Saludos de Pablo Castillo Maldonado
y de Antonio Piñero

Domingo, 25 de Enero 2015
Escribe Pedro Castillo Maldonado


Otro tipo de corrupción que encontramos en la documentación es de carácter económico. A este campo pertenecen tanto las disputas territoriales, como las ganancias económicas irregulares del clero.

Respecto de lo primero, el concilio II de Sevilla (año 619) ―un sínodo provincial que nos transmite una fotografía muy precisa de las diócesis meridionales de comienzos del siglo VII― presenta una rica casuística. Allí el obispo Teodulfo de Málaga expuso cómo las diócesis de Écija, Granada y Cabra habían ganado territorialmente en detrimento de su propia jurisdicción (Conc. II Hisp., c. 1).

En relación con lo segundo, las ganancias económicas ilegítimas del clero, ya se ocupa de ellas in extenso el temprano concilio de Tarragona (año 516), conminando a que no se permita a los eclesiásticos comerciar abusivamente o ejercer la usura, ni a los prelados exceder de la tercia de las rentas de las iglesias a las que llegaban con motivo de su visita diocesana anual (cánones 2, 3 y 8). Incluso la venta de los sacramentos será una práctica común (c. 8).

Una vez más, conviene aclarar que en modo alguno era algo propio o exclusivo de las iglesias visigóticas. Fuera del ámbito godo, en el Reino suevo, contamos con una variopinta casuística en el concilio II de Braga (año 572). Allí advertimos a obispos que exigían estipendios a las iglesias diocesanas y rapiñaban las oblaciones de los feligreses hasta el extremo de originar la ruina de las mismas, a la vez que trataban como esclavos a sus clérigos (Conc. II Brac., c. 2).

Tan erróneo sería entender que los obispos suevos incurrían en estas corruptelas con más asiduidad que sus colegas del Reino visigodo, como que pusiesen más empeño en la corrección de estas faltas. Los nombramientos por simonía eran pues tan odiosos ―tan corruptos― a ojos de los allí reunidos… como comunes. Cinco años después el concilio VI de Toledo (año 638) se vería obligado a tratar de nuevo el tema, con nulos o exiguos resultados según demuestra la reiteración de la condena de la simonía en los concilios XI de Toledo (año 675) y III de Braga (año 675). La confusión entre patrimonio eclesiástico y personal suponía un extraordinario aliciente para los obispos y el resto de los clérigos, e incrementaba las posibilidades de enriquecimiento de unos y otros.

El obispo Gaudencio constituye todo un paradigma, pues dispuso de los bienes eclesiásticos, esclavos y libertos de la iglesia astigitana, en beneficio de sus parientes (Conc. I Hisp., c. 1-2). También los obispos galaicos denunciaban a quienes no dudaban en usar de los siervos de las iglesias en beneficio propio y con descuido del patrimonio eclesiástico (Conc. III Brac., c. 8). Pese a todo, un conjunto de normas al respecto y al carácter inalienable de los bienes eclesiásticos, los obispos dispusieron del patrimonio de las iglesias como si de comunes propietarios se trataran, no distinguiendo entre bienes personales y eclesiásticos, lo que propició innumerables problemas. Masona al final de sus días pretendía liberar a los siervos de la Iglesia como parte de su penitencia y acto energético-caritativo, pero al archidiácono Eleuterio (designado como coadjutor con derecho a sucesión) esta acción le parecería una pérdida patrimonial inadmisible. Su actitud soberbia habría de constarle ―ultio diuina, castigo divino― la vida, siendo finalmente Inocencio quien sucediera en la cátedra al santo varón Masona.

Sin embargo Eleuterio, tan denostado en el relato de las Vidas de los Santos Padres Emeritenses, encontró finalmente reposo eterno en la basílica de santa Eulalia. La presencia del sepulcro del archidiácono en tan excepcional lugar tal vez deba explicarse por formar parte de uno de los sectores existentes en el seno del clero emeritense, enfrentados muy probablemente por cuestiones patrimoniales. Eleuterio y sus partidarios sólo pudieron alcanzar momentáneamente la primacía, siendo derrotados finalmente por la facción de Inocencio ―y posiblemente del redactor de la biografía de Masona―.

Por su parte, el obispo Ricimiro también testó en favor de los pobres, pero esquilmando los bienes pertenecientes de la cátedra dumiense si hemos de dar crédito a los padres sinodales que revisaron su proceder en el concilio X de Toledo, del año 656 (item aliud Podríamos decir que la causa profunda de toda esta corrupción residía en la propia ideología de la institución, aristocrática y conformada por patronazgos personales, algo que se advierte nítidamente en las peticiones a favor de un candidato a la cátedra mentesana, Emila: el más importante de sus méritos era su origen noble, y los peticionarios ―Hermenegildo, Sunilano y Sesuldo― muy posiblemente fueran patrocinados de éste. Es clarificador de cómo el episcopado no dependía de las virtudes cristianas del candidato, sino de su posición social y de las relaciones que ésta conllevaba.

Con esta premisa, los obispos, auténticos aristócratas, tenían tal sentido patrimonial de su cátedra que llegaban a nombrar a sus sucesores como si el obispado se tratara de una herencia personal, según hemos advertido en la iglesia emeritense respecto de Paulo y Fidel. Con anterioridad también había sido el caso de Nundinario, que expresó su deseo de que le sucediera Ireneo, tal vez un familiar suyo en grado muy cercano, a quien no había dudado en nombrar obispo en un municipio de la diócesis de Barcelona, plausiblemente Tarrasa. Por más que el papa Hilario y los reunidos en la iglesia de Santa María de Roma se escandalizasen ante lo acontecido en la tarraconense (Epist. XV), avanzando el tiempo asistiremos a auténticas dinastías episcopales visigóticas.

Otra corrupción que afectaba a los eclesiásticos tenía que ver con la esfera política. Independientemente de la valoración que desde la óptica actual comporte la participación innegable de los clérigos en intentos de usurpación del trono, suponía una importante corrupción, por cuanto era un quebrantamiento del juramento de fidelidad con el monarca, que ―no se olvide― se consideraba un ungido de Dios a modo de vicario. Tal vez el caso más emblemático sea el del obispo Sisiberto de Toledo, que tuvo un papel muy principal en una conjura contra el rey Egica. Su actuación fue juzgada los días previos al concilio XVI de Toledo (año 693). La asamblea, convocada por el mismo Egica, se abrió con la lectura del tomo regio, en el que se exhortaba a los sinodales a condenar a quienes conjuraran contra la vida del monarca, sin excepción alguna.

La respuesta del sínodo no se haría esperar. Dedica una de sus disposiciones a garantizar la protección de la familia regia. Allí se afirma que, frente a la maligna obstinación de los conspiradores, el rey Egica se había mostrado generoso y magnánimo con ellos (Conc. XVI Tolet., c. 9). Pensamos que estamos ante un do ut des, esto es, que los padres sinodales ―tal vez temerosos de una investigación más exhaustiva― corresponden a la benevolencia del príncipe con la declaración de protección a su familia. De ser así, podríamos decir que es una suerte de «borrón y cuenta nueva»: el rey no investigaba más, a cambio de una promesa de protección para sus allegados y herederos. Es algo que cobra sentido si consideramos el ascendente que en el resto de las iglesias peninsulares necesariamente tendría el obispo toledano, que por lo que respecta a la ciudad regia sería aún mayor de tratarse de un antiguo abad de Agali.
En suma, la conjura frustrada contra Egica, en su rama clerical, bien pudiera no limitarse a Sisiberto, y muy posiblemente el concilio vería con alivio una condena restringida a éste. que ―ocasionalmente― incluso crearon sus propios episcopados. En 681 el obispo Esteban de Mérida confesaba ante sus colegas reunidos en concilio cómo había sido obligado por presiones del rey a hacer una nueva ordenación episcopal.

Seguiremos.

Saludos cordiales de Pedro Castillo Maldonado
y de Antonio Piñero




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Viernes, 23 de Enero 2015
Escribe Antonio Piñero

Dado el enorme interés de la pregunta que sigue a continuación, la transcribo íntegra. Me ha encantado observar qué gran interés y dosis de trabajo emplean algunos aficionados al estudio de los orígenes del cristianismo. Mi respuesta es prácticamente el acuse de recibo agradecido por su contribución.

Expongo a Ustedes la pregunta/información porque estoy seguro de que habrá alguien que pueda ofrecer ulteriores precisiones

Sr. Antonio… Quisiera darle las gracias por darnos la posibilidad a todos de escribirle, ya que me abruma un poco el conocimiento que usted posee tanto de historia como de literatura antigua. Y no menos sorprendente , la facilidad con que nos lo hace llegar en un lenguaje sencillo que todos podamos entender. Tengo y he leído mucho de sus libros y lo cierto es que me encantan. No pertenezco a ninguna de las religiones de la cristiandad, pero tengo gran afecto por el cristianismo primitivo y por su figura principal. En mi deambular por mi investigación me he topado con información que desearía compartir con usted.... Desearía saber que le parece. Sin mas ,me despido, agradeciéndole la posibilidad de contactar con usted.

HERODES. Fecha de su muerte.
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Surge un problema con respecto a cuándo murió Herodes: algunos cronólogos sostienen que murió en el año 5 ó 4 a. E.C. Su cronología se basa, en gran parte, en la historia de Josefo. Al fechar el tiempo en que Roma nombró rey a Herodes, Josefo usa una “datación consular”, es decir, coloca el acontecimiento durante la gobernación de ciertos cónsules romanos. De acuerdo con este hecho, se debió nombrar rey a Herodes en el año 40 a. E.C. A Josefo le contradice otro historiador, Apiano, cuyos datos situarían el nombramiento en el año 39 a. E.C. Siguiendo el mismo método, Josefo emplaza la toma de Jerusalén por parte de Herodes en el año 37 a. E.C., pero también dice que ocurrió veintisiete años después de que Pompeyo tomó la ciudad (63 a. E.C.), lo que significaría que Herodes tomó la ciudad de Jerusalén en el año 36 a. E.C. (Antigüedades Judías, libro XIV, cap. XVI, sec. 4.) Ahora bien, Josefo dice que Herodes murió a los treinta y siete años de que los romanos lo nombraran rey y treinta y cuatro años después de que tomó Jerusalén. (Antigüedades Judías, libro XVII, cap. VIII, sec. 1.) La fecha de su muerte, según este último cálculo, sería, por lo tanto, el año 2, o quizás el año 1 a. E.C. Es probable que el historiador judío Josefo contase los reinados de los reyes de Judea por el método del año de ascensión al trono, como se había hecho con los reyes de la línea de David. Si Roma nombró rey a Herodes en el año 40 a. E.C., su primer año de reinado pudo ir de Nisán de 39 a Nisán de 38 a. E.C. De igual manera, si se cuenta desde su toma de Jerusalén en el año 37 (o 36) a. E.C., su primer año de reinado pudo empezar en Nisán de 36 (o 35) a. E.C. Por lo tanto, si, como dice Josefo, Herodes murió treinta y siete años después de que Roma lo nombrara rey y treinta y cuatro años después de tomar Jerusalén —y si estos años se cuentan en cada caso según el año reinante—, su muerte pudo producirse el año 1 a.

E.C. W. E. Filmer argumenta sobre este asunto en The Journal of Theological Studies (edición de H. Chadwick y H. Sparks, Oxford, 1966, vol. 17, pág. 284) y escribe que de la tradición judía puede deducirse que la muerte de Herodes ocurrió el 2 de Sebat (el mes de Sebat cae entre los meses de enero y febrero). Según Josefo, Herodes murió no mucho después de un eclipse de Luna y antes de una Pascua. (Antigüedades Judías, libro XVII, cap. VI, sec. 4; cap. IX, sec. 3.) Puesto que hubo un eclipse el 11 de marzo del año 4 a. E.C. (13 de marzo según el calendario juliano), algunos han llegado a la conclusión de que este era el eclipse al que hizo referencia Josefo. Por otra parte, hubo un eclipse de Luna en el año 1 a. E.C., unos tres meses antes de la Pascua. Además, este eclipse fue total, mientras que el del año 4 a. E.C. fue solo parcial. El eclipse total del año 1 a. E.C. se produjo el 8 de enero (10 de enero, calendario juliano), 18 días antes del 2 de Sebat, el día tradicional de la muerte de Herodes. Otro eclipse (parcial) ocurrió el 27 de diciembre del año 1 a. E.C. (29 de diciembre, calendario juliano). Otra forma de hacer el cálculo gira en torno a la edad de Herodes o cuando murió. De acuerdo con el texto original, Josefo dice que murió alrededor de los setenta años y que recibió su nombramiento como gobernador de Galilea (acontecimiento fechado por lo general en el año 47 a. E.C.) cuando tenía quince años, aunque los doctos lo han considerado un error, entendiendo que se quiso decir veinticinco años, por lo que corrigen la cifra en algunas ediciones. (Antigüedades Judías, libro XVII, cap. VI, sec. 1; libro XIV, cap. IX, sec. 2.) De acuerdo con estos datos, la muerte de Herodes ocurrió en el año 2 o en 1 a. E.C.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que Josefo es muy poco consecuente al fechar los acontecimientos, y por lo tanto no es la fuente más confiable. Para hallar la información más fidedigna debemos acudir a la Biblia. Los datos disponibles indican que Herodes probablemente murió en el año 1 a. E.C. El historiador bíblico Lucas nos dice que Juan empezó a bautizar en el decimoquinto año de Tiberio César. (Lu 3:1-3.) Augusto murió el 17 de agosto del año 14 E.C. El 15 de septiembre el senado romano nombró emperador a Tiberio. Los romanos no usaban el sistema de año de ascensión al trono, por consiguiente, el decimoquinto año transcurriría desde la última parte del año 28 hasta la última de 29 E.C. Juan, que era seis meses mayor que Jesús y empezó su ministerio antes que él —todo parece indicar que en la primavera de aquel año—, fue su precursor y le preparó el camino. (Lu 1:35, 36.) Según indica el registro bíblico, Jesús nació en el otoño, y cuando se presentó a Juan para bautizarse, tenía aproximadamente treinta años. (Lu 3:21-23.) Por lo tanto, lo más probable es que se bautizase en el otoño, hacia el mes de octubre de 29 E.C. Si contamos treinta años atrás, llegamos al otoño del año 2 a. E.C. como la fecha del nacimiento de Jesucristo.

ECLIPSES LUNARES. Se han usado estos para intentar fundamentar ciertas fechas de los reyes neobabilonios basadas en el canon de Tolomeo y los registros cuneiformes. Pero aunque es posible que Tolomeo calculara o registrara con exactitud las fechas de ciertos eclipses del pasado (un astrónomo moderno halló tres quintas partes de las fechas de Tolomeo correctas), esto no prueba que su transmisión de datos históricos sea correcta, es decir, que su correlación de los eclipses con los reinados de ciertos reyes se base consecuentemente en verdaderos hechos históricos. La fecha de la muerte de Herodes el Grande ilustra los problemas de fechar un suceso basándose en eclipses lunares. Los escritos de Josefo (Antigüedades Judías, libro XVII, cap. VI, sec. 4; libro XVII, cap. VIII, sec. 3) muestran que Herodes murió poco después de un eclipse lunar y no mucho antes del comienzo de la Pascua. Muchos eruditos fechan la muerte de Herodes en el año 4 a. E.C., y se basan en que en ese año hubo un eclipse lunar el 11 de marzo (13 de marzo en el calendario juliano). De este modo muchos cronólogos modernos sitúan el nacimiento de Jesús en el año 5 a. E.C. Sin embargo, el eclipse del año 4 a. E.C. tuvo una magnitud de solo el 36% y atraería la atención de muy poca gente a la temprana hora de la mañana en que se produjo. Hubo otros dos eclipses lunares el año 1 a. E.C., y ambos se produjeron no mucho antes de la Pascua. El eclipse lunar parcial del 27 de diciembre (29 de diciembre en el calendario juliano) de aquel año tal vez pudo observarse desde Jerusalén, aunque quizás no de manera clara. Según cálculos basados en el Canon of Eclipses (de Oppolzer, pág. 343), la Luna estaba saliendo de la sombra de la Tierra cuando el crepúsculo caía sobre Jerusalén, y cuando se hizo de noche, ya brillaba por completo. Por otra parte, no se incluye en la lista extensa de Manfred Kudlek y Erich Mickler. De modo que en la actualidad no puede saberse hasta qué grado se vio este eclipse en Jerusalén o si en realidad llegó a verse. Más llamativo que los anteriores fue el eclipse lunar que ocurrió a primeras horas del 8 de enero del año 1 a. E.C. (10 de enero en el calendario juliano). Este fue un eclipse total que oscureció la Luna durante una hora y cuarenta y un minutos. Cualquiera que estuviera despierto lo vería, aun si estaba nublado. De modo que durante los años aquí considerados se produjo más de un eclipse antes de la Pascua. Por lo que ahora sabemos, parece ser que el que más se notó fue el del día 8 de enero del año 1 a. E.C. (Solar and Lunar Eclipses of the Ancient Near East From 3000 B.C. to 0 With Maps, de M. Kudlek y E. H. Mickler, Neukirchen-Vluyn, Alemania, 1971, vol. 1, pág. 156.) No obstante, no todos los textos que utilizan los historiadores para fechar acontecimientos y períodos de la historia antigua se basan en eclipses.

Se han hallado diarios astronómicos que dan la posición de la Luna (en relación con ciertas estrellas o constelaciones) la primera y última vez que se vio en Babilonia en un día específico (por ejemplo, “la luna estaba un codo enfrente de la pata trasera del león”), y la que tenían ciertos planetas en ese mismo momento. Los cronólogos modernos dicen que una combinación similar de las posiciones astronómicas no se vuelve a repetir en miles de años. Las referencias de los diarios astronómicos a los reinados de ciertos reyes al parecer coinciden con los datos del canon de Tolomeo. Aunque para algunos esto pueda parecer una prueba incontrovertible, hay factores que reducen su fuerza de manera importante. El primero es que las observaciones hechas en Babilonia pueden haber sido erróneas. Los astrónomos babilonios mostraron un gran interés en los fenómenos celestes que ocurrían cerca del horizonte, cuando salía o se ponía el Sol o la Luna. Sin embargo, el horizonte que se ve desde Babilonia suele estar oscurecido por tormentas de arena. Comentando sobre estos factores, el profesor O. Neugebauer dice que Tolomeo se quejó de “la falta de observaciones planetarias confiables [de la antigua Babilonia]. [Tolomeo] dice que las antiguas observaciones se hicieron con poco rigor, porque se preocupaban de las apariciones y desapariciones y de puntos estacionarios, fenómenos que, por su naturaleza, son muy difíciles de observar”. (The Exact Sciences in Antiquity, 1957, pág. 98.) En segundo lugar está el hecho de que la gran mayoría de los diarios astronómicos hallados no fueron escritos en el tiempo del Imperio neobabilonio ni del persa, sino en la época seléucida (312-65 a. E.C.), aunque contienen información sobre esas épocas anteriores. Los historiadores suponen que son copias de documentos más antiguos. No existen textos astronómicos contemporáneos mediante los cuales se pueda establecer la cronología completa de la época neobabilonia y de la persa (finales del siglo VII al IV).

Respuesta:

Le confieso que yo no he estudiado el asunto con tanta profundidad, sino que he usado los razonamientos de los demás, y sobre todo me he fiado de Raymond E. Brown, "El nacimiento del Mesías", edic. española de Edit. Cristiandad, Madrid, de entorno a 1995 y de la opinión común, que sitúa la muerte de Herodes en el 4 a.C.


Saludos cordiales
Jueves, 22 de Enero 2015
Hoy escribe Fernando Bermejo

“Es verdad que no se puede reaccionar violentamente, pero si el doctor G., gran amigo mío, dice una mala palabra sobre mi mamá, le espera un puñetazo. Es normal, es normal. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los otros... si no, le sucedería lo que le sucedería al doctor G. si dijera algo contra mi mamá...”.

Bergoglio no se contradice, por supuesto, porque no cabe imaginar que el buen hombre se contradiga. Como tampoco se contradecía el periodista árabe que escribía que no se trataba de coartar la libertad de expresión de una revista satírica para decir lo que quisiera, sino solo de impedir sus sucias viñetas.

Y no pasa nada -es normal, es normal...-, no solo porque Bergoglio es un jefe de Estado rodeado de guardaespaldas, sino también porque es un viejecito simpático que tiene licencia para "largar". Y porque ¿alguien se imagina realmente al simpático viejecito arreando un puñetazo a otro, o justificando que otros lo hagan? No, por supuesto, no puede ser esto lo que él ha querido decir.

¿Le daría Bergoglio un puñetazo a quien dijera algo malo de su mamá… que fuera cierto? ¿Y por qué lo haría? ¿Simplemente porque es su mamá, y a Bergoglio le sale el pronto barriobajero cuando alguien habla mal de su mamá y punto? Es que es normal, es normal...

Como todos sabemos que no se debe utilizar la violencia, ¿será que en realidad el puñetazo de Bergoglio en realidad no sería algo propiamente violento (como, según dicen muchos exegetas y teólogos, la fuerza que empleó Jesús al volcar mesas y expulsar a comerciantes no fue violencia… y de hecho la prensa vaticana, en relación a las palabras del obispo de Roma habla de “metáfora”)? ¿Será más bien que la violencia anida en las mala palabra contra su mamá? Y si un puñetazo no es violento, una paliza propinada por cuatro guerrilleros de Cristo Rey… ¿sería violento? ¿Sería violento que el puñetazo te destrozara el bazo?

¿Qué quería decir Bergoglio con “provocar” e “insultar”? ¿Quería decir que Charlie Hebdo ha insultado al Islam con sus caricaturas? ¿Nos puede decir dónde, por favor? Cuando Reimarus escribió “Del objetivo de Jesús y de sus discípulos”, ¿estaba insultando a la fe cristiana? Hubo gente que pensó que lo estaba haciendo. Reimarus no publicó su obra en vida porque sabía lo que podía esperarse de los cristianos amantes de la libertad de su tiempo, y fue Lessing quien publicó los fragmentos de Wolfenbüttel, pero si lo hubiera hecho en vida ¿habría estado justificado que los cristianos enojados hubieran ido a propinarle unos puñetazos a Hermann Samuel?

¿Y alguien se cree que si la Iglesia Católica tuviera el poder temporal que ha tenido hasta anteayer, encabezada o no por Bergoglio, no clausuraría Charlie Hebdo y a otros cien como ellos? Pero esto también sería normal.

Por supuesto que preferimos al simpático Bergoglio y a sus (ahora casi inofensivos) fans que a los tarados y sombríos yihadistas. Esto debería ser claro. Pero existe un espacio de intersección entre unos y otros que no es tan pequeño como muchos prefieren pensar, y está bien no olvidarnos de ello. Gracias, Bergoglio, por recordárnoslo, y gracias por haberlo hecho de modo tan simpático.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo




Saludos cordiales de Fernando Bermejo
Miércoles, 21 de Enero 2015
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilía XI

Cuarto día en Trípolis

Inicia así Clemente su relato del cuarto día de la estancia de Pedro en Trípolis: “El cuarto día de su estancia en Trípoli, se levantó Pedro. Y al ver que nosotros estábamos despiertos, nos saludó y salió hacia la piscina con la idea de bañarse y rezar, lo que igualmente hicimos nosotros a continuación” (Hom XI 1,1). Era la forma de comenzar un nuevo día. No faltaba ni el baño ni la plegaria en compañía de sus acompañantes. Muchos días, la jornada terminaba de la misma manera.

Recomendación de la vida de castidad

Pedro inició su discurso con una recomendación sobre la importancia de la vida de castidad. Se trataba de una recomendación dirigida a sus íntimos. Pero cuando la multitud se acercó para escuchar al apóstol, dirigió a todos las palabras siguientes, que podían condensarse en el aforismo “contra pereza diligencia”. Pedro censuraba la negligencia de su auditorio, como fuente de numerosos errores. Por esa razón se habían convertido sus oyentes en algo así como en una tierra inculta por falta de un agricultor diligente. Necesitaban, por eso, mucho esfuerzo para recuperar el tiempo perdido en orden a la completa purificación. La buena semilla no debe volverse estéril para las obras que llevan a la salvación, ahogándola con las malas preocupaciones.

Diligencia en corregir los desvíos

Es preciso, pues, que los que se preocupan de su propia salvación escuchen con mayor constancia, a fin de que las torpezas, cometidas durante largo tiempo, queden compensadas en el breve tiempo que resta de vida con un cuidado constante en orden a la necesaria purificación. Pero dado que para cada cual es incierto el final de la propia vida, hay que darse prisa en arrancar las abundantes espinas de nuestros corazones; y no poco a poco, pues no llegaríamos a tiempo, ya que muchos han permanecido demasiado tiempo en la esterilidad del barbecho.

Pedro se mueve con agilidad en el campo de la alegoría. Recomienda a su auditorio un arranque de ira contra su negligencia, como para arrojar brasas encendidas sobre las pajas de su barbecho con la idea de recuperar las ocasiones perdidas y acelerar la retrasada purificación. Porque la verdad es que todo es todavía recuperable. O con palabras del mismo Pedro, “si quieren los desviados, pueden enderezarlo todo”.

Los dos caminos para la recuperación

Dos caminos se abren ante los hombres para volver a la pureza original: La doctrina de las bienaventuranzas y la regla de oro. Las bienaventuranzas marcan la solidaridad con los necesitados “dando honor a la imagen de Dios -que es el hombre-, de este modo: dando de comer al hambriento, de beber al sediento, vistiendo al desnudo, cuidando al enfermo, dando refugio al peregrino, visitando al que está en prisión y ayudándole en la medida de lo posible” (Hom XI 4,3). Y con estas recomendaciones, la denominada regla de oro, que ordena “no hacer a otro lo que nosotros no queremos que nos hagan a nosotros mismos”. Una regla común a los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, convertido en un principio básico de la conducta del fiel cristiano.

Los hombres son la imagen del Dios invisible

Los hombres son para Pedro la verdadera imagen de Dios. En consecuencia, el que quiere ser piadoso con Dios hace bien al hombre practicando las bienaventuranzas y viviendo de acuerdo con la regla de oro. Porque el cuerpo del hombre lleva la imagen de Dios; pero no todos llevan su semejanza, sino la mente pura del alma buena. Y como nosotros, añadía Pedro, sabemos que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios, decimos que todos deben ser piadosos con él, para que la gracia se atribuya a Dios, de quien el hombre es la imagen. Afirmamos igualmente que deben huir de la idolatría y de dar a los ídolos los honores debidos a Dios.

Todo el bien que uno quiere para sí mismo, que se lo ofrezca a otro que lo necesite. Pues entonces el que es piadoso con la imagen de Dios puede conseguir una buena recompensa. De acuerdo con este razonamiento, el que no acepta hacer estas cosas, será castigado como negligente con la imagen de Dios. Porque apartaba su corazón de la atención debida al que fue creado a imagen y semejanza de su Creador.

Los ídolos son la oposición a la imagen de Dios

No es posible decir que por causa de la piedad para con Dios, veneran los hombres cualquier forma de Dios, cuando al hombre, que es realmente la imagen de Dios, lo ultrajan de todas las maneras con homicidios, adulterios, robos y deshonras de todas clases. Es preciso no hacer mal alguno, que provoque tristeza en el hombre. Pero ahora es frecuente ver hacer todas las cosas que producen en el hombre desaliento. Pues la injusticia se convierte en desaliento por el hecho de que te pueden matar o desposeerte de tus propiedades y cuantas cosas sabes que nadie quiere padecer. Pero muchos, engañados para su mal por cierto reptil maligno bajo la sugestión de una doctrina politeísta, actúan impíamente contra la verdadera imagen de Dios, que es el hombre, mientras que dan la impresión de que son, o pretenden ser, piadosos con los seres insensibles, como son los ídolos.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro




Lunes, 19 de Enero 2015
Escribe Antonio Piñero


Hoy ofrezco esta conclusión y comenzaré a reproducir (haré algunos cortes) en síntesis, pero sin comentarios por mi parte el trabajo de Pedro CASTILLO MALDONADO sobre “Luchas orgánicas y corrupción en las iglesias visigóticas de Hispania”


“Un análisis conjunto de los testimonios de corrupción eclesiástica en la Hispania del siglo V nos pone de manifiesto que ante la corrupción y las irregularidades la respuesta de muchos eclesiásticos fue la denuncia de los hechos, con el objetivo de que quienes habían aunque las fuentes destaquen la corrupción y la inmoralidad de los eclesiásticos, hay que tener en cuenta que esto no sería lo usual en la Iglesia hispana. Estos casos se denunciaron precisamente por su anormalidad pero no cabe duda de que fueron muchos los que destacaron por su santidad y por el cumplimiento y la obediencia de las normas y de la disciplina.


De ello también encontramos ejemplos en las fuentes del siglo V hispano. Es el caso de los obispos Hidacio4, Vincomalos y Tomás, que accedieron al episcopado a una edad madura y del diácono-monje Januario, que castigó a otro diácono de su comunidad por haber pecado con una virgen consagrada. Como podemos observar, la corrupción y la indisciplina fueron causadas en su mayor parte por la ambición de conseguir más poder y prestigio, por envidias y por miedos, y para ello muchas personas no escatimaron esfuerzos.

Estos factores, así como otras características de la corrupción analizadas en este trabajo, son algo atemporal, que se repite a lo largo de toda la historia de la humanidad en diferentes ámbitos y estratos sociales. El siglo V hispano no es en este aspecto sino un ejemplo más de algo que es consustancial al ser humano, a la sociedad y al contexto histórico en el que vive”.

Corrupción y luchas orgánicas en las iglesias visigóticas


“La corrupción nunca estuvo ausente en las iglesias hispanas, al menos desde que sabemos de ellas a mediados del siglo III, y sin duda los disturbios introducidos por la irrupción de los pueblos germánicos en el siglo V supusieron una auténtica ruina en lo moral y disciplinar. Tal es la herencia que recibirán las iglesias visigóticas. El propio Isidoro de Sevilla, máximo ideólogo del Reino y cumbre de su más emblemática institución, la Iglesia, sintió la necesidad de escribir el tratado De ecclesiasticis officiis, dedicando el segundo de sus libros a la jerarquía y a sus ministros con el fin de regular la vida eclesiástica.

En el aspecto de la moral, debe hacerse referencia notoria a la conducta sexual de los eclesiásticos. Afectó, por ejemplo, al obispo Potamio de Braga, con el reconocimiento propio según uno de los apéndices a lo tratado en el concilio X de Toledo (año 656): Decretum pro Potamio episcopo. Especial fue el caso de los monjes, pues el demonio del sexo siempre fue una constante en la vida cenobítica, desde sus orígenes egipcios6. Las reglas monásticas visigóticas son plenamente conscientes, adoptando cautelas a una cohabitación demasiado estrecha (por ejemplo, Isidoro, Reg., XIII y XVII).

Pero, contra lo que pudiera pensarse, no siempre se trataba de un problema de amor homoerótico. En las cercanías de Mérida, Tarra (un monje o acaso un simple religioso) fue acusado de mantener relaciones con una prostituta por los monjes de Cauliana, lo que le costaría ser expulsado del monasterio y confinado por su obispo. Cuando Tarra pidiera la clemencia y protección del rey Recaredo su situación debía de ser desesperada, pues no contaba con testigo exculpatorio a excepción del Espíritu Santo.

Seguiremos

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com


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Una nota sobre "El Trono Maldito"

Me acaba de enviar un amigo, Oscar Franco, esta "lista de ventas" que ha publicado la revista "Aventura de la historia" hecha por una empresa indexadora a base de consultas a librerías importantes.

En España, el género "novela" (no solo "novela histórica") es el que más se vende, mucho más que "ensayo" o cualquier otro género. En este género ocupa la novela histórica el último y oprobioso lugar. Según los críticos --a veces injustamente en cuanto supone implícitamente la negación de parte de su valor literario = "Demasiada historia para ser novela y demasiada novela para ser historia"-- este tipo de novela cuya trama es proporcionada por la historia es un género híbrido condenado a la gehenna de la creación literaria. Pero tiene, por suerte muchos seguidores que siguen la máxima de Horacio (creo) de mezclar "lo útil con lo dulce"

"El Trono maldito" no va nada mal, en un noveno puesto de los llamados "Top Ten".
La novela histórica tiene un público muy fiel, y parte de la "propaganda se hace sola de "boca a oreja", por eso tarda más en despegar, ya que normalmente no hay publicidad en los periódicos, sin en la prensa hablada, de radio sobre todo.

Conclusión de Juana Torres sobre la corrupción eclesiástica en la Hispania del Siglo V (559) (IX)
Domingo, 18 de Enero 2015
Escribe Antonio Piñero

Sigo haciéndoles partícipe de los datos que he tomado del artículo de Juana TORRES "Corrupción en las elecciones episcopales durante la Antigüedad tardía", pp. 265-276, del libro de la Editorial Signifer, “La Corrupción en el mundo romano”, editado por G. Bravo y R. González Salinero, Madrid 2008.

Otra forma bastante generalizada en la Antigüedad tardía de alterar el procedimiento normal en las elecciones de obispos consistía en nombrar al propio sucesor (la adlectio). Numerosos son también los ejemplos de hermanos, hijos y sobrinos que sucedieron en la sede a sus parientes, incurriendo así en un delito de nepotismo. La lista es larga, pero mencionaremos solamente dos casos que resultan representativos. Nundinario, obispo de Barcelona, expresó antes de morir su deseo de que Irineo le sucediera en su puesto en el 465. El metropolitano Ascanio y los demás obispos de la Tarraconense aceptaron su propuesta, que recibió el apoyo del pueblo y del clero. Pero, cuando informó de la decisión al Papa Hilario, éste trató el asunto en un sínodo de 50 obispos reunidos en Roma y emitió su opinión contraria en una epístola dirigida a Ascanio, expresándose en términos extraordinariamente duros, sobre todo debido a la indignación que le producía la costumbre, extendida en las iglesias hispanas, de designar los obispos a sus sucesores antes de morir; en uno de los párrafos dice así : Hay algunos que ven el episcopado no como un don divino sino como una recompensa hereditaria, y piensan que, al igual que las propiedades caducas y mortales, puede transferirse el sacerdocio a través de un testamento o de otra forma legal. Se dice que muchos obispos a punto de morir nombran a otros en su posición designándolos por sus nombres de manera que, sin esperar una verdadera elección, el deseo de agradar al fallecido se impone por encima de los deseos de la gente.

Otra muestra de corrupción episcopal durante la famosa crisis arriana fue el cambio de fe por parte de los obispos cuando con el paso del tiempo los emperadores reinantes eran sucedidos por otros que profesaban una fe cristiana distinta. Así nos cuentan las crónicas que hubo obispos que se habían plegado a las exigencias imperiales y mudado sus creencias en función de la inclinación católica o arriana del príncipe de turno, sin perder sus sedes ni propiedades en el transcurso de la controversia. Es decir, obispos nicenos en los días de Constantino, que habían aceptado el credo de Rímini impuesto por Constancio (de fe arriana), vuelto a la ortodoxia bajo el católico Joviano, y tornado al arrianismo obligatorio decidido por Valente, y que en los días de Teodosio, convertidos en defensores de la ortodoxia triunfante, acosaban con violencia a los que habían resistido firmes en su nicenismo, acusándolos de heréticos con apoyo en las leyes antiheréticas de los emperadores.

La compra de cargos eclesiásticos y de sus funciones o simonía. Al parecer, la simonía debía de estar bastante extendida, ya fuera mediante la compraventa del cargo, a través del cobro de tasas por los ministerios administrados, especialmente el bautismo, o bien por la influencia ejercida para asignar el puesto, aunque no hubiera dinero por medio. Las denuncias por prácticas simoniacas abundan aunque, lógicamente, se desconoce el verdadero alcance de esas actividades.

Así, a finales del siglo IV se recoge por primera vez la identificación de la compra-venta de cargos eclesiásticos con Simón el Mago en la primera Decretal del Papa Dámaso, a propósito de las obligaciones morales y espirituales implícitas en el sacerdocio La síntesis de los hechos nos la proporciona Sozomeno con estas breves palabras: Habiendo sido informado Juan de que las iglesias de Asia y de las proximidades eran gobernadas por personas indignas, y de que ellos compraban el sacerdocio (hierosyne) con los ingresos y los regalos recibidos, o bien otorgaban esa dignidad como un favor privado, se dirigió a Éfeso y depuso a 13 obispos de Licia y Frigia y de la misma Asia, y nombró a otros en su lugar.


El Papa Siricio se dirigía a los obispos de la Galia a finales del siglo IV, a propósito de un candidato, con las siguientes instrucciones: «Permitidle a él, que alcanza la cima de esta dignidad, actuar por sus méritos y observando las leyes y no a través de la simonía, ni por medio del favor popular, si no puede conseguirlo sin gastar dinero» (Ep., X, 13).


El pago de tasas por el bautismo fue prohibido a comienzos del siglo IV por el canon 48 del Concilio de Elvira, «para que no parezca que el obispo otorga por un precio lo que ha recibido gratis»15. A finales de ese mismo siglo, Gregorio de Nacianzo denuncia que muchos cristianos renunciaban a bautizarse ante las enormes tasas que los sacerdotes exigían (Or., XL, 25). El Papa Gregorio Magno, en el siglo VI, se refería en una de sus obras a un tipo de simonía «particular», pues no se intercambiaba dinero sino influencia, pero sus efectos eran idénticos.

En el Concilio de Calcedonia del 451 se prohíbe cualquier ordenación por dinero. El canon 2 establece lo siguiente: Si un obispo realiza una ordenación sagrada por dinero (epì chrémasi), si vende la gracia que no puede ser vendida, si consagra por lucro a un obispo o a un coreobispo, o a un presbítero o a un diácono o a cualquier otro miembro del clero, […] se expone, si el hecho es probado, a perder su cargo. En cuanto a aquél que ha recibido la ordenación de tal modo, no se llevará ninguna ventaja de una promoción mercantilizada, sino que será depuesto de la dignidad o del oficio que ha obtenido con dinero. Si alguno ha hecho de mediador en este comercio ilícito y vergonzoso, si se trata de un miembro del clero, que decaiga de su propio grado; si se trata de un laico o de un monje, que sea excomulgado. Esa prohibición se renovó unos años más tarde, en el Concilio de Constantinopla del 457.


La iglesia hispana del siglo V participaba naturalmente de la corrupción causada por la ambición e indisciplina. El siglo V es un momento histórico caracterizado por la llegada y el asentamiento en territorio hispano de contingentes poblacionales procedentes de lugares situados más allá de las fronteras del Imperio romano, en concreto, los vándalos, suevos y alanos, y posteriormente los visigodos. Estos acontecimientos provocaron una serie de transformaciones que afectaron a diversos ámbitos político-sociales y que trajeron consigo la creación de nuevas estructuras y relaciones de poder, en las que la Iglesia adquirió una importancia singular. Si bien la Iglesia ya era una institución poderosa con anterioridad, durante el siglo V aumentó aún más su presencia en la sociedad, pues sus máximos representantes, los obispos, adquirieron funciones que los asimilaron a los patronos romanos clásicos y a los agentes civiles del Estado romano. No vamos a repetirnos, pero los casos conservados en las fuentes se refieren a la corrupción y ambición en las elecciones episcopales y en la promoción del clero.


Según testimonios dignos de crédito, las irregularidades y las promociones ilícitas al episcopado fueron una tónica constante a lo largo de todo el siglo V hispano como pone de relieve la epístola 11 de Consencio a san Agustín hacia el año 42136 dirigió Consencio, un cristiano que vivía en las islas Baleares, a Agustín, contándole lo que había sucedido al monje Frontón en la Tarraconense cuando intentó poner en práctica los consejos que le había dado para descubrir herejes. Pero un análisis conjunto de los testimonios de corrupción eclesiástica en la Hispania del siglo V nos pone de manifiesto que ante la corrupción y las irregularidades la respuesta de muchos eclesiásticos fue la denuncia de los hechos. Pero es posible también que los casos se denunciaron precisamente por su anormalidad. Y a la vez también es cierto que en la época posterior, la visigótica, la corrupción al parecer fue consustancial a la propia relevancia económica, social y política de la Iglesia; al menos tanto como el esplendor proporcionado por la misma iglesia a los reyes visigodos.

Y concluyo consignando de nuevo unas ideas que hemos manifestado ya:

“En conclusión, el fenómeno de corrupción generalizado en el Imperio tardo-antiguo afectó también al ámbito de la Iglesia, equiparada por Constantino a la organización civil y, por tanto, con los mismos rasgos positivos y negativos propios de las instituciones mundanas. Desde el momento en que a la Iglesia se le permitió integrarse plenamente en la sociedad civil, resultó inevitable que se filtraran en ella aspectos seculares nada edificantes. Así, la utilización del dinero, del poder y de la influencia para lograr unos objetivos parece haber estado presente en ambas partes del Imperio durante toda la Antigüedad Tardía y, más concretamente, en la organización eclesiástica”.

Para concluir esta serie, y sin comentarios por mi parte, voy a transcribirles en un par de postales posteriores la conclusión general del artículo de Juana Torres, y el ensayo de Pedro CASTILLO MALDONADO sobre “Luchas orgánicas y corrupción en las iglesias visigóticas de Hispania” .

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
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Viernes, 16 de Enero 2015
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilía X

Los adoradores de los ídolos se hacen sus siervos

Pedro daba fin al tercer día de su estancia en la ciudad de Trípolis rematando su severa crítica de las prácticas del politeísmo. En la consideración de la idolatría, insistía Pedro, debemos examinar los hechos palpables. Esas estatuas materiales a las que dan culto los idólatras son ante todo puramente materiales. Como ya dijimos, ni ven, ni oyen, ni sienten, ni son capaces de defenderse ni de ayudar. En consecuencia, es inútil recurrir a esos presuntos dioses en busca de ayuda o de protección. Con verdadera razón solamente podemos llamar y considerar Dios al que ordena llevar a término cosas beneficiosas para uso nuestro y manda a los elementos que sirvan al hombre.

Pero los paganos sin percibir su beneficencia, piden públicamente que dominen sobre vosotros mismos los elementos que habían sido establecidos como servidores y siervos vuestros. Por el contrario, no sólo adoráis las estatuas sin alma que habéis hecho, sino que consideráis digno someteros a ellas como siervos en todo. La realidad es que por su necedad y locura locura, se han hecho súbditos de los demonios. A pesar de todo, por el conocimiento que tienen del mismo Dios, gracias a sus buenas obras, pueden llegar a ser otra vez señores, dominar a los demonios como siervos suyos y ser establecidos herederos del reino eterno como hijos de Dios.

Un cuadro de la vida normal de Pedro

Dicho esto, ordenó que todos los poseídos por los demonios y aquejados de diversas enfermedades fueran llevados a donde él se encontraba. Consciente de que se iba ya el día, Pedro impuso las manos a cuantos le llevaron, hizo oración y los despidió curados, recordando a ellos y a los demás de la multitud que acudieran allá todos los días en que permaneciera en la ciudad para dirigirles la palabra. Cuando los demás se retiraron, Pedro se bañó con los que quisieron en la piscina que allí había, mandó que se extendieran manteles en tierra bajo un denso ramaje de los árboles para tener sombra e hizo que cada cual se reclinara en el sitio correspondiente a su dignidad. Así participaron de la comida en común.

Pronunció luego la bendición y la consiguiente acción de gracias a Dios por los bienes recibidos según la fe habitual de los hebreos. Y como todavía quedaba cierto tiempo, permitió a sus oyentes que le preguntaran sobre lo que quisieran. Así, aunque eran no menos de veinte, respondió por orden a cada uno lo que le preguntó. Y como ya estaba avanzada la tarde, entraron con él en la estancia más amplia del albergue y allí se entregaron al sueño. Terminó de este modo el tercer día de su estancia en Trípolis.


Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro











Domingo, 11 de Enero 2015
Escribe Antonio Piñero

En la antigüedad y a imitación de las figuras típicas de los buenos magistrados se formó la imagen del obispo ideal, santo, pobre y entregado al bien de sus diocesanos, pero al mismo tiempo se formó también la contrafigura del obispo-tirano. Abuso de poder y corrupción, ambos destinados a reforzar privilegios sociales y económicos, son los rasgos principales de la fisonomía oficial de este nuevo burócrata cristiano que, aunque por su esencia era extraño a la jerarquía de las funciones públicas, desempeñaba competencias seculares dentro de la ciudad. Para este tema véase R. Teja, «La cristianización de los modelos clásicos: el obispo», en E. Falque y F. Gascó (eds.), Modelos ideales y prácticas de vida en la antigüedad clásica, Sevilla, 1993, pp. 213-230.


Escribe Juana TORRES en su artículo sobre “Corrupción en las elecciones episcopales durante la Antigüedad tardía”, en las pp. 265-276, del libro editado por Raúl González Salinero y G. Bravo, que es la fuente principal de esta serie: LA CORRUPCIÓN EN EL MUNDO ROMANO, Editorial Signifer, Madrid 2008:

“En una reciente monografía dedicada a la violencia religiosa en el mundo tardoantiguo, Michael Gaddis (There Is no Crime for Those Who Have Christ. Religious Violence in the Christian Roman Empire, Berkeley/Los Angeles/London, 2005. ), en contraposición a la imagen idealizada del obispo-santo de la hagiografía que despliega su vocación pastoral en numerosas intervenciones dirigidas sobre todo a la asistencia de los indigentes, utilizando un amplio espectro de fuentes, especialmente griegas y orientales, traza el polémico perfil del obispo-tirano. Abuso de poder y corrupción, ambos destinados a
reforzar privilegios sociales y económicos, son los rasgos principales de la fisonomía oficial de este nuevo burócrata cristiano que, si bien extraño a la jerarquía de las funciones públicas,desempeñaba competencias seculares dentro de la ciudad.


En búsqueda de poder y de prestigio social, el obispo-tirano se distinguía por su codicia, amor al lujo y ostentación, que lo llevaban a derrochar los recursos de la Iglesia destinados a los pobres. Traspasando reincidentemente los límites legítimos de su autoridad canónica, el obispo-tirano utilizaba con frecuencia la controversia doctrinal como un medio para perseguir a sus enemigos personales, y no tenía escrúpulos a la hora de emplear la violencia en contra de sus detractores y rivales.

Naturalmente, dicen los estudiosos, el estereotipo del obispo-tirano es una construcción retórica que, inspirándose en los discursos políticos y en los specula principis, halla evidentes analogías en los modelos clásicos de «malos» emperadores, tiranos o usurpadores, tanto es así que en las adversae aclamationes (gritos, frases repetidas rítmicamente en una reiterada letanía de imprecaciones cuya hostilidad llegaba a veces a exigir la muerte del vilipendiado) que el pueblo dirigía en contra de los obispos considerados indignos por su mala administración, los calificativos de rechazo y execración colectivos se insertan en la línea tradicional del vituperio del tirano o del hostis publicus.

Un caso de este tipo fue Dióscoro de Alejandría (fue obispo allí del 444 al 454), quizás una encarnación poco edificante de un obispo-tirano tardoantiguo (relacionado con Pulqueria de la que henos hablado en esta serie) y de su irrefrenable vocación al poder, obtenido mediante una praxis de pocos escrúpulos y deplorables juegos políticos, al menos a la luz de los criterios de hoy.

Otro, más típico aún e interesante es el de Ibas (431-449 d.C.), obispo de la ciudad de Edesa. Al parecer la jerarquía eclesiástica oriental era más corrupta que la contemporánea jerarquía occidental. Así lo muestra un catálogo de prácticas ilícitas presentadas en la primavera del año 449 en contra de este obispo por clérigos y monjes de su diócesis de Edesa. A la muerte de Rabbula, el 8 de agosto del 435, gracias a numerosos apoyos ―contaba con amistades y alianzas también entre el clero de la cercana Nísibis― Ibas logró hacerse con la cátedra episcopal de la ciudad, pero encontró inmediatamente la oposición de parte de los clérigos y los monjes fieles a su antecesor a los que se apresuró a expulsar de la diócesis. Destituir al equipo del predecesor y librarse de sus protegidos era práctia habitual por parte de quien heredaba el gobierno de una iglesia y aspiraba a crearse su propia lobby, sin la cual hubiera sido muy difícil garantizarse el control de los mecanismos eclesiásticos.

En la primavera del año 448, diecisiete monjes edesenos lo denunciaron ante el tribunal eclesiástico del metropolitano, Domno de Antioquía, con varias acusaciones: primero una acusación teológica (el haber hecho revivir el nestorianismo en Oriente), luego otras imputaciones concernientes a supuestas actitudes tiránicas, en particular, actos de corrupción y malversación del dinero de su iglesia. Por eso cuando Ibas llegó de vuelta a su sede, a finales de marzo del 449, encontró grandes manifestaciones populares en su contra. La violencia desplegada fue tan tremenda que se vio obligado a pedir la protección al magister militum.

En la iglesia de san Zacarías se reunió una inmensa asamblea que invocaba la memoria del difunto Rabbula, y pedía, con la condena de Ibas, nestoriano, un nuevo obispo para la ciudad: ¡Nadie quiere a Ibas como obispo! ¡El confidente de Nestorio al exilio! […] ¡El depredador del Templo al exilio!¡Ibas ha robado a la Iglesia! ¡Sus parientes han cogido el oro de la Iglesia! ¡Lo que pertenece a la Iglesia tiene que ser devuelto a la Iglesia! ¡Lo que pertenece al pobre tiene que ser devuelto al pobre! ¡Santo Rabbula, asístenos! […] ¡Ibas ha corrompido la fe de Éfeso! ¡Ibas ha corrompido la fe de Cirilo! ¡Emperadores, rechazadlo! ¡Dad un nuevo obispo a la metrópolis! Unos días más tarde se presentó ante los magistrados y el gobernador militar una petición firmada por los representantes de todas las clases de la ciudad, en la que se reiteraban acusaciones de herejía, prevaricación, malversación y apropiación indebida de los fondos eclesiásticos a cargo del obispo.
Los cargos contra Ibas eran los siguientes:

1. Había sustraído parte de los 1.500 sólidos destinados por la ciudad de Edessa al rescate de los prisioneros;

2. Había sustraído del tesoro eclesiástico un cáliz de oro y gemas preciosas ofrecidos once años antes por una persona piadosa;

3. Había aceptado dinero a cambio de ordenaciones sacerdotales;

4. Había intentado ordenar obispo de Batena a Abramios, acusado de practicar la magia;

5. Había nombrado presbítero a Valencio, culpable de adulterio y sodomía;

6. Había nombrado obispo de Charres a su sobrino Daniel, joven inquieto y muy lujurioso, del que era conocida una relación pecaminosa con una mujer casada, una tal Challoa;

7. Había concedido una parte importante de los ingentes réditos eclesiásticos a su hermano y a los hijos de éste;

8. Había puesto a disposición de ellos las herencias, donativos y ofrendas de su Iglesia;

9. Había erogado en favor de otros familiares el dinero destinado al rescate de los prisioneros;

10. Había destinado a la eucaristía un vino de mala calidad, guardando para consumo privado el mejor;

11. Siendo nestoriano había llamado hereje a Cirilo;

12. Daniel había nombrado clérigos a algunos cómplices de sus intemperancias;

13. Había impedido que el rico Piruzo testase sus bienes en favor de iglesias pobres;

14. Había consentido que su sobrino Daniel dejara en herencia sus ingentes propiedades a Challoa y a los sobrinos de ésta;

15. Challoa disponía de bienes y de grandes cantidades de dinero de clara proveniencia eclesiástica;

16. Daniel se había hecho nombrar heredero por el diácono Abramios para poder testar los bienes de éste en favor de Challoa;

17. Daniel se había dejado sobornar por los paganos;

18. Daniel había hecho deforestar algunos terrenos de la iglesia edesena para ceder la madera a Challoa, que la había empleado como material de construcción.

Como puede observarse, entre las acusaciones más comprometidas dirigidas en contra de Ibas estaban las referentes al uso de fondos caritativos para fines distintos de los originarios la apropiación de vasos y objetos sagrados, y otros bienes destinados al rescate de prisioneros, una acción gravísima, que lo hacía merecedor de la infamante degradación a la communio laica y del apelativo de «asesino del pobre».

Aunque haya mucho de exageración en este catálogo, que reproduce los cargos habitualmente imputados a un obispo por parte de sus acusadores o rivales, podemos decir que si el río suena es porque agua lleva. Las 18 acusaciones perfilan la fisonomía de un dirigente eclesiástico autoritario, ávido y corrupto, acostumbrado a dilapidar el dinero eclesiástico para beneficiar a su núcleo parental, efectivamente, Sin embargo, en este caso es posible que no se trate solamente del producto de la hostil fantasía de malintencionados calumniadores y que, al contrario, contengan un fondo de veracidad.

Pero consolémonos hoy día porque “ningún tiempo pasado fue mejor”

Saludos cordiales Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
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Domingo, 11 de Enero 2015
Escribe Antonio Piñero


Pregunta:


¿Por qué los apóstoles que convivían con Jesús nunca escribieron nada sobre Jesús, acaso también eran rabinos al no escribir solamente comentar como hacían entre ellos? Me hace muy extraño que en la sociedad que vivía Jesús no hubiera nadie que escribiera sobre Jesús, que no fuera rabino, es una pregunta que me hago muchas veces. Gracias.


Respuesta:


En el siglo I era una costumbre “casi Ley” que los comentarios de los maestros de la Ley/ rabinos posteriormente sobre la Ley fueran orales por respeto máximo al texto escrito del Pentateuco.

En un grupo de fanáticos apocalípticos que estaban convencidos de que el fin del mundo vendría de modo inmediato (tanto Jesús como Pablo), es perfectamente pensable que no intentaran escribir nada sobre el Maestro. Además una vez convencidos de la verdad de su resurrección y de las apariciones, el Maestro estaba vivo espiritualmente entre ellos y los profetas cristianos, imbuidos del Espíritu de Jesús, les transmitían sus palabras. Todo ello coadyuva a que no sintieran necesidad de escribir nada.


Pregunta:


En uno de los capítulos para dar píe a explicar la música de la Antigua Grecia y Roma y bíblica, como todo ha de girar en relación a Jesús, lanzo la pregunta ¿pero qué sabemos realmente de Jesús, el Jesús histórico? a lo que contesto: algo así como "Jesús fue un personaje que existió como también existió Napoleón. Con seguridad sabemos que nació bajo el reinado de herodes el grande, en el siglo V o VI a. C, fue un líder de la época que se relevó contra el poder y tuvo sus seguidores, Juan Bautista fue otro de sus seguidores, que también tuvo sus seguidores entre los cuales en un principio se encontraba Jesús. También lucha por lo mismo.

Y que entorno a los datos que diste ayer sobre la fecha, las autoridades judías decidieron condenarle, y los romanos le ejecutaron en la cruz junto a otros reos, bajo sentencia del prefecto Poncio Pilato". También citaré a la Sábana Santa y ahí quiero que me corrija porque voy a estar equivocado "mi opinión, es que quizá sea una prueba o no de la pasión y pueda incluso explicar y ser la única prueba de la resurrección, sinceramente no lo se. Lo que es cierto es que algo de misterio hay en la sábana".


Respuesta:

1: Le envío el resumen de “¿Qué Jesús se trata?” del libro “Jesús y las mujeres”:
El Jesús de la historia

El estudio crítico y comparativo de todos los textos evangélicos, podemos pergeñar –con palabras de Fernando Bermejo- el siguiente resumen de lo que nos parece que fue el Jesús histórico (“Historiografía, exégesis e ideología. La ficción contemporánea de las ‘Tres búsquedas’ del Jesús histórico”, Segunda parte, Revista Catalana de Teología 31 (2006) 54-64.) :

1. Nació durante el reinado del emperador Augusto, probablemente algunos años antes del comienzo de la era cristiana.

2. Creció en Nazaret de Galilea.

3. Perteneció a una familia numerosa.

4. Fue un individuo profundamente religioso. La personalidad de Jesús fue intensa y entusiásticamente religiosa, moldeada por la fe del Israel de su tiempo.

5. Su religiosidad fue plenamente judía. Jesús se atiene a las creencias y prácticas religiosas de su pueblo

6. Fue atraído por la personalidad de Juan Bautista y por su mensaje religioso. Fue bautizado, ya en su madurez, por este.

7. Jesús tomó de Juan Bautista algunos de los principales motivos de su predicación.

8. Reunió un grupo de discípulos, cuyo núcleo estuvo compuesto de doce. Es muy posible que este conjunto tuviera un significado simbólico y representara a las doce tribus de Israel

9. Habló y actuó como con el convencimiento de ser un profeta, el portavoz o heraldo de Dios para los momentos finales de este mundo.

10. Utilizó en su predicación un lenguaje directo, accesible al pueblo, caracterizado por imágenes hiperbólicas y parábolas persuasivas. Fue visto por el pueblo como un maestro, en hebreo rab, rabino, de la Ley.

11. El centro y la razón de ser de su predicación fue el anuncio de la venida del reino de Dios.

12. Jesús ciñó su predicación a Israel y no fue ningún predicador universalista, es decir, se sintió enviado a predicar solo a las “ovejas perdidas” de la casa de Israel.

13. Se dirigió de forma especial a los pecadores.

14. Creyó que la instauración del Reino no dependería de los hombres, sino de Dios.

15. Comprendió el Reino de Dios --cuya venida anunciaba como una realidad de carácter integral-- como una entidad no meramente espiritual. Por ello su mensaje tenía implicaciones materiales y políticas.

16. Anunció el establecimiento del Reino de Dios en un futuro próximo. No es seguro que Jesús pusiera un plazo al desenlace escatológico, pero sí que esperó que este habría de llegar en un futuro próximo.

17. Se expresó en ocasiones como si en su propia acción hubiera ya signos de la venida del reino de Dios. Unos pocos dichos de Jesús –especialmente en Lucas y Mateo- parecen referirse al Reino no como una entidad únicamente futura, sino como una realidad que está irrumpiendo en el presente.
Estas sentencias no contradicen el contenido de los dichos de Jesús que esperan un Reino en el futuro, ni significan que Jesús creyese que el Reino estaba ya presente. Eran solo la manifestación de que sus acciones contra Satanás, exorcismos y sanaciones sobre todo, señalaban que los preludios de la venida del Reino estaban ya presentes. Sus expresiones de “presente” son, por tanto, indicación de su entusiasmo escatológico y de su visionaria convicción de la inminencia futura del Reino.

18. El reino de Dios predicado por Jesús incluía la idea de un juicio, que implicaba tanto la salvación de unos como la condenación de otros. El anuncio del juicio escatológico –-con su doble dimensión, gozosa y terrible-- forma parte integrante de la proclamación de Jesús, no solo el mensaje de salvación.

19. Realizó acciones que tanto él como algunos de sus contemporáneos consideraron extraordinarias, como exorcismos y curaciones. Es decir Jesús fue un taumaturgo, un realizador de acciones portentosas que sus seguidores y otras personas de fuera consideraron milagrosas. Probablemente sus milagros se restringieron a las sanaciones y exorcismos.

20. Antepuso los aspectos morales a los rituales. En la enseñanza de Jesús el culto judío no es abolido, pero queda postergado ante los aspectos éticos.

21. Radicalizó la Torá, o Ley, si bien en tal radicalización permanece en el marco de aquélla. Jesús no pretendió fundar religión nueva alguna.

22. Mantuvo polémicas con otros grupos religiosos de su tiempo, aunque este conflicto tiene lugar en el seno de acuerdos básicos en el marco de la común religión judía.

23. Desde Galilea, Jesús fue a Jerusalén en la Pascua de su último año de vida (hacia el año 30 d.C.), sea para celebrar la fiesta, para predicar o en espera de la instauración del Reino, aunque no para morir.

24. Protagonizó un incidente en el Templo. Aunque es incierto el sentido de la acción -¿limpieza cultual simbólica y profética de la futura restauración de Israel y del Templo mismo?- e incluso su impacto o alcance, la intervención en el santuario fue ejercida con cierta violencia y conllevó el impedimento temporal de la actividad comercial que debía realizarse para llevar a cabo los sacrificios.

25. Jesús fue arrestado –y decidida su ejecución- por motivos de índole sociopolítica.

26. Murió en tiempos de Tiberio, crucificado por los romanos en medio de dos “bandidos”. El vocablo “bandido” era la manera suave en la época de designar a un sedicioso antirromano. La muerte agravada en cruz estaba destinada a esclavos huidos o recalcitrantes y a rebeldes políticos contra el Imperio.


Pr.:

En los años que he leído historia me pregunto como debió de ser en el siglo I, en tiempo de Jesús la higiene de esas personas. Ante no había inodoros (baños o retretes), cuando las personas hacían su necesidades como se limpiaban las partes intimas, no se que utilizaban, luego también las mujeres como hacían con la menstruación como evitan derramar sangre, como se limpiaban los dientes como era su higiene buco dental, como recolectaban agua en esos lugares y por ultimo como eran sus casas, de que material la hacían.?, Eso es una de las interrogantes que siempre me cuestionado.


R.:


En realidad, yo hago fundamentalmente “historia de las ideas”, porque principalmente el cristianismo es en los primeros comienzos un tema ideológico frente a la religión de Israel y las religiones del mundo grecorromano. Y por tanto me he ocupado muy poco, o nada, de estos temas.

Y otros investigadores tampoco. De hecho en la famosa y estupenda “Historia del pueblo judío en época de Jesús” de Emil Schürer (versión española de los dos primeros volúmenes en Edit. Cristiandad, Madrid) no hay un capítulo dedicado al tema.

Rodney Stark, en “La expansión del cristianismo” (Trotta, Madrid 2011 aprox.) se queja de que no ha encontrado casi nada sobre ello, por ejemplo, en Antioquía, una de las sedes del nacimiento del cristianismo. Ahí tiene, sin embargo, algunas pinceladas de la vida diaria en Antioquía. Desde luego, lo que pinta Stark es estremecedor desde el punto de vista de la higiene de hoy. Entre otras cosas afirma que al acercarse el caminante a una populosa ciudad antigua ya sabía que estaba cerca porque toda la ciudad despedía un hedor insoportable.

Busque también , por favor, en Google, los libros que tratan de "La vida cotidiana en Grecia y Roma” y le ilustrarán pormenorizadamente.


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
Www.antoniopinero.com

Sábado, 10 de Enero 2015
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Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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