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Los manuscritos del Mar Muerto. Pablo de Tarso y los Manuscritos del Mar Muerto. Algunas preguntas y respuestas (VI) (911)

 
 
Escribe Antonio Piñero
 
 
 
 
Las cartas de Pablo han recibido también una luz nueva con los descubrimientos de los manuscritos del Mar Muerto. Concep­ciones centrales y aparentemente novedosas en la teología paulina tienen sorprendentes paralelos en textos de los manuscritos qumránicos. Las principales similitudes o concomitancias son las siguientes:
 
 
1) El acento en la casi irremisible situación de pecado del ser humano, esa "criatura de barro, en pecado desde el seno materno y en iniquidad culpable hasta la vejez" es muy parecido en Pablo y en los Manuscritos. Compárese:
 
 
1QH Col XII = 4,29‑30. 33‑35: “Qué es la carne comparada con esto (el poder divino) … está en pecado desde el seno materno”; “Mi corazón se ha fundido como cera ante el fuego… pues he recordado mis culpas… por mi pecado he sido excluido de tu alianza”
 
 
1QH Col. IX = 1,21‑23: “Estas cosas las sé por tu conocimiento, pues abriste mis oídos a misterios maravillosos, aunque soy criatura de arcilla… espíritu de error, extraviado sin conocimiento…”,
 
 
Rom 5,6-8: el ser humano es impío casi por naturaleza, pecador, enemigo de Dios; 7,5: “, cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, excitadas por la ley, obraban en nuestros miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte”.
 
 
2) El tema de la nueva creación (Gal 6,14‑15; 2 Cor 5,14‑17; 1QH 3,19‑23 y 1QH 11, 9‑14), es decir, el fin de un mundo periclitado o del hombre viejo,
 
 
Gal 6,14-15: “En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Porque nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación nueva.
 
 
2 Cor 5,14‑17: “Porque el amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron. 15 Y murió por todos, para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y resucitó por ellos. 16 Así que, en adelante, ya no conocemos a nadie según la carne. Y si conocimos a Cristo según la carne, ya no le conocemos así. 17 Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo.
 
 
1QH Col. XI = 3,19‑23: “Te doy gracias, Señor, porque has salvado mi vida de la fosa… a una altura eterna, para que marche a una llanura sin fronteras. Y sé que hay esperanza para quien tú has modelado de la arcilla para ser comunidad eterna…”
 
 
1QH Col. XIX = 11, 9‑14: “Por tu gloria has purificado al hombre del pecado para que se santifique para ti, para que ocupe su puesto en tu presencia… para renovarlo con todo lo que existirá y con los que conocen en una comunidad (nueva) de júbilo…”
 
 
Y la constitución de un hombre nuevo gracias a la nueva alianza (cf. CD 20,12; 1QS 4,22; 2 Cor 3,6) instaurada por la muerte de Jesús;
 
 
2 Cor 3,6: “Dios nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida”.
 
 
1QS 4 ,22: “Los rectos entenderán el conocimiento del Altísimo … pues a ellos los ha escogido Dios para una alianza eterna…”
 
 
3) La comunidad de fieles como un templo de Dios ([Col 2,7]; 1QS 8,4‑10 y 4QpIsd), en el que los fieles son los "santos" (1QS 5,13; CD 20,2; Rom 1,7) "entre los que conviven los ángeles" (1Cor 11,10; 1QM 7,4‑6);
 
 
4) Hay un cierto dualismo ético (propio de la moral humana) y cosmoló­gico (batalla cósmica entre el Bien y el Mal) en Qumrán similar al que observamos en Pablo y en el IV Evangelio: existencia de luz y tinieblas; guía del príncipe de la luz = Miguel y del de las tinieblas: Satanás (el tema es muy general en Qumrán y en Pablo, por lo que  no podemos ofrecer textos). En Pablo especialmente la “carne” mala parece personificada en Pablo como si fuera un principio cósmico. No sabemos si es una mera metáfora, o algo que el Apóstol creía realmente. Más probable es lo primero. En ello se notaría una cierta influencia del platonismo vulgarizado en su distinción radical idea/espíritu = bueno, real; materia /carne = mala, mero reflejo del mundo superior; por tanto, imperfecto, por ser reflejo. El culpable de todo lo malo de la carne es el Pecado como se indica en Rom 7,18-20: “Pues sé que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne, lo bueno; en efecto, querer el bien está junto a mí, mas el obrarlo, no: 19 pues no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. 20 Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí”.
 
 
5) En especial, el teologuema central paulino de la justificación por la fe (Gal 3,6-9.11.14; Rom 4; 1QS 11,14; 1QH 4,30ss).
 
 
1QS 11,14: “Me juzgará en la justicia de su verdad y en Lucas abundancia de su bondad, expiará por siempre todos mis pecados; en su justicia me purificará de la impureza como ser humano”
 
 
1QH Col. XII = 4,30-37: “Pero yo sé que no pertenece la justicia al hombre… Al Dios Altísimo pertenecen todas las obras de justicia… pues me he apoyado en tus ternuras y en la abundancia de tus misericordias. Porque tú expías el pecado y purificas al hombre de su culpa por tu justicia”.
 
 
Tanto Pablo como el Maestro justo qumranita confían en la "justicia de Dios", gracias a la cual el ser humano recibe una justificación que nunca podría alcanzar por sí mismo. Leemos en el himno que cierra la Regla de la Comunidad: "En cuanto a mí, en Dios está mi juicio, en su mano está la perfección de mi camino... y por sus justicias borra mi pecado" (1QS 11,2‑3). Las similitudes de este y otros textos, so­bre todo de los Himnos, con la teología paulina de la justi­fica­ción son evidentes y han sido señaladas hasta la saciedad.
 
 
Sin duda alguna, los manuscritos del Mar Muerto nos han he­cho ver que las líneas teológicas de Pablo, las del Maestro de Justicia y la de la Regla de la Comunidad se entrecruzan. Exis­ten, sin duda, entre Pablo y Qumrán diferencias de terminología e incluso de concepción en este tema de la justificación por la fe (especialmente en la incardinación de esa justificación en la cristología por parte del Apóstol), pero ello no impide constatar que la coincidencia en lo sustancial es sorprendente. La origi­nalidad de Pablo en este tema crucial no es, pues, tan grande como hasta el descubrimiento de los manuscritos se había pensado.          
 
 
De todos modos, los textos qumránicos y sus llamativas ana­logías con doctrinas paulinas no nos impiden seguir man­teniendo que el pensamiento del Apóstol se halla también en sorprendente contacto con la atmósfera gnóstica, que debía ser relativamente general en el Mediterráneo oriental en el s. I d.C., y con las concepciones y vocabulario de las religiones mistéricas del Helenismo. En efecto, el concepto de la salvación en Pablo no es reductible a la teología del Antiguo Testamento, de la literatura judía helenís­tica o de los escritos de Qumrán. Esta concepción puede resumirse así: 1. Condición moral de la humanidad desesperada y sin remedio; 2. Descenso de un salvador divino a un cuerpo humano; 3. Muerte violenta, en cruz, del salvador divino; 4. Resurrección y confirmación de la divinidad e inmortalidad del salvador crucificado; 5. Expiación vicaria de los pecados de la humanidad efectuada por la muerte del salvador. Esta expiación se hace efectiva en aquellos que tienen fe en el significado y eficacia de esa muerte redentora; 6. Promesa de resurrección e inmortalidad para los creyentes en el salvador". Dentro de estos puntos la investigación considera centrales: a) la figura de un hijo de Dios, que padece, muere y resucita; junto con b) el envío a la tierra, encarnado, de un ser preexistente que actúa como salvador.
 
 
 
El famoso pasaje de 2 Cor 6,14‑17 es probablemente un meteorito esenio incrustado de algún modo misterioso en esa carta paulina compuesta de diversos fragmentos de cartas variadas:
 
 
“¡No os unzáis en yugo desigual con los infieles! Pues ¿qué relación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? 15 ¿Qué armonía entre Cristo y Beliar? ¿Qué participación entre el fiel y el infiel? 16 ¿Qué conformidad entre el santuario de Dios y el de los ídolos? Porque nosotros somos santuario de Dios vivo, como dijo Dios: «Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. 17 Por tanto, salid de entre ellos y apartaos, dice el Señor. No toquéis cosa impura, y yo os acogeré»”.
           
 
 
Capítulo aparte merece la Epístola a los efesios, que no es genuina, sino de una de sus discípulos que presupone Lucas existencia de Colosenses y que de algún modo comenta. Es ésta entre las cartas atribuidas a Pablo la que presenta un sabor semítico más intenso en lengua y estilo. Algunas expresiones y conceptos como el "misterio" de la Iglesia (Ef 1,9; 3,3.4.9; 5,32; 6,19) y la "ciudadanía de los santos" (Ef 2,19) son sor­prendentemente afines a la mentalidad de algunos textos de Qumrán (cf. 1QpHab 7,4; 1QS 11,7‑8). Se han señalado también los nota­bles puntos de contacto entre Ef 5,5‑11 y diversos textos de Qumrán: 1QHa 11,21-22; 1QS 5,10-11; 1QS 3,20; 1QS5,3-4; 1QS 2,7 (véase J. Trebolle, "Los textos de Qumrán y el Nuevo Testa­mento", en García Martínez, F. ‑ Trebolle J., Los hombres de Qumrán, Trotta, Madrid, 1993, pp. 252s.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com 
Miércoles, 20 de Septiembre 2017
Los manuscritos del Mar Muerto. La primitiva comunidad cristiana y los esenios. Algunas preguntas y respuestas (V) (910)
Hoy escribe Antonio Piñero
 
Escribe Antonio Piñero
 
 
Desde el comienzo de la investigación sobre los manuscritos del Mar Muerto se ha puesto abundantemente de relieve las semejanzas entre la comunidad de Qumrán y ciertos rasgos ideológicos y organizativos del grupo primitivo de seguidores de Jesús, primero llamado de los “nazarenos”  y luego “cristianos”. La arqueología ha indicado también como posible el contacto entre los esenios y el primer núcleo de los judeocristianos en la capital de Israel (nada sabemos de Galilea)  ya que el cenáculo donde se reunían estos últimos para orar en Jerusalén, tras la muerte de Jesús, no estaba distante del barrio esenio.
 
Los contactos ideológicos entre la comunidad cristiana primitiva y los textos de Qumrán son, ciertamente, numerosos. Se trata de algo muy conocido y accesible en castellano (véase el apartado “Primitiva comunidad cristiana y comunidad de Qumrán” del libro de A. González Lamadrid, Los Manuscritos del Mar Muerto, pp. 280 298, ciertamente ya antiguo, pero donde se describe lo esencial gracias a que los más importantes manuscritos se conocían bien en 1973), voy a limitarme a una enumeración apresurada: ambas comunidades se consideran los
 
 
· “Santos” (1QS 5,13; CD 20,2; Hch 9,13; Rom 1,7),
 
· El “Israel de los últimos días” (1QS1,1; 1QpHab 7,1ss; Mt 23,36 o Mt 24,35),
 
· El “resto” de Israel (CD 1,4; 1QM 13,8; Rom 9,27),
 
· Comunidad "fundada sobre la roca" (Mt 16,18; 1QS 8,4 8),
 
· La “nueva alianza” (CD 20,12; 1QS 4,22; Mt 26,28; 2 Cor 3,6; Heb 9,15),
 
· Los pobres 1QpHab 12,3.6.10
 
· Los hijos de la luz 1QS 1,9; 2,16
 
 
 
Ambas comunidades, la esenia y la primitiva judeocristiana,  sentían también cierta angustia por la tardanza del final esperado del mundo (1QpHab 7,7; 2 Pe 3,3); ambas tenían las mismas imágenes apocalípticas del fin del mundo (Mc 13 y par; 1Qha 11 [= 3], 13ss) y participabann de las mismas concepciones en ese entorno: creencia en la resurrección, angustias de los momentos finales, retribución por parte divina (castigos y premios) a las acciones de los humanos durante su existencia terrena, efusión del Espíritu en los últimos días, etc., términos que explica muy bien Émile Puech en una obra voluminosa y clásica, Les croyances des ésseniens dans la vie future et la resurrection, Gabalda, París, 1996.
 
 
Igualmente creen ambas formaciones religiosas que los ángeles participan en la liturgia y la vida sagrada del grupo (1QSa = 1Q28a, 2,8 9; 1 Cor 11,10). Las dos comunidades mantienen una comunión de bienes con algunas semejanzas; celebran ambas comidas comunes, y su organización (con “inspectores”, ancianos, etc.) presenta puntos en común.
 
 
Especialmente la corrección fra¬ter¬na, testimoniada en el Evangelio  de Mateo 1821  y en Qumrán pero rarísima en el resto del judaísmo, ha sido objeto de una consideración especial como posible muestra de contacto entre los dos grupos sectarios (de esto ha escrito muy bien F. García Martínez, en Los hombres de Qumrán, Trotta, Madrid, 1993 pp. 257 272). Es probable, además, que la organización de “asis¬tencia social” entre los cristianos, la ayuda a viudas, huérfanos y otros miembros necesitados de la comunidad --que, por cierto, tanta importancia debió de tener en la expansión del cristianismo, pues atrajo a muchas gentes por su eficacia-- pudiera haberse inspirado en el modelo esenio, fuertemente desarrollado en el Israel de entonces.
 
 
Por otro lado, no podemos satisfacernos con estas evidentes y reales semejanzas. Es conveniente de nuevo resaltar las diferencias entre ambos grupos, lo que ayuda a dilucidar en lo posible la cuestión de influencias. ¿Es la comunidad cristiana un remedo de la comunidad qumranita?
 
 
El bautismo cristiano no es una copia, ni procede ciertamente de las abluciones de Qumrán. Las diferencias que se señalan a propósito del bautismo de Juan valen también para el cristianismo. Es prácticamente seguro que el bautismo cristiano con su fuerte aspecto sacramental procede de la práctica del bautismo por parte de Jesús y, a su vez, la de éste viene en línea directa de su imitación de la del Bautista. El perdón de los pecados y la efusión del Espíritu, asociados con el bautismo cristiano, son ajenos a los baños rituales de Qumrán y de los esenios en general.
 
 
Tampoco la celebración de la eucaristía puede ponerse en pie de igualdad con las comidas comunales de los esenios. Prescindiendo ahora de la debatida cuestión de si en la última Cena del Jesús histórico se dio realmente una institución de la eucaristía, o si esta celebración fue más bien una comida de despedida con un claro contenido escatológico, lo cierto es que el carácter sacramental de esa cena cristiana, el aspecto de memorial de la pasión del Salvador, la participación de mujeres en ella, y las bendiciones sobre el pan y el vino pronunciadas en orden inverso al judío (y tampoco al principio de la comida, sino como encuadrando toda la acción sacramental), hacen de la eucaristía cristiana algo muy diferente de una comida comunitaria esenia.
 
 
La comunidad de bienes entre los cristianos primitivos muy poco tiene que ver con la esenia. Tenía ésta un fin y una motivación distinta. Entre los cristianos parece estar ausente el sentido fundamental de la comunidad de bienes tal como probablemente la entendían los esenios, a saber: la devolución a Dios de la propiedad de la tierra y los bienes de Israel a través de una posesión común de ellos por parte de la comunidad esenia que era el nuevo Israel, cuyo dueño era Dios. La divinidad era la única propietaria, pero cada uno de los esenios disponía del derecho privado de uso de algunos bienes.
 
 
Por el contrario, de los bienes vendidos voluntariamente, y voluntariamente puestos a disposición de la comunidad los cris¬tianos no conservaban ningún derecho de posesión y autonomía (recuérdese el sonado caso de Ananías y Safira en Hechos de los Apóstoles 5: Ananías y Safira no retienen la propiedad de nada de lo que voluntariamente entregaron a la comunidad. Los esenios en general (no los qumranitas en particular) conservaban el dominio de ciertos bienes que, en realidad, eran de la comunidad.). Esa comunidad cristiana de bienes (por cierto, bienes vendidos a personas de fuera, hecho prohibido para los esenios) estaba dictada por motivos de orden escatológico y práctico: como los cristianos aguardaban un fin del mundo inminentísimo, pensaban que con el producto de lo vendido se podía vivir hasta que viniera ese final esperado, tan cercano. Con los ingresos pecuniarios producto de las ventas la comunidad quedaba libre para dedicarse de lleno a la oración y a la espera de la parusía. Estos matices no aparecen en Qumrán.
 
Es dudoso también que pueda probarse constriñentemente que la organización de la comunidad cristiana hubiera copiado un modelo qumránico. Y esto porque la institución de los “obispos” (similar a la del mebaqqer o “inspector” qumranita) aparece por primera vez en la iglesia de Filipos, por tanto en un ambiente helénico (Flp 1,1). La preponderancia de los maestros (semejantes al maskil qumranita) en el gobierno del grupo cristiano primitivo, o la presencia de diáconos como ayudantes en tareas sociales, o de los ancianos (los "presbíteros") como regentes de la comunidad son un fenómeno que también se da en el mundo griego (y antiguo en general). No es necesario, pues, postular una copia de Qumrán o un influjo directo.
 
 
Finalmente, bastante distintas son también las esperanzas mesiánicas de la comunidad primitiva cristiana y el variado complejo de creencias mesiánicas esenias, y qumranitas en particular. En estas últimas no encaja de ningún modo la afirmación fundamental cristiana de que el mesías ya había venido, y que era una persona histórica concreta, el crucificado Jesús de Nazaret. Mucho menos se compadece con la mentalidad esenia la concepción cristiana, radicalmente nueva y rompedora dentro del judaísmo, de un mesías que, según un plan divino, fracasa (aparentemente), padece, muere y resucita. La diferencia en estos conceptos claves entre los esenios y el cristianismo naciente es abismal e irreconciliable.
 
 
Es muy difícil, pues, por no decir imposible que la comunidad cristiana primitiva hubiera copiado simplemente de los esenios. Todo se explica porque las dos son comunidades o grupos judíos sectarios de una época en la que existían unas mismas esperanzas escatológicas (acerca del fin del mundo) y apocalípticas (basadas en especiales revelaciones) en momentos de altísima temperatura mesiánica que llevara muy pronto a los judíos del momento a la locura colectiva de enfrentarse a Roma. Y en ese aspecto da toda la impresión de que la comunidad judeocristiana se apartó de ese enfrentamiento, al menos un tanto.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com
 
Lunes, 18 de Septiembre 2017
  Los manuscritos del Mar Muerto. .Juan Bautista, Jesús y Qumrán. Algunas preguntas y respuestas (IV) (909)
Escribe Antonio Piñero
 
¿En qué afectan los nuevos descubrimientos a nuestra comprensión del cristianismo primitivo? La primera respuesta a esta cuestión es que en estos manuscritos de Qumrán no hay información ninguna directa sobre Jesús ni sobre el cristianismo…, absolutamente ninguna, a pesar de las noticias sensacionalistas de algunos, bastantes, libros y artículos de revista, sobre todo al principio de los descubrimientos… afirmaciones que fueron sensacionalista y para algunos sirvió bastante… económicamente. No hay nada por tres razones contundentes.
 
La primera: porque el 99% de los documentos son anteriores a la formación del cristianismo. Mal pueden contar algo de este movimiento si se redactaron antes de su nacimiento.
 
Segunda: porque no contienen ni una sola idea específicamente cristiana. Los manuscritos no nombran a Jesús en absoluto, ni mencionan ninguno de los conceptos o interpretaciones de sus seguidores –tal como los conocemos bien por el Nuevo Testamento— acerca de la figura y misión de Jesús de Nazaret.
 
La tercera: porque los documentos de Qumrán que se presumían restos de evangelios (por ejemplo el famoso fragmento denominado 7Q5, unas líneas del Evangelio de marcos) pertenecen en realidad a otros documentos judíos antiguos, como los del Ciclo del profeta Henoc. Broshi y las huellas digitales de papiros han dado la puntilla a la hipótesis de textos cristianos en Qumrán. Se descubrió hace tiempo que cada hoja de pairo tiene huellas “dactilares” como los humanos, es decir, una cierta disposición, peculiar, individual, de las fibras. No hay dos iguales. Y resulta que el famoso restito del Evangelio de Marcos está copiado en un hoja de papiro que tiene las mismas huellas dactilares que la parte final del Libro I de Henoc, hacia el capítulo 106. (Texto completo en “Apócrifos del Antiguo Testamento”, vol. IV, Cristiandad, Madrid, 1984).
 
Juan Bautista y los esenios
 
El Nuevo Testamento no menciona nunca a los esenios, aunque habla abundantemente de los fariseos y en menor medida de los saduceos.  Se ha dicho que el Nuevo Testamento los está nombrando tras la denominación de “doctores de la Ley”. Es solo posible que así sea. Por ello, para  responder a las preguntas sobre qué relaciones tenían Jesús, Juan Bautista o las primeros comunidades de cristianos con los esenios –es decir,  si pertenecían o tenían conexiones especiales con ese grupo— no existe otro método que comparar las ideas de unos y otros.
 
Respecto a Juan Bautista hay que decir que existen ciertas similitudes entre su bautismo, su predicación del fin de los tiempos y su crianza en el desierto con fenómenos análogos de los esenios. Pero frente a estas posibles concomitancias, hay notables dife­rencias, y son precisamente éstas las que más luz pueden aportar para decidir si el Bautista era o no esenio. El bautismo de Juan era un acto único, no una continua serie de abluciones diarias; no era realizado por un individuo sobre sí mismo, como en Qumrán, sino que era otra persona quien bautizaba al pos­tulante. En Juan el bautismo tenía un carácter casi sacramental: era como un signo de que Dios había perdonado las transgresiones del pecador una vez que éste había abierto el camino al perdón con el arrepentimiento interior y el propósito de la enmienda; en Qumrán, por el contrario, nada sabemos de una relación directa de las abluciones cultuales con el perdón de los pecados, ni con la conversión, pues tales ritos los practicaban los miembros de la comunidad ya convertidos.
 
La alimentación y el vestido de Juan (tan raros: saltamontes, miel silvestre, hierbas y raíces) tampoco se parecen a lo que sabemos de los qumranitas por los manuscritos del Mar Muer­to que tomaban incluso vino no fermentado, es decir, mosto. El interés por todos los pecadores que mostraba el Bautista, y su falta de atención a la pureza ritual parecen excluir positivamen­te  a Juan de la comunidad que estaba detrás de los manuscritos del Mar Muerto.
 
¿Era Jesús un esenio?
 
No encon­tramos textos, ni en los evangelios ni en los manuscritos del Mar Muerto, de los que pueda deducirse con alguna certeza que Jesús estuviera en Qumrán en algún momento de su vida. Parece que Jesús fue en realidad un discípulo del Bautista y que nunca se distanció de éste radicalmente en su modo de pensar a lo largo de su posterior misión en solitario. Por tanto, si Juan Bautista no fue un esenio, es teóricamente poco probable que lo fuera Jesús. Las ideas teológicas de Jesús que son similares a las de los esenios encuentran explicación suficiente en la pertenencia del Nazareno y el grupo de sectarios de Qumrán al humus rico de la reli­gión y religiosidad judía general de la época.
 
Por el contrario, las divergencias manifiestas entre el ideario de Jesús y el proclamado en los documentos del Mar Muerto nos parecen tener un peso decisivo a la hora de determinar negativamente cualquier pertenencia de Jesús al grupo esenio. Ante todo, la idea del Reino/Reinado de Dios, tan ab­solutamente central en la predicación de Jesús, desempeña un es­ca­so papel en los documentos de Qumrán, al igual que en el Anti­guo Testamento. Más específicamente, la atención que Jesús presta a todo tipo de gentes absolutamente rechazadas por los judíos piadosos, prostitutas, publicanos y otros, como potenciales miembros si se convierten de ese Reino/Reinado de Dios lo distancia infinitamente del ideario teológico de Qumrán. Para estos esenios hubiese sido un rotundo escándalo la predicación de Jesús. Existen otras muchas divergencias substanciales de pensamiento que nos obligan a pensar --junto con el común de los investigadores serios hoy día-- que Jesús nunca fue un miembro de los esenios y mucho menos de los de Qumrán.
 
¿Es el cristianismo copia del esenismo?
 
Así se afirmó al principio, cuando apenas se conocían los manuscritos, se sostuvo incluso que Jesús con era más que una copia consciente del jefe de la comunidad esenia de Qumrán, el llamado Maestro de Justicia, que incluso había muerto crucificado y que Jesús se dejó crucificar para imitarlo. Pero cuando conocemos mejor los manuscritos todos estos parecidos y copias han resultado desenfocado o a veces rotundamente falsos.
 
Es cierto que la conformación de la comunidad primitiva de judeocristianos en Jerusalén, con su régimen de gobierno por los ancianos, tiene algunos rasgos que pueden parecerse a una comunidad esenia. Y se parecen también a los esenios en el sentido que tenían consciencia de haber sido los elegidos y de ser santos a imitación divina, por lo que se llaman a sí mismos así, “los santos”… Es cierto que algunas otras costumbres de los esenios, como la reprensión fraterna, se hallan entre las primeras comunidades cristianas. Pero no tenemos ningún elemento para decir que sean una mera copia. No tenemos ningún texto antiguo que nos sirva de testimonio externo o de pista segura para indicarnos que los cristianos copiaron de los esenios, o al revés.
 
Copiar no era necesario. He dicho en repetidas ocasiones que el judaísmo del siglo I era como un árbol frondosísimo con múltiples ramas. Una rama eran los fariseos; otra, los saduceos; otra los esenios; ora los judeocristianos. Tenían que copiar los fariseos a los saduceos para parecerse en su fondo o sustrato común judío? Es estúpido pensarlo. Son ramas del mismo tronco. Se parecen por ser hermanas. No copian para parecerse. Podemos afirmar que la principal enseñanza que se obtiene de la lectura atenta de los Rollos de Qumrán o Mar Muerto es la idea de la multiplicidad ideológica del judaísmo del s. I de nuestra era. La gran aportación de los manuscritos del Mar Muerto al estudio del cristianismo primitivo es presentarnos un medio religioso cuya observación nos ayuda a entender el ambiente del Nuevo Testamento. No más y no menos. Por ello se impone estudiar más y más Qumrán y su legado, pero deducir innecesarias conexiones es hoy por hoy muy aventurado.
 
Espero que la lectura del libro Gnosis, Manuscritos del mar Muerto y cristianismo primitivo, Tritemio, Madrid 2016 –donde estudio más pormenorizadamente estos aspectos que ahora hemos tocado solo rápidamente– pueda ayudarles a ampliar las respuestas a todas estas preguntas. Pero los que se atrevan a leer los textos originales, aun en traducción española, verá que son tremendamente judíos, solo judíos, fanáticamente judíos… y además difíciles de entender para los no especialistas.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com
 
Sábado, 16 de Septiembre 2017
Los manuscritos del Mar Muerto. Algunas preguntas y respuestas. El asentamiento en Qumrán (III) (908)

 
Escribe Antonio Piñero
 
Describir simplemente el asentamiento de Qumrán es poco. Tendríamos para mucho tiempo explicando fotos, que pueden verse en Internet, o en el libro de Adolfo Roitman, Director del “Templo del Libro”, la parte del Museo de Israel que contiene los manuscritos del mar Muerto, que se titula algo así como “La vida diaria en Qumrán”.. Sólo diré lo importante de lo que contenían. Qumrán es la abreviación del árabe Khirbet Qumran (“Ruinas de Qumrán”; aunque no sabemos cómo se llamaba antiguamente) y designa un conjunto de edificios construido sobre las ruinas de una fortaleza judía antigua de los siglos VII/VI a.C. El emplazamiento: en la costa noroccidental del Mar Muerto, a unos pocos kilómetros al sur de Jericó. El grupo de esenios que se retiró allí a mediados del siglo II a.C., reconstruyó el lugar y lo hizo la sede central de un complejo habitacional, que probablemente tenía otras instalaciones en la cercanía. En este asentamiento debían de vivir unos pocos, quizás los jefes del grupo. El resto (¿hasta unos doscientos?) habitaba cuevas, casas o tiendas alrededor de Qumrán y se reunían allí para los actos religiosos comunes.
 
Estos esenios habilitaron un sistema de traída de aguas (una suerte de acueducto) desde un riachuelo cercano que alimentaba una serie de cisternas. El “wadi”  (este vocablo es el comienzo del nombre árabe de muchos ríos en España, como el Guadalquivir o el Guadalhorce) está casi siempre seco. Ahora llueve unos diez días al año; no sabemos en la antigüedad, pero también poco; por eso guardaban celosamente el agua en cisternas.
 
Junto a la entrada se construyó una torre de defensa, diversas dependencias como almacenes, talleres y otras grandes salas, probablemente de reuniones, de rezos o actos litúrgicos, un scriptorium para copias de libros y otra para mantener comidas en común (refectorio)… probablemente. “Celdas” o dormitorios para descansar había muy pocas. El edificio era, pues, más bien un lugar de reunión y de trabajo. Había también un buen número de cisternas o baños rituales (mikvaot), muy parecidas a los que las excavaciones han encontrado en Jerusalén.
 
El conjunto de edificios sufrió probablemente un terremoto y un incendio durante el reinado de Herodes el Grande (el rey de la matanza de los inocentes: Evangelio de Mateo 2,16-18) hacia el 30 a.C., pero –tras unos años de desánimo– los esenios lo reconstruyeron y lo habitaron hasta el 68 d.C., hacia la mitad de la revolución contra los romanos, que acabó con la derrota total del país y la destrucción de Jerusalén y del Templo en el 70 d.C. por las tropas de Vespasiano y Tito.
 
Al sur del asentamiento hay unas grandes terrazas de marga que ocupan centenares de metros y que terminan en un mínimo acantilado. En ellas se ha encontrado un cementerio con unas mil tumbas. La mayoría son de varones, pero también hay algunas de mujeres y de niños. En los alrededores se han hallado otros cementerios más pequeños, también con tumbas de mujeres. Están prácticamente sin excavar, pero quienes lo han hecho furtivamente aseguran que son de los siglos XVII y XVIII y… son de beduinos.  Si es así…, no nos valen para deducir que entre los esenios de Qumrán había gente casada. Que las había en general entre los esenios, y suponemos que la mayoría, sí lo sabemos por Filón de Alejandría y Flavio Josefo.
 
Concluiremos el próximo día (¿?) con algunas preguntas y respuestas sobre el tema “Qumrán, el Nuevo Testamento y los orígenes del cristianismo”
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com
 
 
Jueves, 14 de Septiembre 2017
Los manuscritos del Mar Muerto. Algunas preguntas y respuestas. El contenido de estos escritos  (II) (907)
Escribe Antonio Piñero
 
El contenido de estos escritos –más o menos ochocientos/novecientos manuscritos originales– se dividen en los siguientes apartados:
           
1. Textos de la Biblia hebrea: se han encontrado manuscritos de todos los libros canónicos, menos del de Ester.
 
2. Escritos apócrifos –es decir no aceptados en las listas de libros sagrados-- del Antiguo Testamento: entre otros los llamados libros del profeta Henoc, Testamentos de los XII Patriarcas, Libro de los Jubileos y otras reescrituras del Génesis, etc. Algunos de esos apócrifos eran conocidos ya, pero otros no.
 
3. Textos propios de las gentes que habitaban el asentamiento o “comunidad” de Qumrán, tanto de los momentos de su fundación --como la llamada Regla de la comunidad-- como posteriores: Documento de Damasco, Salmos e Himnos de acción de gracias; Comentarios a los profetas; Prescripciones sobre los mandamientos de Moisés; Libro de la Guerra, o descripción de la batalla final entre los hijos de la luz y de las tinieblas, etc.
 
¿Por qué son tan importantes estos manuscritos?
 
En primer lugar porque han llegado a nuestras manos directamente, sin intermediación de diversos copistas y múltiples manos, que hubieran podido alterarlos con el correr de los siglos, como ocurre prácticamente con todos los testigos textuales del mundo antiguo.
 
En segundo, porque las copias de casi todos los libros del Antiguo Testamento son varios siglos anteriores a los manuscritos conocidos en los que se han basado hasta el momento las modernas ediciones de la primera parte del libro sagrado cristiano, la Biblia Hebrea. Así, por ejemplo, la Biblia hebrea actual se edita tomando como base el manuscrito B 19 de Leningrado… La nueva edición de la Biblia hebrea que se está preparando cambiará mucho el texto. Pero eso tardará, calculo, unos 50 años.
 
Tercero, porque los manuscritos del Mar Muerto son un testimonio, también de primera mano, de las ideas religiosas del mundo del judaísmo anterior a nuestra era, justamente en un período crucial para la historia de los siglos inmediatamente anteriores al nacimiento de Jesús, o ese mismo siglo
 
En cuarto lugar, los manuscritos del Mar Muerto nos enseñan mucho, aunque indirectamente, sobre el mundo del Nuevo Testamento y su entorno natal: sus preocupaciones, sus ideas religiosas, su manera de expresarlas. Estos pergaminos nos plantean múltiples interro­gantes: ¿es parecido el movimiento cristiano al de Qumrán? ¿Ha influido éste último sobre el cristianismo? ¿Fue Jesús un esenio? ¿Son las ideas cristianas mera copia de las de Qumrán?
 
Origen de los manuscritos de Qumrán
 
En realidad no conocemos exactamente la procedencia de estos textos. Algunos investigadores han sostenido que la colección no es más que una biblioteca de la ciudad de Jerusalén escondida en las cuevas cercanas al Mar Muerto para evitar que los romanos se apoderaran de ella, cuando hacia el 68 d.C. avanzaban con sus tropas para sofocar la primera gran revuelta judía contra el Imperio.
 
En general, sin embargo, se cree que son los rollos, los libros, de una biblioteca privada que un grupo de judíos pertenecientes a la secta de los esenios había ido congregando durante cerca de doscientos años en el asentamiento llamado hoy Qumrán. Como he dicho, cuando los romanos se acercaban al lugar, los judíos guardaron los libros en tinajas, las sellaron con pez y las distribuyeron por cuevas de los alrededores, cuyas entradas fueron luego disimuladas como se pudo. Tal "biblioteca" refleja, pues, las ideas e intereses religiosos de un grupo judío sectario, una secesión del cuerpo general de los esenios.
 
¿Quiénes eran los esenios?
 
Según el historiador judío Flavio Josefo, que vivió entre el 37 d. C. hasta el año 100 más o menos, la sociedad judía de la época estaba dividida –aparte de la gran masa normal de individuos anónimos, más o menos observantes de la Ley— en cuatro grupos que vivían la religión judía con más intensidad. A estos los llama Josefo, para que lo entendieran sus lectores romanos, "filosofías" o "escuelas filosóficas". Son las siguientes: saduceos, fariseos, esenios y celotas.
 
Los esenios en general, no solo los de Qumrán, formaban en el s. I d.C. un grupo de unos cuatro mil repartidos por toda Judea y vivían en comunas, normalmente en el extrarradio de las ciudades. Como los fariseos, los esenios eran un movimiento a favor de la renovación y restauración de Israel, y luchaban contra la asimilación de los judíos al espíritu del Helenismo. Procuraban la más extrema pureza ritual y un respeto ultra exigente por la Ley; no tenían propiedad privada, sino que los salarios obtenidos por los miembros del grupo eran entregados a admi­nis­tradores comunes que proveían a las necesidades de cada uno. Se consagra­ban fundamentalmente a la agricultura, no se ocupaban de la fabricación de armas y se alejaban de cualquier tipo de comercio salvo con otros afiliados a la secta. Sus comunidades estaban abiertas a la recepción de nuevos miembros que estuvieran dispuestos a vivir la vida rigurosa y los ideales religiosos del grupo. Se permitía el matrimonio, pero algunos de ellos eran célibes, pues mantenían serias objeciones respecto a la corrupción de la mujer y la concupiscencia en general.
 
El grupo esenios de Qumrán: un conjunto de fanáticos e intransigentes
 
De este bloque esenio en general se desgajó hacia 140-130 a.C. un grupo pequeño bajo la dirección de un sacerdote de Jerusalén, profeta y experto en la Ley. Probablemente el motivo de su separación fue un conjunto de serias divergencias mantenidas con otros sacerdotes y con la generalidad de los judíos sobre temas legales, el culto, la interpretación de la función del Templo y sobre todo el calendario de las fiestas sagradas, que debían ser fijas, regidas por un calendario solar, no lunar, y por la significación de tales fiestas. Se retiraron a Qumrán y allí formaron un grupo que se creía el verdadero “resto” de Israel y que se preparaba con una vida de extrema y peculiar fidelidad a la Ley para la llegada inminente del reino de Dios, lo que significaba el fin del mundo que estaban viviendo y el alumbramiento de uno nuevo. Los pergaminos de Qumrán nos dicen que los miembros del grupo se creían los "elegidos", los "hombres de la nueva alianza", "los hijos de la luz", los únicos predestinados para ser salvados en la catástrofe que se avecinaba.
 
Los esenios no se diferenciaban de los demás judíos en el sentimiento general de pertenecer al pueblo elegido, en su veneración por las Escrituras reveladas --Ley / Profetas / Escritos (salmos; proverbios)--, en su concepción de Dios y de la historia sagrada y en las líneas generales de la teología judía. Pero sí tenían algunas ideas religiosas peculiares. Entre ellas destacaba un rígido determinismo: todo está determinado férreamente por Dios, que casi predetermina, al crear a cada ser humano con determinadas disposiciones de alma y cuerpo, quiénes se van a salvar y quiénes no.
 
Contradictoriamente, sin embargo, sostenían que el ser humano es libre y que debe escoger la senda del bien, bajo el influjo de los ángeles buenos, y huir de la senda del mal, controlada por el poder de Satanás (llamado Belial). Poseían libros religiosos secretos sobre el origen de su secta (algunos de ellos recogidos en estos manuscritos) y sus creencias particulares, y se dedicaban intensamente a estudiarlos junto con las Escrituras comúnmente aceptadas por el judaísmo en general. Estaban convencidos de un fin del mundo inminente y de la llegada del reino de Dios sobre la tierra de Israel. Éste vendría por una lucha contra los poderes del Mal (sobre todo el Imperio Romano) y contra cualquier extranjero que no respetara la ley de Moisés. Los esenios, al menos los de Qumrán, creían en diversas clases de mesías. La doctrina general era la próxima venida de un mesías doble, uno sacerdotal, encargado del cumplimiento de la Ley y otro guerrero, a quien competía librar la batalla definitiva contra los extranjeros que dominaban Israel.
 
La vida cotidiana en Qumrán
 
Sobre la vida cotidiana en Qumrán, aparte de lo que se puede deducir de la arqueología, hay un par de textos célebres del historiador judío Flavio Josefo que nos ilustran al respecto. Traducidos del griego y con la paráfrasis de algunos detalles dicen así:
 
“Los esenios nunca pronuncian una sola palabra profana antes de salir el sol. Luego dirigen a este astro sus oraciones tradicionales como si le suplicaran que apareciera [no adoran al sol en sí mismo, sino como símbolo de la protección de Dios]. Luego sus inspectores envían a cada uno a trabajar en su oficio, lo que hacen con gran empeño hasta la hora quinta [hacia los once de la mañana: se dedicaban a oficios agrícolas; cuidar del ganado; preparar cuero para los pergaminos y escritura de códices; tareas diversas de escritura y labores de cerámica y cestería. Otros, liberados de tareas manuales, se dedicaban al estudio de las Escrituras sagradas]. Luego se reúnen de nuevo [en el asentamiento], cubren sus lomos con una faja de lino y se lavan todo el cuerpo con agua fría [en Qumrán había unas dieciséis cisternas, de las cuales diez eran para las purificaciones rituales].
 
“Después se congregan en una sala [el refectorio] donde no puede entrar ningún profano, ni tampoco ellos mismos sin estar puros. Se sientan sin hacer ruido y el panadero sirve a cada uno de ellos un pan, y el cocinero un solo plato [a veces bebían no sólo agua, sino una especie de mosto]. El sacerdote pronuncia una oración antes de comer y nadie puede probar bocado antes de que concluya. Después de la comida el sacerdote repite el rezo. Posteriormente se quitan las ropas de la comida como si fueran sagradas y vuelven a sus trabajos hasta el anochecer. Regresan luego al lugar común y cenan de la misma manera. Ni gritos ni tumultos perturban su morada, sino que cada cual habla por turno. A los que pasan delante de ella les parece como si allí se estuviera celebrando algún temible misterio” (Guerra judía II 8,5).
 
Sabemos también que un tercio de la noche era empleado para el estudio comunitario de la Biblia, en interpretarla y bendecir juntos a Dios.
 
Los sábados consagraban el tiempo a los actos litúrgicos y a la alabanza divina: “Son más estrictos que el resto de los judíos en abstenerse de trabajo el día séptimo. No sólo preparan su comida el día anterior, para evitar hacer fuego, sino que ni siquiera se atreven a mover una vasija o ir a defecar” (Flavio Josefo, Guerra judía II 8,9).
 
Algunos días especiales se reunían todos los miembros de la secta para la reprensión fraterna de los posibles errores, para el dictamen de ciertos castigos a los que hubieran contravenido las normas de la comunidad y para tratar los asuntos comunes. La comunidad era presidida por un “Inspector general” y un consejo de quince hombres: doce laicos y tres sacerdotes.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com 
Martes, 12 de Septiembre 2017
Los manuscritos del Mar Muerto. Algunas preguntas y respuestas (I)
Escribe Antonio Piñero
 
En el pasado agosto, en el “Ciclo de Conferencias” (todos los jueves en julio y agosto) que organizo en Baiona (Pontevedra) a base de colaboraciones generosas de amigos y conocidos, y que puede considerarse como una suerte de “Curso de Verano” popular, pronuncié una conferencia en la que intenté hacer un brevísimo resumen sobre qué son los Manuscritos del mar Muerto, cuáles son las preguntas usuales que se les ocurren a la gente al respecto y qué respuestas pueden darse. La conferencia está basada en mi libro Gnosis, Cristianismo primitivo y Manuscritos del Mar Muerto, Tritemio, Madrid 2016. Introducción de Dr. Juan Carlos Avilés. 552 pp. ISBN: 978-84-92822-99-7. Creo que interesó al público por lo que he pensado reproducirla en este medio. Fue así:
 
Esta conferencia intenta poner un cierto orden en el caos, como he dicho en alguna entrevista y he repetido entre amigos es poner orden en el caos. Fue tanto el interés… hacia 1994 cuando vio la luz la primera edición completa en castellano de los Manuscritos, obra de Florentino García Martínez (Trotta, Madrid, con múltiples reediciones), que cuando se agotó la primera edición alguien llamó a la Editorial y preguntó por el Director, Alejandro Sierra; le pasaron la llamada y el interlocutor anónimo le pregunto: “Por favor, puede decirme cuándo va a salir de nuevo otra edición de “Los manuscritos de King Kong?”. La anécdota es totalmente verídica: tanto interés y tanta desinformación. La traducción de Florentino García Martínez es literal en lo posible, pero a la vez interpretación de textos a veces casi ilegibles. Luego ha sido editada en inglés y finalmente se ha hecho de ella una  “Study Edition”,  casi oficial, en el mundo entero. Y voy ya directamente a nuestro tema.
 
Qué son los manuscritos del Mar Muerto
 
Son textos judíos antiguos, en pergamino (piel de animales, sobretodo de cabras) y en papiro, redactados o copiados por judíos antiguos, de una ideología bastante determinada dentro del judaísmo, que explicaremos, textos escritos en hebreo y arameo, en formato de rollos. Son textos copiados (¡no compuestos; pudieron haberlo sido antes!) en una fecha que oscila entre mediados del siglo II y el año 68 d. C. (fecha en la que el asentamiento de Qumrán fue destruido por las tropas romanas que avanzaban contra Jerusalén durante la Primer Guerra Judía (66-70 d. C.) que acabó con la destrucción de Jerusalén y el Templo), aunque algunos de los textos copiados son mucho más antiguos, por ejemplo, los manuscritos que reproducen el texto del profeta Isaías. Han llegado hasta nosotros encerrados en tinajas grandes de barro, selladas con pez y pieles.
 
Un hallazgo casual
 
El descubrimiento de los manuscritos fue totalmente casual. La historia semioficial (la verdad no se sabrá nunca) es que tres pastores beduinos fijaron su atención cierto día de 1947 en dos pequeñas aberturas de un acantilado cerca de donde pastaban sus rebaños. Uno de ellos lanzó una piedra, que al introducirse por el agujero, produjo un extraño ruido, como de tiestos rotos. La curiosidad les impulsó a investigar el porqué. Uno de ellos logró deslizarse por la estrecha hendidura, pensando que quizás habría detrás algo interesante…, un tesoro tal vez. Pero lo que el pastor encontró fue una cueva semi oculta por piedras que habían caído desde el techo (es decir, la cueva se había derrumbado en parte por la erosión de lluvias) y que albergaba diez polvorientas tinajas. Todas ellas estaban vacías --alguien se había adelantado y había robado su contenido--, menos una que contenía unos rollos viejos de pergamino escritos en un extraño alfabeto. Igno­rantes por completo de su valor, los beduinos entregaron los rollos a un tal Kando --un mer­ca­der sirio, cristiano, amigo de las antigüedades, en cuya tienda de Belén se aprovisionaban los beduinos-- para ver si podían obtener algún dinero... Se trataba de una antigüedad y era sabido que los extranjeros eran muy aficionados a ellas.
 
El primer tratante recibió una segunda visita de los beduinos con más manuscritos, aunque otros fueron confiados a un anticuario profesional de la misma ciudad, un tal Salahi. Los pergaminos del mercader sirio, Kando, cayeron en las manos, por una primera venta apresurada, del obispo de la comunidad siria cristiana de Jerusalén Mar Atanasio. Ésta, necesitada de dinero a causa de los destrozos en su monasterio provocados por la guerra judeo-árabe del 1948 --la que condujo a la fundación del Estado de Israel--, e intuyendo que podrían tener bastante valor por su antigüedad, puso por fin en venta, en 1954, los manuscritos en Estados Unidos.
 
La historia que sigue es rocambolesca: tras diversos avatares, dos profesores judíos, E. Sukenik y su hijo, alertados ya de la posible importancia de los manuscritos para la historia del judaísmo antiguo, lograron comprarlos en mayo de 1954 para el Estado hebreo. En total siete manuscritos fueron a parar a los sótanos de la Universidad Hebrea de Jerusalén. Poco a poco los judíos adquirieron otros textos que fueron apareciendo. Hoy se conservan con grandes medidas de seguridad en el Santuario del Libro de la capital, un museo construido ex profeso para albergar éstos y otros manuscritos encontrados.
 
Podemos ya preguntarnos, tal como me han hecho a mí muchas veces:
 
¿Tuvo el Vaticano algunos de estos manuscritos en propiedad? La respuesta es: Nunca. Conocemos a los propietarios. Ninguno fue adquirido por el Vaticano. Por tanto, no puedo desear ocultarlos para que nadie se enterara de lo que no se debía…, como opina mucha gente.
 
¿Fueron investigados por gentes del Vaticano en secreto una vez que fueron descubiertos? Estrictamente no, porque el equipo inicial de estudio de lo que se iba descubriendo o lo que ya estaba descubierto estaba formado por ingleses, franceses y norteamericanos. De entre ellos había ateos, agnósticos, protestantes… y dos católicos, un dominico, el P. de Vaux, arqueólogo y un papirólogo polaco Josef Milik. Ninguno de los dos trabajaba para el Vaticano.
 
Desde 1952 a 1956 grupos de beduinos, y más tarde arqueólogos y soldados inspeccionaron palmo a palmo el desierto, escrutando cientos de cavernas y lugares de ruinas. Unas veinte cuevas proporcionaron documentos escritos, además de inscripciones y óstraka (textos escritos sobre fragmentos de cerámica). En total, en torno a unos mil manuscritos. De éstos, unos 800 (no es fácil saber el número exacto a partir de miles –unos cuarenta mil—de fragmentos diminutos) pertenecen propiamente a los denominados manuscritos de Qumrán o del mar Muerto y proceden de once de las más menos veinte cuevas. En 2017 se encontró un poco más al sur del asentamiento la cueva décimo segunda. Pero estaba vacía, expoliada, salvo rollos de pergamino aún sin escribir.
 
¿Están publicados todos estos textos? Sí, todos, incluidos los fragmentos, a veces de un tamaño parecido al de un sello de correos. Ya en 1973 teníamos una edición bilingüe de los textos más importantes, como “la Regla de la Comunidad”,  en hebreo y en alemán. Luego se han publicado en una edición en 20 volúmenes grandes, puestos al día los dos primeros, por la Universidad de Oxford, con el título Discoveries in the Judaean Desert.
 
¿Son, pues, accesibles a todos estos manuscritos? Sí. Están todos en microfichas y microfilms y en fotografías. La edición digital está muy avanzada. No hay secreto alguno. Todo el mundo puede leerlos, con tal de que sepa paleografía hebrea y las dos lenguas, arameo y hebreo. Traducciones fidedignas, sobre todo al inglés, hay en la Red.
 
Seguiremos.
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com
 
Domingo, 10 de Septiembre 2017
¿Es el “Colegio Apostólico” un invento de la Iglesia antigua?    Los discípulos de Jesús (y XVIII) (905)
¿Es el “Colegio Apostólico” un invento de la Iglesia antigua? 
 
Los discípulos de Jesús (XVIII) (905)
 
Escribe Antonio Piñero
 
Decíamos en una postal anterior que la investigación, desde finales del siglo XIX, se ha planteado críticamente si el grupo simbólico de los Doce fue entendido como un “Colegio Apostólico” –que debía presidir necesariamente la Iglesia y servir de correa transmisora de la doctrina de Jesús– o más bien fue realmente un invento de la iglesia antigua sin verdadera base histórica.
 
A) La posición tradicional es la que se deduce de la lectura rápida de los Evangelios: Jesús escogió expresamente a unos discípulos especiales; eran Doce; los seleccionó como continuadores suyos, como evangelizadores de Israel y luego del mundo entero; Pedro tuvo la primacía y sobre él fundó Jesús la Iglesia (Mt 16,16). Como grupo compacto y discernible los Doce continuaron el legado de Jesús; Pedro instituyó la iglesia petrina, unida y unificante, que atrajo hacia sí a los exagerados, judeocristianos duros, gnósticos incipientes, paulinos exagerados e incluso moderados (los recalcitrantes que fueron heréticos, como Marción quedaron fuera).
 
 
B) Las razones a favor de la existencia de los Doce como grupo compacto y con poder tiene a su favor las razones siguientes:
 
 
1. La antigüedad de los Doce está atestiguada por Pablo (1 Cor 15,3-5, a su vez menciona explícitamente una tradición (“Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; 4 que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; 5 que se apareció a Cefas y luego a los Doce”.
 
 
2.  Santiago, hermano del Señor, a pesar de tener tanta importancia en la Iglesia primitiva (Hch 15) no pertenece a los Doce y que no creía en Jesús (Jn 7,5: ni siquiera sus hermanos creían en él); Si los Doce hubiesen sido un invento, habrían integrado dentro de él a Santiago, dada su posición dominante.
 
 
3. Judas Iscariote, el traidor, está en la lista de los Doce, y es ilógico que si el grupo se forma después de la muerte de Jesús se incluya en él un traidor.
 
 
4. En Hch 1,13, tras la muerte y resurrección de Jesús, no se nombra a Judas Iscariote; solo se habla de Once; luego el grupo de los Doce estaba perfectamente constituido.
 
 
5. Por el relato de los Hechos, da la impresión de que, inmediatamente tras esa muerte parece que el grupo estaba ya constituido y operante (por ejemplo, en Pentecostés).
 
 
 
C) Las razones en contra (¡Ojo! No de que existiera un grupo de Doce, que seguía a Jesús, y con un significado discutible de lo que no hay duda) sino de que formara un “Colegio apostólico” y de que la misión que les otorga la tradición sinóptica sea segura.
 
 
Desde finales del siglo XIX es conocida la posición de dos eruditos alemanes Julius Wellhausen y Johannes Weiss (que ha influido muchísimo en la investigación y desde entonces muchos críticos los han seguido): el colegio apostólico es una invención de la iglesia primitiva. Las razones a favor de esta posición negativa son:
 
 
1. Las listas de los apóstoles (Mc 3,13-19; Mt 10,1-4; Lc 6,12-16; Jn 1,42; Hch 1,13)) y su llamada son lábiles, no fijas, tienen demasiadas variaciones;
 
 
 
2. La intención de Jesús al escoger a Doce fue en todo caso la de tener una representación simbólica de las 12 tribus de Israel restaurado por medio de la selección de 12 compañeros. Los Doce son un mero producto de “teología de la restauración de Israel”, a saber: la tradición judía supone que al final de los tiempos Dios congregará en la tierra prometida a todas las tribus israelitas, incluidas las perdidas después de la conquista de Samaria –Reino del norte– por las tropas de Salmanasar en el 721 a.C., y hará que sean felices tras su retorno. Se establece el reino de Dios sobre la tierra. En ese momento del final, Israel reinará sobre todos los pueblos. A los gentiles no les quedará más opción que convertirse a Yahvé o ser aniquilados; en todo caso, podrán mantenerse apartados, a distancia de los elegidos, mostrando hacia Israel deferencia y máximo respeto.
 
 
3. Los Doce no tienen representación ni función alguna en la iglesia primitiva a tenor del Nuevo Testamento y del resto de la tradición del siglo II. Por tanto la constitución por Jesús de un Colegio Apostólico es una invención de la Iglesia primitiva para sus propios intereses, por ejemplo, que la jerarquía naciente tuviera una continuidad con los dictados y disposiciones del Jesús histórico.
 
 
4. No está en absoluto claro que función pudo tener el grupo de Doce discípulos durante el ministerio de Jesús. Así, es claro que Mc 3,14 dice que Jesús los mandó a “proclamar”,  no estrictamente a “predicar” de un modo continuo y consistente. Y “proclamar” podría ser no una misión evangelizadora como se pudieron imaginar a los cristianos después de la muerte de Jesús, es decir, es decir, el conjunto de la doctrina de Jesús, sino sencillamente una sola cosa, lo que dice Jesús mismo en Mc 1,15: “«El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva»”.
 
 
5. Además, el resultado de esa misión en Galilea –que a parecer fue sistemática– no aparece luego en absoluto en el Marcos: incidentes, resultados, etc.; luego es dudoso que existiera esa misión.
 
 
6. En  Mc 6,12-13 (“Y tras marcharse, predicaban que se convirtieran. 13 Expulsaban a muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”) y  Mc 6,30-31 (“Los apóstoles se congregaron ante Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. 31 Y él les dijo: –Venid vosotros solos aparte a un lugar desierto y descansad un poco. Pues eran muchos los que iban y venían y no tenían tiempo ni de comer) son textos puramente redaccionales, salidos de la pluma del evangelista, y tienen poco o nulo valor histórico probatorio como una misión organizada de evangelización de Galilea, salvo el esporádico proclamar que el arrepentimiento.
 
 
7.  Pablo que sabe de los Doce (como dijimos respecto a 1 Cor 15,3-5), no nombra nada de su actividad, tanto que cuando va a Jerusalén (Gal 1,19; 2,9) no trata nada más que con Santiago, Pedro; y con Juan en segundo término (Hch 15). A los Doce ni los considera.
 
 
 
D) En conclusión:
 
 
Las razones en pro y en contra son serias. Mi opinión personal: a mí me pesan más las razones en pro de que
 
 
1. Jesús congregara un grupo de Doce;
 
 
2. Pero no sabemos nada, apenas, más que sus nombres;
 
 
3. No parece que la predicación sistemática en Galilea sea totalmente real.
 
 
4. Es probable que los Doce representaran solo a las doce tribus de Israel. Por tanto el grupo era meramente simbólico; no un colegio apostólico con funciones determinadas y poder de control de la comunidad.
 
 
5. Desde luego Pedro no funda la iglesia tal, ni como la entendemos hoy. Sí hay un grupo que sostiene la primacía de Pedro, pro está más bien aislado (el que esta detrás del Evangelio de Mateo, que recibe apoyo tardío de Jn 21,15-18).
 
 
6. Como complemento: es posible que las multitudes seguían a Jesús no fueran tan grandes como las pintan los Evangelistas (por ejemplo, Lucas: 4,14.22; 5,15; 6,17-19; 8,4; 9,1, por ejemplo) le siguieran como  tal (seguir a Jesús de una manera continua y consistente pienso que solo los doce, alguno que otros discípulo de segunda categoría y unas pocas mujeres). Las multitudes se congregaron de vez en cuando a su lado y un número mayor de Doce seguidores solo ocurrió esporádicamente.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Jueves, 7 de Septiembre 2017
El resto de los apóstoles. ¿Sabemos algo cierto de ellos? Los discípulos de Jesús (XVII) (903)

 
Escribe Antonio Piñero
 
Del resto de los escogidos por Jesús sabemos muy poco. De algunos de ellos solo los nombres, pues la tradición primera no tuvo interés en ellos. Así ¿quién fue       Bartolomé: ¿es el Natanael de Jn 1,45-49? Mateo: ¿es el publicano de Mt 10,30 el Leví, hijo de Alfeo, de Mc 2,14? Alfeo: ¿es este Jacobo un hermano del Leví de Mc 2,14? ¿Es igual a Jacobo el menor, hijo de Cleofás y María de Mc 15,40? Dudas casi imposibles de resolver. Tadeo… ¿quién es este personaje? Una mera nominación en Mt 10,3…. De la mayoría de los Doce no conocemos más que el nombre.
 
De algún otro hay una brizna de noticias. Así, Simón el cananeo. Esta designacio de Mc 3,18 vocablo es quizá traducible, por el paralelo de Lc 6,15, como «celota» o «celador de la Ley» (arameo: qa’ān). Los celotas como partido en estricto sentido se constituirán hacia el 60 e.c. Pero como movimiento, los «celadores de la Ley», dispuestos a todo para que se cumpliera la Ley, existían desde el 6 e.c., tras el levantamiento contra Roma dirigido por el fariseo Sadoc y Judas el galileo en contra del censo que había ordenado Quirino, o Quirinio, cuando Judea pasó a ser provincia romana tras la destitución de Arquelao, hijo de Herodes el Grande, por crueldad e ineptitud. Este fue el censo que Lucas confundió –o fechó equivocadamente en el momento del nacimiento de Jesús, en tiempos del padre de Arquelao, Herodes el Grande. Lo cual no parece posible.
 
Para Judas “Iscariote” hay posibles etimologías. Este último vocablo se entiende de diversos modos: ’îš Qérîyyôt = «hombre de Qeriot» (localidad desconocida); ’išqarya’ = «hombre mentiroso»; ’îš- sicarios, mezcla de hebreo y latín = «hombre-sicario». La fórmula que emplea el texto de Marcos para indicar que fue el traidor es curiosa: “Judas Iscariote el mismo que lo entregó”. En esta frase el pronombre “el mismo” traduce al español el griego hos kai, que en latín se dice qui et. Se trata de una fórmula fija para afirmar la identidad continua de una persona aunque cambie de nombre, por ejemplo, al pasar de libre a esclavo. Así, Saúlos hos kai Paúlos en Hch 13,9 (Pablo pasa de libre –Saulo– a esclavo del Mesías, Pablo, el Pequeño (1 Cor 15,9); pero Pablo es la misma persona que Saulo: Rm 1,1; véase 1 Tes 1,1).
 
 
De Judas dice Marcos que entregó (griego  parédoken) en 3, 19; pero Lucas emplea el sustantivo prodótes, traidor, mucho más fuerte en la lengua de los helenos al cambiar la preposición pará, “junto a” por pro que tiene la idea de cambiar una cosa o persona por otra
 
 
En Mateo y Lucas a la elección de los apóstoles va unido un importante discurso de Jesús: el «Sermón de la Montaña» de Mt 5-7 o el del «Llano», de Lc 6,20-49, procedente de la Fuente Q. Pero Marcos 3 no lo recoge. Probablemente el discurso no existió como tal, sino que fue fabricado por la tradición reuniendo dichos sueltos, o en pequeños grupos, de Jesús. Mateo y Lucas lo conformaron a su manera.
 
 
Y esto es prácticamente todo lo que sabemos de los Doce por la tradición primaria que es el Nuevo Testamento. El próximo día escribiremos sobre el importante tema siguiente: ¿Fue la institución de los Doce considerada por Jesús como un “colegio apóstólico”? La idea de tal “colegio” o grupo ¿fue un “invento” de la tradición posterior a la muerte de Jesús? O ¿existió como tal en la Iglesia primitiva?
 
El tema es importante porque en la historia de la investigación se ha discutido mucho desde finales del siglo XIX si realmente existieron los Doce como grupo tras la muerte de Jesús, o se disolvió pronto, pero la tradición continuó con su “historia” (inventada, o no)  para dar continuidad a la doctrina de Jesús por medio de ese “colegio” que se dedicó a expandir la doctrina de Jesús “por el mundo entero”, tal como afirma Mt 28,19-20.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Martes, 5 de Septiembre 2017
“Muerte de Herodes Agripa I. Destrucción del templo de Diana”. “La figura del apóstol Juan en los Hechos apócrifos” (y IV)  (XVII) (903)
Escribe Antonio Piñero
 
Concluimos hoy con la expansión, increíble para los ojos modernos, de la figura del apóstol Juan. Y podemos decir sin exagerar que casi todo en el cristianismo ha sufrido una expansión semejante a partir, sin duda, de unos leves elementos históricos, pero escasos. El lema de “En el cristianismo primitivo casi nada es como parece” una vez que se aplica el bisturí de la crítica.
 
El texto de los “Milagros de Juan” (recordemos que es del siglo V o VI d. C.) sigue narrando sucesos que se desarrollan en Éfeso, la capital de Asia Menor. El hecho de que “toda la ciudad de Éfeso y toda la provincia de Asia escucharan a Juan” provocó la natural alarma entre los adoradores de Diana (la Ártemis griega). Era, además, el templo de la diosa centro de peregrinaciones y fuente de ingresos, que la predicación de Juan ponía en peligro. Los Hechos canónicos de Lucas cuentan del motín organizado por los orfebres contra Pablo precisamente por el mismo motivo (Hch 19,21-28). Los “Milagros de Juan” refieren igualmente los problemas que tuvo Juan con el templo de Ártemis, que acabó por los suelos. También aquí Juan lanzó un reto a los devotos de la diosa. El templo se vino abajo con todos sus ídolos por la oración de Juan, con lo que se convirtieron y fueron bautizados doce mil gentiles, sin contar mujeres ni niños.
 
Aristodemo, el pontífice del culto a los ídolos centrado en el templo destruido, excitó una sedición en el pueblo. Juan mantuvo un largo debate con él utilizando como argumento su inmunidad ante los más severos venenos. Mientras el pueblo gritaba: “Uno solo es el Dos verdadero, el que predica Juan”, Aristodemo, incrédulo todavía, pidió al Apóstol que resucitara a dos hombres muertos por el veneno. Juan aceptó el reto, y cuando Aristodemo los vio volver a la vida, se postró ante Juan y corrió a contar al procónsul lo sucedido. El resultado fue la conversión del procónsul y de Aristodemo, quienes tras una semana de ayuno recibieron el bautismo. Destruyeron todos los ídolos y construyeron con el nombre de Juan una basílica cristiano. Termina así este apartado con el anuncio de la Metástasis, narrada en el capítulo posterior IX a base de los datos tomados de los Hch apócrifos de Juan primitivos (del siglo II d. C.)
 
La muerte de Herodes Agripa I
 
Sin una clara conexión con el conjunto de la narración de los “Milagros de Juan”, la obra termina con un capítulo dedicado a contar la muerte de Herodes Agripa I, el que detuvo y decapitó a Santiago, hermano de Juan, suceso que cuentan los Hchos canónicos en el capítulo 12. Con estos simples datos había aparecido mencionado Herodes en el capítulo I de los “Milagros de Juan”. Pero el acontecimiento de su muerte en una obra como la que narra los prodigios de Juan está introducido de una manera un tanto forzada. El autor parece consciente del detalle cuando intenta justificar la inclusión de la muerte de Agripa I en su relato. “Vale la pena que contemos qué digna muerte sufrió Herodes por tantos crímenes que cometió con los apóstoles”, se dice en el comienzo del capítulo. Luego, un descuidado “dijo” sin contexto alguno delata a los ojos de la crítica el hecho de que el autor está copiando textos ajenos. En primer lugar toma las referencias circunstanciales de los Hechos canónicos: Herodes baja a Cesarea; vestido con vestiduras regias, se sienta en el tribunal para dirigir la palabra al pueblo. Cuando el pueblo empezó a gritar que “aquello era la voz de Dios y no la de un hombre, enseguida lo hirió el ángel de Dios” (Hch 12,21-23).
 
El relato bíblico parece suponer que la enfermedad de Agripa fuera efecto de un ataque repentino y terrible de una enfermedad de momento desconocida motivado porque no dio a Dios la gloria debida. Pero sabemos por Flavio Josefo que ya arrastraba el rey una larga enfermedad. El texto de los “Milagros de Juan” va siguiendo el relato de Josefo en la Guerra Judía. Pero es obligado aclarar que este pasaje de los “Milagros de Juan” confunde a Herodes Agripa I (10 a. C. – 44 d. C.; Herodes Agripa I reinó en Judea del 41 al 44 d. C. con el título de rey, que le fue concedido por su amigo el emperador Calígula) con su abuelo Herodes el Grande (73 a. C.-4 a.C.) famoso por la narración  fantasiosa de la matanza delos inocentes. Herodes Agripa I es el que hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan, mientras que todos los datos que ofrece nuestro texto sobre la muerte (exitus: “salida” en latín ) de Herodes, son los que ofrece Flavio Josefo cuando narra la muerte de Herodes el Grande. Así lo entiende correctamente Eusebio en el comentario que hace del relato de Josefo y que recoge textualmente en su Historia de la Iglesia I 8, 9-16.
 
El texto de los “Milagros de Juan” (del Pseudo Abdías, como dijimos) es una reproducción, prácticamente literal, de la narración de Josefo (Guerra Judía I 656-660 con datos de 662 y 664-665). La coincidencia se extiende a los mínimos detalles. Habla de la enfermedad, la fiebre, el prurito intolerable, el cólico doloroso, la hinchazón de los pies como en el caso de un hidrópico, la podredumbre de los genitales convertidos en fuente de gusanos, los suspiros y las convulsiones. El colmo de tantos males hizo pensar a Josefo que “personas inspiradas por Dios”, vates o “profetas” según los “Milagros de Juan”, interpretaban los hechos más que como una enfermedad corporal como “suplicio de una venganza divina”. A pesar de todo, Herodes seguía buscando remedios. Recurrió a las aguas termales de la fuente de Calirroe, al otro lado del Jordán frente a Jericó. Los médicos pensaron que un baño en aceite caliente lo aliviaría, pero en el intento sufrió un desmayo, del que lo despertaron los gritos y lamentos de los criados que pensaron que ya había muerto.
 
Cuando perdió toda esperanza de salvación, repartió Herodes el Grande (Herodes Agripa I en los “Milagros de Juan”) entre los soldados, jefes y amistades, generosas cantidades de dinero. Y como desafiando a la muerte (minitans morti), ideó un crimen execrable. Encerró en el hipódromo a los varones nobles principales de Judea. Llamó a su hermana Salomé y a su cuñado Alejandro y les dio la orden de matar a los prisioneros del hipódromo tan pronto como él exhalara el último aliento. Pues consciente de que los judíos se alegrarían, quiso tener la seguridad de que toda Judea “lloraría su muerte”. Preso de un ardiente deseo de comer y de  un acceso de tos, pidió una manzana y un cuchillo para partirla, como acostumbraba. Intentó “acelerar el destino” clavándose el cuchillo. Pero un pariente, dice Flavio Josefo, se lo impidió.
 
El autor de los “Milagros de Juan” refiere cómo todavía antes de morir mandó matar a su hijo Antípatro a quien tenía preso (todos estos suceso aparecen novelado en mi obra “La Puerta de Damasco /Herodes el Grande). Así, no sin grandes dolores y sin expiar su parricidio, “comido de gusanos expiró”. Con estas palabras de Hch 12,23 termina el relato de Abdías, a las que añade un comentario personal: “Viviendo una vida indigna, murió con una muerte digna”, es decir, bien merecida.
 
Y con esto acabamos esta miniserie, dentro de otra, sobre las expansiones a los escasos datos de la tradición primitiva sobre el apóstol Juan.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com
 
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Enlace de un  programa de radio que contiene una entrevista que me hicieron sobre “El antiguo Egipto y el cristianismo”
 
https://www.ivoox.com/programa-10-universo-sem-creencias-religion-audios-mp3_rf_20628169_1.html
Domingo, 3 de Septiembre 2017
“Destierro en Patmos. La banda de ladrones. Perlas rotas y reconstruidas. Las varas convertidas en oro”. “La figura del apóstol Juan en los Hechos apócrifos” (III)  (XVI) (902)
Escribe Antonio Piñero
 
Como habrán observado, es curiosa la expansión que “sufrió la figura del apóstol Juan, y merece que la consideremos. La tradición expansiva se basa en el mismo fenómeno que se aprecia en el capítulo 21 del Evangelio canónico de Juan donde comienza ya la leyenda:
 
“Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?»: 21 Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?». 22 Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». :23 Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: « No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga». 24 Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero”.
 
 
Y de un personaje, cuya pista apenas descubrimos en los Hechos de Apóstoles en los primeros capítulos… y a quien Herodes Agripa I estuvo a punto de matar…, se hace otro que vivió más de 100 años, que recogió a la Virgen María a la muerte en cruz de su hijo… y que escribió cosas tan dispares como el Cuarto Evangelio y la Revelación o Apocalipsis.
 
 
Veamos ahora otras expansiones, de base antigua (hacia el siglo III), pero que toman forma hacia el siglo V o VI d. C. y que han llegado hasta nuestros días:
 
 
La noticia del destierro de Juan en la isla de Patmos es recogida por el Apócrifo que comentamos, “Los milagros de Juan = Virtutes Johannis.  El procónsul de Éfeso, coaccionado por dos temores, el temor al emperador y el que le causaba la personalidad de Juan y sus poderes sobre las fuerzas de la naturaleza le ofrece una amplia libertad de movimiento. En Patmos Juan “vio y escribió el Apocalipsis que se lee bajo su nombre”. Es no sólo la noticia más importante, sino la única. De su predicación, de los hechos y milagros realizados por Juan en Patmos y descritos detalladamente en los Hechos de Juan de Prócoro (15-48), el texto de las “Milagros de Juan” no menciona absolutamente nada, como si lo único que hizo el Apóstol durante su destierro fuera la composición de su Apocalipsis.
 
 
El texto de las “Milagros de Juan” refiere cómo a la muerte de Domiciano el senado romano hizo regresar a los desterrados a sus países de origen. Juan regresó a Éfeso, donde desarrolló una intensa actividad, amplia en enseñanzas y en prodigios. Bastaba el tacto de sus vestidos para que los enfermos sanasen, vieran los ciegos, quedaran limpios los leprosos, libres los endemoniados. Eusebio de Cesarea informa en su Historia Eclesiástica que el emperador Domiciano manifestó gran crueldad dando muerte a hombres honorables de Roma y enviando a muchos al destierro, entre los que se encontraba Juan, apóstol y evangelista. El mismo Eusebio cuenta cómo, muerto Domiciano y llegado Nerva al poder (96 d. C.), pudo regresar Juan del destierro y  estableció su residencia en Éfeso.
 
 
Historia del joven recomendado por Juan
 
 
Los “Milagros” recogen ejemplos de la actividad de Juan hallados en fuentes muy dispares y presentadas con una conmovedora riqueza de detalles. El capítulo III de los “Milagros de Juan” es una copia prácticamente literal de la historia narrada por Clemente de Alejandría en su Quis dives salvetur  (“Qué rico se va a salvar” y reproducida por Eusebio de Cesarea, calificada así por los autores que la transmiten. “Toma una historia, dice Clemente, luego no una leyenda, sino una historia real”.
 
 
Éstos son los detalles comunes a Clemente, Eusebio y las “Milagros de Juan”, que forman parte de los “Recuerdos” sobre Juan. Vuelto el Apóstol de Patmos a Éfeso, visitaba las poblaciones vecinas, en las que nombraba sacerdotes y obispos “señalados por el Espíritu Santo”. En una “ciudad no lejana” encontró a un joven que encomendó con insistencia a los cuidados del obispo, que lo recibió en su casa, lo mantuvo, lo educó, lo cuidó y finalmente lo bautizó. El joven, frecuentó malas compañías y acabó organizando una banda de ladrones de la que fue nombrado jefe.
 
 
Llamado Juan para resolver un problema surgido en la comunidad, preguntó al obispo por su recomendado. Cuando se enteró de lo sucedido, rasgó sus vestiduras y solicitó un caballo para salir en busca del joven. Los centinelas de la banda lo detuvieron. Pero Juan les dijo: “Llevadme a vuestro jefe, pues para eso he venido”.
 
 
El joven, avergonzado, pretendió huir, pero el anciano apóstol lo persiguió y lo hizo entrar en razón dándole seguridades de perdón y de salvación. El joven arrojó las armas y abrazó llorando al Apóstol. Los tres textos explican cómo las lágrimas le sirvieron de segundo bautismo. El suceso en sí tiene una práctica independencia y autonomía, sin otra conexión con el texto de las “Milagros de Juan” que la mención de Éfeso como lugar de la residencia del Apóstol.
 
 
 
Las perlas rotas y reconstruidas
 
 
Sigue el episodio de unas perlas que sufre  un “accidente”, sin una clara conexión con la narración central de los “Milagros”. Ni los datos cronológicos, ni los geográficos ofrecen datos suficientes para situar el suceso en un momento de la vida de Juan y en un lugar de su ministerio. A falta de datos en la leyenda se colige que Juan estaba en Éfeso, porque fue allí donde tuvo lugar la historia de Drusiana, la joven que suscitaba apasionados amores, que ya hemos contado en postales anteriores. Y allí tuvo lugar el episodio de las perlas.
 
 
Un filósofo, un tal Cratón,  quiso organizar un espectáculo en el que se ejemplificara el desprecio de este mundo que debe tener todo amante de la filosofía. Hizo que dos jóvenes ricos compraran y rompieran ante la gente unas piedras preciosas. Pasó el apóstol Juan por el lugar e informado de los hechos, interpeló a Cratón sobre la necedad e inutilidad del gesto. Sugería luego que hubiera sido mejor venderlas para ayudar a los necesitados. El filósofo replicó retando a Juan para que reconstruyera las piedras volviéndolas a su estado original. Juan realizó el milagro, subrayado con un solemne “amén” de los fieles presentes.
 
 
El hecho milagroso, que más bien parecía una frívola exhibición, consiguió el efecto salvífico. Cratón en unión con todos sus discípulos “creyó y fue bautizado”. Más aún, “empezó a predicar públicamente la fe de nuestro Señor Jesucristo”. Los dos jóvenes vendieron sus joyas y repartieron su precio entre los pobres. La consecuencia fue que numerosos creyentes se adhirieron a la causa de Juan.
 
 
Las varas y la arena
 
 
El capítulo VI de los “Milagros” expresa claramente su conexión con los sucesos narrados anteriormente. El texto habla del regreso de Juan a Éfeso y presenta a dos honorables ciudadanos que pretenden poner en práctica la doctrina sobre las riquezas y su reparto entre los pobres. En efecto, vendieron sus posesiones y todo lo repartieron entre los necesitados. Cambiados de opulentos en mendigos, pronto se arrepintieron de su gesto. Juan descubrió la trampa del Diablo y se dirigió a aquellos hombres. Les dijo que si querían recuperar sus riquezas, que prepararan unas varas rectas en sendos manojos. Juan invocó el nombre del Señor, y las varas se convirtieron en oro. Les pidió que llevaran piedrecillas de la orilla del mar, que acabaron convertidas en piedras preciosas. 
 
 
La parábola del rico epulón y del pobre Lázaro (capítulo 16 del Evangelio de Lucas) sirvió de prueba del valor de la palabra de Juan. Jesús confirmó, además, sus palabras resucitando a un muerto, el hijo de la viuda de Naím (capítulo 7 del Evangelio de Lucas). Juan confirmaba las suyas liberando a los enfermos de sus males y a las gentes, de sus pesadumbres. Luego el Apóstol amplía sus reflexiones recordando la inutilidad de las riquezas que no podrán acompañar al hombre a la otra vida.
 
 
Concluiremos el próximo día la ampliación de las leyendas sobre el apóstol Juan, tan importante en la tradición.
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com
 
Viernes, 1 de Septiembre 2017
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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