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Escribe Antonio Piñero
 
En nuestra aclaración y comentario al excelente artículo de F. Bermejo “Jesus and the Anti-Roman Resistance.  A Reassessment of the Arguments” (Jesús y la resistencia antirromana. Una reevaluación de los argumentos) publicado en la revista Journal for the Study of the Historical Jesus 12 (2014) 1-105, hemos llegado al punto de defender que se aclaran muchos aspectos de la vida de Jesús si se acepta la hipótesis de un Jesús sedicioso respecto al Imperio. Y este punto lo he aclarado y comentado en las postales pasadas más recientes.
 
 
Por ello, me parece difícil de entender la postura de ciertos investigadores que defienden tranquilamente que hay muy poco o nada en los Evangelios que sustente la imagen de un Jesús que esté de acuerdo con las esperanzas judías de un mesías militante. Esta postura, opino, es sencillamente increíble porque pasa por alto las consecuencias políticas de la implantación del reino de Dios según Jesús, o bien porque entiende el término “política” o “consecuencias políticas” de un modo bastante diluido y extraño.
 
Un ejemplo estupendo aportado por nuestro autor es el Christopher Bryan, investigador que  distingue cuatro opciones respecto a la postura de Jesús ante el gobierno de los romanos en Israel:
 
1) "La aceptación y la plena cooperación con el gobierno romano”; 
 
2) "La aceptación de la dominación romana, junto con la voluntad ocasional de cuestionar o incluso poner en cuestión sin violencia alguna la justicia o la idoneidad de las acciones de los romanos”; 
 
3) “Rechazo absoluto, pero no violento de la dominación romana”; 
 
4) “Rechazo violento de la dominación romana”.
(C. Bryan, Render to Caesar: Jesus, the Early Church, and the Roman Superpower [Oxford: Oxford University Press,, 2005], p. 34). 
 
De acuerdo con este autor –que pasa por alto a su conveniencia muchos pasajes y no alude a la bibliografía más relevante–, las palabras y las obras de Jesús apuntan a la segunda de las cuatro opciones. 
 
Opino que es imposible –después de todos los textos que hemos comentado–  que un judío profundamente religioso como Jesús y que insistía en la venida del reino de Dios sobre la tierra de Israel pudiera aceptar el gobierno de los romanos sobre su país. ¿Qué iba a hacer Poncio Pilato y sus tropas acuarteladas en Cesarea y el gobernador de Siria, Vitelio con sus tres legiones, cuando Jesús se pusiera a gobernar al país y sentara en unos tronos a sus doce discípulos para juzgar a las tribus de Israel? (“Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”: Mt 12,28)? ¿Se quedaría Poncio Pilato tan tranquilo, organizaría su equipaje y se volvería a Roma?
 
Sostiene además F. Bermejo que otros estudiosos admiten más o menos el patrón de recurrencia, pero se niegan a admitir la historicidad de algunos pasajes de la vida de Jesús, importantes para entender su predicación del Reino. Por ejemplo, se llega al caso de negar que la entrada en Jerusalén sea histórica, es decir, que es un invento de los evangelistas.
 
Me parece personalmente que este intento es peligroso para la investigación, porque atribuye a miembros de la iglesia primitiva, que son paulinos de carácter teológico, como el evangelista Marcos, un invento que va contra su propia teología. En efecto, Pablo es el primero que –en su intento de presentar favorablemente a Jesús mesías, de cuya judeidad no duda ya que lo denomina “ministro de la circuncisión /se puso al servicio de los circuncisos” (esta frase quiere decir en Pablo que Jesús predicó solo a los judíos): Romanos 15,8– que desjudaíza a Jesús puesto que ha de hacer un salvador universal de un mesías judío.
 
I. El primer caso que estudia F. Bermejo es el de los que sostienen que la postura de Jesús respecto al Imperio Romano fue siempre pacífica, nunca violenta. Uno de los ejemplos escogidos es el de Otto Betz (en un artículo de la revista Novum Testamentum 2, 1957, pp. 116–137 titulado "La guerra santa de Jesús” (“Jesu Heiliger Krieg”), quien argumentó que, ciertamente, pueden ser rastreados en la enseñanza de Jesús los conceptos y el lenguaje que vienen de la tradición hebrea de la Guerra Santa, pero que tal guerra era puramente espiritual.
 
Es interesante detenerse un momento en los textos evangélicos en los que apoya esta   afirmación:
 
Mt 10,34: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada”.
Mt 11,12 (= Lc 16,16): “Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan”.
           
Betz defiende que “Los enemigos nacionales no eran los romanos, sino las fuerzas de Belial (otro nombre de Satanás, muy común en los Manuscritos del Mar Muerto, y que la guerra a la que se refiere Jesús es una batalla puramente espiritual: aunque sabe que la implantación del reino de Dios en Israel es imposible mientras dominen los romanos, Jesús no lucha contra ellos, que son los fuertes, sino contra el Fuerte, que es Satanás (pp. 133–34).
 
Por desgracia para ese investigador, parece muy poco probable –y además es sesgado– que cada referencia a la violencia, los conflictos y las espadas en los Evangelios deban ser vistos como una referencia a los demonios y a su jefe, Satán (¡todos los textos!), y que luego Jesús fuera crucificado por los soldados romanos, que actuaron como comparsas y ejecutores de los poderes cósmicos malvados? Esta solución me parece pura teología, sin base real ni consideración histórica alguna.
 
Seguiremos porque “hay bastante tela que cortar”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com
 
Miércoles, 22 de Febrero 2017
 
Escribe Antonio Piñero
 
Llegamos ahora a la breve sección en la que F. Bermejo explica sucintamente cómo –si se acepta la hipótesis interpretativa de un Jesús sedicioso desde el punto de visa romano, pero a la vez un hombre piadoso, absolutamente, y solo preocupado por el reino de Dios– se explican algunas otras cuestiones de la vida del Nazareno y de la investigación en torno, a él que pueden parecer problemáticas. La hipótesis propuesta tiene la ventaja de ser muy sencilla y de aclarar algunos puntos oscuros que no pueden obviarse en la vida de Jesús, puesto que son datos también de los evangelios, datos que parecen seguros.
 
Explica Bermejo que es preciso tener en cuenta que “ser sedicioso respecto al Imperio” –incluido el deseo de verse liberado del yugo romano– no significa ser un “guerrillero”, ni un “galileo armado”, ni un Bar Kochba “avant la lettre”  (es decir, que se adelantó a su tiempo), sino un proclamador del reino de Dios, un visionario al que la divinidad le había revelado que el Reino se implantaría pronto, y que solo al final de su vida se vio implicado por las circunstancias a no hacer demasiados ascos a que sus discípulos portaran armas y se vieran implicados en alguna que otra acción más o menos violenta. Si se tiene en cuenta todo este conjunto, se explica bien por qué la mayoría de los indicios de “Jesús y el ruido de sables” se encuentran en los evangelios solo en la parte final de su vida, sobre todo en su estancia en Jerusalén y su entorno…, no antes.
 
En segundo lugar, la multifacética personalidad de Jesús –como la cualquier hombre grande–, el hecho de que los posibles episodios armados de última hora fueran un fracaso para el grupo de Jesús, y que el Maestro acabara siendo condenado y muerto por ello pueden explicar –o ayuda a entender mejor– cómo sus discípulos, posteriormente, pudieron formar un movimiento mesiánico que no se basaba en la esperanza de una victoria militar. Este hecho se aclara mucho más fácilmente si el núcleo de la vida pública de Jesús no fue ni mucho menos la incitación a la resistencia armada, sino la predicación del reino de Dios y la enseñanza acerca de su inminente venida.
 
Esto aclara, pues, por qué el núcleo de la doctrina de Jesús sobre el tema del Reino y sus consecuencias morales, que ocupan tantas páginas en los Evangelios, fuera lo que más interesó a los seguidores de Jesús. Este fue ante todo un maestro de la Ley, un predicador sapiencial, un narrador excelente que contaba bellas parábolas, un exorcista y un sanador…, un hombre que predicaba el amor a los adversarios que podían ser rescatados para la causa y que..  ¡solo al final de su vida, y probablemente por impulso de sus discípulos más ardorosos, se proclamó claramente mesías-rey y se vio implicado en incidentes violentos!
 
Algunos investigadores de los orígenes del cristianismo sostienen que la impresión de este tipo, es decir pacifista y sapiencial, dejada por Jesús en la mayor parte de su ministerio fue la que contribuyó después de su muerte a que los discípulos abandonaran la idea de un reino de Dios con implicaciones políticas, y que algunas de las ramas del cristianismo naciente (la comunidad que está detrás del Evangelio de Juan) sostuviera que la idea de que el pensamiento de Jesús era “el que su reino no era de este mundo”. Y lo aclaran porque este cambio en la perspectiva global de Jesús no supone un cambio absolutamente radical.
 
Con otras palabras: la mutación en la perspectiva de Jesús debido a la pluma de los evangelistas no fue tan radical en el sentido de que se fijaron en aquello que ocupó mayor espacio en la vida pública de Jesús y que les convenía más una vez que el movimiento inicial fracasó en su intento por convertir en realidad las consecuencias políticas de la implantación del reino de Dios. Se trató ciertamente, pues, de una despolitización Jesús, pero no de un cambio total y absoluto de Jesús, ya que se conservaba al menos todo su mensaje ético.
 
Escribe al respecto F. Bermejo:
 
“El trabajo de los evangelistas es psicológicamente tanto más verosímil si no tuvieron que sustituir por completo la historia de un guerrero con la de un predicador, sino más bien solo adaptar una historia acerca de un predicador con tendencias sediciosas por medio de algunos cambios convenientes. Esto nos permite responder satisfactoriamente a la objeción frecuente que la hipótesis de un Jesús sedicioso habría requerido una revisión completa de la tradición sobre Jesús. Esto no fue así, y tal afirmación implica una exageración que está cerca de la caricatura. Dado que Jesús era una figura compleja, y que gran parte de sus declaraciones y acciones no tienen nada que ver (al menos directamente) con la sedición, los transmisores de la tradición no tenían necesidad de manipular todo el material. La hipótesis sólo requiere una reescritura parcial o un ajuste de la tradición”.
 
Una consideración última: si se integra la hipótesis del Jesús sedicioso se obtiene una figura más completa de Jesús, porque el historiador puede dar cuenta no solo de una parte de lo que se recordaba de Jesús, sino de todo el complejo de lo registrado en los Evangelios. Los numerosos restos que apuntan a una cierta participación de Jesús y sus primeros seguidores en una postura antirromana no se pueden borrar, no sólo porque están incrustadas, o más que aparentes, en los Evangelios canónicos, sino porque si se borran, no podemos comprender la totalidad de los testimonios conservados sobre Jesús. En el fondo nos quedamos perplejos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com
Martes, 21 de Febrero 2017
El testimonio de Flavio Josefo sobre Jesús.   Jesús y la resistencia antirromana (XLIII)
Escribe Antonio Piñero
 
Se llama Testimonio Flaviano a un pasaje de las “Antigüedades de los judíos” de Flavio Josefo (XVIII 2,2 = 63-64) en el que este historiador que escribe su obra hacia el 95 d. C. habla de Jesús. El texto, muy breve, es el siguiente:
 
Por este tiempo apareció Jesús, un hombre sabio (si es que es correcto llamarlo hombre, ya que fue un hacedor de milagros impactantes, un maestro para los hombres que reciben la verdad con gozo), y atrajo hacia él a muchos judíos (y a muchos gentiles además. Era el mesías). Y cuando Pilato, frente a la denuncia de aquellos que son los principales entre nosotros, lo había condenado a la cruz, aquellos que lo habían amado primero no le abandonaron (ya que se les apareció vivo nuevamente al tercer día, habiendo predicho esto y otras tantas maravillas sobre él los santos profetas). La tribu de los cristianos, llamados así por él, no ha cesado de crecer hasta este día.
 
Entre paréntesis van las palabras que hoy día se consideran interpoladas por los escribas cristianos que transmitieron el texto.
 
Hoy día hay dos opiniones básicas acerca este pasaje:
 
· Es totalmente falso porque se ve en él la mano cristiana. Es imposible que un judío haya escrito así sobre Jesús. En segundo lugar, siendo Jesús un personaje insignificante en la historia del Imperio Romano lo más probable es que Josefo no lo hubiera conocido. Tercer: Orígenes el pensador cristiano más importante del siglo III no conoció este texto.
 
· Es un pasaje auténtico, pero está ciertamente interpolado / manipulado (con frases añadidas) por los cristianos.
 
En líneas generales la inmensa mayoría de los críticos se inclina por la segunda postura, ya que es la que mejor explica la situación del texto. A este propósito, Fernando Bermejo, autor del artículo sobre el Jesús sedicioso que estamos comentando en esta serie de postales, tiene dos artículos importantes cuya lectura recomiendo. Son los siguientes:
 
“Was the Hypothetical Vorlage of the Testimonium Flavianum a «Neutral» Text? Challenging the Common Wisdom on Antiquitates Judaicae XVIII 63–64”, Journal for the Study of Judaism 45 (2014), pp. 326–65.
“La naturaleza del texto original del Testimonium Flavianum. Una crítica de la propuesta de John P. Meier”, Estudios Bíblicos 72 (2014), pp. 257–92.
 
Para nuestro propósito basta con resumir las líneas generales de su argumentación:
 
1. No hay razón objetiva para negar a Flavio Josefo el conocimiento de Jesús, puesto que en las Antigüedades y en La Guerra Judía cita a otros muchos personajes cuya importancia es menor que la de Jesús. Segundo, recuérdese que Jesús no fue crucificado solo, sino que se trató de una crucifixión colectiva de tres personas en un momento en el que Judea estaba relativamente en paz. Fue un suceso destacado.
 
2. La hipótesis de que los cristianos retocaron ligeramente el texto en una dirección más favorable a sus intereses parece ser las solución más simple a los problemas que se pretenden ver en este pasaje. Muchos estudiosos judíos de Flavio Josefo sostienen que una vez eliminadas las interpolaciones cristianas queda un texto que se acomoda perfectamente al estilo de Flavio Josefo por lo que no debe rechazarse.
 
3. Además el texto que queda no es un pasaje neutro, favorable a Jesús, sino negativo. Si se estudian una a una las palabras en el texto griego de ese presunto pasaje neutro (existe como herramienta de trabajo un diccionario /concordancia de todas las obras de Josefo de modo que es fácil comparar todos los textos en los que aparece una palabra determinada), se verá que prácticamente todos los vocablos usados por el historiador están utilizados en otros textos suyos casi siempre en un sentido muy negativo.
 
4. Hay una variante de los manuscritos en este pasaje sobre Jesús de Flavio Josefo según la el original tenía la siguiente frasecita “ Apareció un cierto Jesús…. (en griego Iesous tis)”. Este sintagma despreciativo indica ya por sí mismo dos cosas: a) que Josefo consideraba a Jesús un personaje insignificante y b) que Jesús no le caía nada simpático, naturalmente por su pretensiones mesiánicas que él como historiador consideraba muy perniciosas.
 
5. Por tanto no es extraño que Josefo incluyera a Jesús en la lista de individuos que por sus pretensiones mesiánicas habían hecho mucho daño al pueblo judío, llevándolo a considerar que sería ayudado por el potente brazo divino de tal modo que podrían derrotar a los romanos fácilmente, los cuales tenían un ejército cien veces más poderoso que el suyo.
 
Bermejo que:
 
 “Es extremadamente difícil de creer que una evaluación neutra de Jesús por Josefo –una vez eliminadas las interpolaciones, es la posibilidad más probable. Es bien sabido que el historiador no sentía ninguna simpatía por los pretendientes mesiánicos populares. Además, estamos prácticamente seguros de que Josefo conocía las reivindicaciones mesiánicas hechas por y acerca de Jesús (aunque el historiador no mencionó en este pasaje el término ‘mesías’, conocía las pretensiones mesiánicas de Jesús. Esto puede deducirse de Antigüedades XX 200, donde habla de la muerte de Santiago, a quien la gente conocía como el hermano de Jesús al que llamaban el “Cristo” = el Mesías, y de su uso del término christianoi, “cristianos”, en el pasaje que comentamos), y también la conexión frecuente entre esta pretensión mesiánica y la subversión política antirromana, tanto más porque Josefo menciona la crucifixión de Jesús por Pilato. Esto debe haber sido suficiente para que Josefo tomara una postura crítica hacia Jesús (más aún si la frase acerca de la responsabilidad conjunta de los líderes judíos, junto con Pilato se acepta como verdadera). Como mínimo, debe de haber considerado Flavio Josefo que Jesús era sólo un visionario más, un engañado más en una serie de personajes similares”.
 
Por mi parte añado como colofón un texto que escribí en la conclusión del libro “Existió Jesús realmente. El Jesús de la historia a debate” de Editorial Raíces, Madrid 2011:
 
Existe un argumento suplementario en pro de la autenticidad del texto de Flavio Josefo. Casi ningún investigador menciona en el final del texto sobre Jesús una frase que sirve de empalme con el siguiente personaje mencionado y que me parece iluminador:
 
Y por el mismo (tiempo de Jesús) ocurrió otra cosa terrible (héteron ti deinón) que causó gran perturbación entre los judíos (ethorýbeei toùs ioudaíous).
 
Obsérvese el “otra cosa”. Parece casi evidente que el núcleo del testimonio de Josefo sobre Jesús estaba dentro de una lista de personajes y sucesos ominosos que impulsaron a los judíos a la desastrosa sublevación del 66 d.C. El escriba cristiano alteró por ello el comienzo del texto, pues la historia de Jesús estaba dentro de las “cosas terribles” que le habían sucedido al pueblo. No es extraño que el comienzo del texto de Josefo reconstruido por R. Eissler en su obra de 1931, Jesús, el rey que nunca reinó (citado en una amplia nota por el editor, Louis Feldman, en la p. 48 del volumen IV de las Obras de Josefo de la Loeb Classical Library, de 1965. Feldman es un excelente filólogo y un judío muy religioso y conservador, de quien no cabe esperar tantas simpatías por Jesús como para no declarar espurio un texto de Flavio Josefo si así lo creyera) se inicie del siguiente modo:
 
“Por aquel tiempo ocurrió el inicio de nuevas perturbaciones: Jesús, varón sabio [sofista]… (archè néon thorýbon)”.
 
Según Josefo, con toda probabilidad, Jesús agitó con su predicación a las masas judías y fue un eslabón más de los que la condujo a la catástrofe. Por tanto, si situamos en esta línea de pensamiento la mención flaviana de Jesús y la despojamos de las interpolaciones evidentemente cristianas, su mención del Nazareno es bastante negativa…; es decir, no sospechosa de ser completamente una interpolación.
 
En resumen: sea lo que se piense de cómo pudo ser el texto primitivo de Flavio Josefo sobre Jesús (y lo más probable es que fuera negativo), la mera existencia de este pasaje en la obra del historiador judío se explica muchísimo mejor si se parte de la idea de que Josefo lo incluyó en su libro porque consideraba que Jesús había sido crucificado por los romanos (con el impulso de las autoridades judías) por ser un sedicioso contra el Imperio.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Lunes, 20 de Febrero 2017
El rabino Gamaliel caracteriza a Jesús como revolucionario contra Roma. Jesús y la resistencia antirromana (XLII)
Escribe Antonio Piñero
 
Hay un pasaje sorprendente en los Hechos de los Apóstoles en el capítulo 5 en el que se compara el movimiento de los seguidores de Jesús con dos famosos “revolucionarios” –desde el punto de vista romano; desde el la posición judía serían hombres piadosos y consecuentes– nombrados por Flavio Josefo en la lista de rebeldes entre la muerte de Herodes el Grande y el inicio del Gran Levantamiento contra Roma del año 66 d. C.
 
El contexto del pasaje de los Hechos es la primera persecución de los apóstoles, en Jerusalén, por parte de los jefes de los judíos, por ser seguidores de un individuo que acababa de ser crucificado. Es posible que eso suscitara sospechas no deseadas entre los romanos de que seguía el movimiento revolucionario contra ellos. He aquí el texto:
 
“Se levantó el Sumo Sacerdote, y todos los suyos, los de la secta de los saduceos, y llenos de envidia, 18 echaron mano a los apóstoles y les metieron en la cárcel pública… 9 Pero el Ángel del Señor, por la noche, abrió las puertas de la prisión, les sacó… Se presentó uno de la guardia del Templo que dijo: «Mirad, los hombres que pusisteis en prisión están en el Templo y enseñan al pueblo». Entonces el jefe de la guardia marchó con los alguaciles y les trajo, pero sin violencia, porque tenían miedo de que el pueblo les apedrease… 27 Les trajeron, pues, y les presentaron en el Sanedrín.
 
 
“El Sumo Sacerdote les interrogó 28 y les dijo: «Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre.» 29 Pedro y los apóstoles contestaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. 30 El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. 31 A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. 32 Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen.» 33 Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
 
 
34 “Entonces un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, con prestigio ante todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín. Mandó que se hiciera salir un momento a aquellos hombres, 35 y les dijo: «Israelitas, mirad bien lo que vais a hacer con estos hombres. 36 Porque hace algún tiempo se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que le seguían se disgregaron y quedaron en nada. 37 Después de éste, en los días del empadronamiento, se levantó Judas el Galileo, que arrastró al pueblo en pos de sí; también éste pereció y todos los que le habían seguido se dispersaron. 38 Os digo, pues, ahora: desentendeos de estos hombres y dejadlos. Porque si esta idea o esta obra es de los hombres, se destruirá; 39 pero si es de Dios, no conseguiréis destruirles. No sea que os encontréis luchando contra Dios.» Y aceptaron su parecer.
 
Obsérvese en este texto:
 
1. El sumo sacerdote tiene miedo de que la predicación de Pedro sobre Jesús atraiga de nuevo la atención de los romanos, quienes podrían provocar una matanza entre el pueblo. Por tanto, los romanos unen la figura de Jesús y la de sus seguidores con un delito de levantamiento contra el Imperio digno de ser reprimido a sangre y fuego.
 
2. Pedro y los apóstoles contestaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Es decir, la doctrina que está predicando es en apariencia al menos puramente religiosa. Y Dios está por encima de todo.
 
3. Gamaliel se levanta en la reunión del Sanedrín y ante todo compara este movimiento con el de Teudas y Judas de Galileo (cronológicamente debería ser al revés: primero Judas y luego Teudas; pero esta inversión puramente cronológica no va para el argumento). Nadie le contradice. Al final aceptan todos los del Sanedrín la opinión de Gamaliel.
 
4. ¿Quiénes eran Teudas y de Judas el Galileo, y qué representaban?
 
A. Teudas: personaje revolucionario; uno de los que condujo al pueblo a la catástrofe de oponerse a Roma. Según Flavio Josefo Josefo, su levantamiento fue en los días del procurador Cuspio Fado (44 d.C. – 46 d.C.). Teudas pretendía ser profeta y condujo a una multitud hacia el río Jordán, al que prometió dividir en dos partes y luego que vencería a los romanos en su marcha hacia Jerusalén. Los soldados que Fado envió contra él dispersaron por las armas a sus seguidores y mataron a Teudas.
 
B. Judas el Galileo: después de que Augusto ordenara el censo de Judea, para poder imponer las tasas y tributos, y que este censo fuera considerado una gran ofensa a la religión ya que Augusto se apoderaba de los frutos de la tierra de Israel, que solo pertenecían a Dios, el fariseo Sadoc y un celoso de la Ley, llamado Judas, se levantaron en armas contra los romanos. El inicio de la revuelta fue la toma de Séforis por parte de los revolucionarios comandados por Judas. Coponio, el prefecto enviado por Augusto, reprimió la sublevación a sangre y fuego. Finalmente cercó a los revolucionarios en Megido y prácticamente degolló a todos. No sabemos exactamente cómo murió Judas, pero pereció allí a espada o bien fue crucificado (Guerra de los Judíos VIII 2; Antigüedades de los judíos XVIII 1). Es bien sabido que este levantamiento fue el inicio público del movimiento político de los celotas que no llegó a formarse como “partido” o “grupo organizado” sino cuando resurgió con fuerza en el año 60 d. C. y llevó al levantamiento del 66. El principio religioso que los movía era: “Solo Dios era el verdadero dueño y rey de Israel. Por tanto es una blasfemia censar el pueblo y pagar los tributos a los romanos”.
 
Como dije, no viene a cuento para nuestra argumentación que Lucas se equivocase, que cambiara el orden de los revoltosos, y sobre todo que se confundiera con el año en el que murió Teudas (el 44 d. C. mientras que Gamaliel pronunció el discurso registrado por Lucas en los Hechos, ciertamente antes del 40 d.C.
 
5. Gamaliel está encuadrando el movimiento de Jesús y sus seguidores entre los más conspicuos revolucionarios contra el Imperio Romano que recordaban las gentes en su tiempo. Obsérvese también cómo –a pesar de que, inverosímilmente, el pueblo había pedido a Poncio Pilato que crucificara a Jesús (Mc 15,13 y paralelos)– los sumos sacerdotes tienen miedo de emprender acciones contra los apóstoles porque “el pueblo podía apedrearlos”. Por tanto, estaban las gentes cordialmente de acuerdo con los seguidores de Jesús… ¡los veían como piadosos nacionalistas antirromanos!
 
6. Es altamente improbable que la iglesia primitiva hubiera inventado esta historia de Gamaliel y esta caracterización de Jesús y de su movimiento. Por el contrario, si Jesús fue un sedicioso contra los romanos, una comparación de este tipo era de esperar y todo se explica mucho mejor. Los parecidos que debieron de mover a Gamaliel son los siguientes:
 
· Los tres sostuvieron que solo Dios era el dueño de Israel. Para la opinión de Jesús en concreto, véase Mc 12,29 (“Jesús contestó: «El primer mandamiento es: Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor”);   Lc 4,8: “Jesús le respondió: «Esta escrito: Adorarás al Señor tu Dios y sólo a él darás culto»”).
 
· Teudas era un “profeta de signos (milagros)”. Jesús igualmente.
 
· Teudas se “creía alguien”. Jesús tuvo una uy alta opinión de sí mismo (Mt 12,41: “Aquí hay alguien más que Jonás; Lc 11,31: “La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón”).
 
· Según nuestra hipótesis, los tres personajes Judas, Teudas y Jesús deseaban el fin de la dominación romana sobre Israel.
 
· Los tres se opusieron al pago del tributo a Roma
 
Conclusión: es altamente probable que lo apuntado por el rabino Gamaliel fuera un recuerdo exacto entre las gentes de lo que había representado Jesús y su movimiento. La comparación de Jesús con Teudas y Judas el galileo sirve de prueba de que entre los tres había efectivamente grandes similitudes. Por el contrario, es muy poco probable que esta caracterización de Jesús como antirromano sea un invento de la Iglesia primitiva, ya que va contra la imagen del Jesús pacífico, indiferente a la política, manso y humilde de corazón.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Domingo, 19 de Febrero 2017
Escribe Antonio Piñero
 
Decíamos ayer que el buen historiador no debe eludir la explicación de varios pasajes evangélicos que van en contra de la hipótesis que propone. En este caso se trataría de textos parecen dibujar la postura de un Jesús totalmente pacifista, opuesto a la violencia totalmente y de cualquier signo y despreocupado de la política de su tiempo. Una postura fácil para un investigador sería la de omitir voluntariamente estos textos, porque podrían no cuadrar con una postura previa suya. Otra, asegurar sin más que todos los textos que parecen contrarios a su tesis están manipulados por la fe cristiana y que se debe omitir su consideración porque no pertenecen al nivel del Jesús histórico. Veamos los textos:
 
El primero es Jn 6,15, cuyo contexto es el momento después de que Jesús hubiera dado de comer a la multitud multiplicando unos panes y dos peces:
 
“Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo».  Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo”.
 
 
El segundo es Lc 9,51-56:
 
 
“Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, 52 y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; 53 pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén. 54 Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?» 55 Pero volviéndose, les reprendió; 56 y se fueron a otro pueblo”.
 
El tercero: Jn 18,10-11:
 
“Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?».
 
 
Pero en este caso teniendo en cuenta también que en un pasaje paralelo en la tradición sinóptica, Pedro pide permiso a Jesús para utilizar la espada: “Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?»” (Lc 22,49).
 
 
Estos textos permiten las siguientes consideraciones:
 
 
1. Jn 6,15 puede explicarse muy bien por el pragmatismo de Jesús, es decir, todavía no consideraba que era el momento ni el lugar oportunos para esa proclamación. En esos instantes los romanos lo habrían detenido sin haber tenido ocasión de presentarse en la capital, Jerusalén. Para Jesús eso no era conveniente, pues hemos insistido en que solo al final de su vida Jesús se proclamó mesías rey, y en Jerusalén, lugar donde se esperaba la venida del reino de Dios en una procesión divina que procedería del Monte de los Olivos (Zac 14,3-4: texto ya citado: “Yahvé… plantará sus pies aquel día en el monte de los Olivos que está enfrente de Jerusalén…”). La huida al monte de Jesús según Juan es interpretable, pues, como un acto de pragmática prudencia, pero no como una prueba de que Jesús era un pacifista a ultranza y jamás se proclamó mesías.
 
Esta consecuencia se refuerza por la impresión que causa en el lector los capítulos 7 y 8 del Evangelio de Marcos: lo que se obtiene es que Jesús está tratando de evitar las multitudes de personas que acudían a él para huir de Herodes Antipas, es decir, huyendo de una excesiva notoriedad en las cercanías de Tiberíades. No debe interpretarse de ningún modo el contexto como que Jesús rechaza totalmente las pretensiones mesiánicas. No cuadra con lo que ocurrirá después, en sus ultimo días en Jerusalén en donde hace claramente su proclamación.
 
 
2. Lc 51-56: hay que caer en la cuenta de que los discípulos piden permiso a Jesús para que caiga fuego del cielo sobre esas ciudades inhóspitas. Luego suponen que cabe dentro de las posibilidades de Jesús el concederlo. Que eso es así se deduce de las amenazas de Jesús contra las ciudades que no prestaron la debida atención a su mensaje por lo que será condenadas al fuego eterno, como Sodoma y Gomorra:
 
 
“«¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido. 22 Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. 23 Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy. 24 Por eso os digo que el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma que para ti» (Mt 11,21-24).
 
 
Y por último: el pasaje prueba que el “núcleo duro” de los amigos íntimos de Jesús, que él había escogido, eran gente violenta. Hay un proverbio castellano, un poco duro quizás, pero que viene a cuento: “Dime con quién andas y te diré quién eres”. En palabras de F. Bermejo” Hubo de haber habido algo en su mensaje que permitió a sus seguidores tomar este tipo de iniciativas”.
 
 
3. Jn 18,10-11: La primera consideración sobre este pasaje a la luz de la comparación con Lc 22,49 (véase arriba) es que aquí es aplicable también el argumento de que el discípulo, Pedro, uno de los íntimos, pide permiso a Jesús. Por lo tanto, cree en la posibilidad de que Jesús lo conceda. Segundo: que la frase “Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?»” está claramente transida de la teología johánica. Creo que casi todos los exegetas/intérpretes están de acurdo que no es aplicable al Jesús histórico, sino al Jesús místico, espiritualizado y divinizado de esa teología.
 
Seguiremos con este estilo de argumentos que responden a las dificultades planteadas por un cierto sector de la crítica a la hipótesis de un Jesús sedicioso, según los romanos, y que creo fácilmente respondibles.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com
 
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Me ha llegado el siguiente enlace de una entrevista (es periódica; cada segundo domingo de mes) de “Actualidad Radio” en Miami, Florida, USA:
 
http://www.ivoox.com/entrevista-al-dr-antonio-pinero-02-12-2017_rf_16961753_1.html,
 
por si alguno le interesa. El tema es Jesús de Nazaret en el contexto del siglo I en Israel.
 
Sábado, 18 de Febrero 2017
Escribe Antonio Piñero
 
En la postal de ayer mencionábamos diversos detalles de la vida de Jesús que dejan de ser enigmáticos si se aplica el trasfondo procurado por la hipótesis de que los romanos miraban a Jesús como un auténtico sedicioso.  Otros detalles pueden ser:
 
· El que Jesús no predicara nunca en ciudades de importancia como Séforis o Tiberíades. He indicado repetidas veces que el motivo podría ser la idea de Jesús de que el reino de Dios solo está abierto a los pobres de espíritu, a aquellos que son igualmente pobres de verdad. Por tanto que Jesús podría pensar que la necesaria disposición de ánimo para recibir su mensaje podría esperarse solo de las gentes del campo, imposibilitadas por su pobreza misma para tener sus mentes dedicadas a las preocupaciones de la riqueza. Esto me parece cierto. Pero también es posible la posibilidad apuntada por el Prof. Bermejo de que Jesús “las evitó programáticamente… y no solo por ser ciudades helenísticas y gentiles porque en términos de indicadores religiosos y étnicos, la arqueología revela la gran continuidad entre las villas pequeñas de Galilea, como Cafarnaúm y Nazaret, y la ciudad de Séforis”.
 
Es posible que hubiera también motivos políticos: esas dos ciudades “albergaban el aparato administrativo de Herodes Antipas” (enemigo a muerte de Jesús, recordemos) y en donde “este tenía la mayor parte de sus tropas. Al menos mientras que Jesús no estuviera totalmente persuadido de que Dios iba a intervenir en su favor, no tendría deseos de poner voluntariamente su cabeza en la boca del león”.
 
En concreto el que Jesús hubiera evitado Séforis es extrañísimo, ya que la arqueología ha demostrado que la inmensa mayoría de los habitantes de Séforis eran judíos y entre los restos se han encontrado baños lustrales, o de purificación (miqwaot), restos de vasijas de piedra que podían servir para lo mismo y enterramientos totalmente judíos con osarios. Además, en su vida como carpintero-maestro de obra (tékton) debió de ir a buscar trabajo a Séforis muchas veces.
 
· Otra escena, muy conocida, que se explica mejor con la hipótesis propuesta es la del pago del “tributo al César”. Parece imposible que un judío religioso, fervoroso, celoso del cumplimiento de la ley de Moisés, que albergaba ideas mesiánicas, según las cuales Israel era la tierra exclusiva de Yahvé estuviera de acuerdo con la idea de que había que pagar ese tributo al César (el llamado impuesto persona o de capitación: todos los israelitas adultos debían pagarlo independientemente de su condición). Y eso por dos razones: 1. Porque arrebataba indirectamente el producto de la tierra sagrada, propiedad de Yahvé; 2. Porque en el fondo y en la forma era reconocer que el señor de Israel era Tiberio y no Yahvé. Así que a priori se podría esperar que Jesús se opusiera al tributo. Y por una razón más: según los evangelistas mismos Jesús arrastraba las multitudes. Por tanto si Jesús hubiera proclamado públicamente que estaba de acuerdo con el pago del tributo, hubiese perdido de inmediato el favor de las gentes.
 
Sin embargo, si leemos el Evangelio de Marcos –y así se ha entendido por siglos– es claro que su autor presenta a un Jesús de acuerdo pragmático con el Imperio y aceptando el pago del tributo. Po el contrario, la hipótesis de un Jesús sedicioso interpreta la perícopa de Mc 12,15-17:
 
“Traedme un denario, que lo vea». 16 Se lo trajeron y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Ellos le dijeron: «Del César». 17 Jesús les dijo: «Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios». Y se maravillaban de él”,
 
 
Como un auténtico truco de prestidigitación retórica por parte de Jesús: hace confundir a sus oyentes la moneda concreta, el denario que le presentan, con el tributo… y naturalmente dice en realidad: “Este denario que lleva la efigie de su dueño, Tiberio, devolvédselo a su dueño, pero lo que es de Dios (la tierra, sus frutos y las personas israelitas que la habitan) dádselo a Dios. Así que como buen argumentador de la escuela farisea, Jesús dijo clara pero indirectamente que no era lícito pagar el tributo. Su ideología religiosa quedaba intacta; la gente lo entendió y los adversarios quedaron frustrados, que entendieron perfectamente la treta. Jesús no perdió el favor del pueblo. Por eso, según Lucas 23,2, lo acusaron de revolucionario y seductor del pueblo: “«Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es el mesías rey». Todo ¡queda meridianamente claro si se acepta la hipótesis del Jesús sedicioso… pero no para los judíos…, sino para los romanos invasores.
 
 
Nada costaría aceptar esta hipótesis de un Jesús sedicioso desde el punto de vista romano, si la educación recibida no nos hubiera marcado a fuego en el alma la idea de un Jesús totalmente indiferente y despreocupado de la situación política del Israel de su tiempo. Eso es imposible casi a priori, porque ya hemos indicado repetidas veces que religión y política en el judaísmo de la época iban indisolublemente unidas. Y, en segundo lugar, estamos ante un caso en el que no se obtienen las consecuencias necesarias de una idea sobre Jesús  que se ha abierto camino entre todos los intérpretes, estudiosos del Nuevo Testamento: Jesús era judío y consecuentemente judío, y además al menos al final de su vida, se proclamó rey-mesías de Israel. Pero muchos se quedan solo en lo primero. Ahora bien, ser judío religioso en el siglo I y en Israel comportaba necesariamente una mentalidad.
 
 
Seguiremos mañana con la discusión suscitada por algunos pasajes evangélicos en los que Jesús parece apartarse radicalmente de la violencia y de la política de Israel.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Viernes, 17 de Febrero 2017

 
Escribe Antonio Piñero
 
Argumenta F. Bermejo, en el artículo que comentamos (“Jesus and the Anti-Roman Resistance”), que es posible también explicar parte de la oscura cuestión denominada “secreto mesiánico” en el Evangelio de Marcos, si se acepta la hipótesis del Jesús sedicioso contra el Imperio. Amplío esta afirmación que no se desarrolla en su artículo.
 
El secreto mesiánico se refiere a la orden de Jesús de mantener oculta su condición de mesías hasta el momento de su resurrección. Por ello, casi cada vez que hace un milagro, normalmente de sanación, ordena Jesús al beneficiario que “No se lo diga a nadie”, que lo mantenga en secreto. Un ejemplo típico es Mc 1,40-44… y de su incumplimiento inmediato por el beneficiario:
 
“Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme.» 41 Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio.» 42 Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. 43 Le despidió al instante prohibiéndole severamente: 44 «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.» 45 Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia”
 
Es cosa sabida en la investigación del Nuevo Testamento que este “secreto” es algo en sí raro e imposible, ya que las curaciones, u otros milagros, eran por lo general públicos y la fama de sanador que ello producía no se podía contener entre el pueblo. Era, pues, una orden incomprensible. La explicación de este secreto fue el tema principal de un libro básico en la historia de la investigación del Nuevo Testamento, el de Wilhem Wrede en 1901 (con el título Das Messiasgeheimnis in den Evangelien. Zugleich ein Beitrag zum Verständnis des Markusevangeliums, Gotinga 1901 (“El secreto mesiánico en los evangelios. Aportación a la comprensión del Evangelio  de Marcos”). El argumento principal de este libro es, en síntesis, el siguiente:
 
Como los cristianos primitivos no podían explicarse muy bien la poca proyección práctica –-sobre todo en los primeros pasos de la vida pública de Jesús– de la conciencia me­siánica del Nazareno y su rotundo fracaso al final de su vida, pensaron que la solución radicaba en la positiva vo­luntad de Jesús de mantener oculto que él era el mesías. Si se proclamó mesías e hizo tantos milagros pero Jesús tuvo tan poco éxito es porque Jesús hizo algo para que esto sucediera así. Entonces el evangelista Marcos tuvo la idea de cómo explicar este hecho: el secreto mesiánico como orden dada por Jesús mismo
 
Pero desde el punto de vista de la investigación moderna, el hiato entre la tradición anterior a Marcos, que presentaba a Jesús como maestro y taumaturgo, y la concep­ción mesiánica de Jesús que era sostenida por la comunidad de sus seguidores obligaron al evangelista a crear este lazo de unión entre ambos elementos por medio del “secreto”. Pero tal conexión era puramente ideológica y no correspondía a la situación histórica, es decir, en realidad Jesús nunca se creyó mesías y, por tanto, nunca hubo tal prohibición.
 
Con otras palabras: el secreto mesiánico fue una “tradición” creada artificialmente, en realidad un invento imaginado por la primitiva comunidad cristiana y retomado por Marcos, que compuso su evangelio no como un historiador objetivo, sino como un teólogo que escribe desde el punto de vista de la fe.  Aceptando la idea de que Jesús fue el origen del secreto, Marcos solucionaba el problema: el poco éxito de Jesús –aunque en verdad él se creía el mesías– se explicaba solamente porque fue el mismo Jesús  el que prohibió que su mesianidad se divulgara. Pero la interpretación moderna descubre el truco literario: como es evidente que tal orden es absurda (¿cómo va a ser Jesús el mesías por designio divino y a la vez considerar sensato que él mismo prohibiera  que se supiera este hecho?), la solución es que  el “secreto mesiánico” es un mero artificio literario de la comunidad primitiva a la que el evangelista Marcos dio forma literaria para explicar la dignidad real de Jesús como mesías y a la vez su fracaso en la práctica.
 
La explicación que se propone en una breve nota del artículo que comentamos es que hubo algo de real en la vida de Jesús que llevó al invento del “secreto mesiánico”. Es decir, se  parte del supuesto de que las propuestas de los evangelistas al interpretar teológicamente a Jesús hubieron de tener en muchos casos una base en su vida que sirvió como de trampolín para la interpretación teológica idealizada del Maestro. Ocurrió algo real que hizo Jesús y que luego Marcos lo interpretó de otro modo (naturalmente partiendo de la fe en Jesús como el mesías divino, resucitado y exaltado al cielo). Ese algo real que ocurrió es que Jesús  sabía muy bien las consecuencias políticas terribles y el peligro que corría su vida si se proclama mesías… Su idea de su propio mesianismo no se diferenciaba de la común entre los judíos. Por ello hasta que no estuvo seguro de que Dios iba a intervenir para implantar su reinado y que él como mesías tendría en ese Reino una función importante, ordenó que se mantuviera en secreto su condición mesiánica. Jesús era consciente de que afirmar que él era el mesías-rey era peligroso que lo podían matar al instante como habían hecho con otros; que los romanos caerían enseguida en la cuenta de que proclamarse rey y mantenerse dentro de la ley del Imperio era imposible. Por ello ordenó mantener oculta  su pretensión mesiánico-real hasta estar seguro del éxito.
 
Consecuentemente, Pedro –que era un tipo impetuoso y sincero– se apresuró a decir la verdad en el diálogo de Cesarea de Filipo (Jesús preguntó qué opinaban las gentes quién era él: Mc 8,27): Jesús era el Mesías… tal como lo pensaba la gente. Pero el Maestro reaccionó acusándolo de temeridad y de estar inspirado por Satanás (es decir, al revelar el secreto se podía perturbar el ritmo de su proclamación paulatina que pretendía). Marcos aprovechó también esta reacción de Jesús para poner en boca de este la “profecía” (ex eventu; “a toro pasado”) de que su mesianismo no era político, sino puramente religioso: era un sacrificio querido por Dios por toda la humanidad (Mc 830-31 y 10,45). Nadie lo comprendería hasta su resurrección (momento en el que se abrirían los ojos de la fe)…, con lo que los judíos y los romanos acabarían matándolo.
 
Piense el lector lo que parezca. Pero creo que esta presunción es razonable en los siguientes puntos:
 
1. El secreto mesiánico es una orden absurda y un artificio literario del Evangelista Marcos.
2. Normalmente nada se inventa teológicamente si no hay una base en la vida de Jesús que da pie a la interpretación idealizada posterior.
3. Jesús se creyó en verdad el mesías de Israel, pero el principio consideró muy peligroso divulgarlo, hasta que todo estuviera claro y tuviera apoyos. Sabía que su vida y la de sus seguidores corría mucho peligro: tanto Antipas como los romanos lo considerarían un sedicioso contra el orden constituido y procurarían quitarlo de en medio. Así que fue prudente.
 
Seguiremos explicando otros aspectos de la vida de Jesús que pueden aclararse si se defiende la hipótesis de que Jesús actuó o dijo ciertas palabras dada su condición mesiánica, lo que implicaba ipso facto, que el Imperio lo declarara sedicioso.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Jueves, 16 de Febrero 2017
Escribe Antonio Piñero
 
En el artículo que comentamos aclara el Prof. Bermejo que no solo múltiples aspectos de la pasión y muerte de Jesús se aclaran si tomamos como base la hipótesis de un Jesús sedicioso, sino también otros detalles en principio poco claros de la vida pública de Jesús y del comportamiento de sus discípulos. Desarrollaré este punto.
 
1. El primero es el sorprendente aviso del Maestro a sus discípulos respecto al grave peligro que corrían sus vidas si lo seguían:
 
 
“El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,38).
 
 
“Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,24-25)
 
 
¿Por qué escoge Jesús expresiones tan duras para manifestar las consecuencias del seguimiento a su persona y a sus propósitos? En la época de Jesús no era como es hoy, que  pensamos que la cruz tiene un significado simbólico y significa los sacrificios diarios que impone la dureza de la vida a cada persona. Esta interpretación metafórica solo es posible cuando Lucas altera la frase de Jesús y la reinterpreta Lucas, unos cincuenta años después de la muerte de Jesús, cuando  añade un “cada día” que cambia totalmente el sentido de la frase: “«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”. No era así, sino que la cruz significaba solamente el suplicio al que condenaban los romanos a todo aquel  que fuera un sedicioso para el Imperio.
 
 
¿Qué sentido tiene que los romanos crucificaran a unos predicadores itinerantes, liderados por un maestro totalmente pacífico, sin interés alguno por los aspectos políticos de la vida de su país, absolutamente inofensivo, que predicaba continuamente el amor? Un mensaje de paz y amor no es amenazante para nadie. Por el contrario, si un maestro itinerante mueve a las masas tras él y les predica que viene un reino de Dios que supone una total inversión de valores sociales ––Los primeros serán los últimos y los últimos los primeros (Mt 19,30) y que los pobres serán bienaventurados y no los ricos (Mt 5,3) que ya han recibido su recompensa en esta tierra (Lc 16,26)–– gracias a la venida de un Reino cuya primera condición es que los romanos se “vuelvan”  (conviertan) todos hacia la ley de Moisés o de lo contrario que sean expulsados del país?
 
 
Me parece evidente, pues, que Jesús predicaba algo, un reino de Dios,  que los romanos consideraban peligroso, tanto como para amenazar con la muerte en cruz a quien siguiera a un maestro que predicaba semejante cosa. Hay que insistir en que la cruz no tenía entonces significado simbólico-metafórico alguno. Jesús afirma que quien le sigue puede perder su vida. Y que si la pierde (¿a manos de quién? De los romanos naturalmente), resucitará para ganar una vida eterna en el mundo futuro, es decir, en el inminente reino de Dios.
 
 
2. La hipótesis de un Juan sedicioso y las represalias de los romanos contra ellos explican claramente la huida de los discípulos tras el episodio del prendimiento del Maestro en Getsemaní. Si eran todos gente totalmente pacífica, por qué Jesús y sus discípulos fueron atacados de noche por una tropa más o menos poderosa, y por qué, al verse perdidos, sus seguidores huyeron a toda prisa? Naturalmente porque temían por su vida. Pero los totalmente pacíficos y predicadores solo del amor no suelen  temer por su vida.
 
 
¿Acaso no temía por su vida Pedro cuando negó repetidas veces a Jesús durante la noche de su  detención? Que el hecho es histórico se demuestra con verosimilitud por el criterio de dificultad, ya que nadie inventa porque sí que el jefe de su grupo es un cobarde, un traidor y un desleal, sobre todo cuando hacía poco que había manifestado que estaba dispuesto a morir por él? = Mc 14,31: “Pero él insistía: «Aunque tenga que morir contigo, yo no te negaré.» Lo mismo decían también todos”. Por cierto, en esta frase aparece de nuevo el peligro de muerte que corrían aquellos que estaban dispuestos a seguir a Jesús.
 
 
3. Por último: según Lc 13,31 (“Se acercaron algunos fariseos a Jesús, y le dijeron: «Sal y vete de aquí, porque Herodes Antipas quiere matarte»”), parte de la vida itinerante y errática, incluido el paso a territorios fuera de Israel, se explica bien porque Jesús huía de Antipas; porque temía correr la misma suerte que su maestro Juan Bautista de manos del tetrarca de Galilea. ¿Por qué motivo? Por el mismo que indica Flavio Josefo  (Antigüedades XVIII 116-117) respecto a Juan: porque él, Jesús, representaba un peligro social, ya que movía multitudes y a la larga, o a la corta, podía provocar un tumulto de gentes que derrocaran, o hicieran temblar seriamente, el trono de Antipas. La amenaza era tan grave que el tetrarca pensaba que solo se podía arreglar con la muerte. Estas circunstancias se explican muy bien –al igual que el caso de Juan Bautista– si se piensa en una predicación religiosa de la inminencia de un reino de Dios que trastocaba todo el orden social y político existente.
 
 
Seguiremos
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Miércoles, 15 de Febrero 2017
Escribe Antonio Piñero
 
Deseo hoy añadir algunas precisiones complementarias, quizás importantes, a lo sostenido ayer.
 
 
Concluíamos que es razonable suponer que las autoridades judías intervinieron en el prendimiento y en la muerte de Jesús, ya que –siendo Jesús en realidad un sedicioso contra el Imperio, y por muy bien que los pudiera caer la figura de un nacionalista judío, muy religioso y leal a su religión– primaron los intereses políticos y probablemente… económicos. La cuestión planteable con más detalle es la siguiente: ¿Partió la iniciativa para actuar en contra de Jesús directamente de Pilato? ¿Se limitó el Prefecto a expresar el descontento con las condiciones del país respecto a la lealtad para con el Imperio y a insistir en que se hiciera algo al respecto por parte de las autoridades judía? 
 
Una respuesta absoluta a esta pregunta no es posible. Pero sí lo es plantear un supuesto razonable partiendo del texto de Jn 11,47 – 50. Es posible que hubiera conversaciones previas entre Pilato y Caifás antes de realizarse la reunión informal de gran parte de los miembros del Sanedrín de la que da cuenta ese pasaje del Evangelio. Es posible que el Prefecto impulsara con ciertas amenazas, a Caifás para que este garantizara la lealtad a Roma  por parte no solo de este Consejo, sino también del pueblo de Jerusalén. Esto explicaría por qué los Evangelios dicen que los jefes de los judíos azuzaban al pueblo de Jerusalén a que pidiere él mismo la 15,13-14: “La gente volvió a gritar: «¡Crucifícalo!». Pilato les decía: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaron con más fuerza: «Crucifícalo!»”.
 
 
Según la escena que dibuja el Evangelio de Juan en 11,47-50, ciertamente no les convenía en absoluto a los miembros del Sanedrín que el nacionalismo religioso de un pequeño grupo pudiera suscitar algún movimiento popular antirromano en el entorno del Templo, lo que –a su vez– podría causar una violenta reacción por parte de los romanos y que muriera mucha gente (vv. 47-48: “Este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación»). Y segundo, tampoco les convenía que ese pequeño grupo –y además galileos– viniera a perturbar el excelente negocio del funcionamiento pacífico del Templo. Demasiado dinero en juego con la venta de animales y el cambio de moneda, más lo que los sacerdotes mismos obtenían de los sacrificios.
 
Así que es probable que, tras dejar de lado las discusiones internas (vv. 49-50): les  increpa Caifás: “Vosotros no sabéis nada…,ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación”), que demuestran que no todo el grupo del Sanedrín podría ser totalmente hostil a Jesús, se armaron de las mejores armas políticas (Lc 23,2: “Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es el mesías rey»”) y entregaron a Jesús en manos de Pilato. Y este, encantado de que le facilitaran la labor. Entre los dos, Sanedrín y el Prefecto, lograron que el sentimiento antirromano no siguiera prendiendo entre el pueblo judío aunque por motivos fundamentalmente religiosos.
 
Esta es más o menos la reconstrucción posible de la escena gracias a los datos del Cuarto Evangelio. Pero debe quedar claro que lo que primaba el interés de los romanos. Y si no hubieran actuado los jefes de los judíos  para evitarse problemas, los romanos lo habrían hecho por su cuenta tarde o temprano. Y debe quedar claro que el juicio de verdad contra Jesús fue el romano; que allí hubo una cognitio extra ordinem, es decir, un juicio breve con acusación y fallo rápido por parte del Prefecto, y que fueron ellos, los romanos, los responsables de esa condena y de la muerte de los tres sediciosos.
 
Por consiguiente no creo que esté fundamentada, por un lado, la tendencia a exonerar absolutamente a los judíos del prendimiento y muerte de Jesús  (es decir, llevar al extremo  la tesis de “La patraña del pueblo deicida”, DStoria Edicions de Sabadell 2014, como ha hecho Josep Montserrat, el autor también de El Galileo armado, de EDAF 2011). Por otro, tampoco me parece legítimo exonerar totalmente  a los romanos, evitar la imagen de un Jesús sedicioso, ocultar el aspecto y consecuencias políticas de una predicación en apariencia exclusivamente religiosa y dejar que en el pueblo cristiano siga creyendo que la culpa de todo la tuvieron los judíos que por motivos estrictamente personales o de una religión mal enfocada; que fueron estos los que  acabaron con un Jesús totalmente inocente, manso y humilde y de corazón.
 
Esta postura, a la vez, fomenta el antisemitismo pensando que “los judíos” en general (ni siquiera distinguiendo entre los jefes y el pueblo; o entre una parte del pueblo de Jerusalén y el pueblo judío en general del siglo I) se movieron por una crueldad interna y malvada, o por un odio y envidia perniciosos contra Jesús, sino que en realidad todo ocurrió entre los judíos “como una decisión pragmática de las autoridades, y por lo tanto como el menor de dos males”, como expresa oportunamente F. Bermejo.
 
Y una nota más a la conclusión: no había en el Israel del siglo I ninguna separación entre religión y política; no había tampoco en el mundo antiguo en general, romano y griego en particular, ninguna separación entre religión y política. El emperador (que es un cargo militar) era  a la vez el pontífice máximo; el cuidado del culto a los dioses y el ofrecimiento de los sacrificios oportunos era importante y necesario para que no se encendiera la ira  divina y acabaran con una ciudad en concreto o con el estado completo ya que los humanos no cumplían sus deberes para con ellos; y cuando se emprendía una guerra lo primero que se hacía era sacrificar convenientemente a la divinidad  e interpretar los augurios y ómenes que esa misma divinidad había previamente dispuesto. Y en el siglo XXI no hay en otra religión abrahámica como es el islam ninguna separación entre religión y política.
 
Y, curiosamente, la separación entre religión y política, entre la Iglesia y el Imperio, comenzó en el siglo V por parte de la Iglesia y fue una cuestión de mera supervivencia política por parte de ella. Cuando el Imperio tardorromano se hundía en el último cuarto del siglo V, la Iglesia quiso separar su suerte (la Iglesia estaba constituyéndose ya en el mayor latifundista del Imperio, la mayor  propietaria de bienes raíces en iglesias, monasterios y campos adyacentes) de la del Imperio Romano.
 
Y para ello se aprovechó de una teología sobre la condición humana y la obra dela gracia divina que provenía de san Agustín en último término. La Iglesia sobre todo comenzó a promover una cierta separación del Imperio utilizando ideas que había propagado la obra de Próspero de Aquitania en el segundo cuarto del siglo V (De vera humilitate, que en realidad no hablaba de la humildad, sino de la riqueza de la Iglesia y de cómo justificarla): es tal la dependencia humana de la gracia divina –afirmaba– que el pasado, es decir, el Imperio, no contribuía para nada al presente. En realidad no se necesitaba ya al Imperio, porque con el advenimiento del cristianismo Dios lo había hecho todo nuevo (Apocalipsis 21,5); para reformar el mundo bastaba con el milagro diario de la gracia. De hecho, con esta doctrina empezó a fundamentarse la noción de que la historia de la Iglesia era independiente de la historia del Imperio. Y con esta idea comenzaba también a separarse el poder civil del eclesiástico que deseaba su propia independencia. Esto era solo el comienzo y faltará aún mucho tiempo para que la Iglesia llegue al extremo opuesto: considerarse superior al estado y exigir no solo el “poder de la cruz”, sino también “el de la espada”, en el sentido de que la segunda se someta plenamente a la primera.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Martes, 14 de Febrero 2017
 
Escribe Antonio Piñero
 
Otra de las preguntas que suelen formularse a propósito de la crucifixión de Jesús  es “¿Quién fue en último término el causante de su muerte?”. La investigación confesional más antigua solía echar la culpa por entero a las autoridades judías y prestaban absoluta fe a lo que se desprende de la lectura rápida de los Evangelios: fueron los jefes de los judíos. Los romanos y su prefecto –que no habían intervenido en la purificación del Templo– actuaron como meros comparsas y no fueron culpables en el fondo. Pilato, aun persuadido de la inocencia de Jesús, lo condenó a muerte por complacer a las autoridades judías y al pueblo. Ni siquiera es lícito hablar de soborno, sino de una mera cesión por parte del Prefecto a las presiones de los judíos.
 
Este punto de vista es simplemente inverosímil. No cuadra con el modo de ser de Pilato tal como lo describen Flavio Josefo y Filón: sus actuaciones cuando provocó a los judíos introduciendo estandartes de las legiones con el busto del emperador; de su enfrentamiento con el sacerdocio y el pueblo por el empleo de dinero del tesoro del pueblo para construir un acueducto para Jerusalén; de su asesinato de miles de samaritanos al  final de su mandato, por el cual fue destituido por Vitelio, y aprobado por Tiberio.
 
No parece posible que Pilato permaneciera impasible cuando los judíos mismos acusaban a Jesús de alteraciones de orden público y de hacerse su rey mesiánico, figura antirromana por excelencia. Como la crucifixión fue colectiva, y los judíos no pudieron ser responsables de la muerte en cruz de los dos bandoleros, parece evidente que los romanos actuaron como acusadores de esos dos personajes y los condenaron a muerte. ¿Es creíble que en ese caso colocaran a Jesús en medio de ellos, aun considerándolo inocente? No parece plausible.
 
Es inverosímil que los sumos sacerdotes hubieran actuado solo por pura envidia contra Jesús (Mc 15,10: Pilato “se daba cuenta de que los sumos sacerdotes le habían entregado por envidia”). ¿Cómo se inventaron igualmente los jefes religiosos de los judíos de las acusaciones contra Jesús que recoge Lucas 23,1-2 (“Y levantándose todos ellos, le llevaron ante Pilato. Comenzaron a acusarle diciendo: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey»), si es que eran una estricta mentira?  Es sencillamente inverosímil. E igualmente lo es, como afirma el Cuarto Evangelio, que ante todo el pueblo judío gritaran contra Jesús «No tenemos más rey que el César» (Jn 19,15).
 
Por el contrario, sí es verosímil la versión de este evangelio cuando pinta la escena de la deliberación del Sanedrín en casa de Caifás donde se pensó que lo mejor era eliminar a Jesús:
 
“Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: «¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchas señales. 48 Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación.» 49 Pero uno de ellos, Caifás, que era el Sumo Sacerdote de aquel año, les dijo: «Vosotros no sabéis nada, 50 ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación»” (Jn 11,47-50).
 
 
Esta versión es sumamente verosímil: hubo una actuación de consuno entre las autoridades judías y las romanas para quitar de en medio a Jesús por razones puramente políticas y de orden público…, en absoluto por razones de envidia, blasfemia contra Dios y otras acciones de Jesús contra la religión judía.
 
 
De ello se deduce que el prendimiento de Jesús fue probablemente una acción conjunta de la policía del Templo y de los romanos (Jn 18, 3: Judas llega al monte de los Olivos “con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas”). Incluso, si se me apura, parece inverosímil la presencia de guardias judíos contra Jesús, ya que iba en contra de las costumbres romanas de actuar solos y con disciplina militar estricta. Es más verosímil incluso que fueran los romanos solo lo que decidieron el prendimiento de Jesús y que –en todo caso– que se unieran a su grupo (cohorte) algunos acompañantes de Judas del entorno de los sumos sacerdotes. La decisión de prender a Jesús debió de partir en concreto de los romanos, por el interés que ellos mismos tenían. En todo caso podemos hablar también de una conjunción de intereses políticos (y económicos) por parte de las autoridades del  Templo con los intereses puramente políticos y de orden público de los romanos.
 
 
Por último: en general se suele explicar el silencio de Jesús ante Pilato (sobre todo) como un acto de majestad y autocontención, o bien como una decisión interna de aceptar el designio divino de su muerte en cruz con vistas a la redención de toda la humanidad. Pero, aparte de que una redención por toda la humanidad no encaja en absoluto con el perfil religioso de un judío a carta cabal como Jesús, el silencio de este, en especial ante Pilato (la escena de Jesús ante Herodes Antipas relatada solo por Lucas tiene muchas dificultades históricas), se explica mucho mejor si se tiene en cuenta el hecho de que un reo acusado de sedición puede temer verosímilmente que cualquier palabra que pronuncie ante la autoridad puede ser utilizada  en contra suya y de su causa.
 
 
En conjunto creo válido el resumen de la situación qua hace F. Bermejo en el artículo sobre “Jesús y la resistencia antirromana” que estamos comentando:
 
“La responsabilidad de la crucifixión de Jesús corresponde a Pilato, que tenía el imperium (el único con capacidad de ordenar una condena a muerte en la Judea del momento)… Debe quedar claro que Jesús podría haber sido arrestado y crucificado por el prefecto romano sin la intervención de los jefes de los sacerdotes, porque la predicación de Jesús, las pretensiones y las actividades eran extremadamente contrarias al dominio de Roma… El que fueron los sacerdotes los que persuadieron a Pilato para hacer el trabajo… los presuntos motivos (odio, la envidia, hostilidad mortal... ) son casi increíbles y son todos probablemente invenciones cristianas…
 
“Pero a la vez la idea de que las autoridades judías jugaron un papel en el destino de Jesús no deja de ser razonable... Si el Evangelio habla de la responsabilidad de las autoridades judías en detención de Jesús conserva probablemente un núcleo duro de la memoria histórica. El comportamiento  de los judíos –que implicaba la dura decisión de entregar a un compañero judío (o un grupo de judíos) a los romanos para su ejecución – se explica mejor si Jesús, efectivamente, había actuado como un sedicioso: con el tiempo se habían alarmado sumamente las autoridades por la gravedad del peligro político que constituía Jesús y su grupo, puesto que ello podría conducir fácilmente a la muerte de muchas personas inocentes por los romanos. Las autoridades judías tenían la responsabilidad de mantener el orden público y la paz en Judea y, por lo tanto, la obligación de cooperar en el mantenimiento del gobierno romano en su tierra.
 
Así pues, si tomaron parte los judíos en el prendimiento de Jesús, su intervención debió de haber sido de acuerdo con un escenario como el contenido en Jn 11,47-50 (citado arriba), pasaje que va en contra de la perspectiva del propio evangelista. Este texto es realista en la medida en que supone la existencia de actitudes profundamente contradictorios hacia Jesús dentro de las autoridades…, Los vv. 49-50 transmiten claramente la existencia de una discusión áspera entre las autoridades judías respecto a Jesús y, por lo tanto, parecen apuntar a la probabilidad de que al menos algunos de ellos tenían la intención de que se le permitiera a Jesús predicar y actuar sin perturbaciones ( " Si le dejamos ir de esta manera ... " : v. 48). La presuposición de la existencia de actitudes profundamente contradictorias hacia Jesús niega radicalmente la tendencia de los Evangelios a presentar a las autoridades judías en su totalidad como hostil a él”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Lunes, 13 de Febrero 2017
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Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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