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HISTORIA Y SOCIEDAD

Bitácora

Alejandro, ¿dónde está tu tumba?

Viernes, 11 de Mayo 2007


BABILONIA, 13 DE JUNIO DEL 323 A.C. Alejandro III rey de Macedonia, Hegemón de Grecia, rey de Europa, Egipto y Asia, de los sirios y de los medos, conquistador de las tierras tracias hasta el remoto reino de Poros, hijo de Filipo II y de Olimpia, del dios Amón y predilecto de Zeus, HA MUERTO.



En el palacio, el que antaño perteneciera a Nabucodonosor, un hombre rubio, de mediana estatura, de piel curtida por el sol y los vientos, de mirada clara, una vez cordial pero ahora endurecida por el poder, intentaba con un hilo de voz responder a la pregunta formulada por su general Pérdicas sobre la sucesión de su Imperio.

Alejandro pronunció solamente una palabra, y algunos de sus generales la entendieron como: Kratisto, que significa “el más fuerte”. Otros creyeron escuchar: Heracles, nombre del hijo de cuatro años habido con su esposa ilegítima, Barsines.

Sea cual fuere la verdadera respuesta, la realidad es que la segunda no interesaba a ninguno de los generales de Alejandro. Validar un único heredero significaba renunciar a un algo de la herencia que habían ansiado durante los trece días de duración de la enfermedad. Así pues, consolidaron lo “del más fuerte” y ampliaron la segunda versión, por si acaso, a los familiares directos de Alejandro: Arrideo, el hermanastro retrasado mental, al hijo ya existente, Heracles, y al póstumo que habría de darle su esposa legítima Roxana.

Unas voraces fiebres, sin determinar si paludismo o fiebres amarillas, habían vencido al hombre que se creía decimotercer dios del Olimpo.

Infancia en Macedonia

Tras él quedaba una infancia en Macedonia, sobrecogida por la posesión y delirios de una madre obsesionada con el poder, de carácter exaltado y razonamientos turbios.
Ya antes de su nacimiento, en vísperas de su boda con Filipo, Olimpia había augurado el origen divino de su hijo. Aseguró que, en sueños, un rayo había descendido sobre su cuerpo para fecundarla y, acto seguido, se produjo un gran incendio formado por numerosas y brillantes llamas, presagio de la grandeza del futuro Alejandro.

Otro sueño de esta mujer, que gustaba de adornar su cuerpo en las fiestas de Dionisios con serpientes domesticadas por ella para susto de cuantos la rodeaban, era adjudicar la paternidad de su hijo, nada menos, que al dios Amón; paternidad que a Alejandro en sus años de normalidad, le pr¬ducía unas veces enfado y, otras, hilaridad. En cambio, la consideró como cierta después de su entrada triunfal en Egipto.

De la madre heredaría su belleza, cualidad que los griegos consideraban don de los dioses, pero también ese carácter especial que afloraría parejo a su poder.

También quedaban atrás los recuerdos de un padre, a veces odiado y siempre admirado: brillante organizador, osado como general y astuto como diplomático, apasionado con las mujeres y sinuoso con los muchachos y, sobre todo, gente entre sus gentes y rey para sus adversarios. Estas cualidades y defectos que Alejandro recogió de sus padres configuraron la personalidad que determinó su existencia.

Su primer preceptor, Leónidas, lo proporcionó su madre. Era un pariente de Olimpia. Hombre austero que lo formó en el dominio de la mente sobre el cuerpo, fortaleció su físico y desarrolló sus músculos. Quizás, este autocontrol hizo que Alejandro consiguiera domar al caballo Bucéfalo que nadie había conseguido montar. Fue tal su amor por este caballo, o por su propia proeza, que años más tarde ordenó a su general Crátero fundar una ciudad en la India occidental que llevara su nombre, Bucefalia.

Padre y maestros

El padre se encargaría de los siguientes maestros. El segundo de sus ayos, Lisímaco, amante de la literatura, lo iniciaría en su pasión por Homero y su Iliada; tanto es así que en los juegos de niño, el maestro se llamaba Fénix, Alejandro, Aquiles y Filipo, Peleo.

Pero de todos sus instructores, Aristóteles, amigo de Filipo desde la juventud, sería la persona que más influyera en la formación de Alejandro. De él aprendió todo cuanto de positivo guardaba su carác¬ter: rectitud, generosidad y sentido práctico. Ahora bien, las conquistas, el poder y la herencia ge¬nética del espíritu de Olimpia originarían esos arrebatos de locura, tan frecuentes en los últimos años de su vida.

Alejandro admiró y envidió a su padre, y éste lo amó. Después de participar valientemente en la batalla que iba a dar a Filipo el dominio sobre Grecia (Queronea), le preguntó “¿qué tierras me vas a dejar para conquistar?”, a lo que respondió: “Busca otros reinos, hijo mío, que el que poseo es pequeño para ti”. Un año después, con la decisión de la Liga griega de atacar a los persas, se decidiría su destino.

El primer contratiempo en la vida de Alejandro, y el primer asomo de cambio de personalidad, se manifiesta a raíz de un nuevo matrimonio de su padre. Filipo había tenido dos hijos con Olimpia (Alejandro y Cleopatra), y tres más en sus otros matrimonios: dos varones, Arrideo, el idiota, y un segundo que pasaría a la historia por morir asesinado, y una hija, Tesalónice.

No obstante, estos matrimonios, al carecer las mujeres de importancia social, no supusieron peligro en los delirios de poder de Olimpia; ella había nacido princesa de Epiro y, aunque desterrada, continuaba siendo Reina de Macedonia. Pero estas nuevas nupcias del Rey con la joven Cleopatra, sobrina del noble e importante Atalo, podían acarrear serias consecuencias en la sucesión al trono.

Incidente

Durante la celebración de los esponsales, Atalo levantó su copa para brindar por la futura descendencia del matrimonio y por el nacimiento de un posible heredero. Alejandro airado, cogiendo la suya, se la arrojó a la cara. Filipo ofendido desenfundó su espada y se dirigió hacia su hijo, pero los efectos del vino le hicieron resbalar. Estando en el suelo Alejandro le increpó: ¡Pobre viejo!. ¡Cómo quieres pasar de Europa a Asia, si eres incapaz de ir de una cama a otra!.

Consecuentemente, abandonó Macedonia refugiándose en Iliria con sus mejores amigos, entre ellos Harpalo, Nearco y Ptolomeo, que más tarde serían sus generales o Diádocos, y dejó en Pella a Hefestión, su compañero del alma, para que le tuviera al tanto de cuanto acontecía en la Corte.

La boda de su hermana Cleopatra será el motivo de su regreso y de una aparente cordialidad entre padre e hijo. En los festejos organizados para tal evento, Filipo es asesinado por un oficial de su propia guardia, y por todo el reino corren rumores de que tras la mano asesina está el buen hacer de Olimpia.

Muerto Filipo se evidencia el conflicto en la sucesión al trono. Hay varios posibles herederos y todos legítimos: Alejandro; su hermanastro Arrideo, tres años mayor que él; un primo suyo, y, para facilitar el problema, Cleopatra, su joven madrastra, había dado a luz dos hijos, un varón y una niña.

Ante la posibilidad de una guerra civil por los derechos al trono, Antípatro, el más popular y respetado general de Filipo, consigue declarar heredero a Alejandro. Era el otoño del 336 a. C.; el nuevo Rey contaba 20 años.

Conmoción en Europa

En Europa todo se remueve. Atenienses, tebanos, espartanos y el resto de las ciudades griegas creen llegado el momento de liberarse de la hegemonía macedonia. Se equivocan: Alejandro impone su poder, y su poder es indiscutible. También Olimpia entra en acción y regresa del destierro para ayudar a su hijo con sus particulares artes.

Se dice que Alejandro hace saber a sus más íntimos la necesidad de eliminar ciertos obstáculos familiares para tranquilidad de Macedonia. Ordena la muerte de algún que otro importante macedonio bajo la acusación de haber conspirado en el asesinato de Filipo, la de su primo aspirante al trono y, respetando a su hermanastro deficiente, el otro es asesinado. Temeroso de que Atalo intente deponerlo en favor del hijo de su sobrina, envía una expedición a Asia, donde se en¬cuentra éste, con la misión de darle muerte.

Por Grecia corren rumores de que el joven Rey ha muerto en sus luchas más allá del río Istro (Danubio), rumores que alientan a la sublevación a tebanos, atenienses y otros ciudadanos. Conocida la rebelión, Alejandro sitió Tebas y la ciudad fue asolada. Todo en orden y sin oposición, convocó una Asamblea en Corinto con los principales mandatarios de Grecia para convencerlos y buscar su apoyo, tanto en ejércitos como en dinero, en su campaña contra Persia.

Al clamor de su nombre acudieron las gentes para ver al Rey, solamente Diógenes continuó encerrado en su famoso tonel; al pasar Alejandro ante él, preguntó al filósofo “¿qué deseas de mí?”, a lo que respondió, im¬pasible ante el po¬der: “¡Que te quites de delante por¬que me privas del sol!”.

Sosiego del reino

De regreso a Macedonia supo que su madre había contribuido al sosiego del reino: la joven Cleopatra y su hijo habían muerto por orden de Olimpia. Aseguradas las fronteras del reino, sobre todo la del norte, al haber anulado las posi¬bles in¬vasiones por el río Istro (Danubio) y confiada la regencia al fiel Antípatro, nada impedía su paso a Asia. Alejandro cruzó el Helesponto (hoy estrecho de los Dardanelos) la prima¬vera del 334 a.C.; tenía 22 años.

La Liga Corintia había incrementado el ejército macedonio con el alistamiento de soldados voluntarios y mercenarios. Atenas, con la contribución de 160 naves, si bien insuficientes, suplió la carencia en ar¬mamento marítimo. No obstante los esfuerzos realizados, el contingente de guerra resultó modesto frente a los ejércitos persas donde, a su vez, militaban gran número de griegos como mercenarios.

La voluntad de Alejandro al atravesar el Helesponto dista mucho de su futura aventura en India. Su idea primordial, la que dirige sus pasos hacia Asia, es liberar del dominio persa las ciudades griegas de la costa de Asia Menor y algunas de Anatolia, aunque no todas estuvieran incómodas con su situación.

Informado Darío III, Rey de Persia, o del Imperio Aqueménida, de la incursión de Alejandro en sus territorios y de sus escasos medios (40.000 hombres y solamente 5.000 a caballo), desoyendo a su consejero, consideró innecesario salir a su encuentro: bastaba con que los sátrapas (gobernadores) plantaran batalla.

Sin embargo, para manifestar su supremacía le envió una misiva donde afirmaba no sorprenderle su visita, dado la afición de los griegos al pillaje y se despedía, autocalificándose, como: Rey de reyes del universo, sol que alumbra sobre la cabeza de Alejandro, rey de bandidos.

Una pelota y un látigo

Esta carta iba acompañada de un pequeño cofre que contenía oro para demostrar sus riquezas, simientes de lirio para indicar el gran número de sus soldados, una pelota para que el Rey niño jugara con sus generales, y un látigo para que les castigara en caso necesario.

Alejandro respondió a Darío con otro escrito así encabezado: Alejandro, Rey de Macedonia, al titulado Rey de los reyes de la tierra, al débil y mortal ser que se atribuye un carácter divino y que se considera como el más poderoso de los monarcas del universo... y continuaba aduciendo que aceptaba los regalos: el oro como anticipo de lo que pronto iba a ser suyo, las semillas de lirio porque le auguraban las infinitas partes en que el Imperio Persa se dividiría, la pelota significaba que todas las tierras dependerían de su mano y, sobre todo, agradecía el látigo para, con él, castigar tal insolencia.

Alejandro ocupó el mes de mayo en los preparativos de lo que iba a ser su primer combate en suelo minorasiático, ya que, según costumbre, los reyes de Macedonia no batallaban durante este mes.

El encuentro entre los dos ejércitos tuvo lugar a primeros de junio, junto al río Gránico (quizás el Cocabas de la actual Turquía) y fue la caballería macedonia la verdadera artífice de la victoria.

Momento importante

Pero aquí acontece un importante pasaje de la vida de Alejandro, algo que, años más tarde, nos mostrará su cambio de carácter, su despotismo exultante: durante la batalla está a punto de perder la vida; gracias a la intervención de su amigo y general Clito el Negro consigue salvarse.

Seis años más tarde en Maracanda (Samarcanda), durante una cena, Alejandro, bastante ebrio, gustaba oír alabar sus victorias y que éstas fueran atribuidas exclusivamente a él y a su origen divino. En medio del clamor de los comensales, Clito osó decir que la gloria del Rey también se debía a sus ejércitos. Esto le valió la muerte: Alejandro le atravesó el pecho con la espada.

Después de la batalla del Gránico, el avance hacia el sur fue un paseo militar. Muchas ciudades se rindieron sin plantear conflictos y otras, donde los hubo, como el caso de Mileto, carecieron de importancia.

Alejandro, consciente de que el número de barcos de Darío era infinitamente superior a su pequeña escuadra, decidió que la prioridad en la estrategia de guerra era apoderarse de las ciudades ribereñas de Asia Menor. La conquista de Éfeso y de su importante puerto le proporcionaría una relativa seguridad.

A las ciudades conquistadas, Alejandro les concedió la libertad, cierta autonomía comunal al estilo de las póleis griegas, y cambió el totalita¬rismo persa por la democracia. Pero la realidad era bien distinta a la propaganda: estos privilegios no escondían su auténtico carácter de ciudades dependientes de Macedonia y el nombramiento de algunos generales como gobernadores de éstas, conservando el título de sátrapa, evidenció el deseo de Alejandro de considerarse sucesor de Darío, Gran Rey de Persia.

Ciudad sucumbida a los griegos

En Halicarnaso (la actual Bodrum -Turquía-, ciudad que poseía una de las siete maravillas de la antigüedad: el monumento funerario que la reina Artemisa hizo erigir a su esposo y hermano Mausolo, de donde deriva el nombre de mausoleo -actualmente sus esculturas se encuentran en el museo Británico-), Alejandro encontró una verdadera resistencia. La ciudad, después de un prolongado asedio, sucumbió a los griegos.

Ese invierno, del 334/33 a.C., las tropas se refugiaron en Gordio donde deshizo el famoso nudo con un tajo de su espada: el dominio persa en el corazón de Asia Menor había sido quebrantado. En cuanto el tiempo lo permitió, Alejandro abandonó su reposo. Atravesó Ancira (hoy Ankara), soslayó el Ponto que, como más tarde hiciera con Armenia, supuso un grave error táctico por el vacío creado en el futuro Imperio de Alejandro, y se dirigió hacia Siria conquistando las ciudades a su paso (la Cilicia).

En un llano de la costa siria, en Issos, cerca de la actual Alexandreta, se libró la contienda. Las posiciones de ataque de los ejércitos griegos y persas estaban equivocadas.

Defectos en el cálculo de las distancias por ambas partes, originaron que marcharan en paralelo por diferentes caminos y sentido, invirtiéndose la situación de los frentes: Darío atacó desde el norte y Alejandro desde el sur.

La pérdida de control por parte de Darío al ver a Alejandro comandar la temida caballería macedonia, desembocó en una huida precipitada que anticipó la derrota. Los persas tuvieron una pérdida de 100.000 hombres y en esta batalla se decidió, sin duda, la suerte de Asia Menor en favor de Alejandro. Esta victoria, además de los ánimos que infundió en el ejército, tuvo una importante repercusión en el seno de la propia Grecia: todas las fuerzas antimacedonias fueron acalladas.

Rey de Asia

En el reino persa era costumbre que los familiares, aún los más directos, acompañaran al soberano durante las campañas, por peligrosas que fueran; ésta no fue una excepción. Cuando Alejandro entró como vencedor en el campamento del Gran Rey, se encontró con la madre, la esposa y las hijas de Darío, a quienes dispensó un trato respetuoso, pero sin hacerles olvidar la condición de rehenes.

Darío, preocupado por la suerte de su familia, envió un segundo correo. Esta vez no adopta alegorías: ofrece un pacto de amistad y alianzas, una inmensa fortuna y, además de los territorios minorasiáticos, aquéllos persas comprendidos hasta el río Éufrates. Alejandro rechaza la totalidad del contenido en contra de la opinión de sus generales, y solicita que en lo sucesivo no se dirija a él como Rey de Macedonia, sino como Rey de Asia.

Uno de sus generales, el viejo Parmenión, preocupado por los sueldos y el sustento de las tropas, sugiere la necesidad de entrar en Damasco para reforzar, con la recogida de un gran botín, la gloria de la victoria.

Alejandro, en donde su razonamiento humano ya empieza a confundirse con el divino, le asegura que “no existe mejor manjar para un soldado que la derrota de un enemigo". No obstante, consiente que Parmenión se dirija hacia Damasco. Entre los fabulosos tesoros también hay un gran número de mujeres que alegrarán la soledad de la tropa y, en medio de todas ellas, destaca por su belleza una joven viuda, descendiente de familia real y de educación griega: Barsines. Con ella Alejandro tendrá un hijo bastardo de nombre Heracles.

Necesidad de nuevas conquistas

A pesar de esta victoria, la inferioridad de la escuadra griega imponía la conquista de las ciudades marítimas para anular los puertos de apoyo de las naves persas. Trípoli y Sidón se ofrecieron sin resistencia, pero la rica y poderosa Tiro se negó a los griegos. El asedio a esta ciudad, se considera, aún hoy, uno de los más terribles que la historia de la humanidad haya conocido hasta nuestros días.

La ciudad estaba dividida en dos partes: la continental, o vieja Tiro, y la parte nueva o insular, separadas ambas por 800 metros de mar. Esta situación geográfica obligó a Alejandro, una vez conquistada la parte vieja, a construir un terraplén a modo de puente para acceder a la ciudad nueva. La conquista duró ocho meses durante los cuales la Tiro insular quedó totalmente aislada y, por consiguiente, sus habitantes sin víveres. Irritado Alejandro por la tenaz resistencia, una vez ocupada, ordenó que todos sus ciudadanos, aquéllos que sobrevivieron al hambre y la sed, fueran vendidos como esclavos.

Una vez más, Darío envía una nueva misiva en términos similares a los anteriores, pero con dos variantes: aumenta considerablemente las riquezas y le ofrece una de sus hijas para contraer matrimonio. Alejandro no acepta.

Entrada en Egipto

Vencida Tiro, Alejandro desciende por la costa de Asia Menor y, bajo la excusa de bloquear los puertos de aprovisionamiento persas, entra en Egipto que desde diez años atrás es una satrapía (territorio dependiente de Persia cuyo gobernador o sátrapa depende del Gran Rey).

Esta incursión en Egipto es otro de los errores estratégicos cometidos por Alejandro, en la medida en que lo distancia de su verdadero objetivo: brinda a Darío la posibilidad de cortar su retaguardia y le facilita el tiempo necesario, casi un año y medio, para rehacer sus ejércitos. Que el rey de los persas no supiera beneficiarse de la situación no suaviza la equivocación de Alejandro.

Egipto se ofreció a los griegos sin resistencia, es más, consideraron a Alejandro su libertador y, como a tal, le rindieron honores.

Desde Menfis bajó por el Nilo y, en las cercanías del brazo occidental de este río, frente a la isla de Faros, al lado de la aldea de Rakotis, fundó la ciudad que aún lleva su nombre: Alejandría. Ésta no fue la única; a lo largo de su vida Alejandro fundó unas 70 ciudades, de las cuales 12 recibieron el mismo nombre de Alejandría. Y aquí se inicia oficialmente la irracionalidad en el alma de Alejandro o la herencia espiritual del carácter de su madre Olimpia.

Fundada la ciudad, Alejandro encargó el proyecto de construcción al arquitecto Dinócrates de Rodas y, seguramente impresionado por las pirámides egipcias, le ordenó asimismo la construcción de una gigantesca en honor de su padre Filipo, proyecto, este último, que nunca se llevaría a cabo. A su vez, Dinócrates propuso transformar el monte Athos en una monumental estatua de Alejandro, de tal tamaño que en la palma de su mano cupiera una ciudad de 10.000 almas. Tampoco se realizó.

Concluidos estos pormenores, el joven rey, sintió unas imperiosas ansias de visitar el templo de Amón, dios egipcio equivalente desde siglos atrás al griego Zeus, situado en el desierto de Siwa, a unos 550 kilómetros al sudoeste de Alejandría, quizás para cerciorarse, como aseguraba su madre, de su ascendencia divina.

Durante el trayecto, los ciudadanos de Cirene (Libia) le rindieron sumisión y, al llegar al templo, el gran sacerdote lo saludó de modo solemne como hijo de Amón y predijo que sería el reconciliador y gobernador de la Tierra. Legalizado en sus altas aspiraciones divinas, Alejandro abandonó Egipto para continuar sus luchas contra Darío. Era la primavera del 331 a.C..

Atravesó Siria, cruzó el Éufrates, después el Tigris y en la llanura de Gaugamela (a 35 ki¬lóme¬tros de la actual Mosul, Irak, ciudad donde se tejen desde la antigüedad unos finísimos paños llamados muselinas), tuvo lugar el combate decisivo entre Alejandro y Darío. Este último repitió su comportamiento de Issos, huyó del campo de batalla para refugiarse en Media (hoy Irán).

Tres ciudades persas

Alejandro, después de esta victoria, tomó el título de Rey de Asia que tanto ansiaba y, naturalmente, encaminó sus pasos hacia las tres grandes ciudades del Imperio persa: Babilonia, Susa (la capital) y Persépolis. Las dos primeras se entregaron sin lucha al nuevo Rey y en la última, si bien hubo una cierta resistencia, tampoco fue exagerada.

En Babilonia, Alejandro hizo sacrificios al anti¬guo dios Bêl-Marduk, reconstruyó su templo y mantuvo al mismo sátrapa. Mas el tipo de administración paternalista que había caracterizado al Imperio persa fue sustituido, como en el resto de las ciudades conquis¬tadas, por una mentalidad mercantilista, y el griego deviene la lengua comercial y diplomática.

En Susa, capital del imperio de Darío, encontró inmensas cantidades de metal de oro, plata y bronce en moneda acuñada y sin acuñar que Alejandro ordenó colocar inmediatamente en circulación, dando otra dimensión a la maltrecha tesorería griega. En cuanto a la administración de la ciudad repitió el modelo de Babilonia.

Al llegar a Persépolis (Persa o Persai nombre original en persa), Alejandro quedó deslumbrado ante los maravillosos palacios llenos de inscripciones evocadoras de la grandeza del Imperio Universal Persa, pero esto no impidió que diera orden de incendiar el palacio y concedió a sus tropas derecho de saqueo; en el caos también la ciudad ardió. La quema del palacio no fue más que un acto simbólico ante los griegos que lo acompañaban: la venganza por la destrucción de los templos griegos que antaño hicieran los persas.

Dos lecturas

Pero este suceso tiene una segunda lectura; en realidad es el último acto en donde Alejandro actúa como Rey de Macedonia y Hegemón de Grecia. Sus miras son ya más altas: se considera soberano del Imperio Universal que bajo un mismo Estado aglutine a macedonios, griegos y persas y, asumiendo la función de Gran Rey, ordena la reconstrucción de la tumba de Ciro, el verdadero artífice de la dinastía persa, porque Alejandro, en su turbulento pensamiento, ya se considera su descendiente.

No obstante, al saber las dificultades económicas que el fiel Antípatro sufre en la lejana Macedonia a causa de la revuelta de los espartanos, le hace llegar parte de las riquezas capturadas. El conocimiento de que el viejo Antípatro ha sometido final¬mente a Esparta, reconforta sus aspira¬ciones panhelénicas.

Después de unos meses, en la primavera del 330 a.C, se dirigió hacia el este en busca de Darío que, en su huída, se había refugiado más allá de las Puertas Cáspicas, lugar donde, según los griegos, finalizaba el mundo conocido. El temor de los soldados a seguir avanzando hacia territorios inexistentes en su cultura, suscitó las primeras protestas. Alejandro licenció a parte de la tropa y permitió su regreso a Grecia; quienes decidieron quedarse lo hicieron en calidad de mercenarios.

Puertas traspasadas

Acallados los descontentos, traspasaron las Puertas Cáspicas ignorando que el motivo de tal incursión había desaparecido: Darío había sido asesinado por Besos, sátrapa de la provincia de Bactriana (donde se presume que nació Zoroastro), para usurparle el trono.

Alejandro, en su ya complejo razonamiento, se considera sucesor de Darío y, por tanto, es de honor reparar su muerte. Este deseo de venganza llevó a la persecución de Besos por territorios diferentes a los habituales y a contiendas de estilo innovador: guerra de guerrillas.

Ante la evidencia de unos ejércitos menguados, no tanto por los decesos en el campo de batalla, como por la baja de las guarniciones que se había visto obligado a dejar en cada polis conquistada y por los recientes licenciamientos, no tuvo más remedio que alistar soldados persas e iranios, provocando el descontento de los macedonios que configuraban el núcleo duro de sus ejércitos y que, además, dudaban de la necesidad de tanta conquista.

Besos crucificado

Cuando Besos fue capturado, Alejandro ordenó que le fueran cortadas las orejas, la nariz y después crucificado, orden que llevó a cabo su general Ptolomeo.

Alejandro continuó su avance hacia el este, fortificó Maracanda (Samarcanda), Tribactra (Buchara), fundó una ciudad más con su nombre y venció a los iranios que le eran hostiles. Para reconciliarse con estas gentes, como gesto político, contrajo matrimonio con Roxana según el rito local: compartiendo un pan.

Estos lazos de unión con los iranios disgustaron profundamente a la corriente tradicional macedonia. Desde la muerte de Darío, Alejandro había adoptado las costumbres persas, su magnificencia y boato y, con las costumbres, también cambió el carácter. Su lastre genético alcanzó las más altas cuotas de irracionalidad; se volvió orgulloso, la gula y la lujuria se acomodaron en todos sus actos y, por vanidad, olvidó el austero vestido macedonio para cubrir su cuerpo de doradas y largas túnicas persas.

Tres hechos concretos marcarían el distan¬ciamiento entre el núcleo macedonio y Alejandro: las muertes de Filotas, Parmenión y Clito. Los tres habían alcanzado las mayores glorias para los ejércitos grie¬gos.

Clito, uno de sus mejores amigos que le había salvado la vida en el Gránico, fue asesinado por el propio Alejandro en una de sus numerosas acciones bajo los efectos del vino. El joven Filotas y su padre, el veterano Parmenión, fiel representante de la tradición macedonia, hallaron la muerte, el primero por no comunicar una conjura contra Alejandro, y el viejo general porque, simplemente, al nuevo Rey de Asia su presencia le producía mala conciencia.

Delirios

Poco tiempo después, un nuevo desacierto incrementará el número de sus delirios. Alejandro decidió introducir en la corte el rito de la prosquínesis o flexión de la rodilla ante el monarca, rito que los persas aceptaron con naturalidad porque era suyo, pero los griegos se negaron rotundamente porque en su cultura, la rodilla sólo se doblaba ante los dioses.

Entre las personas que no aceptaron la prosquínesis se encontraba el filósofo Calístenes, sobrino de Aristóteles, que desde los comienzos de las campañas en Asia acompañaba a los ejércitos en calidad de generoso cronista. Alejandro no olvidó. Meses más tarde, al verse Calístenes complicado en una conjura contra el rey, fue condenado a muerte. La consecuencia fue el total distanciamiento de su maestro Aristóteles. Era el año 327 a.C..

Ese mismo año, con un ejército de más de 100.000 hombres, de los cuales apenas 30.000 eran macedonios, partió para su campaña de la India. La explicación a tal aventura no debe buscarse en razones políticas o estratégicas, sino en el desordenado deseo de conquista y en su obsesiva megalomanía por el poder universal.

Llegado al valle del río Indo, en los territo¬rios conocidos como los de los Cinco Ríos (hoy Punjab), después de vencer a una serie de pequeños reinos, Alejandro puso sus miras en el de Poros. Atravesó el Hospedas (actual río Jhelam), donde tuvo lugar la última batalla de su vida, y la primera vez en que los griegos se enfrentaron a una caballería formada por 200 elefantes. Poro, Rey de Poros, después de una valiente resistencia, cayó prisionero; Alejandro, en consideración a su valentía, permitió que conservara su rango en calidad de rey vasallo. Era junio del 326 a.C..

Prosiguiendo camino hacia el este cruzó el río Hifasis (el Beas): sería el punto más oriental que alcanzara Alejandro. Desde que los ejércitos abandonaran Mace¬donia, ocho años y medio atrás, habían dejado a sus espaldas 18.000 kilómetros.

El cansancio propio de una campaña tan larga, y el profundo malestar producido por el cambio de carácter en Alejandro, unidos a las inclemencias del tiempo (era la época de lluvias), hizo que los macedonios se negaran a proseguir hacia una lejanía infinita. Alejandro, que jamás se había rendido ante nada ni nadie, no tuvo más remedio que hacerlo ante su propio ejército. Su deseo de alcanzar el Ganges y el Océano oriental, le había sido negado.

Alejandro llegó aquí

Antes de abandonar las orillas del Hifasis mandó erigir, en torno a un círculo, doce altares en forma de torres a modo de moradas del sol, en donde se grabó la siguiente inscripción: “Alejandro, hijo de Filipo y de Olimpia, llegó hasta aquí”.

De nuevo en Hidaspes (finales del 326 a.C.), para acelerar el regreso de la tropa decidió su división en tres contingentes independientes. El primero lo haría por mar bajo el mando de Nearco, para lo cual se construyó una gran flota formada por barcos de guerra, transporte y carga; el segundo, bajo el mando conjunto de Crátero y Hefestión, tomaría la ruta del interior, y el tercero, comandado por él mismo con lo mejor de su caballería, regresaría por un camino paralelo a la costa. El punto de encuentro de los tres ejércitos sería en Ormuz.

El paso por el desierto de Gedrosia (Bulichistán), se convirtió para Alejandro en el más duro y áspero de su vida. Las terribles privaciones le hicieron perder gran número de vidas y casi todos sus caballos. Finalmente, a principios del 324 a.C. los tres contingentes se reunieron en el lugar acordado y emprendieron conjuntamente el retorno a Persépolis y Susa.

La larga permanencia de Alejandro en Oriente, dio lugar a toda serie de abusos en la administración de las satrapías, tanto en aquéllas gobernadas por persas como en las gobernadas por macedonios. El caso más llamativo fue el de Harpalo, tesorero del rey, que huyó a Grecia con más de 6.000 soldados y una gran fortuna.

Llegar a España

Pero estas contrariedades no desaniman el espíritu de Alejandro. Su imaginación vuela de nuevo en alas de grandes conquistas. Esta vez el objetivo es Occidente: conquistar el norte de África, Italia y llegar hasta España para unificar en su persona toda la ecúmene. Pero los macedonios, cansados ya de tantas fantasías, se niegan a seguir al Rey ni tan siquiera en el vuelo de su pensamiento. Esta oposición marca la terrible distancia entre Alejandro y los veteranos macedonios. Para intentar superarla, licencia a gran número de ellos y ordena el retorno a Grecia de aquéllos que antaño había desterrado.

Ese verano en Susa, bajo la excusa de unificar los pueblos del Imperio, se organizan unas bodas colectivas entre griegos y persas. El mismo Alejandro desposa por el rito persa, sin divorciarse de Roxana, a la hija de Darío, Estatira, y a Parísatis, con lo que acepta la poligamia. También unos ochenta de sus más distinguidos compañeros de armas contrajeron matrimonio, entre ellos su amado Hefestión, Crátero, Seleuco y Ptolomeo.

Meses más tarde, con la muerte de Hefestión, su amigo, su amor, aquel que leía en su corazón, se sumerge en la más negra depresión. Sus razonamientos se enturbian de tal manera que todos los actos sucesivos, hasta su muerte, rayan al borde de la locura: ajusticia al médico que había tratado a Hefestión por no curarlo, ordena que se rindan honores de divinidad al difunto en todo el Imperio, incluida Grecia, e impone para sí culto de dios vivo. Octubre del 324 a.C..

El culto de dios al rey en vida, no existía en la tradición persa, era algo que se había intentado anteriormente en Grecia. El mismo Filipo, padre de Alejandro, lo deseó. Representaba, más que un simple ceremonial, la afirmación de la personalidad divina del rey ante la humana de sus vasallos. Con Alejandro se abriría el camino para los futuros soberanos helenísticos, para los deseos de un Julio César y del Imperio romano, y para todos aquéllos, reyes o no, que se denominaron por la gracia de Dios.

De nuevo en Babilonia, una frenética actividad acapara los días de Alejandro. Prepara una expedición marítima para comunicar Babilonia con Alejandría por medio de canales hasta el golfo Pérsico, que permitan a las naves llegar a Egipto bordeando la península Arábiga; planifica la campaña de occidente, pero son los preparativos funerarios por Hefestión los que alborotaban su frágil emotividad.

Las exequias por Hefestión tuvieron lugar seis meses después, hasta tener terminado el edificio apropiado para acoger al nuevo dios, y en sus actos se sacrificaron más de 10.000 animales para alimentar a 30.000 soldados macedonios y 40.000 persas.

Cuenta Diodoro (siglo I de nuestra era) de haber recogido descripciones más antiguas donde se explicaban los pormenores del monumento funerario dedicado a Hefestión. Medía 80 metros de altura divididos en cinco pisos y para su construcción se derrumbaron parte de las murallas de Babilonia:

....el exterior estaba decorado con un lujo inusitado. En el piso inferior se colocaron 240 proas de galeras con cinco filas de re¬mos do¬rados y en los espolones se situaban arqueros arrodillados. El segundo piso sostenía gigantescas antorchas de 20 metros adornadas con coronas de oro y colosales águilas con las alas extendidas. Un friso dorado representando escenas cinegéticas recorría el tercer piso; otro friso, en el cuarto piso, representaba un combate de centauros y el último friso remataba en un montón de trofeos donde se acumulaban armas macedonias y bárbaras. En todo el edificio se erguían enormes sirenas cuyas bocas harían resonar los himnos fúnebres de invisibles coros.


Quizás el entusiasmo por el mito de Alejan¬dro hiciera exagerar a Diodoro la magnificencia de este monumento, pero de su descripción se deduce que el edificio debió alcanzar cotas excepcionales.

Cuando su amigo Casandro, al regreso de Macedonia, testigo de tanta parafernalia, no pudo contener la sonrisa, el propio Alejandro lo asió por los cabellos y arrastró repetidamente por los suelos.

Muerte a los 32 años

Al mes escaso de los funerales por Hefestión, Alejandro se sintió mal. Preso de unas altas fiebres, después de trece penosos días de enfermedad, moría sin cumplir los 33 años, el amo del mundo. Aquél que, con el pasar de los años, unos pueblos convertirían en Magno y otros, tal vez más objetivos, en Grande.

Ante su cadáver desfilaron durante seis días todos sus hombres y, al séptimo, fue sumergido en una balsa con miel para su conservación, mientras de¬cidían su destino. La posesión del cuerpo confería poder, y sus generales así lo comprendieron. Se iniciaba para la eternidad el mito de Alejandro.

Dos años más tarde, Ptolomeo se adueñaría de él, lo trasladaría a Menfis (Egipto) hasta construir una maravillosa tumba o Sôma en la ciudad que lleva su nombre: Alejandría.

Sabemos que algunos descendientes de este general, ya faraones, violaron la tumba para robar sus riquezas. Suetonio nos dice que Augusto “quiso ver y tocar el cuerpo del conquistador y colocó una corona de oro y flores”. Otro historiador cuenta que el emperador Caracalla depositó allí “su manto, su cinturón y sus joyas como exvotos”. Mas a finales del siglo III de nuestra era la tumba había desaparecido.

Tal vez esta incógnita sea fácilmente explicable desde el mundo de la lógica, aunque los intentos de los arqueólogos no hayan dado resultados. Pero quizás, quienes participan de su leyenda prefieran preguntarse, al igual que san Juan Crisós¬tomo en el siglo IV: “¡Alejandro!, ¿dónde está tu tumba?”.



FUENTES PARA EL ESTUDIO DEALEJANDRO MAGNO


Para el estudio de la vida y obra de Alejandro, existen dos importantes fuentes documentales. Las primarias correspondientes a autores no solamente coetáneos de Alejandro sino también partícipes en sus campañas, y las fuentes secundarias escritas siglos más tarde pero basadas en las primeras.


FUENTES PRIMARIAS: No han llegado hasta nuestros días.

Anaxímenes de Lampsaco (s. IV a.C.).- Filósofo que acompañó a Alejandro en sus campañas. Entre sus obras destaca una de título Retoriké pros Aléxandros atribuida durante mucho tiempo a Aristóteles, y una biografía bastante elogiosa de Alejandro.

Aristóbulo de Casadrea (siglo IV a.C.).- Participó en las campañas de Asia y escribió una Historia de Alejandro en la que abundaban los elogios. Se ignora si fue anterior o posterior a la de Ptolomeo.

Calístenes (360-327 a.C).- Sobrino de Aristóles y amable cronista de Alejandro. Su obra, Persika, apenas repercutió en los sucesivos autores.
Cares de Mitilene (siglo IV a.C.).- Destacado miembro de la corte de Alejandro. Escribió una historia de éste en más de 10 volúmenes.
Clitarco (m. 303 a.C.).- Autor de una Historia de Alejandro en 12 volúmenes y aunque bastante fantástica, ofrece aspectos desconocidos de la vida del rey que habían pasado desapercibidos para otros historiadores. Su obra servirá de base a posteriores biógrafos: Diodoro, Quinto Curcio y Justino entre otros.

Nearco (siglo IV a.C.).- Amigo de juventud de Alejandro y jefe de la flota. Escribió Paraplous tes Indikes, que si bien no era una biografía, diseñó una imagen bastante auténtica de Alejandro. En esta obra, siglos más tarde, el historiador Arriano basaría la suya.

Onesícrito (siglo IV a.C.).- Su condición de filósofo, discípulo de Diógenes, no impidió que se enrolara como timonel a las órdenes de Nearco. Escribió una Historia de Alejandro bastante anovelada pero no muy lejana de la realidad.

Ptolomeo (367-283 a.C.).- General de Alejandro y más tarde rey de Egipto. Escribió una Historia de Alejandro de la que aún ignorándose todo, se sabe que en ella se basó Arriano para su obra la Anábasis.


FUENTES SECUNDARIAS: Estos escritos, aunque incompletos, sí han llegado hasta nosotros

Arriano de Nicomedia (95-175 d.C.).- Escribió varias obras dedicadas a Alejandro. La más importante es la Anábasis recopilada en 7 libros.

Diodoro de Sicilia (siglo I a.C.).- Autor, entre otras obras, de una Historia Universal en 40 volúmenes. El número 17 está dedicado a Alejandro.

Justino, Marco Juniano (siglo II o III d.C.).- Escribió unos Epítomes o resúmenes de una Historia Universal de otro autor. La parte dedicada a Alejandro Magno se distingue de cuanto se había escrito anteriormente, por la forma poco amable de tratar ciertas facetas del carácter del rey.

Plutarco (45-120 d.C.).- De su obra Vidas Paralelas hay que destacar la dedicada a Alejandro y César conjuntamente.

Quinto Curcio Rufo (siglo I d.C.).- Autor de una Historia de Aleandro escrita en 10 volúmenes, de los cuales se ha extraviado los dos primeros. Lo más destacado de su obra es el trato que da a los diferentes aspectos del carácter de Alejandro.

Myriam Sagarribay
Redactado por Myriam Sagarribay el Viernes, 11 de Mayo 2007 a las 09:38

Bitácora

Grecia a la llegada de Alejandro

Viernes, 11 de Mayo 2007
Una tierra pobre, surcada por secos ríos en verano, atravesada por áridas montañas en cuyos valles la agricultura apenas es mediocre, donde el clima se vanagloria por sus excesos y el hombre se magnifica ante la adversidad. Una tierra donde sus 4.000 kilómetros de costa son el más bello collar jamás creado y sus islas un billete de viaje a otros mundos. Una tierra que, para ser tierra, tuvo que buscar el mar. Esta tierra, sin duda, no puede ser otra que la antigua Grecia.

Nunca una geografía participó tanto en el destino de sus gentes como la griega. Cada montaña, cada valle o cada rada configuró una aldea; la aldea, una pólis (ciudad-estado) y ésta, un Estado que, en numerosos casos, comprendía tan sólo una ciudad y las pocas tierras de su entorno.

Enumerar los diferentes pueblos que con¬for¬maban la Hélade siempre ha sido complejo para los no estudiosos, por lo que, a veces, nuestros cono¬cimientos se reducen a los más esenciales: Atenas, capital del Ática; Esparta, capital de Laconia en el Peloponeso; Tebas, primera ciudad de la Beocia, y otras ciudades que nos son conocidas por sus actividades civiles o religiosas (Olimpia, Corinto, Eleusis, etc.).

En la época en que nos situamos, mediados del siglo IV a. C., otros reinos del norte de la península Balcánica, como es el caso de Epiro y Macedonia, anteriormente considerados semibárbaros, ya se habían incluido en el contexto helénico.

Pero la Hélade no se circunscribía sola¬mente al territorio peninsular. Las innumerables islas próximas a la costa oriental facilitaban el paso, a modo de tranco, a Asia Menor y, con ello, nuevos asentamiento y ciudades que, si bien unas eran libres y otras dependientes de ciudades-estado griegas o del Imperio Persa, todas poseían un factor común: la cultura.

Por el oeste, el mundo griego había alcanzado las costas del sur de Italia de un lado y otro del mar - Tarento y Neápólis (Nápoles) entre ellas- y gran parte de Sicilia, donde se encontraban las ciudades más populosas y adelantadas. Una de ellas, Síbaris, alcanzó gran fama por el amor al lujo y el gusto refi¬nado de sus habitantes (aún hoy, en todos los idiomas, se da el calificativo de sibarita a quien gusta de ese modo de vida). A este conjunto de ciudades los romanos lo denominaron la Magna Grecia.

La Hélade peninsular abarcó en su mayor periodo de expansión los territorios de las actuales Grecia, Bulgaria, Macedonia, Albania, y una parte del sur de Servia, Croacia y Bosnia Herzegovina.

Civilización, no nación

Todas estas ciudades jamás formaron una única nación según el concepto que hoy se entiende como tal; lo más aproximado se alcanzó con Alejandro Magno, pero su duración fue efímera en la historia. Sin embargo sí lograron, partiendo de una religión y una lengua común, por encima de dialectos particulares, algo más difícil y eterno en el tiempo: una civilización.

Seguramente si Roma no hubiera existido, el nombre de Grecia tampoco. Fueron los romanos quienes denominaron a la península Balcánica Grecia, derivándolo, parece ser, de una tribu de Epiro conocida como los gracci o graeci. Con la misma certeza o idéntica duda se dice que fue Aristóteles el primer griego en emplearlo.

Pero que los romanos la llamaran Grecia, no significa que careciera de nombre, al contrario, poseía dos: el de Hélade, originario del territorio de Hellás (Tesalia), al sur de Macedonia, genérico desde tiempos remotos para toda la península; y el de Europa, trasmitido, seguramente, desde Creta en época arcaica. Por Europa se extendía el territorio que comprende las franjas de tierras e islas existentes entre el este y oeste del mar Egeo y del Ponto.

Con las conquistas de Alejandro en Asia, al comprobar la amplitud del mundo, los griegos, especialmente Eratóstenes, dudaron de la conveniencia de mantener los mismos límites, dado que no existía una clara división con Asia. Sin embargo, Estrabón defendió tan ardientemente la antigua idea que la península Balcánica continuó llamándose Europa.

Siglos más tarde, en el XIX, el geógrafo Humboldt y algunos más, de nuevo argumentaron que la actual Europa no podía ser una de las cinco partes del globo porque físicamente no era independiente de Asia. Fue la acalorada defensa de Ritter, al buscar en la cultura la inde¬pendencia territorial, lo que nos permitió seguir considerándonos continente.

En los tiempos de la Grecia que nos ocupa se había operado un cambio trascendental en política, economía y cultura. El caos político sustituyó al orden, y el antojo a la sensatez.

La pólis (ciudad-estado) se encontraba en fase de reestructuración económica e importantes políticos habían alcanzado el poder bajo el pretexto de expertos en finanzas. Ricos y pobres en constante desacuerdo alteraban la vida de la ciudad.

Los primeros consideraban que sus abusivos impuestos eran el resul¬tado de la facilidad con que los pobres se acostumbraban a vivir del erario público. Los más radicales, entre los segundos, propugnaban como solución una redistribución completa de las tierras. Las represalias por parte del poder se manifestaron mediante destierros y confiscaciones.

Estas gentes sin patria formaron un proletariado inestable y apenas cualificado de difícil ubicación. Solamente en el estamento militar, como mercena¬rios, encontraron su oficio, para alivio del resto de los ciudadanos, que consideraban el servicio militar como una carga poco productiva.

El mosaico de Estados que configuraban la Hélade dificultaba la unión en un sentimiento panhelénico generalizado. Algunos de ellos se confederaron (durante toda su historia, la unión entre Estados recibirá el nombre genérico de LIGA), y una voluntad de paz general, koiné eiréne, abrió, para todos los griegos, el camino de un sentir comunitario.

También el hombre adopta nuevas formas respecto al mundo que le rodea. La frase de Antifonte: “Dominar con el arte lo que es superior a nosotros por naturaleza” representa el sentir de la época.

Centro de la cultura

Atenas es, sin duda, el centro de la cultura. Ella irradiará su saber y pensamiento al resto de la ecú¬mene griega. A la muerte de Platón, su discípulo Aristóteles se dirigirá hacia un reino del norte, Macedonia, para educar al hijo del rey Filipo II, a quien su valor, sus ejércitos y su astucia le han convertido en el amo de Grecia.

Es a mitad de este siglo IV a.C., cuando em¬piezan a delinearse los perfiles integradores del mundo griego con la cultura oriental. El aumento de población en la península y la escasez de recur¬sos obligaron a mu¬chos helenos a emigrar a ciudades de Asia Menor, Fenicia, Egipto ..., dando lugar, poco a poco, a una cultura greco-oriental. También la expansión del comercio marítimo hacia estos lugares será la cinta que transporte, en ambos sen¬tidos, dos culturas diferentes con vocación integradora.

Más tarde, cuando los diferentes mundos cul¬turales alcancen el máximo de su fusión, cuando un Alejandro y sus sucesores sean historia por la pujanza de Roma, a este periodo de tiempo, un moderno estudioso del siglo XIX, Droysen, por equivocación en sus traducciones del griego, lo denominó: HELENISMO o helenístico, calificativo genérico hasta entonces utilizado para diferenciar a los primeros cristianos que hablaban griego de quienes lo hacían en hebreo.

Myriam Sagarribay
Redactado por Myriam Sagarribay el Viernes, 11 de Mayo 2007 a las 09:28

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Myriam Sagarribay
Historiadora -Sección Antiguas y Reestructuración Histórica-, Myriam Sagarribay es Vicepresidenta y Portavoz de la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Alejandría (Unesco) y Miembro de la Comisión Española de Cooperación con la Unesco.


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