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Escribe Antonio Piñero
 
En el artículo que estamos extractando y comentando “Jesús y la resistencia antirromana Una reevaluación de los argumentos”, publicado en la revista “Journal for the Study of the Historical Jesus” 12 (2014) 1-105, aborda ahora F. Bermejo una cuestión interesante que debemos discutir y que paso a plantearles: “¿Qué significa ser sedicioso en la sociedad en la vivió Jesús?”.
 
La pregunta es pertinente ya que los evangelistas escriben a) mucho tiempo después de la muerte de Jesús; b) en un contexto vital muy diferente; c) con una mentalidad religiosa que depende, al menos en parte, de la teología de Pablo de Tarso quien había sido el principal impulsor de la fe en Jesús como mesías fuera de Israel;  d) con un deseo de hacer propaganda religiosa de la fe que profesaban, es decir, “desde la fe y para la fe”. Por tanto y a priori se puede albergar la sospecha de que sean sesgados, incluso sin pretenderlo expresamente..
 
Y la cuestión planteable es: ¿en qué grado son los evangelistas consistentemente fieles a la mentalidad de Jesús que a priori podemos suponer era ya bastante diferente a la suya? En efecto, Jesús vivía en un Israel con unas tradiciones cerradas; Jesús predicaba solo para los israelitas; ellos, los evangelistas, vivían dentro del Imperio Romano y con una mentalidad abierta a la admisión de los gentiles dentro de la fe común que ya profesaban. ¿Nos presentan a  un Jesús consistente con el patrón de recurrencia que hemos expuesto hasta el momento en esta serio, por el contrario, nos ofrecen una figura sublimada e idealizada con el paso de los años y por influencia de sus ideas teológicas previas? Esta es, pues, la cuestión.
 
O cómo había planteado Samuel Brandon, ¿sufrió el evangelio de Marcos –el que inició el género literario biográfico sobre Jesús – la presión psicológica del temor al Imperio Romano, que había acabado hacía poco con una revolución sangrante en Israel (la guerra del 66-73), y en el que las autoridades de este podían considerar muy probablemente que la fe en Jesús –al fin y al cabo un judío crucificado– que estaban propagando era un peligro real para el imperio? ¿Era el cristianismo a los ojos de los romanos una apología disfrazada de lo que hoy se denominaría terrorismo?
 
En el siglo pasado ha habido autores que pensaron que la presentación de Jesús por parte de los evangelistas estaba totalmente distorsionada. Esto les llevó a sostener que Jesús en realidad era una figura militar que había intentado llevar a cabo una suerte de asonada o golpe de estado, como llegó a afirmar Karl Kautsky  (quien en 1908 publicó una obra de gran impacto: El origen del cristianismo, versión inglesa Foundations of Christianity, Russell and Russell, New York, 1953) y en cierto modo en España, Josep Montserrat en su libro “El galileo armado” (EDAF, Madrid 2007). En esta línea, Jesús entró en Jerusalén como el rey de Israel o salvador mesiánico, intentó apoderarse del Templo. Pero escapó. Más tarde, sin embargo, los soldados de Pilato mezclaron la sangre de otros seguidores galileos de Jesús con la de los sacrificios del Templo. Jesús finalmente fue detenido y eliminado por los romanos, quienes en juicio sumarísimo por obra de Pilato, condenaron a él y a dos de sus seguidores a la muerte en cruz.
 
Uno de los casos más famosos en esta línea de interpretación es el de Robert Eissler, que en un libro muy amplio, Jesús, el rey que nunca reinó (Munich 1929-1930; el título del libro está en realidad en griego: Iesoús basileús ou basileúsas) defendió una posición muy semejante. En esta obra utilizaba Eisler además de los Evangelios fuentes judías extracristianas sobre Jesús, en especial la versión eslava antigua de la Guerra de los judíos de Flavio Josefo. En opinión de la mayoría de los expertos, es esta versión eslava una expansión medieval del texto griego del historiador judío, pero Eisler la consideraba como la fuente principal para recobrar el original perdido, arameo, de la Guerra, aunque mutilado en algunas partes por los escribas cristianos.
 
Pero, Eisler otorgaba a esta versión un extraordinario valor. Dicho de paso, hay hoy día un consenso bastante generalizado a este respecto, pues en el Josefo eslavo se perciben ecos de “noticias” sobre Jesús que pertenecen al acervo difamatorio judío sobre este personaje recogido en el Talmud –siglos V/VII: tratado Sanhedrin 43ª– y las “historias” sobre el Nazareno recopiladas en la obra conocida como “Toledoth Jesu” (literalmente “Las generaciones de Jesús”), cuya última versión es quizás de los siglos X/XI. Lo cierto es, sin embargo, que Eisler le concedió una importancia extraordinaria para descifrar qué fue realmente Jesús.
 
La imagen de Jesús de Eisler es la de un judío muy religioso dedicado al principio de su vida pública a la predicación de un mensaje, tanto para los judíos como para el resto del mundo, orientado a lograr la paz universal por medio de la implantación del reinado de Dios. Pero este proceso pacífico fracasó en la práctica, por lo que se vio impelido a utilizar la acción violenta como medio alternativo. Reunió Jesús en torno a sí a muchos discípulos, a los que exigió la renuncia provisoria a todos los bienes del mundo y la retirada al desierto. Una vez convenientemente preparados, era su intención dirigirse a Jerusalén y, desde allí, repetir la experiencia del éxodo de los judíos cuando salieron de Egipto.
 
Así pues, una vez conquistada la capital, Jesús tenía el propósito de dirigir el pueblo israelita al Jordán y volver a una suerte de estado primitivo, ideal, en el que –entre otras cosas- la función del Templo sería sustituida por la “Tienda de la reunión” de la época de los Patriarcas (la descripción idealizada de esta “tienda” puede verse en los capítulos 25-31 del libro del Éxodo. Era el lugar en el que Yahvé conversaba con Moisés, según Éxodo 33,11 y Números 12,4-10). Jesús, que se dejó llevar por sus discípulos más exaltados en la confección de estos planes y en sus ideas sobre la venida del reino de Dios, reunió a unos 150 seguidores fieles en el Monte de Olivos y una gran multitud de otros secuaces menos calificados. Tanto él como algunos de sus discípulos albergaban ciertas dudas sobre lo que había que hacer. Pedro, por ejemplo, no estaba del todo convencido de cómo debía realizarse la acción sobre Jerusalén.
 
Con todo, Jesús inició la gran aventura de la instauración del reino divino pergeñando una entrada triunfal en la capital de Israel, donde pensaba hacer una solemne proclamación mesiánica. Posteriormente pretendía apoderarse del Templo. De hecho Jesús y sus seguidores lograron ocupar una parte del santuario, pero fueron derrotados por los romanos, prevenidos e impulsados por una denuncia previa de los dirigentes judíos. Jesús fue detenido y condenado como mago, engañador del pueblo, insurgente y revolucionario, enemigo del Imperio y pretendiente real al trono de Israel, por lo que murió crucificado.
 
El fracaso de Jesús, aunque real, no fue del todo inútil. Según Eisler, su nombre y figura sirvieron de cierta inspiración para otros movimientos revolucionarios y mesiánicos posteriores contra el poder de los romanos, no sólo para la primera Gran Revuelta contra Roma -que fracasó en el año 70 d.C. con la destrucción de Jerusalén y su templo a manos de las tropas de Tito-, sino incluso para el segundo gran intento de alzamiento antirromano, el de Bar Kochba, que fracasó igualmente ante las legiones del emperador Adriano en el 135.

Seguiremos
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Martes, 31 de Enero 2017
Jesús y sus discípulos frente a la violencia.  Jesús y la resistencia antirromana (XXIII)
Escribe Antonio Piñero
 
Un par de notas más a propósito de cómo debemos interpretar este patrón de recurrencia. La primera se refiere a los discípulos de Jesús. A veces me he preguntado si muchos se han parado a reflexionar que los tres íntimos de Jesús eran personas de carácter un tanto violento, al menos. Y eran íntimos en verdad de Jesús porque los escogía expresamente –según cuentan los Evangelios– para estar presentes en determinadas acciones excluyendo a los demás. Por ejemplo, en la Transfiguración (sea cual fuere el trasfondo histórico de este hecho; Mc 9,2: “Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, Santiago y Juan, y los lleva, a ellos solos, aparte, a un monte alto”.); en la resurrección de la hija de Jairo (igualmente; no sabemos si se trató de una resucitación de un estado de coma: Mc 5,37: “Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago”.; en la oración del huerto en Getsemaní, etc. (Mc 14,33: “Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir pavor y angustia”).
 
¿Por qué Jesús mismo denominó a esos dos discípulos predilectos “hijos del trueno”? (es decir “tronantes”, “explosivos” diríamos hoy; es sabido que la expresión “hijos de…” equivale a un adjetivo; ejemplo “administrador de la injusticia”/ “Maestro de justicia” es igual a “administrador injusto” o “Maestro justo”). Este apelativo de “explosivos” lo tenían bien merecido a la luz de dos anécdotas evangélicas conocidas. La primera: pidieron a Jesús ser los primeros en el futuro reino de los cielos y los demás discípulos se enfadaron con ellos (Mc 10,35-37: “Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos.» El les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?»  Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda»”). La segunda, la también conocida petición de que el Cielo (= Dios)  arrasara con fuego a los samaritanos poco hospitalarios con su grupo (Lc 9,54: “Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?”).
 
Y otra característica del grupo de discípulos selectos de Jesús –los Doce– era que uno, al menos, era un celota (Simón el “cananeo”, es decir, probablemente no “oriundo de Caná”, sino “el  celota” Mc 3,18 como interpreta Lucas en 6,15 ). Ciertamente no un “celota” en el sentido de la Guerra contra Roma del 66-73, sino en extremo ardiente defensor de la Ley hasta llegar a una cierta imposición hacia los demás. Y reflexionemos que a este grupo de discípulos Jesús mismo les ordenó comprar espadas (Lc 22,36), les advirtió de que seguirlo podía terminar muy mal: muertos en la cruz (Mt 10,34), pero a la vez les prometió que les daría un reino («Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí»”,) y que ocuparían en él los puestos más importantes, a saber los de “jueces” que están sentados en tronos (Mt 19,28).
 
A este respecto F. Bermejo protesta de que en la investigación actual se admite a veces (no hay más remedio) el carácter violento de los discípulos íntimos, los verdaderamente amigos de Jesús, pero se niega absolutamente que el Maestro participara en ese espíritu de violencia. Ciertamente paree, al menos, muy poco verosímil entre amigos de verdad; además Jesús era el elector y ellos, los elegidos.
 
Comenta al respecto F. Bermejo:
 
“Este hecho nos permite evaluar la falta de fiabilidad de la manera de proceder dentro del ámbito académico actual (la mayoría de los exegetas son profesores de teología o de estudios de Nuevo Testamento en universidades estatales de diversas confesiones o de la s universidades pontificias), que consiste en el establecimiento de diferencias cruciales en materia de violencia e insurrección entre Jesús y sus discípulos. Un dispositivo muy frecuente en efecto, consiste en trazar una línea divisoria clara entre ellos y una actitud completamente pacífica por parte de Jesús, el cual parece estar más allá de la lógica violenta y sin relación con las turbulencias externas (naturalmente contra los romanos y contra Herodes Antipas) que se vivían en el Israel del tiempo de Jesús.
 
Y cita aquí a par de investigadores tan conocidos como Oscar Cullmann y Paul Winter. En especial el último quien en su obra On the Trial of Jesus (“El juicio de Jesús”) admite claramente que Jesús era un sedicioso, pero sostiene a la vez la distancia entre Jesús y sus discípulos en cuanto a la violencia. Sostiene Winter que textos como Hch 1,6 (“Los que estaban reunidos le preguntaron: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?”); Mt 19,28 (“Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel”) y Lc 19,26-27 (“Os digo que a todo el que tiene, se le dará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. «Pero a aquellos enemigos míos, los que no quisieron que yo reinara sobre ellos, traedlos aquí y matadlos delante de mí.”) son textos que no proceden del Jesús histórico sino de la comunidad primitiva (El juicio de Jesús , p. 193)”.
 
Y al comentar que esta manera de juzgar se debe al deseo íntimo de disculpar a Jesús de todo sentimiento violento añade:
 
“Tal dispositivo, sin embargo, no sólo es insostenible e increíble a la luz de los testimonios, sino que revela su dependencia esclava del procedimiento de disculpa similar ya presente en los Evangelios (Lc 19,11 implica que sólo los discípulos – no a Jesús– estaban equivocados cuando se espera la llegada inminente del Reino de Dios )… Podría haber ciertas diferencias entre Jesús discípulos, pero crear un abismo entre él y sus discípulos es totalmente contrario a la lectura de los textos. Jesús era el líder y maestro de su grupo”.
 
“Por lo tanto, lo que los discípulos querían y hacían debió de estar de acuerdo, al menos en términos generales, con los objetivos y expectativas propias de Jesús, al menos durante su vida pública. Si los discípulos esperaron que él rescataría a Israel de manos de sus enemigos (Hch 1,6), Jesús debía de haber esperado lo mismo; y si ellos estaban armados con espadas y, finalmente, las usaban, esto significa que la violencia no era en última instancia incompatible con el punto de vista de Jesús.  El intento de disociar a Jesús de las expectativas generadas por las afirmaciones o actuaciones de sus discípulos o del derramamiento de sangre causado por estos es históricamente implausible”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
También en Blog “Across theAtlantic”. He aquí el enlace:

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Lunes, 30 de Enero 2017
¿Jesús manso y humilde corazón? Jesús y la violencia
 
La resistencia antirromana y Jesús (XXII)
 
Escribe Antonio Piñero
 
 
Notemos que no estamos hablando ya de una actitud interior de resistencia al Imperio Romano, que podría manifestarse por fuera en una simple apariencia tranquila (al estilo del ghandiano “No colaboración; no violencia), sino si hay en los datos recibidos por la tradición una relación expresa de Jesús y sus discípulos con la violencia.
 
Yo creo que sí la hay. Los indicios son los siguientes:
 
Es cosa sabida que la imagen que se transmite generalmente de Jesús entre los cristianos es la de un personaje dulce, manso y humilde de corazón (Mt 11,29 y Lc 9,55), que aborrece en absoluto cualquier acto de violencia. Esa imagen que se ha extendido por el mundo católico encarnada en la devoción al “Sagrado corazón de Jesús”. Por tanto, otra prueba que ha de pasar el patrón de recurrencia “Jesús como sedicioso desde el punto de vista del Imperio” es si en el conjunto de datos que hemos reunido hay suficientes indicios que relacionen a Jesús y a sus discípulos con la violencia en sí.
 
1. Los discípulos iban armados:
 
 Lc 22,38: “Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» El les dijo: «Basta»”
 
Lc 22,49-50: “Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?» y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha”.
 
Mc 14,47: “Uno de los presentes, sacando la espada, hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le llevó la oreja”.
 
Lc 22,36: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada;
 
Lc 22,37 es sugerente: “Os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: “Ha sido contado entre los impíos / malhechores”.  Porque lo mío toca a su fin”.
 
Ya sabemos que “malhechor” en Lucas recubre el griego lestés, (bandido) que era la palabra despectiva utilizada por los romanos para significar lo que indicaríamos como “facciosos” o “terrorista” (siempre desde el punto de vista del que manda. Véase cómo Lucas sustituye este palabra de Mc 15,27 por el simple “malhechor” (griego kakourgós), lo que significa rebajar o eliminar el tono político sediciosos de la palabra recogida por la tradición de Marcos.
 
2. Jesús mismo aconseja portar espadas:
 
Si Jesús mismo fue el que aconsejó a los discípulos que llevaran espadas (véase el texto citado Lc 22,36), todos estos textos apuntan claramente a una relación de Jesús con la violencia. Naturalmente se puede decir que “todo el mundo llevaba armas en el Israel de ese tiempo cuando iba de camino para defenderse de los malhechores”. Pero esta afirmación tiene una respuesta: No es verdad en un país con “ley y orden” generalmente garantizada por el Imperio. Y una cosa es llevar una daga defensiva…, y otra muy distinta es portar espadas pesadas (máchaira), término empleado por los cuatro evangelistas unánimemente en Mc 14,47; Mt 26,51; Lc 22,49 y Jn 18,10.  Además, de estos cuatro evangelistas hay tres de ellos que identifican al agresor como discípulo de Jesús (es precisamente Mc 14,47, quien escribe “uno de los presentes”).
 
Otro intento de “quitar hierro” a esta invitación de Jesús a comprar espadas es considerarla en sentido figurado o metafórico, o bien negar su autenticidad histórica. Opino que son intentos desesperados de eliminar un testimonio evangélico en nada dudoso (por los criterios de dificultad; múltiple atestiguación y plausibilidad histórica) para defender un Jesús totalmente pacífico, idea que no puede sostenerse dada la convergencia de textos y circunstancias: por ejemplo, explica el carácter fuertemente armado de la partida romano-judía para prender a Jesús. Cortar la oreja al siervo del sumo sacerdote no es un acto sin importancia. Significa que Pedro (según Jn 18,10) hirió a Malco, el siervo del sumo sacerdote, con intención de matarlo.
 
Por lo demás, he señalado muchas veces, y estoy de acuerdo con F. Bermejo también en este punto, que hay otros indicios menores (¿?) de que el clima entre los discípulos de Jesús podía ser muy violento. Primero: indicamos que sin el apoyo de los discípulos (muy probablemente armados, Jesús no pudo expulsar del Templo a los cambistas y vendedores de animales para los sacrificios.
 
3. Jesús dijo “Mt. 10,34 “«No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada.”
 
4. Santiago y Juan, discípulos predilectos de Jesús eran llamados “hijos del trueno” (Mc 3,17) no porque eran mansos y humildes de corazón a imitación del Maestro. Recuérdese que he aducido muchas veces el texto en el que estos hermanos piden a Jesús que caiga fuego del cielo sobra la ciudad de samaritanos que se negó a darles albergue cuando iban de camino a Jerusalén (Lc 9,54)
 
5. F. Bermejo añade otros datos que algunos considerarán también menores pero que ayudan a la formación de la imagen de un Jesús que de vez en cuando parece que está rodeado de cierta violencia. Así,
 
 “Las invectivas virulentas contra algunos oponentes religiosos, el lenguaje duro utilizado en contra de Antipas, la predicación amenazante del juicio escatológico, no pueden conciliarse con una especie de pacifismo absoluto de Jesús. Y esto significa que, a pesar de la afirmación general de que tales textos como Mt 5,38-48 (“Habéis oído que se dijo:  Ojo por ojo y diente por diente…”) y Mt 26,52-53 (“Le dijo entonces Jesús: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto) dibujó a un Jesús más allá de los antagonismos de su época y lo hacen políticamente inofensivo. Esto es totalmente injustificado. El mensaje de Jesús no parece haber sido incompatible en absoluto con la violencia”.
 
Y finalmente Bermejo concluye así esta sección:
 
“A su vez, esto implica que las reconstrucciones actuales de amortiguación / eliminación de las connotaciones violentas de las pruebas son casi generalizadas pero implausibles. El intento de minimizar o suprimir los aspectos violentos de Palabras y los hechos de Jesús con el fin de presentar una imagen pacífica de él sólo es posible… si se ignoran otros pasajes de los Evangelios que contradicen tal ‘espíritu’ de pura bondad. El 'espíritu' de Jesús –si podemos hablar de tal cosa en absoluto– es bastante menos parecido al pacifismo que la mayoría de los estudiosos les gusta pensar. Esto es construir una figura de Jesús artificial que es mucho más agradable al gusto de las gentes. Esta intervención es insostenible en la investigación crítica”.
 
“Es cierto que algunos estudiosos han sido acusados de ir más allá de los testimonios disponibles al considerar a Jesús como el líder guerrero de un ejército. Pero la inmensa mayoría de los estudiosos que defienden a Jesús totalmente pacífico puede –y debe– ser justamente acusado de haber minimizado, e incluso de haber negado los testimonios que apuntan al hecho de que el grupo de apoyo Jesús era –al menos en el último período de su vida– un grupo que portaba armas. Los intentos de disociar a Jesús de los temas embarazosos de armas y violencia muestran claramente un deseo previo de interpetr los textos embarazosos de otra manera”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
www.ciudadanojesus.com
 
 ¿Jesús manso y humilde corazón? Jesús y la violencia
 
La resistencia antirromana y Jesús (XXII)
 
Escribe Antonio Piñero
 
 
Notemos que no estamos hablando ya de una actitud interior de resistencia al Imperio Romano, que podría manifestarse por fuera en una simple apariencia tranquila (al estilo del ghandiano “No colaboración; no violencia), sino si hay en los datos recibidos por la tradición una relación expresa de Jesús y sus discípulos con la violencia.
 
Yo creo que sí la hay. Los indicios son los siguientes:
 
Es cosa sabida que la imagen que se transmite generalmente de Jesús entre los cristianos es la de un personaje dulce, manso y humilde de corazón (Mt 11,29 y Lc 9,55), que aborrece en absoluto cualquier acto de violencia. Esa imagen que se ha extendido por el mundo católico encarnada en la devoción al “Sagrado corazón de Jesús”. Por tanto, otra prueba que ha de pasar el patrón de recurrencia “Jesús como sedicioso desde el punto de vista del Imperio” es si en el conjunto de datos que hemos reunido hay suficientes indicios que relacionen a Jesús y a sus discípulos con la violencia en sí.
 
1. Los discípulos iban armados:
 
 Lc 22,38: “Ellos dijeron: «Señor, aquí hay dos espadas.» El les dijo: «Basta»”
 
Lc 22,49-50: “Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?» y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha”.
 
Mc 14,47: “Uno de los presentes, sacando la espada, hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le llevó la oreja”.
 
Lc 22,36: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada;
 
Lc 22,37 es sugerente: “Os digo que es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: “Ha sido contado entre los impíos / malhechores”.  Porque lo mío toca a su fin”.
 
Ya sabemos que “malhechor” en Lucas recubre el griego lestés, (bandido) que era la palabra despectiva utilizada por los romanos para significar lo que indicaríamos como “facciosos” o “terrorista” (siempre desde el punto de vista del que manda. Véase cómo Lucas sustituye este palabra de Mc 15,27 por el simple “malhechor” (griego kakourgós), lo que significa rebajar o eliminar el tono político sediciosos de la palabra recogida por la tradición de Marcos.
 
2. Jesús mismo aconseja portar espadas:
 
Si Jesús mismo fue el que aconsejó a los discípulos que llevaran espadas (véase el texto citado Lc 22,36), todos estos textos apuntan claramente a una relación de Jesús con la violencia. Naturalmente se puede decir que “todo el mundo llevaba armas en el Israel de ese tiempo cuando iba de camino para defenderse de los malhechores”. Pero esta afirmación tiene una respuesta: No es verdad en un país con “ley y orden” generalmente garantizada por el Imperio. Y una cosa es llevar una daga defensiva…, y otra muy distinta es portar espadas pesadas (máchaira), término empleado por los cuatro evangelistas unánimemente en Mc 14,47; Mt 26,51; Lc 22,49 y Jn 18,10.  Además, de estos cuatro evangelistas hay tres de ellos que identifican al agresor como discípulo de Jesús (es precisamente Mc 14,47, quien escribe “uno de los presentes”).
 
Otro intento de “quitar hierro” a esta invitación de Jesús a comprar espadas es considerarla en sentido figurado o metafórico, o bien negar su autenticidad histórica. Opino que son intentos desesperados de eliminar un testimonio evangélico en nada dudoso (por los criterios de dificultad; múltiple atestiguación y plausibilidad histórica) para defender un Jesús totalmente pacífico, idea que no puede sostenerse dada la convergencia de textos y circunstancias: por ejemplo, explica el carácter fuertemente armado de la partida romano-judía para prender a Jesús. Cortar la oreja al siervo del sumo sacerdote no es un acto sin importancia. Significa que Pedro (según Jn 18,10) hirió a Malco, el siervo del sumo sacerdote, con intención de matarlo.
 
Por lo demás, he señalado muchas veces, y estoy de acuerdo con F. Bermejo también en este punto, que hay otros indicios menores (¿?) de que el clima entre los discípulos de Jesús podía ser muy violento. Primero: indicamos que sin el apoyo de los discípulos (muy probablemente armados, Jesús no pudo expulsar del Templo a los cambistas y vendedores de animales para los sacrificios.
 
3. Jesús dijo “Mt. 10,34 “«No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada.”
 
4. Santiago y Juan, discípulos predilectos de Jesús eran llamados “hijos del trueno” (Mc 3,17) no porque eran mansos y humildes de corazón a imitación del Maestro. Recuérdese que he aducido muchas veces el texto en el que estos hermanos piden a Jesús que caiga fuego del cielo sobra la ciudad de samaritanos que se negó a darles albergue cuando iban de camino a Jerusalén (Lc 9,54)
 
5. F. Bermejo añade otros datos que algunos considerarán también menores pero que ayudan a la formación de la imagen de un Jesús que de vez en cuando parece que está rodeado de cierta violencia. Así,
 
 “Las invectivas virulentas contra algunos oponentes religiosos, el lenguaje duro utilizado en contra de Antipas, la predicación amenazante del juicio escatológico, no pueden conciliarse con una especie de pacifismo absoluto de Jesús. Y esto significa que, a pesar de la afirmación general de que tales textos como Mt 5,38-48 (“Habéis oído que se dijo:  Ojo por ojo y diente por diente…”) y Mt 26,52-53 (“Le dijo entonces Jesús: «Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto) dibujó a un Jesús más allá de los antagonismos de su época y lo hacen políticamente inofensivo. Esto es totalmente injustificado. El mensaje de Jesús no parece haber sido incompatible en absoluto con la violencia”.
 
Y finalmente Bermejo concluye así esta sección:
 
“A su vez, esto implica que las reconstrucciones actuales de amortiguación / eliminación de las connotaciones violentas de las pruebas son casi generalizadas pero implausibles. El intento de minimizar o suprimir los aspectos violentos de Palabras y los hechos de Jesús con el fin de presentar una imagen pacífica de él sólo es posible… si se ignoran otros pasajes de los Evangelios que contradicen tal ‘espíritu’ de pura bondad. El 'espíritu' de Jesús –si podemos hablar de tal cosa en absoluto– es bastante menos parecido al pacifismo que la mayoría de los estudiosos les gusta pensar. Esto es construir una figura de Jesús artificial que es mucho más agradable al gusto de las gentes. Esta intervención es insostenible en la investigación crítica”.
 
“Es cierto que algunos estudiosos han sido acusados de ir más allá de los testimonios disponibles al considerar a Jesús como el líder guerrero de un ejército. Pero la inmensa mayoría de los estudiosos que defienden a Jesús totalmente pacífico puede –y debe– ser justamente acusado de haber minimizado, e incluso de haber negado los testimonios que apuntan al hecho de que el grupo de apoyo Jesús era –al menos en el último período de su vida– un grupo que portaba armas. Los intentos de disociar a Jesús de los temas embarazosos de armas y violencia muestran claramente un deseo previo de interpetr los textos embarazosos de otra manera”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
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Domingo, 29 de Enero 2017
Escribe Antonio Piñero
 
Hasta este momento hemos reunido los elementos del patrón de recurrencia “Un Jesús sedicioso respecto al Imperio  romano”.  Pero estos elementos dispersos en los Evangelios no ofrecen por sí mismos una imagen nítida y clara de lo que ocurrió exactamente con Jesús a lo largo de su vida pública, y sobre todo en la semana, o semanas, que precedieron a su muerte en cruz. La investigación crítica del Nuevo Testamento ha presentado diversas propuestas de reconstrucción de los hechos y de su interpretación más convincente.
 
Hay que partir del Evangelio de Marcos y de su base anterior, pero gracias a los datos reunidos ya en las postales anteriores podemos albergar la sospecha de que los datos ofrecidos por los Evangelistas han sido cuidadosamente seleccionados, dispuestos y presentados a una luz determinada para ofrecer una versión concreta del motivo y del hecho mismo de la muerte de Jesús. Y se puede sospechar que esta presentación es una versión que hoy denominaríamos apologética, es decir que defiende una interpretación de Jesús determinada. En concreto un Jesús que intentó enfrentarse al judaísmo de su momento y que ni siquiera pensaba oponerse a la dominación romana. Pero ya empezamos a ver que esta interpretación no es la correcta.
 
La cuestión básica es si la actitud, los hechos y los dichos de Jesús iban dirigidos contra los romanos y su poderío en Israel (es decir, si iban en el fondo y la forma a pedir a Dios que instaurara un régimen político y religioso en Israel en el que no tenían cabida alguna los romanos) o bien contra los jefes de los judíos o contra ciertos aspectos de la religión judía (solamente).
 
A este respecto acepta F. Bermejo que
 
“Es cierto que, según Marcos, el conflicto principal de Jesús fue con los sumos sacerdotes de Jerusalén, y es muy probable que Jesús incluyera a la élite de Jerusalén entre los ' gobernantes injustos' a quienes Dios habría de juzgar en el futuro. No obstante, una parte importante de los testimonios recogidos (la crucifixión, la burla de los soldados, el tema del pago del tributo donde, según Lucas se trataba de entregar a Jesús al prefecto romano = Lc 20, 20: “Quedándose ellos –escribas y sumos sacerdotes– al acecho, le enviaron unos espías, que fingieran ser justos, para sorprenderle en alguna palabra y poderle entregar al poder y autoridad del procurador), el títulos crucis, la comparación del  movimiento de Jesús  con el de Teudas y el egipcio en Hechos 5,36; la mención de una cohorte en Jn 18,3 (y en Mc 15, 16 para describir el conjunto de soldados que se burlan de Jesús) apuntan inequívocamente a un conflicto con los romanos.
 
“Este choque entre Jesús y el Imperio romano es más perceptible en dos puntos del patrón recurrente, a saber, el dicho de Jesús sobre "cargar con la cruz" (Mt 10,38) y en pasaje del discurso de Caifás a los miembros del Sanedrín recogido en Jn 11,47-50 (“Este hombre realiza muchas señales. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación… conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación).  Es esta una perícopa que pretende reproducir la esencia de un discurso del sumo sacerdote, y que contiene la única mención de los romanos en los Evangelios”.
 
 
Dicho con otras palabras: estos dos pasajes están afirmando que si sigue la doctrina de Jesús y se proclama el futuro reino de Dios, se corre el serio peligro de acabar crucificado por los romanos.
 
 
Y es cierto también que la crítica de Jesús iba en especial contra los jefes de los judíos, pero no en general contra el pueblo, salvo apelaciones también generales a la incredulidad que mostraban acerca de su mensaje del Reino: (“¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! –en el juicio final que se acerca–; porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que en sayal y ceniza se habrían convertido: Mt 11,21).
 
Pero debe advertirse que esa crítica es típica de cualquier nacionalista que carga con especial dureza contra los colaboracionistas con las fuerzas invasoras (en especial los dirigentes de Jerusalén que se aprovechaban del comercio  favorecido por los romanos y el gran negocio del Templo) y bien que eran simples muñecos al servicio del poder romano (Herodes Antipas en Galilea). Ahora bien, esta crítica a los estamentos judíos importantes es también reducible a una crítica contra los romanos, contra el régimen imperial y por tanto contra Poncio Pilato y Tiberio.
 
Y concluye este sección F. Bermejo:
 
“A la luz de todo este material, negar que el mensaje de Jesús y sus actividades fueron dirigidas en contra de la dominación romana, o afirmar que los Evangelios no han registrado dichos explícitos de Jesús contra el Imperio Romano, no tiene en cuenta una línea importante de pruebas existentes en la tradición ni  tampoco una forma bastante evidente de la lectura de dichas pruebas”.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
 
En el otro Blog, “Across theAtlantic”, en inglés se está tratando de los siguientes temas:
 

1. Announcing A New Book Series In Spanish

 
2. The Teaching Of Paul Concerning Women (Part 1)
 
He aquí el vínculo:
http://www.pineroandhudgins.com/  
Sábado, 28 de Enero 2017
Escribe Antonio Piñero
 
Escribíamos ayer, entre otras cosas que el período de gobernanza de Pilato fue más bien turbulento y problemático lo que apunta a que el ambiente en Judea (y en Galilea) fue bastante menos pacífico que lo que parece suponer la famosa frase de Tácito “Sub Tiberio quies”. Así que, al menos desde esta consideración general de la época, de ningún modo puede considerarse absurdo que un predicador religioso como Jesús estuviera a la vez interesado en cuestiones sociales que conllevaban necesariamente un cambio político. Y eso para los romanos era un intento de sedición contra la majestad de Tiberio y el poder del Imperio.
 
A este respecto concluye F. Bermejo, tras examinar la plausibilidad histórica del patrón “Jesús como sedicioso respecto al Imperio”, que:
 
“La combinación de un patrón convergente, junto con la aplicabilidad de los criterios de dificultad y de la verosimilitud histórica, nos permite inferir que el patrón tiene una probabilidad muy alta de historicidad. De hecho, es dudoso el que exista mucho material en los Evangelios que se pueda comparar con este en su alto grado probabilidad de que se retrotraiga al predicador galileo”.
 
“Es revelador que la hipótesis de un Jesús sedicioso se enfrenta a dos objeciones mutuamente excluyentes con respecto a la naturaleza de las pruebas a nuestra disposición.  En primer lugar, se ha formulado la objeción siguiente: si los textos eran realmente embarazosos para el cristianismo primitivo, habrían sido sencillamente eliminados; de acuerdo con esta objeción, tendríamos demasiados textos-prueba. Por otro lado, sin embargo, a menudo se afirma que, si Jesús hubiera sido un sedicioso antirromano, tendríamos más textos explícitos de apoyo a la hipótesis”.
 
Pero todo lo recogido hasta ahora es posible responder con claridad a las dos objeciones.
 
A la primera: hemos indicado ya que no tenemos “demasiados textos”, ya que son solo indicios, aunque numerosos; que son pequeñas frases o detalles; que están esparcidos por todo el material evangélico entre otros pasajes que contrarrestan la impresión del Jesús sedicioso porque la lectura rápida de los lectores hace que se obtenga una impresión diferente; que esos textos o detalles han sido transmitidos porque la tradición era demasiado evidente para poderlos suprimir, etc.
 
Respeto a la segunda objeción puede replicarse:
 
· Muchas veces no se tienen cuenta la existencia de este patrón; simplemente se niega.
 
· El patrón nos lleva a formular una hipótesis explicativa, no una certeza.
 
· Es sabido, por otros análisis que el relato de la Pasión está construido expresamente por el primitivo autor (desconocido) y luego seguido por Marcos y los demás evangelistas precisamente para ocultar este hecho. Por todos los medios los evangelistas procuran presentar la muerte de Jesús como un acto claro de extrema injusticia por parte de los romanos y de los judíos. Se declara una y otra vez que Jesús solo tenía pretensiones ultraterrenas, no mundanas (el reino de Dios ya había comenzado y era un reinado fundamentalmente interior, en los corazones, nada de en la tierra de Israel); que Jesús era un justo injustamente perseguido y condenado sin que hubiera hecho absolutamente nada en contra del Imperio…., hasta llegar al absurdo de que cuando los judíos lo acusan de sedición es el mismo prefecto romano, Pilato –conocidísimo a base de otras fuentes por su dureza  y crueldad– es el que se encarga de defenderlo.
 
Por último afirma F. Bermejo:
 
“Si los Evangelios explícita y consistente hubieran presentado al grupo de Jesús como una peligrosa banda de sediciosos, la hipótesis sería en verdad totalmente superflua, y los estudiosos que han propuesto esta hipótesis desde el siglo XVIII podrían haberse ahorrado esos esfuerzos. Por otra parte, la objeción no tiene en cuenta que en los pueblos dominados en gran medida se lleva a cabo el arte del disfraz político, y que este modelo puede y debe ser aplicado al caso de  Jesús”.
 
“En consecuencia, la afirmación de que la falta de testimonios más claros respecto a la dominación romana en las enseñanzas de Jesús tal como han llegado a nosotros significa que él no estaba interesado en cuestiones políticas o que adoptó una concepción del Reino más bien de otro mundo está equivocada totalmente.  Del mismo modo, la falta de una 'llamada clara a las armas' en los Evangelios nada demuestra, precisamente porque (aunque Lc 22,36 se asemeja a una llamada de este tipo:
 
 
“Y les dijo: «Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin sandalias, ¿os faltó algo?» Ellos dijeron: «Nada.» Les dijo: «Pues ahora, el que tenga bolsa que la tome y lo mismo alforja, y el que no tenga que venda su manto y compre una espada”) 
 
 
dado el proceso de edición de oscurecimiento de los hechos y el hecho de que las formas de resistencia se expresan con mucha frecuencia encubierta y de una manera indirecta. Por consiguiente  su ausencia es de esperar. Lo importante no es que no tengamos más material que apunta a un Jesús sedicioso, sino que hayamos conservado tanto”.
 
 
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
 
Viernes, 27 de Enero 2017

Escribe Antonio Piñero
 
Escribimos ayer que “en Judea y Galilea hubo movimientos antirromanos durante los meses o años (¿?) que duró la vida pública de Jesús”. No hubo tanta paz como sugiere la famosa frase del historiador Tácito “Sub Tiberio quies” (“En tiempos de Tiberio hubo paz en Israel”) = Historias V 9,2.  Desde luego, esta frase que debe ser bien entendida, no justifica de ningún modo –como hay que confesar que se ha dicho–  que Israel fuera en esos momentos un hervidero de revueltas antirromanas, o el escenario de una gran agitación política como se ha sostenido a veces por historiadores un tanto exagerados. Ciertamente no fue así. Pero tampoco vale negar esta perspectiva absolutamente.
 
Sostiene F. Bermejo con toda razón que “Tácito se refiere solamente a rebeliones que hicieran necesaria la intervención directa del legado romano en Siria”, quien no solo tenía tres legiones en esa provincia sino además “el respaldo tres o cuatro legiones” más del ejército romano desplegado cerca del río Éufrates.  Estaban desplegadas allí para contener ciertamente a los partos, pero en caso necesario podrían enviar refuerzos a Siria a o a Israel. Que hubo paz (= latín “quies”) “significa que los gobernantes de Palestina podrían manejar cualquier problema, incluidos aquellos que ellos mismos habían creado”. Por tanto, entender que había una paz tranquila y absoluta es una interpretación también exagerada de lo que dijo Tácito.
 
Pero también deseamos subrayar que tal tranquilidad era solamente “relativa”, es decir si se la compara con los dos mil crucificados de la época del legado de Siria Quintilio Varo, tras la muerte de Herodes el Grande, o con las revueltas de Teudas (y luego el llamado  Profeta egipcio) de los años 40 del siglo I, es decir, poco tiempo después de la muerte de Jesús, a la que alude el rabino Gamaliel en los Hechos de los Apóstoles  5,36.
 
En tiempos estrictos de Jesús debemos enumerar los siguientes casos de agitación política antirromana:
 
1. El antecesor de Poncio Pilato (26-36 d. C.) Valerio Grato (25-36) depuso a cuatro sumos sacerdotes. Esto es un hecho extraordinario. El gobierno teocrático de Judea debía –según la disposición de los romanos– mantener el orden público. No sabemos casi nada concreto de lo que ocurrió porque el historiador Flavio Josefo (Antigüedades de los judíos XVIII 33-35) solo da este simple dato. Pero podemos concluir con probabilidad que el ambiente de orden público en Judea no era ni mucho menos como deseaba Roma.
 
2 El asesinato de Juan Bautista por parte de Herodes Antipas en Galilea. Ya henos comentado en ocasiones anteriores que el Bautista enardecía a las masas y que Antipas lo degolló, anticipándose astutamente a los acontecimientos por miedo a que el Bautista suscitara una revuelta. Y también sabemos que al pueblo le sentó muy mal este asesinato de un profeta, y se alegró de que el ejército de Antipas –las tropas de su propia tierra–  fuera derrotado por el rey Aretas IV…, el nabateo. Muy enfadado tenían que estar las gentes para alegrase de un fracaso nacional ante los árabes, y tan estrepitoso y dañino.
 
3. Pilato asesinó también a una serie de galileos quizás en el templo de Jerusalén o en las cercanías, si exprimimos bien el contenido de la noticia que nos da Lc 13,1-3: “En aquel mismo momento llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios.  Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”.
 
Parece evidente que el enfrentamiento con Poncio Pilato por parte de unos peregrinos (¡galileos!) al Templo no era por motivos puramente religiosos, sino por sus derivaciones de orden público o meramente políticas. Y es evidente que  el Prefecto no se andaba con chiquitas y regó las losas del Santuario con la sangre de los peregrinos. Este hecho ocurrió probablemente en el 28-29 d. C., es decir, inmediatamente antes del comienzo de la vida pública de Jesús.
 
4. En Mc 15,7 leemos a propósito de la liberación de Barrabás: “Había un preso, llamado Barrabás, que estaba encarcelado con aquellos sediciosos  (griego “lestaí”) que en el motín habían cometido un asesinato”. El pasaje es bien claro: en tiempos mismos de Jesús hubo un motín contra el poder de Roma con el resultado de un muerto. Y el mismo evangelista confirma que Barrabás era un “sedicioso”, es decir, esa acción sediciosa era totalmente antirromana.
 
5. La crucifixión de Jesús fue colectiva. Fueron tres, y no uno, los crucificados; además cerca de la fiesta de Pascua; por tanto, se trató de una ejecución amenazadora y ejemplarizante. F. Bermejo se ha quejado repetidas veces de que la investigación ha prestado muy poca atención a este hecho tan significativo. Es claro que el caso apunta al castigo de tres insurrectos, que se habían levantado contra la majestad del Emperador y del Imperio. La investigación independiente opina que como  Jesús fue crucificado en medio de los otros dos, él era el jefe de los insurrectos. Con otras palabras: que los famosos dos bandidos eran seguidores de Jesús. Esta opinión no es totalmente segura, pero si probable.
 
Naturalmente no podemos esperar que la tradición evangélica recogida unos cuarenta años después de la muerte de Jesús y con vistas a la propaganda religiosa paganos, que podían convertirse a la fe en el mesías Jesús, no iba a proclamar a las claras que aquellos dos crucificados con Jesús y que este mismo eran insurrectos desde el punto de vista  del Imperio. Pero la investigación sí puede afirmarlo como muy probable.
 
6. Puede añadirse como complemento que, después de la muerte de Jesús, en el año 35, las tropas de Poncio Pilato atacaron violentísimamente a unos peregrinos samaritanos, al parecer pacíficos, que se habían reunido en el Monte Garizim por motivos en apariencia puramente religiosos: ser testigos de cómo Dios hacía que reaparecieran milagrosamente los instrumentos del templo de Jerusalén, que fueron escondidos por el profeta Jeremías antes del asedio de Nabucodonosor a Jerusalén que acabó con la ciudad y con el templo en el 589 a. C. El ataque de las Pablo tropas de Pilato fue tan brutal que causó miles de muertos entre gentes la mayoría desarmadas. Tiberio destituyó y exilió a Pilato por este hecho a petición de una delegación del pueblo samaritano que se trasladó a Roma.
 
En conclusión y parafraseando a F. Bermejo la frase “En tiempos de Tiberio hubo paz en Judea” ha de entenderse de modo muy relativo: es una generalización retórica; no es una descripción lo bastante precisa y sí se entiende sesgadamente lo único que se logra es “minimizar todo lo posible los rastros de resistencia antirromana lo que entraña un considerable error de interpretación”.
 
La atmósfera que respiraba Jesús y la que generaba él mismo con su predicación exclusivamente a Israel del futuro reino de Dios conllevaba una exclusión de los romanos del Reino, y sobre todo suponía una resistencia implícita a que el país de Israel fuera gobernado por los extranjeros romanos. Era para Poncio Pilato un caso claro de sedición anti imperial,  y era un grave peligro de orden público. Lo mismo que para Herodes Antipas lo fue la figura en apariencia puramente religiosa de Juan Bautista.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
 
http://www.pineroandhudgins.com/
Jueves, 26 de Enero 2017

 Escribe Antonio Piñero
 
Como me parece interesantísimo, y de ineludible lectura, el artículo de Fernando Bermejo que estamos extractando y comentando, voy a seguir con esta serie… a pesar de que es larga Pero hay muchas cosas que decir respecto al tema “Jesús y la resistencia antirromana” (búsquese en “Academia.edu”, bajo la rúbrica del nombre del autor para quien quiera leerlo en inglés) y conviene que las tratemos. El artículo del Prof. Bermejo me sirve de guía.
 
Una de las razones en contra de su tesis,  que F. Bermejo ha encontrado cuando ha expuesto la tesis de las consecuencias políticas de la instauración próxima del reino de Dios proclamada por Jesús, ha sido la siguiente: es imposible que Jesús hubiera tenido tal actitud antirromana porque Tácito afirma en sus Historias V 9,2 que “bajo el mandato de Tiberio había paz en Judea” (en latín “sub Tiberio quies”). Tanto él como yo, como Josep Montserrat, estimamos que esa frase puede ser cierta, pero que hay que entenderla en el contexto relativo de la comparación del reinado de Tiberio (14 d. C. hasta el 37 d. C.) con el de Augusto.
 
Durante el reinado de este último hubo dos revueltas gravísimas en el Israel de la época: a la muerte de Herodes el Grande, hubo un levantamiento general contra su sucesor Arquelao, hombre cruel, duro y probablemente un político poco eficiente y desconectado del pueblo. Esa revuelta costó mucha sangre… en total quizás más de 10.000 muertos pues en ella intervino el legado de Siria, Quintilio Varo con sus legiones. Mientras Arquelao –después de sofocar una revuelta de un modo sangriento nada más morir su padre, estaba en Roma, ante Augusto, para que conseguir de este que le nombrara rey de Judea, Quintilio Varo, legado de Roma en Siria, recibía confusas noticias de que en Judea se estaba preparando un motín contra el sucesor de Herodes el Grande e intuía que en cualquier momento podría desencadenarse el estallido de una revuelta general.
 
Y así ocurrió. Y la revuelta fue tan tremenda que el legado de Siria hubo de poner en marcha nada menos que dos legiones, la VI Ferrata y XII Fulminata, a las que se unieron gran cantidad de caballería y tropas auxiliares. Resultado: un montón de muertos, sobre todo en Jerusalén. Terminada la carnicería, todas y cada una de las ciudades, villas y aldeas de Judea fueron inspeccionadas en busca de rebeldes, para lo cual los romanos se ayudaron de listas elaboradas por publicanos (recaudadores de impuestos) y otros funcionarios. En Jerusalén todos los barrios y todas las casas fueron peinados sistemáticamente en busca de sediciosos ocultos.
 
En poco más de un mes, unos cinco mil prisioneros se vieron recluidos en recintos habilitados en los campamentos de las legiones. Quintilio Varo, en un juicio sumarísimo, condenó a morir en la cruz al jefe de la revuelta,  Simón el batanero, y a dos mil de sus seguidores, declarados culpables de crímenes de lesa majestad contra el emperador por sedición con alzamiento armado. Y se dijo que las dos mil cruces situadas en los caminos que llevaban a Jerusalén era el espectáculo más macabro que podría uno imaginar al acercarse a la capital. El resto de los prisioneros fue enviado a sus casas, muchos de ellos tras ser flagelados y torturados.
 
La siguiente revuelta ocurrió en Galilea diez años después, cuando Arquelao fue destituido por Augusto como ineficaz y cruel, y exiliado a las Galias (6 d. C.). Judea pasó a ser provincia romana. Y muy pronto se difundió la noticia de un inmediato censo. Entonces la alegría de los primeros momentos entre los judíos se tornó en incredulidad y más tarde en pesadumbre. Los romanos ordenaban que todos los judíos fueran censados conforme a las normas legales del Imperio, y nadie dudaba de que esa medida está destinada a cobrar más impuestos.
 
De nuevo estalló la revuelta, puesto que cobrar impuestos romanos directamente a la tierra de Israel es robar a Dios… según los judíos. Todo Israel era propiedad de Dios y no del Emperador. Pero se levantó Galilea donde no iba a  haber censo ninguno… mientras que los judíos que lo iban a sufrir permanecían tranquilos… ¡Increíble Galilea!
 
Esta revuelta, dirigida por un fariseo de nombre Sadoc y por Judas de Galilea (¿o de Gamala?) fue sofocada a sangre y fuego por el nuevo gobernador de Judea Marco Coponio, bajo las órdenes del nuevo legado de Siria, Quirino… De nuevo un montón de muertos, sobre todo en la ciudad de Megidó, donde se habían concentrado los últimos resistentes… Todos fallecieron, incluso algunos en la cruz.
 
Apenas dos semanas después de la destrucción de Megidó, cuando la noticia voló hasta el más pequeño rincón de Judea, los funcionarios romanos y los escribas locales comenzaron a redactar el censo ordenado por Augusto. Las órdenes del legado Quirino, que se atribuyó todo el éxito de haber sofocado la revuelta, fueron claras y concisas: ni un solo varón israelita de la nueva provincia debía escapar del control fiscal, y hasta el último judío debía ser censado para que contribuya con su óbolo al sostenimiento del Imperio. Terrible ironía, pensaron entonces amargamente los judíos: con el dinero que pagaban para sostener las legiones de Roma, Roma los sometía a su dominio por medio de esas mismas legiones.
 
Esto ocurrió en el 6 d. C. y ese censo es el famoso “censo de Quirino” que el evangelista Lucas (2,1-2) coloca erróneamente durante la vida de Herodes el Grande hacia el 6 o 5 a. C. y que lo hace coincidir con el nacimiento de Jesús). De hecho Jesús, cuando ocurrió esta última revuelta y cuando aún estaba más que fresca la anterior revolución que había sofocado Quintilio Varo en Judea diez años antes con sus dos mil crucificados, debía de tener como mínimo diez años… los suficientes para recordar toda su vida cómo se las gastaban los romanos invasores de la amada tierra de Israel.
 
Naturalmente, si se comparan estas revueltas con las más pequeñas algaradas antirromanas que tuvieron lugar durante el gobierno de Poncio Pilato de Judea  (26-36) y el de Antipas en Galilea (desde el 4 a. C. hasta el 38/39 d. C.) el ambiente era de paz y quietud. “Sub Tiberio quies”… sí…, pero el sentimiento antirromano seguía siendo vivísimo. Y esta atmósfera es la que respiró Jesús.
 
Seguiremos para ver cómo también en Judea y Galilea hubo movimientos anti romanos durante los meses o años (¿?) que duró la vida pública de Jesús. Y debemos sospechar que Jesús, como buen judío, no fue inmune a esta atmósfera tan anti imperial.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com
 
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Os animo a que echéis  una ojeada al blog en inglés que mantenemos desde Washington Thomas Hudgins (presbiteriano), profesor de lengua y literatura del Nuevo Testamento en la Capital University de Washington, y yo. Hay mucho material mío en ese Blog, traducido al inglés por Thomas. Pero cuando él cree que mis argumentos de historiador agnóstico, que por más que procure ser independiente, son dignos de censura, escribe él dándome la réplica.

Creo que es interesante  ver el intento de moderación por ambas    partes, sin renunciar a los argumentos. Un Blog que defiende a veces una posición y la contraria. Estimo que es un modo  científico de avanzar en la búsqueda de la verdad histórica.

El Blog se llama “Across theAtlantic” y se difunde a modo de página web. He aquí el enlace:

http://www.pineroandhudgins.com/
Miércoles, 25 de Enero 2017
El criterio de  lo que “es plausible históricamente”. Jesús y la resistencia antirromana (XVII) (24-01-17)
 
Escribe Antonio Piñero
 
Ayer comentábamos que la teología de la restauración de Israel que muestra Jesús al escoger doce discípulos íntimos como símbolo de las doce tribus de Israel  encaja muy bien con una de las ideas rectoras de la historiografía actual cuando desea comprobar si un hecho es inteligibles desde el punto de vista de la historia, a saber  que es necesario que lo que se reconstruya del Jesús histórico por medio del análisis crítico de los Evangelios encaje dentro de lo “plausible históricamente”, es decir, que  la posición de Jesús no sea inverosímil dentro del momento histórico en el que vivió. A este propósito señala F. Bermejo en su artículo que
 
“Junto con su anhelo por la restauración y liberación de Israel, los conflictos y las críticas que Jesús dirige a los jefes de los sacerdotes también son comprensibles a la luz de la ideología de los movimientos de resistencia nacional frente al Imperio. Los miembros de estos grupos despreciaban por razones religiosas y políticas la aristocracia sacerdotal prorromana del Templo, a la que percibía como traidora. Los patriotas nacionalistas que anhelaban la libertad consideraban a esas gentes partidarios estrictos de la potencia invasora a pesar de ser judíos”. 
 
“Lo mismo puede decirse de la fuerte animadversión hacia las dinastías herodianas, perceptible igualmente en la historia de Jesús  y en la de los movimientos nacionalista judíos. Basta recordar, por ejemplo, que en la guerra de los judíos contra Roma los rebeldes quemaron los palacios de Agripa y su hermana Berenice, junto con la casa de Ananías, el sumo sacerdote”.
 
Obsérvese además cómo en la ristra, o conjunto de detalles recogidos de los Evangelios acerca del tema “Jesús como sedicioso ante el Imperio” encaja también con otro aspecto sociológico muy importante de la cosmovisión de Jesús: la crítica a los ricos y a la riqueza. Sin duda, el aspecto esencial de esta crítica jesuánica  (“Si quieres ser perfecto, vende todo cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” Mt 19,21) está movida por un motivo religioso: el apego a este mundo y a sus bienes cierra el corazón al mensaje de la inminencia del reino de Dios, que exige renunciar a todo por conseguir la “perla” (el Reino; entrar en él) que es lo único valioso: Mt 13,44: “«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel»”.
 
Pero también es verdad, y no cabe duda de ello, que esa crítica a los ricos  se parece mucho al clamor de los profetas clásicos de la Biblia hebrea contra la opresión de los pobres y los débiles y al de los dirigentes de los movimientos de liberación. Los ricos apegados al poder de este mundo corrompido no entrarán en el reino de Dios futuro. Si repasamos la historia de los jefes de la Gran revuelta de los judíos contra Roma, veremos que entre aquellos sediciosos (siempre desde el punto de vista del Imperio) había un fuerte movimiento en contra de los ricos y de los poderosos.
 
 
También encaja con esta mentalidad sediciosa hacia el Imperio la pretensión de Jesús –al menos al final de su vida– de ser el mesías de Israel y por tanto el rey de la nación y que hemos establecido firmemente con un buen monto de textos probatorios.
 
También hemos comentado repetidas veces que la negativa sutil de Jesús de pagar el tributo al César (Mc 12,17: “Lo del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios” (la tierra de Israel, sus productos, bienes y hombres son solo de Dios, no del Imperio) junto con la certera frase de los que acusaban a Jesús de negarse a pagar el impuesto de capitación a los romanos (que recoge Lucas 23,3: “Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey”) encajan perfectamente dentro de la mentalidad de la resistencia anti imperial. Creo que es difícil negarlo.
 
Igualmente es difícil negar que la muerte en cruz de Jesús por parte de los romanos no tiene otra explicación plausible que la de que el Nazareno era considerado por el Imperio como reo de un delito de “lesa majestad”; con otra palabras que sus acciones  habían ofendido al núcleo del poder de Roma y de su emperador, que era el único que mandaba entonces sobre Israel. Y en este ámbito, yo no  conozco apenas a ningún investigador serio que haga hincapié como Fernando Bermejo en diversos artículos (véase Academia.edu) en los que pone el dedo en el hecho de la crucifixión de Jesús fue colectiva. El Nazareno no fue crucificado solo, sino con otros dos “bandoleros” (= “insurrectos”). Una crucifixión colectiva nos evoca de inmediato otros casos similares de reacción de los romanos contra insurrectos respecto al Imperio (Quintilio Varo, entonces legado de Siria, que controlaba Palestina, o Judea, como la denominaban los romanos) crucificó colectivamente a muchísimos resistentes judíos cuando consiguió reprimir los disturbios anti romanos y anti Arquelao tras la muerte de Herodes el Grande).
 
En una palabra que la posición antirromana de Jesús cumple con creces las exigencias del criterio de “plausibilidad histórica”. Y cito de nuevo a F. Bermejo para concluir:
 
“Jesús es comprensible como sedicioso no sólo a la luz de una larga tradición en Israel de resistencia a gobernantes opresores extranjeros o nacionales, sino también, más en concreto, en su contexto galileo más estrecho, en el que nació y se crió. Cuando era un niño, legiones romanas habían quemado los pueblos alrededor de ciudades como Magdala y Séforis y habían sacrificado o esclavizados a miles de personas; la memoria de estas matanzas debió de haber sido conservada por mucho tiempo en Galilea. Por otra parte, Jesús debe haber sido un adolescente, cuando la rebelión armada estalló bajo el liderazgo de Judas y Sadoc el fariseo, que fomentó un levantamiento con base religiosa contra el dominio romano entre sus paisanos. Y durante el curso de la vida de Jesús y de aquellos que se unieron a su movimiento, el gobierno de Antipas debió de ser no sólo económicamente doloroso –- dada la construcción de dos ciudades enteras– - sino también un recordatorio constante del gobierno imperial romano”.
 
Aquí no estamos afirmando que Jesús hubiese participado en la resistencia a esos actos (era un niño o demasiado joven), sino que una fuerte postura antirromana no estaba en absoluto fuera de su ambiente y de su entorno histórico. Es altamente plausible que Jesús tuviera una parte de su mentalidad religiosa ocupada con la idea de que mientras el Imperio Romano estuviera controlando férreamente Israel, se estaban incumpliendo las condiciones para que Dios instaurara su reinado en el país.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com 
Martes, 24 de Enero 2017
 
Escribe Antonio Piñero
 
Si los lectores vuelven la vista atrás y recuerdan los treinta y tantos puntos/pasajes de los Evangelios que enumeramos al principio de esta serie y que forman un conjunto/patrón recurrente, observarán –como apunta Fernando Bermejo– que tienen al menos tres puntos en común:
 
 A. “Se refieren a acciones o dichos que implican una participación de Jesús (o su entorno) en la violencia o actividades sediciosas” desde el punto de vista del Imperio Romano; 
 
B. “En ellos se describen ciertos acontecimientos cruciales que afectan al destino de Jesús, su muerte, acontecimientos que tienen lugar durante los últimos días de este en Jerusalén”; 
 
C. “Muchos de ellos, una vez analizados, resultan faltos de sentido, muestras ausencias de detalles importantes y en conjunto resultan poco comprensibles”.
 
De estas tres observaciones puede deducirse que muy posiblemente el material ha sido estilizado o retocado por la tradición o especialmente por los evangelistas, acción que condujo a ocultar al lector la naturaleza política-social de ellos, que no era meramente religiosa. Pero a la vez  “su opacidad por lo general presenta una forma coherente”.  “Esto indica que mucho material que los evangelistas tenían a su disposición era realmente embarazoso”, pero que incluso ahora, una vez reunido, forma un conjunto que tiene en sí un sentido claro.   Y si bien se transmiten en los escritos evangélicos, podemos pensar con los ojos de hoy que fueron minimizados, y en algunos casos alterados, porque eran contrarios al sentir general cristiano y a su teología en el momento en que pasaron a formar parte de una historia sobre Jesús.
 
Dijimos anteriormente que este material reunido en bloque pasa muy bien la prueba del criterio de dificultad. Es más, supera con creces el tamiz  del criterio denominado “plausibilidad contextual” o “plausibilidad histórica”.  Este criterio señala, que –salvo contadas ocasiones en las que se puede comprobar una originalidad absoluta de Jesús– cualquier retrato de este ”ha de encajar bien con el conjunto del Israel del siglo I de nuestra era”, sobre todo con el ambiente galileo que por múltiples detalles formaba el entorno de Jesús. Este entorno era o bien el régimen de Herodes Antipas que había dado muerte al mentor de Jesús, Juan Bautista, y que deseaba eliminar igualmente a su “discípulo” (entiéndase como se entienda) Jesús, o al entorno de Judea nítida y directamente controlado por el Imperio.
 
 El material que hemos estudiado encaja muy bien, en efecto, en el contexto judío en el que vivió el judío Jesús de Nazaret. En efecto, comenta F. Bermejo: “Si es verdad el dicho de que 'cuanto mejor se inscriba una tradición en el contexto judío concreto de la Galilea Israel, tanto más resalta su autenticidad’, entonces es importante que el material que hemos estudiado corresponda a la situación concreta sociopolítica que existía en realidad en toda la vida de Jesús, la de un Israel bajo control romano”.
 
“La íntima relación entre religión y política, visible en el pensamiento de Jesús no sólo es típica por completo del judaísmo, sino especialmente de los grupos de la resistencia antirromana, cuyos miembros se inspiraron a menudo en una verdadera piedad y devoción dentro de la religión judía tradicional, al igual que sus prototipos históricos: las acciones de los Macabeos para liberar a Israel del yugo del Imperio seléucida. Jesús comparte tanto con Judas el galileo y con los rebeldes de la Guerra de los judíos (66-73 d. C.) una seriedad teocrática radical, que admite sólo a Dios como el señor de toda la humanidad verdadero y justo. Todos ellos buscaban ayuda divina para restaurar el reino de Israel”.
 
En muchas ocasiones he insistido por mi parte en que la base de esta piedad teocrática era el lema que tanto el fariseo Sadoc como el mismo Judas el galileo habían manifestado: “No estaremos sujetos ni a los romanos, ni a ninguna otra persona, sino sólo a Dios, porque sólo él es el verdadero y legítimo señor de los hombres, (en concreto de su pueblo elegido, Israel)”. Esta frase está recogida expresamente por Flavio Josefo en su  Guerra de los judíos VII 323.
 
“La perspectiva de sufrimiento e incluso la disposición ansiosa para perder su vida por Dios tiene el mismo espíritu que los rebeldes galileos” que efectivamente perdieron su vida en el 6 d. C. en su revolución contra la imposición de un censo a Judea, nueva provincia romana, con vistas a la imposición de los tributos. No en vano, el dicho referido a “llevar cada uno su propia cruz” ha sido considerado que tiene su origen en los movimientos de la resistencia antirromana, que implicaba también a Herodes Antipas. Un exegeta protestante, bastante cercano a posiciones católicas en muchos puntos y nada sospechoso de atribuir a Jesús actitudes sediciosas respecto al Imperio, como Martin Hengel, ya fallecido, ha llegado a afirmar que la fórmula del seguimiento a las ideas de Jesús, “tomar su cruz” (Mc 8,34 y sus paralelos Mt 16,24 y Lc 9,23) está claramente inspirada en el espíritu de los celotas, y que de ahí había pasado a la vida diaria de aquellos que, llenos de sentimiento religioso, estaban dispuestos a dar sus vidas (en la cruz), ya que su ideal religioso era rechazado por los romanos por sus implicaciones políticas y sociales.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com
 
Lunes, 23 de Enero 2017
 
Escribe Antonio Piñero
 
Sostiene F. Bermejo, en el artículo tantas veces citado (véase la postal de ayer) que la simplificación / eliminación de detalles importantes para la determinación del alcance político-social de los dichos y acciones de Jesús afectan en la redacción de los Evangelios no solo en temas mínimos, sino a veces en secciones enteras. Un asunto importante en nuestra cuestión actual, la pregunta sobre la posición de Jesús respecto al Imperio Romano, es si Jesús mismo se declaró, o no, al menos al final de su vida “rey de Israel”. Ahora bien, no lo tenemos fácil, porque allá donde parece afirmarse claramente que sí lo hizo, los evangelistas añaden elementos que hacen que esa realeza sea entendida de un modo espiritual, aséptico, no político, inmaterial o metafóricamente.
 
Sí pues, no encontramos en los Evangelios la serie de informaciones complementarias que nos pudieran llevar a pensar que Jesús pretendió ser el rey de Israel. Por ejemplo,  es inútil buscar: no hallamos un anuncio formal de Jesús de cómo iba a disponer los asuntos del Reino, cuál sería, por ejemplo, la función de cargos importantes en él, salvo el anuncio –muy interesante en verdad– de que sus discípulos se sentarían al modo antiguo sobre doce tronos (asientos relevantes), para actuar de “jueces de las doce tribus de Israel” (Mt 19,28 Y Lc 22,30). Pero ya es bastante, porque se observa cómo esta manifestación de la existencia  de “jueces”, como altos cargos, traslada al lector a tiempos antiguos y gloriosos del Israel de las doce tribus. Estamos, pues, en plena teología de la restauración futura de Israel en el siglo I a pesar del dominio de los romanos.
 
Los testimonios de que Jesús aspiró, al menos al final de su vida y quizás impulsado por sus discípulos, a ser el rey de Israel me parece abrumadora:
 
1. La entrada mesiánica en Israel en donde acepta el título de hijo de David (Mt 21,9; anteriormente las mismas gentes se habían preguntado si Jesús no sería el mesías que estaban esperando, a saber aquel que le liberaría del yugo romano: “Entonces le fue presentado un endemoniado ciego y mudo. Y le curó, de suerte que el mudo hablaba y veía. Y toda la gente atónita decía: «¿No será éste el Hijo de David?»”: Mt 12,23)
 
2. El título de la cruz: Mc 15,26 y paralelos (en Marcos simplemente el “Rey de Israel”)
 
3. La acusación (no contradicha específicamente por Lucas) de que se había proclamado rey de Israel  (Lc 23,2: “Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo Rey”) 
 
4. La referencia de Jesús a  “mi reino" (Lc 22,29-30: “Yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros, como mi Padre lo dispuso para mí, para que comáis y bebáis a mi mesa en mi Reino y os sentéis sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.”) 
 
5. La aparición del título de rey (de los judíos) en el interrogatorio de Pilato tanto en el Evangelio de Juan como en el de Marcos (15,2.9.12.18.26; JN 18,3.37-39.; 19,3.1; confirmado por Mt 27,11 y Lc 23,3)
 
La respuesta ambivalente a Pilato: " Tú lo has dicho " (Mc 15,2) parece un arreglo de Marcos
 
6. La burla de Jesús de los soldados en la que visten a Jesús con emblemas e insignias de rey (Mc 15,16-20; Jn 19,1-5 + Mc 15,32). 
 
7. La petición de Santiago y Juan a Jesús (Mc 10,35-40), presuponiendo que Jesús será entronizado como rey de la nueva era: “«Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda»; la “gloria es igual al reino futuro de Israel.
 
8. Jn 19,12 (“Desde entonces Pilato trataba de librarle. Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César»”) y Hechos 17, 7 (Pablo está en Tesalónica y los judíos lo acusan ante las autoridades: “Pero los judíos, llenos de envidia, reunieron a gente maleante de la calle, armaron tumultos y alborotaron la ciudad. Se presentaron en casa de Jasón buscándolos para llevarlos ante el pueblo. Al no encontrarlos, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante los magistrados de la ciudad gritando: «Esos que han revolucionado todo el mundo se han presentado también aquí, y Jasón les ha hospedado. Además todos ellos van contra los decretos del César y afirman que hay otro rey, Jesús.»  Al oír esto, el pueblo y los magistrados de la ciudad se alborotaron. que también hacen alusión a la naturaleza intrínsecamente sediciosa a los ojos de los romanos de que Jesús era el rey de Israel”.
 
9. La precisión de las autoridades judías es iluminadora, según el Evangelio de Juan: “Los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato: «No escribas: “El Rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: Yo soy Rey de los judíos”»; véase de nuevo Lc 22,29-30: “Yo dispongo un reino para vosotros…”
 
La conclusión de que Jesús hizo afirmaciones regias es, pues,  inevitable... , al menos al final de su vida. ¿Vale como contraposición la afirmación de que Jesús, según el Evangelio de Juan rechazara ser rey (Jn 6,15) y que luego afirmara que “Su reino no es de ese mundo? (Jn 18,36)? No parece esto probable a los ojos de un historiador independiente. Las afirmaciones evangélicas en contrario parecen más bien arreglos de la teología posterior.
 
Por parte de Lucas, cuya tendencia prorromana es bien clara sobre todo en los Hechos de apóstoles (si es que se trata del mismo autor, como sostiene la mayoría de los investigadores) debido a que el evangelista veía muy claro que pretender ser el rey de Israel era un acto de rebelión contra el poder del Imperio romano.
 
Y por parte del Cuarto Evangelio porque su autor (o más bien autores) tienen una teología espiritualista que rechaza cualquier implicación de Jesús en este mundo. Un notable número de investigadores independientes opina que en los Evangelios estos datos arriba reunidos se presentan, sí, pero entendiéndolos metafóricamente o afirmando implícita o claramente que son un malentendido, o bien que eran un deseo calumnioso expreso de las autoridades judías, una calumnia carente de toda veracidad  destinada a lograr que los romanos –no ellos– mataran a Jesús injustamente.
 
A partir de que la teología de los evangelistas no puede aceptar que Jesús fue condenado a la cruz por sedición, y que este es un hecho embarazosísimo, encuentran los autores evangélicos subterfugios teológicos para evitar que el lector perciba la realidad. Nadie puede negar que analizando bien los Evangelios se ve que en este tema son estos unos escritos ambiguos que presentan una serie de testimonios, pero que luego no los interpretan convenientemente. Los evangelios son sin duda confusos y, creo, que a propósito puesto que están enfocando los hechos desde una teología paulina, posterior.
 
Seguiremos.
 
Saludos cordiales de Antonio Piñero
Universidad Complutense de Madrid
www.ciudadanojesus.com
Domingo, 22 de Enero 2017
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Editado por
Antonio Piñero
Antonio Piñero
Licenciado en Filosofía Pura, Filología Clásica y Filología Bíblica Trilingüe, Doctor en Filología Clásica, Catedrático de Filología Griega, especialidad Lengua y Literatura del cristianismo primitivo, Antonio Piñero es asimismo autor de unos veinticinco libros y ensayos, entre ellos: “Orígenes del cristianismo”, “El Nuevo Testamento. Introducción al estudio de los primeros escritos cristianos”, “Biblia y Helenismos”, “Guía para entender el Nuevo Testamento”, “Cristianismos derrotados”, “Jesús y las mujeres”. Es también editor de textos antiguos: Apócrifos del Antiguo Testamento, Biblioteca copto gnóstica de Nag Hammadi y Apócrifos del Nuevo Testamento.








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