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HISTORIA Y SOCIEDAD

Bitácora

La Plata: Una historia universal

Jueves, 3 de Mayo 2007


Esta ponencia fue presentada en el Congreso de Guanajuato, celebrado el 26 de Octubre de 2006.



Antes de de comenzar mi charla quiero comentarles algo que se aconseja en mi pueblo. Yo soy del norte de España y, por esas tierras, hay un refrán que dice: “Nunca hables de santos en una iglesia”. Hoy, en cambio, haciendo oídos sordos a esta máxima voy a hablar en Guanajuato, “iglesia de la plata”, de los avatares de este metal precioso a través de la historia. Lo que sí les ruego es un poco de paciencia conmigo ya que, en términos históricos, yo soy al menos XVI siglos más vieja que Ustedes.

Todas las personas que estamos aquí conocemos sobradamente el símbolo Ag con el cual, en química, se determina la plata. También sabemos que este símbolo corresponde a la abreviación de la palabra latina argentum, a su vez derivada del griego argyros, nombre dado por los antiguos romanos para denominar la plata y, en la actualidad, aún continua llamándose así en tres idiomas latinos: francés, italiano y rumano. Sin embargo, en español y portugués y, por tanto, en el mundo Iberoamericano a este mineral lo llamamos plata y prata, derivando este nombre de un adjetivo calificativo latino platus, en griego platium, declinado en dativo femenino, cuya traducción exacta significa lámina, y en forma literal: “lámina blanca” que era la forma de transporte del mineral.

Llegados a este punto, creo que deberíamos hacernos una pregunta: ¿ es qué hasta la llegada de los romanos no se conocía la plata en la Península Ibérica? ¡Claro qué se conocía!, basta con recordar Tartesos, la espléndida Tarsis de la Biblia, su esplendor durante los siglos VII al V a.C. y sus extraordinarios trabajos de orfebrería, pero desconocemos con que nombre se determinaba la plata.

De las propiedades de la plata se dice, entre otras, que es un metal de hermoso color blanco, brillante y de sonido claro, y es de este “sonido claro” donde la plata recupera, en español, su nombre original. Cuando una persona tiene una voz o una risa clara y nítida comentamos que posee un timbre de voz “argentino”, es decir: “suena como la plata”.

Argentina

Si la Península Ibérica recoge el nombre de “plata” de la cultura greco-romana, el mundo anglosajón no es menos. Sabemos que las primeras monedas que se acuñaron en el Mundo Antiguo fueron en Lidia, hoy Turquía, a finales del siglo VII a. C., muy pocas han llegado hasta nuestros días, pero algunas las podemos ver en el Museo de Pérgamo en Berlín.

Estas monedas eran de una aleación natural de oro y plata, lo que hoy conocemos como silvanita (telururo de oro y plata). Las monedas proliferaron rápidamente en todos los países por entonces conocidos, ya que su valor venía determinado por su contenido en metales preciosos. Sin embargo, como la astucia humana es más antigua que la moneda, enseguida se ideó como sacar mayor provecho con el mínimo esfuerzo.

A las monedas, unas veces, se les rebajaba la cantidad de metal precioso y, otras, se limaban o recortaban para recuperar el costoso metal. Siglos más tarde, en el XVII, se obligó en toda Europa a grabar unas ranuras en los bordes para evitar que se limasen.
En el caso de las monedas de Lidia, con el paso de los siglos, el oro había casi desaparecido, eran prácticamente de plata.

Durante la expansión del Imperio romano, a partir del siglo I a.C., tenían grabada la cabeza de Silvano, dios de los bosques, en una de sus caras. La soldadesca las generalizó con el sobrenombre de “Silvanias” y, sin duda, con las campañas romanas en Britania y en Germania conjuntamente con las legiones, llegaron las “silvanias”, hoy silver y silber.

En la Antigüedad, en los apartados de la magia y la alquimia, la plata tuvo un gran protagonismo. Se la llamaba Luna y también Diana. Se representaba gráficamente en su faceta de cuarto creciente. Los magos asirios (siglo V a.C.) le atribuían espectaculares poderes viriles. Bastaba con que los hombres deseosos de alcanzar tal dicha, ingirieran un agua donde previamente se hubieran depositado siete monedas de plata, durante siete noches de luna creciente en fase pura, para obtener resultados de subida pasión. El único sacrificio era que, durante este periodo de tiempo, estos varones debían practicar la abstinencia. Sin duda, después de casi siete meses de espera, las asirias podían certificar excelentes resultados.

Paladear la plata

Por otra parte, en el antiguo Egipto era práctica habitual que las mujeres paladearan láminas de plata oxidada para ayudarse a concebir hijos varones. Estas láminas eran dadas siempre por un sacerdote de la diosa Isis, conjuntamente a unas plegarias. En este caso, el éxito estaba asegurado al menos al 50 %. Cuando nacían niñas siempre se podía acharcar la responsabilidad a no haber seguido con puntualidad las consignas dadas por el sacerdote.

Indudablemente estas “virtudes” de la plata en el Mundo Antiguo asirio y egipcio, no debieron funcionar con los griegos. Sabemos que en Grecia los hombres usaban la boca como monedero para las monedas de plata y oro, y no conocemos, al menos no está documentado, ningún caso de embarazo en varones griegos.

Y así, podríamos seguir hablando durante mucho tiempo del protagonismo de la plata y del polvo de plata en los campos del esoterismo y la alquimia, pero no solamente en la Antigüedad sino durante la Edad Media y hasta bien avanzado el siglo XIX. Prueba de ello es que aún, hoy en día, cuando queremos representar un mago seguimos vistiéndole con una capa profusa de estrellas y lunas crecientes, es decir: la plata.

Continuando con Grecia, debemos recordar que la moneda más estable y “seria” de la Antigüedad, fue el dracma ateniense. Contenía alrededor de 65-67 gramos de plata fina y sirvió como moneda fiduciaria durante varios siglos en todo el Mediterráneo. En la Grecia clásica no existían minas, su extracción era superficial y no en grandes cantidades por lo que su posesión era valiosísima.

Con la unificación de los estados griegos por las conquistas de Filipo de Macedonia y de su hijo Alejandro Magno, aparece el sistema extracción en mina, minas que los macedonios ya explotaban en sus territorios desde tiempos atrás.

Se cuenta que durante la conquista de la ciudad de Ecbatana (hoy dentro de Irán) Alejandro Magno quedó sobrecogido al contemplar el palacio: las vigas, los techos y las columnas estaban recubiertas de láminas de plata. Ante tal maravilla, ordenó a sus generales que le dejaran solo, y allí pasó la noche. Pero tanta belleza no impidió que diera orden de desmontar un gran número de placas para su transporte a Grecia y pago de la tropa.

También si repasamos el Antiguo Testamento, encontramos numerosas referencias a la plata en su versión moneda. La más cercana a nosotros, a España, la encontramos en el Libro de los Reyes en el pasaje que relata cómo Salomón mandó traer grandes cantidades de oro y plata de Ophir, dando el nombre de Ophir a la Península Ibérica. También en hebreo se conoce a la plata por su aspecto késeph, es decir, “blanca”.

Sin blanca

Aún, en la actualidad, es corriente referirse a la plata por su color. En España, no sé muy bien si ustedes también, cuando no tenemos dinero solemos decir: “estoy sin blanca”.
Pero para grandes exageraciones referente a la cantidad de plata existente en la Península Ibérica no hay nada más gratificante que leer al griego Diodoro (s. I a.C).

Cuenta que los montes Pirineos, la cordillera que nos separa de Francia, estaban cubiertos por tupidos bosques los cuales, por descuido de unos pastores, ardieron con tal vehemencia que el intenso calor derritió los minerales, cayendo la plata por sus laderas como ríos de agua. De esta gran hoguera, pyrás en griego, o pira ignis ( todo arde) en latín, es de donde se deriva el nombre de Pirineos.

Continúa diciendo Diodoro, que los nativos (los cuales no aclara quienes eran) cambiaban a los mercaderes fenicios la plata por mercancía baladí, en tales cantidades que para transportarlas en sus naves, los fenicios sustituyeron sus anclas de plomo por otras de plata. Este pasaje fue descrito y comentado magistralmente, por el gran polígrafo mexicano Alfonso Reyes.

La verdad es que sí existieron y se extrajeron en la Antigüedad grandes cantidades de plata en la Península Ibérica. El gran historiador romano Plinio narra que, si bien había plata en todas las provincias romanas, la mejor era la procedente de España y clasificaba las minas del sur como excelentes. Pero un historiador del Mundo Antiguo, cuando trabaja con cifras y cantidades de esas épocas, debe siempre considerar que las proporciones no son las mismas.

Seguramente, si comparásemos la producción de plata del Estado de Guanajuato con la producida en España durante todos los siglos pasados, estas últimas nos parecerían, exagerando un poco, “irrisorias”. Naturalmente, hay que tener en cuenta que los conocimientos, máquinas y sistemas de explotación avanzaron con los años facilitando y ayudando enormemente al hombre en la obtención del mineral.

Las primeras monedas acuñadas en España aparecen en el siglo III a.C. Aunque también se hicieron de oro, la mayoría de ellas, las que circulaban para las transacciones económicas, eran de plata. Dado que en el territorio peninsular habitaban diferentes pueblos, la emisión de monedas era variada. Encontramos el dracma griego, el fenicio, o simplemente aros de plata usados como monedas ya que su peso, por sí solo, justificaba su valor en cualquier transacción comercial.

En el año 139 a.C., con la victoria del cónsul romano Quinto Servilio sobre Viriato, la actual provincia española de Extremadura y medio Portugal pasan a ser provincia de Roma. Ese mismo año, en Mérida, se comienza a construir una calzada que avanzará conforme las legiones romanas conquistan suelo peninsular. Siglo y medio más tarde, con los emperadores Augusto, Trajano y Adriano se finalizará. Este camino unía, y une, Mérida con Astorga en León y, más tarde, hasta Asturias.

Los romanos la llamaron “Iter ab Emerita Asturican”, es decir, “camino de Mérida a Astorga”, y nosotros la conoceremos con el sugerente y equívoco nombre de “Ruta, camino o vía de la Plata”. Y digo equívoco nombre porque ni es de plata y nunca hubo plata en este trayecto, en tal caso, se aproximaba a las Médulas (entre León y Galicia) donde sí existían importantísimas minas de oro.

Ruta de la plata

El nombre de “Ruta de la Plata” es la denominación dada por las gentes llanas a esta calzada en contra de la intelectualidad de los siglos XVI y XVII. En este caso la palabra “Plata” deriva, de la árabe balata, que significa, todavía hoy en el árabe moderno: “camino enlosado”. Los intelectuales de los siglos que antes he mencionado, XVI y XVII, tal vez porque aún tenían memoria de las batallas de Granada, o bien por lo impresionados que estaban por la plata mexicana y peruana, decidieron buscar un origen etimológico más digno: lo derivaron del latín, del adjetivo “lata” que significa ancha.

Esta Ruta, Camino o Vía de la Plata que vertebra España desde el sur hasta el norte, hoy en día, forma parte del Camino Mozárabe de Santiago. Y para terminar con este tema, que en realidad no tiene relación con Los caminos reales de tierra adentro de Nueva España, les diré que el sugestivo nombre que antaño dieron los romanos, ha evolucionado a otro más prosaico y racional, y por nada poético: carretera nacional 630.

La eficaz administración romana, homogénea para todas sus provincias, trae consigo el sistema monetario unificado. Las minas pasan a ser propiedad del Imperio y sólo él tiene la potestad de acuñar moneda.

El denario de plata se convierte en la estrella de las monedas, es la moneda más deseada y de mayor circulación, lo que conlleva, de manera natural, hacer de la plata el patrón moneda. Su uso es más generalizado que el denario oro, basta recordar que hasta a Jesucristo lo traicionaron por 30 denarios de plata. Este protagonismo del denario de plata también alcanzó, como es lógico, a la España romana.

El entusiasmo por el denario se arraigó tanto en el pueblo español que a pesar de las otra culturas y monedas que llegaron posteriormente a la Península, visigodas y árabes, las gentes continuaban hablando en genérico de denarios. Tanto es así, en Castilla, en el siglo XIV, se acuñó una moneda de plata y cobre de nombre “dinero”. Aunque su vida fue corta, no consiguió desarraigar nuestra costumbre de hablar de denarios, es decir: “dinero”.

La difusión geográfica del denario creo que es digna de atención. Al igual que sucede con el peso Iberoamericano es una de las monedas de mayor difusión del mundo, no en número de habitantes, sino en países. En la actualidad, diez naciones denominan a su moneda: dinar. Estos países, dos en Europa (antigua Yugoslavia), Oriente Próximo y norte de África corresponden a antiguas provincias romanas. Tal vez, el éxito tanto del denario de plata como del denario de oro radique en su facilidad de comprensión y manejo, aún en tiempos en donde el sistema decimal no estaba establecido, ambas monedas eran divisibles por 10.

Con el retroceso cultural que supuso los primeros siglos de la Edad Media, se dejaron de explotar las minas de plata y oro, no sólo en España, sino en Europa. En los reinos asturleoneses apenas hubo circulación monetaria, estos reyes no acuñaron moneda, es más, su sistema de economía autárquica les devolvió al trueque.

De este abandono en el que se sumió el mundo occidental, hay que rescatar la figura de Carlomagno, emperador de los francos, en el siglo IX. Estableció un sistema monetario basado en la plata. Este sistema fue adoptado por los condados catalanes y Navarra, manteniéndose hasta los reyes Católicos.

A partir del siglo XI, con el desarrollo económico que se produjo en toda Europa, reaparece la acuñación de moneda. Los reyes cristianos peninsulares quieren emular a los reinos de taifas y, como los árabes, el oro será su moneda más valiosa seguida por la plata.

Plata y dinero

Creo, que estoy hablando demasiado de “plata” en versión iberoamericana, es decir: de dinero. Para finalizar este tema, que a partir de la Baja Edad Media todos conocemos, más o menos, quisiera hacer mención, por cuanto nos atañe a unos y otros, de la importancia de las monedas acuñadas en España en el siglo XVI con plata procedente de México. Dada su calidad, se convirtieron en moneda de uso corriente en China, durante más de dos siglos. Caso que no se ha repetido con ninguna otra moneda europea.

El gran economista Carlo María Cipolla muerto hace pocos años, decía que la plata, cual dama caprichosa, para realzar toda su belleza escogió para la eternidad un marido feo e incómodo: el cinabrio. Y fue tal el éxito de esta unión que el pobre metal, deslumbrado por el esplendor de su musa, perdió su nombre en todos los idiomas para llegar a transformarse en Chytos Argyros o Argentum Vivum, siendo Aristóteles el primero en utilizar este nominativo.

La primera cita documentada que tenemos sobre el mercurio, nos la proporciona Teofrasto, en el siglo IV a.C. En su “Tratado sobre las piedras”. Explica que amasando el cinabrio natural con vinagre se obtenía el mercurio y cita a Calia como descubridor del cinabris o bermellón. Pero seguramente, el cinabrio, envidioso de la plata, también deseó su cuota de protagonismo. Y lo encontró en el mundo esotérico de la alquimia.

Según Platón, para conseguir la transmutación de los metales, era necesario poseer una materia prima común a todas las sustancias, y que al carecer de formas podía recibir todas. A esta materia prima se la llamó la Piedra Filosofal y estaba compuesta por un “misterioso” polvo de color rojo intenso, pesado y brillante. Sencillamente era mercurio oxidado, es decir: óxido mercúrico, al que, una vez extraído su elemento fluido, lo habían fijado.

Conseguida esta maravillosa Piedra Filosofal, se añadía azufre y arsénico para conseguir tintes de color plata y oro. Estos agregados fueron conocidos por los alquimista como la quinta esencia.

Nosotros, los españoles, al cinabrio le dimos un nombre diferente al resto de los otros idiomas tanto latinos como anglosajones. Lo llamamos a nivel usual, azogue, recogiéndolo de un vulgarismo derivado del árabe.

Una vez más, los estudiosos de los siglos XVI y XVII quisieron encontrar una etimología digna a tan extraño nombre. Dado su connotación con el mercurio, y siendo el dios Mercurio protector del comercio en la mitología romana, dijeron que el nombre de azogue derivaba de la palabra árabe azoc que significa zoco o plaza de comercio.

Tanto es así, que en España aun conservamos plazas, donde se realizan mercados semanales, conocidas como azogues. Una de ellas, en Benavente, provincia de Zamora, está coronada por una bellísima iglesia dedicada a Santa Maria del Azogue y a San Juan del Comercio que es como poner una vela a Dios y otra al diablo, es decir, en nombre árabe y en nombre cristiano.

Como los tiempos suelen acomodar las cosas en su justo lugar, hoy sabemos que el azogue que nos interesa deriva del verbo árabe azue, hoy en desuso, que significa correr. La sabiduría popular supo encontrar su justa definición. Según dicen es mejor correr que inhalar el polvo del cinabrio. Nosotros solemos decir, e imagino que ustedes también, cuando un niño está agitado, o cuando una persona se siente preocupada o inquieta: “que tiene azogue”.

El naturalista romano Plinio el Viejo, en el s. I (23-79 d.C.), en sus escritos ya diferenciaba el mercurio nativo del obtenido del cinabrio. de la plata, los romanos lo necesitaron en grandes cantidades para bermellón y los árabes, además del bermellón, obtenían el solimán para curtir los cueros. Y a partir de aquí, no insistiré porque ustedes sobre Almadén, su nombre y origen saben mucho más que yo.

Fin de la historia

Con el último cargamento de bermellón, termina la historia antigua-medieval de la plata y el mercurio.

Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, y con los hallazgos de riquísimas minas de plata en remotas áreas de Perú (Potosí 1545) y Nueva España (Zacatecas 1546), e importantes yacimientos de rocas auríferas en Nueva Granada, plata y azogue, retomarán su protagonismo.

Estos descubrimientos mineros, ocasionaron fuertes cambios que afectaron de forma definitiva e irreversible a Hispanoamérica. La América cuasi-medieval de la conquista, que aspiraba a la diversificación y autosuficiencia económica, que hubiera podido tener un desarrollo lento, pero equilibrado y autónomo, iba a transformarse desde entonces en una economía moderna, capitalista y sumamente especializada, desequilibrada a favor del sector minero y la exportación a Europa.

El oro y la plata, debido a su elevado precio y reducido volumen, estaban en condiciones de absorber altos costes de transporte a muy grandes distancias. Europa en pleno desarrollo de su capitalismo comercial, y en una coyuntura general de expansión económica, mostraba una insaciable necesidad de metales preciosos, más que para atesorarlos, para ponerlos en circulación en forma de moneda. En cuanto a la demanda, el oro tenía la ventaja de su mayor valor.

Pero hasta el siglo XVII, la situación favoreció a la plata, modificando el coeficiente bimetálico. Entre 1500 y 1560, la relación oro/plata osciló en Europa entre 1:10 y 1:11, lo cual significa oro relativamente “barato” y plata relativamente “cara”. Estas circunstancias explican la rapidez del desarrollo y el enorme volumen de inversión y producción en la minería argentífera del Nuevo Mundo.

En la colonia solía decirse con frecuencia: “Sin plata no hay azogue, y sin azogue no hay plata”. El juego de palabras no hacía sino expresar una patente realidad del movimiento económico de entonces: el papel estratégico y esencial, que el azogue desempeñaba en la producción de plata.

Historia y comercio

Es sobradamente conocido que esta actividad fue, durante toda la colonia, uno de los aspectos esenciales de la organización económica indiana y origen, en último término, del proceso de globalización económica mundial. Cuando a mediados del siglo XVI se consolidó el método de amalgamación con azogue como técnica metalúrgica para la obtención de la plata, el mercurio se convirtió en una pieza básica del entramado económico imperio.

A lo largo de todo el periodo colonial, asegurar el abastecimiento de azogue a los dos grandes núcleos productores de plata (Nueva España y Perú), fue una de las máximas preocupaciones de los altos funcionarios indianos. En el caso peruano, la provisión de este básico insumo se pudo garantizar, salvo circunstancias excepcionales, gracias a las minas de Huancavelica, Perú, descubiertas en 1564.

Las minas novohispanas dependieron siempre, sin embargo, de la importación de azogue. Por lo general, las remesas de mercurio llegaban desde las minas de Almadén. Estas fueron explotadas por los Fugger, banqueros de Augsburgo, a quienes Carlos V dio la concesión de explotar las minas como pago parcial de la deuda que la Corona española tenía con ellos.

Los Fugger, que explotaron el yacimiento desde los años cincuenta del siglo XVI hasta 1645, lograron aumentar la producción durante el último cuarto de aquel siglo. Aún así, era necesario, por lo general, efectuar pequeñas importaciones anuales de mercurio peruano para cubrir todas las necesidades de las explotaciones peruanas.

A lo largo del siglo XVII, proliferaron cada vez más los episodios de escasez de azogue, tanto en Nueva España como en Perú. En el caso mexicano, hacia mediados de siglo los virreyes protestaron con energía por la creciente disminución de las remesas que llegaban desde la Península.

Con independencia de los permanentes problemas de abastecimiento, lo cierto es que el azogue tuvo un papel determinante en todo el proceso de la producción minera. Al controlar su producción y su circulación a lo largo de los territorios indianos, la Corona disponía de un factor de regulación y control de la producción a escala continental, aunque en general no parecen haber existido planteamientos de esta naturaleza detrás de las decisiones administrativas respecto a la producción y circulación del azogue.

Por otro lado, al costear su producción y, sobre todo, permitir su adquisición a crédito por parte de los mineros, la Corona ejerció un permanente subsidio sobre la producción metalífera. Tanto en los grandes centros mineros de México como en los de Perú, la deuda de los empresarios mineros con la Real Hacienda por este rubro (azogue recibido para la producción de plata) alcanzó cifras astronómicas. Por lo general, las deudas se arrastraban a lo largo del tiempo hasta que se alcanzaba un acuerdo o “composición” con la Corona, que implicaba normalmente una bondadosa manera de pagar y una no menos generosa condonación de parte de la deuda.

Pero la plata, además del mundo de la minería, también tiene su protagonismo importante en el campo de la medicina. Bajo su preparación coloidal, hasta el descubrimiento de los antibióticos, cubría esta función en enfermedades infecciosas. Se utilizaba, y aún suele hacerse, como reconstituyente, cicatrizante, en dermatología y en muchísimas cosas más.

El español Santiago Ramón y Cajál, premio Nóbel de medicina, alcanzó tan alta distinción por sus trabajos con sales de plata para fijar las dendritas y los axones de las neuronas cuando descubrió que el sistema nervioso era una serie de retículos conectados. También descubrió los usos de la plata coloidal para hacer radiografías y, sobre todo, no debiéramos olvidar sus mil usos en la industria, es decir, en nuestra vida cotidiana.

Como historiadora, y además de Antiguas, estoy convencida que siempre es aconsejable conocer el pasado de lo que se habla y ama. Pero con estos viajes modernos del internet o del fax, he visto que el título de esta charla había cambiado desde España a México o viceversa. Mi deseo era, y creo que así lo he hecho, hablar un poco de “una historia universal de la plata”, una historia común de todos, y no solamente de “una historia de comercio”.

En realidad no difiere mucho, pero en mi interior me parece, que hablar exclusivamente de comercio es faltar el respeto a la plata. La plata es algo más que un importante espacio mercantil. La plata es salud-es enfermedad, es alegría-es sufrimiento, es libertad-es opresión, y sobre todo, la plata fue ayer, y será mañana.

Myriam Sagarribay
Redactado por Myriam Sagarribay el Jueves, 3 de Mayo 2007 a las 12:11

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Myriam Sagarribay
Historiadora -Sección Antiguas y Reestructuración Histórica-, Myriam Sagarribay es Vicepresidenta y Portavoz de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría (Unesco) y Miembro de la Comisión Española de Cooperación con la Unesco.


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