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Blog de T21 sobre innovación social en la empresa

Una colección de textos de los siglos XII y XIII y las circunstancias de su interpretación también son capaces de inspirar un futuro mejor.


Cármina Burana reta al público
Ayer tuve la suerte de volver a escuchar la cantata Cármina Burana en el Auditorio Nacional con varios de mis mejores amigos y de situar algunas sensaciones y reflexiones en el contexto que estamos viviendo.
 
Es conocido que Cármina Burana no es una joven alemana, sino el título de una colección de poemas de los siglos XII y XIII de una zona de su Baviera (“Canciones de Beuern”) que se encontraron en 1803 en pleno proceso de secularización de una abadía benedictina. Entre sus singularidades, se puede decir que es la colección laica de versos medievales más grande que se conserva, en una época en que apenas había obras de este tipo que no fueran de carácter puramente religioso.
 
Se nos presentó, por tanto, la oportunidad de repensar las ideas de sus más de 300 cantos sobre la alegría de vivir, los placeres terrenales y el disfrute de la naturaleza, todo ello como contrapeso y crítica inteligente a las élites sociales y eclesiásticas que ostentaban el poder en una época en la que todavía no había empresas ni sindicatos. Elogios al amor, al juego y a lo sencillo que está al alcance de cualquiera, en un ambiente de cotidianeidad para los lugareños de entonces, aunque salpicado de exaltaciones al destino y la suerte como componente de la vida.
 
En la versión orquestal hecha por Carl Orff de 25 de sus canciones intervienen orquesta, solistas y coros, en los que se alternan luminosidad, fuerza y sensibilidad, con una magistral percusión que mantiene un ritmo rico y contagioso y algunos paréntesis para voces blancas que hacen de contrapunto a los momentos más explosivos. El fragmento más conocido es “O fortuna ”, que inicia el preludio y cierra con fuerza el final, con su “Fortuna imperatrix mundi” que subraya que todos dependemos también de la suerte, incluso los poderosos.
 
Una oportunidad también de repasar el momento que estamos viviendo y revitalizar ideas como la importancia de recuperar lo valioso de nuestra historia, que tiene mucho que aportar a la frenética velocidad con la que vivimos, sin apenas espacio para el pensamiento, para interpretar tendencias ni para imaginar un futuro deseable. Una oportunidad de cuestionar el papel de cada uno en relación con el pérfido sistema de poder e inmovilidad institucional que hemos construido y la tentación de limitarnos a vivir en un pequeño entorno acogedor para lo nuestro y los nuestros. Una oportunidad de revisar qué es de nuestra sabiduría vital, que no sé si es tal cuando no es motor de libertad, posicionamiento y actividad ante cualquier circunstancia, incluso las relacionadas con la buena o la mala fortuna.
 
La lección, de la que espero disfrutar al menos durante unos días, se completó con algunas otras características de la interpretación. En directo, con la voz humana por encima de la orquesta en momentos brillantes, con un coro de niños junto al de adultos y con un director que acababa de cumplir 80 años y unos apellidos que reflejan con claridad que es ciudadano del mundo. Un trabajador autónomo que ha inventado su propio trabajo, que exporta, sin oficina estable, que innova para las multinacionales y los gobiernos, transmite ideas universales con un lenguaje que entiende todo el mundo y que no se ha jubilado a los famosos 65. Por eso los cariñosos aplausos del público, culto, de clase media, enfervorizado pero aparentemente consciente de la profundidad de los variados matices del conjunto. Como mis amigos y yo, esperanzados en que no solo seamos espectadores pasivos ante el presente del que somos cómplices y ante un futuro diferente que podemos empezar a construir desde ahora mismo, aunque sea improbable.

Hay formas diferentes a las tradicionales de ver el envejecimiento. Quizá empezando por llamarlo de otra forma y relacionándolo con la gestión de la edad o la vida saludable. Sinceramente, creo que dentro de veinte años seré diferente a los que ahora tienen veinte años más que yo y viviré en un mundo mejor que el suyo de ahora.


Envejecer a todo color
Tras el artículo del pasado 1 de diciembre en El País de Miguel Angel García Vega, titulado Las canas revolucionan la economía , he asistido en primera persona a unas cuantas situaciones revolucionarias. Se empieza a poner encima de la mesa de la sociedad la verdad incómoda del envejecimiento, que todos conocemos pero que no afrontan como se merece los responsables políticos, los empresariales ni la sociedad civil. Será porque tampoco lo hacemos a nivel personal,  inmersos en un día que nos tiene colapsados y no nos permite ver la inminente quiebra del modelo de bienestar que nos conducirá a unas pensiones públicas que serán la mitad de las actuales en apenas una década si no lo cambiamos.
 
El detonante del artículo y del posterior debate han sido las proyecciones de la población 2013-2023 en España , presentadas por los expertos en demografía del INE unos días antes. Aunque apenas aportaban novedades respecto a las que hacen cada año por estas fechas, uno de sus titulares ha llamado mucho la atención a la opinión pública: el número de defunciones superará por primera vez al de nacimientos a partir de 2017. Algo que ya sabíamos, año arriba o año abajo. Porque la generación de mi hija pequeña, símbolo cuantitativo de nuestro baby-crash, es casi la mitad que la mía, en pleno baby-boom de nuestros padres, años en los que era un honor ser familia numerosa de las de antes.
 
Un debate radiofónico de esta mañana empezaba con el tono gris de varios tertulianos de perfil supuestamente científico, que alarmaban con el escenario de una sociedad envejecida y dependiente, sin pensiones, en manos del sector bancario y donde longevidad equivalía a enfermedad y a más gasto sanitario medido en puntos porcentuales del PIB. Por suerte había un verso suelto que defendía la mayor esperanza de vida como un logro de la humanidad, la importancia de que los años tengan más vida frente a que la vida tenga más años y la tendencia de siempre a vivir mejor, considerando ciclos largos. Al margen del PIB, que no recoge la vida real de la población ya que lo más importante de nuestra vida personal y comunitaria no se cuantifica, como el inmenso mundo de los cuidados que nos está permitiendo aguantar el fuerte chaparrón de estos años que nada tiene que ver con el decrecimiento oficial del 1 o el 2%. Porque es indudable que preferimos vivir en el siglo XXI que haberlo hecho en el X, por no discutir sobre el XX. Y presentaba el cambio demográfico como un reto para evolucionar, replanteándonos las calves vitales e innovar, por ejemplo generando productos y servicios básicos y universales de bajo coste, no como una amenaza por decrepitud generalizada en la que las rentas decrecientes apenas nos darán para sobrevivir. Puro aire fresco, que transformó el tono del programa, como ocurre siempre que nos situamos en clave de futuro y como ocurrió también entre los participantes en el programa y, supongo, entre oyentes como yo mismo.
 
Algo parecido viví la semana pasada en un foro de organizaciones sociales especializadas en atender a personas mayores en sus residencias y centros, no solo asistenciales. Debatían sobre su estrategia en el ámbito de los servicios y la dependencia, con un punto de partida poco halagüeño. Considerando varios estudios sobre el llamado tercer sector, el inicio del coloquio era del mismo color que el de los mencionados contertulios radiofónicos. Sobre todo por la sensación generalizada de que entre 2011 y 2013 el sector habrá perdido un tercio de su financiación, según una encuesta a sus directivos más cualificados. Pero las implicaciones de todo ello ya arrojaban algún hilo de esperanza. Empezaba a aparecer algo de color, ya que los asistentes coincidían en que las entidades sociales se habían convertido en más flexibles, más dependientes de los ciudadanos e independientes de los políticos, más enfocadas a lo prioritario y más colaborativas entre sí y con la sociedad civil, un cómplice imprescindible. Pero el cambio de frecuencia se produjo al abordar la situación concreta de las especializadas en las personas mayores.
 
Para la inmensa mayoría de nosotros la opinión predominante es que el envejecimiento es también una verdad incómoda, una realidad morbosa y postergable que le ocurre solo a los demás, porque somos los que mejor estamos de nuestros compañeros de clase en el colegio. Las grandes empresas tampoco le prestan mucha atención, porque su día a día no les permite muchas luces largas y porque les parece un tema más relacionado con el sistema público de bienestar y pensiones que con ellas. Pues justo por eso los participantes atisbaban un campo de oportunidad, de grandes desafíos en lo personal, en lo empresarial y en lo institucional, tanto desde lo racional de los datos como de lo emocional y las ilusiones. Así lo reflejaron al introducir los cimientos de su estrategia, porque la base ideológica de cualquier organización es un sueño compartido, en este caso un sueño vocacional porque se trataba de entidades de carácter no lucrativo. La línea no es mantener los modelos actuales ni hacer más con menos, sino hacer cosas diferentes de manera distinta para alcanzar otros objetivos, decían. Con un plan operativo que permita lidiar con las dificultades cotidianas, pero también con un alma que emocione, inspire y permita dibujar un futuro ilusionante que contemple tendencias como la complicidad ciudadana, el trabajo colaborativo, las alianzas estratégicas, el cambio tecnológico, los emprendedores que permitan mejorar productos y servicios disminuyendo el coste o impulsar el debate público. Porque la sociedad parece que nos quita la voz según cumplimos años, pero esta tendencia a la difuminación no es sostenible si aumenta tanto el número de las personas de cierta edad. Sobre todo porque creo que a nosotros, a los que ahora disfrutamos del ecuador de nuestra vida, no creo que nadie nos silencie en un par de décadas. Ni en tres. Ahí está el reto, que no es solo intelectual. Y que requiere ir creando opciones, participar en iniciativas ciudadanas y tomar posiciones activamente.

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Editado por
Francisco Abad
Eduardo Martínez de la Fe
Coautor del libro "Dentro de 15 años", impulsor de cambios considerando megatendencias sociales (envejecimiento, comunicación hipermedia, emprendedores) y consejero independiente de empresas (www.abest.es). Fundador de la Fundación Empresa y Sociedad. @FranciscoAbadJ


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