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Notas

Hoy escribe Fernando Bermejo

En un post anterior ofrecí a los lectores una breve bibliografía con referencias de autores que han abogado recientemente, sea por considerar que el Testimonium Flavianum es falso (no proveniente de Josefo) en su totalidad, sea por sostener íntegramente su carácter auténtico. Advertí luego que el hecho de haber comenzado facilitando algo de bibliografía sobre dos opiniones minoritarias y mutuamente contradictorias no significa en modo alguno que quien escribe estas líneas se oponga a la idea mayoritaria según la cual el textus receptus se remonta básicamente a Josefo, con la excepción de algunas interpolaciones posteriores.

En efecto, comparto lo básico de la opinión mayoritaria, y creo que la hipótesis más plausible es la de que el núcleo del texto de Antigüedades Judías XVIII 63-64 se remonta sustancialmente a Josefo, aunque ha sido parcialmente interpolado. Esta es la posición estándar, tal como señalaba ya el gran estudioso de Josefo, el judío Louis H. Feldman, en su edición de los libros XVIII y XIX de la Loeb Classical Library.

Entre los argumentos que niegan que la totalidad del pasaje sea una creación completa está el de que la mayor parte del vocabulario y estilo es típico de Josefo. En este sentido, si fuera falso, sería una de las mejores falsificaciones textuales de la Antigüedad.

Ahora bien, ciertamente podría objetarse que nos encontramos ante la obra de un falsario muy inteligente, que conocía muy bien la obra de Josefo y supo remedar su estilo. Pero otro argumento, de mayor peso, es el siguiente. Se suele admitir que la interpolación habría sido efectuada por un cristiano. Ahora bien, varias expresiones del texto no son precisamente lo que uno esperaría de manos de un interpolador cristiano.

(Por supuesto, siempre se podrá objetar que el interpolador puede haber sido un tanto idiosincrásico, o lo bastante sutil como para haber intentado borrar las huellas de su intervención. Esta, no obstante, no parece la solución más sencilla).

Por otra parte, la idea de que el pasaje es totalmente genuino no parece fundamentada. Por una parte, existen varias formas variantes en la tradición textual (que no parecen fácilmente explicables como meras ediciones de Josefo), por ejemplo las relativas a la mesianidad de Jesús; en unos textos se afirma que “era el mesías” y en otros esta afirmación se relativiza, exponiéndola como una mera opinión subjetiva. Por otra, tenemos la afirmación de Orígenes de que Josefo no creía que Jesús era el Cristo (lo que contradice el textus receptus). Además, las explicaciones que se han aportado para atribuir la totalidad del texto a Josefo suelen ser forzadas. De hecho, encuentro significativo que varios defensores recientes de la autenticidad de la totalidad del texto (como S. Bardet y U. Victor) acaben expresando algunas reservas, dejando abierta la posibilidad de que alguna de las frases del texto sean en última instancia el producto de una interpolación.

En suma, cuando el textus receptus se examina con detenimiento, puede comprobarse que está caracterizado por tensiones internas, pareciéndose demasiado a un patchwork o texto híbrido, que apunta a la presencia de al menos dos manos distintas en su composición. El trabajo original y genuino del historiador o una falsificación completa habrían producido un pasaje mucho más homogéneo.

Saludos cordiales de Fernando Bermejo

Miércoles, 14 de Agosto 2013


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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