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HISTORIA Y SOCIEDAD

Bitácora

Algunas frases históricas

Lunes, 14 de Abril 2008


La razón que me ha motivado escribir algo tan conocido popularmente como “frases históricas”, no es más que el pretencioso deseo de intentar ubicar la frase en su momento histórico. La mayor parte de las veces solemos citarla, ignorando bien por inercia o por desconocimiento la situación o el personaje, ó los dos a la vez, con lo cual convertimos la frase en algo próximo al dicho o refrán. Soy consciente que sobre este tema existe gran número de publicaciones, unas mejores y otras peores. La mía es simplemente una más, pero con una salvedad: invito al posible lector a incluir cualquier frase, modificar mi versión o solicitar explicación sobre otras que yo pueda omitir o desconocer. Quizás consigamos entre todos una publicación casi interminable. ¡Suerte!
Myriam Sagarribay



A la memoria de mi padre,
gran contador de historias.




Ayuda a los otros a levantar su carga, pero no a llevarla.-
Pitágoras (s. VI a.C.)

Sobre Pitágoras, considerado uno de los siete sabios de Grecia, poco se sabe con exactitud. Su propia fecha de nacimiento y defunción difieren aproximadamente cuarenta años (n. del 590 al 569 – m. 510 ó 470 a.C.) ¿Qué existió?, es verdad. ¿Qué es el padre de las matemáticas?, también. ¿Qué es el inventor del teorema que lleva su nombre y de la tabla de multiplicar?, hoy nadie lo duda, pero todo en él es misterio. Se cree que nació en Samos, hijo de un comerciante de piedras preciosas, y en su juventud viajó por todo el Mediterráneo. Su educación fue esmerada como correspondía a cualquier griego de familia acomodada: gimnasia para el cuerpo y filosofía y música para el espíritu.
Fue el fundador del movimiento religioso y científico que lleva su nombre (pitagorismo), con unos principios morales muy sencillos en donde el hombre debía alcanzar la máxima perfección para ser semejante a los dioses. El número representaba la esencia de la vida y el alma, y todo podía representarse por números.
Sus escritos sólo nos han llegado a través de otros escritores de la Antigüedad. La frase que nos ocupa se encuentra en libro de máximas pitagóricas titulado “Versos dorados”.


Pega, pero escucha..- Temístocles (general y político ateniense, 525-460 a.C.).

Narra el historiador Plutarco (s. II d. C), que tras la batalla de Maratón, los persas rehicieron sus ejércitos llegando hasta el Atenas. Los atenienses huyeron en sus naves hacia Esparta para solicitar ayuda. Reunidos los generales para determinar la táctica de guerra, el espartano Euribíades era partidario de librar la batalla en el Golfo de Corinto, mientras que Temístocles lo era por la bahía de Salamina. Durante la acalorada discusión, Euríbiades intento golpear a Temístocles con su bastón, a lo que Temístocles sin gesto esquivo exclamó: “Pega, pero escucha”. En golpe no llegó a su fin, pero sí las conversaciones aceptándose la posición del ateniense, es decir, Salamina.

Temístocles hizo de Atenas la primera potencia marítima de la Helade y la gobernó durante cinco años. En las luchas internas por el poder, vencido solicitó asilo en Persia. El rey Atajerjes, su antiguo enemigo, le nombró sátrapa (gobernador) de la ciudad de Magnesia en donde terminó sus días.


Que te apartes y no me quites el sol. -
Diógenes (filósofo griego, 413-327 a.C)

Diógenes fue el principal exponente de la escuela cínica –del griego cinis, perro- cuyo principio filosófico se basaba en “la total anulación de todos los deseos y necesidades humanas para mejor parecerse a los dioses”. A sus seguidores se les conocía con el calificativo de cínicos, nada que ver con la tercera acepción del diccionario de la Real Academia (impúdico, procaz).

Para alcanzar a los dioses, Diógenes adoptó un tonel como casa, una vieja y única túnica como vestido y un pequeño talego donde guardar los pocos alimentos que lograba mendigando; cuando fallaban las donaciones se nutría de hierbas. Relativo a Diógenes se podría escribir a parte de ésta frase, muchas más. Se cuenta que un día Platón apenado por su triste situación, le aconsejó que entrara al servicio del dios Dionisios. Diógenes le respondió con tono compasivo: “Quien come hierbas no tiene que servir a nadie”.

Enterado Alejandro Magno de la calamitosa vida de Diógenes fue a su encuentro para ofrecerle ayuda. El filósofo, recostado tomando el sol, respondió con tono indiferente. “Que te apartes.......”


Cuando se pierde una batalla, sólo los que huyen pueden combatir en otra.-
Demóstenes (general y orador, Atenas,384-Calauria,322 a.C.)

Aunque gran parte de su vida la dedicó a las armas, su verdadera pasión fue la oratoria. De joven, oyendo a Calístrato, decidió que la elocuencia era su camino, pero para ello tenía que superar arduas dificultades físicas: era tartamudo. Comenzó su caminar por el mundo de la oratoria escribiendo demandas para los tribunales pero, al momento de leerlas, las gentes se reían de su fina voz entrecortada y de la falta aire. Para remediar estos graves inconvenientes en el logro de sus deseos, ensayaba hablando durante horas con piedras en boca y a los veintisiete años había superado su defecto.

Alcanzó grandes fortunas, no como general, sino cono redactor de grandes discursos y recursos tanto para él como para terceros. Se cuenta que hasta recibió grandes sumas del propio rey de Persia y que lo hizo para combatir a Filipo de Macedonia, su gran enemigo.

Autor de las famosas arengas Filípicas y Olintíacas, hasta nosotros han llegado 61 discursos, 56 exordios y 6 epístolas.


Nada es permanente a excepción del cambio.-
Heráclito, (filósofo griego, s.V a.C.)

Dado que el nombre de Heráclito es bastante común entre los griegos insignes de la antigüedad, es necesario añadir al patronímico su ciudad de nacimiento: Éfeso.

Su vida y su obra aparecen envueltas en relatos legendarios, aunque filósofos como Sócrates, Platon y Aristóles alaben o desarrollen parte de sus teorías. El principio de su filosofía es la relatividad universal: nada es, todo deviene. “Lo uno, desdoblándose coincide con uno mismo”. “La única realidad es el paso del ser al no ser, todo en la naturaleza ocurre igual: la noche sigue al día, la muerte al nacimiento, la enfermedad a la salud... Lo único verdadero es el cambio, porque es eterno” Para Heráclito el mundo no es obra de los dioses, ha existido y existirá siempre. Es un fuego eterno que se enciende y apaga según leyes regulares.

Por el contenido pesimista de sus teorías, se le llamó el filósofo plañidero. Su filosofía está recopilada en su obra Sobre la naturaleza, de la cual han llegado algunos fragmentos y comentarios en otros autores.


Zapatero, a tus zapatos.-
Apeles (pintor S.IV)

Fue el pintor más importante de la antigüedad. Dada su condición de pintor de corte, los más insignes personajes de su época solicitaron sus servicios, entre ellos Alejandro Magno a quien retrató dos veces. Su realismo era tal perfección que cualquier tema pintado por él tomaba vida. El artista gustaba mostrar en público sus obras y someter a las gentes al equívoco, si era pintura o realidad. Se dice que en cierta ocasión pintó una cortina, y debajo escribió: “descubrid lo que esconde”y las gentes, creyéndola real, intentaron abrirla con la mano.

En una de estas demostraciones, un zapatero criticó algo sobre unos zapatos pintados por el artista, Apeles dándole la razón rectificó el calzado. Entusiasmado el zapatero por su éxito, mirando el busto del personaje intentó corregir posibles defectos, a lo que Apeles respondió: “zapatero, a tus zapatos”


Otra victoria como ésta y estoy perdido.-
Pirro, rey de Epiro (318?-272 a.C)

Después de varias vicisitudes, consiguió ser nombrado rey de Epriro. También compartió durante nueve años el reino de Macedonia con Lisímaco. La ciudad de Táranto solicitó su ayuda contra los romanos y Pirro se personó con un ejército de 25.000 hombres y unos pocos elefantes, sería la primera vez que los romanos, con gran asombro, tuvieron que enfrentarse a estos animales. Sus victorias se sucedieron pero fue después de la batalla Asculum en donde los romanos perdieron 7.000 hombres y Pirro 4.000, cuando dicen que pronunció la consabida frase.

Atacada y ocupada Sicilia por los cartagineses, Pirro hizo una alianza con los romanos para expulsar de suelo siciliano a los invasores y también venció.

Pirro, no sólo poseía todas las condiciones físicas del mejor general, también era reconocida su inteligencia. Escribió una historia del arte de la guerra que muchos años después alabaría Cicerón y comentada por Plutarco.


Sabes vencer (Aníbal), pero no sabes aprovechar la victoria.-
Maharbal, (general cartaginés, n?-m.202 a.C.)

General cartaginés, hombre poco culto pero gran luchador. Sitió Sagunto con tanta precisión que nadie nota la falta de Aníbal. Al declararse la segunda guerra púnica (Roma contra Cartago), Aníbal decidió combatir a Roma en la propia Italia, contaba con que Cartago le enviaría los refuerzos necesarios. Aníbal, sus ejércitos y sus elefantes cruzaron el río Ródano, los Alpes, llegando solamente 20.000 soldados de los 90.000 que salieran de España y un único elefante de los 40 que disponía al momento de la marcha. Continuando su camino hacia Roma, atravesó los Apeninos y en los lodazales del río Arno, perdió la mitad del ejército, un ojo y el elefante que le quedaba.

El general Maharbal, una vez más, dio muestras de sus grandes dotes, hizo que la Galia Cisalpina se revelara contra Roma y venció a más importante ejército de legionarios romanos. En la batalla de Cannas, que dio la victoria a Aníbal contra Roma comandó la caballería. Aníbal, después de esta victoria, se retiró Capua para esperar refuerzos para atacar a Roma, refuerzos que durante los trece años de su estancia nunca recibió. Esta decisión de Aníbal, fue duramente criticada por Maharbal de donde viene la frase: “sabes vencer, pero no sabes aprovechar la victoria”.


Libremos a Roma de este pobre viejo que tanto le causa miedo.-
Aníbal, (Cartago 247 a.C-183 a.C.)

Es el más importante general cartaginés. Era hijo de Almílcar Barca, a los nueve años su padre le hizo jurar odio eterno contra los romanos y, sin duda, cumplió su juramento.

Después de llegar casi a las puertas de Roma y tras la victoria de Cannas –frase anterior- se retiró a Capua en espera de refuerzos, aunque algunos historiadores afirman que el verdadero motivo fueron los placeres que encontró en esta ciudad. La verdad es que escribió gran número de misivas al Senado cartaginés solicitando refuerzos y que éste respondió: "si no atacas Roma por miedo de perder, no necesitas refuerzos, y si vas a ganar: tampoco”. Finalmente, Cartago le envió un ejército de ayuda al mando de su hermano Almílcar, ejercito que fue vencido al poco de entrar en Italia y su hermano muerto. Ante estas nefastas noticias, Anibal perdió toda esperanza de apoyo y se decidió negociar con Roma una salida digna. Frustrada toda esperanza de diálogo, no tuvo más salida que plantar batalla, y en Zama fue derrotado por Escipión.

Después de 35 años fuera de su país, Aníbal regresó a Cartago y nombrado magistrado. Organizó la hacienda, la vida pública y llevó a cabo algunas alianzas con reinos de Asia Menor. Temerosos los romanos de su nueva influencia, Roma solicito la entrega de Aníbal como rehén. Temeroso, huyó de Cartago y se refugió en la corte de Antíoco III (Siria).

Se cuenta que una noche este rey reunió a cena, a Escipión y Aníbal, y dirigiéndose a éste último preguntó que según su criterio quienes habían sido los mejores generales de la historia:
Aníbal: El primero Alejandro Magno, el segundo Pirro y el tercero, yo.
Escipión exclamó: Eso sería si yo no te hubiera vencido.
Aníbal: Si no me hubieras vencido, yo sería el primero.

Consciente de que Roma no olvidaba, se refugió en Bitinia y poco después, cercano a los 90 años se suicido ingiriendo el veneno oculto en la caña de su bastón. Antes de morir cuentan que exclamó: “Libremos a Roma de este pobre viejo que tanto le causa miedo”.


Ingrata patria, no eres digna de poseer mis huesos.-
Escipión, el Africano (234 a.C.- 183 a.C.)

Publio Cornelio Escipión pertenecía a una de las familias más ilustres de Roma, los Cornelia, por lo tanto, todos los miembros de esta saga, tras el nombre, llevaban Cornelio a modo de apellido. El calificativo de Escipión (scipio en latin = bastón) se remonta al primero de esta saga, fue guía y apoyo de su padre ciego. A los Escipiones posteriores les sumaron otros calificativos, al que nos atañe lo llamaron El Africano por sus campañas en África.

A una esmerada educación griega – las “gentes bien” romanas tenían desde niños preceptores griegos - , trato agradable y hábil elocuencia, había que sumar sus dotes de guerra. A los 22 años llegó a Tarragona como Procónsul para España, y a los 26 ya era Cónsul. Sus dotes diplomáticas le ayudaron a captar las voluntades de los naturales de la Península necesarias para combatir contra los cartagineses.

Luchó en Cannas contra Aníbal y perdió, pero en la batalla de Zama, sus ansias de victoria se vieron recompensadas. Aunque vencidos los cartagineses, sigue de cerca el destino de Aníbal, finaliza la conquistada España y sus pasos se dirigen hacia África.

A su regreso a Roma es acusado en el Senado por su visceral enemigo Catón, de malversación del dinero público y gastos excesivos. Decepcionado eligió libremente el destierro, y se retiró a un pequeño pueblo cerca del mar Tirreno, Lucertum, pueblo que hoy no existe.

A su muerte dejó en testamento que no deseaba honores ni que sus huesos reposaran en Roma.

Myriam Sagarribay
Redactado por Myriam Sagarribay el Lunes, 14 de Abril 2008 a las 08:30

Bitácora

La vida cotidiana en la Hélade a partir del último tercio del siglo IV a.C. sufre una completa transformación. Si la relacionamos con la austeri¬dad de la época clásica, siglo V o siglo de oro de Pericles en Atenas, comprobaremos que el equili¬brio entre lo racional e irracional, entre la religiosi¬dad y la indife¬rencia, entre la sobriedad y el boato ha perdido su antigua mesura. Solamente las gen¬tes llanas y el medio rural conservarán algo de aquel entonces.

Con las conquistas de Alejandro Magno la sociedad helénica, hasta entonces cerrada dentro de las normas y gustos de las póleis, se abre a nuevos mun¬dos y casi todo el universo conocido se pone a su disposición. Descubre otros dioses, conoce cul¬turas milenarias (Egipto, Babilonia,...) y accede a modos de vida tan diferentes, que harán que el hele¬nismo no sea una prolongación de la antigua cul¬tura griega, sino algo nuevo sobre bases viejas. Quizás, la común sentencia que augura la victoria del vencido, se hará patente y será el conquistador quien más reciba la influencia de los mundos del conquistado.

La adopción por parte de todos los estados de la Hélade del griego ático (hablado en Atenas), dio lugar a una lengua común o koiné que facilitó la co¬municación, primeramente entre las diversas póleis o ciudades y, más tarde, al imponer el idioma en las tie¬rras conquis¬tadas, el fácil acceso a nuevas for¬mas de vida.

En religión se aceptaron nuevos dioses, en política se asentaron las monarquías absolutas, las primeras del mundo occidental, y en filosofía se abrie¬ron nuevos conceptos alejados de aquéllos con¬sidera¬dos básicos: Sócrates, Platón y Aristóte¬les. La arqui¬tectura tendió a emular las grandes obras babilonias o faraóni¬cas, y el gusto por el lujo asiático apare¬ció en todas sus manifes¬tacio¬nes. Sólo con las epide¬mias, las invasiones bár¬baras o la ocupación romana los griegos volvie¬ron a una rela¬tiva sensatez como reflejo diferen¬cial.

La ciudad

Al igual que Alejandro Magno, los sucesi¬vos reyes helenísticos fundaron ciudades que llama¬ron con su propio nombre. Si bien fuera Filipo II, padre de Ale¬jandro, quien abriera brecha en esta moda, el deseo de protagonismo de sus suce¬sores fue tal que no se con¬formaron con la simple crea¬ción, sino que intenta¬ron que sus ciudades compi¬tie¬ran entre ellas en belleza e importancia.

Para su construcción echaron mano de un viejo proyecto urbanístico de Hipódamo de Mileto (siglo V a.C.), consistente en un trazado geomé¬trico con calles o arterias interseccionadas en án¬gulo recto que delimitaban núcleos de viviendas cuadrados o rectangulares. Las calles grandes y espaciosas con¬fluían en una plaza o ágora que era el centro econó¬mico, político y religioso de la ciu¬dad.

Si tomamos como ejemplo dos ciudades, una de nueva planta, Salónica (Tsalónica), y la clá¬sica Atenas con sus ampliaciones helenísticas, comproba¬remos que la superficie del ágora de la primera se concibió con medidas suficientes para el pleno desa¬rrollo de sus tres actividades. Así pues, en la época en que nos situamos, entrando ya el siglo III a.C., la plaza o ágora de Atenas se había que¬dado pequeña e incómoda, permaneciendo en ella solamente la Asam¬blea de Ciudadanos y el mercado con sus frágiles tenderetes agrupados por gremios: aceituneros, vinateros, fruteros, perfumeros....

Atenas, sin duda, la ciudad griega por anto¬nomasia, al igual que la actual, no estaba situada a orillas del mar. Su puerto, El Pireo, distaba seis kiló¬me¬tros de la metrópoli. Su fundador, Teseo, reunió, allá por el segundo milenio a.C, a toda la población del Ática en torno a una pequeña colina que fortificó, la Acrópolis, y puso a la ciudad bajo la protección de la diosa Atenea. Como esta pólis surgió de la fu¬sión de varios pueblos, su nombre se indicó en plu¬ral y, de este modo, ha permanecido a través de los siglos.

En el siglo VI a.C. se construyó una se¬gunda muralla exterior a la primera, ampliándose con¬forme el creci¬miento de población así lo exigía. Un siglo antes de nuestra época, el períme¬tro propiamente de Atenas era de algo más de seis kilómetros por casi dos de diámetro, y aunque fuera de ella hubiera po¬blación, estas medidas son válidas para el periodo helenís¬tico. También, para evitar su aislamiento en caso de guerra, se fortificó el camino que con¬ducía al Pireo; dos murallas con un ancho de 160 metros entre ellas, aseguraban la entrada de víveres por mar.

Acrópolis significa literalmente ciudad alta: akros alto o extremo y pólis, ciudad. La Acró¬polis ateniense se asentaba sobre una altura de 156 metros sobre el nivel del mar y a escasos 130 de la ciudad baja y, en nuestro periodo, hacía más de dos siglos que en su suelo sólo se alzaban edifi¬cios dedicados a los dioses. En el siglo VI a.C., Pisístrato erigió, o al menos restauró el primer Partenón, templo dedicado a la diosa Atenea bajo el epíteto de Párthenos o Virgen. Un siglo más tarde, los persas incendiarían y derruirían parte del templo y de las primitivas murallas.

Poco después de estas peripecias, Temístocles intentó reconstruir la Acrópolis y las fortificaciones. Pero la restauración y ampliación del templo llegaría con Pericles (454-438 a.C.). Se aprovechó parte de las columnas del Partenón destruido (el muro sur, visible actual¬mente) y se encargaron las obras del nuevo Partenón al arquitecto Iktinos y al escultor Fidias, en el mismo lugar que el anterior, pero de mayores dimen¬siones.

Este templo, obra maestra del estilo dórico, se construyó con todas sus líneas curvas convexas para evitar la deformación producida por la perspectiva, evitando cualquier ilusión óptica. Era de mármol blanco, incluidas las tejas, que el tiempo hizo amarillear. Su planta rectangular mide 67 metros de largo por 30,5 de ancho y una altura de 18 metros. Está rodeado de un pór¬tico de columnas acanaladas, sin base y ligeramente inclinadas hacia su interior, de las cuales algunas sub¬sisten; miden casi 10,5 metros de altura por 1,70 de diámetro.

Estas columnas sostienen o soste¬nían un entablamiento dórico y sobre él, en alas este y oeste, dos frontones de¬corados: el oriental con es¬culturas que representa¬ban el nacimiento de Atenea y el otro con escenas victoriosas de la diosa sobre Po¬seidón. Tras los frontones se abría un segundo pór¬tico de seis columnas unidas por rejas.

El templo se dividía en tres partes. El pro¬naos orientado al este, donde se depositaban las ofrendas a la diosa Atenea, comunicaba por medio de una gran puerta con la cella o naos situada en la parte central. Sobre esta puerta estaba representada la Asamblea de los dioses que, senta¬dos en tronos, pre¬senciaban la entrega de ofrendas de los atenienses. La cella o naos estaba rodeada de un pórtico con columnas o stoa cuyo centro era a cielo abierto.

Al fondo de ella y protegida por un tejado, se encontraba la fa¬mosa estatua de Atenea Poliade (Protectora) hecha por Fidias de marfil y brillante bronce que algunos confundieron con oro; sus 12 metros de altura re¬posaban sobre un pedes¬tal decorado con relieves ale¬góricos al naci¬miento de Pandora y 20 dioses más. Desde la cella o naos se pasaba al epistodomos, espacio dedicado a custodiar los tesoros de la diosa conjuntamente con el tesoro público.

Aunque el Partenón era de már¬mol blanco, su aspecto distaba mucho de ser albo. Sabe¬mos que las estrías de las columnas estaban pintadas de rojo; los ábacos de los capiteles y los triglifos del friso en azul, y los canales de éste en amarillo; los fondos de las metopas y los frontones eran granates.

Pero el Partenón no era el único templo de la Acrópolis. El segundo en importancia, al menos arqui¬tectónica, era el Erecteión o la más espléndida mues¬tra del arte jónico, donde aún hoy podemos admirar el pórtico de las Cariátides. Además estaban el san¬tuario de Zeus, el consagrado a Pandión, etc.

Si el fervor griego impulsó a erigir, en los esca¬sos 300 metros mesetarios de la Acrópolis, todos estos santuarios, estatuas y derivados, los romanos también desearon su parcela acropolina de eterni¬dad: Agrippa tuvo su estatua y Roma, conjuntamente con Augusto, tuvieron su templo, este último de estructura circular.

A pesar de los avatares del tiempo, la construcción del Par¬te¬nón permaneció intacta du¬rante varios siglos. Demetrio Poliorcetes lo pro¬fanó al instalarse con sus cortesanas, y otros roba¬ron sus objetos de oro. Los romanos respetaron toda la Acrópolis dándole un tratamiento de mu¬seo. En el siglo I de nuestra era, el historiador Plutarco dijo de la Acrópolis que ... llevaba en sí un espíritu y un alma que rejuvenecía continuamente a los contemporáneos y les preservaba de la vejez.

Para comprender su actual estado es nece¬sa¬rio sobrepasar el periodo de tiempo en que se centra este libro. En el siglo VI se convertirá en iglesia bajo la advocación de la Virgen. Con la ocupación catalano-aragonesa en el XIV, el Parte¬nón y los edificios colin¬dantes se transformaron en fortaleza, calificada por el rey Pedro el Ceremo¬nioso de Aragón, como uno de los castillos más grandes de su época.

La Acrópolis padeció el paso de francos y venecianos. Más tarde, con la ocupación otomana (año 1456-1830), pasó a ser mezquita con su almi¬nar, del cual todavía se conserva la esca¬lera, y el Erec¬tión se convirtió en harén del gober¬nador turco. Fi¬nalmente, para defenderse de la invasión veneciana, los turcos la convirtieron en polvorín; la desafortunada explosión de una gra¬nada originó su desgracia.

El siglo XIX sirvió para que, principalmente ingleses, franceses y algunos otros, se llevaran nu¬me¬rosos recuerdos a sus museos patrios. Afortuna¬da¬mente las grandes excavaciones arqueológicas de los últimos cien años han permitido abrir en Atenas el Museo de la Acrópolis.

En las pendientes de la Acrópolis, ya fuera de las murallas, se encontraban el teatro de Dioni¬sio Eleuterio, el santuario de Asclepio y el Odeón de Pe¬ricles, los tres del siglo V/IV a.C. A conti¬nuación se hallaban: el pórtico de Eumenes, ya del siglo II a.C., y otro Odeón de la época romana (II d.C.) conocido con el nombre de su mecenas, Odeón de Herodes Ático, que servía como sala de concier¬tos.

Frente a la Acrópolis, en una pequeña co¬lina consagrada a Ares (el Marte latino, dios de la guerra), se hallaba el Aréo¬pago o tribunal más antiguo de Atenas. Desde sus comienzos sus componentes alcanzaron fama de justos y equitati¬vos. Acusador y acusado tenían que limitarse a la más estricta verdad, y se prohibía la presencia de abogados para evitar que su verbo¬rrea y teatralidad tergiversa¬ran la realidad de los hechos que se juzgaban: críme¬nes, robos, proble¬mas religiosos.... Sabemos que du¬rante el periodo romano todavía existía; es más, Cice¬rón habla de él como el tribunal de Atenas, y San Pa¬blo lo men¬ciona en los Hechos de los Apóstoles. Pa¬rece ser que el emperador Vespasiano abo¬lió la institución.

En los alrededores del ágora existía otra serie de monumentos y templos. Seleuco ordenó colocar una estatua suya al lado de la del antiguo legis¬lador Solón. Poco más allá se asienta el templo de Teseo (el mejor conservado) que, según la tradición, custodiaba sus huesos. Este templo, al igual que otros muchos, con el cristianismo se convirtió en iglesia.

Uno de los edificios más importantes cer¬cano a la ágora era el Gimnasio de Ptolomeo que además de las salas propias para los ejercicios, te¬nía otras dedicadas a la enseñanza científica con su correspon¬diente biblioteca. Es ahí donde, siglos más tarde, el emperador Adriano levantó la Stoa.

Otro edificio curioso era la Torre del Viento que, construida en el 35 a.C. servía de reloj público. Sus ocho lados correspondían a las direc¬ciones de los vientos más importantes y la cima es¬taba rematada con una veleta en forma de tritón. En el exterior de la torre, un reloj de sol marcaba las horas y, en su inte¬rior, otro de agua realizaba la misma función.

La ciudad, como todas las ciudades del mundo, se dividía en barrios, los cuales correspon¬dían a estratos sociales diferentes. Las clases pu¬dientes ocupaban el norte de Atenas y, además, po¬seían otra casa de recreo fuera del recinto amura¬llado. Más tarde, el emperador Adriano incor¬porará esta zona residencial a la ciu¬dad con el nombre de Nueva Atenas.

La casa

Aproximadamente hacia el año del nacimiento de Ale¬jandro (356 a.C), se censaron las casas de Atenas dando un nú¬mero de 10.000, número que no se co¬rrespondía con la realidad, al no estar contabilizadas las cuevas excava¬das en las rocas, ni las adosa¬das a las murallas. Por cierto: una de ellas, co¬nocida hoy en día con el pom¬poso nombre de prisión de Só¬crates, nunca fue pri¬sión y jamás estuvo Sócrates en ella; simple¬mente es un habi¬táculo arcaico que durante la ocupación romana sirvió de panteón.

La población de Atenas, al principio del pe¬riodo helenístico, debía ser aproximadamente de 200.000 habitantes, de los cuales tan sólo 21.000 eran ciudadanos atenienses. El resto eran esclavos y metecos (extranje¬ros domiciliados en la ciudad, en principio sin bie¬nes raí¬ces, dedicados a los oficios, a la industria o al co¬mercio).

Las casas de las gentes menos afortunadas eran de superficie mínima, divididas en dos o tres habi¬taciones, y normalmente con un piso superior al que se accedía por una escalera exterior de madera. Los muros se levantaban con ladrillos o con guija¬rros en mortero y algunos con madera y, para abaratar su coste, eran del mínimo grosor.

Cuenta Plutarco, refi¬riéndose a las dimensiones de estas casas, que las puertas se abrían hacia afuera y era obligado golpear¬las antes de salir a la calle para evitar chocar con los tran¬seúntes.

A principios del periodo helenístico apare¬cieron en Atenas las viviendas colectivas o de ve¬cin¬dad que, sin alcanzar grandes cuotas de confort, eran más cómodas que las anteriores. Sus mora¬dores respondían a un estrato social menos mise¬rable: médicos, comerciantes, educadores... En ambos casos, las ventanas eran muy reducidas y en invierno se recurría a taparlas con trapos o mamparas para evitar el frío.

En las casas de vecindad se introdujo el con¬cepto de dedicar un habitáculo para cocina y, aunque no todas poseían una salida de humos a modo de chimenea comunal, se sabe del interés por evitar sus molestias. Este problema se resolvió fá¬cilmente en las viviendas unifamiliares que aceptaron cocinar en el interior, en vez de hacerlo con un hornillo portátil fuera de la casa, levantando simplemente una teja.

En los barrios ricos el panorama era dife¬rente. Hermosas casas de dos pisos, de planta casi cuadrada y carentes de ventanas a la calle, prote¬gían la intimidad de sus propietarios. Las habitacio¬nes confluían en uno o varios pórticos interiores o pastás desde donde se accedía a un vestíbulo y, de éste, a un patio o aulé ro¬deado por un peristilo de columnas, como nuestros actuales porches; estos peristilos en el helenístico tar¬dío también se situa¬ron en torno a los pórticos.

En la planta baja se encontraba el salón, el comedor para los grandes festejos y el comedor de diario, comunicado con la co¬cina, la bodega y el baño. Con el helenismo desaparecen del comedor los mosaicos que decoraban las paredes a modo de grandes zócalos. En su lugar se pintarán retratos y/o escenas alegóricas de la vida cotidiana de profuso colorido. En el piso superior, de¬dicado a dormitorios de amos y escla¬vos, se encontraba el gineceo o zona de mujeres.

No obstante, Plutarco pone en boca de un viajero del siglo III a.C. un comentario poco halagador sobre las casas de Atenas, calificándolas de decepcio¬nantes.

La calidad y cantidad del mobiliario se correspondían con el tipo de vivienda. En las casas de personas acomodadas encontramos tres tipos de sillas: los difros o taburetes plegables con las patas cruzadas en aspa o bien verticales y el asiento formado por tiras de cuero o cuerda. Este taburete gozaba de la máxima popularidad entre los griegos: en las clases sacrificadas por ser el único tipo de silla al que podían acceder, y en gentes acomodadas porque denotaba su importancia social, al ser asociado a un esclavo portador del difro que caminaba eternamente tras de su amo por calles e interior de la casa por si era requerido.

La silla tal como nosotros la entendemos se llamaba clismos, de respaldo curvo, arropando la espalda, y patas también curvadas hacia el exterior. Sobre la madera del asiento se colocaba un cojín para mayor comodidad. Por último estaban los tronos, sillas más grandes que las anteriores, con respaldo recto y reposabrazos. En la época helenística se decoraron profusamente tallando la madera para representar guirnaldas de flores, figuras...

En cuanto a la construcción de la cama, en el periodo descrito ya había evolucionado. Tiempos antes era simplemente un difro de mayor tamaño, también plegable que permitía su transporte. El hábito de comer y dialogar recostado creó la necesidad de incorporar un cabecero y, en algunos, un soporte para los pies y otro para la espalda. Este tipo de lecho se llamó clino, supliendo las actuales funciones de cama, sofá y chaiselongue.

Naturalmente el clino era el rey del mobiliario, y como tal se decoraba: maravillosas patas bien torneadas e incrustaciones de oro y marfil en los soportes. El colchón y la almohada eran de plumas, las mantas de lana tintada en llamativos colores y, sobre éstas, cojines de finos tejidos, necesarios para alcanzar el máximo confort.

Para guardar vestidos, ropas, joyas, documentos, ungüentos... se utilizaban cajas y arcones de diferentes tamaños. La aparición del armario vertical, similar al nuestro, es bastante tardía (finales del siglo I a.C). La riqueza en la ornamentación de estos enseres correspondía a la posición social del propietario, desde los simples clavos remachados a las incrustaciones de oro, marfil, nácar y piedras semipreciosas. En época romana se sustituyeron las cintas de cuero que aseguraban la tapa de los arcones por cerraduras con llave.

Durante el periodo helenístico desaparece la mesa cuadrada de cuatro patas. La mesa redonda, y excepcionalmente la ovalada, con tres patas en trípode o una central, generosamente decoradas, es la que marca la moda. La altura era inferior a la nuestra actual para acoplarse al clino y facilitar la ingestión de alimentos en posición recostada. Existían mesas de diferentes tamaños según las ocasiones, pero las preferidas eran las pequeñas y portátiles, para tres comensales como máximo. La madera usada en su construcción, al igual que el mobiliario anterior, era de olivo, arce o boj.

En cuanto a los enseres de cocina los podríamos catalogar en tres secciones: cerámicos, metálicos y de mimbre. Los primeros nos son gratamente conocidos. Sus representaciones pictóricas y la cantidad de ellos que ha llegado hasta nuestros días, nos permiten estructurar la vida pública y privada de los griegos. Consistían, mayormente, en vasijas contenedoras de líquidos: agua, vino, leche y aceite. También se encuentran grandes recipientes a modo de cubas para el almacenamiento de cereales, así como platos y ollas.

Los recipientes metálicos utilizados en cocina, ollas con o sin asas, platos y vasos eran de hierro, estaño y raramente de plomo. En cuanto a los vasos hay que hacer una salvedad; con la llegada desde Egipto de la fabricación del cristal, en las casas pudientes desaparecieron los de metal, a no ser que éstos fueran de plata u oro o, al menos, quedaron relegados al personal de servicio. No obstante, la elaboración del cristal nunca alcanzó en Grecia la relevancia que en Egipto y Roma.

Con mimbre se confeccionaba todo tipo de cestas: para guardar la fruta, el pan, los dulces, pescados y flores. También se hacían costureros y grandes cajas para preservar la lana de la humedad.

Fuera del ambiente culinario existía otro tipo de recipientes. Hidras y cráteras o jarras para servir agua y vino en los banquetes; copas, jarrones para ungüentos de belleza o curativos, peines hechos de madera, hueso, o marfil; bastoncillos perfiladores de ojos, espejos de bronce pulido, recipientes de perfumes, urnas, varios tipos de cajas, y otros meramente decorativos. Estos objetos, considerados de lujo, se fabrican en alabastro, ónice o ágata, bien como única materia o combinada con bronce o metales preciosos.

La antigua iluminación del interior de la vivienda a base de antorchas, teas, o simplemente candiles de aceite, en el periodo helenístico se incrementó con la aparición del candelabro, exagerándose tanto su uso que apareció la figura del esclavo portador del candelabro y, al igual que el portador del taburete, seguía a su amo por donde quiera que fuese.

La información de cómo caldeaban los hogares es escasa, bien porque no lo hicieran o por falta de datos; normalmente se reducía al uso de grandes braseros. Sin embargo, recientemente se ha descubierto una casa unifamiliar en Salónica, en donde se distingue claramente una chimenea cúbica de piedra adosada a una pared.

La alimentación

Su agricultura era prácticamente similar a la actual, excluida aquélla ajena a la cuenca mediterránea e in¬corporada, siglos más tarde, con el descubri¬miento de nuevos mundos. Productos foráneos como el arroz se conocía desde las expedicio¬nes de Alejandro Magno a Oriente; Teofrasto (372-288 a.C.) en su Historia de las plantas describe su cultivo y cómo se cocinaban.

Los cereales más importantes eran el trigo y la cebada de cuya harina hacían el pan. Dado que la Hé¬lade era incapaz de autoabastecerse de trigo, se im¬portaba de Egipto y Siria; su elevado costo hacía de este pan un producto ina¬sequible a las gentes llanas, que se limitaban a gus¬tarlo sola¬mente en las grandes ocasiones. El resto de los días lo suplían con unas tortas amasadas con harina de cebada donde colocaban, a modo de plato, otros alimen¬tos: carne, pescado, verdura...

Las verduras y legumbres, habituales en la dieta del campesino, eran elegantes en las ciudades por los altos precios que alcanzaban; excepto las len¬tejas y las habas que por su precio más mode¬rado, hechas puré, se convertían en el plato diario. A propósito de las habas, sabemos que no eran del agrado de Pitágoras, por el contrario recomendaba la col.

Acelgas, berza, col, ruda, lechuga, cebolla, apio, garban¬zos... normal¬mente se cocían, excepto la alcachofa, originaria de Sicilia, que se comía cruda. En cuanto a las virtudes de la col, han llegado escritos hasta nuestros días en los que se mencionan grandes virtudes alimentarias: Diógenes se mantenía en su famoso tonel a bases de col y agua para llegar a octogenario; Catón la recomendó en vinagreta y cocida como medicina.

Acerca del repollo, cuenta el historiador Plinio, que se había conseguido una “versión” gigante, la cual, para fortuna de los pobres, “desbordaba la mesa”. Hacia el siglo I a.C. griegos y romanos consiguieron la fermentación del repollo, y se cree que con el Imperio pasó a los pueblos germánicos, originando la conocida choucroute.

Entre comidas solían pico¬tear, como entrete¬nimiento, habas y gar¬banzos tosta¬dos al igual que actual¬mente se degustan en nuestras costas mediterrá¬neas. El sabor del ajo era una delicia, se añadía a todos los platos consumiéndose grandes can¬tidades no sólo por el placer del paladar, sino con fines terapéuticos con¬tra el mal de huesos (reumatismo).

Pero el manjar más apreciado era la carne, ya fuera de ca¬bra, carnero, vaca (el ganado bovino era escaso) o cerdo, esta última la más económica. De la época de Diocle¬ciano (año 301), siendo Grecia provincia romana, se conserva una inscripción en piedra de las ordenanzas de tasas sobre diferentes productos cárnicos, que denotan las preferencias de los comensales griegos.

Como curiosidad, lo más gravado era el vientre de cerda: Carne de puerco, carne de vaca, carne de cabra, vientre de cerda, ubres de cerda, hígado de cerdo, tocino, jamón de Bélgica o de los Pirineos del mejor, “pernae optimae petasonis sive Menacipae vel Cerritanae”, y manteca fresca de cerdo.

La carne de caza era muy apreciada, tanto por su calidad como por el desafío hombre-animal que entraña su presa. De las diferentes especies de cér¬vidos, el corzo ocupaba el primer lugar, pero el jabalí era el rey. Gran cantidad de dibujos sobre cuencos, ánforas... representando su caza o disfru¬tando de su carne, nos hablan de su importancia.

También las aves de caza y de corral ocu¬paban un lugar destacado. Sabemos que las gallinas se cria¬ban principalmente como ponedoras de huevos y solamente se sacrifica¬ban para hacer el caldo de las parturientas. Existen escritos de la época del empe¬rador Marco Aurelio (año 161), en que se cuenta cómo la emperatriz Faus¬tina, su es¬posa, mitigó las incomodidades del parto de su hijo, el emperador Cómodo, a base de grandes cantidades de caldo de gallina que su cocinero griego, según costumbre, le suministró durante 45 días.

Pero contra la avaricia de una tierra que apenas ofrecía una mediocre agricultura, los griegos poseían un mar generoso que mitigaba su ham¬bruna. Las es¬pecies más refinadas eran los maris¬cos, calamares y sepias; las más comunes: la sar¬dina, el atún y el bo¬que¬rón que, además de prepararlos asados, se conser¬vaban en salmuera. La elabora¬ción actual de la an¬choa en España nos llegó de Italia, más concreta¬mente de Nápoles, donde ya en los tiempos de la Magna Grecia se elaboraba así el bo¬querón.

Los alimentos se condimentaban con man¬teca de cerdo y/o aceite de oliva. La aceituna tam¬bién se comía cruda y se conservaba, una vez ma¬dura, en una solución de agua y sal. El postre de¬pendía de la esta¬ción del año: higos, manzanas, uvas... y en invierno los frutos secos, nueces, ave¬llanas, piñones..., o dulces elaborados con miel. Con Alejandro se introdujo en la Hélade el gusto por lo exótico: los dátiles importa¬dos de Egipto o Siria eran un verdadero placer.

Los productos lácteos, leche, queso y man¬te¬quilla, normalmente de cabra, también formaban parte de la dieta.

Como bebidas tenían un hidromiel, agua y miel mezcladas; un mejunje elaborado con sémola de ce¬bada y agua, aromatizado con diferentes hierbas olo¬rosas como poleo o tomillo. Pero el vino era el verda¬dero protagonista. Se bebía sin fermen¬tar o fer¬mentándolo artificialmente con agua sa¬lada, pero de una u otra forma le añadían siempre agua a la hora de ingerirlo, y en algunos casos miel, tomillo o canela.

Los griegos en general eran bastante me¬sura¬dos y austeros con la comida, lo que no quita que gustaran de los banquetes con sus excesos consiguien¬tes. Tal vez por ser éstos un acontecimiento ex¬cepcional los representaron tan asiduamente en sus ornamentacio¬nes.

Las palabras griegas simposia y simposion utili¬zadas por nosotros para designar reuniones de ca¬rácter serio, distan un poco de sus dos acepciones clásicas: banquete o la parte del ágape donde exclusivamente se bebía. Los bebedores no apuraban las copas: el poco vino que quedaba en el fondo junto a los po¬sos lo arrojaban, con gran ímpetu, hacia un punto común. Quizás éste sea el origen de la actual cos¬tumbre griega de arrojar los vasos de vino en los festejos.

La comida más importante de la jornada era la de la noche. Se efectuaba recostados so¬bre el clino, con la espalda erecta y acomodados sobre varios cojines. Esta especie de canapé podía ser ocu¬pado por uno, dos o tres co¬mensales.

La etiqueta en la ubicación de los invita¬dos era muy estricta, la aproximación al anfitrión denotaba la categoría del comen¬sal; al igual que hoy en día, la persona más importante era acomodada al lado del dueño de la casa. Las me¬sas eran portátiles y en ellas colo¬caban las vian¬das sobre bandejas indivi¬duales. So¬lamente el marisco, pulpo, sepia y fruta eran presen¬tados en bandejas colec¬tivas.

Con el empobrecimiento de las antiguas fami¬lias en pos de los nuevos ricos que debían su fortuna sobre todo al comercio, surgió la figura del parásito. Normalmente eran gentes bien, venidas a me¬nos, que por su elocuencia y cultura eran invitados a los banquetes para lucimiento del anfitrión.

De estos simposia o banquetes las mujeres, sobre todo en Atenas, estaban excluidas. Solamente en Macedonia y Esparta donde gozaban de mayor liber¬tad, participaban esporádicamente. Pero como desde que el mundo es mundo la presencia feme¬nina tam¬bién sirve, en estos festines eran habituales las heteras (hetairai) o cortesanas, que con sus artes divertían y agradaban a los comensa¬les.

Las amas de casa en com¬pen¬sa¬ción a su aislamiento, también organizaban entre ellas sus propios simposia o banquetes. Con el pa¬sar de los años, e inspiradas por el protagonismo de las reinas macedonias, cambió su condición. Durante la época de influencia del Imperio romano, con el cre¬ciente prota¬gonismo de la mujer, las hete¬ras no fueron tan ne¬cesarias dado que muchas damas suplían sus fun¬ciones.

Entre los invitados había que distinguir dos clases: los comensales propiamente dichos y aqué¬llos que solamente accedían al simposio, es decir, a la reunión de bebedores. Antes de entrar al co¬medor se descalzaban y, una vez acomodados, un sirviente les ofrecía agua para lavarse las ma¬nos.

Conocemos el uso del cuchillo y la cuchara, pero los alimentos sóli¬dos se asían con la mano. No será hasta bien entrado el Renacimiento italiano (siglo XV) cuando el uso del tenedor en la mesa, a propuesta de Leonardo da Vinci, se haga común.

Por las numerosas repre¬sentaciones de estos banque¬tes que han llegado hasta nosotros en diferentes obje¬tos, sabemos de la presen¬cia de perros en el come¬dor, seguramente como últi¬mos beneficiarios del ágape.

La familia

El matrimonio entre los griegos se consideraba un de¬ber ciudadano, era más un contrato social que un enlace amoroso. Tener hijos legítimos, sobre todo varones, y formar una familia que garantizara a la muerte los cultos indispensables para conseguir la felicidad en el otro mundo, eran los estímulos básicos para buscar pareja. Parece ser que el matrimonio se sentía como un mal necesario, sin embargo, y aunque no existía una obligatoriedad por ley, a los solteros recalci¬trantes se les trataba con me¬nosprecio. En Esparta, incluso, se llegaba al castigo.

El amor como hoy lo entendemos no lle¬gará a ser condicionante hasta bien avanzado el Imperio ro¬mano, aun cuando en algunos casos apareciera entre los cónyu¬ges, como lo demuestran algunas inscripciones funerarias que dan fe de la pena del ma¬rido ante la ausencia de la es¬posa.

No obstante, estos casos específicos no deben confundir el éxito de la pareja con la realidad del matrimonio, en donde el malentendimiento y la resignación alcanzaban cotas de normalidad. Los moralistas decían que si el esposo lograba soportar los defectos y humores de la esposa, ya estaba dispuesto para afrontar las contrariedades de este mundo.

La palabra eros (amor) se aplicaba, normalmente, al sentimiento apasio¬nado de un adulto (erasta) por un adolescente (erómeno); no obstante, se conocen relaciones extrama¬trimo¬niales hombre-mujer, de subido apasionamiento. El ideal de ternura entre los espo¬sos se limitaba, desde Homero, a la estricta obligación matrimonial: tener hijos y hacer que la casa funcionara dentro de una relativa amistad; si por añadidura llegaban a amarse, esto era un mérito pero nunca un requisito del matrimonio.

Los hombres podían contraer matrimonio a partir de la mayoría de edad (18 años), pero solían esperar otros dos para finalizar su servicio militar. La sabiduría popular aconsejaba que los varo¬nes despo¬saran muchachas bastante más jóvenes que ellos, por lo que, como las mujeres sólo podían acce¬der al ma¬trimonio después de ser púberes, la edad en los hom¬bres se retrasaba aproximadamente hacia la treintena.

El matrimonio no suponía un acto sopor¬tado por un documento civil. Era suficiente con un compromiso por parte del pre¬tendiente y la asignación de la dote de la esposa por el padre o pariente más cercano, ante algunos tes¬tigos. Entre este acto y la entrega de la novia en casa del esposo podía mediar cierto tiempo carente de importancia, dado que el primero se consideraba acto formal de ma¬trimonio.

La endogamia (matrimonio entre gentes de un mismo núcleo familiar), no sólo se aceptaba, sino que se recomendaba para fortalecer los lazos familiares y salvaguardar el patrimonio frente a intrusos. Sin embargo, el matrimonio efectuado entre hermanos de padre y madre estaba prohi¬bido, pero no entre hermanastros.

Los griegos preferían casarse en invierno, principalmente en el mes de enero o Gamelion, séptimo mes del calendario llamado el de los matrimonios, y durante la luna llena. Pasado un tiempo no determinado, después de acordada la dote de la novia (en gentes ricas: dinero, joyas, ropas y esclavos), se efectuaba el rito nupcial. La futura esposa tomaba un baño con agua proveniente, según la tradición, de la fuente Caliroe; el novio, por su parte, debía tomar también otro, sin ser condicionante el origen del agua.

En la casa del padre de la novia, engalanada con guirnaldas de olivo y laurel, se celebraba la comida, la única en donde participaban también las mujeres. Durante el banquete la futura esposa permanecía cubierta con velos, de los que no se desprenderá hasta dos días después de haber consumado el matrimonio.

Al atardecer, finalizada la comida, se ofrecían los regalos, y la nueva pareja se trasladaba en carro a casa del novio acompañada por su padre o pariente más próximo. La madre caminaba detrás portando antorchas encendidas entre el clamor de las gentes, que entonaban himnos nupciales a modo de parabienes. La madre del novio los recibía en la puerta de la vivienda paterna para conducirlos a la alcoba nupcial.

Los ma¬ridos para obtener el divorcio o repudiar a su cónyuge no precisaban motivos. Bastaba con de¬volver a la esposa y, con ella, su dote, convirtién¬dose dicha dote para las mujeres en un auténtico seguro de ma¬trimonio. Las causas más comunes que se alegaban en la solicitud de divorcio eran la esterilidad de la esposa y el adulterio de ésta que, en contrapunto con lo anterior, sí estaba regulado jurídicamente.

En cambio, la solicitud de divorcio por parte de la mujer solamente se justificaba por malos tra¬tos, y se conseguía después de una minuciosa in¬vestigación que afirmara los cargos presentados. La infidelidad o adulterio por parte del marido no constituían motivo de separación, sim¬plemente era la consecuencia de la libertad sexual que gozaban los hombres.

La condición de la mujer difiere según el es¬trato social al que pertenezca. Para las pertenecientes a las cla¬ses acomodadas, tanto antes como después de ca¬sadas, su destino era la casa: primero al lado de la madre aprendiendo las labores propias para el buen gobierno de su futuro hogar y, después, ejerciéndolas en casa del esposo. En compensación a su ais¬lamiento, se convertían en las verdaderas dueñas de la familia, marido incluido, de puertas para adentro. Hasta nosotros han llegado escri¬tos donde los esposos se que¬jan del despotismo, autoridad y glotonería de sus esposas.

Las mujeres socialmente pudientes no podían salir so¬las a la calle. Las compras necesarias estaban a cargo del esposo, del padre, o bien de los esclavos; en caso de necesidades personales, cuando salían, siempre iban acompañadas. Estas dificultades no eran óbice para que, pre¬sentada la ocasión, engañaran al ma¬rido.

Solamente en las clases humildes y en el campesinado la mujer gozaba de una mayor libertad, consecuencia de la necesaria colaboración con el esposo en los trabajos cotidianos para alcanzar el sustento diario.

Esta situación de la mujer se refiere a las atenienses, dado que en Esparta y Macedonia gozaban de mayor libertad. A partir del siglo II a.C. se advierten, en Atenas, ciertas mejoras en el mundo femenino; pero será con la ocupación romana y, sobre todo, a partir del Imperio, cuando la condición de la mujer cambie notablemente.

El número de hijos del matrimonio griego era escaso, bien porque el hombre tranquilizara sus deseos sexuales fuera del matrimonio, bien para evitar numerosas particiones del patrimonio familiar, o simplemente por pobreza.

El mismo Platón aconseja que el número idóneo de hijos sea dos: varón y hembra. Cuando el nacimiento acaecía, si era hijo se colgaba en la puerta de la casa una rama de olivo; en caso contrario, una cinta de lana indicaba al vecindario el sexo del nacido.

En el supuesto de embarazos no deseados se podía recurrir a dos soluciones: abandonar al recién nacido o abortar. Ambos medios no estaban fuera de la ley.

El aborto solamente era consentido previa autorización del padre. En contrapunto a la libertad de interrupción del embarazo, existía una conducta pseudo-religiosa aconsejada por el propio Aristóteles, en la que se recomendaba abortar antes de que el feto reciba la vida y el sentimiento.

Este mismo principio religioso evitaba el asesinato del recién nacido, pero no su abandono en las propias calles para que, en el mejor de los casos, fuera recogido por un matrimonio carentes de hijos, o por otras gentes que lo criarán en calidad esclavo.

En Esparta las condiciones de los recién nacidos para su supervivencia eran más excluyentes. Cualquier tara o debilidad física que les impidieran superar las pruebas a las que eran sometidos nada más nacer, decidía su futuro: lavados con agua helada, vino u orina.

A los seis días del nacimiento se celebraba una ceremonia de purificación y presentación ante el altar de los dioses, y la familia festejaba el acontecimiento con una comida. Pero la verdadera fiesta acaecía al décimo día, cuando se les imponía el nombre, acto por el cual el padre reconocía oficialmente al hijo. Todos los parientes y amistades eran invitados a un gran ágape y ofrecían presentes tanto al niño como a la madre.

Los hijos, indistintamente de su sexo, permanecían hasta los seis años bajo los cuidados de la madre, que se ocupaba directamente de su alimentación ayudada por una nodriza, si es que poseía los medios necesarios. A partir de esa edad, mientras que la niña continuaba bajo la supervisión materna, la educación de los varones era dirigida por el padre hasta los dieciocho años, edad en la que alcanzaban su mayoría cívica y debían aprender el oficio de las armas.

La obligación del hijo de cuidar de los padres ancianos y procurarles un entierro digno era común en toda Grecia, salvo que éstos hubieran cometido actos indignos contra él o la patria. Al cadáver se le cerraban la boca y ojos; después de ungirlo con diferentes aceites se vestía con un sudario blanco dejando la cabeza coronada de flores al descubierto, y lo colocaban sobre un clino con los pies dirigidos hacia la puerta. En la boca se depositaba una moneda para que así pudiera pagar el viaje al otro mundo. Esta costumbre era lógica ya que los atenienses principalmente usaban la boca como monedero en su vida cotidiana.

La exposición del difunto duraba unos seis días, durante los cuales familiares y amigos acudían a la casa para dar sus condolencias. La presencia en la calle de una jarra con agua, indicaba que en el interior de esa morada había un fallecido. Las mujeres podían formar parte del séquito del duelo siempre que su grado de parentesco con el finado no pasara del de hija de primos hermanos.

Los entierros eran lo más suntuosos posible dentro de la economía familiar. En el cortejo fúnebre eran de mal gusto las muestras y lamentaciones exageradas de dolor; lo adecuado era que las plañideras entonaran cantos acompañadas de la flauta. A los tres días del entierro se daba un banquete a los familiares y amigos que se repetía el día noveno y el trigésimo después de los funerales.

El aseo y el vestido

En la cultura griega era primordial el aseo, los cuidados corporales y los ejercicios físicos. La gimnasia era considerada como un factor de educación necesario para el desarrollo mental de los hombres (en Esparta también de las mujeres) si bien, según qué ciudades, existían marcadas diferencias en el logro de los fines.

Si tomamos como referencia dos ciudades extremas, Esparta y Atenas, veremos cómo en la primera el objetivo era endurecer el cuerpo contra el dolor y el esfuerzo. En cuanto a los atenienses, su deseo era conseguir un desarrollo armónico del cuerpo y del alma, conjuntamente con la gracia y naturalidad en el comportamiento y conducta.

En la época en que nos situamos, el número de palestras y gimnasios, públicos o privados, había aumentado considerablemente. Estos establecimientos estaban dotados con fuentes, piscinas, pilas... y siempre se instalaban cerca del mar o de un río. Sin duda contribuyeron notablemente al hábito del baño y aseo corporal.

Sin embargo, el arte gimnástico había perdido su naturalidad, prevalecía lo artificial y la afectación. Aquellos hermosos hombres que antaño sirvieron de modelos a la inspiración del artista, eran casi pasado. Se cuenta que cuando los romanos destruyeron y expoliaron Olimpia, había en la ciudad más de 230 estatuas de bronce de vencedores olímpicos.

Otros lugares para el aseo personal eran los baños públicos, donde acudían los ciudadanos independientemente de su clase social. Consistían en salas circulares provistas de una piscina rodeada por bañeras a las que se les colocaba un asiento; alguna de estas salas tenían el servicio de agua caliente.

Los griegos no conocían el jabón, normalmente usaban las cenizas de madera (las mismas que para lavar los tejidos) o un carbonato de sosa extraído del suelo; para evitar la irritación de la piel, untaban el cuerpo con aceites o bálsamos. Con los romanos llegaría el jabón: la misma palabra jabón es de origen latino: sapo-onis (en italiano, sapone). El más popular era uno elaborado con potasa y aceite de palma.

A los baños públicos no se acudía solamente para lavarse, al baño se unían la tertulia y las relaciones sociales. También disponían de salas para las mujeres, pero su clientela bajaba considerablemente de estrato social: cortesanas, clase modesta y esclavas. Las damas importantes preferían la comodidad e intimidad de sus casas. El baño solía efectuarse antes de la cena y era obligado hacerlo antes de acudir invitado a un banquete.

Unido al aseo corporal estaba el cuidado del cabello. La moda en los caballeros, a partir de Alejandro, era llevar la cara completamente rasurada por lo que el oficio de barbero-peluquero adquirió gran importancia conjuntamente con la navaja, considerada en otros tiempos como un accesorio femenino, dado que las mujeres gustaban suprimir el bello corporal y cuando faltaban las pastas depilatorias (hechas a base de esperma de burro), recurrían a la navaja. También el barbero-peluquero estaba al cuidado de las uñas de manos y pies.

Los varones llevaban el cabello corto pero con tenues bucles que los obligaban a un cuidado constante. En las mujeres la moda era más compleja: trenzas, pequeños moños en la nuca, y para las grandes ocasiones la melena suelta y ondulada. La “necesidad de ser rubias” imponía constantes decoloraciones de pelo a base de potasa. Quizás por el deterioro que sufría el cabello era habitual el uso de postizos. También solían teñirse el pelo con tintes temporales de color rojo, azul y verde.

El vestido más popular en Grecia era el quitón o jitón, común para hombres y mujeres. Consistía en dos rectángulos de tejido unidos por un lateral y dos extremos para sujetarse sobre el hombro (como una ele invertida); los otros dos extremos pasaban a través del cuello y se sujetaban al hombro opuesto, bien con un simple nudo, hebilla o broche. El largo del quitón se ajustaba con un cinturón ablusando la tela según las necesidades, y es el cinturón el que originaba los pliegues habituales de los vestidos griegos. Debajo del quitón no se llevaba ninguna prenda, viéndose el cuerpo desnudo por el lateral sin coser.

Este atuendo era útil de noche y de día, bastaba con quitarse el cinturón para convertirse en camisón femenino o masculino. Existía una versión femenina de esta prenda en donde los dos laterales y hombros estaban cosidos, se llamaba peplo. Con las conquistas de Alejandro se introdujo la moda de coser unas mangas al peplo y quitón imitando los vestidos persas.

Para arroparse de los fríos se usaba un manto, himation, con el que se envolvía el cuerpo. Las mujeres además del manto disponían de chales de diferentes medidas y, cuando el frío arreciaba, cubrían la cabeza a modo de capucha.

En nuestro periodo histórico existía mayor variedad de tejidos para la confección de las prendas. El antiguo quitón o peplo confeccionado con lana de oveja había quedado relegado a las clases pobres. El lino (adaptado ya su cultivo), finas muselinas y sedas eran los tejidos preferidos de las gentes acomodadas. También la greca clásica dio paso a otras más elaboradas o a bordados al gusto oriental.

La idea generalizada de que el blanco era el único color utilizado en los vestidos griegos es errónea. Si observamos las estatuillas de terracota (Tanagra) podemos apreciar toda una serie de colores: marrones, azafrán, violeta, rojo, etc. Seguramente al ser los tejidos blancos más económicos que los tintados, fue habitual su uso por las clases más desfavorecidas.

Las griegas desconocían el sujetador, pero se sabe que durante la ocupación romana, ya avanzado el Imperio, vino la moda del sostén entre las elegantes (strophium, mamillare).
Las joyas estaban destinadas a las mujeres: collares, pulseras de brazo y tobilleras, pendientes, broches, camafeos, etc. Los hombres solamente lucían el anillo con su sello grabado, el cual servía para marcar los documentos.

Otro accesorio femenino era la sombrilla, similar a las actuales, llevada normalmente por un esclavo. También se conoce el uso del abanico, parecido a lo que nosotros conocemos por pay-pay y un sombrero de ala ancha terminado en punta, tolia, que las damas elegantes solían llevar con gran distinción. Los hombres también usaban sombrero en el campo, pero en contra de la costumbre femenina, el uso en las ciudades no era de buen gusto: denotaba pertenencia a la clase obrera o bien que se era extranjero.

En calzado masculino se distinguen tres clase: las sandalias con suela de corcho, madera o piel provistas de unas tiras sujetas a un dedo del pie y atadas a los tobillos; una especie de botines de piel, y un tercero provisto de suela alta que, si bien su primer uso fue en el teatro, más tarde lo calzarían aquellos caballeros que desearan aparentar mayor estatura. El calzado femenino era más imaginativo en formas y colores. El uso de los tacones era habitual en las mujeres, pero su colocación difería a la actual, se ponía entre el pie y el zapato.


Myriam Sagarribay
Redactado por Myriam Sagarribay el Jueves, 26 de Julio 2007 a las 11:25

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Myriam Sagarribay
Historiadora -Sección Antiguas y Reestructuración Histórica-, Myriam Sagarribay es Vicepresidenta y Portavoz de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría (Unesco) y Miembro de la Comisión Española de Cooperación con la Unesco.


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