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Blog de T21 sobre innovación social en la empresa

El concepto de ciudad inteligente significa tanto que puede no significar nada. Por eso, si yo fuera alcalde pediría ayuda a mi equipo de gobierno para saber si mi ciudad debe posicionarse en el movimiento de las ciudades inteligentes, en el de las accesibles o en el de las amigables. Porque hay interesantes grupos formales de trabajo bajo cada uno de los adjetivos anteriores, todos ellos llamando a la puerta de todos los ayuntamientos para crecer en toda la geografía nacional.


Alcalde inteligente, ciudad inteligente
En primer lugar me intentaría documentar y vería que el diseño de la ciudad del futuro está hoy principalmente en manos de redes de ciudades en las que trabajan las grandes empresas, políticos y técnicos en el marco de las smart cities. Se trata de foros en los que prima la gestión de recursos de forma que se puedan concebir servicios innovadores, eficaces, eficientes y sostenibles de la mano de la tecnología. O sea, una especie de gestión electrónica de las ciudades para optimizar el alumbrado, el riego, el tráfico, el transporte, los trámites administrativos o los datos públicos. Foros en los que los municipios que los integran colaboran compartiendo conocimiento y experiencia para generar sinergias y economías de escala con los recursos de todos. Ya era hora. En los que se habla de aplicaciones para teléfonos móviles y tabletas que permitirán, por ejemplo, consultar el estado del tráfico, la disponibilidad de plazas de aparcamiento, el grado de contaminación o el tiempo que tardará en llegar el próximo transporte público. Es decir, foros sobre ciudades digitales.
 
Vería que una de las asignaturas pendientes para muchos de los miembros de dichos foros (no para todos, gracias a Dios) es la duda sobre si el ciudadano sabrá utilizarlos. ¿Habrá ciudadanos digitales para optimizar su vida en la ciudad digital? ¿Habrá que formarlos para que sean usuarios avanzados o simplemente intentar evitar la temida brecha digital? ¿Para que lo vean tan atractivo que no solo lo usen sino que lo paguen (porque los fondos siempre salen de sus bolsillos)? ¿O da igual, porque son contribuyentes en cualquier caso, y las alianzas públicos-privadas impondrán tasas obligatorias y se repartirán después los ingresos?
 
Es posible que a continuación descubriera que hay iniciativas de otro tipo, más cercanas al hardware que al software de la ciudad, en torno a la accesibilidad y la movilidad. Menos numerosas y con menos participantes. Y, en tercer lugar, las que parecen hoy el patito feo del sistema: las ciudades amigables, entre las que destaca el de las ciudades amigables con los mayores que promueve la OMS a nivel mundial y nuestro querido CEAPAT-IMSERSO en España. Una amigabilidad que suena a más humana que las anteriores.
 
A continuación quizá optaría por la mejor forma de situar a mi Ayuntamiento, si como digital, accesible o amigable con todos los votantes y sus hijos. Incluyendo todo tipo de combinaciones. Y ¡problema resuelto!
 
Pero si cambiara las luces de posición por las largas, me daría cuenta de que el análisis es pobre, incompleto e incluso antiguo. Porque lo que procede en los nuevos tiempos que corren es salir de la burbuja político-empresarial y acercarse a los ciudadanos con más frecuencia, no sólo cada cuatro años. Es una de las cosas que se deduce de los últimos barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas, que reflejan unas preocupaciones de la gente que deberían preocupar a un alcalde joven, con visión y carrera por delante, como yo.
 
Es decir, tras un primer análisis institucional tocaría averiguar qué piensan los ciudadanos. No los japoneses, los coreanos ni los de Silicon Valley, sino nosotros, que no somos tan raros. Sobre todo los que intentamos no ser solo habitantes, sino que tenemos conciencia cívica, de lo común, de la sociedad y la comunidad, y la ejercemos porque no sólo como hombres buenos votando al final de cada periodo electoral y obedientes administrados y contribuyentes el resto del tiempo. Pues resulta que hay contenidos sobre este capítulo en los laboratorios ciudadanos que están inaugurando las grandes urbes y en las redes sociales más relacionadas con la economía colaborativa y la participación. Contenidos que se pueden resumir en que su opción es por una ciudad más humana frente a la sobre todo digital pretendida por los gurús.
 
No soy alcalde (todavía) y la juventud es un agradable recuerdo, pero apuesto por las personas comprometidas. Por eso he explorado las redes sociales y dos foros electrónicos de opinión y participación que empiezan a ser de referencia. Ahí el discurso es otro.
 
Para los más implicados resulta que ciudad inteligente equivale a accesible, respetuosa con el medio ambiente, con un transporte integrado y un reducido consumo energético. Con unos mejores servicios públicos y una comunicación e información fáciles, sobre todo para los mayores y las personas con discapacidad. Es decir, con un entorno más amigable, sostenible y humano.
 
Aunque coinciden en que el cambio estará generado sobre todo por la tecnología, manifiestan que también afectarán las nuevas formas de trabajar y –cómo no- los intereses empresariales. Y dicen explícitamente que se debería tener mucho más en cuenta la opinión de las personas que la de las empresas y los políticos, que son quienes ahora lideran sin conceder la misma autoridad a otras opiniones, entre ellas las de los que acabarán pagando la fiesta. Además, presentan propuestas muy diversas en diversos ámbitos para conseguir unos mejores entornos comunes.
 
Son conscientes de que la ciudadanía participa y opina poco, pero proponen realizar una pedagogía básica sobre el concepto de espacio inteligente como punto de partida para poder contar con los usuarios desde el principio y fomentar su participación activa.
 
Después de esta doble aproximación, se puede concluir que la virtud puede ser una combinación de todo lo anterior. Las personas reclaman un mayor protagonismo en la generación de ideas y en la toma de decisiones que ahora están casi exclusivamente en el terreno de las grandes empresas y los responsables políticos. Ya hay formas de colaborar, desde las formalmente establecidas para facilitar la participación pública abierta y continua hasta las asociaciones de mayores o de personas con discapacidad o los laboratorios ciudadanos. Estos grupos suelen ser parte del equipo de trabajo de las iniciativas relacionadas con la accesibilidad, la movilidad o las ciudades amigables con los mayores, pero no tanto en las vinculadas a las smartcities.
 
Contar más con las personas ayudaría a acercar los conceptos de ciudad digital y ciudad humana, en línea con una de las megatendencias sociales. Me refiero a la ciudadanía colaborativa y participativa directa, llamada a desarrollarse como factor de enriquecimiento del actual sistema de lo público, lo privado y el tercer sector. Se trata de pasar de la colaboración bípeda público-privada a la más estable público-privada-ciudadana, en la que las personas tengan un protagonismo directo (no indirecto) sobre el futuro del entorno del que son vecinos. Aunque los nuevos teléfonos tabletas se inventaran de otra forma, pero eso es otro territorio.

Más información, en el Foro Empresa y Sociedad

(Colaboración para el número de otoño de la revista Madurez Activa) 

Me resisto a caer en el tópico de que la actual burbuja emprendedora se limite a lo que nos transmiten los programas de las principales empresas. ¿Nadie está pensando en reinventar productos, servicios y actividades que hoy consideramos tradicionales?


¿Ningún emprendedor va a crear un banco?
Había una vez un emprendedor que quería inspirar un nuevo sistema financiero. Para generar un ecosistema diferente, incorporando las lecciones aprendidas en España durante estos años.
 
Sus encorbatados asesores le recomendaron consultar con expertos en responsabilidad social, pero les pidió que consultaran ellos y que le contaran. Las imaginables conclusiones incluían que había que impulsar un nuevo cumplimiento de los estándares de la industria de la sostenibilidad, entre ellos los códigos de buen gobierno, los derechos humanos, los cambios en la regulación financiera, la lucha contra el fraude y la corrupción, los fondos éticos, la igualdad y no discriminación por género, raza o religión o el efecto multiplicador de considerar criterios medioambientales en sus inversiones crediticias. Sin olvidar la acción social, la fundación bancaria ni la vinculación con alguna de las más prestigiosas escuela de negocios. A través de anuarios, estadísticas, artículos y boletines. Todo ello unido a un plan de comunicación con el mismo presupuesto que el total de las actividades directas para que todo se conociera bien entre el gran público, que al final es quien paga la fiesta.
 
Mientras tanto, el emprendedor prefirió consultar en fuentes más ciudadanas que financieras y hablar con visionarios del futuro más que con sus consultores tradicionales, con el mundo de las ideas más que con el de los procedimientos, con el de la intuición más que con el del análisis.
 
Aparecieron temas de otro tipo. En primer lugar, sobre el servicio al cliente. Para no repetir situaciones como la de las preferentes, las cláusulas y prácticas abusivas a quienes no las entienden ni saben cómo defenderse, los fondos de pensiones con comisiones estratosféricas considerando su coste, volumen y rentabilidad, o las hipotecas inversas en condiciones incalificables. Contemplando una banca alternativa que incorporara un ángulo social con no menos peso que el medioambiental, o una banca comercial más cercana a las personas, con modelos colaborativos como los que están surgiendo en comunidades que se organizan para prestarse entre sí o para financiar ideas que les parecen interesantes a través del crowdsourcing, integrando monedas virtuales y bancos de tiempo como una parte complementaria a las actividad bancaria tradicional. En segundo lugar, un grupo de ideas relacionadas con la longevidad, porque parece que viviremos más años y con menos renta personal. Desde la planificación y el ahorro a largo plazo a costes razonables para el ahorrador, hasta los nuevos servicios para los mayores, universales y de bajo coste gracias a la tecnología, o la incorporación de la gestión de las plantillas considerando su edad, la gran ignorada en España de las políticas de igualdad. En tercero, un tema sobre el que todo el sector pasa de puntillas a pesar de su efecto multiplicador en la evasión de recursos públicos del sistema empresarial, no sólo del bancario. ¿Adivinan cuál es? Efectivamente, se trataría de dejar de operar en paraísos fiscales ni para sí mismos ni para sus clientes de banca privada y grupos internacionales. El cuarto tendría relación con la retribución de los altos ejecutivos, estéticamente sorprendente si se considera que una parte procede de prácticas inapropiadas como las que hemos conocido en muchas de las antiguas cajas de ahorros. Y el quinto es de puro sentido común, de pura inteligencia económica de cualquier actividad: buscar la inspiración en expertos en tendencias de futuro, con un peso especial de los no muy cercanos a la actividad financiera ni al análisis macroeconómico, suficientemente conocidos por los bancarios y cuya visión anticipada de lo que se nos avecina ha demostrado estar menos desarrollada que la interpretación a posteriori de lo ocurrido, sobre la que tampoco hay demasiadas coincidencias. En cuanto a la comunicación, se trataría de trabajar en contenidos y formas de comunicarlos que consideren los nuevos hábitos de los usuarios, más ajustados la demanda de conocer y aprender cuándo y como quieran a través de sistemas participativos multiplataforma y multidispositivo, sin que el banco deje de efectuar un seguimiento de la trazabilidad de los contenidos para mejorarlos continuamente. Con más peso de fórmulas audiovisuales gestionables intuitivamente por usuarios cada vez más duchos en el uso de tabletas y smartphones. Y con la ventaja de que, además, la inversión la hacen ellos no el banco.
 
No soy capaz de pronosticar el camino finalmente elegido por el emprendedor ni sobre la reacción del sistema. Sobre todo porque sería un pronóstico de alguien que no cree en los pronósticos. Especialmente si son de largo alcance. Pero le ayudaría con todas mis fuerzas si eligiera la opción más divertida.

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Editado por
Francisco Abad
Eduardo Martínez de la Fe
Coautor del libro "Dentro de 15 años", impulsor de cambios considerando megatendencias sociales (envejecimiento, comunicación hipermedia, emprendedores) y consejero independiente de empresas (www.abest.es). Fundador de la Fundación Empresa y Sociedad. @FranciscoAbadJ


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