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Cristianismo e Historia

Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilías IV-VI

La doctrina griega impugna la existencia de los dioses

Una de las afirmaciones más serias de Clemente sobre la naturaleza de los dioses era la que recoge el convencimiento del sentido alegórico de los dioses griegos. Porque con ello los mitógrafos “impugnan hasta su misma existencia”. Los que pretenden propalar la fama y la benevolencia de los dioses acaban disolviendo su imagen entre las alegorías de las sustancias del mundo. La seguridad con la que hablaban de sus dioses es consecuencia de su ignorancia sobre la magia y sus poderes. Y lo que eran demonios y magos perversos lo convertían en divinidades.

Los sepulcros de los dioses

Pero en la dialéctica sobre la naturaleza de los dioses, el argumento definitivo es la prueba de que los considerados como dioses inmortales no eran otra cosa que simples mortales. La evidencia es la existencia de sus sepulcros a lo largo y ancho de la geografía de Grecia y del mundo entero. En las montañas del Cáucaso existía el sepulcro de un simple mortal llamado Crono, “tirano salvaje y homicida de sus hijos” (Hom VI 21,1). De su hijo, Zeus, cuenta Clemente que era peor que su padre, pero sus poderes mágicos eran tan grandes que fue considerado nada menos que “dueño del mundo”. Pero una vez que murió, recibió sepultura en Creta, que los “mendaces” cretenses muestran con orgullo y falta de lógica. Podían rotular el sepulcro del padre de los dioses escribiendo algo así como “Aquí yace el inmortal Zeus”.

Y como el argumento es contundente, prosigue Clemente enumerando más sepulcros de otros presuntos inmortales: “En Mesopotamia yacen un cierto Sol en Atros y una cierta Luna en Carras, en Egipto un cierto hombre Hermes, Ares en Tracia, Afrodita en Chipre, Asclepio en Epidauro”. Y lo mismo que de todos éstos, se conocen las sepulturas de otros dioses, reconocidos y venerados como poderosos e inmortales.

En los sepulcros de los dioses yacen hombres normales

La consecuencia evidente es que los que yacen en sus sepulcros no tenían nada de inmortales y eran simples mortales. Sus contemporáneos no les prestaron especial atención por razones obvias. Pero el tiempo todo lo transforma. Los que eran simples hombres acabaron convertidos en dioses y venerados con templos y con festividades. Era sencillo engañarse por algunas cualidades especiales de sus contemporáneos. Y lo que pasó con los que convivieron con Heracles, Dioniso y otros presuntos dioses del panteón griego, ocurrió con los troyanos que adoraron a Héctor, con los que veneraron a Aquiles en la isla de Léucade, con los que adoraron a Patroclo en Opuntio y a Alejandro en Rodas.

Absurdo de ciertas creencias

Ambos contendientes saben que incluso en este tiempo un mero hombre es adorado como dios entre los egipcios. Pero hay algo que debiera llenar a sus devotos de pudor, ya que adoran a volátiles, reptiles y toda clase de animales. Eso es prueba de la necedad de muchos hombres que practican creencias similares sin la menor sensación de vergüenza. Cuentan, por ejemplo, que el mismo Zeus, proclamado y venerado como padre de los dioses y de los hombres, transformándose en cisne, tuvo relaciones sexuales con Leda. Los cuadros que existen con la visión de esas relaciones no serían consentidas con los reyes actuales con el epígrafe de sus propios nombres en ocasiones semejantes.

Necesidad de un gran artesano, poderoso y sabio

Clemente reconoce que no sabe bien qué es Dios, pero actúa siempre con buena voluntad y está seguro de que Dios existe. Un Dios grande y poderoso, principio y fin de todas las cosas. Así como sabe también lo que no puede ser Dios. “Los cuatro primeros elementos no pueden ser Dios, pues han sido hechos por otro. No lo es la mezcla, no el compuesto, no la generación, no el globo visible que rodea todo el universo, ni el sedimento que fluye en el Hades, ni el agua que flota, ni la sustancia hirviente, ni el aire que se extiende desde ella hasta acá” (Hom VI 24,1).

Es decir, ninguno de los elementos que los mitógrafos transformaron en los dioses primigenios no tiene la posibilidad lógica de ser considerado como Dios. Para la mezcla y desarrollo de esos elementos era necesaria la existencia de un gran artesano, de poder ilimitado, unido a una ciencia sin fronteras posibles.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro





Antonio Piñero Domingo, 27 de Julio 2014
Hoy escribe Antonio Piñero

Dijimos que para Pablo tanto los judíos como los gentiles están esclavizados por el Pecado (que es otra manera de decir el Diablo) y necesitan para ser libres –como en la esclavitud real de aquel tiempo-- que alguien pague un rescate por ellos. Pero el esclavo por sí mismo no es un malvado. Sin embargo, el Pecado, como dueño del ser humano antes incluso durante la época mesiánica, según Pablo, puede hacer que un esclavo suyo cometa algo malo contra la Ley de su adversario, el Dios trascendente. Pero el no poder cumplir la Ley no quiere decir que la Ley sea en sí no es mala; es el ser humano el que no acierta a cumplirla por el influjo del Pecado. (Y contra la tendencia general a decir que Pablo abjuró del judaísmo por completo, es bueno recordar que es imposible que un apóstata del judaísmo haya podido escribir lo siguiente sobre la Ley como algo excelente:


12 Así que, la Ley es santa, y santo el precepto, y justo y bueno. 13 Así pues, ¿se convirtió lo bueno en muerte para mí? ¡De ningún modo! Sino que el Pecado, para que apareciera el pecado, por medio del bien, operó para mí la muerte, a fin de que el pecado resultara exageradamente pecador por medio del precepto (incumplido). 14 Sabemos, en efecto, que la Ley es espiritual, mas yo soy carnal, vendido bajo el (poder del) pecado. 15 No entiendo lo que hago; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que odio. 16 Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la Ley en que es buena; 17 pero entonces ya no soy yo quien obra, sino el Pecado que habita en mí. 18 Pues sé que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne, lo bueno; en efecto, querer el bien está junto a mí, mas el obrarlo, no: 19 pues no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. 20 Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el Pecado que habita en mí. 21 Descubro, pues, esta ley: que aun queriendo hacer el bien es el mal el que está a mi lado. 22 Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, 23 pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi mente y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. 24 ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? 25 ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, ciertamente, soy yo mismo quien con la mente sirve a la ley de Dios, mas con la carne, a la ley del pecado (Rom 7,12-25).


Obsérvese que el Pecado está personalizado, como si fuera el Diablo, y cómo el pecado está ligado a la parte corpórea del ser humano, pensado como compuesto de materia (mala) y alma/espíritu = buenos (un dualismo de raíz claramente platónica).

Y en este punto es donde Boccaccini, en su trabajo tantas veces citado, argumenta de nuevo que Pablo piensa al igual que el autor del Libro de las Parábolas de Henoc, a saber sostiene que tanto para el judío como para el gentil la salvación no está en un “apego heroico al cumplimiento de la Ley (es decir, pensar en Dios como el Dios de la justicia) sino en una intervención de la Misericordia divina que actúa aparte de la Ley. El texto básico a este respecto sería el siguiente:

El mundo entero es reo ante Dios, 20 porque ninguna carne será justificada ante él por las obras de la Ley, pues la Ley no da sino el conocimiento del pecado.21 Pero ahora, sin la Ley, la justicia de Dios se ha manifestado, testificada por la Ley y los profetas; 22 la justicia de Dios por la fe de Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna, 23 pues todos pecaron y están privados por su gracia de la gloria de Dios, 24 y son justificados gratuitamente, por la redención realizada en Cristo Jesús, 25 a quien dispuso Dios como propiciación, mediante la fe, por su sangre para mostrar su justicia, al no tener en cuenta los pecados pasados, 26 en la permisividad de Dios; para mostrar su justicia en el momento presente, para ser Él justo y justificador del que pertenece a la fe de Jesús. (Rom 3,19-26).


Trataré de explicar este complicado texto, o quizás más bien un texto muy rico en sentido:

• El mundo entero es reo ante Dios, 20 porque ninguna carne será justificada ante él por las obras de la Ley” quiere decir que tanto judíos como gentiles están en la época mesiánica (en la que vive Pablo) en una situación desesperada: nadie cumple la Ley divina. Ni los judíos a los que la divinidad ha otorgado un Ley completa y llena de detalles, ni tampoco los paganos, a quienes Dios ha grabado en sus corazones lo esencial de la Ley (el Decálogo, en aquellas normas que rigen el comportamiento básico del ser humano con Dios y las normas de convivencia entre los seres humanos = Rom 2,14-15 y ss.). Por ello,

• “ninguna carne será justificada ante él por las obras de la Ley”: nadie es justo ante Dios por dos razones: a) porque nadie es capaz de cumplir la Ley entera y b) porque aunque la cumpliera, después de la falta de Adán y la maldad ínsita en el corazón humano, nadie puede ser declarado justo ante Dios sino por la Misericordia divina porque siempre tiene en su interior un substrato de pecado.

• “sin la Ley”, quiere decir “aparte de la Ley”, es decir, no negando la Ley y su valor, pues al fin y al cabo ha sido Dios mismo el que la ha promulgado, sino como si Dios mirara hacia otro lado y dejara actuar a su Misericordia).

• “por la fe de Jesucristo”: este sintagma es ambiguo en griego y en castellano, y puede significar tanto “por la fe que un creyente tiene en Jesucristo”, como “por la fe/fidelidad de Jesucristo mostrada en aceptar el plan divino que suponía su muerte en cruz. Cualquiera de las dos opciones es válida, aunque ahora muchos intérpretes de Pablo prefieren la segunda.

• “la redención realizada en Cristo Jesús” no nos dice si la muerte de Jesús fue concebida por Pablo como un sacrificio auténtico (Dios se aplaca ante los pecados por la muerte de su Hijo) --concepción que repugna a la mentalidad moderna, empezando por los mismos teólogos de la liberación, que no aceptan que Pablo la defendiera-- , o bien que Cristo muriera por otra razón también inexplicada por Pablo (por ejemplo, que Jesús hubiera muerto solo por dar tiempo a que tanto los gentiles como los judíos tuvieran la posibilidad de convertirse Dios) aquí, pero que se supone que los lectores de la carta sabían.

• “propiciación por su sangre”, es otra frase ambigua para nosotros, pues “propiciación (griego hilastérion) es un palabra muy conocida, pero no sabemos que significa aquí en Pablo. El Apóstol utiliza un lenguaje litúrgico del Antiguo Testamento donde el “propiciatorio” era --en la ley de Moisés (Lv 16,2)-- un objeto que estaba encima del arca de la alianza en el lugar más íntimo del Santuario, el santo de los santos, en donde se mostraba Dios como una nube, in explicr cómo “propiciaba”.

Si leemos Levítico 16,3.5.9.12.15, veremos que la muerte sacrificial de un novillo es un “sacrificio por el pecado”, sin explicitar más. Pero en los vv. 14.18-20 la sangre del novillo y del macho cabrío sirve ante todo para purificar el santuario y el altar de las impurezas de los hijos de Israel, no para expiar los pecados individuales. Además, la expiación por los pecados del pueblo se logra por la emisión al desierto (Lv 16,21-22) de un macho cabrío, en el Día de la Expiación, el Yom Kippur, que no es sacrificado en el santuario. Así que para un lector gentil del siglo I la alusión de Pablo al propiciatorio, salvo que la hubiere explicado oralmente a sus conversos, quedaba muy oscura.
En todo caso sólo quedaría semiclaro, por lo que escribe a continuación, “en la sangre” de Cristo, a saber que la redención realizada por Dios en Cristo es un acto que debe entenderse en el ámbito de los sacrificios del Templo (con derramamiento de sangre) y con su mismo efecto. Si esta interpretación es correcta y conforme a lo que creemos ser el sentido general del pensamiento de Pablo, la redención realizada en Cristo Jesús ha de referirse al
evento de la cruz, que fue un suceso sangriento y lo más parecido a un sacrificio.

• “al no tener en cuenta los pecados pasados, 26 en la permisividad de Dios”: es esto lo que denominamos Misericordia divina y que consiste simplemente en que Dios “mira para otro lado”.

• “para mostrar su justicia en el momento presente, para ser Él justo y justificador”. Curiosamente, en este momento también Dios sigue siendo “justo”, pero su “justicia” hay que entenderla desde otra perspectiva, también paulina: Dios es “justo” porque siempre cumple sus promesas; en este caso por la alianza contraída con Abrahán, que implica también a los gentiles, puesto que Dios le prometió que él “sería padre de numerosos pueblos” (se sobreentiende, gentiles): Gn 17,5.

• “el que pertenece a la fe de Jesús” se entiende mejor como “aquel que pertenece al grupo de los que creen en Jesús”, es decir, que lo aceptan como Mesías teniendo fe en él.

Y en este momento que parece totalmente desesperado para el sr humano, puesto que no puede escapar por sí mismo Dios su situación desesperada es Dios reacciona, pues el hombre es incapaz de salir del control del Pecado si no viene una fuerza externa que lo rescate:


6 En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo oportuno (la plenitud de los tiempos, según Gál 4,4), Cristo murió por los impíos. 7 En verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atreva alguien a morir. 8 Dios presenta sus cartas de recomendación de que nos ama en que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. 9 ¡Cuánto más, pues, justificados ahora por su sangre, seremos salvados por él de la cólera (divina en el día del Juicio, que está cerca)!

Estaba la humanidad sin fuerzas, como un esclavo agotado por su situación, y Dios justifica –es decir, lo declara amigo suyo perdonándoles los pecados pasados-- a pesar de que en el momento en el que lo perdona es un enemigo suyo… ¡por ser pecador!


En estos quedan claras, pues dos ideas paulinas importantes: el ser humano no puede por sí mismo salir de la situación de pecado. Y se salva por pura Misericordia porque Dios lo perdona cuando aún es pecador. La Misericordia triunfa, pues, sobre la Justicia = la misma perspectiva que el Libro de las Parábolas de Henoc.

Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com


Antonio Piñero Viernes, 25 de Julio 2014
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilías IV-VI

La nada de los dioses griegos

El debate entre Apión y Clemente deja claras las posturas de los dos contendientes. Unas posturas que delatan creencias hondamente arraigadas en sus mentes y en sus corazones. Los dioses griegos, tan importantes en la visión de Apión y sus colegas consejeros, son poco menos que nada en la criteriología religiosa de Clemente. Su explicación alegórica lleva per breuiorem a lanada existencial. Son, en efecto, más ficción que realidad. Una ficción que existe más en la imaginación del devoto que en la realidad histórica de los hechos. Una ficción que no puede ayudar en las encrucijadas de la vida ni puede proporcionar al hombre religioso una salvación anhelada.

Los “sabios” son más bien demonios perversos

Clemente denomina “demonios perversos” a los inventores de tales fábulas envueltas en hermosa literatura. Tratan de imbuir en la humanidad actitudes más que discutibles con la idea de colmar las aspiraciones de los hombres de a pie, deseosos de imitar a los hombres nobles, en los que se reflejan las conductas de los llamados dioses. Y concreta su idea diciendo: “Me refiero a los parricidios, homicidios de hijos, relaciones íntimas impías con madres, hijas o hermanas, adulterios indecorosos, sodomías, prácticas impuras, además de otras infinitas relaciones inicuas” (Hom VI 18,1a).

Los perversos mitógrafos deberían ocultar las indecencias de los distintos dioses con relatos decorosos, que dejaran a salvo por lo menos el recuerdo de los dueños del mundo. Pero hacen precisamente lo contrario. Parece como si quisieran destacar la impiedad de sus acciones. Además, “al estar expuestas alegóricamente, apenas y con esfuerzo pueden ser entendidas”. Se esfuerzan en dar esplendor a formas reprensibles de comportamiento.

Mejor revestir la conducta de los dioses con alegorías decentes

Clemente se atreve a juzgar a los que emplean su arte en embaucar a los hombres sencillos, desprovistos de la defensa necesaria frente al arte y la dialéctica de los sabios. “Sin embargo, apruebo a los que las revisten con alegorías decentes, como a los que imaginaron el enigma de que de la cabeza de Zeus surgió la prudencia. Pero quizás es más fidedigno para mí que los hombres malvados quitan la gloria de los dioses atreviéndose a promulgar sus insolencias” (Hom VI 18,4). Pero toda la alegoría poética, que reviste la historia de los dioses, carece de la más elemental coherencia.

Los poetas atrapados por la razón

Los mismos poetas se sienten atrapados por loa razón. Al hablar del universo y su orden, afirman unas veces que ha sido obra de la naturaleza. Pero cuando contemplan su magnífico ordenamiento, se ven obligados a introducir conceptos como el de un entendimiento superior. Es decir, “como no pueden demostrarlo sencillamente a causa de lo complicado del mundo, implican también la previsión del entendimiento hasta el punto de convencer hasta a los mayores filósofos”, que acaban pensando en la necesidad de una especie de providencia inteligente y poderosa. Lo que daría la razón a las tesis defendidas por Clemente.

Se implica en su propio razonamiento concretando su criterio. “Si el mundo se hizo automáticamente por la naturaleza, ¿cómo recibió luego la proporción y el orden, siendo así que puede surgir por una sola prudencia desbordante, comprendida y llevada a la perfección por la ciencia sola?” (Hom VI 19,4). No comprende el cristiano cómo es posible que las cosas lleguen a la existencia de forma automática y surjan de la nada como una obra perfecta con un orden y unas carreras perfectamente armonizadas. Así lo entienden los hombres de todas las culturas, muchos de ellos sin comprender la razón de su ordenamiento.

Negación de la existencia de los dioses

“Los que quieren desviar mediante alegorías las cosas divinas hacia lo vergonzoso, -como que Metis fue devorada por Zeus-, han caído en un problema, al no comprender que los que explican de forma ambigua la naturaleza física de los dioses, impugnan hasta su misma existencia, pues disuelven su imagen con las alegorías entre las sustancias del mundo” (Hom VI 20,1). Es el gran argumento de Clemente frente a las tesis de los filósofos y poetas paganos. El esfuerzo en explicar la existencia y la conducta de los dioses mediante alegorías, lleva consigo el peligro de reducir a la nada su misma existencia.

Su conclusión no puede ser más explícita: “Es más convincente decir que los dioses, objeto de sus cantos, fueron unos magos perversos que, siendo hombres perversos, transformados por la magia, disolvían matrimonios, destruían vidas” (Hom VI 20,2). Eran, en consecuencia, la ruina de la humanidad los que la literatura de poetas y filósofos calificaban de “dioses inmortales” y “dioses salvadores”.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro













Antonio Piñero Domingo, 20 de Julio 2014



Hoy escribe Antonio Piñero


Decíamos al final de la postal de la semana pasada que una lectura del libro de las Parábolas de Henoc puede ayudarnos a entender pasajes de los Evangelios y de Pablo. En el trabajo mencionado al inicio de esta serie, Boccaccini apunta a otros pasajes neotestamentarios:

• La parábola de la oveja perdida (Mt 18,12-14 / Lc 15,4-7 es un ejemplo de cómo se definen las relaciones entre Dios y “los otros”, pecadores, desde el punto de vista de un Jesús apocalíptico.

• La parábola del hijo pródigo abunda en el tema, pero además añade otro: las relaciones entre los justos y “los otros”, es decir, los que “tienen honor” y se salvarán porque nunca han abandonado la casa del Padre y los que “no tienen honor” pero se salvarán porque han abandonado “las obras de sus manos”.

• La parábola de los obreros de la viña (Mt 20,1-16: “El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña...”. El propietario había contratado a sus obreros por un denario al día, pero al final da el mismo salario (la salvación completa e igual) a los que han trabajado todo el día = los justos y a los que han trabajado sólo al final = “los otros”. Es lo mismo que dice el Libro de las Parábolas de Henoc, en su cap. 50 (citado en la postal anterior) que hará Dios en el Juicio Final:

“Ellos también cobraron un denario cada uno. 11 Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, 12 diciendo: “Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.” 13 Pero él contestó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? 14 Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti. 15 ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?”.”


Boccaccini aporta ejemplos que sirven de contraste entre los rabinos posteriores, que no son ya apocalípticos, y Jesús junto con los henóquicos. Los rabinos tienen un concepto diferente como se deduce de algunas discusiones rabínicas posteriores. En ellas se los ve insistiendo en que la Justicia y la Misericordia divina en el Juicio final tienen que estar equilibradas. Así en el tratado Sotah 1,7-9 se defiende que “Con la medida con la que midas se te medirá” (en el Juicio final “se te medirá” es lo que se denomina “pasivo divino” = una expresión sintáctica para evitar nombrar el sujeto de la frase, es decir, Dios). Y luego repite “con la misma medida se te medirá”. Aquí se insiste en que Dios castiga las malas acciones con la misma medida de su Justicia con la que su Misericordia / Gracia premia las buenas acciones.

Un inciso importante: según los rabinos y dada la mala inclinación del hombre siempre propenso al pecado, ya que su corazón es maligno heredado de Adán, Dios no está nunca obligado a premiar las buenas acciones, sino que siempre actúa por gracia. Con otras palabras no hay una especie de automatismo “buenas acciones” / obligación de Dios de premiarlas, puesto que el hombre hace simplemente lo que debe hacer sino que siempre es por gracia. El “rabino” Antígono de Soco, del +- 170 antes de Cristo fue el inventor de la famosa frase: “Siervos inútiles somos. No merecemos recompensa alguna. Hicimos solo lo que teníamos que hacer”, idea que retoma también Jesús. Y cuando éste afirma “Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y con la medida con que midáis se os medirá”, se está refiriendo primariamente al perdón de las ofensas del prójimo como hace Dios, y solo en segundo plano al Juicio Final.

En la Tosefta (textos rabínicos dignos de consideración pero que no entraron en la Misná por diversos motivos) Sotah (3,1ss) se afirma que la “medida de la misericordia divina es quinientas veces más grande que la de la Justicia… Pero no llegan a oponerse las dos cualidades divinas como en la parábola de los viñadores, de tal modo que el dueño de la viña causa la ira de los justos que han trabajado todo el día cuando premia a todos por igual. El pensamiento rabínico, aun recalcando la Misericordia, de algún modo hace hincapié en la Justicia haciendo decir a Dios al final de una parábola relativamente semejante que “Este hizo en dos horas lo que tú en todo el día” (Talmud de Jerusalén, tratado Berakhot 2,8).

Conclusión: aquí Jesús se halla mucho más cerca del pensamiento henóquico de la Gracia respeto a los “otros” que el pensamiento rabínico posterior.

Pablo como pensador apocalíptico. La importancia del mal y del pecado

En su trabajo Boccaccini sigue aplicando una estructura mental tomada del libro de los Parábolas de Henoc para comprender mejor el, a veces complicado, pensamiento de Pablo de Tarso.

Ciertamente es oportuna esta aplicación, puesto que el mal / pecado, la libertad, y el perdón de los pecados ocupa un puesto relevante en el pensamiento paulino. En efecto, en Romanos (una carta escrita a unos lectores gentiles de modo directo, como lo dice en la carta repetidas veces, pero a la vez con un ojo puesto en los judeocristianos que van a leer también la carta) sostiene Pablo que Dios ha perdonado los pecados a través de la muerte de Jesús por pura misericordia y gracia (aunque habla de justicia, es decir de fidelidad divina al Pacto con Abrahán (que, según Pablo vale tanto para judíos como para gentiles si creen en Jesús como mesías):

Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, 22 justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen -- pues no hay diferencia alguna; 23 todos pecaron y están privados de la gloria de Dios -- 24 y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, 25 a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, habiendo pasado por alto los pecados cometidos anteriormente, 26 en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús (Rom 3,21-26).

Pero, a la vez, Pablo insiste que los preceptos divinos deben cumplirse siempre, de lo contrario Dios actuará con ira en el Juicio. En efecto, anteriormente había recordado a sus lectores que la vida de los judíos está regulada por la Torá, y que la de los gentiles está igualmente regulada por la Torá, pero naturalmente sólo en aquellas partes que son eternas y de validez universal, que Dios tuvo cuidado de imprimir en el corazón de todo mortal:

12 Pues cuantos sin ley pecaron, sin ley también perecerán; y cuantos pecaron bajo la ley, por la ley serán juzgados; 13 que no son justos delante de Dios los que oyen la ley, sino los que la cumplen: ésos serán justificados. 14 En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; 15 como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza...16 en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres, según mi evangelio (= mi predicación), por Cristo Jesús (Rom 2,12-16).

Esta idea de la ley natural es propia del mundo de la filosofía griega, pero había sido asimilada por el pensamiento más o menos culto del judaísmo helenístico, al que pertenece Pablo. En el día del Juicio Dios retribuirá a cada uno según sus obras:

7 a los que, por la perseverancia en el bien busquen gloria, honor e inmortalidad: vida eterna; 8 mas a los rebeldes, indóciles a la verdad y dóciles a la injusticia: cólera e indignación. 9 Tribulación y angustia sobre toda alma humana que obre el mal: del judío primeramente y también del griego; 10 en cambio, gloria, honor y paz a todo el que obre el bien; al judío primeramente y también al griego (Rom 2, 7-10).

Por tanto, como puede verse, y a pesar de apelar a la misericordia, Pablo de ningún modo elimina la validez de la ley de Moisés, que es la que Dios expresión a Decálogo, para la salvación en general (como sostienen tanto la teología católica como la protestante en general en especial la luterana sin hacer las convenientes distinciones) y sostiene que quien la cumpla, obtendrá de Dios la salvación.

A este propósito obsérvese que –como buen judío helenístico-- en el fondo está diciendo Pablo, con otros autores judíos anteriores sobre todo de Alejandría, que el concepto de ley natural fue copiado por la filosofía griega de Moisés…, solo que mantenían en secreto sus lecturas, y que esta ley de Moisés, en su aspecto de ley natural y universal es la vara del juicio divino, según su predicación pública de los efectos en la vida del creyente de la vida y muerte del Mesías. El problema, para Pablo, no es la Ley en sí, sino el Pecado (con mayúscula, como personificado). La presencia del Pecado en el mundo es un problema general y cita para probarlo diversos pasajes de la Escritura en Rom 3,10-18.

Pablo, al igual que los henóquicos, defiende que el origen del mal/pecado en el mundo es sobrehumano: procede del pecado de los ángeles rebeldes, que ya hemos comentado. Y como consecuencia, Satanás y sus huestes son los que controlan este mundo inferior (al celestial) por medio del dominio general del pecado. Satanás es el gran arconte (= jefe) de este universo (2 Cor 4,4, entre muchos textos paulinos que hablan de Satanás como el que manda en este universo sublunar). Por ello, el Mesías está empeñado en una batalla cósmica contra Satanás y sus satélites que no concluirá sino con el reino del Mesías, cuando este, ya resucitado, y con la ayuda de Dios padre venza a todos los enemigos y los ponga bajo sus pies y los de sus fieles (Rom 16,20: “Y el Dios de la paz aplastará bien pronto a Satanás bajo vuestros pies”). En 2 Cor 6,15, “¿Qué armonía hay entre Cristo y Beliar?”, un discípulo de Pablo, que parece esenio, o henóquico, introduce esta idea en pasaje que considero una glosa (2 Cor 6,14-7,1).

Pero, además de esta idea general, que es henóquica y también de otros judíos de la época del Segundo Templo (hasta el 70 d.C.), está complementada en Pablo por otra idea --también judía pero a la que otros compatriotas otorgan solo una importancia relativa, sin llegar nunca a la idea de un “pecado original”, casi expresada por el Apóstol y formulada con precisión por san Agustín--, a saber la enorme importancia del pecado humano de Adán.

En contra de Bocaccini (quien por una parte afirma que en Pablo el origen del mal es suprahumano; y, por otra, sostiene que el pecado de Adán ocupa en el Apóstol el lugar del pecado de los ángeles rebeldes = sentencias que en sí contradictorias), pienso que el pecado de Adán es complementario al de los ángeles y que Pablo insiste mucho en él por un doble motivo:

a) para explicar por qué los seres humanos –todos, absolutamente todos, descendientes de Adán-- han heredado una inclinación hacia el mal (rabinos) / un corazón maligno (IV Esdras), y

b) para destacar la participación del mesías, Jesús, como humano obediente en extremo al plan divino que contrarresta con máxima efectividad el pecado adámico.

El pecado de Adán se contrarresta por la obediencia del segundo, nuevo o último Adán = el Mesías. Según Pablo el “sacrificio” (el Apóstol nunca lo dice directamente, pero sí indirectamente con muchas metáforas sacrificiales) del Mesías fue necesario porque el domino del Mal / Satanás / Pecado era cósmico. Pablo está de acuerdo con los henóquicos en radicalizar el poder del mal: “Tanto judíos como griegos, = todos, están bajo el pecado, como dice la Escritura: No hay quien sea justo, ni siquiera uno solo” (Rom 3,9). Al perder Adán y Eva la batalla contra Satanás (interpretación de la época de Gn 3), todos los seres humanos quedan bajo el poder del pecado.

Pero, a pesar de todo, en Pablo dominará también la idea de la gracia divina respeto al pecador y afirmará que el ser humano, cuando era aún pecador, fue objeto de esta misericordia /gracia divina, al enviar a su hijo y hacer que muriera por los pecadores… Insisto, cuando aún lo eran y, por tanto, enemigos suyos.


Seguiremos con esta idea y veremos que para Pablo tanto los judíos como los gentiles, esclavizados, ganarán gracias al Mesías la batalla final contra el pecado apoyados en la gracia y la misericordia


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Antonio Piñero Viernes, 18 de Julio 2014
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilías IV-VI

Peligros de la explicación alegórica de los dioses

Explicaba Clemente en días pasados su comprensión de los criterios de Apión en la interpretación alegórica de los Mitos. Una manera de interpretar la creencia en los dioses, que prácticamente significaba su no existencia. Porque si, en efecto, la identidad de los dioses, su personalidad y sus gestas no eran otra cosa que una alegoría, podía Clemente concluir que se trataba de ficciones más que de realidades.

Ficción es igual a irrealidad

Así lo hace Clemente con lógica absolutamente razonable. Los historiadores, lo mismo que los filósofos y por supuesto los teólogos, llegan a la misma conclusión. Los dioses son un invento de filósofos y literatos, que trazan los perfiles de sus divinidades con criterios de imaginación y de ficción. Es decir, lo que la Biblia afirmaba en el Salterio, son imágenes que no piensan, ni hablan, ni quieren ni pueden ayudar a la humanidad. Los tres grandes dioses primeros Plutón, Neptuno y Zeus son una explicación del natural desarrollo del Caos primitivo.

Lo mismo ocurre con otros dioses y diosas, cuya personalidad se reduce a una visión alegórica de fenómenos de la naturaleza. En palabras de Clemente, “todas estas cosas tienen un cierto sentido alegórico”. Como también decía el mismo Apión, se trata de explicaciones que no se deben tomar en serio. Afirmaciones tan peregrinas dejaban perplejo a Clemente, hasta el punto de que Apión sospechaba que su buen amigo no prestaba ni atención ni fe a sus explicaciones sobre la esencia de los dioses y sus gestas. Recordábamos la convicción de Plutarco en el sentido de que una cosa es la historia y los sucesos considerados como históricos o reales, y otra muy distinta la ficción, fruto de la imaginación.

Crono y Afrodita

Fue entonces cuando Clemente aceptó el reto de repetir y completar las explicaciones de su amigo pagano. Si Apión había resumido demasiado sus explicaciones en aras a facilitar la comprensión a sus oyentes, la palabra de Clemente aclaraba las cosas y llenaba los olvidos o las omisiones de su amigo. Tal era el caso de Cronos y Afrodita. Por lo escuchado a lo largo del debate y lo que había aprendido en ambientes paralelos, Clemente llegaba a la conclusión de que “Los vínculos de Crono son la complexión del cielo y la tierra, como he oído decir a otros que hacen una interpretación alegórica. Pero la amputación de sus genitales es la separación y la distinción de los elementos. Porque todas las cosas fueron amputadas y separadas de su propia naturaleza para ser colocadas cada una aparte” (Hom VI 13,1).

Por su parte Afrodita, “la que surgió del abismo del mar, es una sustancia húmeda fecunda, con la que al unirse el espíritu cálido, provoca el deseo de la unión amorosa y lleva a término la hermosura del mundo”. La realidad narrada por los mitógrafos nada tiene que ver con estas elucubraciones, que suenan más a pretextos o escapatorias por falta de recursos dialécticos para justificar los relatos de poetas y filósofos.

Conclusión de Clemente

El debate va camino de una negación dialéctica de todo el valor de la doctrina griega. Dice Clemente con cierto sentimiento de alivio: “Me admiro de que, cuando estas cosas pueden aclararse con sencillez manifiesta, los que las ocultan con retorcidos enigmas y las encubren con mitos perversos son considerados por ti como prudentes y sabios. Ellos, como dominados por un mal demonio, han tendido emboscadas casi a todos los hombres. Pues o estas cosas no son enigmas, sino verdaderos pecados de los dioses, por lo que no convenía subrayarlos ni proponerlos por sistema a los hombres como ejemplos a imitar, o eran interpretados alegóricamente como falsamente realizados por los dioses. Luego se equivocaron, Apión, porque los que tú llamas sabios, al encubrir las cosas sagradas con mitos profanos, incitan a los hombres a pecar ultrajando incluso a los que ellos creyeron que eran dioses” (Hom VI 17,1-3).

Culpabilidad de los mitógrafos

En consecuencia, los narradores de mitos, considerados por Apión como sabios y prudentes, son más bien una especie de demonios perversos, que ocultan las verdades sencillas detrás de retorcidos enigmas o proponen conductas desviadas como ejemplos a imitar. De todo se desprende una conclusión expresada con absoluta claridad: Se equivocaron, Apión, los que tú llamas sabios, porque encubrieron cosas sagradas con mitos profanos y acabaron ultrajando a los que ellos mismo consideraban como dioses verdaderos.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro


Antonio Piñero Lunes, 14 de Julio 2014
Hoy escribe Antonio Piñero


Desarrollamos hoy lo que dijimos la semana pasada acerca de que veríamos cómo la idea cristiana (del Evangelio de Marcos) de que el Mesías vino al mundo, entre otras cosas, para perdonar los pecados es una variante del pensamiento henóquico, es decir, de los seguidores judíos apocalípticos de una suerte de teología formada en torno a la creencia de que Dios había otorgado revelaciones sobre el final de los tiempos a Henoc, el patriarca antediluviano.

El pensamiento henóquico mantuvo ciertamente la idea de que el mal –cuyo origen es suprahumano, es decir, provocado por una falta “original” angélica de rebelión contra Dios y luego contagiado a los humanos-- había invadido tanto a judíos como a gentiles…Pero una vez asentada esta premisa, era necesario resolver el problema de cómo se salvaban los seres humanos ¡al menos algunos! Según Boccaccini, la tradición henóquica del siglo I d.C. había intentado resolver este problema de diferentes modos. En el Libro de las parábolas de Henoc (recordemos que se ha transmitido dentro de 1 Henoc 37-71 = Apócrifos del Antiguo Testamento vol. IV) se afirma que, tras la resurrección general de los muertos, en el Juicio final, Dios y su mesías, un “hijo de hombre” salvarán a los justos y condenarán a los injustos, es decir, según sus obras.

Creo interesante leer estos pasajes:


« 51 1 En esos días la tierra devolverá su depósito, el Sheol (una especie de “infierno”) retornará lo que ha recibido, y la destrucción devolverá lo que debe. 2 Y él elegirá a los justos y santos de entre ellos, pues estará cerca el día en que éstos sean salvados. 3 El Elegido en esos días se sentará sobre mi trono, y todos los arcanos de la sabiduría saldrán de su prudente boca, pues el Señor de los espíritus se los ha dado y lo ha ensalzado. »


Después viene el Juicio que está descrito, sin embargo, en el capítulo anterior:


« 50 1 En estos días habrá un cambio para los santos y escogidos: la luz del día permanecerá sobre ellos, y gloria y honor volverán a los santos. 2 En el día de la angustia se volverá contra los pecadores su propia maldad, y triunfarán los justos en el nombre del Señor de los espíritus. Y lo hará ver a otros para que se arrepientan y dejen la obra de sus manos; 3 no tendrán gloria en el nombre del Señor de los espíritus, pero en su nombre serán salvos, y el Señor de los espíritus se compadecerá de ellos, pues mucha es su misericordia. 4 Justo es él en su juicio; ante su gloria, la iniquidad no prevalecerá en el juicio. Quien no se arrepienta ante él, perecerá. 5 «A partir de este momento, no me compadeceré», ha dicho el Señor de los espíritus.
 »

Obsérvese en este curioso texto cómo el autor dibuja tres grupos:

• Los santos = los justos que tienen “honor y gloria” es decir, que han obrado buenas obras y Dios les otorga honor.

• Los pecadores, que no tienen honor ni gloria y que perecerán por su propia maldad.

• Los “otros”, es decir, algunos paganos que se arrepienten y “dejan las obras de sus manos”, es decir, sus malas obras.

Así pues, estos “otros” se salvarán en el día del juicio por el arrepentimiento (“Quien no se arrepienta perecerá”): Ciertamente los paganos arrepentidos, “no tendrán gloria en el nombre del Señor de los espíritus, pero en su nombre serán salvos, y el Señor de los espíritus se compadecerá de ellos, pues mucha es su misericordia”. Estos paganos se salvarán, pues, ante todo por la compasión y la misericordia divina. Comenta Boccaccini:

“Según el autor del Libro de las Parábolas (LP) los justos se salvarán de acuerdo con la justicia y misericordia de Dios; los pecadores serán condenados también “de acuerdo con la justicia y misericordia de Dios”. Pero los “otros”, los que se arrepienten serán salvados ante todo por la misericordia de Dios.

Aunque nos cueste comprenderlo hoy día, el autor judío dice que los paganos arrepentidos, los que no tienen gloria ni honor se salvan no por la Justicia divina sino por la Misericordia. Esta idea implica que a pesar del arrepentimiento de los “otros”, paganos, el autor judío de las Parábolas piensa que en todo ser humano subsiste una especie de estado de pecado que proviene, sin duda, de la falta primigenia de Adán de la que son herederos; los judíos –en su opinión—por ser miembros naturales de la Alianza con Abrahán sí logran zafarse de los restos del pecado de Adán y se salvan con “honor y gloria” si cumplen la ley de Moisés.

Pues bien, la idea cristiana primitiva de que el Mesías recibe de Dios el poder de perdonar los pecados, no solo a los judíos sino también a los paganos, sería considerada como bastante radical para algunos judíos de la época de Jesús, puesto que no es doctrina común judía que el mesías perdonará los pecados. Sin embargo, cuando el evangelista Marcos lo afirma de Jesús mesías (2,10) no lo hacía saliéndose del pensamiento judío apocalíptico, ya que esta afirmación puede interpretarse muy bien como una variante del sistema teológico henóquico. Así pues, el concepto de la existencia de un tiempo de arrepentimiento anterior al juicio, la profecía henóquica de que en ese tiempo algunos paganos arrepentidos (“los otros”) se salvarán y que otros “no arrepentidos” se condenarán puede ser una de las premisas necesarias del pensamiento de Juan Bautista y de Jesús, quienes según los evangelistas (probablemente en contra de la verdad histórica) dirigieron su mensaje de arrepentimiento y juicio no solo a los judíos, sino también a algunos paganos.

Piénsese además que cuando Pablo recibe de Dios la misión de predicar su “evangelio”, es decir, la buena noticia de la salvación también de los paganos gracias a la muerte y resurrección del Mesías Jesús --acto en el que la Misericordia divina ha perdonado el pecado a todos los seres humanos hasta ese momento--, no está fuera ni mucho menos del pensamiento judío de algunos grupos apocalípticos. Pablo cuando, lo sostiene en Gálatas, no parece pensar que su misión a los paganos esté, ni mucho menos, fuera del pensamiento judío:

Viendo (los dirigentes de la comunidad judeocristiana de Jerusalén, Pedro, Santiago el hermano del Señor y Juan que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, 8 -- pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme apóstol de los gentiles -- 9 y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos (Gál 2,7-9).

Insisto en que, según los evangelistas, Pablo tiene un precedente en Juan Bautista y en Jesús. Según éstos, la inminencia del Gran Juicio antes de la venida del Reino, momento en el que la tierra será purificada con fuego, hace urgente el arrepentimiento y el perdón de los pecados no solo para los judíos, sino también para aquellos “otros” que en esta tierra no “tienen ante Dios honor ni gloria” (= los otros, que en estimación serán muy pocos). Si no se bautizan con agua, serán bautizados con el fuego del Juicio, un juicio presidido por delegación de Dios por el Hijo del hombre.

Así parece que era entendido el mensaje de Juan Bautista por los evangelistas sinópticos (Mt, Mc Lc), un mensaje que se complementará y cambiará con la tradición ya judeocristiana, a saber que el mesías, además de con el agua, bautizará con el Espíritu santo (Mt 3,11: “Yo os bautizo en agua para la conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”).

Ideas semejantes en cuanto al arrepentimiento se expresan sobre Adán, que naturalmente no era judío, en el escrito apócrifo “Vida de Adán y Eva” (probablemente del siglo I d.C.). El pecador Adán hace penitencia de su gran pecado inmerso durante 40 días en las aguas del Jordán (¡donde luego bautizará Juan Bautista!), movido por la esperanza de que “Dios tendrá misericordia de mi” (4,3). Por ello, aunque no se le conceda volver al paraíso, el primer estado antes del pecado, sin embargo, sí le otorga Dios el que su alma no sea condenada eternamente, como merecía su pecado, sino que sea transportada al cielo. Así pues, triunfa la misericordia divina, a pesar de que Satanás se queje ante Dios de que ha perdido su presa, el alma de Adán.

En la interpretación cristiana, Juan Bautista, que es solo el precursor, anuncia únicamente el arrepentimiento y la esperanza del perdón gracias a la misericordia divina. Pero Jesús, que es el mesías, tiene poderes superiores. Como Hijo del hombre, ya en el sentido cristiano de título mesiánico/cristológico, y como mesías tiene poder sobre la tierra de perdonar los pecados (Mc 2,10-11: “Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -- dice al paralítico --: 11“A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”). Además otorga a sus discípulos este poder (Mt 16,19: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”), gracias al bautismo –en agua y en Espíritu santo-- que administran sus delegados a los creyentes. Por último, también como mesías e Hijo del hombre, cuando llegue el tiempo del Juicio, volverá como Hijo del hombre a la tierra ya que es el delegado de Dios para ese Juicio.

Como perdonador de los pecados, el mesías Jesús no ha sido enviado a los justos, sino a los pecadores (Mt 2,17). Aunque ciertamente Jesús ha sido enviado solo a las ovejas de Israel (Mt 10,6), ha venido no a redimir a los justos, que no les hace falta, sino solo a los pecadores, puesto que los justos (= los sanos) no necesitan el “médico”, sino los pecadores (Mc 2,17 y Mt 9,13). O como dice el Jesús lucano expresamente “No he venido a llamar a los justos a la penitencia, sino a los pecadores” (5,32).

Así pues, creo que Boccaccini tiene razón cuando ilumina las misiones de Juan Bautista, de Jesús y de Pablo, a través de una lectura del libro de las Parábolas de Henoc, es decir, del ambiente apocalíptico que reinaba en el Israel del siglo I en el que se ve claro que los “otros”, los paganos, se salvarán no por la justicia divina, sino ante todo por la misericordia.


Seguiremos con este interesante tema.

Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com


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Antonio Piñero Viernes, 11 de Julio 2014
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Literatura Pseudo Clementina

Homilías IV-VI

La alegoría de los Mitos destruye la realidad de los dioses

El debate entre los amigos Clemente y Apión se enredaba en los laberintos complicados del sentido y explicación de los Mitos de los griegos. Huyendo Apión de la dialéctica de Clemente y de la lógica de la doctrina cristiana, acababa defendiendo el sentido alegórico de los Mitos. Ello comportaba problemas tan serios como la negación misma de la existencia real o histórica de los dioses. Los relatos alegóricos tenían una cierta realidad, pero solamente en el ámbito literario. Lo que para Plutarco tendría sentido de ficción, no de hechos sucedidos y comprobables. Las explicaciones alegóricas tenían una carga notable de belleza, pero muy lejos de lo que para Aristóteles representaba tò genómenon, “lo sucedido”.

Con razón afirman algunos autores que las obras pseudo clementinas tienen, entre otras cosas, una exposición de loa Mitología de los griegos. Una explicación amplia seguida de una interpretación desde puntos de vista cristianos. Pero la interpretación es una consecuencia de la mentalidad del autor, conocedor reconocido y confeso de sus conocimientos de los Mitos y de sus consecuencias morales. De acuerdo con los autores griegos, reconoce Clemente que “Hubo un tiempo en que nada existía, excepto el caos y una mezcla confusa de los elementos desordenados, todavía desorganizados. Esto lo reconoce la naturaleza, y los hombres grandes piensan que así eran las cosas” (Hom VI 3,1). Menciona a Hesíodo y Orfeo como autores de las doctrinas que están en la base de la construcción mitológica de la cultura religiosa de Grecia.

El Caos original y su evolución

En consecuencia, Clemente da explicaciones del origen del Caos y su evolución hasta el nacimiento de los seres vivos. “Para mí, afirma Clemente, Crono es el tiempo, y Rea es el principio fluido de la esencia húmeda. Porque toda la materia llevada por el tiempo, al rodearlo todo como un huevo, engendró el cielo esferoide” (Hom VI 5,1). La fuente de su dialéctica y de su argumentación brota de un conocimiento experimentado de lo que fue la cultura de sus padres y la suya propia antes de su encuentro con Pedro y la consiguiente transformación.

Plutón, rey del Hades

Continúa el relator explicando el origen y el destino de Plutón, como rey del Hades y de los muertos, partiendo de la doctrina de Orfeo. Cuando el huevo primitivo se desgarró, salieron diversas sustancias, de las cuales la más pesada y la más inferior descendió hacia abajo. Y precisamente por su gravedad, su peso y su gran cantidad de sustancia yacente recibió el nombre de Plutón, rey y señor del Hades y de sus habitantes. Se cuenta, dice Clemente, que esta sustancia fue devorada por el tiempo.

Poseidón, Zeus y Metis

La explicación alegórica de los Mitos deja en evidencia la irrealidad vital de los dioses, convertidos en meras ficciones y perspectivas de aspectos de la naturaleza. De esta manera, Plutón, “Esta primera y abundante sustancia, impura y áspera, fue devorada por Crono, el tiempo, naturalmente por su hundimiento en la profundidad. Después del primer sedimento, llamaron Poseidón al agua que confluye y que flota sobre la primera sustancia. Al restante tercero, el más puro y más eminente, llamaron Zeus porque era de fuego brillante a causa de su naturaleza hirviente. Pues como el fuego asciende hacia lo alto, no fue devorado por Crono, el tiempo, como las cosas inferiores, sino que, como ya he dicho, su naturaleza que es ígnea, vital y tiende a las alturas voló hacia el mismo aire, que es también el más prudente por su pureza. Zeus, pues, por su propio calor, es decir, su naturaleza hirviente, hace subir el simple y divino espíritu que queda en la humedad subyacente, al que denominaron Metis” (Hom VI 7).

Con semejantes criterios explica Clemente las “personalidad” de Palas, que es la inteligencia de Zeus, llamada Palas por sus palpitaciones. Lo mismo hace con Hera que es el aire, y por ser derivada de la purísima sustancia del éter y perteneciente a un conjunto de lo mejor, fue considerada hermana de Zeus. Luego, por estar como mujer sometida a su poder, fue juzgada como su esposa. Desde los mismos principios, presenta a Ártemis la virgen y a Dioniso, el agitador. Y por esas razones Deméter era la tierra, Proserpina era las semillas, Dioniso era el símbolo de la vid (Hom VI 9). Y así sucesivamente.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro








Antonio Piñero Domingo, 6 de Julio 2014
Hoy escribe Antonio Piñero

Continuamos hoy con la exposición y debate de la primera de las ponencias del Congreso de Roma sobre Pablo como escritor judío del siglo I dc., “Las tres vías de salvación de Pablo, el judío” de Gabriele Boccaccini.

Todos los investigadores están de acuerdo en que, al comienzo, el judeocristianismo era solo un movimiento mesiánico. Pero ¿qué significaba esto? ¿Sólo que se seguía pensando que Jesús había anunciado la inmediata venida del Reino de Dios, que ese mismo Jesús era el mesías y que se estaba viviendo el final de los tiempos? Ciertamente sí a todo esto, pero también algo más. El judeocristianismo que abrazó Pablo cuando pasó a sus filas significaba sobre todo aceptar una cosmovisión apocalíptica del mundo, que incluía ofrecer una explicación del porqué el mesías había venido al final de los tiempos. Según Boccaccini, la respuesta era que Jesús había venido como el “Hijo del hombre” con autoridad para perdonar los pecados sobre la tierra (Mc 2).

Esto es verdad… pero entre otras cosas más. Aquí hay que añadir, en mi opinión, que el primer documento judío de la época del Segundo Templo (500 a.C. -70 d.C.) en el que aparece el uso de la expresión “Hijo del hombre” como un título mesiánico (es decir como una figura mesiánica y no simplemente como expresión del lenguaje arameo corriente “este hombre que está aquí”) es el Evangelio de Marcos.. y no un documento henóquico.

Mi hipótesis es esta:

• Antes de la composición del Ev. de Marcos ya se habían escrito (anónimamente, como siempre) el Libro de las parábolas de Henoc (= LP, libro favorito de los henóquicos, contenido, entre otras obras judías apocalípticas, como el Libro de los astros, el Libro del apocalipsis de los animales, el Libro de los sueños, La epístola de Noé, en el compendio de obras que hoy llamamos Libro I de Henoc) como capítulos 37-70, capítulos en los que aparece muchas veces la expresión “Hijo del hombre”…PERO aún no como título, sino como designación normal = “este hombre que está aquí” = expresión aramea relativamente usual. Aunque, naturalmente “ese hombre” en el Libro de las Parábolas tenía unas funciones extraordinarias concedidas por Dios, tal como decía el misterioso capítulo 7 (vv. 13-14) del libro de Daniel:

13 Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia.14 A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás.

• Sin embargo, en el añadido del capítulo 71 al LP aparece ya “Hijo de hombre” como TÍTULO y además se afirma que ese “Hijo del hombre” es Henoc, el séptimo varón sobre la tierra después de Adán.

• ¿Por qué ocurre esto? En mi opinión, porque entre la fecha en la que se compusieron lo capítulos 30-70 del “Libro de las parábolas de Henoc” (ciertamente en siglo I dc, pero antes de la caída de Jerusalén en el 70) y el cap. 71 apareció en escena el Ev. de Marcos, a cuyo autor se le ocurrió sostener que Jesús era ese “hijo de hombre” de la tradición henóquica, pero que no era un hombre corriente, sino que portaba el título del “Hijo del hombre”, que como tal lo hacía parecerse aún más al misterioso personaje del Libro de Daniel.

• Finalmente, los henóquicos, es decir el grupo judío apocalíptico que estaba detrás del “Libro de las parábolas de Henoc” y que sostenían que el verdadero mesías no era Jesús, sino Henoc, compusieron el cap. 71 del Libro de las parábolas y lo añadieron al bloque anterior (LP caps. 37-70). En este nuevo capítulo Henoc aparece ya como el “Hijo del hombre” (como título mesiánico) = al mesías. Estas afirmaciones eran la respuesta henóquica lo que había sostenido el Ev de Marcos respecto a Jesús. Con otras palabras: estamos aquí ante una disputa entre grupos apocalípticos judíos que escriben libros para refutarse unos a otros, tal como era su costumbre, pero sin contestar directamente a los argumentos de los grupos adversarios, sino presentando su propia doctrina en forma de narrativa. Así un grupo judío defendía que el mesías era Juan Bautista; otro sostenía que era Elías, Jeremías o alguno de los grandes profetas; otro que era Moisés, y finalmente otros, los judeocristianos, que era Jesús.

Aclarado este punto, espero (he escrito un artículo sobre ello en le revista Henoc en el 2013 y en algún momento me animaré a resumirlo aquí en el Blog), sigo con el pensamiento de Bocaccini. Sostiene este autor que la idea de un mesías que perdona los pecados está perfectamente de acuerdo con la tradición apocalíptica henóquica (desgraciadamente no menciona en qué textos).

Según él, y creo que está bien visto, el relato henóquico atribuye el mal y el pecado, con lo cual se destruye todo el orden cósmico pretendido por Dios en la creación) se produjo por la rebelión de los ángeles perversos: “Se ha corrompido toda la tierra por la enseñanza de las obras de Azazel (= Satanás, jefe de los ángeles rebeldes a Dios): adscríbele todo pecado” (1Hen 10,8). Otra consecuencia de esta rebelión, que se extendió por la maldad de los hombres, fue el Diluvio, y con él la necesidad de una nueva creación.

Más tarde, añado, surgirá la leyenda de que la rebelión angélica se produjo cuando Dios ordenó a los ángeles que se postraran ante Adán, reconociendo que él, Adán, tenía el espíritu –una participación del Espíritu divino— de un modo superior y más perfecto que los ángeles mismos… y estos se negaron a obedecer a Dios y no lo adoraron. Ante la negativa, Dios condenó a los ángeles perversos a un fuego eterno… Pero hasta que llegue ese castigo definitivo tienen los ángeles rebeldes el permiso divino de tentar continuamente a los hombres para que muestren su fidelidad a Dios.

La idea henóquica de un final de los tiempos en los que se restauraría lo dañado por la rebelión de los ángeles y de Adán contra las órdenes divinas caló muy hondo en el pensamiento apocalíptico judío y pasó luego al judeocristiano. El final del mundo, con la nueva creación sería un arreglo, definitivo, del terrible desorden del pecado. Por tanto el estado final de la creación será como el del principio: “Y vio Dios que todo era bueno” (Gn 1,31). El daño del pecado angélico y luego humano, por imitación de la rebelión angélica, fue tan grande que Dios mismo, por medio de su agente el mesías, tenía que arreglarlo definitivamente al final de los tiempos: poner todo en el mismo orden que al principio de la creación.

Los judíos henóquicos aparentemente daban poca importancia a la ley de Moisés en sus escritos. C. Segovia ha señalado en su libro sobre la interpretación moderna de Pablo (¿Fue Pablo cristiano? El redescubrimiento contemporáneo de un judío mesiánico, Amazon Books, Versión electrónica http://www.amazon.es/Tienda-Kindle/s?ie=UTF8&field-author=Carlos%20A.%20Segovia&page=1&rh=n%3A818936031%2Cp_27%3ACarlos%20A.%20Segovia) que la importante literatura henóquica está próxima a Pablo de Tarso en sus pensamientos acerca de que la Ley, aunque justa y santa, no es operativa de facto dado el estado moral de la humanidad que es terriblemente malo.

Según G. W. E. Nickelsburg ("Enochic Wisdom and Its Relationship to Mosaic Torah". Páginas 81-94 en The Early Enoch Literature. Ed. G. Boccaccini - J. J. Collins. JSJSup 121. E. J. Brill, Leiden, 2007, 92) y otros comentaristas, las inquietudes e intereses de los henóquicos difieren de los de la ley de Moisés, aunque aludan a ella con respeto en varios pasajes de 1 Henoc como 5,4; 99,2.10 y 108,1-2, que vienen a decir que quienes no observen la Ley no tendrán paz y no se salvarán en el Juicio Final. Ciertamente estos pasajes –aunque claros-- son más bien escasos en un corpus tan notablemente amplio como el henóquico (recogido en el vol. IV de Apócrifos del Antiguo Testamento, de Editorial Cristiandad, Madrid, 1984), lo que indica en verdad una relativización de la importancia de la Ley entre los henóquicos, que en otros escritos parecidos como, por ejemplo, el libro de los Jubileos se estima mucho y ocupa una parte esencial.

Ahora bien, el que se haya producido en el judaísmo prerrabínico tal relativización de la eficacia de la Ley puede ayudar a comprender que Pablo pudiera pensar de igual modo, relativizando su cumplimiento completo por parte de los gentiles conversos al Mesías. Se explicaría así su insistencia ante sus lectores gentiles, o paganos, en las característica negativas de la Ley, a saber, como incapaz de dar la vida, su función restringida meramente a la señalización de las transgresiones/pecados, y el estar sometida por tanto al Pecado y conducir a la Muerte. Tales rasgos negativos de la Ley no pueden seguir sin cambio alguno en la era mesiánica, cuando Dios comienza a poner todo en orden respecto a su diseño global. Dado que en el pensamiento de Pablo, tan positivo con la Ley en general, es imposible encontrar ni un mínimo pasaje respecto a la supresión de la Ley, sólo puede admitirse el cambio de la Ley como producido naturalmente por la presencia de la era mesiánica y, naturalmente también, por obra del mesías.

El problema del judaísmo henóquico con la ley de Moisés es el producto de esta consideración del comienzo y del final de los tiempos (técnicamente las doctrinas sobre el comienzo se llaman “protología” y las que hablan del final, “escatología). No se trata en el fondo de una desconfianza hacia la Ley --que al final sería una desconfianza hacia Dios que fue el que la dictó--, sino de una desconfianza hacia el género humano, que a causa del lastre hacia el mal que tiene su corazón (el cor malignum, el “corazón malvado” del Libro 4º de Esdras, o “mala inclinación” de la que hablan los rabinos) no puede cumplirla perfectamente. Por tanto el cambio de perspectiva no es de Moisés y su ley hacia Henoc y su modo de entenderla, sino el cambio que supone pasar de la confianza en el ser humano a la desconfianza hacia él, torcido como está por efecto del pecado. En el centro de la ley de Moisés estaba la responsabilidad del ser humano que tenía que cumplir la ley divina; en el centro del pensamiento henóquico está la tristeza por la culpabilidad humana, cuya maldad le impide observar la Ley.

Por tanto, sólo sería acertado hablar de un judaísmo apocalíptico-henóquico “sin Ley” o “contra la Ley” si se entiende de esta manera suave. Los judíos henóquicos no habían promulgado ninguna Ley nueva, o una nueva interpretación de ella, ni despreciaban en absoluto a Moisés, sino que se quejaban simplemente de la triste condición humana. En el “Libro de los sueños” (1 Henoc 83-90) se habla de una futura redención de Israel, el pueblo elegido, solo en el mundo futuro, no el presente (aunque los dos se desarrollarán esta tierra, solo que renovada = nueva creación = nuevos cielos y nueva tierra, como en el Apocalipsis de Juan).

Este movimiento henóquico judío tuvo implicaciones muy profundas en el pensamiento apocalíptico de su época (desde el siglo III a.C. por lo menos) de modo que los judíos se dividieron. No todos aceptaron el origen angélico, suprahumano, del mal (como los fariseos y los saduceos), e insistieron en el mal corazón que reside en los humanos desde Adán (cor malignum y “mala inclinación como resultado de la falta adánica), así que hubo teologías muy diversas sobre los orígenes del mal.

Hacia la mitad del siglo II a.C. el autor del libro de los Jubileos (está en el tomo II de los Apócrifos del Antiguo Testamento) hizo una especie de mezcla o de unión, según Boccaccini, entre las dos figuras de Moisés y de Henoc (muchos estudiosos ven en esta acción los inicios del movimiento esenio/qumránico). Como le preocupaba la idea de que la alianza entre Dios y Abrahán estaba en entredicho por la invasión del mal en el mundo, mantuvo la idea de que todo era un desastre después del pecado de Adán, pero a la vez interpretó que la “Alianza” y la Ley eran ya una medicina para enfrentarse al problema del mal (es decir, no había que esperar hasta el fin del mundo). Con eso Israel podía vivir en un espacio protegido del mal existente en el mundo. Por su parte, los esenios de Qumrán (sobre todo en el escrito llamado “Regla de la comunidad = 1QS) pensaron que la predestinación divina (unos destinados a salvarse; otros, a condenarse) era una repuesta divina a la invasión del mal en el mundo.

Veremos en otra entrega cómo la idea cristiana (del Ev de Marcos) de que el Mesías vino al mundo para perdonar los pecados es una variante del pensamiento henóquico.


Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com


Antonio Piñero Viernes, 4 de Julio 2014
Literatura Pseudo Clementina. Las Homilías griegas.
Hoy escribe Gonzalo Del Cerro

Homilías IV-VI

Disensión de los adversarios dialécticos

En los días anteriores fuimos testigos de las posturas encontradas de los dos amigos contendientes. Según Clemente, el adulterio era uno de los errores o pecados más censurables para una conducta cristiana. Su amigo Apión tenía una visión diametralmente opuesta, hasta el punto de dejar escapar de su dialéctica un elogio no solamente de la lascivia en general, sino del adulterio en particular. Clemente presenta el remedio de ambas actitudes para la mentalidad cristiana. El remedio es simplemente el matrimonio legítimo (Hom V 25).

Raíces del temor

Clemente aduce en su argumentación las penas del enamorado que piensa continuamente en la mujer amada sin poder conseguirla. Su vida se convierte en un tormento. Ello sucede porque no existe en su mente razón para rechazar los malos deseos. El fuego se apaga con el agua, la concupiscencia se domina con el temor al juicio final de la vida humana. Temor ausente prácticamente en los paganos griegos. Para enfado de Apión, Clemente insiste en que aprendió sus criterios de las doctrinas de los judíos. Confiesa, además, que toda la historia de su enamoramiento, que provocó encendidas recomendaciones de Apión, fueron una mera ficción sin fundamento.

La verdad de toda su historia, dice Clemente, es que “Yo no me enamoré de una mujer ni de otro alguno, pues mi alma estaba totalmente ocupada en otros intereses y en el descubrimiento de los dogmas verdaderos. Y hasta ahora, examinadas muchas opiniones de filósofos, no me incliné hacia ninguna de ellas, sino solamente a la de los judíos. Un cierto mercader de ellos que vendía telas, vivía aquí en Roma. Por un feliz encuentro casual, me expuso la idea de la unidad de Dios” (Hom V 28,1-2). El interés del gramático sufrió una contrariedad sin escapatoria. El convencimiento de su amigo cristiano era igual a la fuerza de su dialéctica, contra la que se encontraba sin argumentos.

Enfado de Apión

El enfado de Apión hizo que huyera decididamente del debate, con sentimiento palpable de una derrota sin paliativos. Pero siempre con excusas o pretextos. Decía entonces Clemente: “Yo no me enamoré de una mujer ni de otro alguno, pues mi alma estaba totalmente ocupada en otros intereses y en el descubrimiento de los dogmas verdaderos. Y hasta ahora, examinadas muchas opiniones de filósofos, no me incliné hacia ninguna de ellas, sino solamente a la de los judíos. Un cierto mercader de ellos que vendía telas, vivía aquí en Roma. Por un feliz encuentro casual, me expuso la idea de la unidad de Dios” (Hom V 28,1-2). La unidad de Dios era la doctrina cristiana que alejaba más las posiciones de los dos contendientes.

Gran enfrentamiento doctrinal

Pero Apión, que odiaba de corazón la doctrina y la cultura de los judíos, y que huyó del debate, tuvo que encontrarse de nuevo con Clemente, que le interrogó abiertamente ante el presente auditorio qué tenía que decir acerca de los llamados dioses, cuyas vidas, llenas de toda clase de pesadumbres, están narradas en la mitología, y son cantadas públicamente con toda intención para ser imitadas. Además de las reconocidas debilidades de los dioses, se muestran por todas partes sus sepulcros. De nuevo Apión tenía que afrontar la dialéctica de Clemente, que censuraba las doctrinas paganas sobre las impiedades de los supuestos dioses y el absurdo de los sepulcros de los llamados inmortales.

Explicación alegórica de los Mitos

Acorralado en cierto modo por los argumentos de Clemente, Apión se lanzó a una explicación alegórica de los Mitos. La alegoría borraba todo lo defendido por los filósofos, los poetas y los mitógrafos. Por ejemplo, no era historia ni realidad que Urano y la Tierra hubieran engendrado doce hijos. Tampoco lo era que Crono amputó los genitales de su padre y los arrojó al fondo del mar. Era pura alegoría el relato de la salvación de Zeus con el engaño con que su madre lo salvó de ser devorado por Crono. No responde a la verdad lo que se cuenta de Zeus, en el sentido de que se dejara llevar por el deseo de miles de mujeres o que yaciera con hermanas, hijas o cuñadas y hasta con niños.

Zeus no participó como invitado en el banquete de las bodas de Tetis y Peleo. Ni tuvo realidad histórica el relato sobre el juicio de Paris sobre la manzana de oro. Todos estos sucesos, afirmaba Apión, “tienen una cierta razón propia y filosófica, que puede explicarse alegóricamente”. Dentro del contexto alegórico, Cronos no es otra cosa que el tiempo, como Rea es el principio original de la esencia húmeda.

Sigue luego explicando con el mismo criterio los relatos sobre Poseidón, Zeus y Metis, sobre Palas y Hera, Ártemis y Dioniso. Hera es considerada como la buena temperatura, por lo que es fecundísima. Atenea y Ártemis son tenidas por vírgenes, una por no poder engendrar por el calor excesivo; la otra igualmente por el excesivo frío. Todas estas cosas tienen un cierto sentido alegórico. Por ejemplo, Apolo es el sol que vaga girando y es hijo de Zeus, al que también llaman Mitra, que tarda un año en cumplir un giro completo.

Alegoría de las bodas de Tetis y Peleo

Pero Clemente, atento a las reflexiones de su amigo, aplica sus teorías a la letra de los Mitos. Un ejemplo explicado por Clemente es el banquete nupcial de las bodas de Tetis y Peleo. El significado es el siguiente dentro del contexto de la alegoría: “El banquete es el mundo, los doce son los fundamentos de las regiones celestiales, que denominan signos del Zodíaco. Prometeo es la providencia, por la que todo fue hecho. Peleo, el barro, proyectado para producir el nacimiento de un hombre a partir de la tierra al unirse con la nereida, es decir, con el agua” (Hom VI 14,1-2). Y podemos comentar que así sucede sucesivamente en la visión alegórica de los Mitos.

Saludos cordiales. Gonzalo Del Cerro













Antonio Piñero Lunes, 30 de Junio 2014
Hoy escribe Antonio Piñero


Del 22 por tarde al 26 de junio 2014 se celebrará en Roma, en la Facultad de Teología Valdense (un pensamiento reformador del cristianismo cuyos orígenes se hunden en el siglo XI d.C., que fue luego cátaro y que hoy se incluye mas o menos entre los protestantes), un Congreso sobre muy diversas cuestiones de interpretación de Pablo. Está organizado por los responsables del Henoch Seminar, que llevan el peso de la revista internacional Henoch (sobre cuestiones de teología de historia del judaísmo de la época del Segundo Templo, es decir, desde la vuelta del exilio de Babilonia hasta el 70 d.C.), y financiado en parte por un mecenas llamado Nangeroni.

La participación en este Congreso es por invitación a gentes que han estudiado a Pablo y publicado cosas sobre él. Somos en total unos 35/38 de muy diversas nacionalidades (hay cuatro españoles, Carlos Segovia de Saint Louis University y de la Camilo José Cela, Juan Carlos Osandón y Eusebio González, de la Pontificia Università della Santa Croce en Roma y yo mismo, de la Universidad Complutense de Madrid .

Este Congreso tiene la particularidad de que la mayoría de las colaboraciones presentadas (23 trabajos) no se leen en público y luego se comentan, sino que se han escrito previamente, se han reunido en la Página Web de este Congreso, han sido leídas por todos (se supone) y luego en las reuniones --divididas por grupos, según temas-- se discuten con el texto delante. Cada una de las ponencias principales, entregadas también previamente por escrito, se exponen muy brevemente por sus autores y tienen un contraponente que responden a sus tesis y suscitan cuestiones. Como se ve, se trata de fomentar al máximo el contraste colectivo y muy reflexivo de pareceres y la aportación de ideas. Pablo es tan difícil de interpretar en ocasiones, que a lo largo de la historia, desde finales del el siglo I –por sus discípulos inmediatos, a saber los autores de Colosenses, Efesios, 2ª Tesalonicenses y Pastorales-- hasta hoy no se ha parado de generar interpretaciones divergentes de su pensamiento.

Mi intención, en una serie de postales es resumir y reseñar brevemente los puntos que creo importantes tanto de las “ponencias” como de las “comunicaciones” a este Congreso, exponiendo en cada caso, si es pertinente, mi propia opinión al respecto. El título de esta postal es el de la primera ponencia del Congreso defendida por Gabriele Bocaccini, de la Universidad de Michigan

GABRIELE BOCACCINI, discípulo de Paolo Sacchi --el promotor en Italia de estudios sobre la época del Segundo Templo, con especial hincapié en los Apócrifos y Pseudoepígrafos del Antiguo Testamento (súper importantes para comprender la teología de Jesús de Nazaret y de Pablo y en general de todo el Nuevo Testamento)— presenta un trabajo sobre “Las tres vías de salvación según Pablo, el judío”.

Este tema parte de una doble posición:

A. La interpretación actual, común, sobre todo en círculos protestantes, luteranos en especial, de Pablo lo presenta como un judío fanático, luego converso a una entidad que ya existía denominada “cristianismo”. Pablo denuncia luego las debilidades teológicas y a veces las “maldades” del judaísmo en el que ha nacido, y propone que el sistema teológico de este judaísmo queda corregido y superado por el cristianismo, de modo que este último es la perfección de la fe judía. Si el judaísmo no acepta a Jesús como mesías, y su sistema se queda a medio camino en el plan divino de redención de la humanidad por parte de Dios, deja de tener su valor y consecuentemente también su Ley.

Naturalmente, este Pablo abjura del judaísmo --es presentado como un traidor a su pueblo por los judíos-- y se autopresenta como un abogado del universalismo en contra del particularismo del pueblo elegido que piensa que es el único que va a salvarse plenamente. A la vez, Pablo es el paladín del exclusivismo cristiano: solo hay un salvador, el mesías Jesús, para toda la humanidad. Este exclusivismo será la base para que en unos decenios después de la muerte de Pablo comience a elaborarse la doctrina de que fuera “de los seguidores de Jesús, es decir, la Iglesia, no hay salvación posible”.

B. El nuevo paradigma interpretativo de Pablo: “Nueva Perspectiva Radical”. El hincapié de esta propuesta –que defiende Bocaccini-- es sintéticamente la siguiente: Pablo es totalmente judío, lo fue siempre y jamás fue un traidor a su pueblo. El tarsiota no fue un cristiano, entre otras razones porque como tal no existía ese movimiento en el instante de su denominada, erróneamente, “conversión”. En esos momentos, unos dos o tres años tras la muerte de Jesús, el “cristianismo” no era más que una secta judía, un movimiento mesiánico, es decir, que proclamaba que el mesías había venido ya, y que era Jesús de Nazaret. Por tanto las cartas de Pablo a sus comunidades han de considerarse escritos de un autor judío --¡no podía ser otra casa!-- de su época, el tiempo inmediatamente anterior a la destrucción del Templo (se cree, por tradición que Pablo murió en el 64 d.C., en Roma, durante la mal llamada persecución de Nerón, quien no persiguió a los cristianos por cristianos sino por incendiarios).

Pablo nació judío, de padres judíos, fue circuncidado, y –si se examinan a fondo sus cartas auténticas— hay que concluir que no hay nada en ellas, ni siquiera un leve apunte, de que fuera un apóstata del judaísmo, ni que pretendiera fundar una religión o culto nuevo. Por el contrario, Pablo formó parte de un movimiento de Jesús que proclamaba con toda claridad su judeidad, que declaraba que Dios no había rechazado ni rechazaría jamás a su pueblo, puesto que Dios sería siempre fiel a su alianza (Rom 11,1: «1 Digo, pues: ¿acaso ha rechazado Dios a su pueblo? ¡De ningún modo! ¡También yo soy israelita, del linaje de Abrahán, de la tribu de Benjamín! 2 “No ha rechazado Dios a su pueblo” (1 Sm 12,22 + Sal 94,14) a quien de antemano conoció», texto corroborado por Flp 3,5: «Circuncidado el octavo día; del linaje de Israel; de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos; en cuanto a la Ley, fariseo».

Llevar hasta sus últimas consecuencias esta constatación del judaísmo de Pablo tendrá importantísimas repercusiones en la manera de interpretarlo y, por tanto, en la teología que de él se deriva. Y como esta teología --o mejor, la interpretación del ideario de Pablo por sus “discípulos”-- es la base de la teología cristiana, hay que decir que –si se va imponiendo la nueva perspectiva sobre Pablo-- se vislumbra una época de fuertes discusiones y cambios en la interpretación de esta teología.

El problema de la comprensión de Pablo radica, en opinión de Bocaccini en la escasa comunicación entre los estudiosos del Nuevo Testamento y los especialistas en el judaísmo de la época del Segundo Templo –o dicho de un modo más suave-- en la poca atención prestada por los estudiosos del corpus cristiano a la teología que se desprende de ese judaísmo que es la atmósfera que respiraron tanto Jesús de Nazareno como Pablo. Y entender bien a Jesús y a Pablo hace cambiar la teología que de esa comprensión se deduce.

Bocaccini llama la atención sobre tres “caveat”, tres ideas previas que han de tenerse en cuenta para juzga la judeidad de Pablo

1. El primero es no caer en la tentación de considerar que cualquier idea original de Pablo, que no encaje a primera vista bien en lo que creemos el conjunto del pensamiento judío del Segundo Templo, es “no judía”. Si cualquier idea nueva, que se sale de lo corriente, se denomina no judía, habría que declarar no judías muchas concepciones del Maestro de Justicia de Qumrán, de Filón de Alejandría, de Flavio Josefo o del mismísimo Hillel, uno de los padres del fariseísmo.

2. Al acentuar el judaísmo de Pablo no hay que perder de vista que él era personalmente un personaje controvertido…La interpretación clásica hasta hoy es que Pablo –teniendo ante sus ojos ya una suerte de cristianismo más o menos completo-- intentó separar este conjunto del judaísmo. Pero esta perspectiva es muy incorrecta ya que los dos entidades --judaísmo de la época y la interpretación mesiánica de Jesús a partir de su muerte y la creencia firme en su resurrección-- deben considerarse dentro del pluralismo tremendo e increíble del judaísmo de la época. Tengamos en cuenta que se era “totalmente judío” defendiendo que la Biblia constaba solo del Pentateuco (negando la inspiración y canonicidad de los libros históricos, los Salmos y los Profetas), que el alma no era inmortal, que la vida se acababa acá abajo en la tierra, que no hay retribución futura, por tanto ni cielo ni infierno ni nada de nada = postura saducea… y sosteniendo todo lo contrario = postura farisea. Sin embargo, a ningún judío de la época se le ocurría decir que los saduceos —o los fariseos-- no eran judíos. Los pilares básicos del judaísmo eran la aceptación de que Israel era el pueblo elegido, que Dios le había dado una tierra y una Ley… ¡ y poco más! El resto era todo discutible.

3. Hay que eliminar la pretensión de que la teología de Pablo estaba exclusivamente orientada a la admisión de los paganos dentro de Israel, y que él no decía nada, ni tenía nada que decir a los judíos, es decir, nada que tuviera que ver con el judaísmo en sí fuera del mesianismo de Jesús y su implicación respecto a los paganos. Por el contrario hay que tener en cuenta que Pablo como judío seguía siendo judío aunque manifestara una crítica radical hacia su propia tradición religiosa o contra otras formas competidoras de judaísmo. Si se restringe el discurso teológico de Pablo sólo a su teología sobre la incorporación de los paganos a Israel, se sitúa ya al Apóstol en los márgenes del judaísmo y no se tienen en cuenta las implicaciones que su teología tiene dentro del amplio pensamiento judío de la época del Segundo Templo.

A partir de esta premisa –Pablo como pensador judío del siglo I y los tres “caveat” arriba expresados-- se pueden ya formular algunas conclusiones. Y la primera es que Pablo no se “convirtió” al cristianismo como si, a los dos o tres años de la muerte de Jesús, este cristianismo estuviera ya formado…; y la segunda sería en qué sentido debemos pensar que Pablo era un seguidor de Jesús. O dicho de otra manera: cuando Pablo se declara seguidor del Mesías, ¿cómo hay que entender este movimiento de seguidores del Jesús muerto y resucitado dentro de la teología judía de la época?


Seguiremos.

Saludos cordiales de Antonio Piñero.
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com


Antonio Piñero Viernes, 27 de Junio 2014
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







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