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No podemos evitar los terremotos- aunque si sería bueno tocar menos las pelotas a la madre tierra- pero si podemos anticiparnos a sus consecuencias. ¿Con qué moral vamos a pretender que nuestros hijos se incorporen a nuestro sistema de civilización si lo que les mostramos es todo menos civilizado?
Una catástrofe ética:
Haití ha pasado a ser algo más que una gran catástrofe física, al igual que en su día lo fue Nueva Orleans, y antes otras ciudades, Haití es una gran catástrofe ética. Una vergüenza para un mundo que se considera civilizado, pero incapaz de prever, torpe para resolver y demasiado prudente como para autocriticarse.
De hecho Haití ya era Haití, o lo que es lo mismo pobreza y destrucción antes de que la catástrofe provocada por el terremoto de 7,3 grados en la escala de Richter agitara nuestras conciencias. El propio presidente de Haití, René Préval, lo dijo el pasado lunes a su manera el “sismo fue un acontecimiento, pero la situación era difícil desde antes”.
Haití nos plantea demasiadas PREGUNTAS SIN RESPUESTA ¿Tienen que ocurrir hechos singulares, televisivos y escénicos para que el mundo reaccione? ¿Qué hacemos entonces con los que se mueren lentamente de hambre y de miseria? ¿Para qué sirve la ONU? ¿Por qué tanto gesto político puntual y tan poco esfuerzo sistemático? ¿Por qué tanto conflicto y tan poca articulación internacional? ¿Por qué tanto compadecernos del que está lejos y al mismo tiempo desconfiar, maltratar y expulsar al que está cerca? ¿Es la compasión el sentimiento correcto o sería mejor una solidaridad anticipativa? ¿Por qué seguir manteniendo esas farsa bipolar entre ricos y pobres, buenos y malos, derechas e izquierdas que solo a los actores políticos les beneficia? ¿Por qué perder tanta energía en debates inútiles? ¿Por qué la sociedad civil le ha tomado la iniciativa a las instituciones públicas?
Es cierto que los problemas vienen de atrás. Somos hijos de una cultura del conflicto, y estamos preparados para competir y algunos para hacer la guerra, pero mucho menos para ayudar. Somos los animales que mas practican el autoengaño (tal vez los únicos) y apagamos nuestras conciencias con un ¡Se lo habrán buscado!
Alguien podría objetarme que en la actualidad existen ejércitos para la paz y que las ayudas son muy superiores a las de hace una décadas, y tendría mucha razón. Todo eso es un gran avance y tendríamos que felicitarnos por ello, pero no es menos cierto que no es suficiente y que no se trata únicamente de una cuestión de cantidad: el mundo necesita otros modos de ver la realidad y la sociedad otras instituciones.
Otra perspectiva, otra forma de entender la estrategia y la acción humana:
Los que me conocen saben que este discurso no es oportunista, hace 8 años que lo vengo hilvanando con mis colegas de FISEC (Foro Iberoamericano Sobre Estrategias de Comunicación) . Frente a la estrategia del conflicto venimos propugnando una estrategia de la articulación. Y lo hacemos no por buenismo sino porque todos los mensajes que recibimos tanto de la ciencia como de la sociedad así nos lo aconsejan. Algunos suenan muy lejanos, pero todos son coincidentes, desde la física cuántica que nos dice que todos los seres que habitamos en el mundo macro pesamos mucho y “estamos enganchados en nuestros entornos”, hasta el pensamiento complejo del maestro Edgar Morin que nos recuerda que “complejo, del latín complexus, es lo que está tejido junto. Pasando por las proclamas de una sociedad civil que reclama otras perspectivas mas ármonicas y que se expresa en el voluntariado heróico de muchas ONGs.
Y fíjese el lector, resulta que “enganchados•”, “entorno”, “juntos” y "voluntad" son las palabras clave para este enredo. Si estamos enganchados y tejidos juntos con los otros en nuestros entornos, eso significa que todos estamos interconectados y llevamos dentro un poquito del otro. Para ver que esto es algo mas que una frase poética basta con leer a David Bohm, a Zukav, a Jaworski....
Y si todos llevamos dentro un poquito de Haití, cómo no emocionarnos ante esas imágenes que nos llegan en los telediarios, cuando una parte de nosotros está sufriendo allí. Pero no debemos caer en la compasión. No se trata de apagar los gritos con una lágrima o una limosna . Hay buenos sentimientos que son malos compañeros. Es ahí donde entra en juego la voluntad. Un desastre de tamaña dimensión solo puede servir para una cosa: para que no se repitan sus consecuencias. Para revisar nuestra propia forma de mirar al mundo y reclamar unas instituciones internacionales, y también nacionales, mejor enfocadas y más eficientes. Para gritar todos juntos: NO MAS HAITÍES, y acto seguido actuar, tomar las medidas.
Y si esta fuese la perspectiva correcta, y quiero pensar que sí, entonces habría que recuperar la voluntad perdida , que diría Marina. Hay mucho por refundar.
Haití ha pasado a ser algo más que una gran catástrofe física, al igual que en su día lo fue Nueva Orleans, y antes otras ciudades, Haití es una gran catástrofe ética. Una vergüenza para un mundo que se considera civilizado, pero incapaz de prever, torpe para resolver y demasiado prudente como para autocriticarse.
De hecho Haití ya era Haití, o lo que es lo mismo pobreza y destrucción antes de que la catástrofe provocada por el terremoto de 7,3 grados en la escala de Richter agitara nuestras conciencias. El propio presidente de Haití, René Préval, lo dijo el pasado lunes a su manera el “sismo fue un acontecimiento, pero la situación era difícil desde antes”.
Haití nos plantea demasiadas PREGUNTAS SIN RESPUESTA ¿Tienen que ocurrir hechos singulares, televisivos y escénicos para que el mundo reaccione? ¿Qué hacemos entonces con los que se mueren lentamente de hambre y de miseria? ¿Para qué sirve la ONU? ¿Por qué tanto gesto político puntual y tan poco esfuerzo sistemático? ¿Por qué tanto conflicto y tan poca articulación internacional? ¿Por qué tanto compadecernos del que está lejos y al mismo tiempo desconfiar, maltratar y expulsar al que está cerca? ¿Es la compasión el sentimiento correcto o sería mejor una solidaridad anticipativa? ¿Por qué seguir manteniendo esas farsa bipolar entre ricos y pobres, buenos y malos, derechas e izquierdas que solo a los actores políticos les beneficia? ¿Por qué perder tanta energía en debates inútiles? ¿Por qué la sociedad civil le ha tomado la iniciativa a las instituciones públicas?
Es cierto que los problemas vienen de atrás. Somos hijos de una cultura del conflicto, y estamos preparados para competir y algunos para hacer la guerra, pero mucho menos para ayudar. Somos los animales que mas practican el autoengaño (tal vez los únicos) y apagamos nuestras conciencias con un ¡Se lo habrán buscado!
Alguien podría objetarme que en la actualidad existen ejércitos para la paz y que las ayudas son muy superiores a las de hace una décadas, y tendría mucha razón. Todo eso es un gran avance y tendríamos que felicitarnos por ello, pero no es menos cierto que no es suficiente y que no se trata únicamente de una cuestión de cantidad: el mundo necesita otros modos de ver la realidad y la sociedad otras instituciones.
Otra perspectiva, otra forma de entender la estrategia y la acción humana:
Los que me conocen saben que este discurso no es oportunista, hace 8 años que lo vengo hilvanando con mis colegas de FISEC (Foro Iberoamericano Sobre Estrategias de Comunicación) . Frente a la estrategia del conflicto venimos propugnando una estrategia de la articulación. Y lo hacemos no por buenismo sino porque todos los mensajes que recibimos tanto de la ciencia como de la sociedad así nos lo aconsejan. Algunos suenan muy lejanos, pero todos son coincidentes, desde la física cuántica que nos dice que todos los seres que habitamos en el mundo macro pesamos mucho y “estamos enganchados en nuestros entornos”, hasta el pensamiento complejo del maestro Edgar Morin que nos recuerda que “complejo, del latín complexus, es lo que está tejido junto. Pasando por las proclamas de una sociedad civil que reclama otras perspectivas mas ármonicas y que se expresa en el voluntariado heróico de muchas ONGs.
Y fíjese el lector, resulta que “enganchados•”, “entorno”, “juntos” y "voluntad" son las palabras clave para este enredo. Si estamos enganchados y tejidos juntos con los otros en nuestros entornos, eso significa que todos estamos interconectados y llevamos dentro un poquito del otro. Para ver que esto es algo mas que una frase poética basta con leer a David Bohm, a Zukav, a Jaworski....
Y si todos llevamos dentro un poquito de Haití, cómo no emocionarnos ante esas imágenes que nos llegan en los telediarios, cuando una parte de nosotros está sufriendo allí. Pero no debemos caer en la compasión. No se trata de apagar los gritos con una lágrima o una limosna . Hay buenos sentimientos que son malos compañeros. Es ahí donde entra en juego la voluntad. Un desastre de tamaña dimensión solo puede servir para una cosa: para que no se repitan sus consecuencias. Para revisar nuestra propia forma de mirar al mundo y reclamar unas instituciones internacionales, y también nacionales, mejor enfocadas y más eficientes. Para gritar todos juntos: NO MAS HAITÍES, y acto seguido actuar, tomar las medidas.
Y si esta fuese la perspectiva correcta, y quiero pensar que sí, entonces habría que recuperar la voluntad perdida , que diría Marina. Hay mucho por refundar.
Editor
Rafael Alberto Pérez
Doctor en Ciencias de la Información y autor de referencia en materia de estrategia y comunicación, Rafael Alberto Pérez es Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid; Presidente de Honor del Foro Iberoamericano Sobre Estrategias de Comunicación (FISEC); y profesor invitado de unas 100 Universidades de 14 países. En la actualidad trabaja en formación de directivos (talleres y seminarios in house) por encargo y como consultor estratégico por proyectos. Es consejero de The Blueroom Project - TBP Consulting para temas de turismo y ocio. En el mundo académico imparte cursos y seminarios a nivel internacional.
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Blog sobre comunicación estratégica de Tendencias
Tendencias 21 (Madrid). ISSN 2174-6850
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