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“Explicación de la primera lista de discípulos, la del Evangelio de Marcos”. Los discípulos de Jesús (VI) (892)

Escribe Antonio Piñero
 
Seguimos con nuestro tema, la historicidad del conjunto denominado “Discípulos de Jesús” y nos preguntamos qué sabemos –como históricamente probable– de cada uno de esos discípulos. Ahora vamos a considerar cada una de las listas que proporcionan los diversos evangelistas y haremos un breve comentario al texto. Tenemos que tener en la mente, y si es posible ante los ojos,  la sinopsis de los nombres de los discípulos que ofrecimos en la postal del día anterior de modo que de una ojeada podemos comparar la lista de un evangelista con la de los otros.
 
La primera lista cronológicamente hablando es la del Evangelio de Marcos 3,13-19. El texto es el siguiente:
 
“Subió a la montaña, llamó junto a sí a quienes quiso y vinieron a él. 14 Y constituyó a doce a los que denominó apóstoles para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar 15 con autoridad para expulsar a los demonios; 16 y constituyó a los Doce : a Simón le dio el sobrenombre de Pedro, 17 a Jacobo el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Jacobo, los apodó también Boanergés, que significa «tronantes; 18 a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Jacobo el de Alfeo, y Tadeo, Simón el cananeo 19 y a Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.
 
 
Debo insistir en que muy probablemente la intención de Marcos es la de fundamentar sólidamente la institución como acto realizado por el Maestro mismo, Jesús. Pero luego se ve a lo largo del Evangelio que no hay tradición sólida sobre estos discípulos, salvo Pedro y alguno más. Apenas sabemos algo… y de algunos, nada.
 
“Subió a la montaña”: obsérvese que el marco o encuadre del pasaje es impreciso; la tradición no sabe nada exacto del momento de la “elección”. Este encuadre procede, pues, probablemente de la mano de Marcos mismo que recogió una mera lista. Él proporciona el encuadre a su buen leal saber y entender.
 
Escoge la “montaña” como escenario probablemente porque en la tradición judía tanto la “montaña” (desde la teofanía del Sinaí), como el “desierto” (ejemplo claro Juan Bautista, y los esenios que se retiraban al desierto) son los lugares preferidos para el encuentro con Dios. Tengamos en cuenta que el “desierto” no podemos imaginarlo como el Sáhara, un conjunto de arena seca, sino como un lugar deshabitado, aunque tenga pasto para los animales más o menos salvajes. El entorno de las multitudes no sirve como lugar de encuentro con la divinidad, sino como espacio donde el profeta o el maestro explica al pueblo la palabra de Yahvé.
 
“Llamó junto a sí”: Jesús actúa al revés que los rabinos o maestros de la Ley usuales en el Israel de la época: solían ser los discípulos los que se acercaban al maestro y pedían permiso para “escucharlo” (recibir doctrina). Jesús, por el contrario “llama”. Con ello indica el evangelista que Dios –a través del Mesías– es el que elige para la misión.
 
“A quien quiso”: las frases de este encuadre siguen siendo redaccionales, es decir, propias de Marcos. No pertenecen a la tradición más antigua de Jesús, sino a la interpretación de la tercera generación cristiana sobre él. “A quien quiso” indica obviamente la omnímoda libertad de Yahvé, cuyo representante es Jesús.
 
“Y constituyó a los Doce”: esta la frase a la que me refería antes cuando afirmaba que la tradición sostiene que el grupo de discípulo no es una formación espontánea, sino surgida de ellos mismo, sino voluntad positiva del Mesías, y que los constituye como grupo. Es curioso que el vocablo griego que he traducido como “constituyó” es epóiesen, es decir, literalmente “hizo”. No es extraño que algunos comentaristas vean aquí unaalusión a la creación divina del universo en el libro del Génesis donde también se dice “hizo”. Entonces el evangelista estaría indicando que se trata de algo muy importante. Pero de momento nada dice Marcos de la intención de la formación de este grupo. Lo dirá enseguida con su fundamento incluido
 
“Los Doce”: el número es significativo ya que las tribus de Israel son doce. Sabemos que el grupo directivo del asentamiento esenio de Qumrán estaba formado por doce más tres sacerdotes (1QS 8,1). De ahí inferimos que el número doce debía de ser importante. Si tomamos un texto de Mateo (19,27-28) caemos en la cuenta de que se trata del número de las antiguas tribus de Israel que volverán a ser las mismas en el Israel restaurado por Dios al final de los tiempos, los mesiánicos. En tiempos de Jesús solo había dos tribus; las otras se habían “perdido”, como diré luego. Dice así Mateo:
 
“Entonces Pedro, tomando la palabra, dijo a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?». Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”.
 
Explico brevemente este pasaje y lo que de él se deduce, la teología de la “restauración de Israel” que es propia del Jesús histórico y de Pablo de Tarso. A partir de las lecturas de los profetas, los judíos habían ido formándose la noción de que Dios habría de congregar en la tierra prometida a todas las tribus israelitas, incluidas las perdidas después de la conquista de Samaria –Reino del norte– por las tropas de Salmanasar en el 721 a.C. (nueve tribus y media fueron deportadas por los asirios y su pista se perdió). Pero al final de su tiempo, Dios las hará reaparecer y hará también que sean felices tras su retorno a Israel. Cuando Dios quiera, se establecerá su reino de Dios sobre la tierra.
 
En ese momento del final de los tiempos, Israel reinará sobre todos los pueblos gracias al apoyo del brazo de Yahvé (es decir, los ángeles lucharán con las tropas de Israel y dominarán a todas las naciones del mundo. A los gentiles –los paganos– no les quedará más opción que convertirse a Yahvé o ser aniquilados; en todo caso, podrán mantenerse apartados, a distancia de los elegidos, mostrando hacia Israel deferencia y máximo respeto; tenemos imaginarnos que la tierra es muy pequeña y plana). En ese reino divino, Jesús tendrá un puesto preferente como virrey de Yahvé, y sus discípulos ocuparán los tronos de juez de cada tribu.
 
“Apóstoles”: o “enviados”. En el mundo de Israel y en general en el Oriente Próximo el enviado de una persona importante es como si fuera la persona del enviante. Todo halago, deferencia, honra hecha al enviado es como si se hiciera al enviador. Esta idea tenía su sentido, porque era una manera de dar importancia a los subordinados. Y naturalmente, a la inversa…, toda injuria… etc.
 
 
Así, por ejemplo, un sátrapa, en el imperio persa representaba la dignidad del rey. En el mundo judío concreto, los enviados del sumo sacerdote a las distintas comunidades del país y de la Diáspora tenían el valor de este sumo sacerdote. Por ejemplo, para anunciar el inicio de cada mes (que era lunar; si había nubes o llovía, mucha gente no sabía cuándo empezaba el mes; lo cual tenía su importancia para la observancia de las fiestas). Igualmente los enviados hacían de heraldos para anunciar los decretos del Gran Sanedrín de Jerusalén que afectaban a todas las poblaciones judías. Desde esta perspectiva, y teniendo en cuenta la misión de los discípulos (Mc 6,6-13; Lc 9,1-6; Mt 9,35; 10,1-7.11-14 + Lc 10,1-12), se comprende la trascendencia que para el pequeño grupo de Jesús significaba la institución de los “enviados”, en griego “apóstoles”.
 
“Estar con él”: este breve expresión tiene una enorme importancia teológica en el Evangelio de Marcos, el cual pinta continuamente a los discípulos “estando con”  Jesús, o éste con ellos (1, 29; 2, 19; 3, 7; 4, 36; 5, 37.40; 6, 50; 8, 10; 9, 8; 11, 11; 14, 7.14.17.18.20.33.67). Hay que comprender en un sentido que dije antes para el conjunto del pasaje: era necesario para el evangelista dar cuerpo a las tradiciones sobre Jesús afirmando continuamente que procedían de testigos oculares. Jesús, además, es dibujado como una personalidad con magnetismo personal enorme, y los discípulos –que la mayoría de las veces no entendían nada, según dicen, aunque inverosímilmente, los evangelios mismos (por ejemplo, Lc 18,34 y Jn 10,6)– iban aprendiendo de Jesús y aunque no comprendieran, serán los que habrían de transmitir… porque ¡tras su resurrección, sí comprendieron!
 
“Autoridad para expulsar los demonios”: es muy difícil de entender hoy que alguien pueda transmitir realmente esa autoridad. Sin embargo, así es incluso en la iglesia actual, que delega la potestad de gobernar sobre las “puertas del infierno” (Mt 1,16) en algunos sacerdotes que tienen poderes para expulsar a los demonios (hay muchos exorcistas oficiales en la iglesia católica). Por tanto, esta entrega de poderes por parte de Jesús es perfectamente plausible y posible y encuadrable en una  sociedad en la que se creía que la enfermedad estaba causada casi siempre por poderes demoníacos. En Mateo se halla la siguiente expansión de la rase de Marcos que comentamos: “Les otorgó poder para expulsar a los espíritus impuros y para curar las enfermedades y las dolencias” (Mt 10,1).
 
Así pues, –como sostiene Joel Marcus en su estupendo Comentario (Sígueme) al pasaje, “los Doce no sólo son llamados para realizar actos de predicación y exorcismos, sino que tales actos brotan de un cometido previo: Jesús los llama para «estar con él». Esta tensión entre “estar con Jesús” y ser enviado se resuelve del modo más simple interpretando 3,14 y 3,15 en sentido sucesivo: «ahora» los discípulos están con Jesús; pero «más tarde» serán enviados para predicar y realizar exorcismos”.
 
Seguiremos.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com 

Sábado, 12 de Agosto 2017


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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