Bitácora
Grecia a la llegada de Alejandro
Viernes, 11 de Mayo 2007
Una tierra pobre, surcada por secos ríos en verano, atravesada por áridas montañas en cuyos valles la agricultura apenas es mediocre, donde el clima se vanagloria por sus excesos y el hombre se magnifica ante la adversidad. Una tierra donde sus 4.000 kilómetros de costa son el más bello collar jamás creado y sus islas un billete de viaje a otros mundos. Una tierra que, para ser tierra, tuvo que buscar el mar. Esta tierra, sin duda, no puede ser otra que la antigua Grecia.
Nunca una geografía participó tanto en el destino de sus gentes como la griega. Cada montaña, cada valle o cada rada configuró una aldea; la aldea, una pólis (ciudad-estado) y ésta, un Estado que, en numerosos casos, comprendía tan sólo una ciudad y las pocas tierras de su entorno.
Enumerar los diferentes pueblos que con¬for¬maban la Hélade siempre ha sido complejo para los no estudiosos, por lo que, a veces, nuestros cono¬cimientos se reducen a los más esenciales: Atenas, capital del Ática; Esparta, capital de Laconia en el Peloponeso; Tebas, primera ciudad de la Beocia, y otras ciudades que nos son conocidas por sus actividades civiles o religiosas (Olimpia, Corinto, Eleusis, etc.).
En la época en que nos situamos, mediados del siglo IV a. C., otros reinos del norte de la península Balcánica, como es el caso de Epiro y Macedonia, anteriormente considerados semibárbaros, ya se habían incluido en el contexto helénico.
Pero la Hélade no se circunscribía sola¬mente al territorio peninsular. Las innumerables islas próximas a la costa oriental facilitaban el paso, a modo de tranco, a Asia Menor y, con ello, nuevos asentamiento y ciudades que, si bien unas eran libres y otras dependientes de ciudades-estado griegas o del Imperio Persa, todas poseían un factor común: la cultura.
Por el oeste, el mundo griego había alcanzado las costas del sur de Italia de un lado y otro del mar - Tarento y Neápólis (Nápoles) entre ellas- y gran parte de Sicilia, donde se encontraban las ciudades más populosas y adelantadas. Una de ellas, Síbaris, alcanzó gran fama por el amor al lujo y el gusto refi¬nado de sus habitantes (aún hoy, en todos los idiomas, se da el calificativo de sibarita a quien gusta de ese modo de vida). A este conjunto de ciudades los romanos lo denominaron la Magna Grecia.
La Hélade peninsular abarcó en su mayor periodo de expansión los territorios de las actuales Grecia, Bulgaria, Macedonia, Albania, y una parte del sur de Servia, Croacia y Bosnia Herzegovina.
Civilización, no nación
Todas estas ciudades jamás formaron una única nación según el concepto que hoy se entiende como tal; lo más aproximado se alcanzó con Alejandro Magno, pero su duración fue efímera en la historia. Sin embargo sí lograron, partiendo de una religión y una lengua común, por encima de dialectos particulares, algo más difícil y eterno en el tiempo: una civilización.
Seguramente si Roma no hubiera existido, el nombre de Grecia tampoco. Fueron los romanos quienes denominaron a la península Balcánica Grecia, derivándolo, parece ser, de una tribu de Epiro conocida como los gracci o graeci. Con la misma certeza o idéntica duda se dice que fue Aristóteles el primer griego en emplearlo.
Pero que los romanos la llamaran Grecia, no significa que careciera de nombre, al contrario, poseía dos: el de Hélade, originario del territorio de Hellás (Tesalia), al sur de Macedonia, genérico desde tiempos remotos para toda la península; y el de Europa, trasmitido, seguramente, desde Creta en época arcaica. Por Europa se extendía el territorio que comprende las franjas de tierras e islas existentes entre el este y oeste del mar Egeo y del Ponto.
Con las conquistas de Alejandro en Asia, al comprobar la amplitud del mundo, los griegos, especialmente Eratóstenes, dudaron de la conveniencia de mantener los mismos límites, dado que no existía una clara división con Asia. Sin embargo, Estrabón defendió tan ardientemente la antigua idea que la península Balcánica continuó llamándose Europa.
Siglos más tarde, en el XIX, el geógrafo Humboldt y algunos más, de nuevo argumentaron que la actual Europa no podía ser una de las cinco partes del globo porque físicamente no era independiente de Asia. Fue la acalorada defensa de Ritter, al buscar en la cultura la inde¬pendencia territorial, lo que nos permitió seguir considerándonos continente.
En los tiempos de la Grecia que nos ocupa se había operado un cambio trascendental en política, economía y cultura. El caos político sustituyó al orden, y el antojo a la sensatez.
La pólis (ciudad-estado) se encontraba en fase de reestructuración económica e importantes políticos habían alcanzado el poder bajo el pretexto de expertos en finanzas. Ricos y pobres en constante desacuerdo alteraban la vida de la ciudad.
Los primeros consideraban que sus abusivos impuestos eran el resul¬tado de la facilidad con que los pobres se acostumbraban a vivir del erario público. Los más radicales, entre los segundos, propugnaban como solución una redistribución completa de las tierras. Las represalias por parte del poder se manifestaron mediante destierros y confiscaciones.
Estas gentes sin patria formaron un proletariado inestable y apenas cualificado de difícil ubicación. Solamente en el estamento militar, como mercena¬rios, encontraron su oficio, para alivio del resto de los ciudadanos, que consideraban el servicio militar como una carga poco productiva.
El mosaico de Estados que configuraban la Hélade dificultaba la unión en un sentimiento panhelénico generalizado. Algunos de ellos se confederaron (durante toda su historia, la unión entre Estados recibirá el nombre genérico de LIGA), y una voluntad de paz general, koiné eiréne, abrió, para todos los griegos, el camino de un sentir comunitario.
También el hombre adopta nuevas formas respecto al mundo que le rodea. La frase de Antifonte: “Dominar con el arte lo que es superior a nosotros por naturaleza” representa el sentir de la época.
Centro de la cultura
Atenas es, sin duda, el centro de la cultura. Ella irradiará su saber y pensamiento al resto de la ecú¬mene griega. A la muerte de Platón, su discípulo Aristóteles se dirigirá hacia un reino del norte, Macedonia, para educar al hijo del rey Filipo II, a quien su valor, sus ejércitos y su astucia le han convertido en el amo de Grecia.
Es a mitad de este siglo IV a.C., cuando em¬piezan a delinearse los perfiles integradores del mundo griego con la cultura oriental. El aumento de población en la península y la escasez de recur¬sos obligaron a mu¬chos helenos a emigrar a ciudades de Asia Menor, Fenicia, Egipto ..., dando lugar, poco a poco, a una cultura greco-oriental. También la expansión del comercio marítimo hacia estos lugares será la cinta que transporte, en ambos sen¬tidos, dos culturas diferentes con vocación integradora.
Más tarde, cuando los diferentes mundos cul¬turales alcancen el máximo de su fusión, cuando un Alejandro y sus sucesores sean historia por la pujanza de Roma, a este periodo de tiempo, un moderno estudioso del siglo XIX, Droysen, por equivocación en sus traducciones del griego, lo denominó: HELENISMO o helenístico, calificativo genérico hasta entonces utilizado para diferenciar a los primeros cristianos que hablaban griego de quienes lo hacían en hebreo.
Nunca una geografía participó tanto en el destino de sus gentes como la griega. Cada montaña, cada valle o cada rada configuró una aldea; la aldea, una pólis (ciudad-estado) y ésta, un Estado que, en numerosos casos, comprendía tan sólo una ciudad y las pocas tierras de su entorno.
Enumerar los diferentes pueblos que con¬for¬maban la Hélade siempre ha sido complejo para los no estudiosos, por lo que, a veces, nuestros cono¬cimientos se reducen a los más esenciales: Atenas, capital del Ática; Esparta, capital de Laconia en el Peloponeso; Tebas, primera ciudad de la Beocia, y otras ciudades que nos son conocidas por sus actividades civiles o religiosas (Olimpia, Corinto, Eleusis, etc.).
En la época en que nos situamos, mediados del siglo IV a. C., otros reinos del norte de la península Balcánica, como es el caso de Epiro y Macedonia, anteriormente considerados semibárbaros, ya se habían incluido en el contexto helénico.
Pero la Hélade no se circunscribía sola¬mente al territorio peninsular. Las innumerables islas próximas a la costa oriental facilitaban el paso, a modo de tranco, a Asia Menor y, con ello, nuevos asentamiento y ciudades que, si bien unas eran libres y otras dependientes de ciudades-estado griegas o del Imperio Persa, todas poseían un factor común: la cultura.
Por el oeste, el mundo griego había alcanzado las costas del sur de Italia de un lado y otro del mar - Tarento y Neápólis (Nápoles) entre ellas- y gran parte de Sicilia, donde se encontraban las ciudades más populosas y adelantadas. Una de ellas, Síbaris, alcanzó gran fama por el amor al lujo y el gusto refi¬nado de sus habitantes (aún hoy, en todos los idiomas, se da el calificativo de sibarita a quien gusta de ese modo de vida). A este conjunto de ciudades los romanos lo denominaron la Magna Grecia.
La Hélade peninsular abarcó en su mayor periodo de expansión los territorios de las actuales Grecia, Bulgaria, Macedonia, Albania, y una parte del sur de Servia, Croacia y Bosnia Herzegovina.
Civilización, no nación
Todas estas ciudades jamás formaron una única nación según el concepto que hoy se entiende como tal; lo más aproximado se alcanzó con Alejandro Magno, pero su duración fue efímera en la historia. Sin embargo sí lograron, partiendo de una religión y una lengua común, por encima de dialectos particulares, algo más difícil y eterno en el tiempo: una civilización.
Seguramente si Roma no hubiera existido, el nombre de Grecia tampoco. Fueron los romanos quienes denominaron a la península Balcánica Grecia, derivándolo, parece ser, de una tribu de Epiro conocida como los gracci o graeci. Con la misma certeza o idéntica duda se dice que fue Aristóteles el primer griego en emplearlo.
Pero que los romanos la llamaran Grecia, no significa que careciera de nombre, al contrario, poseía dos: el de Hélade, originario del territorio de Hellás (Tesalia), al sur de Macedonia, genérico desde tiempos remotos para toda la península; y el de Europa, trasmitido, seguramente, desde Creta en época arcaica. Por Europa se extendía el territorio que comprende las franjas de tierras e islas existentes entre el este y oeste del mar Egeo y del Ponto.
Con las conquistas de Alejandro en Asia, al comprobar la amplitud del mundo, los griegos, especialmente Eratóstenes, dudaron de la conveniencia de mantener los mismos límites, dado que no existía una clara división con Asia. Sin embargo, Estrabón defendió tan ardientemente la antigua idea que la península Balcánica continuó llamándose Europa.
Siglos más tarde, en el XIX, el geógrafo Humboldt y algunos más, de nuevo argumentaron que la actual Europa no podía ser una de las cinco partes del globo porque físicamente no era independiente de Asia. Fue la acalorada defensa de Ritter, al buscar en la cultura la inde¬pendencia territorial, lo que nos permitió seguir considerándonos continente.
En los tiempos de la Grecia que nos ocupa se había operado un cambio trascendental en política, economía y cultura. El caos político sustituyó al orden, y el antojo a la sensatez.
La pólis (ciudad-estado) se encontraba en fase de reestructuración económica e importantes políticos habían alcanzado el poder bajo el pretexto de expertos en finanzas. Ricos y pobres en constante desacuerdo alteraban la vida de la ciudad.
Los primeros consideraban que sus abusivos impuestos eran el resul¬tado de la facilidad con que los pobres se acostumbraban a vivir del erario público. Los más radicales, entre los segundos, propugnaban como solución una redistribución completa de las tierras. Las represalias por parte del poder se manifestaron mediante destierros y confiscaciones.
Estas gentes sin patria formaron un proletariado inestable y apenas cualificado de difícil ubicación. Solamente en el estamento militar, como mercena¬rios, encontraron su oficio, para alivio del resto de los ciudadanos, que consideraban el servicio militar como una carga poco productiva.
El mosaico de Estados que configuraban la Hélade dificultaba la unión en un sentimiento panhelénico generalizado. Algunos de ellos se confederaron (durante toda su historia, la unión entre Estados recibirá el nombre genérico de LIGA), y una voluntad de paz general, koiné eiréne, abrió, para todos los griegos, el camino de un sentir comunitario.
También el hombre adopta nuevas formas respecto al mundo que le rodea. La frase de Antifonte: “Dominar con el arte lo que es superior a nosotros por naturaleza” representa el sentir de la época.
Centro de la cultura
Atenas es, sin duda, el centro de la cultura. Ella irradiará su saber y pensamiento al resto de la ecú¬mene griega. A la muerte de Platón, su discípulo Aristóteles se dirigirá hacia un reino del norte, Macedonia, para educar al hijo del rey Filipo II, a quien su valor, sus ejércitos y su astucia le han convertido en el amo de Grecia.
Es a mitad de este siglo IV a.C., cuando em¬piezan a delinearse los perfiles integradores del mundo griego con la cultura oriental. El aumento de población en la península y la escasez de recur¬sos obligaron a mu¬chos helenos a emigrar a ciudades de Asia Menor, Fenicia, Egipto ..., dando lugar, poco a poco, a una cultura greco-oriental. También la expansión del comercio marítimo hacia estos lugares será la cinta que transporte, en ambos sen¬tidos, dos culturas diferentes con vocación integradora.
Más tarde, cuando los diferentes mundos cul¬turales alcancen el máximo de su fusión, cuando un Alejandro y sus sucesores sean historia por la pujanza de Roma, a este periodo de tiempo, un moderno estudioso del siglo XIX, Droysen, por equivocación en sus traducciones del griego, lo denominó: HELENISMO o helenístico, calificativo genérico hasta entonces utilizado para diferenciar a los primeros cristianos que hablaban griego de quienes lo hacían en hebreo.
Myriam Sagarribay
Redactado por Myriam Sagarribay el Viernes, 11 de Mayo 2007 a las 09:28
Editado por
Myriam Sagarribay
Historiadora -Sección Antiguas y Reestructuración Histórica-, Myriam Sagarribay es Vicepresidenta y Portavoz de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría (Unesco) y Miembro de la Comisión Española de Cooperación con la Unesco.
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