Recomendar este blog Notificar al moderador


Cristianismo e Historia
Hoy escribe Antonio Piñero


La diáspora de los judíos es muy antigua. Tenemos noticias fidedignas de un asentamiento de judíos como mercenarios en la isla de Elefantina, en el Nilo, al menos desde el s. VI a.C. En Babilonia permanecieron muchos judíos tras el forzado exilio (desde principios del siglo VI a inicios del V), y en esta zona se constituyó quizás, junto con la de Egipto, la comunidad judía más pujante de entre las que no residían en Israel. Según Flavio Josefo, el número de judíos babilonios habría que contarlo por decenas de miles (Antigüedades de los judíos XI 5,2). Es comunidad, sin embargo, no utilizaba el griego como lengua de comunicación sino el arameo.

En Asia Menor había una colonia de judíos suficientemente sólida. Según Filón de Alejandría (Embajada a Gayo 245), en todas las ciudades principales había asentamientos judíos de importancia. Desde el principio de la conquista romana (a finales del s. II a.C.) se encuentran numerosas menciones de judíos y de sus comunidades en las regiones de Asia Menor occidental y meridional. También el norte de África no egipcio (Libia/Cirenaica) contó con numerosos asentamientos de israelitas.

La diáspora más numerosa fue, sin duda, la egipcia. Aunque antigua –desde el s. VI a.C.: la de la isla Elefantina, ya mencionada--, comenzó a hacerse realmente importante a partir del dominio griego sobre el país. Cuenta la obra apócrifa veterotestamentaria Carta de Aristeas (12-13), que Ptolomeo I Lago deportó a cien mil judíos desde Israel a Egipto y puso a treinta mil de ellos de guarnición en diversas fortalezas.

Según Jesús Peláez (“El judaísmo helenístico”, cap. II de la obra de grupo, editada por mí, Biblia y Helenismo. El Almendro, Córdoba. 2006, pp. 112-117), los rasgos más sobresalientes de las comunidades judías residentes en ciudades griegas fueron los siguientes:

A) Utilización de la lengua griega como vehículo de comunicación, de expresión literaria y religiosa. Ejemplo sintomático de ello es la sustitución de nombre semíticos por otros griegos, que indica la acomodación de los judíos al entorno. Los papiros e inscripciones presentan amplio material al respecto. Aunque los nombres hebreos o semíticos no desaparecen totalmente durante el período helenístico, surgen a su lado multitud de onomásticos griegos como Alejandro, Ptolomeo, Antípatro, Demetrio, Jasón y similares. A veces, los judíos traducen sus nombres hebreos al griego: Matatías, por ejemplo, se transforma en Teodoro. Los judíos no dudaron incluso en utilizar nombres derivados de divinidades griegas como Apolonio, Heraclides, Dionisio. A veces empleaban dos nombres a la vez: uno griego, semítico, el otro.

Fue en el seno del judaísmo helenístico, como ha afirmado Helmut Köster, donde

• Las proposiciones teológicas se transformaron en filosofía,

• Los libros de la Biblia se convirtieron en obras de alcance filosófico y religioso que, como los escritos de Homero, podían ser interpretados alegórica¬mente. Así

- La historia de la creación se convirtió en una cosmogonía;

- Los ritos religiosos como la circuncisión y la observancia del sábado se podían volver a entender desde el punto de vista espiritualista y simbólico.

- Las oraciones judías tradicionales adoptaron en la traducción griega formulaciones estoicas

B) Cierta autonomía religiosa, con Jerusalén y el Templo como puntos de referencia, es decir, los judíos se acostumbraron a vivir su piedad sin el Templo, tan lejano, pero nunca perdieron su veneración y contacto con él, a cuyo mantenimiento contribuían gustosos con aportaciones económicas anuales.

C) Organización de la comunidad a la manera de las asociaciones helenísticas. El judaísmo helenístico adoptó en su aspecto exterior y en su estructuración administrativa un ropaje griego. Esto fue especialmente evidente en Alejandría o en la Cirenaica (actual Libia).

D) Una producción literaria peculiar con fines apologéticos. Esto vale sobre todo para los judíos de Egipto, los más prolíficos desde el punto de vista literario: Los restos de literatura judeohelenística del período ptolemaico (siglos III-I a.C.) llegados hasta nosotros dan prueba del grado de helenización de la diáspora alejandrina y son muestra de los esfuerzos del judaísmo por desarrollarse dentro de la cultura helenística sin renunciar a su peculiar idiosincracia.

Esta literatura judía helenística no es anónima como la de los judíos de Palestina (a excepción del libro de Ben Sira, o Eclesiástico), y cultivó los más variados géneros literarios. Ejemplos:

Artápano escribió una novela que hace de Moisés el descubridor de la escritura y fundador de la religión egipcia, e indirectamente de la griega.

Ezequiel, denominado "trágico" para distinguirlo del profeta, es autor de tragedias e imitador del estilo de Esquilo y Eurípides.

• Autores anónimos falsifican los Oráculos Sibilinos. Los Oráculos que son judíos (a partir del s. II a.C.) interpretan por ejemplo la Teogonía de Hesíodo haciendo de los titanes y divinidades del Olimpo los primeros reyes que trajeron la guerra sobre la humanidad después de Noé.

• El filósofo y apologeta Aristóbulo (siglo II a.C., probablemente) es el iniciador de la interpretación alegórica del Pentateuco, en un estadio quizás anterior a Filón e incluso al de la Carta de Aristeas

Jasón de Cirene escribió en griego una obra en cinco libros sobre la revuelta de los Macabeos. La compuso aproximadamente hacia el 100 a.C., según el modelo de los historiadores griegos

Algunas de estas obras se han conservado en estado fragmentario. Parte fue recogida por Alejandro Polihístor, un historiador pagano del siglo I a.C., que reunió una colección de extractos de escritores, algunos de ellos judíos. Otra parte se halla en la obra de Eusebio de Cesarea, quien insertó parcialmente la colección de Polihístor en su Preparación evangélica.


Seguiremos.
Saludos cordiales de Antonio Piñero.
Universidad Complutense de Madrid
www.antoniopinero.com

Antonio Piñero Viernes, 30 de Septiembre 2011


Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.







RSS ATOM RSS comment PODCAST Mobile