Artículos y comunicaciones
Sábado 27 Diciembre 2008 - 08:31
El estudio de las claves religiosas del Templo de Debod, a la vista de su epigrafía jeroglífica, ofrece muy interesantes resultados. Sin embargo, su completa comprensión como instrumento ritual de los cultos religiosos que allí se practicaron, implicaría un detallado estudio arquitectónico que excede de la finalidad de este artículo, cuyo objeto es únicamente el estudio de las inscripciones jeroglíficas del monumento. Veamos, no obstante, algunos de los datos que ofrece el conjunto del edificio religioso.
La capilla de Adijalamani
La reivindicación de la tutela de Amón como divinidad protectora de los soberanos nubios reprodujo una ideología religiosa muy semejante a la que se había desarrollado en Egipto durante el Imperio Nuevo. Probablemente, el origen de este planteamiento teocrático estuvo en la maduración de un proceso de aculturación experimentado por los nubios de Kush durante siglos que se manifestó explícitamente cuando llegó el momento político oportuno.
Cuando el rey Pi(anj)y (747-716 a. C.), el primero de la dinastía XXV, subió al trono de Kush, y fue coronado en el templo de Amón en el Dyebel Barkal como el Horus ‘Toro poderoso que aparece radiante en Napata’, el de las Dos Señoras ‘Duradero de realeza como Ra en el cielo’ y el de Horus de Oro ‘(el de) Sagrada aparición radiante, poderoso de fuerza’, estaba asumiendo todos estos nombres a partir de los usados anteriormente por el célebre rey guerrero Thutmosis III.
Efectivamente, sabemos que, en el templo de Amón, en el Dyebel Barkal hubo depositada una estela con los nombres de este rey de la dinastía XVIII. Este dato podría servirnos de indicio para confirmar cual fuese la idea de los reyes nubios respecto a sus expectativas de dominio sobre ‘las tierras del Norte’, es decir, Egipto.
A ello ha de añadirse que, en tiempo de los reyes meroítas, la utilización de esta idea de la hegemonía tutelar del dios Amón sobre la realeza era una efectiva herramienta religiosa para ser opuesta frente a otra semejante, esgrimida por los monarcas alejandrinos, haciendo en este caso del dios Ptah de Menfis su divinidad protectora.
Es muy posible que Adijalamani eligiera a Debod, lugar muy cercano a Filé, situado en la frontera meridional de Egipto, para erigir su capilla por dos razones de índole religiosa.
La primera de ellas, habría sido la existencia anterior, quizás desde el Imperio Medio, de un Amón local que a partir del Imperio Nuevo se convirtió en un trasunto del Amón del Dyebel Barkal. La segunda, la proximidad del enclave sagrado de la divinidad más influyente de la Baja Nubia. Se trata de la diosa Isis del Abatón, muy identificada en esta zona con 'la diosa lejana', entidad leonina vinculada al ciclo solar, que está absolutamente presente a través de diferentes divinidades femeninas en muchos templos del Sur de Egipto pertenecientes a este periodo.
Con la adscripción devocional de la capilla al dios Amón se dejaba de manifiesto el programa religioso en el que se apoyaba la reivindicación de la realeza meroítica sobre Egipto. De otra parte, con la trascendente presencia en el monumento, de la diosa Isis, el rey se sometía y se ponía bajo la protección de la divinidad más importante e influyente de la frontera nubia. Además, ello consagraba las excelentes relaciones que con toda seguridad existieron entre el clero de la isla de Filé y los reyes meroíticos.
En este punto es interesante comentar el contenido del único documento conocido de Adijalamani, junto con su capilla en Debod. Se trata del fragmento de la estela hallada en Filé.
Los relieves y los textos que en ella se recogen nos muestran otras devociones del rey meroítico, manifestadas específicamente en el área religiosa neurálgica de la primera catarata.
En el cintro, debajo del disco alado, del que descienden dos úreos, tocados con la corona del Alto Egipto, está representado el rey haciendo ofrendas a diferentes divinidades. A la derecha, Adijalamani ofrece incienso y una libación a los dioses Osiris, Isis, y a una divinidad con cabeza de halcón, llamada Pa-enty-en-Pa-iu-Uab (El-que-está-en-el-Abatón). En la izquierda el rey ofrece dos jarras de vino al dios Jenum-Ra, a la diosa Hat-Hor y a Pa-enty-en-Pa-iu-Uab, esta vez representado con cabeza de carnero.
Frente a la divinidad con cabeza de halcón se lee: ‘El que está en el Abatón, el dios noble, el que preside Dyu-Ka oculto de nombre en el lugar del silencio.’
Por su parte, frente a la divinidad con cabeza de carnero se lee: ‘El que está en el Abatón, el dios noble, el que preside la sagrada sede, grande de prestigio, amado de Maat.’
Por la naturaleza de las representaciones, los epítetos utilizados y las circunstancias del hallazgo, es fácil comprender que, de algún modo es posible que se haya querido reproducir en esta estela el misterio de Debod, en virtud del cual, Adijalamani se proclama hijo de Osiris e Isis, y también hijo de Amón. Las dos divinidades momiformes son ‘antonomasias’, respectivamente, del dios Sokar-(Osiris), (‘El que está en el Abatón’), y del dios Amón, quien en la capilla de Debod también es llamado: ‘El toro rojo de la (gran) sede, en el Abatón’.
Los datos reflejados en este monumento, siquiera parciales, complementan nuestro conocimiento sobre las ideas religiosas de Adijalamani en relación con el área de la Baja Nubia, ayudando a entender aún mejor los ofrecidos por los relieves e inscripciones de la capilla del rey en el Templo de Debod.
Así pues, podríamos afirmar que la capilla de Adijalamani en Debod recoge en sus muros la expresión de un proyecto teológico que ampara otro, de naturaleza política.
Los motivos por los cuales el rey meroítico Adijalamani decidió su construcción en el lugar de Debod, parecen claros en su planteamiento general. Adijalamani, lejano sucesor de los reyes nubios que, antaño, habían gobernado Tebas y, en algún momento, todo Egipto, se encontraba legitimado para tratar de cumplir el designio divino del dios Amón del Dyebel Barkal de reinstaurar su realeza sobre las Dos Tierras.
Como es sabido, el dios Amón de 'La Montaña Pura' era considerado como 'el doble o ka' del dios Amón de Tebas. Los reyes de Napata y de Meroe estuvieron bajo su protección y consideraron que era esta divinidad la que les entregaba la legitimidad para ocupar el trono de Egipto.
De este modo, cuando los soberanos meroíticos avanzaron hacia el norte desde su capital, aprovechando el vacío de poder que se produjo durante los reinados de los reyes Ptolomeo IV y V, comenzaron a construir diversos monumentos en la frontera sur de Egipto, tales como la capilla dedicada al dios Thot de Pnubs, en Dakka, el templo de Arensnufis en Filé, o la propia capilla de Amón de Debod e Isis, además de diversas aportaciones en otros santuarios, como en el templo de la diosa Isis.
Con estos trabajos constructivos se quería dejar constancia del programa ideológico que amparaba las apetencias de conquista sobre Egipto de los reyes meroítas.
Las advocaciones de la capilla de Adijalamani en Debod
La reivindicación de la tutela de Amón como divinidad protectora de los soberanos nubios reproducía la misma ideología religiosa de los reyes del Imperio Nuevo y servía para oponerse a análoga idea esgrimida por los monarcas alejandrinos, en este caso haciendo del dios Ptah de Menfis, su divinidad tutelar.
Es muy probable que Adijalamani eligiera a Debod para erigir su capilla por dos razones de índole religiosa. La primera, la existencia anterior, quizás desde el Imperio Medio, de un Amón local que a partir del Imperio Nuevo se convirtió en un trasunto del Amón del Dyebel Barkal. La segunda, su proximidad respecto del enclave sagrado de la divinidad más influyente de la Baja Nubia.
Se trata de la diosa Isis, muy identificada en esta zona con 'la diosa lejana', ente divino leonino vinculado al ciclo solar, que estaba absolutamente presente en muchos templos del sur de Egipto, pertenecientes a este periodo, a través de diferentes divinidades femeninas.
Con la adscripción devocional de la capilla al dios Amón se dejaba de manifiesto el programa religioso en el que se apoyaba la reivindicación de la realeza meroítica sobre Egipto. De otra parte, dedicando el monumento también a la diosa Isis, el rey se sometía y se ponía bajo la protección de la divinidad más importante de la frontera nubia como consecuencia de las excelentes relaciones que debieron existir entre el clero de la isla de File y los reyes meroíticos.
En Debod, Adijalamani insiste en proclamarse hijo de Isis y de Amón.
Estando en Filé, no obstante, también proclama como su padre a Osiris, en su mentalidad asimilado al dios Apedemak, el dios leonino nubio. Al contemplar este conjunto de divinidades de las que Adijalamani parece que ha querido rodearse, se ve claramente el interés religioso del rey meroíta tal como queda plasmado en el área religiosa Filé/Debod.
De otra parte, se ha constatado, a la vista de los epítetos utilizados por las distintas divinidades en las inscripciones de los templos que, cuando llevan la preposición m, significa que el dios está en el templo, es, así pues, la divinidad local. Cuando lleva la preposición Hery-ib, indica una residencia temporal, la condición de ‘huésped’ de los dioses que lo llevan en la localidad o capilla nombrada. La preposición Jenty, finalmente, la más complicada, insiste sobre la importancia de la residencia del dios.
En consonancia con esta idea, en el templo-capilla de Debod se puede comprobar la presencia de otras diecisiete divinidades diferentes del Amón de Debod o de la Isis del Abatón, que son residentes o invitados, según sus epítetos, a saber:
• Shu-Arensnufis y Sejmet-Tefnut
• Min y Neftis
• El faraón de Biga (Petensenis) y Anukis
• Ra Hor-Ajty y Upset
• Harpócrates, Uadyet y Nejbet
• Jenum-Ra y Satis
• Harendotes y Hat-Hor
• Apedemak
• Im-Hotep divinizado
La disposición de los relieves de la capilla de Adijalamani en Debod.
En la jamba exterior sur de la puerta se recogía la inscripción dedicatoria de la capilla a la diosa Isis , en tanto que la jamba exterior norte debió albergar probablemente similar dedicatoria a favor del dios Amón.
Consecuentemente, el muro interior sur, lo que equivale a la mitad sur de la capilla, habría estado, dedicado a la diosa Isis, en tanto que el muro interior norte, lo sería al dios Amón.
De este modo, un eje imaginario la dividía longitudinalmente. Amón, una divinidad norteña para los nubios, cuyo ka o doble residía en la montaña sagrada del Dyebel Barkal , regía su mitad norte; Isis de File, una diosa del sur para los egipcios, gobernaba la mitad sur.
Finalmente, se debe citar la presencia en la capilla de Adijalamani de otra divinidad típicamente meroíta. Se trata del dios leonino Apedemak. Se halla mencionado formando parte de la titulatura del rey y, probablemente, está representado también en uno de los laterales de la estela que hoy se exhibe en el Museo instalado en la terraza del templo .
En cualquier caso, estamos en presencia de uno de los más interesantes y peculiares datos documentales ofrecidos por el santuario. Parece frecuente la mención del dios Apedemak en otros templos de la Baja Nubia, casi siempre como expresión religiosa sincrética que, tanto hace referencia a una divinidad guerrera, como se vincula con la figura del dios Osiris.
Por tanto, queda presente la inconfundible marca de los soberanos meroítas en este recinto sagrado, plagado de divinidades típicamente egipcias. Todo ello permite contemplar al visitante, siquiera sea de soslayo, la visión que, del país de Egipto se tenía desde las regiones nubios en el curso sur del río Nilo.
Las funciones de Mammisi de la capilla
En los dos muros de la capilla se puede observar cómo las divinidades titulares y sus asociados (Osiris para Isis y Mut para Amón) se sitúan al principio y al final de los cuadros de representación religiosa que muestran a otros dioses, (cuatro paneles, dos en el registro superior y dos en el inferior), como acogiendo en su interior el principal misterio que allí se recoge.
En la capilla de Adijalamani en Debod también está presente el llamado fenómeno de la 'diastasis', o 'separación de los Harpócrates', conocida en algún otro templo del Alto Egipto.
El muro norte y el muro sur evocan en este lugar especiales funciones en relación con el rito 'mammisiaco', en tanto que representan al Horus-niño, expresión de la realeza divina, protegido por diversas divinidades.
El muro norte revela un Harpócrates (identificado simbólicamente con el rey) que reivindica la paternidad del dios Amón y está protegido por la diosa Uadyet (Patrona del Bajo Egipto), por los dioses de la catarata (el Faraón de Biga y su nodriza, Anukis, Jenum y Satis), y por 'la diosa lejana' Tefnut, y su pareja nubia, Shu-Arensnufis.
El muro sur, en un evidente paralelismo, expresión de la típica dualidad egipcia, muestra a Harpócrates, como hijo de Isis y de Osiris , protegido por la diosa Nejbet (patrona del Alto Egipto), por el Horus vengador de su padre, Harendotes, por la diosa Hat-Hor, por Min y por Neftis (la hermana de Isis y, con ella, protectora del Horus niño).
Como representante de 'la diosa lejana' se encuentra aquí a la diosa Upset, en compañía del propio dios sol, Ra Hor-Ajty.
Es decir, que en ambos muros se observa la existencia del Horus niño (el mismo faraón por definición), protegido por cada una de las diosas tutelares correspondientes al Alto y al Bajo Egipto, reivindicando, respectivamente, la paternidad y la maternidad de Amón (y de Mut, y la de Osiris ¿?) e Isis; y, todo ello, se desarrolla ante divinidades que estaban estrechamente vinculadas con el mito de 'la diosa lejana', muy presente en Nubia.
Desde este punto de vista, la contemplación de las decoraciones parietales descritas permite comprender lo que, parece, hubiera sido la idea fundamental de la capilla. Las dos escenas litúrgicas referidas al dios Horus niño, Harpócrates, situadas en el tercer registro inferior de cada uno de los muros de la capilla, están consideradas como si se tratara del principal motivo del monumento.
En ellas, el rey da culto al ‘niño real’, protegido por las diosas tutelares del sur y del norte, figurando en cada uno de los muros como hijo de Amón o de Osiris, respectivamente. En suma, se trata de la exaltación del niño-rey con legitimidad para gobernar, recibida a través del dios Amón (posiblemente del Dyebel Barkal) y del dios Osiris, (en tal caso, como divino heredero de su padre).
Al considerar estas reflexiones es inevitable pensar que la capilla debió tener un profundo significado vinculado con las ceremonias de la regeneración real de Adijalamani como faraón y, que, en cierto modo, pudo haber estado concebida para cumplir funciones rituales como ‘casa de nacimiento’ del infante divino, asimilado aquí al propio rey Adijalamani.
Los actos litúrgicos del culto divino diario en la capilla de Adijalamani
Los relieves de Debod reflejan también, a través de las imágenes de las distintas divinidades que constituyen los protagonistas del programa teológico diseñado por los constructores, la realización particularizada de ciertos actos puntuales del rito del culto divino diario, por medio de algunos de los principales pasos prescritos a tal fin.
Allí se pueden contemplar la purificación del rey como oficiante, el despertar del dios, la revelación del rostro divino, la realización de ofrendas alimentarias líquidas y sólidas, la de perfumes y ungüentos, vestidos y joyas, las incensaciones y la ofrenda musical; en suma, todo lo preciso para garantizar la presencia de la divinidad en Debod.
Más concretamente, el ritmo de las representaciones rituales, conforme al desarrollo del misterio de la ‘ascensión del rey-oficiante hacia el interior del templo’ es el siguiente:
1) La purificación del Oficiante por Thot, (registro inferior del muro este, mitad norte).
2) La purificación del Oficiante por Horus, (registro inferior del muro este, mitad sur).
3) El despertar del dios, (registro superior del muro este, mitad norte).
4) La contemplación del rostro divino, (registro superior del muro este, mitad sur).
5) La dedicación de la capilla al dios Amón, (primer registro inferior del muro norte).
6) La ofrenda del collar Usej a la diosa Isis, (primer registro inferior del muro sur).
7) La ofrenda de panes a Amón, (primer registro superior del muro norte).
8) La ofrenda de pan a Isis, ( primer registro superior del muro sur).
9) La adoración a Shu-Arensnufis y Sejmet-Tefnut, (segundo registro inferior del muro norte).
10) La ofrenda del Gran Ojo Udyat a los dioses Min y Neftis, (segundo registro inferior del muro sur).
11) La ofrenda de agua al Faraón de Biga y a Anukis, (segundo registro superior del muro norte).
12) La ofrenda de Maat a los dioses Ra Hor-Ajty y Upset, (segundo registro superior del muro sur).
13) La ofrenda de alimentos a los dioses Harpócrates y Uadyet, (tercer registro inferior del muro norte).
14) La ofrenda de alimentos a los dioses Harpócrates y Nejbet (tercer registro inferior del muro sur).
15) La ofrenda de libación de agua a los dioses Jenum y Satis, (tercer registro superior del muro norte).
16) La ofrenda del Gran Ojo Udyat a los dioses Harendotes y Hat-Hor (tercer registro superior del muro sur).
17) La ofrenda de leche a los dioses Amón y Mut, (cuarto registro inferior del muro norte).
18) La ofrenda de incienso a los dioses Osiris e Isis, (cuarto registro inferior del muro sur).
19) La ofrenda vino a los dioses Amón y Mut, (cuarto registro superior del muro norte).
20) La ofrenda del collar Bebe a los dioses Osiris e Isis, (cuarto registro superior del muro sur).
21) La ofrenda (?) al dios Jenum-Ra, (registro inferior del muro oeste, mitad norte).
22) La ofrenda de aceite a la diosa Isis, (registro inferior del muro oeste, mitad sur).
23) La ofrenda de Maat a los dioses Amón y Mut (¿), (registro superior del muro oeste, mitad norte).
24) La ofrenda musical con los sistros a la diosa Isis, (registro superior del muro oeste, mitad sur).
Se puede hablar, así pues, de un ritual de Debod.
Sabemos que los especialistas no se han puesto de acuerdo para establecer un orden regular e idéntico para todos los santuarios egipcios en cuanto al desarrollo del culto divino diario se refiere.
Sin embargo, a pesar de la, necesariamente limitada, representación de cuadros rituales en la capilla de Adijalamani en Debod, se advierte que allí están recogidos todos los pasos esenciales para garantizar la efectividad del culto divino diario.
Además, existe un armónico y equilibrado paralelismo en el juego de las escenas mostradas, dirigidas por medio de los epígrafes que las subrayan para dar pie al sacerdote de servicio, a fin de completar el rito por el medio más seguro, con la lectura de los textos sagrados, probablemente recogidos de modo completo en soportes más manejables, como los rollos de papiro o cuero.
Si comparamos, por ejemplo, los cuadros existentes en nuestra capilla con el conjunto litúrgico representado en los muros del templo de Sethy I en Abidos, a título de modelo más completo, comprobaremos que el caso de Debod no es inferior en modo alguno a aquél.
Todo lo necesario, desde un punto de vista ritual, está allí.
La presencia de Im-Hotep en la capilla de Adijalamani
El programa de decoración religiosa de la capilla de Debod se completa con la doble imagen, ubicada en los registros inferiores norte y sur de su muro este, del personaje divinizado Im-Hotep.
Se trata de una curiosa advocación que tiene su paralelo más cercano en la capilla de Arkamani en el templo de Thot de Pnubs, en Dakka. La existencia de estas representaciones en Debod parece obedecer a ideas muy concretas que ponen de manifiesto la preeminencia y alta consideración de las que Im-Hotep gozaba en la zona de la Baja Nubia.
La presencia de Im-Hotep divinizado es otra de las especiales características de la capilla-templo de Debod.
El culto a este ser de naturaleza semi-divina, patrón de los escribas y de la medicina, con especial carácter protector de la realeza y sanador de todas las enfermedades y dolencias, tanto espirituales como físicas, se constata durante el periodo ptolemaico en numerosos templos de Egipto , aunque no es menos cierto que Im-Hotep también recibió culto en Meroe , y que sus representaciones están acreditadas en la obra que dejó realizada Arkamani (Ergamenes II) en el templo de Kalabsha y en la capilla del templo de Dakka.
Las imágenes de Im-Hotep en la capilla de Debod deben ser relacionadas con la protección ejercida por él sobre el rey. Así lo indican los textos de la capilla de Arkamani en Dakka y lo sugieren las inscripciones insertas en el templo de esta divinidad, en la isla de Filé. Ptolomeo V también se colocó bajo la protección de Im-Hotep en el pequeño templo dedicado él en la isla de Filé.
Parece, pues, claro que fueron los reyes meroítas quienes trajeron a Debod desde su capital en Kush la advocación a este santo personaje, cuyo culto probablemente tuvo su origen en el Bajo Egipto, y su principal centro religioso en la ciudad de Menfis.
Además, estos relieves y sus correspondientes inscripciones parecen implicar que en Debod se daba culto a este ser divinizado al que se atribuían facultades curativas. He aquí el indicio que ha permitido considerar que Debod pudiera haber sido un ‘sanatorium’.
El proyecto ptolemaico de la ampliación arquitectónica religiosa de Debod
Finalizada la presencia meroíta en la frontera de Egipto con la Baja Nubia, tras la derrota de los insurgentes tebanos, los ptolomeos tomaron posesión, al menos nominalmente, del Dodecasqueno.
Durante el reinado de Ptolomeo V no se llevaron a cabo obras en la zona, pero su sucesor, Ptolomeo VI, continuó desarrollando los proyectos constructivos iniciados por Arkamani y Adijalamani. Si bien da la impresión que en los templos de la isla de Filé se llevaron a cabo algunos actos de damnatio memoriae contra los soberanos meroítas, este no fue el caso en los templos de Dakka y de Debod, donde los nombres y relieves de estos reyes fueron respetados.
En Debod, la capilla dedicada a los dioses Isis y Amón por Adijalamani fue rodeada y cubierta con una sensible ampliación del templo según los principios arquitectónicos ptolemaicos. Iniciadas las obras por orden de Ptolomeo VI Filometor (180-145 a. C.), el templo también recibió aportaciones de Ptolomeo VIII Evergetes II (145-116 a. C.), entre las cuales un naos de granito rosa dedicado a la diosa Isis. También se añadieron tres pilonos con su vía procesional, y un nuevo embarcadero.
El último rey ptolemaico que dejó testimonio suyo en Debod fue Ptolomeo XII, Filopator, Filadelfos, Neos Dionysos, Auletes (80-51 a. de C.).
Se trataba de un naos dedicado, esta vez, al dios Amón; este monumento constituye la evidencia ptolemaica más tardía conocida, al sur de Filé.
En todo caso, el desarrollo de la reforma y ampliación del templo durante esta época obedeció a etapas no lo suficientemente claras como para ser concretamente atribuidas con seguridad a cada uno de estos soberanos.
Baste con admitir que el programa constructivo se llevó a cabo más allá de sus turbulentos reinados, quizá por decisión y designio del propio clero de Debod, con independencia de quien ocupara el trono en la lejana Alejandría en cada momento concreto.
No deja de ser curioso que, salvo las inscripciones jeroglíficas conservadas en la gola del portal del segundo pilono, y en los dos naos que existieron en el santuario central, en Debod no se insertó texto alguno por orden de los reyes alejandrinos. Quizás el turbulento ambiente político de la época no permitió el cumplimiento y desarrollo completo del programa de decoración religiosa de las nuevas estancias de Debod.
La ampliación del conjunto implicó añadir dos salas a cada uno de los lados de la capilla construida por orden de Adijalamani, quizás dedicadas, la norte, a ser utilizada como Uabet, y la sur, como biblioteca del templo; también se añadió un vestíbulo que daba distribución arquitectónica y ritual a tres nuevos santuarios, dotados con pequeñas cámaras auxiliares.
Para poder acceder a la terraza del templo se construyó una escalera y, a su término, una capilla lateral, probablemente destinada a desarrollar en su interior las prácticas rituales propias de una capilla osiriana.
Un pronaos con intercolumnios, y dos pilonos y su vía procesional, a los que se añadiría un tercero, en época no determinada, completarían las reformas de naturaleza ritual del templo. Parece lógico pensar que el añadido del pronaos con los intercolumnios habría podido ser concebido dentro del proyecto ptolemaico de ampliación, aunque no tenemos certidumbre respecto de la época exacta de su ejecución material.
La Decoración del Pronaos
El programa decorativo religioso de época romana en Debod obedece a análogos criterios y fines a los empleados por orden de Adijalamani en su capilla.
Las escenas conservadas muestran al emperador haciendo ofrendas rituales a las principales divinidades veneradas en Debod. Sin embargo, en este caso, no se advierten ritmos y significados como los existentes en la capilla de Adijalamani. Más bien se hace alarde por el soberano extranjero, a quién la expresión religiosa egipcia no importaba nada en sí misma, de un puro acto de propaganda política y formal integración con los cultos de la zona.
Como en los otros templos de la misma época, el ‘Kaisaros Autokrator’ asume el aspecto de faraón dando culto a los dioses. Dado que solo se han conservado parte de los relieves, resulta arriesgado proponer una interpretación del programa teológico previsto en su momento (si es que realmente lo hubo), al igual que se ha hecho con la decoración de la capilla de Adijalamani.
Originalmente, en los intercolumnios exteriores se veía representado a Augusto adorando a Amón, ofreciendo Maat a Osiris y haciendo ofrendas líquidas a Isis y a Ma-Hesa.
En la mitad norte de los intercolumnios interiores se mostraba al emperador Augusto saliendo del palacio real seguido de estandartes y del sacerdote Iun-Mutef y al emperador Tiberio siendo purificado delante del dios Amón por los dioses Thot y Horus.
El muro interior norte del pronaos recogía la representación de dos de las horas de la noche con los dioses que las regían. Después, Augusto ofreciendo una imagen de la diosa Maat a Amón-Ra y a Ma-Hesa, e incensando y haciendo una libación a Osiris, Isis y Horus. En el muro interior sur del pronaos mostraba a un emperador no determinado delante de Osiris y de Isis y, de nuevo, ante Osiris, Isis, Shepses-Nofret, Harpócrates e Im-Hotep divinizado.
Lo que sí parece que queda de manifiesto es la representación de los principales dioses de Debod en época romana, Amón, Osiris, Isis y Ma-Hesa . La presencia del dios Thot de Pnubs , muestra también el formal respeto romano a la tradición nubia en relación con el mito de 'la diosa lejana'.
Las cuatro escenas conservadas exhiben el desarrollo de otros tantos actos rituales diferentes que quieren ser un resumen de diferentes momentos del culto divino diario y de celebraciones vinculadas con el final y el comienzo del año egipcio, aunque cada una de ellas se desarrolla delante de divinidades diferentes.
En primer lugar, se representa la escena de la hecatombe de toros y gacelas que es una ceremonia de control de las fuerzas del mal, figuradas en los animales salvajes o procedentes del desierto.
No se trata, por tanto, de ofrendas alimentarias; por el contrario, se está eliminando o controlando ante la diosa Isis a las fuerzas sethianas simbolizadas en los animales del desierto que han sido decapitados, no descuartizados, como sucede en los sacrificios de los bóvidos que conocemos por otras representaciones.
Se muestra también la escena de 'La Ofrenda de los Campos a Isis y Osiris'. Como es sabido, ésta es una imagen habitual que reproduce el acto de entregar los campos a su padre y a su madre, asumiendo el rey con tal gesto, el papel de Horus como heredero de la tierra y garante del orden en la misma. Las ofrendas sólidas y líquidas muestran dos de las más importantes y representativas ceremonias rituales propias del culto divino diario en los templos.
En suma, el programa decorativo romano exhibe al rey en una actitud resumida como garante del culto diario en el templo y conjurador del caos o desorden, a la vez que custodio de la tierra, herencia recibida de Osiris.
Pero, realmente, la parte 'política' del programa decorativo romano tiene más que ver con la determinación de la frontera sur de Egipto, al borde de la primera catarata, y el deseo de Augusto y, por ende de Roma, de establecer relaciones pacíficas con las tribus nubias , que con puras manifestaciones de corte ritual o teológico.
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Ver en este mismo blog el artículo LA CAPILLA DE ADIJALAMANI : UN EJEMPLO DE ARQUITECTURA MEROÍTICA EN EL TEMPLO DE DEBOD
Francisco J. Martín Valentín
Egiptólogo
Egipto es un don del Nilo, ya lo dijo el viajero griego Herodoto, y la civilización que floreció a orillas de este impresionante río está en la raíz de nuestra civilización mediterránea y occidental. Probablemente por esta razón el interés sobre este apasionante país no ha hecho más que crecer entre nosotros, desde que sus puertas quedaron abiertas a los viajeros occidentales a lo largo del siglo XIX.
Hoy, Egipto es uno de los destinos preferidos en el mundo para los viajeros que aman conocer de cerca una de las culturas más antiguas de la humanidad y, al mismo tiempo, un lugar cargado de exotismo y de contrastes. Sin embargo, pocos conocen que hay muchas visiones de Egipto, diferentes ‘Egiptos’.
Existe, sin duda, el Egipto ' vertical ' que forma el Nilo desde la frontera ideal con el Sudán, en el centro del Lago Nasser, hasta el Mar Mediterráneo; pero también existe el Egipto ‘paralelo’ de los oasis del desierto del Sahara, desde el Fayum hasta el oasis de Jarga, desde el norte al sur, con la maravilla excepcional del oasis de Siwa, hacia el oeste.
Todos ellos son los testimonios del milagro de la vida que floreció con exuberancia hace miles de años, ocupando el lugar que hoy domina el mar de arena más extenso de la tierra.
El Egipto sinaítico es otro lugar que, bajo la apariencia de ser una tierra encantada, se manifiesta como la expresión pétrea, cicatriz de las más antiguas conmociones telúricas del planeta.
El Egipto del Mar Rojo nos habla de los viajes del marino Simbad y de los paraísos sumergidos, donde una vida con ritmo propio bulle en una expresión de riqueza y variedad inimaginables desde la perspectiva del ámbito fluvial que, sin embargo, parece dominarlo todo.
Pero, además, desde el punto de vista histórico, Egipto no se agota en el mundo faraónico, sin duda impresionante. El Egipto griego y romano es un fenómeno único en el mundo, sobre todo en la ciudad de Alejandría, faro del Mediterráneo que aún conserva algo de su ambiente de grandeza original.
También el mundo copto llega hasta nosotros hoy, transmitiendo los ecos actuales del cristianismo primitivo en un estadio de evolución que atrapa su herencia milenaria y la convierte, para conservar partes del culto que evocan directamente por sus formas rituales, el practicado hace más de dos mil años en los misteriosos templos egipcios.
El Islam vivido en Egipto, con sus expresiones artísticas propias, superiores en muchos aspectos a las de otros países musulmanes del mundo, también hace de Egipto un lugar especial y único.
Pues bien, toda esta mezcolanza, aparentemente confusa que constituye lo que podríamos llamar ‘la cultura universal egipcia’, lo genuinamente egipcio, es lo que hace a cualquier cosa que proceda de allí, algo totalmente diferente, inconfundible y original por sus cuatro costados. Esta es la óptica que preside y alimenta nuestra visión de lo egipcio.
Explorar el Egipto vertical nos llevó a visitar lugares que normalmente no son foco de atención para el viajero común, pero que, sin embargo, poseen una atracción propia derivada de su aislada y casi intocada situación, apartados de las vías turísticas tradicionales.
No son muchos los que visitan, por ejemplo, la actual ciudad de Sohag, en la cabecera del Alto Egipto, cerca de la cual se encuentran lugares tan maravillosos como Wanina, con sus templos y necrópolis y algunos de los conventos coptos más importantes, como el Convento Rojo y el Convento Blanco.
Pasar por la carretera que bordea el Nilo junto a las formaciones montañosas de Nag Hamadi, que limitan el valle por oriente, nos evoca la vida de las comunidades de los gnósticos egipcios, paleocristianos que vivieron su realidad de una manera que hoy es objeto de profundo estudio por los investigadores.
Pocas personas pueden imaginar lo que representan los diferentes templos dedicados al dios Amón que jalonan los oasis occidentales. Allí, en las marcadas soledades desérticas, la presencia del gran dios tebano es, si cabe, más rotunda. Cada remanso de agua y de verdes palmerales acoge la presencia de una residencia para esta divinidad. De este modo, el poder y la influencia del ‘dios oculto’ (este era en verdad su nombre), se hacía manifiesta y omnipresente por todas partes, y Tebas (la actual Luxor) no era la única residencia del poderoso divino.
En otro remoto lugar, en la península del Sinaí, la diosa Hat-Hor, la Señora de la turquesa, la preciosa piedra azul-verdosa que tiene vida propia como los egipcios observaron, nos espera en su lugar predilecto, las minas de Serabit El Jadim (Serabit El Khadim), en medio de los altos de la montaña a los que conducen profundos uadis y escarpados ascensos.
Pasear por aquellas soledades a la luz de la luna es una experiencia inolvidable. Las escenas que allí se pueden contemplar parecen salidas directamente de las ilustraciones serigrafiadas de un viejo libro del siglo XIX. Las estelas dedicadas a la diosa con orejas de vaca, los restos dispersos, acá y allá, dan la sensación de estar en un lugar fantasmagórico, precipitadamente abandonado, lo que parece ponernos en contacto inmediato con sus últimos ocupantes en el siglo XIII antes de Cristo.
En el centro del Sinaí, está la montaña sagrada del Guebel Mussa (La montaña de Moisés) donde la tradición de las religiones del Libro por excelencia, la Biblia, sitúa el lugar en el que Moisés recibió las tablas de la Ley, inscritas por el dedo de Dios.
Este punto del desierto sinaítico es también especialmente magnético e incomparable. Contemplar la salida del sol desde su cima equivale a percibir un atisbo de la grandeza del todo nuestro sistema solar. Allí, en lo alto, mientras las brumas se disipan, abriendo paso al astro rey, se percibe la conciencia galáctica del ser humano. Nadie que esté presente en tal momento, siempre único y distinto, puede ser ajeno al electrizante segundo en el que la creación se reproduce como en el primer día, viendo como la luz se separa de las tinieblas.
El cansado peregrino, después de esta experiencia de naturaleza mística, descenderá hacia el remanso de paz y religiosidad que representa el Monasterio de Santa Catalina, que se alza, amurallado y sólido, en el fondo de un estrecho valle, al pie de la montaña sagrada.
Al otro lado del río, en el desierto del Sahara, el Oasis de Bahariya constituye el otro brazo de la balanza que cruza horizontalmente Egipto. La ciudad subterránea de las momias, en el Bawity, nos impactó de un modo extraordinario.
Decenas de miles de cuerpos momificados están depositados allí, en nichos, especie de pequeños apartamentos que bordean las vías de una impresionante ciudad del silencio. Sus máscaras doradas evocan a la manera egipcia el sentido de lo inmortal, lo imperecedero, lo imputrescible. El oro, la carne de los dioses, forma parte de lo cotidiano en aquel discreto vergel en medio del desierto.
Otra experiencia inolvidable la constituye el viaje al oasis de Siwa, siguiendo la ruta de Alejandro Magno. El objetivo no puede ser otro que visitar el templo de Amón y allí, solos, sin más ruido que el grito de un halcón sobre nuestras cabezas, tratar de percibir el oráculo que Amón susurrará especialmente para nosotros, escrito en el aire, su cuerpo y esencia divinos.
De tal modo Egipto nos abraza, nos acoge, y nos protege, para entregarnos sus secretos.
A cada uno ha de darnos los nuestros, personales, únicos, distintos de los que entregue a los otros. Nadie vuelve del país del Nilo igual que partió desde su lugar para conocerlo.
El viajero puede estar seguro de que, a su regreso, su vida será diferente porque él habrá cambiado gracias a las experiencias, en cierto modo iniciáticas, con las que habrá estado en contacto.
Francisco J. Martín Valentín
Teresa Bedman
Egiptólogos
Artículos y comunicaciones
Jueves 25 Diciembre 2008 - 11:50
La invención de un sistema de escritura siempre se ha considerado como la evidencia del nacimiento de una cultura. La Historia, con mayúscula, para poder tomar cuerpo, requirió que las tradiciones orales de las comunidades fueran recogidas en soportes materiales que garantizasen su pervivencia a través de los siglos, codificando el acervo de la experiencia colectiva para su entrega a los descendientes, en una rueda de cesiones sucesivas para las que normalmente no se concebía un término final.
Por estas razones, entre otras muchas, los pueblos que ‘inventaron’ los primeros sistemas de escritura de la humanidad siempre tuvieron, a los ojos de la posteridad, un alto prestigio, sensación que todavía nos alcanza cuando nos acercamos al estudio de las lenguas escritas antiguas.
Los egipcios crearon su sistema de escritura en un momento muy temprano, si consideramos su contexto sincrónico con otras culturas del Próximo Oriente. Esta circunstancia se puede ubicar a partir de la segunda mitad del cuarto milenio antes de Cristo. De hecho, todo indica que la escritura egipcia, junto con la sumeria, pudiera haber sido la más antigua del mundo.
La invención de la escritura nació aparentemente al amparo de las necesidades administrativas de las sociedades primitivas en su construcción de lo que podríamos llamar las ‘paleoestructuras estatales’. En concreto, la práctica de establecer marcas y elaborar registros e inventarios.
Los primeros rastros del egipcio escrito y del sumerio escrito pueden datarse hacia el 3.300-3.250 antes de Cristo y consisten en marcas de ceramistas sobre jarras, inscripciones en placas de marfil o hueso que recogen nombres reales, o anotaciones hechas sobre pequeñas tabletas de arcilla que se sujetaban, utilizadas como etiquetas, a los objetos a los que designaban.
Para obtener una referencia fácilmente entendible de lo que, dentro del proceso civilizador universal, pudo suponer la creación de la escritura egipcia, basta pensar que, por ejemplo, la escritura china tomó cuerpo alrededor de algo más de un milenio y medio después que la egipcia, hacia el 1.500 antes de Cristo.
Lo más curioso del fenómeno creador de la escritura jeroglífica egipcia es que surgió de una manera completamente formada y definida, tal como permanecería durante los tres mil años siguientes de un modo prácticamente inalterable. Durante este largo lapso de tiempo el sistema de la escritura jeroglífica, y su expresión cursiva, la escritura hierática, estuvieron presentes sobre todo tipo de monumentos y objetos. La escritura en Egipto configuró de manera decisiva, si cabe más que en otras civilizaciones antiguas, la estructura de la sociedad.
Desde la época tinita (hacia el 3.300 a C.) esa sociedad se organizó en una suerte de pirámide en cuya cima se encontraba el rey. Bajo el soberano, sus hijos, hermanos y familiares, más o menos cercanos, engrosaron las filas de la organización administrativa del país del Nilo en todos sus aspectos: el religioso, el político y el militar.
La supervivencia de este sistema requería la existencia de un verdadero ejército de gentes letradas, de escribas dedicados a colaborar con el cumplimiento del ‘benéfico mandato del Horus sobre la tierra’ (el rey), para que la obra creadora de los dioses cosmogónicos se mantuviera intacta.
De este modo, todo cuanto ordenase el rey debía ser recogido por escrito y ser cumplido. Era preciso mantener en buenas condiciones los diques de los canales para administrar adecuadamente la crecida del río Nilo. Lo era también controlar las superficies de los terrenos cultivables por medio de la agrimensura, para poder fijar de antemano la cantidad de grano que se produciría y, en consecuencia, las cantidades que habrían de ser entregadas al tesoro de la corona, o a los templos.
Era necesario conocer el número de hombres que debían ser reclutados para acometer las obras de construcción a favor del rey, o de los dioses y, consecuentemente, saber cuantas raciones de alimentos y de bebida serían necesarias para sostener tales equipos de trabajadores.
Había que dar culto a los dioses para estar seguros de que su presencia sobre la tierra de Egipto estuviera garantizada y, a tal fin, era preciso recoger sobre papiro, o sobre los muros de los templos las fórmulas del culto y las compilaciones teológicas que describían los distintos sistemas de creación del mundo.
La supervivencia en el más allá, después de la muerte, también formó parte de las preocupaciones básicas de los antiguos egipcios y, en consecuencia, se sintió la necesidad de plasmar por escrito recopilaciones de fórmulas religiosas que habían sido transmitidas por vía oral desde tiempos inmemoriales.
De este modo, la organización de la corte de los primeros soberanos egipcios, especialmente a partir del momento en que se produjo la mítica unificación de las Dos Tierras, el Alto y el Bajo Egipto, implicó el uso de todo un sofisticado sistema de escritura sobre el que descansarían todos y cada uno de los aspectos de esta civilización que tanto nos admira.
Pero, desde otro punto de vista, la escritura sirvió para dividir y separar a la sociedad egipcia, desde sus orígenes, en dos partes netas y bien diferenciadas: las gentes letradas y las gentes iletradas.
Las primeras, conocedoras de un complejo sistema de escritura, podían leer y escribir. Constituían el tejido-sostén de todas las manifestaciones culturales de la sociedad. Eran los escribas que controlaban el país en nombre del faraón y de los dioses.
Esta casta social de gentes letradas era, verdaderamente, la administradora de Egipto. Por sus manos pasaban todas las actividades económicas, religiosas, políticas, y militares. Desde la casa del rey, hasta los almacenes y las obras públicas, todo estaba bajo el control y la organización de la clase dirigente por excelencia de la sociedad egipcia antigua: los escribas.
Las gentes iletradas, por el contrario, formaban parte de la base social dedicada a desarrollar el trabajo físico y, en su conjunto, eran los encargados de ejecutar lo previsto y ordenado por las gentes letradas. Ya fuese en las labores agrícolas y ganaderas, o en el desarrollo de las obras públicas, ellos eran la mano de obra del faraón, controlada por los escribas.
El hombre egipcio fue sensible desde muy pronto a esta división social necesaria, pero no igualmente deseada por todos los que formaban parte de ella.
La primera referencia que conocemos acerca de tal sentimiento es la composición literaria de sabiduría moral y crítica social llamada ‘La instrucción de Dua-Jety’, también conocida como ‘Sátira de los oficios’.
Se trata de un ejemplo del género de las instrucciones o principios de sabiduría (Sebayt) que fue compuesto durante el Imperio Medio (hacia el 1994-1797 a. C.). En ella se pondera la superioridad de la carrera o profesión de escriba, sobre cualquier otra de las existentes en la sociedad egipcia. El mejor y más completo ejemplar de esta obra que se conserva, está recogido en el papiro B.M. 10.182, también llamado ‘Papiro Sallier II’. En realidad se trata de una copia de la obra original, realizada durante la dinastía XIX, más de setecientos años después de la redacción del original.
Que este tipo de instrucciones estuviera permanentemente presente en la mente de los egipcios a lo largo de toda su historia, indica claramente la importancia que, para ellos, tenía el conocimiento de la escritura y de la lectura.
La enseñanza comienza de una manera muy interesante, explicando lo que realmente pensaban los egipcios acerca del asunto:
Un padre viaja con su hijo desde el nordeste del Delta, hacia la Residencia Real, probablemente en la ciudad de Menfis, la capital del norte de Egipto, para hacer ingresar al muchacho en la ‘Escuela Oficial de Escribas’ formados en el palacio real. Durante la navegación , Dua-Jety, ilustrará a su hijo, Pepy, haciéndole comprender las razones existentes para considerar que ser escriba en Egipto, es lo mejor que podía sucederle.
Dice el padre al hijo: ‘…Lee hasta el final del Libro de Kemet; hallarás que dice esto: ‘El escriba, sea cual fuere su oficio en la Residencia (real), no carecerá de nada’. El que ejecuta los deseos de otro no podrá salir satisfecho. Yo no veo otra profesión comparable a la del escriba de la que pueda ser dicha esta máxima. Voy a hacerte amar los libros más de lo que tu puedas amar a tu madre, y a mostrarte sus magnificiencias. Es la más grande de las profesiones. Nada en la tierra es comparable con ella. Apenas el escriba comienza a ser experto, ya se le saluda, aunque sea un niño. Lo envían a ejecutar una tarea y ¡ya no volverá a ponerse el delantal (del trabajador manual)!...’.
Para confirmar aún más la idea según la cual, el egipcio iletrado no podía esperar a lo largo de su vida más que miseria y malos tratos, el padre dice al hijo: ‘…He visto a muchos que han sido golpeados. ¡Pon tu corazón en los libros!. He observado a los que han sido reclutados para el trabajo forzado:¡Mira, nada es superior a los libros: son como un barco sobre el agua!...’.
Resulta, pues, evidente que la organización social egipcia requería y estimaba el desempeño de las funciones del escriba, tanto o más que el trabajo material de los canteros, o el de los labradores, aunque es muy cierto que sin el esforzado sacrificio de los segundos, los primeros nunca habrían tenido la posibilidad de escribir demasiadas cosas…
Sin embargo, lo definitivo es que los escribas fueron los rectores del universo egipcio.
Francisco J. Martín Valentín
Egiptólogo
Los egipcios crearon su sistema de escritura en un momento muy temprano, si consideramos su contexto sincrónico con otras culturas del Próximo Oriente. Esta circunstancia se puede ubicar a partir de la segunda mitad del cuarto milenio antes de Cristo. De hecho, todo indica que la escritura egipcia, junto con la sumeria, pudiera haber sido la más antigua del mundo.
La invención de la escritura nació aparentemente al amparo de las necesidades administrativas de las sociedades primitivas en su construcción de lo que podríamos llamar las ‘paleoestructuras estatales’. En concreto, la práctica de establecer marcas y elaborar registros e inventarios.
Los primeros rastros del egipcio escrito y del sumerio escrito pueden datarse hacia el 3.300-3.250 antes de Cristo y consisten en marcas de ceramistas sobre jarras, inscripciones en placas de marfil o hueso que recogen nombres reales, o anotaciones hechas sobre pequeñas tabletas de arcilla que se sujetaban, utilizadas como etiquetas, a los objetos a los que designaban.
Para obtener una referencia fácilmente entendible de lo que, dentro del proceso civilizador universal, pudo suponer la creación de la escritura egipcia, basta pensar que, por ejemplo, la escritura china tomó cuerpo alrededor de algo más de un milenio y medio después que la egipcia, hacia el 1.500 antes de Cristo.
Lo más curioso del fenómeno creador de la escritura jeroglífica egipcia es que surgió de una manera completamente formada y definida, tal como permanecería durante los tres mil años siguientes de un modo prácticamente inalterable. Durante este largo lapso de tiempo el sistema de la escritura jeroglífica, y su expresión cursiva, la escritura hierática, estuvieron presentes sobre todo tipo de monumentos y objetos. La escritura en Egipto configuró de manera decisiva, si cabe más que en otras civilizaciones antiguas, la estructura de la sociedad.
Desde la época tinita (hacia el 3.300 a C.) esa sociedad se organizó en una suerte de pirámide en cuya cima se encontraba el rey. Bajo el soberano, sus hijos, hermanos y familiares, más o menos cercanos, engrosaron las filas de la organización administrativa del país del Nilo en todos sus aspectos: el religioso, el político y el militar.
La supervivencia de este sistema requería la existencia de un verdadero ejército de gentes letradas, de escribas dedicados a colaborar con el cumplimiento del ‘benéfico mandato del Horus sobre la tierra’ (el rey), para que la obra creadora de los dioses cosmogónicos se mantuviera intacta.
De este modo, todo cuanto ordenase el rey debía ser recogido por escrito y ser cumplido. Era preciso mantener en buenas condiciones los diques de los canales para administrar adecuadamente la crecida del río Nilo. Lo era también controlar las superficies de los terrenos cultivables por medio de la agrimensura, para poder fijar de antemano la cantidad de grano que se produciría y, en consecuencia, las cantidades que habrían de ser entregadas al tesoro de la corona, o a los templos.
Era necesario conocer el número de hombres que debían ser reclutados para acometer las obras de construcción a favor del rey, o de los dioses y, consecuentemente, saber cuantas raciones de alimentos y de bebida serían necesarias para sostener tales equipos de trabajadores.
Había que dar culto a los dioses para estar seguros de que su presencia sobre la tierra de Egipto estuviera garantizada y, a tal fin, era preciso recoger sobre papiro, o sobre los muros de los templos las fórmulas del culto y las compilaciones teológicas que describían los distintos sistemas de creación del mundo.
La supervivencia en el más allá, después de la muerte, también formó parte de las preocupaciones básicas de los antiguos egipcios y, en consecuencia, se sintió la necesidad de plasmar por escrito recopilaciones de fórmulas religiosas que habían sido transmitidas por vía oral desde tiempos inmemoriales.
De este modo, la organización de la corte de los primeros soberanos egipcios, especialmente a partir del momento en que se produjo la mítica unificación de las Dos Tierras, el Alto y el Bajo Egipto, implicó el uso de todo un sofisticado sistema de escritura sobre el que descansarían todos y cada uno de los aspectos de esta civilización que tanto nos admira.
Pero, desde otro punto de vista, la escritura sirvió para dividir y separar a la sociedad egipcia, desde sus orígenes, en dos partes netas y bien diferenciadas: las gentes letradas y las gentes iletradas.
Las primeras, conocedoras de un complejo sistema de escritura, podían leer y escribir. Constituían el tejido-sostén de todas las manifestaciones culturales de la sociedad. Eran los escribas que controlaban el país en nombre del faraón y de los dioses.
Esta casta social de gentes letradas era, verdaderamente, la administradora de Egipto. Por sus manos pasaban todas las actividades económicas, religiosas, políticas, y militares. Desde la casa del rey, hasta los almacenes y las obras públicas, todo estaba bajo el control y la organización de la clase dirigente por excelencia de la sociedad egipcia antigua: los escribas.
Las gentes iletradas, por el contrario, formaban parte de la base social dedicada a desarrollar el trabajo físico y, en su conjunto, eran los encargados de ejecutar lo previsto y ordenado por las gentes letradas. Ya fuese en las labores agrícolas y ganaderas, o en el desarrollo de las obras públicas, ellos eran la mano de obra del faraón, controlada por los escribas.
El hombre egipcio fue sensible desde muy pronto a esta división social necesaria, pero no igualmente deseada por todos los que formaban parte de ella.
La primera referencia que conocemos acerca de tal sentimiento es la composición literaria de sabiduría moral y crítica social llamada ‘La instrucción de Dua-Jety’, también conocida como ‘Sátira de los oficios’.
Se trata de un ejemplo del género de las instrucciones o principios de sabiduría (Sebayt) que fue compuesto durante el Imperio Medio (hacia el 1994-1797 a. C.). En ella se pondera la superioridad de la carrera o profesión de escriba, sobre cualquier otra de las existentes en la sociedad egipcia. El mejor y más completo ejemplar de esta obra que se conserva, está recogido en el papiro B.M. 10.182, también llamado ‘Papiro Sallier II’. En realidad se trata de una copia de la obra original, realizada durante la dinastía XIX, más de setecientos años después de la redacción del original.
Que este tipo de instrucciones estuviera permanentemente presente en la mente de los egipcios a lo largo de toda su historia, indica claramente la importancia que, para ellos, tenía el conocimiento de la escritura y de la lectura.
La enseñanza comienza de una manera muy interesante, explicando lo que realmente pensaban los egipcios acerca del asunto:
Un padre viaja con su hijo desde el nordeste del Delta, hacia la Residencia Real, probablemente en la ciudad de Menfis, la capital del norte de Egipto, para hacer ingresar al muchacho en la ‘Escuela Oficial de Escribas’ formados en el palacio real. Durante la navegación , Dua-Jety, ilustrará a su hijo, Pepy, haciéndole comprender las razones existentes para considerar que ser escriba en Egipto, es lo mejor que podía sucederle.
Dice el padre al hijo: ‘…Lee hasta el final del Libro de Kemet; hallarás que dice esto: ‘El escriba, sea cual fuere su oficio en la Residencia (real), no carecerá de nada’. El que ejecuta los deseos de otro no podrá salir satisfecho. Yo no veo otra profesión comparable a la del escriba de la que pueda ser dicha esta máxima. Voy a hacerte amar los libros más de lo que tu puedas amar a tu madre, y a mostrarte sus magnificiencias. Es la más grande de las profesiones. Nada en la tierra es comparable con ella. Apenas el escriba comienza a ser experto, ya se le saluda, aunque sea un niño. Lo envían a ejecutar una tarea y ¡ya no volverá a ponerse el delantal (del trabajador manual)!...’.
Para confirmar aún más la idea según la cual, el egipcio iletrado no podía esperar a lo largo de su vida más que miseria y malos tratos, el padre dice al hijo: ‘…He visto a muchos que han sido golpeados. ¡Pon tu corazón en los libros!. He observado a los que han sido reclutados para el trabajo forzado:¡Mira, nada es superior a los libros: son como un barco sobre el agua!...’.
Resulta, pues, evidente que la organización social egipcia requería y estimaba el desempeño de las funciones del escriba, tanto o más que el trabajo material de los canteros, o el de los labradores, aunque es muy cierto que sin el esforzado sacrificio de los segundos, los primeros nunca habrían tenido la posibilidad de escribir demasiadas cosas…
Sin embargo, lo definitivo es que los escribas fueron los rectores del universo egipcio.
Francisco J. Martín Valentín
Egiptólogo
Editado por
Francisco J. Martín Valentín y Teresa Bedman
Francisco J. Martín Valentín es Doctor en Ciencias de las Religiones (Religión egipcia), por el Instituto de Ciencias de las Religiones. Departamento de Historia Antigua de la de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Egiptólogo. Director del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto. Director de la Misión Arqueológica Española en Asasif, (Luxor Occidental Egipto), desarrollando actualmente el “Proyecto Visir Amen-Hotep. TA 28". Director de la Cátedra de Egiptología ‘José Ramón Mélida’. Teresa Bedman es Licenciada en Historia y Egiptóloga. Gerente del Instituto de Estudios del Antiguo Egipto. Co-directora de la Misión Arqueológica Española en Asasif, (Luxor Occidental Egipto), desarrollando actualmente el “Proyecto Visir Amen-Hotep. TA 28”. Secretaria de la Cátedra de Egiptología ‘José Ramón Mélida’.
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Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850
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