Opiniones
Viernes 03 Julio 2009 - 15:50
No es que Hislibris estuviera allí, tan sólo una pequeña parte acompañada de toda su ignorancia, pero encantada de la vida ante la alternativa de una tarde de fútbol, la del 24 de junio.
El Ex- Ministro de Cultura D. César A. Molina; la Dra Abir Abd El Salam; Teresa Bedman y Francisco Martín Valentín. Presentación del libro 'Hatshepsut: de reina a farón de Egipto'
El acto tuvo lugar en la embajada de Egipto; concretamente el anfitrión era el Instituto Egipcio de Estudios Islámicos y tuvieron el buen gusto de ponerlo la tarde de un miércoles que, como todo el mundo sabe, (por supuesto, nuestro amadísimo jefe no es tan vulgar como para encontrarse en este grupo) es un día perfecto para estas cosas.
Hice bien yendo con tiempo pues minutos antes de comenzar, la sala estaba llena.
Tras una introducción breve y concisa de la representante egipcia tomaron la palabra los asistentes.
El ex-ministro de cultura César Antonio Molina, hizo hincapié en la importancia y la deuda contraída con aquellos que llevan una labor lenta, meticulosa y, a veces, poco reconocida cuyo fin es rescatar la Historia.
Recordó la visita que hizo a la excavación española y su admiración al encontrarse con semejantes hallazgos, bajar diez pisos bajo tierra para descubrir un grafiti con el retrato de un gran Sen-en-Mut a mano alzada por un arquitecto, los vestigios de una historia y los de cómo se quiso ocultar ésta por los sucesores, las estancias descubiertas al ahondar en la tierra…, pero sobre todo por el equipo que allí trabajaba. Se intuía que aquella excursión había acabado siendo algo más que una mera formalidad.
El editor de La esfera de los libros logró desde el principio sentar a Hatshepsut en la mesa con gracia, al piropear de guapa nada menos que a un faraón de Egipto.
Por lo bajo, Francisco Martín Valentín, le susurra a la presentadora que le dé la palabra primero a la otra autora, Teresa Bedman. ¿Por cortesía o para que llevara la faena al tercio que más le gustara? No se haría esperar la respuesta.
Teresa Bedman empezó con una frase recordando el día que cruzó la puerta de la embajada, en 1986, con el sueño de ser egiptóloga y… aquí la emoción apenas la deja terminar, después de tanto tiempo y esfuerzo, lo veía cumplido.
Se dirigió a muchos de los presentes, caras a las que entrañablemente ponía nombre y apellido. La lista era variada y larga: arqueólogos, estudiosos, familiares, estudiantes… y agradeció a cada uno su labor en el todo y en cada parte del proyecto. He de decir que desde el comienzo hasta ese momento, no había dejado de mirar y dedicar una sonrisa o un guiño a cada uno según los descubría en el auditorio. Con semejante trato, cariño y confianza eran cada vez más comprensibles los aplausos que la ayudaban a pasar los momentos más emotivos que la dejaban sin voz.
Por supuesto que habló del libro, aunque no demasiado. Lo que sí acercó, con absoluta maestría, a todos los presentes fue la figura de Hatshepsut, un personaje al que 3500 años después se le devuelve con justicia su puesto en la Historia. Como reina, con un destino previsible, como faraón, rompiendo con la costumbre de su tiempo y como mujer. Curiosamente una mujer que tuvo detrás un gran hombre, al contrario de los siglos venideros, como reza el dicho. Y Teresa no se olvidó de él.
Dando a entender que «toda la parte sensible que pudiera haber en el libro es fácil suponer a quién corresponde», le cede la palabra a Francisco Martín Valentín. Ahí se supone que empezaba la parte más árida, más científica y más cruda, claro.
Es el Sr. Martín Valentín un hombre de apariencia seria y eminente que comienza a agradecer correctamente de forma general a instituciones y organismos todos los apoyos y aportaciones. Y, pequeña pausa para coger aire, quiere sobre todo agradecer a alguien especial. Después de esa introducción uno se espera las siglas de una nueva desconocida organización, pero no. La afortunada es una persona en concreto, alguien que no aparece en los papeles: Mercedes, la mujer del Sr. Molina, la que supo contagiar el entusiasmo y el interés por esa misión perdida en la arena de Deir El Bahari. Y con esa referencia, ese detalle de tan poca aparente relevancia, Francisco, el que se suponía el cerebro frío, también nota la voz quebrada y tiene que interrumpir para sobreponerse.
Como no podía ser menos, nuevos aplausos llenan el silencio obligado.
Parece una reacción algo desmedida, pero no lo es. A lo largo de su exposición, en la que se palpa la pasión por su profesión en cada palabra, se siente que lo que motiva a este riguroso científico, además de la búsqueda y estudio de verdades antiguas, es el privilegio y la necesidad de poder brindarlas a los demás. No solo a una comunidad académica reducida, también a aquellos que de algún modo sienten el interés de saber de dónde venimos y qué camino hemos andado.
La única pega de todo el acto fue que alguien olvidara conectar el aire acondicionado, pues el calor nos privó de una posible ronda de comentarios y tertulia que habrían sido de lo más interesantes dado el nivel y conocimientos de gran parte del público.
Para terminar hubo un piscolabis en el hall, con algo de salado y bebida, y té con pastas, para los más fieles a la costumbre egipcia.
Personalmente, que para eso estuve allí, me encantó. Me fascinó el personaje, la entrega y amor a una profesión, los datos que allí se entreveían picaron la curiosidad por el tema, aplaudí, no llegué a llorar… casi, me dieron ganas de ir a Egipto, me acordé en varios momentos de muchos hislibreños que habrían disfrutado con este o aquel detalle y, por supuesto, me compré el libro y me lo llevé dedicado por los dos, aun a riesgo de no probar casi lo que se servía fuera de la sala, dada la cantidad de gente y felicitaciones que recibieron.
Y no, no me identifiqué como Aretes, una que es así de sosa.
Pero estar, estuve.
Publicado por H.E.A.
Fuente
Hice bien yendo con tiempo pues minutos antes de comenzar, la sala estaba llena.
Tras una introducción breve y concisa de la representante egipcia tomaron la palabra los asistentes.
El ex-ministro de cultura César Antonio Molina, hizo hincapié en la importancia y la deuda contraída con aquellos que llevan una labor lenta, meticulosa y, a veces, poco reconocida cuyo fin es rescatar la Historia.
Recordó la visita que hizo a la excavación española y su admiración al encontrarse con semejantes hallazgos, bajar diez pisos bajo tierra para descubrir un grafiti con el retrato de un gran Sen-en-Mut a mano alzada por un arquitecto, los vestigios de una historia y los de cómo se quiso ocultar ésta por los sucesores, las estancias descubiertas al ahondar en la tierra…, pero sobre todo por el equipo que allí trabajaba. Se intuía que aquella excursión había acabado siendo algo más que una mera formalidad.
El editor de La esfera de los libros logró desde el principio sentar a Hatshepsut en la mesa con gracia, al piropear de guapa nada menos que a un faraón de Egipto.
Por lo bajo, Francisco Martín Valentín, le susurra a la presentadora que le dé la palabra primero a la otra autora, Teresa Bedman. ¿Por cortesía o para que llevara la faena al tercio que más le gustara? No se haría esperar la respuesta.
Teresa Bedman empezó con una frase recordando el día que cruzó la puerta de la embajada, en 1986, con el sueño de ser egiptóloga y… aquí la emoción apenas la deja terminar, después de tanto tiempo y esfuerzo, lo veía cumplido.
Se dirigió a muchos de los presentes, caras a las que entrañablemente ponía nombre y apellido. La lista era variada y larga: arqueólogos, estudiosos, familiares, estudiantes… y agradeció a cada uno su labor en el todo y en cada parte del proyecto. He de decir que desde el comienzo hasta ese momento, no había dejado de mirar y dedicar una sonrisa o un guiño a cada uno según los descubría en el auditorio. Con semejante trato, cariño y confianza eran cada vez más comprensibles los aplausos que la ayudaban a pasar los momentos más emotivos que la dejaban sin voz.
Por supuesto que habló del libro, aunque no demasiado. Lo que sí acercó, con absoluta maestría, a todos los presentes fue la figura de Hatshepsut, un personaje al que 3500 años después se le devuelve con justicia su puesto en la Historia. Como reina, con un destino previsible, como faraón, rompiendo con la costumbre de su tiempo y como mujer. Curiosamente una mujer que tuvo detrás un gran hombre, al contrario de los siglos venideros, como reza el dicho. Y Teresa no se olvidó de él.
Dando a entender que «toda la parte sensible que pudiera haber en el libro es fácil suponer a quién corresponde», le cede la palabra a Francisco Martín Valentín. Ahí se supone que empezaba la parte más árida, más científica y más cruda, claro.
Es el Sr. Martín Valentín un hombre de apariencia seria y eminente que comienza a agradecer correctamente de forma general a instituciones y organismos todos los apoyos y aportaciones. Y, pequeña pausa para coger aire, quiere sobre todo agradecer a alguien especial. Después de esa introducción uno se espera las siglas de una nueva desconocida organización, pero no. La afortunada es una persona en concreto, alguien que no aparece en los papeles: Mercedes, la mujer del Sr. Molina, la que supo contagiar el entusiasmo y el interés por esa misión perdida en la arena de Deir El Bahari. Y con esa referencia, ese detalle de tan poca aparente relevancia, Francisco, el que se suponía el cerebro frío, también nota la voz quebrada y tiene que interrumpir para sobreponerse.
Como no podía ser menos, nuevos aplausos llenan el silencio obligado.
Parece una reacción algo desmedida, pero no lo es. A lo largo de su exposición, en la que se palpa la pasión por su profesión en cada palabra, se siente que lo que motiva a este riguroso científico, además de la búsqueda y estudio de verdades antiguas, es el privilegio y la necesidad de poder brindarlas a los demás. No solo a una comunidad académica reducida, también a aquellos que de algún modo sienten el interés de saber de dónde venimos y qué camino hemos andado.
La única pega de todo el acto fue que alguien olvidara conectar el aire acondicionado, pues el calor nos privó de una posible ronda de comentarios y tertulia que habrían sido de lo más interesantes dado el nivel y conocimientos de gran parte del público.
Para terminar hubo un piscolabis en el hall, con algo de salado y bebida, y té con pastas, para los más fieles a la costumbre egipcia.
Personalmente, que para eso estuve allí, me encantó. Me fascinó el personaje, la entrega y amor a una profesión, los datos que allí se entreveían picaron la curiosidad por el tema, aplaudí, no llegué a llorar… casi, me dieron ganas de ir a Egipto, me acordé en varios momentos de muchos hislibreños que habrían disfrutado con este o aquel detalle y, por supuesto, me compré el libro y me lo llevé dedicado por los dos, aun a riesgo de no probar casi lo que se servía fuera de la sala, dada la cantidad de gente y felicitaciones que recibieron.
Y no, no me identifiqué como Aretes, una que es así de sosa.
Pero estar, estuve.
Publicado por H.E.A.
Fuente
Opiniones
Domingo 28 Junio 2009 - 23:34
DOS EGIPTÓLOGOS LO DESCUBREN EN UNA NUEVA BIOGRAFÍA.
Ha sido descrita durante décadas como una reina ambiciosa y sin escrúpulos y, sin embargo, se desconocía que la figura de Hatshepsut albergaba mucho más. Dos egiptólogos, Francisco J. Martín Valentín y Teresa Bedman, aportan ahora, tras seis años de trabajos de excavaciones en las inmediaciones de su templo en Luxor, una nueva perspectiva sobre uno de los personajes más interesantes de la Historia egipcia.
Han pasado doscientos años desde que Champollion incluyó el nombre de Hatshepsut en la genealogía de los reyes de la dinastía XVIII y aún hoy su figura posee un halo de misterio.
Tras décadas de estudios dispersos sobre esta faraona, que gobernó Egipto durante 22 años (1479-1458 a.C), los egiptólogos Francisco J. Martín Valentín y Teresa Bedman aportan ahora, con la publicación de Hatshepsut. De reina a faraón de Egipto (Esfera de los Libros), una nueva perspectiva sobre una mujer que ha sido encasillada en la ambición y las ansias de poder.
Después de seis años al frente de la Misión Arqueológica Española del Proyecto Sen en Mut (TT 353) en Deir El Bahari, Martín Valentín y Bedman han dado forma a una historia, la de Hatshepsut, que no siempre ha sido bien entendida y que no ha estado exenta de las interpretaciones entre quienes la han estudiado.
Desde finales del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX, la historia de esta faraona ha sido objeto de varias publicaciones, escritas en su mayoría por hombres y bajo el prisma cultural de la inferioridad femenina. En el caso de la biografía que ahora presentan Martín Valentín y Bedman, esta óptica cambia. “Nadie hasta ahora había incidido en por qué una mujer trata de hacerse faraona en Egipto, algo muy raro y especial”, comenta Martín Valentín, también director del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto.
Una mujer de principios
Con la idea de dar una explicación “no alternativa pero sí más profunda, razonada y verosímil”, las páginas de la biografía elaborada por estos egiptólogos analizan a Hatshepsut, una de las cinco mujeres que, en 3.000 años, fueron “rey de Egipto”.
Hija de Tutmosis I y de la esposa real, la reina Ah-Més Ta-Sherit, debió conformarse con casarse con su hermanastro Tutmosis II para cumplir con la legalidad. La corta edad de éste facilitó su avance hacia el preciado trono, legitimado, según las referencias históricas, el día 29 del segundo mes de Peret del año II del reinado de su padre cuando el oráculo del gran dios tebano le comunica que será reina-faraón.
La ruptura de la tradición no fue aceptada por sus contemporáneos y de ahí que fuera tildada de ambiciosa y tirana. El resultado fue una campaña orquestada por Tutmosis III para borrar de la memoria su legado y su persona.
Pero, ¿quién fue entonces Hatshepsut? Martín Valentín la define como una mujer “inteligente, agraciada, muy curiosa, una gran estadista y con instinto político”. Según el egiptólogo, “comprendió la situación de Egipto al prescindir de las campañas militares y fomentar el dominio comercial y cultural”.
Asimismo, añade, “reafirmó la presencia femenina, heredada de las mujeres del principio de la dinastía, para transmitírselo a su hija (Neferu Ra) con la idea de crear una rama femenina que tuviera la misma importancia que el rey, al que respetaba" .
Así pues, el objetivo de estos egiptólogos ha sido intentar explicar el personaje justificándolo en su comportamiento, sin obviar ese movimiento emprendido por las mujeres de la dinastía XVIII que encontró en Hatshepsut el cúlmen al convertirse en faraón y reinar durante un periodo en el que no hubo pérdidas territoriales, las cuentas marcharon bien y se impuso la paz.
Mayordomo en la sombra
Pero no lo hizo sola. Sen en Mut, su preceptor, tuvo mucho que ver. Convertido en uno de los hombres más poderosos de la corte real, fue la sombra de la reina. Arquitecto de profesión y encargado de erigir el templo de la reina en Deir El Bahari, supervisó todas sus decisiones y administró sus bienes.
Pese a su origen modesto, gozó de privilegios que aún hoy desconciertan a los egiptólogos, como, por ejemplo, hacerse esculpir en los templos junto a la reina. Detalles que han llevado a muchos estudiosos a coincidir en la posible relación sentimental entre ambos.
Es tal la importancia de este personaje, que su estudio es fundamental para entender la figura de Hatshepsut. Así, la misión de Martín Valentín y Bedman en su hipogeo (capilla o edifico subterráneo construido por Sen en Mut) ha dado como resultado hallazgos sorprendentes.
Localizado en las zonas aledañas al templo de la reina, la investigación del equipo español se topó con que esta construcción había sido excavada en función de la capilla Hat-Hor, en el interior del templo de la reina. Martín Valentín lo explica: “Desde el fondo de la tumba en la tercera cámara del hipogeo hay que imaginar un eje hacia arriba que encaja, 268 metros hacia el exterior, con el punto medio de un par de ojos en la capilla de esta diosa dentro del templo”.
Un descubrimiento, comenta, “capital y, como tantos otros, casual”.
Aunque es vital el estudio de una tumba para adentrarse en el análisis del personaje, también es trascendental el hallazgo de su momia. La de Hatshepsut fue identificada en 2007 tras tiempo en el Museo de El Cairo sin que nadie se percatara, mientras que la de Sen en Mut sigue siendo un misterio.
Aunque se ha puesto en marcha el estudio de una momia anónima encontrada en 1881 y que podría encajar con la fisonomía de este personaje, no hay ninguna conclusión todavía al respecto. “Su hallazgo no cambiaría la historia pero sí permitiría sacar del anonimato la momia de esta figura trascendental”, comenta Martín Valentín.
Las pruebas de ADN harían el resto. “Se compararía la carga genética con las momias de sus padres, que fueron halladas en los años 30, y se podría dar con su identidad”, añade.
“Es obligación de la egiptología recuperar no sólo los restos de la momia, sino de los templos para completar el puzzle”, sentencia esperanzado.
Elena Viñas
26-06-2009
Fuente: El Imparcial. Cultura. Domingo, 28 de junio de 2009
http://www.elimparcial.es/cultura/
Tras décadas de estudios dispersos sobre esta faraona, que gobernó Egipto durante 22 años (1479-1458 a.C), los egiptólogos Francisco J. Martín Valentín y Teresa Bedman aportan ahora, con la publicación de Hatshepsut. De reina a faraón de Egipto (Esfera de los Libros), una nueva perspectiva sobre una mujer que ha sido encasillada en la ambición y las ansias de poder.
Después de seis años al frente de la Misión Arqueológica Española del Proyecto Sen en Mut (TT 353) en Deir El Bahari, Martín Valentín y Bedman han dado forma a una historia, la de Hatshepsut, que no siempre ha sido bien entendida y que no ha estado exenta de las interpretaciones entre quienes la han estudiado.
Desde finales del siglo XIX hasta la mitad del siglo XX, la historia de esta faraona ha sido objeto de varias publicaciones, escritas en su mayoría por hombres y bajo el prisma cultural de la inferioridad femenina. En el caso de la biografía que ahora presentan Martín Valentín y Bedman, esta óptica cambia. “Nadie hasta ahora había incidido en por qué una mujer trata de hacerse faraona en Egipto, algo muy raro y especial”, comenta Martín Valentín, también director del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto.
Una mujer de principios
Con la idea de dar una explicación “no alternativa pero sí más profunda, razonada y verosímil”, las páginas de la biografía elaborada por estos egiptólogos analizan a Hatshepsut, una de las cinco mujeres que, en 3.000 años, fueron “rey de Egipto”.
Hija de Tutmosis I y de la esposa real, la reina Ah-Més Ta-Sherit, debió conformarse con casarse con su hermanastro Tutmosis II para cumplir con la legalidad. La corta edad de éste facilitó su avance hacia el preciado trono, legitimado, según las referencias históricas, el día 29 del segundo mes de Peret del año II del reinado de su padre cuando el oráculo del gran dios tebano le comunica que será reina-faraón.
La ruptura de la tradición no fue aceptada por sus contemporáneos y de ahí que fuera tildada de ambiciosa y tirana. El resultado fue una campaña orquestada por Tutmosis III para borrar de la memoria su legado y su persona.
Pero, ¿quién fue entonces Hatshepsut? Martín Valentín la define como una mujer “inteligente, agraciada, muy curiosa, una gran estadista y con instinto político”. Según el egiptólogo, “comprendió la situación de Egipto al prescindir de las campañas militares y fomentar el dominio comercial y cultural”.
Asimismo, añade, “reafirmó la presencia femenina, heredada de las mujeres del principio de la dinastía, para transmitírselo a su hija (Neferu Ra) con la idea de crear una rama femenina que tuviera la misma importancia que el rey, al que respetaba" .
Así pues, el objetivo de estos egiptólogos ha sido intentar explicar el personaje justificándolo en su comportamiento, sin obviar ese movimiento emprendido por las mujeres de la dinastía XVIII que encontró en Hatshepsut el cúlmen al convertirse en faraón y reinar durante un periodo en el que no hubo pérdidas territoriales, las cuentas marcharon bien y se impuso la paz.
Mayordomo en la sombra
Pero no lo hizo sola. Sen en Mut, su preceptor, tuvo mucho que ver. Convertido en uno de los hombres más poderosos de la corte real, fue la sombra de la reina. Arquitecto de profesión y encargado de erigir el templo de la reina en Deir El Bahari, supervisó todas sus decisiones y administró sus bienes.
Pese a su origen modesto, gozó de privilegios que aún hoy desconciertan a los egiptólogos, como, por ejemplo, hacerse esculpir en los templos junto a la reina. Detalles que han llevado a muchos estudiosos a coincidir en la posible relación sentimental entre ambos.
Es tal la importancia de este personaje, que su estudio es fundamental para entender la figura de Hatshepsut. Así, la misión de Martín Valentín y Bedman en su hipogeo (capilla o edifico subterráneo construido por Sen en Mut) ha dado como resultado hallazgos sorprendentes.
Localizado en las zonas aledañas al templo de la reina, la investigación del equipo español se topó con que esta construcción había sido excavada en función de la capilla Hat-Hor, en el interior del templo de la reina. Martín Valentín lo explica: “Desde el fondo de la tumba en la tercera cámara del hipogeo hay que imaginar un eje hacia arriba que encaja, 268 metros hacia el exterior, con el punto medio de un par de ojos en la capilla de esta diosa dentro del templo”.
Un descubrimiento, comenta, “capital y, como tantos otros, casual”.
Aunque es vital el estudio de una tumba para adentrarse en el análisis del personaje, también es trascendental el hallazgo de su momia. La de Hatshepsut fue identificada en 2007 tras tiempo en el Museo de El Cairo sin que nadie se percatara, mientras que la de Sen en Mut sigue siendo un misterio.
Aunque se ha puesto en marcha el estudio de una momia anónima encontrada en 1881 y que podría encajar con la fisonomía de este personaje, no hay ninguna conclusión todavía al respecto. “Su hallazgo no cambiaría la historia pero sí permitiría sacar del anonimato la momia de esta figura trascendental”, comenta Martín Valentín.
Las pruebas de ADN harían el resto. “Se compararía la carga genética con las momias de sus padres, que fueron halladas en los años 30, y se podría dar con su identidad”, añade.
“Es obligación de la egiptología recuperar no sólo los restos de la momia, sino de los templos para completar el puzzle”, sentencia esperanzado.
Elena Viñas
26-06-2009
Fuente: El Imparcial. Cultura. Domingo, 28 de junio de 2009
http://www.elimparcial.es/cultura/
Noticias
Domingo 21 Junio 2009 - 21:47
La editorial 'La Esfera de los Libros' organiza la presentación en Madrid de la biografía histórica de la reina Hatshepsut, de la que son autores Teresa Bedman y Francisco J. Martín Valentín
La editorial 'La Esfera de los Libros' acaba de publicar la biografía de la mujer que fue faraón de Egipto, la reina Hatshepsut, de la que son autores los egiptólogos madrileños Teresa Bedman y Francisco J. Martín Valentín.
El libro será oficialmente presentado por el escritor y ex-Ministro de Cultura D. César Antonio Molina en un acto que tendrá lugar el próximo 24 de junio a las 19,30 horas en la sede de la Agregaduría Cultural de la Embajada de la República Árabe de Egipto en Madrid, el Instituto Egipcio de Estudios Islámicos, sito en la calle Francisco de Asís Méndez Casariego nº 1, a la altura del Paseo de la Habana nº 40.
Este trabajo se perfila como la más completa y actualizada obra egiptológica dedicada al estudio del reinado de la mujer que ocupó el trono de Egipto como faraón durante veintidós años en la primera mitad de la dinastía XVIII, hacia 1480-1456 a. C.
Con su aparición, la egiptología en español sigue avanzando para ocupar el puesto que le corresponde en el ámbito internacional.
Departamento de Prensa
La Esfera de los Libros
Acabamos de publicar un nuevo libro con el título 'Hatshepsut, de reina a Faraón de Egipto' en el que se ofrece un nuevo perfil biográfico de esta apasionante reina de Egipto a la luz de nuestras investigaciones en Deir El Bahari y en la TT 353 del Mayordomo de Amón Sen-en-Mut
Nuestro conocimiento de la antigua ciudad de Tebas viene de muy lejos.
Muchos años de viajes continuados a Luxor, y la exploración asídua de sus templos y de sus tumbas, hicieron de nosotros dos investigadores que dedicaron mucho de su tiempo y de sus esfuerzos a conocer sobre el terreno a los personajes que protagonizaron la historia de Egipto en su gran capital del sur, durante la dinastía XVIII, en el Imperio Nuevo.
Entre todos los reyes y dioses que desfilaban ante nuestros ojos por los muros de los templos tebanos, siempre se fijó de un modo especial en nuestra retina la imagen de una enérgica mujer de delicada apariencia: La reina Hatshepsut.
La reina Hatshepsut siempre nos había parecido una figura mítica del antiguo Egipto. El atractivo que ejerce su personalidad nos impactó profundamente desde el momento en que entramos en contacto con el gran Imen Dyeser-Dyeseru, su templo de Millones de Años, elevado en el circo de Deir El Bahari, en Luxor occidental.
Después, viajamos para conocer el Egipto Medio y la antigua ciudad de Abu (Elefantina), junto a la actual Assuán; también se nos revelo allí la presencia de la gran reina. El Espeos Artemidos de Batn el Baquera, las canteras de Assuán, y los templos de la isla Elefantina, nos acercaron de nuevo a la historia de la misteriosa mujer que gobernó Egipto como faraón durante veintidós años.
Finalmente, la oportunidad que el destino nos brindó un día del mes de diciembre de 1999 para trabajar en Deir El Bahari a lo largo de ocho campañas anuales, durante los años 2003 al 2008, ambos inclusive, confirmó que la atracción que sentíamos por la historia de esta magnífica mujer, estaba justificada.
Cuando comenzamos a excavar en el interior del hipogeo TT 353 del Mayordomo de Amón Sen-en-Mut, algo trascendente se reveló a nosotros: En su interior se hallaban claves muy importantes que permitían comprender la intrahistoria de ambos personajes: La reina faraón y el Mayordomo de Amón, preceptor de la hija de aquélla, la princesa Neferu-Ra.
Los dos habían regido los destinos de Egipto durante la minoría de Thutmosis III. Ella, desde el trono, como hija carnal del dios Amón; él, desde la sombra, siempre detrás de su reina, pero sólidamente afianzado en las estructuras del poder que garantizaba la marcha de las Dos Tierras.
El primer descubrimiento se produjo cuando, haciendo las mediciones necesarias para elaborar los planos arqueológicos del hipogeo de Sen-en-Mut, pudimos comprobar que el eje vertical de la estela de la falsa puerta que está situada en el muro Oeste de su primera sala, coincidía con cierto lugar del muro Norte de la Capilla de Hat-Hor, junto al templo de la reina, y que, dicha coincidencia llegaba hasta el interior del santuario de la misma. ¡La vinculación de nuestro monumento con el templo estaba probada!. Además, sabíamos que su túnel y sus cámaras alcanzaban, bajo la masa pétrea, la primera terraza del templo de Hatshepsut. ¿Qué más podríamos esperar?.
Sin embargo, el monumento subterráneo de Sen-en-Mut continuó entregándonos otros muchos secretos. Una inscripción aquí, …un relieve destruido allí… la imagen de algún personaje dibujado sobre el muro con tinta, en un rincón inverosímil…
Todo indicaba que nuestro hipogeo tenía muchas historias para contar y muchas más para descubrir.
Cuando comenzamos a leer las inscripciones contenidas en los muros de la primera cámara de la TT 353 surgieron más datos muy esclarecedores.
En ellos, Sen-en-Mut se arrogaba la capacidad de ser poseedor de la Corona Roja, símbolo de la realeza del Bajo Egipto. Y, lo que era más revelador, parece que la reina habría sido partícipe de tal situación, consintiéndola, si no propiciándola, tal como parecía desprenderse de otra gran inscripción existente en el techo de dicha cámara que recogía los nombres del faraón Maat-Ka-Ra Hatshepsut junto a los de Sen-en-Mut y los de los padres de este.
Tal como dicen las inscripciones de los anales históricos de los reyes: “¡Nunca se había visto antes nada igual…!”: un hombre de origen plebeyo y una gran reina, descendiente de la gran Ah-Més Nefertary, unidos en secreto, para toda la eternidad.
Para nosotros, la investigación no había hecho más que empezar.
Hatshepsut y Sen-en-Mut, los dos juntos e íntimamente entrelazados, aparecían ante nosotros como las dos mitades de un mismo sueño que había prometido dar a Egipto mil años de gloria y esplendor.
Poco a poco, fuimos estudiando los archivos de los egiptólogos que, antes de nosotros, habían trabajado en el templo. Viejas fotografías, diarios de excavación, artículos publicados en revistas especializadas, visitas a los museos del mundo que contenían los monumentos y los objetos de Hatshepsut y Sen-en-Mut, para estudiarlos de nuevo…reuniones de trabajo con los conservadores… todo ello, fue una actividad febril que nos acompañó durante ocho años.
Al cabo, surgió, fruto de nuestra investigación, una nueva visión del reinado de Hatshepsut.
La reina que se nos había mostrado en los libros no era la que podíamos percibir a la vista de nuestros descubrimientos. Donde se decía que ella había sido una mujer ambiciosa, nosotros habíamos descubierto a otra, con un sentido de la grandeza que la predestinaba para ocupar por derecho propio el trono de Egipto.
Donde se había querido hacer ver que las relaciones de la reina con su sobrino Thutmosis III habían sido el fruto de un culmen de vejaciones y abusos para con el príncipe, los datos objetivos nos mostraban un periodo de paz y equilibrio en el que la reina-faraón y el faraón, juntos, habían regido armoniosamente el país del Nilo.
Donde solo se percibía el silencio de la supresión de la memoria, roto en ocasiones por datos dispersos e inconexos, nosotros conseguimos captar el hilo conductor de una historia que comenzaba mucho antes de que ella naciera, en el mismo momento en que la gloriosa dinastía XVIII vio la luz para dar a Egipto el periodo más brillante de su historia antigua.
Nuestro anterior libro, ‘Sen-en-Mut, el hombre que pudo ser rey de Egipto’ , fue el fruto de un primer acercamiento al conocimiento de este extraordinario periodo histórico.
Ahora, concluidos los trabajos de excavación y estudio de la TT 353 y sus aledaños en la ‘Cantera’ de Deir el Bahari, es llegada la hora de presentar el fruto recogido, las aportaciones derivadas de nuestro contacto directo sobre el terreno para enriquecer y matizar el perfil histórico de la reina que envió la primera expedición exclusivamente comercial de la que tenemos noticias, al país del Punt; aquella que sublimó su relación con su padre divino, Amón de Ipet Sut; la que soñó probablemente con instaurar un renovado sistema de ejercicio de la realeza egipcia, en el que la mujer desempeñara un papel, igualado al del hombre.
En resumen, es el momento de ofrecer a los lectores interesados y a los colegas egiptólogos esta nueva propuesta de análisis histórico del reinado de Maat-Ka-Ra Hatshepsut Jenumet Imen, el que fue quinto soberano coronado del Alto y el Bajo Egipto, durante la dinastía XVIII del Imperio Nuevo.
¡Que nuestro trabajo pueda ser útil para todos!.
Francisco J. Martín Valentín
Teresa Bedman
Egiptólogos
Cuando nos referimos a la cultura egipcia antigua, más concretamente a lo que comúnmente llamamos civilización del ‘Egipto faraónico’, inmediatamente reconocemos en ella a una de las más prestigiosas, entre las anteriores al mundo clásico griego. Sin embargo, no podemos sustraernos a la idea de que el concepto de ‘lo antiguo’ resulta ser en nuestras cabezas sinónimo de ‘lo elemental’, ‘lo tosco’, ‘lo imperfecto’, o ‘lo primitivo’, en comparación con ‘lo actual’ o ‘lo moderno’, términos que identificamos con ‘lo perfeccionado’, ‘lo avanzado’, ‘lo superior a’, o ‘lo evolucionado’.
Capilla de la estatua de Hat-Hor. Deir El Bahari. Reinado de Thutmosis III (1479-1425 a. C.). Museo Egipcio de El Cairo
Esta reflexión, prácticamente automática, puede llevarnos a desconocer algunos de los activos y valores de esta gran civilización, circunstancia compartida con otras de su misma sincronía histórica, que, no obstante encontrarse muy separadas de nosotros en el tiempo, han aportado un gran acerbo de valores, conceptos y experiencias que tejen de un modo decisivo la urdimbre de la sociedad actual, sin que, en muchas ocasiones, apenas seamos conscientes de ello.
En cuanto a la civilización egipcia se refiere, rápidamente pensaremos en la originalidad de las formas piramidales que tanta atención han fijado, o en la fascinación producida por los descubrimientos de tesoros fabulosos que han jalonado la historia de la arqueología en el Valle del Nilo.
En suma, como máximo, enjuiciaremos al antiguo Egipto como algo exótico, atractivo; incluso curioso, pero lo suficientemente distante de nuestras vidas y problemas cotidianos, como para impedir que nos vinculemos de modo consciente con tan remoto mundo, pretendida expresión arquetípica del despotismo, la esclavitud y la falta de libertad, bajo el imperio de un sistema teocrático, en el que el faraón, ser divino viviente, resultaba ser, a los ojos de los griegos, el amo absoluto de todo Egipto y de cuanto en sus límites se encontraba.
Bajo esta visión enormemente simplificada, sin embargo, subyacen otras realidades que las corrientes investigadoras en egiptología no han subrayado adecuadamente (quizás por tratarse de cuestiones aparentemente solo aptas para sabios ensimismados en su pequeño universo, demasiado a menudo exclusivo y excluyente).
Es sobre algunos de estos elementos que configuran los perfiles de la cultura faraónica, que versará esta pequeña comunicación, con la intención de someterlos a vuestro conocimiento y a vuestra reflexión.
El vehículo de la ciencia egipcia fue la envoltura religiosa. En el mundo egipcio el mito envuelve al conocimiento científico para expresarlo de un modo oculto, solo comprensible para los iniciados, ver, los sacerdotes poseedores del conocimiento.
Sabemos como se imaginaban o explicaban la creación del mundo, del universo egipcio. A través del relato de la cosmogonía heliopolitana conocemos como Ra creó a Shu (el aire) y Tefnut (la humedad) y estos, a su vez a Gueb (la tierra) y Nut (la bóveda celeste), todos ellos expresiones parciales del universo físico bajo forma religiosa.
Otras Cosmogonías también explicaban otras maneras en las que se creó el universo, pero lo curioso es que los egipcios también sabían de algún modo que la duración del universo tendría un término y, que al mismo tiempo, era cíclica: Bajo un ropaje de texto religioso, en el capítulo 175 del Libro de los Muertos encontramos como el dios Osiris interroga al gran dios creador Atum sobre su tiempo de vida. Este es el diálogo:
¿Qué sucede con mi tiempo de vida, dice Osiris, y Atum le responde: ‘Tú vivirás por millones y millones de Años, un tiempo de millones de años. Sin embargo, yo destruiré todo lo que he creado. Esta tierra volverá al Nun, al agua primordial, tal y como fue en su comienzo…’
Los textos religiosos también describen de algún modo como se producirá esa desaparición del universo creado. Los Textos de las Pirámides, en su invocación 227-229 hablan de la actuación del pelícano sagrado Pesedyet que habita en el lugar por donde el sol sale y se pone diariamente, al borde del universo creado. Esta condición permitía al ave sagrada conocer todos los eventos que debían acontecer al final de los tiempos.
Dice el texto: ‘Entonces…la tierra no hablará más y Gueb (la tierra) no será capaz de protegerse a sí mismo y donde quiera que lo encuentre, yo lo devoraré gradualmente…el Grande se alzará y la eneáda comenzará a gritar, siendo la tierra completamente comprimida. Los límites se juntarán, las orillas se unirán, los caminos se volverán impracticables para los viajeros y las pendientes serán destruidas por aquellos que quieran huir…’.
¿Cabe duda de que se está describiendo el momento en el que el espacio, doblándose sobre sí mismo podría llegar a desaparecer?.
Por otra parte, el poeta alejandrino Claudiano, de principios del siglo V de Cristo, en su Homenaje a Estilicón, se refiere al antiquísimo conocimiento egipcio de un universo cíclico, al describir el Urobóros, la serpiente que se muerde la cola simbolizando la eternidad y los ciclos de creación/destrucción que fundamentan las leyes del universo.
Dice el texto: ‘Desconocida, lejana, inaccesible a nuestra raza, casi prohibida a los mismos dioses, existe una caverna, la de la inmensa eternidad, madre tenebrosa de los años, que produce las edades y las vuelve a llamar a su vasto seno. Una serpiente defiende el perímetro de esta gruta; devora todas las cosas con voluntad serena, y sus escamas permanecen eternamente jóvenes. Con la boca vuelta hacia atrás, devora su propia cola y, deslizándose en silencio, vuelve a pasar por el lugar donde ha comenzado’.
Resulta, así pues, que los egipcios consideraban el tiempo y el universo como conceptos cíclicos, no lineales. Cíclicos como el renacimiento del sol cada mañana por el horizonte oriental. Si antes de la creación, dicen los egipcios, existía el Nun, ‘lo inerte’, el océano primordial sin espacio ni límite, dicho estado finalizó con el acto creador que, repetido casi ilimitadamente, podía mantener el universo en vida y orden, aunque, realmente, ellos sabían que su duración estaba marcada de antemano.
Tal final, parecen indicarnos los textos, no era sino la vuelta al principio, a la oscuridad primigenia en la que la esencia del demiurgo permanecería siempre para reactivarse de un modo ignoto, volviendo a reproducir el día primero en que fueron creados los dioses y el mundo.
Para los egipcios el Creador era ‘aquel que viene a la existencia después del fin del tiempo cíclico y nunca desaparece…’. (Textos de Denderah).
De este modo, podemos concluir que el tiempo en la mentalidad egipcia antigua no era lineal, sino cíclico. Los egipcios no crearon eras con un año ‘0’ en su inicio. Los años se contaban como los del reinado del faraón. Esto significaba que todo comenzaba de nuevo con cada día que alumbraba y con cada nuevo ascenso al trono del sucesor del rey muerto.
No en balde fueron ellos quienes concibieron nuestro calendario.
Los astrónomos egipcios habían observado, desde la más remota antigüedad, que el año incierto de 365 días, partiendo de una aparición helíaca correcta, se encontraba, de año en año, en déficit de un cuarto de día respecto de Sothis (Sirio) y el sol. Al cabo de cuatro años esta pérdida era de un día, al cabo de ocho años, de dos días, y así sucesivamente. De este modo, tenían que transcurrir 1461 años del calendario para que la aparición correcta del sol se produjese, de nuevo, el día primero del año.
Ellos confeccionaron tablas que medían las diferencias entre el año calendárico y al año sotiaco/solar, que se reflejaron en ciertos monumentos, bajo la forma de ‘fechas dobles’ (el calendario de las fiestas religiosas de Elefantina de la época de Thutmosis III, recoge que la aparición helíaca de Sotis se produjo el día 28 del mes de Epifi, cuando debía haberlo hecho el día 1º del mes de Thot.
Según los cálculos actuales esta diferencia de días se produjo entre los años 1471 y 1474, antes de Cristo, periodo que, a la vista de esta inscripción, debió formar parte del reinado de Thutmosis III.
Actualmente, la moderna cronología otorga para este rey como periodo de reinado, el transcurrido entre los años 1479 al 1425 a. C.
De tal manera, los egipcios establecieron la división del año civil/solar en doce meses de treinta días cada uno de ellos, divididos en semanas de diez días. Es decir, 360 días. A ellos añadieron 5 días complementarios al final del año, llamados por los griegos días epagómenos, y por los egipcios, ‘días de completar el año’, y, aún más, un día extra cada cuatro años, configurando nuestro ‘año bisiesto’.
Para poder establecer estas divisiones en atención a conseguir la coincidencia entre Sothis/Sirio y el sol el día primero de su año nuevo, los científicos han calculado que, al menos, debió observarse todo ello dentro de varios ciclos o periodos sothiacos de 1461 años.
Poseemos certidumbre en cuanto al uso de este sistema de calendario desde la época protodinástica, hacia el 3100 a. C., en cuyo caso habría que retrotraer la instauración del calendario a tiempos muy anteriores a estas fechas, quizás a otros tres o cuatro mil años antes.
Como es bien sabido, Julio César importó, después de su estancia egipcia, este sistema de calendario para su uso en Roma que se instauró allí en el 46 a.C. y, desde donde pasó a todo el orbe, después de los ajustes realizados bajo el papado de Gregorio XIII, en 1582.
Para llevar a cabo la implantación del citado sistema de medición del tiempo se hacen imprescindibles el conocimiento y el uso de unos serios principios matemáticos.
En efecto: “El sistema de cálculo de los egipcios, que, a primera vista, parece una extraordinaria mezcla de conceptos primitivos y cálculos asombrosamente difusos y complicados, se nos muestra, después de estudiado, como una construcción de coherencia y unidad perfectas… Puede, pues, decirse que las matemáticas egipcias son el único ejemplo que se haya conservado intacto de un sistema de cálculo muy avanzado en sus aplicaciones, cuya evolución no ha sufrido interrupción alguna y que, por el contrario, reposa realmente sobre la base más primitiva del cálculo, esto es, sobre la enumeración, y un concepto individual de la fracción.” (Otto Neugebauer)
Los métodos del trabajo de la piedra plantean problemas cuya solución aún no se ha encontrado, al menos de modo satisfactorio. ¿Cómo podían transportar desde las Canteras de Assuán hasta las cercanías del actual Cairo (alrededor de 900 kilómetros), bloques de granito con pesos que oscilaban desde las 38 a las 425 toneladas, como los del templo del Valle de Kefrén, en Guiza?.
Otro ejemplo son los sarcófagos de los toros Apis en Sakkara, el peso de alguno de alguno de los cuales se ha llegado a estimar en 60 toneladas.
La precisión en el trabajo de la piedra es también admirable. Ejemplos: el sarcófago de granito de Sesostris II presenta un error de 1/8 de milímetro en el plano de sus costados.
Otra comprobación realizada sobre una columna hecha de un solo bloque de granito rojo con una altura de 2,60 metros y un diámetro variable que disminuye, desde los 92,2 cm. hasta los 79,8 cm. arroja un error en relación con el diámetro medio de la pieza que no sobrepasa los 8 milímetros.
Pero si los ejemplos relacionados con el ámbito del mundo científico o técnico nos llaman la atención no es menor la impresión que puede producirnos el examen de los textos egipcios, repartidos en conjuntos que los egiptólogos han denominado como textos sapienciales, escépticos, literarios o, simplemente históricos.
Entre ellos existe un género llamado ‘escéptico’ representado, entre otras obras, por la llamada ‘La disputa de un hombre cansado de la vida con su Ba, o espíritu’ (Papiro de Berlín nº 3024) que, supone por sí solo un modelo de tratado filosófico, redactado mucho antes de que la Grecia clásica sentase los principios de la Filosofía.
Se trata de un autor anónimo que vivió probablemente en los tiempos turbulentos del Primer Periodo Intermedio (hacia el 2200 a C.).
La propia naturaleza de los problemas tratados en esta pieza literaria: los grandes problemas de la vida y de la muerte, el sentido dado al propio debate y su claro planteamiento dramático le confieren un valor extraordinario y un marcado sentido emotivo.
El protagonista es un egipcio cuya condición social no se determina pero probablemente perteneciente a la clase sacerdotal. Su interlocutor, que no interviene directamente, no es otro que el Ba, parte espiritual del ser humano cuya naturaleza podría ser semejante, aunque no idéntica, al concepto platónico del ‘alma’ o ‘psique’.
Nuestro hombre, cansado de la vida, se muestra decidido al suicidio por medio del fuego, algo que, sabemos aterrorizaba a los egipcios, dado que, creían, debían conservar el cuerpo para sobrevivir en el Más Allá.
Es el alma-Ba quien se rebela contra esta decisión y trata de convencer al presunto suicida para que desista y, en caso contrario, manifiesta su negativa a estar en su compañía en el momento del cumplimiento de tan fatal resolución. El desesperado reprocha al alma que ella se niegue a cumplir lo que la concierne: estar en el duelo del difunto y facilitarle su entrada en el Más Allá.
El alma insiste en que él no puede tomar la decisión de morir sin resolver el problema de la supervivencia tras la muerte. Sin embargo, el hombre responde planteando dudas sólidas respecto a la naturaleza del lugar adonde presuntamente se va tras la muerte, incluso dudas a propósito de si existe una segunda vida. El alma responde con lógica que, si no existe nada tras la muerte ¿por qué atormentarse?.
Es en este momento del relato cuando se introduce un fragmento poético en el mismo que hace referencia a la tristeza del momento en el que el difunto es depositado en la tumba y a la vanidad e inutilidad de las prácticas funerarias, con toda su sombría grandeza.
La dialéctica puesta en marcha por el alma no hace cambiar las decisiones del desesperado. La gran sorpresa surge cuando el alma, cambiando su posición, concluye analizando el suicidio, y en cierto modo, coincidiendo con la opinión el desesperado, de modo que se nos revela que estábamos en presencia del individúo y de una especie de su otro’yo’, lo que Saint Faire Garnot llama en este caso la personificación de la consciencia.
Por esta vía, el tema de la controversia acaba centrándose como el relato de una lucha interior: el suicida enfrentado contra sí mismo. Este texto es, así pues, un testimonio sugerente de lo que podría haber sido el primer ejemplo conocido de la capacidad de la introspección en el ser humano.
Francisco J. Martín Valentín.
Egiptólogo
(Comunicación realizada en la reunión de bloggers del 13 de marzo de 2009)
En cuanto a la civilización egipcia se refiere, rápidamente pensaremos en la originalidad de las formas piramidales que tanta atención han fijado, o en la fascinación producida por los descubrimientos de tesoros fabulosos que han jalonado la historia de la arqueología en el Valle del Nilo.
En suma, como máximo, enjuiciaremos al antiguo Egipto como algo exótico, atractivo; incluso curioso, pero lo suficientemente distante de nuestras vidas y problemas cotidianos, como para impedir que nos vinculemos de modo consciente con tan remoto mundo, pretendida expresión arquetípica del despotismo, la esclavitud y la falta de libertad, bajo el imperio de un sistema teocrático, en el que el faraón, ser divino viviente, resultaba ser, a los ojos de los griegos, el amo absoluto de todo Egipto y de cuanto en sus límites se encontraba.
Bajo esta visión enormemente simplificada, sin embargo, subyacen otras realidades que las corrientes investigadoras en egiptología no han subrayado adecuadamente (quizás por tratarse de cuestiones aparentemente solo aptas para sabios ensimismados en su pequeño universo, demasiado a menudo exclusivo y excluyente).
Es sobre algunos de estos elementos que configuran los perfiles de la cultura faraónica, que versará esta pequeña comunicación, con la intención de someterlos a vuestro conocimiento y a vuestra reflexión.
El vehículo de la ciencia egipcia fue la envoltura religiosa. En el mundo egipcio el mito envuelve al conocimiento científico para expresarlo de un modo oculto, solo comprensible para los iniciados, ver, los sacerdotes poseedores del conocimiento.
Sabemos como se imaginaban o explicaban la creación del mundo, del universo egipcio. A través del relato de la cosmogonía heliopolitana conocemos como Ra creó a Shu (el aire) y Tefnut (la humedad) y estos, a su vez a Gueb (la tierra) y Nut (la bóveda celeste), todos ellos expresiones parciales del universo físico bajo forma religiosa.
Otras Cosmogonías también explicaban otras maneras en las que se creó el universo, pero lo curioso es que los egipcios también sabían de algún modo que la duración del universo tendría un término y, que al mismo tiempo, era cíclica: Bajo un ropaje de texto religioso, en el capítulo 175 del Libro de los Muertos encontramos como el dios Osiris interroga al gran dios creador Atum sobre su tiempo de vida. Este es el diálogo:
¿Qué sucede con mi tiempo de vida, dice Osiris, y Atum le responde: ‘Tú vivirás por millones y millones de Años, un tiempo de millones de años. Sin embargo, yo destruiré todo lo que he creado. Esta tierra volverá al Nun, al agua primordial, tal y como fue en su comienzo…’
Los textos religiosos también describen de algún modo como se producirá esa desaparición del universo creado. Los Textos de las Pirámides, en su invocación 227-229 hablan de la actuación del pelícano sagrado Pesedyet que habita en el lugar por donde el sol sale y se pone diariamente, al borde del universo creado. Esta condición permitía al ave sagrada conocer todos los eventos que debían acontecer al final de los tiempos.
Dice el texto: ‘Entonces…la tierra no hablará más y Gueb (la tierra) no será capaz de protegerse a sí mismo y donde quiera que lo encuentre, yo lo devoraré gradualmente…el Grande se alzará y la eneáda comenzará a gritar, siendo la tierra completamente comprimida. Los límites se juntarán, las orillas se unirán, los caminos se volverán impracticables para los viajeros y las pendientes serán destruidas por aquellos que quieran huir…’.
¿Cabe duda de que se está describiendo el momento en el que el espacio, doblándose sobre sí mismo podría llegar a desaparecer?.
Por otra parte, el poeta alejandrino Claudiano, de principios del siglo V de Cristo, en su Homenaje a Estilicón, se refiere al antiquísimo conocimiento egipcio de un universo cíclico, al describir el Urobóros, la serpiente que se muerde la cola simbolizando la eternidad y los ciclos de creación/destrucción que fundamentan las leyes del universo.
Dice el texto: ‘Desconocida, lejana, inaccesible a nuestra raza, casi prohibida a los mismos dioses, existe una caverna, la de la inmensa eternidad, madre tenebrosa de los años, que produce las edades y las vuelve a llamar a su vasto seno. Una serpiente defiende el perímetro de esta gruta; devora todas las cosas con voluntad serena, y sus escamas permanecen eternamente jóvenes. Con la boca vuelta hacia atrás, devora su propia cola y, deslizándose en silencio, vuelve a pasar por el lugar donde ha comenzado’.
Resulta, así pues, que los egipcios consideraban el tiempo y el universo como conceptos cíclicos, no lineales. Cíclicos como el renacimiento del sol cada mañana por el horizonte oriental. Si antes de la creación, dicen los egipcios, existía el Nun, ‘lo inerte’, el océano primordial sin espacio ni límite, dicho estado finalizó con el acto creador que, repetido casi ilimitadamente, podía mantener el universo en vida y orden, aunque, realmente, ellos sabían que su duración estaba marcada de antemano.
Tal final, parecen indicarnos los textos, no era sino la vuelta al principio, a la oscuridad primigenia en la que la esencia del demiurgo permanecería siempre para reactivarse de un modo ignoto, volviendo a reproducir el día primero en que fueron creados los dioses y el mundo.
Para los egipcios el Creador era ‘aquel que viene a la existencia después del fin del tiempo cíclico y nunca desaparece…’. (Textos de Denderah).
De este modo, podemos concluir que el tiempo en la mentalidad egipcia antigua no era lineal, sino cíclico. Los egipcios no crearon eras con un año ‘0’ en su inicio. Los años se contaban como los del reinado del faraón. Esto significaba que todo comenzaba de nuevo con cada día que alumbraba y con cada nuevo ascenso al trono del sucesor del rey muerto.
No en balde fueron ellos quienes concibieron nuestro calendario.
Los astrónomos egipcios habían observado, desde la más remota antigüedad, que el año incierto de 365 días, partiendo de una aparición helíaca correcta, se encontraba, de año en año, en déficit de un cuarto de día respecto de Sothis (Sirio) y el sol. Al cabo de cuatro años esta pérdida era de un día, al cabo de ocho años, de dos días, y así sucesivamente. De este modo, tenían que transcurrir 1461 años del calendario para que la aparición correcta del sol se produjese, de nuevo, el día primero del año.
Ellos confeccionaron tablas que medían las diferencias entre el año calendárico y al año sotiaco/solar, que se reflejaron en ciertos monumentos, bajo la forma de ‘fechas dobles’ (el calendario de las fiestas religiosas de Elefantina de la época de Thutmosis III, recoge que la aparición helíaca de Sotis se produjo el día 28 del mes de Epifi, cuando debía haberlo hecho el día 1º del mes de Thot.
Según los cálculos actuales esta diferencia de días se produjo entre los años 1471 y 1474, antes de Cristo, periodo que, a la vista de esta inscripción, debió formar parte del reinado de Thutmosis III.
Actualmente, la moderna cronología otorga para este rey como periodo de reinado, el transcurrido entre los años 1479 al 1425 a. C.
De tal manera, los egipcios establecieron la división del año civil/solar en doce meses de treinta días cada uno de ellos, divididos en semanas de diez días. Es decir, 360 días. A ellos añadieron 5 días complementarios al final del año, llamados por los griegos días epagómenos, y por los egipcios, ‘días de completar el año’, y, aún más, un día extra cada cuatro años, configurando nuestro ‘año bisiesto’.
Para poder establecer estas divisiones en atención a conseguir la coincidencia entre Sothis/Sirio y el sol el día primero de su año nuevo, los científicos han calculado que, al menos, debió observarse todo ello dentro de varios ciclos o periodos sothiacos de 1461 años.
Poseemos certidumbre en cuanto al uso de este sistema de calendario desde la época protodinástica, hacia el 3100 a. C., en cuyo caso habría que retrotraer la instauración del calendario a tiempos muy anteriores a estas fechas, quizás a otros tres o cuatro mil años antes.
Como es bien sabido, Julio César importó, después de su estancia egipcia, este sistema de calendario para su uso en Roma que se instauró allí en el 46 a.C. y, desde donde pasó a todo el orbe, después de los ajustes realizados bajo el papado de Gregorio XIII, en 1582.
Para llevar a cabo la implantación del citado sistema de medición del tiempo se hacen imprescindibles el conocimiento y el uso de unos serios principios matemáticos.
En efecto: “El sistema de cálculo de los egipcios, que, a primera vista, parece una extraordinaria mezcla de conceptos primitivos y cálculos asombrosamente difusos y complicados, se nos muestra, después de estudiado, como una construcción de coherencia y unidad perfectas… Puede, pues, decirse que las matemáticas egipcias son el único ejemplo que se haya conservado intacto de un sistema de cálculo muy avanzado en sus aplicaciones, cuya evolución no ha sufrido interrupción alguna y que, por el contrario, reposa realmente sobre la base más primitiva del cálculo, esto es, sobre la enumeración, y un concepto individual de la fracción.” (Otto Neugebauer)
Los métodos del trabajo de la piedra plantean problemas cuya solución aún no se ha encontrado, al menos de modo satisfactorio. ¿Cómo podían transportar desde las Canteras de Assuán hasta las cercanías del actual Cairo (alrededor de 900 kilómetros), bloques de granito con pesos que oscilaban desde las 38 a las 425 toneladas, como los del templo del Valle de Kefrén, en Guiza?.
Otro ejemplo son los sarcófagos de los toros Apis en Sakkara, el peso de alguno de alguno de los cuales se ha llegado a estimar en 60 toneladas.
La precisión en el trabajo de la piedra es también admirable. Ejemplos: el sarcófago de granito de Sesostris II presenta un error de 1/8 de milímetro en el plano de sus costados.
Otra comprobación realizada sobre una columna hecha de un solo bloque de granito rojo con una altura de 2,60 metros y un diámetro variable que disminuye, desde los 92,2 cm. hasta los 79,8 cm. arroja un error en relación con el diámetro medio de la pieza que no sobrepasa los 8 milímetros.
Pero si los ejemplos relacionados con el ámbito del mundo científico o técnico nos llaman la atención no es menor la impresión que puede producirnos el examen de los textos egipcios, repartidos en conjuntos que los egiptólogos han denominado como textos sapienciales, escépticos, literarios o, simplemente históricos.
Entre ellos existe un género llamado ‘escéptico’ representado, entre otras obras, por la llamada ‘La disputa de un hombre cansado de la vida con su Ba, o espíritu’ (Papiro de Berlín nº 3024) que, supone por sí solo un modelo de tratado filosófico, redactado mucho antes de que la Grecia clásica sentase los principios de la Filosofía.
Se trata de un autor anónimo que vivió probablemente en los tiempos turbulentos del Primer Periodo Intermedio (hacia el 2200 a C.).
La propia naturaleza de los problemas tratados en esta pieza literaria: los grandes problemas de la vida y de la muerte, el sentido dado al propio debate y su claro planteamiento dramático le confieren un valor extraordinario y un marcado sentido emotivo.
El protagonista es un egipcio cuya condición social no se determina pero probablemente perteneciente a la clase sacerdotal. Su interlocutor, que no interviene directamente, no es otro que el Ba, parte espiritual del ser humano cuya naturaleza podría ser semejante, aunque no idéntica, al concepto platónico del ‘alma’ o ‘psique’.
Nuestro hombre, cansado de la vida, se muestra decidido al suicidio por medio del fuego, algo que, sabemos aterrorizaba a los egipcios, dado que, creían, debían conservar el cuerpo para sobrevivir en el Más Allá.
Es el alma-Ba quien se rebela contra esta decisión y trata de convencer al presunto suicida para que desista y, en caso contrario, manifiesta su negativa a estar en su compañía en el momento del cumplimiento de tan fatal resolución. El desesperado reprocha al alma que ella se niegue a cumplir lo que la concierne: estar en el duelo del difunto y facilitarle su entrada en el Más Allá.
El alma insiste en que él no puede tomar la decisión de morir sin resolver el problema de la supervivencia tras la muerte. Sin embargo, el hombre responde planteando dudas sólidas respecto a la naturaleza del lugar adonde presuntamente se va tras la muerte, incluso dudas a propósito de si existe una segunda vida. El alma responde con lógica que, si no existe nada tras la muerte ¿por qué atormentarse?.
Es en este momento del relato cuando se introduce un fragmento poético en el mismo que hace referencia a la tristeza del momento en el que el difunto es depositado en la tumba y a la vanidad e inutilidad de las prácticas funerarias, con toda su sombría grandeza.
La dialéctica puesta en marcha por el alma no hace cambiar las decisiones del desesperado. La gran sorpresa surge cuando el alma, cambiando su posición, concluye analizando el suicidio, y en cierto modo, coincidiendo con la opinión el desesperado, de modo que se nos revela que estábamos en presencia del individúo y de una especie de su otro’yo’, lo que Saint Faire Garnot llama en este caso la personificación de la consciencia.
Por esta vía, el tema de la controversia acaba centrándose como el relato de una lucha interior: el suicida enfrentado contra sí mismo. Este texto es, así pues, un testimonio sugerente de lo que podría haber sido el primer ejemplo conocido de la capacidad de la introspección en el ser humano.
Francisco J. Martín Valentín.
Egiptólogo
(Comunicación realizada en la reunión de bloggers del 13 de marzo de 2009)
Artículos y comunicaciones
Sábado 17 Enero 2009 - 20:43
Esta parte del rito del culto divino diario, esencial en todos los templos egipcios está también representada en la capilla de Adijalamani del Templo egipcio de Debod.
El faraón Adijalamani tocando los sistros. Capilla de Adijalamani. Muro Oeste, registro superior. Cuadro nº 2. Foto IEAE
En Debod se puede ver al rey tocando los sistros ante la diosa Isis y el dios Osiris?, en el muro Oeste (mitad Sur) de la capilla del rey meroíta Adijalamani.
Los textos jeroglíficos existentes en dicho lugar dicen como sigue:
‘Hacer (sonar) los dos sistros para su madre (hacer la) protección para su cuello; hecho (para que) él sea dotado de vida’. .
El rito de 'la ofrenda de los sistros' está muy bien representado en el templo de Opet en Karnak:
'…Yo toco el sistro delante de ti con el Gran Ojo de Horus, yo canto himnos en tu presencia, yo salmodio para ti, yo doy alabanza a tu ka y adoro tu Majestad con alegría y aclamación'. (De Wit ITOK, III, 255, 113-114)
'Tocar los sistros ante tu bello rostro, haciendo celebraciones para ti en el cielo y en la tierra'. (De Wit ITOK, III, 255, 113-114)
También se muestra en el Templo de Opet al rey ofreciendo un sistro a la diosa Nut:
‘Toma para ti el sistro venerable smd, de electrum, que tu ka se regocije con su sonido. Cuando tú lo sacudes, emite un sonido y tú te regocijas con su ruido. Yo expulso tu mal humor, yo quito tu furor, yo pacifico tu corazón después de la cólera’. .(De Wit ITOK, III, 259, 116-117).
Los sistros eran utilizados para acompañar la celebración de ciertos ritos estando asociados frecuentemente al 'Menat'.
En el caso de Debod, la frase indica claramente que el rey tañe los sistros e impone a su madre el Collar Menat que protege la garganta y el cuello de la divinidad.
Se trata aquí de los ritos sehetep sejmet en los que los sistros estaban asociados con el uso del Menat.
Aparece pues, otra vez, una asimilación por vía ritual, de la Isis del Abatón con la diosa Sejmet, el terrible Ojo de Ra.
La idea era la creencia en la necesidad de apaciguar a la divinidad, en este caso la diosa Isis claramente vinculada con el mito del Ojo de Ra como Isis/Hat-Hor, que podría experimentar algún acceso de cólera.
El rito sehetep sejmet hace referencia a la leyenda del ciclo solar según la cual la diosa leona Tefnut, hija de Ra, vivía salvaje y furiosa en los desiertos del Sur. Pero Ra que la amaba y quería utilizar la fuerza de la diosa contra sus enemigos, envió a los dioses Shu y Thot para buscarla.
Ellos consiguieron apaciguarla y llevarla a Egipto. Entonces, Ra la fijó en su frente, donde bajo la forma de un úreus, ella abrasaba a su adversarios.
La diosa era festejada rememorando su recibimiento cuando retornó de la mano de los dos dioses. Se trataba de apaciguarla a lo largo y ancho de todo Egipto.
Para ello se organizaban cortejos y procesiones festivas para celebrar el festival llamado ella-es-traída (ini-tu-es), celebrado en el mes de Tybi. Aunque hay indicios de que estos ritos se celebraban desde el Imperio Antiguo, e incluso desde la prehistoria la documentación más abundante y clara data de las épocas griega (la misma de nuestra Capilla) y romana.
Como se observa en nuestra Capilla las identificaciones de la divinidad son complejas. Unas veces es Tefnut, otras Sejmet o Bastet, o Hat-Hor. Como complejas son las metáforas empleadas para manifestar su poder destructivo (el Ojo, la Cobra o la Llama).
Un mito análogo era el de La Vaca del Cielo.
En este caso, se contaba cómo los hombres habían ofendido al dios Ra, quien antes de renunciar a su reino terrestre y de retirarse sobre el lomo de la Vaca Celeste, envió a la diosa Sejmet para destruir a la humanidad que se había rebelado contra su creador.
Finalmente, Ra hizo emborrachar a la diosa sanguinaria con una mezcla de cerveza coloreada con alguna sustancia que daba el color rojo de la sangre, a fin de que cesase la carnicería. De aquí el rito de fabricar bebidas soporíferas durante las fiestas de Hat-Hor y de repartirlas entre sus fieles.
Para apaciguar a la diosa, se entonaban letanías, se hacían ofrendas y se practicaban los rituales que procuraban la restauración del orden del primer día, en el cual, el dios Ra creó todo lo que existe por medio de las siete palabras mágicas.
Estas siete palabras se correspondían con los siete emisarios de la diosa terrible, en forma de las llamadas ‘siete flechas del año’, que representaban las acciones más nefastas de las que podía ser capaz la ira de Sejmet.
Este ceremonial tenía por finalidad básica apaciguar la naturaleza peligrosa de la diosa, neutralizar su aspecto nefasto que se manifestaba bajo la forma de las epidemias y enfermedades que se abatían sobre Egipto durante el año, conjurar el ‘Iadet renpet’ o peste del año, durante la última parte de la estación seca que preludiaba la inundación del país con la ansiada crecida del río Nilo.
En definitiva, se trataba de impulsar a la diosa, conjurándola, a actuar como Maat, colaborando en el desarrollo de la armonía y el orden universales.
Desde este punto de vista, el rito realizado por los sacerdotes de Sejmet tenía su origen en los Mitos de La Diosa Lejana y de La Destrucción de los Hombres.
Consistía en una ceremonia en la que se degollaban y decapitaban cuatro ocas,cuatro gacelas y cuatro oryx blancos, y se presentaban jarras de cerveza o de vino a la diosa.
Estos sacrificios sangrientos eran sustituidos muy frecuentemente por las ofrendas de ciertos objetos tales como los sistros y los talismanes Menat, el Ojo Udyat, el cetro Sejem, la columna de papiro Uadye, la clepsidra unsheb y las jarras menu.
La ofrenda de las jarras de cerveza, mezclada con tinte rojo de Hena, y la ofrenda de las jarras de vino, evocaban la pacificación de la divinidad. La bebida sagrada era llamada ‘la roja’, y se consumía también por el pueblo en la Fiesta de la Embriaguez que Heródoto presenció y nos trasladó en sus relatos.
El festival al que se refiere el viajero griego se celebraba en la ciudad de Bubastis, con motivo de la aparición de la diosa Hat-Hor bajo la forma de Bastet, que era la misma diosa Sejmet, en su aspecto benéfico.
Heródoto nos relata lo siguiente en relación con la dicha Fiesta de la Embriaguez:
‘Así pues, cuando se dirigen a Bubastis, hacen lo que sigue. Navegan hombres y mujeres juntos, llevando cada barca gran número de personas de ambos sexos; algunas mujeres llevan castañuelas y las hacen sonar, algunos hombres tocan la flauta en todo el trayecto y el resto de las mujeres y hombres cantan y dan palmadas. Y, cada vez que en el curso de la navegación pasan por otra ciudad, acercan la barca a tierra y hacen lo siguiente: mientras algunas mujeres siguen haciendo lo que he dicho, otras gritan y hacen burla de las mujeres de aquella ciudad, y otras bailan, y otras, puestas en pie se desnudan. Esto hacen al pasar por cada una de las ciudades ribereñas. Y cuando llegan a Bubastis, celebran la fiesta ofreciendo grandes sacrificios, y se consume más vino de uva en esta fiesta que en todo el resto del año. Y el número de personas que allí se reúnen, hombres y mujeres sin contar los niños, alcanza hasta las setecientas mil, al decir de las gentes del lugar...’. (Herodoto Historias II, 60).
Con la práctica del rito y la entonación de las fórmulas mágicas en forma de letanías se conseguía el fin deseado: la Protección del mundo creado y de la humanidad toda.
'¡Oh Sejmet, la única grande, Señora de Isheru!¡Oh Shentit que resides en Busiris!...¡Oh glorioso Ojo de Ra, Señora de las Dos Tierrras, que gobiernas la Isla de Fuego!. Homenaje a vosotros,¡oh dioses, los que dais la muerte, que estáis en pie detrás de Sejmet, que habéis venido como mensajeros del Ojo de Ra, para lanzar vuestras flechas desde su boca.......! ¡Seguid vuestro camino, apartaos de mí.
No iré a ningún lugar con vosotros. No tenéis poder sobre mí. No me atacaréis con ninguna desgracia en este año. Porque Yo soy Ra, el que aparece en su Ojo. Yo aparezco como Sejmet, como Uadyet. Yo soy Atum apareciendo detrás de sus cabezas!....¡Horus, vástago de Sejmet. colócate detrás de mi cuerpo para salvarlo completamente para la vida!.
Palabras que se dirán, sobre una pieza de tela de lino fino. Los dioses citados se dibujarán e ella y se sujetará con doce nudos. Se le ofrecerá pan y cerveza y se quemará incienso. Es un remedio para aplacar a los dioses en su séquito de Sejmet y de Thot. Palabras para ser dichas en el último día, desde el final del año hasta el primer día del principio del nuevo año, durante el festival Uag y en el primer día de la fiesta Ernutet’. (Papiro Leiden I, 1, 1-2, 5)
En el origen de estos relatos parece haber dos realidades profundas: una es de naturaleza astronómica. El Ojo del sol devora a los hombres y les envía sus epidemias por medio del calor abrasador. En efecto, tal como nos lo muestra el calendario de los Festivales de Esna la fiesta de ‘apaciguar a Sejmet’ se celebraba el día 30 de Paoni en la época malsana y calurosa del principio de nuestro mes de julio.
La otra realidad era, sin duda, de naturaleza psicológica. Hat-Hor la diosa del amor era, tanto, la gata dulce Bastet, como la terrible leona Sejmet. El rito de ‘apaciguar a Sejmet’ está conservado de modo completo en la ‘Biblioteca Litúrgica’ del Templo de Edfú.(Edfou VIII, 347, 13).
Y esto es lo que aquí nos interesa principalmente: para apaciguar a Hat-Hor/Isis se ofrecía un sistro y un amuleto Uadye. Se apaciguaba a la diosa con la música de los sistros, las danzas, la presentación de la clepsidra o la de la jarra menu.
Estas ceremonias tan especiales y particulares se celebraban para Hat-Hor e Isis, y para aquellas otras divinidades femeninas con las que se les asimilaba.
Francisco J. Martín Valentín.
Egiptólogo.
Bibliografía
De Wit, C. Les inscriptions du Temple d’Opet à Karnak. 3 vols. Bibliotheca Aegyptiaca XI-XIII. Bruselas, 1958-1968
Gutbub, A. ‘Un emprunt aux textes des pyramides dans l’hymne à Hathor, dame de l’ivresse’. En Mélanges Maspero, I Orient Ancient Quatriéme Fascicule. MIFAO. TOME LXVI El Cairo, 1961
Maystre, Ch. ‘Le Livre de la vache du ciel’. BIFAO 40 (1941)
Sethe, K. Zur Altägyptischen Sage vom Sonnenauge, das in der Fremde war. UGÄA 5, 3. Leipzig, 1912
West, S. ‘The Greek versión of tne legend of Tefnut’. JEA 55 (1969)
Zivie, Chr. 'Sistrum'. LÄ, V, 959, 960
Los textos jeroglíficos existentes en dicho lugar dicen como sigue:
‘Hacer (sonar) los dos sistros para su madre (hacer la) protección para su cuello; hecho (para que) él sea dotado de vida’. .
El rito de 'la ofrenda de los sistros' está muy bien representado en el templo de Opet en Karnak:
'…Yo toco el sistro delante de ti con el Gran Ojo de Horus, yo canto himnos en tu presencia, yo salmodio para ti, yo doy alabanza a tu ka y adoro tu Majestad con alegría y aclamación'. (De Wit ITOK, III, 255, 113-114)
'Tocar los sistros ante tu bello rostro, haciendo celebraciones para ti en el cielo y en la tierra'. (De Wit ITOK, III, 255, 113-114)
También se muestra en el Templo de Opet al rey ofreciendo un sistro a la diosa Nut:
‘Toma para ti el sistro venerable smd, de electrum, que tu ka se regocije con su sonido. Cuando tú lo sacudes, emite un sonido y tú te regocijas con su ruido. Yo expulso tu mal humor, yo quito tu furor, yo pacifico tu corazón después de la cólera’. .(De Wit ITOK, III, 259, 116-117).
Los sistros eran utilizados para acompañar la celebración de ciertos ritos estando asociados frecuentemente al 'Menat'.
En el caso de Debod, la frase indica claramente que el rey tañe los sistros e impone a su madre el Collar Menat que protege la garganta y el cuello de la divinidad.
Se trata aquí de los ritos sehetep sejmet en los que los sistros estaban asociados con el uso del Menat.
Aparece pues, otra vez, una asimilación por vía ritual, de la Isis del Abatón con la diosa Sejmet, el terrible Ojo de Ra.
La idea era la creencia en la necesidad de apaciguar a la divinidad, en este caso la diosa Isis claramente vinculada con el mito del Ojo de Ra como Isis/Hat-Hor, que podría experimentar algún acceso de cólera.
El rito sehetep sejmet hace referencia a la leyenda del ciclo solar según la cual la diosa leona Tefnut, hija de Ra, vivía salvaje y furiosa en los desiertos del Sur. Pero Ra que la amaba y quería utilizar la fuerza de la diosa contra sus enemigos, envió a los dioses Shu y Thot para buscarla.
Ellos consiguieron apaciguarla y llevarla a Egipto. Entonces, Ra la fijó en su frente, donde bajo la forma de un úreus, ella abrasaba a su adversarios.
La diosa era festejada rememorando su recibimiento cuando retornó de la mano de los dos dioses. Se trataba de apaciguarla a lo largo y ancho de todo Egipto.
Para ello se organizaban cortejos y procesiones festivas para celebrar el festival llamado ella-es-traída (ini-tu-es), celebrado en el mes de Tybi. Aunque hay indicios de que estos ritos se celebraban desde el Imperio Antiguo, e incluso desde la prehistoria la documentación más abundante y clara data de las épocas griega (la misma de nuestra Capilla) y romana.
Como se observa en nuestra Capilla las identificaciones de la divinidad son complejas. Unas veces es Tefnut, otras Sejmet o Bastet, o Hat-Hor. Como complejas son las metáforas empleadas para manifestar su poder destructivo (el Ojo, la Cobra o la Llama).
Un mito análogo era el de La Vaca del Cielo.
En este caso, se contaba cómo los hombres habían ofendido al dios Ra, quien antes de renunciar a su reino terrestre y de retirarse sobre el lomo de la Vaca Celeste, envió a la diosa Sejmet para destruir a la humanidad que se había rebelado contra su creador.
Finalmente, Ra hizo emborrachar a la diosa sanguinaria con una mezcla de cerveza coloreada con alguna sustancia que daba el color rojo de la sangre, a fin de que cesase la carnicería. De aquí el rito de fabricar bebidas soporíferas durante las fiestas de Hat-Hor y de repartirlas entre sus fieles.
Para apaciguar a la diosa, se entonaban letanías, se hacían ofrendas y se practicaban los rituales que procuraban la restauración del orden del primer día, en el cual, el dios Ra creó todo lo que existe por medio de las siete palabras mágicas.
Estas siete palabras se correspondían con los siete emisarios de la diosa terrible, en forma de las llamadas ‘siete flechas del año’, que representaban las acciones más nefastas de las que podía ser capaz la ira de Sejmet.
Este ceremonial tenía por finalidad básica apaciguar la naturaleza peligrosa de la diosa, neutralizar su aspecto nefasto que se manifestaba bajo la forma de las epidemias y enfermedades que se abatían sobre Egipto durante el año, conjurar el ‘Iadet renpet’ o peste del año, durante la última parte de la estación seca que preludiaba la inundación del país con la ansiada crecida del río Nilo.
En definitiva, se trataba de impulsar a la diosa, conjurándola, a actuar como Maat, colaborando en el desarrollo de la armonía y el orden universales.
Desde este punto de vista, el rito realizado por los sacerdotes de Sejmet tenía su origen en los Mitos de La Diosa Lejana y de La Destrucción de los Hombres.
Consistía en una ceremonia en la que se degollaban y decapitaban cuatro ocas,cuatro gacelas y cuatro oryx blancos, y se presentaban jarras de cerveza o de vino a la diosa.
Estos sacrificios sangrientos eran sustituidos muy frecuentemente por las ofrendas de ciertos objetos tales como los sistros y los talismanes Menat, el Ojo Udyat, el cetro Sejem, la columna de papiro Uadye, la clepsidra unsheb y las jarras menu.
La ofrenda de las jarras de cerveza, mezclada con tinte rojo de Hena, y la ofrenda de las jarras de vino, evocaban la pacificación de la divinidad. La bebida sagrada era llamada ‘la roja’, y se consumía también por el pueblo en la Fiesta de la Embriaguez que Heródoto presenció y nos trasladó en sus relatos.
El festival al que se refiere el viajero griego se celebraba en la ciudad de Bubastis, con motivo de la aparición de la diosa Hat-Hor bajo la forma de Bastet, que era la misma diosa Sejmet, en su aspecto benéfico.
Heródoto nos relata lo siguiente en relación con la dicha Fiesta de la Embriaguez:
‘Así pues, cuando se dirigen a Bubastis, hacen lo que sigue. Navegan hombres y mujeres juntos, llevando cada barca gran número de personas de ambos sexos; algunas mujeres llevan castañuelas y las hacen sonar, algunos hombres tocan la flauta en todo el trayecto y el resto de las mujeres y hombres cantan y dan palmadas. Y, cada vez que en el curso de la navegación pasan por otra ciudad, acercan la barca a tierra y hacen lo siguiente: mientras algunas mujeres siguen haciendo lo que he dicho, otras gritan y hacen burla de las mujeres de aquella ciudad, y otras bailan, y otras, puestas en pie se desnudan. Esto hacen al pasar por cada una de las ciudades ribereñas. Y cuando llegan a Bubastis, celebran la fiesta ofreciendo grandes sacrificios, y se consume más vino de uva en esta fiesta que en todo el resto del año. Y el número de personas que allí se reúnen, hombres y mujeres sin contar los niños, alcanza hasta las setecientas mil, al decir de las gentes del lugar...’. (Herodoto Historias II, 60).
Con la práctica del rito y la entonación de las fórmulas mágicas en forma de letanías se conseguía el fin deseado: la Protección del mundo creado y de la humanidad toda.
'¡Oh Sejmet, la única grande, Señora de Isheru!¡Oh Shentit que resides en Busiris!...¡Oh glorioso Ojo de Ra, Señora de las Dos Tierrras, que gobiernas la Isla de Fuego!. Homenaje a vosotros,¡oh dioses, los que dais la muerte, que estáis en pie detrás de Sejmet, que habéis venido como mensajeros del Ojo de Ra, para lanzar vuestras flechas desde su boca.......! ¡Seguid vuestro camino, apartaos de mí.
No iré a ningún lugar con vosotros. No tenéis poder sobre mí. No me atacaréis con ninguna desgracia en este año. Porque Yo soy Ra, el que aparece en su Ojo. Yo aparezco como Sejmet, como Uadyet. Yo soy Atum apareciendo detrás de sus cabezas!....¡Horus, vástago de Sejmet. colócate detrás de mi cuerpo para salvarlo completamente para la vida!.
Palabras que se dirán, sobre una pieza de tela de lino fino. Los dioses citados se dibujarán e ella y se sujetará con doce nudos. Se le ofrecerá pan y cerveza y se quemará incienso. Es un remedio para aplacar a los dioses en su séquito de Sejmet y de Thot. Palabras para ser dichas en el último día, desde el final del año hasta el primer día del principio del nuevo año, durante el festival Uag y en el primer día de la fiesta Ernutet’. (Papiro Leiden I, 1, 1-2, 5)
En el origen de estos relatos parece haber dos realidades profundas: una es de naturaleza astronómica. El Ojo del sol devora a los hombres y les envía sus epidemias por medio del calor abrasador. En efecto, tal como nos lo muestra el calendario de los Festivales de Esna la fiesta de ‘apaciguar a Sejmet’ se celebraba el día 30 de Paoni en la época malsana y calurosa del principio de nuestro mes de julio.
La otra realidad era, sin duda, de naturaleza psicológica. Hat-Hor la diosa del amor era, tanto, la gata dulce Bastet, como la terrible leona Sejmet. El rito de ‘apaciguar a Sejmet’ está conservado de modo completo en la ‘Biblioteca Litúrgica’ del Templo de Edfú.(Edfou VIII, 347, 13).
Y esto es lo que aquí nos interesa principalmente: para apaciguar a Hat-Hor/Isis se ofrecía un sistro y un amuleto Uadye. Se apaciguaba a la diosa con la música de los sistros, las danzas, la presentación de la clepsidra o la de la jarra menu.
Estas ceremonias tan especiales y particulares se celebraban para Hat-Hor e Isis, y para aquellas otras divinidades femeninas con las que se les asimilaba.
Francisco J. Martín Valentín.
Egiptólogo.
Bibliografía
De Wit, C. Les inscriptions du Temple d’Opet à Karnak. 3 vols. Bibliotheca Aegyptiaca XI-XIII. Bruselas, 1958-1968
Gutbub, A. ‘Un emprunt aux textes des pyramides dans l’hymne à Hathor, dame de l’ivresse’. En Mélanges Maspero, I Orient Ancient Quatriéme Fascicule. MIFAO. TOME LXVI El Cairo, 1961
Maystre, Ch. ‘Le Livre de la vache du ciel’. BIFAO 40 (1941)
Sethe, K. Zur Altägyptischen Sage vom Sonnenauge, das in der Fremde war. UGÄA 5, 3. Leipzig, 1912
West, S. ‘The Greek versión of tne legend of Tefnut’. JEA 55 (1969)
Zivie, Chr. 'Sistrum'. LÄ, V, 959, 960
Artículos y comunicaciones
Sábado 10 Enero 2009 - 23:05
Se ha visto cómo según las principales cosmogonías egipcias los dioses creadores del universo, utilizaron la magia para llevar a cabo su gran acto del génesis. Sus herramientas fueron el Pensamiento Volitivo, en el corazón; el Verbo Creador, en la lengua; la saliva, el semen, el barro y el nombre.
Éstos fueron los instrumentos de los dioses para crear y dar la vida, y éstas serían las herramientas básicas de los magos de Egipto para crear y proteger, a su vez, la vida, y obtener los efectos deseados sobre el medio que les rodeaba.
Generado el mundo, la vida debía renovarse diariamente. El sol, el dios Ra, salía al alba por el horizonte oriental y se ponía por el occidental. Cada día, la creación primigenia del mundo y de los seres vivos, se reproducía sin cesar. La magia seguía siendo necesaria para los dioses.
Para garantizar la pervivencia de este orden creado por la palabra divina, escrita o hablada, se hacía necesario concebir su necesario complemento. Para ello, los egipcios idearon las concepciones de la Verdad, la Justicia y el equilibrio cósmico.
Si el dios Thot era el dueño de las palabras mágicas creadoras, la diosa Maat, a la vez la hija y la madre de Ra, el dios que la había creado, sería su compañera por toda la eternidad.
La Verdad es lo contrario del error y de la mentira, por lo que su esencia es el conocimiento, la justicia y la razón. Esta diosa gozaba de la misma naturaleza que su creador, el dios Ra, y era el alimento diario del que se nutrían las divinidades en los templos para que la creación del primer día se repitiese sin cesar hasta el infinito.
Este, era el mayor acto de magia que cotidianamente se repetía, de manera constante, en todos los santuarios de Egipto.
El oficiante, ya fuese el rey o un sacerdote en su sustitución, en esencia, el Mago, decía esta invocación cuando hacía la ofrenda de Maat a los dioses: ‘He venido hasta ti, Yo soy Thot, vengo con mis dos manos juntas para traer la Maat. Maat ha venido para que esté contigo. Maat está en todo lugar donde tú estés para que te apoyes en ella.
He aquí que vienen los dioses y las diosas que están contigo llevando la Maat, saben que vives de ella.
Tu ojo derecho es Maat, tu ojo izquierdo es Maat, tus carnes y tus miembros son Maat, los vestidos de tu cuerpo son Maat, lo que comes es Maat, lo que bebes es Maat, los panes son Maat, tu cerveza es Maat...Tú existes porque Maat existe’. (citas del Papiro de Berlín nº 3055, Cap. XLII)
Para asegurar la regeneración diaria de la obra de la creación, consistente en fenómenos tan aparentemente sencillos como el nacimiento del nuevo día, los egipcios acudían a la magia, en la creencia de que, gracias a ella, se garantizaba que todo seguiría estando en un orden adecuado.
Así pues, los egipcios pensaban que el sol, en el universo recién creado, navegaba por el cielo, sobre la espalda de una diosa que podía ser, según las épocas y las tradiciones locales, Nut, Hat-Hor o Isis.
El viaje se hacía, como en el Nilo terrestre, sobre una barca; el dios Ra disponía de dos, una para su periplo diurno, por el firmamento celeste, y la otra para su viaje nocturno, sobre el Nilo subterráneo, que los egipcios creían, existía, traspasado el horizonte occidental.
Nos lo dice el Libro de los Muertos en su Capítulo 133:
‘Ra surge en su horizonte: su Enéada le acompaña cuando el dios sale de su cámara secreta. Un estremecimiento se apodera del horizonte oriental del cielo a la voz de Nut, que despeja los caminos para Ra, en presencia del gran dios que hace su recorrido. ¡Elévate, Ra, que te hallas en tu aposento divino, a fin de que engullas los vientos, que aspires la brisa del Norte, que absorbas la médula espinal, que caces con el lazo el día, que respires Maat, que distribuyas tu séquito y que navegues en tu barca hacia el cielo inferior!.
Los grandes tiemblan, conmovidos ante tu voz: tú vuelves a poner en orden tus huesos, agrupas tus miembros y vuelves tu rostro hacia el bello Occidente.
Apareces renovado día tras día, señor del placer; tú eres esta imagen de oro que lleva el esplendor del Disco, y el cielo se estremece todo entero cuando tú vuelves, de nuevo, cada día. . El horizonte se regocija con ello, y los que están tirando de las cuerdas de tu barca, lanzan gritos de júbilo’.
El amanecer era, así pues, para los egipcios un renovado acto creador, fruto de la magia de los dioses. La tierra del primer día se abría de nuevo para todos los poderes bienhechores que vivían de la luz y hacían vivir a todos los seres vivos.
Existía una poderosa fórmula para garantizar esa renovación diaria, que también era aplicable a los difuntos; se trata de la consignada en el capítulo 130 del Libro de los Muertos:
‘El cielo se abre, la tierra se abre, el Occidente se abre, el Oriente se abre; se abren también las Dos Capillas del Alto y del Bajo Egipto; las hojas de las puertas se abren para él, cuando sale del horizonte. Las dos puertas de la barca de la noche se abren para él, mientras que se despliegan para él las dos hojas de la puerta de la barca diurna.
Él respira Maat, alienta a Shu y crea a Tefnut, mientras le siguen los que están en su séquito.’
El sol, una vez en el cielo, seguía su periplo sobre el río que, pensaban los egipcios, había allí, y atravesaba los campos, como si de la tierra se tratase.
Es ésta, evidentemente, una de las más importantes máximas de las enseñanzas herméticas que proclama que: ‘lo que está arriba, está abajo y de que, necesariamente, son las cosas existentes arriba las que han organizado en su conjunto y llenado de seres, la naturaleza entera, que está abajo’. (Corpus Hermeticum. Estobeo XXIII, 2, 5-7)
De nuevo, el Libro de los Muertos recoge en su capítulo 149 otra fórmula mágica de gran poder para evocar las moradas de la presencia divina del sol, bajo la forma sagrada del dios Horus de los Horizontes, Hor-Ajty:
‘Soy rico en todas las cosas cuando navego con Ra en los Campos de los Juncos.
Sus muros son de cobre y la altura de su cebada es de cinco codos; sus espigas miden dos codos y sus tallos, tres codos; su centeno, alcanza siete codos de alto, con espigas de tres codos y tallos de cuatro codos. Allí están los bienaventurados que miden nueve codos de alto, y cada uno de ellos siega ese centeno, al lado de Hor-Ajty.’
Cuando el sol desaparecía por el horizonte occidental, surgía un nuevo día en el mundo subterráneo para los difuntos, los cuales se acercaban a las orillas del río Nilo inferior, para ver pasar la barca del sol en su navegación nocturna. Entonces recibían, en su presencia, la luz y el hálito de vida.
Esta poderosa fórmula mágica, que permitiría al difunto, para quien fuera recitada, salir a la luz del día en cualquier transformación que desease, está recogida en el capitulo 14 del Libro de los Muertos:
‘¡Homenaje a ti, Ra-Atum, en tus hermosas apariciones!. Tras haber nacido por el Oriente, te has ocultado, pacíficamente, en el retiro del horizonte occidental, tu lugar de reposo, tu dominio que se halla en Manu , donde tu Úreus te rodea completamente. ¡Sé bienvenido!, el Ojo de Atum se une a ti y ejerce su protección sobre tu cuerpo, cuando recorres el cielo y cuando llegas a la tierra, después de haber dado escolta a la luz.
Las Dos Capillas se acercan a ti , respetuosamente inclinadas, y te tributan alabanzas todos los días; los dioses del Occidente aclaman tu belleza; aquéllos cuyas moradas están ocultas, te adoran; los que están en la Barca de la noche te transportan, y las Almas de Oriente te glorifican ante tu proximidad, diciendo: ¡Sé bienvenido, tú que vienes en paz!. ¡Alabanzas para ti, Señor del cielo, que gobiernas el Occidente!.’
El viaje solar nocturno tenía en su camino múltiples dificultades que había que superar. Las fuerzas del mal, propiciando el caos y el desorden, tratarían siempre de impedir que el nuevo día de la creación primigenia se reprodujera.
Estas fuerzas se encarnaban en la forma de una serpiente que atacaba sin cesar a la barca del sol.
Ella representaba el principio eterno del retorno a la no existencia, al caos anterior a la creación del mundo por los dioses.
Pero la magia acudiría de nuevo en ayuda del sol y de sus compañeros de viaje nocturno, entre los cuales, se encontraba el difunto que conociese las fórmulas adecuadas. El capítulo 108 del Libro de los Muertos recoge estas poderosas invocaciones:
‘La montaña de Baju, sobre la que reposa el cielo está formada por unas murallas que miden codos de siete palmos y medio, conforme a la medida de la Balanza de las Dos Tierras (Menfis); tiene trescientos codos de longitud y ciento cincuenta de ancho.
El dios cocodrilo Sobek, Señor de Baju, reside al Este de esta montaña. Su templo está construido con piedra herset (cornalina). Hay una serpiente en la cima de esta montaña, tiene treinta codos de largo; los primeros ocho codos de su cuerpo son de sílex.
Yo conozco el nombre de esta serpiente que mora sobre su montaña, su nombre es: ‘El que está sobre su montaña, el que está en su llama’.
Cuando el sol se para en el cenit, al mediodía, esta serpiente vuelve su mirada contra Ra y la navegación de la barca se detiene, produciéndose una gran confusión entre los que la conducen, porque la serpiente se traga siete codos de la corriente de agua. Entonces, el dios Seth arroja contra ella su lanza de cobre y la hace devolver todo lo que ha tragado.
Después Seth se coloca delante de ella y le dice bajo la forma de invocación de magia:
‘¡Que la punta de cobre que está en mi mano te haga retroceder. Yo me alzo delante de ti, a fin de que la navegación de la barca vuelva a ser armoniosa y justa.!. ¡ Oh Tú, que has mirado desde lejos y que ahora has vuelto a cerrar tu ojo: oculta ahora tu cabeza para que pueda navegar!. ¡Retrocede, pues yo soy el macho que cubre tu cabeza y vierte agua fría sobre tu boca (para apagar el fuego que sale de ella)!.¡Gracias a ello yo soy vigoroso y gozo de salud y fuerza!. ¡Soy el gran conocedor de las encantaciones mágicas, el hijo de Nut, y coloco frente a ti mi poderío eficaz!.
¿Qué te sucede, pues, ¡oh espíritu! que caminas sobre tu vientre, tu cola y tus vértebras?.
Mira: me alejo (de ti) ahora con tu fuerza en mi mano, pues yo soy quien tiene el poder. He venido, en el lugar de Ra, para adueñarme de las serpientes Akeru, para que Él esté en paz al caer la tarde, cuando termine su viaje por el cielo superior.
¡Ahora tú estás encadenada y sujeta.!
Esto es lo que, en prevención, se había ordenado contra ti. De esta manera Ra se ocultará en paz en su horizonte.’
Francisco J. Martín Valentín.
Egiptólogo
De la obra del autor Los Magos del Antiguo Egipto. Madrid, 2002
Bibliografia
Assmann, J. Ma’at: Gerechtigkeit und Unsterblichkeit im alten Ägypten. Munich, 1990
Moret, A. Le rituel du culte divin journalier en Ègypte. Paris, 1902
Festugière, A. J. Corpus Hermeticum. Paris 1983
Libro de los Muertos. Ed. de Federico Lara Peinado. Madrid, 1989
Artículos y comunicaciones
Viernes 09 Enero 2009 - 21:04
Una de las partes rituales más importantes en la práctica del culto divino diario desarrollado en los templos egipcios consistía en la ejecución de los actos que procuraban el pacífico despertar de la divinidad. Al amanecer se entonaban por los sacerdotes responsables de dicho culto una serie de cantos especiales para hacer despertar al dios.
En la Capilla-Templo de Debod de Madrid tales salmodias están dirigidas a Im-Hotep divinizado.
Este personaje, que está reputado haber sido arquitecto del Horus Netcheryjet (Dyeser), durante la dinastía III (hacia 2667-2684 a. C.) y diseñador responsable de la construcción de la célebre pirámide escalonada de Sakara, fue considerado a partir de la Baja Época como una divinidad vinculada al prestigioso dios Ptah de Menfis, y en época grecorromana fue directamente identificado en Egipto con el dios griego de la medicina, Asclepios.
En efecto, en el templo egipcio de Debod, en el registro inferior de la jamba Norte de la Capilla de Adijalamani, que forma actualmente la parte central del templo, se muestra a Im-Hotep divinizado, detrás del dios Thot, en el acto de purificar con el agua vertida de una vasija kebeh al oficiante (faraón o sacerdote) que entra al santuario.
Los textos allí inscritos dicen:
‘El sacerdote ritualista Jefe, el escriba real, Im-Hotep, el grande.
Palabras dichas por Thot, dando la vuelta en cada una de las Dos Tierras:
[(Él es) quien viene a aquél que le llama en todos los lugares].
(Él es) el hijo de Ptah, de sagrada apariencia…..[en] los templos, como Horus….(de) las Dos Tierras, [cuando aparece] hace la vida de......espíritu renacido junto con los dioses’.
‘¡Despierte tu bello rostro, que ama tu divino padre!, (entonces) los dioses viven en paz cuando lo contemplan.
¡Despierten tus ojos sagrados, resplandezcan!; (cuando) miran tus dos pupilas, clarean las Dos Tierras.
¡Despierten tus dos orejas, escuchen la oración!, su nombre es 'mirra'.
¡Despierte tu nariz (y) atraiga el aliento vital para henchir todos los cuerpos con tu belleza!.
¡Despierte [tu] lengua......la mentira! ; (ella) se nutre de toda cosa que sale de los vivientes, (de la que) se alimentan tus dos labios.
¡Despierten estas (tus) dos pupilas! (entonces) se descubre el sol naciente (Horus)....para ver resplandecer al que (es) de electrum.
¡Despierta todo tú entero.....bajo tu... ruta...¡; se alzan las ofrendas alimentarias............¡mira!.....las Dos Tierras.............’ .
Por su parte, en el registro inferior de la jamba Sur, se muestra también a Im-Hotep divinizado, situado detrás del dios Horus, en idéntica acción de purificar al oficiante que entra.
Dicen las inscripciones existentes en este lugar:
‘[El Jefe Superior] de los escribas del rey en el Alto y en el Bajo Egipto; [el conocedor (de las cosas sagradas)], el que es dulce (en cuanto a sus) dos manos cuando anuncia [la concesión de la] salud; [la paz para toda abominación, dotado de vida, como Ra, eternamente.] Grande, en la tierra entera (lit. ‘hasta sus confines’), [Im-Hotep].
Ensalzar al hijo de Ptah, nacido de Je[redu-Anj], [am]ado del carnero, Señor de Dyedu (Mendes)…….[Amado de Ptah en Anj-Tauy, dotado de vida, como Ra], eternamente.’:
[Despierten] tu espalda con tus dos manos!.
¡(Despierte) tu cuerpo espléndido hecho por El-de-bello-rostro (Ptah)!.
¡(Despierte tu) parte trasera (y) puedas sentarte confortablemente (sobre) [tu barca]!. ¡Haz lo que amas en las Dos Tierras, conforme a tu deseo!.
¡[Despierten] tus muslos y tus dos huesos de tus dos piernas, (y) lo que está [en] el lugar que tu amas!.
¡Despierten las dos plantas de tus pies y tus uñas!. (Entonces) Debod permanece.
¡Despierte todo tu divino cuerpo en paz y salud!. ¡Despierte la Corona Blanca (y) la diadema que ha hecho Ptah!.
¡Despierten las Dos Altas Plumas estables sobre tu cabeza!… los kau para todas las tierras. ¡[Despierte] tu Doble Corona, junto contigo!.
¡(Despierte) tu Corona Blanca (y) los dos úreos (que) te protegen!.
¡Despierte.........[con] tu poder, con tu ojo (y) tu resplandor, como Ojo izquierdo (de Ra)!. ¡Tú (eres) Ra!.'
Esta doble representación de Im-Hotep divinizado es otra de las especiales características de la Capilla de Adijalamani en el Templo egipcio de Debod. Sin embargo, tal hecho coincide con la tradición meroíta.
En efecto, aunque el culto a este ser de naturaleza semi-divina, patrón de los escribas y de la medicina, dotado con un especial carácter de protector de la realeza, y sanador de todas las enfermedades y dolencias, tanto espirituales como físicas, está constatado durante el periodo ptolemaico en numerosos templos de Egipto, no es menos cierto que también recibió culto en Meroe, como lo prueban las imágenes de dicha divinidad realizadas por orden de Arkamani (Ergamenes II) en el templo de Kalabsha, y en la Capilla de dicho rey en el templo de Dakka.
La presencia de Im-Hotep en la Capilla de Debod debe ser relacionada con la devoción que los soberanos meroítas (en este caso, Adijalamani) tenían a este dios para poder obtener su protección. Así lo indican los textos de la Capilla de Arkamani en Dakka, y lo sugieren las inscripciones insertas en el templo de Im-Hotep existente en la isla de Filé:
‘Yo te doy todo lo que he hecho con mis manos. Palabras dichas por Im-Hotep, hijo de Ptah y de Jenum que está en Elefantina, sublime aparición para aquel que le es propicio. ¡Oh Gran Im-Hotep, hijo de Ptah , tú vuelas como un halcón en el firmamento, tú viajas con tu alma sublime!. Tú vienes, ¡Oh halcón divino!, en compañía de los que no conocen el reposo. Tú viajas en la barca solar en compañía de los que no desfallecen y ellos abren las grandes puertas de marcha solemne. Tu gran rostro se ilumina sobre tu camino...Osiris se regocija al verte llegar al Gran Palacio. Tú recibes cada día el pan de las ofrendas, como Horus...’ .
Sin embargo es curioso contrastar como Im-Hotep, hijo del dios Ptah y de la Dama Jeredu-Anj, también fue invocado por los reyes alejandrinos, quienes buscaron la protección de este ser humano divinizado al igual que sus enemigos indirectos, los meroítas. Ptolomeo V Epifanes (205-180 a. C.) se colocó bajo la protección de Im-Hotep en el pequeño templo dedicado a esta divinidad en la isla de Filé. No obstante, resulta sospechoso el hecho de que el rey ptolemaico mostrara su interés por Im-Hotep en la misma zona y, casi al mismo tiempo, que lo habían hecho los reyes negros de Meroe.
En cualquier caso es claro que la presencia de Im-Hotep en la Capilla de Adijalamani, en Debod, demuestra que los reyes meroítas trajeron desde su capital en Meroe la advocación a este santo personaje, cuyo culto probablemente había tenido su origen en el Bajo Egipto, y su principal lugar de culto fue la ciudad de Menfis, aunque ello no impidió que fuese objeto de adoración en el profundo Sur del Nilo.
Francisco J. Martín Valentín
Egiptólogo
Las traducciones de las inscripciones recogidas en este artículo han sido realizadas por el autor.
Bibliografía:
Almagro Basch, M. El Templo de Debod. Instituto de Estudios Madrileños. Madrid 1971
Baines, J. ‘Kingship, Definition of Culture, and Legitimation’. En O'Connor-Silverman (Eds.) Ancient Egyptian Kingship. Leyden-Nueva York-Colonia, 1995
Daumas, F. y Derchain, Ph. Debod, Textes hiéroglyphiques et description archéologique. CDE. El Cairo, 1960
Roeder, G. Dedob bis Bab Kalabscha. 3 vols. El Cairo, 1911
Roeder, G. Der Tempel von Dakke. 2 vols. El Cairo, 1930
Wildung, D. Imhotep und Amenhotep Gottwerdung im alten Ägypten. MÄS 36 (1977)
Wildung, D. ‘Imhotep’, LÄ, III, 145-148
Este personaje, que está reputado haber sido arquitecto del Horus Netcheryjet (Dyeser), durante la dinastía III (hacia 2667-2684 a. C.) y diseñador responsable de la construcción de la célebre pirámide escalonada de Sakara, fue considerado a partir de la Baja Época como una divinidad vinculada al prestigioso dios Ptah de Menfis, y en época grecorromana fue directamente identificado en Egipto con el dios griego de la medicina, Asclepios.
En efecto, en el templo egipcio de Debod, en el registro inferior de la jamba Norte de la Capilla de Adijalamani, que forma actualmente la parte central del templo, se muestra a Im-Hotep divinizado, detrás del dios Thot, en el acto de purificar con el agua vertida de una vasija kebeh al oficiante (faraón o sacerdote) que entra al santuario.
Los textos allí inscritos dicen:
‘El sacerdote ritualista Jefe, el escriba real, Im-Hotep, el grande.
Palabras dichas por Thot, dando la vuelta en cada una de las Dos Tierras:
[(Él es) quien viene a aquél que le llama en todos los lugares].
(Él es) el hijo de Ptah, de sagrada apariencia…..[en] los templos, como Horus….(de) las Dos Tierras, [cuando aparece] hace la vida de......espíritu renacido junto con los dioses’.
‘¡Despierte tu bello rostro, que ama tu divino padre!, (entonces) los dioses viven en paz cuando lo contemplan.
¡Despierten tus ojos sagrados, resplandezcan!; (cuando) miran tus dos pupilas, clarean las Dos Tierras.
¡Despierten tus dos orejas, escuchen la oración!, su nombre es 'mirra'.
¡Despierte tu nariz (y) atraiga el aliento vital para henchir todos los cuerpos con tu belleza!.
¡Despierte [tu] lengua......la mentira! ; (ella) se nutre de toda cosa que sale de los vivientes, (de la que) se alimentan tus dos labios.
¡Despierten estas (tus) dos pupilas! (entonces) se descubre el sol naciente (Horus)....para ver resplandecer al que (es) de electrum.
¡Despierta todo tú entero.....bajo tu... ruta...¡; se alzan las ofrendas alimentarias............¡mira!.....las Dos Tierras.............’ .
Por su parte, en el registro inferior de la jamba Sur, se muestra también a Im-Hotep divinizado, situado detrás del dios Horus, en idéntica acción de purificar al oficiante que entra.
Dicen las inscripciones existentes en este lugar:
‘[El Jefe Superior] de los escribas del rey en el Alto y en el Bajo Egipto; [el conocedor (de las cosas sagradas)], el que es dulce (en cuanto a sus) dos manos cuando anuncia [la concesión de la] salud; [la paz para toda abominación, dotado de vida, como Ra, eternamente.] Grande, en la tierra entera (lit. ‘hasta sus confines’), [Im-Hotep].
Ensalzar al hijo de Ptah, nacido de Je[redu-Anj], [am]ado del carnero, Señor de Dyedu (Mendes)…….[Amado de Ptah en Anj-Tauy, dotado de vida, como Ra], eternamente.’:
[Despierten] tu espalda con tus dos manos!.
¡(Despierte) tu cuerpo espléndido hecho por El-de-bello-rostro (Ptah)!.
¡(Despierte tu) parte trasera (y) puedas sentarte confortablemente (sobre) [tu barca]!. ¡Haz lo que amas en las Dos Tierras, conforme a tu deseo!.
¡[Despierten] tus muslos y tus dos huesos de tus dos piernas, (y) lo que está [en] el lugar que tu amas!.
¡Despierten las dos plantas de tus pies y tus uñas!. (Entonces) Debod permanece.
¡Despierte todo tu divino cuerpo en paz y salud!. ¡Despierte la Corona Blanca (y) la diadema que ha hecho Ptah!.
¡Despierten las Dos Altas Plumas estables sobre tu cabeza!… los kau para todas las tierras. ¡[Despierte] tu Doble Corona, junto contigo!.
¡(Despierte) tu Corona Blanca (y) los dos úreos (que) te protegen!.
¡Despierte.........[con] tu poder, con tu ojo (y) tu resplandor, como Ojo izquierdo (de Ra)!. ¡Tú (eres) Ra!.'
Esta doble representación de Im-Hotep divinizado es otra de las especiales características de la Capilla de Adijalamani en el Templo egipcio de Debod. Sin embargo, tal hecho coincide con la tradición meroíta.
En efecto, aunque el culto a este ser de naturaleza semi-divina, patrón de los escribas y de la medicina, dotado con un especial carácter de protector de la realeza, y sanador de todas las enfermedades y dolencias, tanto espirituales como físicas, está constatado durante el periodo ptolemaico en numerosos templos de Egipto, no es menos cierto que también recibió culto en Meroe, como lo prueban las imágenes de dicha divinidad realizadas por orden de Arkamani (Ergamenes II) en el templo de Kalabsha, y en la Capilla de dicho rey en el templo de Dakka.
La presencia de Im-Hotep en la Capilla de Debod debe ser relacionada con la devoción que los soberanos meroítas (en este caso, Adijalamani) tenían a este dios para poder obtener su protección. Así lo indican los textos de la Capilla de Arkamani en Dakka, y lo sugieren las inscripciones insertas en el templo de Im-Hotep existente en la isla de Filé:
‘Yo te doy todo lo que he hecho con mis manos. Palabras dichas por Im-Hotep, hijo de Ptah y de Jenum que está en Elefantina, sublime aparición para aquel que le es propicio. ¡Oh Gran Im-Hotep, hijo de Ptah , tú vuelas como un halcón en el firmamento, tú viajas con tu alma sublime!. Tú vienes, ¡Oh halcón divino!, en compañía de los que no conocen el reposo. Tú viajas en la barca solar en compañía de los que no desfallecen y ellos abren las grandes puertas de marcha solemne. Tu gran rostro se ilumina sobre tu camino...Osiris se regocija al verte llegar al Gran Palacio. Tú recibes cada día el pan de las ofrendas, como Horus...’ .
Sin embargo es curioso contrastar como Im-Hotep, hijo del dios Ptah y de la Dama Jeredu-Anj, también fue invocado por los reyes alejandrinos, quienes buscaron la protección de este ser humano divinizado al igual que sus enemigos indirectos, los meroítas. Ptolomeo V Epifanes (205-180 a. C.) se colocó bajo la protección de Im-Hotep en el pequeño templo dedicado a esta divinidad en la isla de Filé. No obstante, resulta sospechoso el hecho de que el rey ptolemaico mostrara su interés por Im-Hotep en la misma zona y, casi al mismo tiempo, que lo habían hecho los reyes negros de Meroe.
En cualquier caso es claro que la presencia de Im-Hotep en la Capilla de Adijalamani, en Debod, demuestra que los reyes meroítas trajeron desde su capital en Meroe la advocación a este santo personaje, cuyo culto probablemente había tenido su origen en el Bajo Egipto, y su principal lugar de culto fue la ciudad de Menfis, aunque ello no impidió que fuese objeto de adoración en el profundo Sur del Nilo.
Francisco J. Martín Valentín
Egiptólogo
Las traducciones de las inscripciones recogidas en este artículo han sido realizadas por el autor.
Bibliografía:
Almagro Basch, M. El Templo de Debod. Instituto de Estudios Madrileños. Madrid 1971
Baines, J. ‘Kingship, Definition of Culture, and Legitimation’. En O'Connor-Silverman (Eds.) Ancient Egyptian Kingship. Leyden-Nueva York-Colonia, 1995
Daumas, F. y Derchain, Ph. Debod, Textes hiéroglyphiques et description archéologique. CDE. El Cairo, 1960
Roeder, G. Dedob bis Bab Kalabscha. 3 vols. El Cairo, 1911
Roeder, G. Der Tempel von Dakke. 2 vols. El Cairo, 1930
Wildung, D. Imhotep und Amenhotep Gottwerdung im alten Ägypten. MÄS 36 (1977)
Wildung, D. ‘Imhotep’, LÄ, III, 145-148
Artículos y comunicaciones
Jueves 08 Enero 2009 - 22:38
En el antiguo Egipto la magia y la religión estaban íntimamente unidas, hasta tal punto que, si se profundiza en el estudio de la segunda, inevitablemente se termina encontrando la primera. Es imposible separar la religión de la magia en la concepción de las creencias y prácticas religiosas de los antiguos egipcios.
Tradicionalmente se ha querido considerar que la magia en Egipto era un mundo aparte de la religión, como una especie de disciplina inferior, fruto de la superstición de los egipcios . Esta idea, desacertada en su planteamiento maniqueo del simple enfrentamiento entre lo bueno y lo malo, debe ser revisada.
Los egipcios siempre fueron conocedores de las leyes que rigen el universo. Plantearon su explicación cosmológica desde claros axiomas tales como la adecuada inserción del hombre, una parte más de la creación, en el ámbito en el cual debía desarrollar su periodo de vida. Veneraron las potencias, manifestación de lo divino, como orden superior, y lo cultivaron.
Pero, para acercarse al mundo de sus divinidades o, mejor dicho, de lo divino, utilizaron toda una serie de herramientas propiciatorias que no fueron, sino lo que nosotros hemos llamado magia. Gracias a los actos favorables y a la armonía con la naturaleza, ellos esperaban alcanzar los objetivos propuestos, que iban, desde la obtención de una buena cosecha, pasando por la adecuada crecida del río Nilo, hasta la destrucción de los enemigos o la curación de las enfermedades. Todo ello, se alcanzaba por medio de la magia.
Y los dioses crearon el mundo por medio del Verbo
Los magos de Egipto hacían remontar sus conocimientos al mundo de los dioses. Ellos crearon el universo, ellos se desenvolvieron en combates por el poder, ellos tuvieron enemigos, sufrieron las envidias, los odios; ellos padecieron enfermedades y curaron de ellas...y todo lo consiguieron a partir del poder mágico que poseían.
Desde tal punto de vista, los primeros actos mágicos que recuerda la ancestral memoria egipcia fueron los ejecutados por los dioses cosmogónicos para llevar a cabo la creación del mundo.
Gracias a los más antiguos escritos religiosos conocidos, que son los Textos de las Pirámides de las dinastías V y VI (hacia el 2.600 a. de C.), existentes en la necrópolis de Sakara, podemos conocer la manera en que los egipcios imaginaban el universo antes de la creación.
En aquél tiempo no existía todavía el cielo, ni la tierra; no había hombres, y los dioses no habían nacido todavía, ni siquiera existía aún la muerte. Los gérmenes de todo ser y de toda cosa se encontraban en estado inerte, confundidos en el seno de un abismo llamado el Nun.
En el Nun flotaba un espíritu divino indefinido que llevaba en sí mismo la semilla de todas las existencias que vendrían después. De ahí su nombre, Tum, o Atum, que quiere decir al mismo tiempo la nada y la totalidad. Tum se encontraba en estado informe, inestable e inconsistente. En un momento determinado, Tum sintió la necesidad de desarrollar una actividad creadora y deseó dar vida en su corazón a todo lo que existe. Y entonces, se alzó fuera del Nun y de las cosas inertes. En ese puntual momento, se hizo la luz y existió el sol.
Estas nociones, que servirán para comprender más fácilmente lo que a continuación se va a exponer, eran la base primera de la explicación egipcia del paso de la no existencia a la existencia.
Pero, en realidad, los egipcios no estuvieron sujetos al dogma como sucede con nuestras religiones reveladas, de modo que tampoco parece que les preocupase demasiado la exactitud de tales nociones, fruto de las escuelas teológicas de turno.
Así, eran perfectamente compatibles las creencias que hacían creadores del cosmos y de todo lo que existe a dioses diferentes, según la localidad egipcia de que se tratase. Solamente se discutía quien fue antes, si Ptah de Menfis, o Atum de Heliópolis, pero, la verdad sea dicha, sin demasiadas complicaciones.
Menfis
La teología de la ciudad de Menfis, una de las más prestigiosas y antiguas de Egipto, hacía del dios Ptah el creador primigenio del mundo.
Ptah era una divinidad habitualmente representada como una momia con las manos fuera de sus vendajes en las que sujetaba tres amuletos de gran poder mágico: el cetro Uas, el pilar Dyed y la cruz de vida, Anj.
El dios estaba tocado con un casquete que dejaba al aire sus dos orejas. Una barba recta adornaba su rostro.
Siempre se le mostraba subido sobre un objeto trapezoidal que era la expresión ideográfica de la idea de ‘Justicia’, ‘Equilibrio’; es decir, la Maat. De este modo se quería representar que, cuando se produjo la creación del primer día, él ya se alzaba sobre el principio regulador del orden que organizó el caos.
Los relatos religiosos de la teología de Menfis nos relatan que este dios creador realizó desde el principio su labor actuando con sus poderes mágicos.
Al inicio, según nos cuentan dichos textos, solo existía el gran, inmóvil e infinito mar de las aguas del caos. No se había hecho la luz, pero tampoco la oscuridad. La gran materia universal estaba inerte.
Pero Ptah, el increado, ya estaba allí. Y en su corazón se concibió la imagen del dios Atum. Y Ptah utilizó su lengua para pronunciar el nombre del nuevo dios, y en su virtud, Atum fue creado por Ptah.
Y lo mismo hizo Ptah para dar vida a las primeras aguas, llamadas Nun y Nunet; las primeras extensiones vacías, a las que llamó Huh y Huhet; y creó también las primeras fuerzas negativas para hacer equilibrio contra las positivas, y las llamó Niau y Niauet; y creó a Amón y a Amonet, dioses de lo que no se vé.
Él ordenó la vida de todos los dioses y de sus Kau, o esencias energéticas.
De esta manera, se manifestó la supremacía del corazón y de la lengua sobre todos los seres, conforme a la enseñanza antigua que explica que, el corazón es el elemento dominante de cada cuerpo, y la lengua, el elemento dominante de cada boca, en todos los dioses, todos los hombres, todos los animales y todo lo que vive.
El corazón concibe y la boca ordena. Estos fueron los medios mágicos de los que se valió el dios Ptah para crear el mundo, los dioses y todos los seres vivos. En su virtud, deseando con el corazón, centro de todo sentimiento y sede del conocimiento consciente, el dios concibió los elementos del universo que, enseguida, fueron exteriorizados por medio del Verbo Creador.
El valor mágico de la palabra estaba, pues, omnipresente en la civilización egipcia. Sin duda, la palabra fue el más importante instrumento de trabajo de todos sus magos.
Heliópolis
Otra gran ciudad santa de Egipto, la prestigiosa Iunu, la Heliópolis de los griegos, concibió su propio mito creador en torno, esta vez, al dios Atum-Ra.
Este dios, cuyo nombre significaba ‘lo que está completo, perfecto’ , era normalmente representado bajo la forma de un hombre que llevaba sobre su cabeza la doble corona del Alto y del Bajo Egipto.
Antes de la creación se decía que había estado sumergido en el océano primordial, el Nun. Esto sucedió antes de que la tierra y el cielo fueran separados. Estas aguas primordiales que contenían a Atum, tenían también en sí mismas todas las esencias de los demás dioses, de los hombres y de los otros seres vivos.
Atum estaba, pues, inerte, sin posibilidad de ponerse erecto sobre sí mismo.
En ese momento, cuentan los textos, Atum habló al Nun y le dijo: ‘Yo flotaba absolutamente inerte, entonces mi hijo, la Vida, me hizo consciente haciendo vivir mi corazón, reuniendo mis miembros, hasta entonces inmóviles.’ Y Nun dijo a Atum: ‘Respira tu hija Maat, elévala hasta tu nariz, a fin de que tu corazón viva. Que tu hija Maat y tu hijo Shu, cuyo nombre es también Vida, no se aparten de ti’.
El dios, masturbándose, ingirió su propio semen, semilla de vida, y de este modo, parió a Shu, el aire, el vacío, y a Tefnut, la humedad, expulsándolos de su boca en forma de saliva. Después, procedió a separar a los dos dioses que yacían juntos, interponiéndose entre ambos. Así, del Uno surgió el Tres.
De la unión carnal entre el dios Shu y su hermana, la diosa Tefnut, la primera pareja del mundo, nacieron los elementos espaciales del universo: Gueb, el dios de la tierra, y Nut, la diosa del cielo.
La tierra era, pues, para los egipcios el elemento masculino y el cielo, el principio femenino y fecundo del mundo, pues de él partía la luz imprescindible para el nacimiento de la vida.
Esta segunda pareja tuvo, a su vez, cuatro hijos : Osiris, Isis, Seth y Neftis.
Eran dos nuevas parejas que se unirían de nuevo entre sí, practicando el incesto ritual. La primera de ellas, constituida por Osiris e Isis, simbolizaba las potencias de fertilidad del suelo y el equilibrio de la vida; la segunda, la esterilidad y los trastornos infelices. De este modo se contraponía el valle, verde y fértil, frente al desierto, estéril y amenazador.
Así, la Eneáda de los dioses fue perfecta: el número Nueve regía la creación.
La narración heliopolitana de la creación del mundo, deja testimonio en los textos que la relatan de la gran fuerza mágica utilizada para llevarla a cabo.
En estos relatos se hace una mención casi constante del término ‘Jeper’, que viene a significar algo parecido a ‘venir a la existencia, manifestarse’, y de su derivado ‘Jeperu’ que significa ‘formas o manifestaciones materializadas’.
Los textos repiten, en forma mántrica dichas palabras enormemente poderosas. Era la invocación repetida para instar la ‘manifestación de lo que se quería crear’.
Hermópolis
La ciudad de Hermópolis, situada en el Egipto Medio y lugar de culto del dios Thot, también concibió su propio mito cosmogónico en torno a los métodos mágicos empleados por este dios, el gran mago por excelencia, patrón de la sabiduría y de la escritura, que era representado bajo la forma de un hombre con cabeza de Ibis sagrado, (Threskiornis aethiopicus), o bajo el aspecto de un babuino (Papio Cynocephalus).
Thot llevó a cabo su acto creador por medio de la utilización mágica del número Ocho, el elegido para expresar la perfección de la obra del demiurgo.
Así pues, y de creer a la cosmogonía hermopolitana, al principio, existían ocho dioses primordiales que estaban situados sobre la colina primigenia, el primer montículo de tierra que emergió de las aguas del océano caótico.
Eran cuatro parejas divinas compuestas de un macho y una hembra, cada una de ellas. Habían tomado la forma de ranas y serpientes. Sus nombres eran Nun y Nunet, representaciones del elemento líquido; Hehu y Hehet, símbolos de la eternidad del tiempo; Keku y Keket, la oscuridad del mundo sin luz; y, finalmente, Amon y Amonet, la potencia divina Oculta que guardaba dentro de sí misma el caos primordial.
Según la expresada doctrina, fueron estos ocho dioses los que concibieron la creación del mundo. Elaboraron un gran huevo que depositaron sobre la colina primordial donde residían, del cual salió, brillante y esplendente, el propio astro solar, el dios Ra.
Conforme a otras versiones, lo que los Ocho de Hermópolis crearon fue un nenúfar, la hermosa flor de las aguas, cuyos pétalos se abrieron para dar vida al sol en forma de niño con el dedo en la boca y tocado con una corona que llevaba el Úreus.
De este modo, la elevación de esta flor de las aguas hasta la nariz de los dioses o de los difuntos, tal y como vemos en las tumbas egipcias, quería significar la creación de la vida solar y el nacimiento a una nueva vida de eternidad, a ejemplo e imitación del dios Ra.
De la obra del autor Los Magos del Antiguo Egipto. Madrid, 2002, 17-24
Francisco J. Martín Valentín.
Egiptólogo
Bibliografía
Bourghouts, J. F. ‘Magie’. LÄ, III, 1137-1151
Erman, A. La religion des Égyptiens. Paris, 1952
Faulkner, R. O. The papyrus Bremner-Rhind. Bruxelles, 1933
Faulkner, R. O. The Ancient Egyptian Pyramid Texts. Oxford, 1969
Faulkner, R. O. The Ancient Egyptian Coffin Texts. I-III. Warminster, 1973-1978
Hornung, E. Introducción a la egiptología. Madrid, 2000
Kákosy, L. ‘Atum’. LÄ, I, 550-552
Kurt, D. ‘Thot’. LÄ, VI, 497-523
Libro de los Muertos. Ed. de Federico Lara Peinado. Madrid, 1989
Sethe, K. Das Denkmal Memphitischer Theologie. Der Shabako Stein des Britischen Museums. Leipzig, 1928
Te Velde, H. ‘Ptah’. LÄ, IV, 1177-1180
Artículos y comunicaciones
Miércoles 07 Enero 2009 - 23:25
Si se estudia el contenido de las escenas litúrgicas recogidas en los muros de los templos egipcios, no importa de que época, el investigador percibirá que, probablemente, la única regla presente en todos ellos de manera permanente es la diferencia entre sí, dentro de su homogeneidad.
El dios Thot purificando al oficiante. Templo de Debod. Foto IEAE
En modo alguno puede negarse que todas las escenas podrían clasificarse en una suerte de catálogo canónico utilizado con carácter general; por ejemplo, en todos encontraremos al rey ofreciendo Maat a la divinidad, las invocaciones a la divinidad, las ofrendas de alimentos sólidos o líquidos, el soberano tañendo los sistros, o la escena de ofrenda de los collares.
Sin embargo, el ritmo de su presentación, sus interrelaciones, los tocados ceñidos en la cabeza del rey, el orden de las escenas con los juegos simbólicos de los puntos cardinales, u otras variables, utilizadas de modo aleatorio por los sacerdotes diseñadores, hacen de cada templo un conjunto diferente, de modo que se puede afirmar, en el sentido que se deja dicho, que no se hallarán en todo Egipto dos templos idénticos, ni siquiera parecidos entre sí.
De tal modo, cada uno de ellos constituye un compendio teológico con sus particulares instrucciones rituales y litúrgicas, netamente diferenciado de cualquier otro.
Se trataba de una oración individualizada e inconfundible, elaborada con la intención específica de su ordenante, y en función de su concreta vinculación al principio sagrado del lugar en el que dicho edificio se alzaría.
Sin embargo, en todos los templos egipcios había de recogerse en sus muros la representación las acciones rituales elementales que hicieran al recinto sagrado útil para el fin que había sido concebido.
Desde tal perspectiva sinóptica, los investigadores han clasificado en doce apartados las acciones rituales básicas del culto divino diario en el templo egipcio:
1. La purificación del rey (o del sacerdote) y del santuario, al amanecer.
2. La apertura del naos y el despertar del dios.
3. El apaciguamiento del dios por la música y el incienso.
4. El abrazo ritual de la estatua divina.
5. La recitación de himnos de adoración.
6. La presentación de las ofrendas alimenticias líquidas.
7. La presentación de las ofrendas alimenticias sólidas.
8. La ofrenda de Maat a la divinidad.
9. La limpieza y aseo rituales de la estatua del dios.
10. La presentación de vestidos, unciones con los ungüentos, aceites, perfumes.
11. La ofrenda de insignias y de joyas.
12. La última serie de purificaciones.
Pues bien, en la Capilla de Adijalamani, en Debod, todas las partes litúrgicas de ese rito son perfectamente identificables. Si examinamos las escenas que cubren sus paredes interiores percibiremos un esquema ordenado con una intención bien determinada.
En primer término, se advierte el viaje ritual y de transformación del rey, desde su entrada en el santuario hasta su llegada al fondo, el lugar donde se ubicaban las estatuas divinas.
Este ‘ascenso místico’ hacia el santuario, siguiendo el curso solar, desde el Este hacia el Oeste, acogido por la divinidad, desembocaría, después de la experimentación de los ritos teogámicos de su renacimiento como ‘infante divino’, en la identificación del soberano como hijo carnal del dios Amón de Debod y de la diosa Isis-Hesat/Mut de Filé.
En segundo término, observaremos la distribución de los espacios sagrados de la Capilla en su ideal división longitudinal, en una clara evocación mística y simbólica del Norte y el Sur.
El Sur, lugar de procedencia de los reyes meroítas, amparado por las divinidades que lo representan, y el Norte, el lugar prometido por Amón a los soberanos de Kush para reinar en el Alto y en Bajo Egipto: su destino como hijos elegidos del dios Amón del Dyebel Barkal, en Napata.
En este universo cerrado se puede percibir también la presencia de todos los actos litúrgicos necesarios para que el faraón Adijalamani, como sacerdote/oficiante, pudiera propiciar a las divinidades que fueron sido seleccionadas para proteger su caminar como rey del Alto y del Bajo Egipto y como hijo carnal de los propios dioses tutelares de la Capilla.
Veamos el primer apartado del rito:
La purificación del rey (o del sacerdote) y del santuario, al amanecer, (Realizada con fumigaciones y aspersiones con aguas lustrales).
En el templo de Debod están representados los dioses Thot y Horus, en la mitad Norte y Sur del muro Este, respectivamente, junto a la puerta de acceso a la Capilla, haciendo la purificación del oficiante con aguas lustrales vertidas desde sendas vasijas kebeh y con los siguientes textos:
Dice el dios Thot:
'[Tu purificación, (es mi purificación y recíprocamente).... [palabras dichas por Thot]...... el Hijo de Ra, [Adijalamani eternamente viviente, amado de Isis] (es purificado) con el agua de vida y de fuerza salida [del centro de] la Gruta del Nun, en Biga eternamente...
Dice la inscripción del dios Horus:
'Tu purificación (es mi purificación y recíprocamente)....Palabras dichas por Horus...el rey del Alto y del Bajo Egipto, el señor de las Dos Tierras ‘(aquél que es) la imagen de Ra, el elegido de los dioses’. (Él) (es purificado) con el agua de vida y fuerza salida de las dos cavernas, [venida desde] Set-Nebet. La iniquidad y el mal están limpios y no existen. Yo te doy toda vida y toda fuerza, toda salud, eternamente.’
La escena de la purificación del rey-oficiante es un elemento clásico en la escenografía templaria egipcia. En el relieve existente en la ‘Capilla de la Barca’ de Filipos Arrhideos, en el templo de Amón, en Karnak, los textos dicen: ‘Thot, el señor de las divinas palabras, da toda vida, toda estabilidad, toda fuerza. (Él dice):Tu purificación es mi purificación, y recíprocamente. Filipos Arrhideos. Horus de Edfú da toda vida, toda estabilidad, toda fuerza. (Él dice): Tu purificación es mi purificación, y recíprocamente.’
En el templo de Horus en Edfú las purificaciones del oficiante durante el servicio diario, ceremonias que era imprescindible realizar antes de cada entrada en el recinto sagrado, se hacían con toda probabilidad en las aguas del Lago Sagrado.
Sin embargo, para Debod no tenemos esa constancia arqueológica, puesto que no hay documentados restos de la existencia del Lago Sagrado adscrito al templo.
Pero, cabe pensar, bien que debería existir algún lugar alternativo que no conocemos para realizar las abluciones y las purificaciones rituales prescritas, o bien, que las purificaciones del rey-sacerdote se practicaban antes de entrar en el templo para realizar cualquier ceremonia.
El rey, en estos casos, era purificado por dos sacerdotes que, debidamente vestidos para ello, representaban los papeles de Horus y de Thot, o de Horus y de Seth, en otros casos.
Esta purificación, que tenía lugar en la ‘Casa de la Mañana’ consistía, cuando se hacía de modo completo, en una aspersión con agua al rey que, en ocasiones, llevaba natrón diluido, una fumigación del soberano con incienso y la presentación al rey del mismo material (natrón) para masticar, para de este modo, limpiar su boca. También se le ofrecía comida y bebida.
El agua llamada en los textos ‘agua de vida y buena fortuna’ y ‘aquélla que renueva la vida’ era extraída del lago sagrado. La purificación, además de limpiar al faraón le imbuía de las cualidades divinas; también se supone que le reconstituía tal y como parece desprenderse de alguna de las fórmulas que se recitaban durante la ceremonia purificadora.
Este rito tenía mucho que ver con las ceremonias funerarias de purificación del difunto.
Probablemente, en situaciones ordinarias, el rey simplemente se lavaba las manos después de haber sido ligeramente rociado con agua por los dos sacerdotes purificadores.
Las fumigaciones con incienso, sin embargo, se harían de modo habitual. En las escenas de los templos dedicadas a esta parte del rito, se dice del rey que ‘..tiene las manos puras cuando realiza las ceremonias.’
La importancia de estas purificaciones preliminares era suprema.
Por medio de ellas, el rey-sacerdote, se convertía en un verdadero dios consagrado por los ritos que en realidad eran los de los dioses y los de los difuntos divinizados.
También desde este momento, poseía el nombre y los poderes de los dioses, en particular la fuerza creadora por medio de la voz que permitía transmitir al dios cuyo culto se practicaba la vida y las ofrendas.
Desde el inicio del ritual el rey-sacerdote poseía este poder. Se decía de él que ‘...el Horus (divinidad con la que el rey se identifica) es Justo de Voz por su Ojo’. Esta expresión venía a significar que, después de las purificaciones, el rey-sacerdote poseía la energía creadora de la que el demiurgo había estado dotado en el momento de la creación del mundo por el Ojo y por la Voz.
Las purificaciones experimentadas en la ‘Casa de la Mañana’ le habían proporcionado esta potencia divina que le permitiría entrar en comunicación con el dios para el que debía realizar el sagrado servicio.
Cuando el rey era sustituido por el sacerdote de turno, antes del amanecer, el oficiante realizaba las mismas purificaciones que se harían para el rey, pero, por y para sí mismo.
Se bañaba en el lago sagrado, recibía incensaciones y masticaba el natrón. Después de estas purificaciones se vestía y equipaba.
Consagraba las ofrendas depositadas en el vestíbulo. Al amanecer, penetraba en el santuario, iluminaba la penumbra para dispersar las tinieblas e incensaba la cámara.
Francisco J. Martín Valentín.
Egiptólogo
Bibliografía:
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Blackman, A. M. ‘Purification (Egyptian)’. En Gods, Priests and Men. Londres, 1998
Cauville, S. y otros dos. Dendara. Les chapelles osiriennes. 3 vols. IFAO. Bibliothèque d’étude 117-119. El Cairo, 1997
Cauville, S. Le Temple de Dendara. La Porte d’Isis. IFAO, El Cairo, 1999
Daumas, F. y Derchain, Ph. Le temple de Debod, Textes hiéroglyphiques et description archéologique. CDAE. El Cairo, 1960
Porter, B. y Moss, R. L. B. Topographical Bibliography of Ancient Egyptian Hieroglyphic Texts, Reliefs and Paintings. Volumen VII. Oxford, 1952. Dâbôd, 1-5
Editado por
Francisco J. Martín Valentín es Doctor en Ciencias de las Religiones (Religión egipcia), por el Instituto de Ciencias de las Religiones. Departamento de Historia Antigua de la de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Egiptólogo. Director del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto. Director de la Misión Arqueológica Española en Deir El Bahari, (Luxor Occidental Egipto), desarrollando actualmente el “Proyecto Sen-en-Mut (TT 353)”. Director de la Cátedra de Egiptología ‘José Ramón Mélida’. Teresa Bedman es Licenciada en Historia Antigua y Egiptóloga. Gerente del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto. Co-directora de la Misión Arqueológica Española en Deir El Bahari, (Luxor Occidental Egipto), desarrollando actualmente el “Proyecto Sen-en-Mut (TT 353)”. Secretaria de la Cátedra de Egiptología ‘José Ramón Mélida’.
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